Sonríe/ Smile.

El día a día/ The days we're living

Smile. Madeleine Peyroux.

Enamorarse/ In Love.

El día a día/ The days we're living

Innamorata. Dean Martin.

¿Puedo enamorarme de ti? No lo sé. Apenas te he visto un par de veces, y sin embargo….

¿Puede el amor aparecer en medio de nuestros cuerpos, acurrucados en la calle y abrazados por el frío? No lo sé. Y sin embargo…

Cuando te beso, tus labios se abren dándoles la bienvenida, y noto el cosquilleo y el húmedo vagar por entre esos límites tan suaves. Y cuando me abrazas, tu espalda mullida me recibe cálida, y deposito mi rostro entre tus hombros y todo parece perfecto, suspendido en un momento eterno.

Cuando no te veo, sediento estoy de ti. Palidezco cuando no sé de ti. Cuando no tengo un mensajito tonto, un guiño en la pantalla, un pitido de mi móvil. Cuando no estamos juntos me lleno de ansiedad pensando en ti, con quién estarás y si disfrutarás como lo hacemos cuando estamos juntos. Y tengo celos cuando no estás. Y tengo miedo si no sé de ti. Y a veces eres tan callado…

A veces, si durante el largo día no sé nada de ti, me da un cosquilleo ridículo en el corazón, y me entra un deseo enloquecido por llamarte, por abrumarte, por hacerte saber que sí, que pienso en ti más de lo que debiera; que te extraño más de lo que esperaba; que sólo te he visto dos veces y he oído tu voz de arrullo y echo de menos cada uno de tus gestos, el olor de tu cuello y el sabor de tu piel en mi boca.

¡Oh! ¿Será posible? Cómo en tan poco tiempo me has conquistado y yo sin saberlo. Mi corazón se acelera cuando oigo tu nombre, y adoro la voz que lo pronuncia como a un dios nubio, perdido y oscuro, porque me revela una divinidad que me intoxica.

Sí, eso es: todo se complica. En mis palmas tus manos descansan, y tu espalda contra la mía, pared contra pared, y el sudor que se mezcla con los cuerpos y con las intenciones…

¿Será posible, entonces? ¿Será posible que desee tenerte siempre cerca, llenarte de mis ansiedades, calmarme con tu piel? No lo sé…

Pero algo me pasa. Esta fiebre me consume y tú eres su causa, su origen y su cura, porque apenas te oigo llegar y mi corazón se detiene, tanto que creo congelarme hasta que apareces tras la esquina, escondido tras el árbol, tras mi propio corazón. Y parece que llego al cielo cuando me acoges en tus brazos y me besas, me besas largo como el día que tengo sin verte, sediento como el desierto de frases que quiero decirte y que transformo en besos.

Y en medio de esa locura te miro a los ojos y me sonríes incrédulo. Y yo quiero gritar el mucho bien que me haces. Que llenas mi vida de música y haces que mis pies dancen junto a los tuyos, arrullados por la bruma de la tarde, en el caer de la noche, cuando todo son sorpresas, la chaqueta que te quitas, la camisa que me desabotonas y el cosquilleo de esa barbita que te crece tan rápido y que tanto me gusta…

¿Puedo enamorarme de ti? Cuando te veo en la penumbra, descansando del cansancio de nuestros cuerpos, tan lejos de mí, que te llevo dentro, y tan cerca, tan real y, sin embargo, tan extraño…

¿Qué me está pasando? ¿Por qué siento esta ansiedad que me devora? ¿Adónde me puede llevar esta pasión que me descontrola? No lo sé…

Y sin embargo estoy en las puertas del cielo cuando tus piernas me sujetan una vez más y la sinfonía de tu risa la inunda todo: la pasión y el recreo, el éxtasis y el puro abandono…

Amor, amor, amor… Sería fácil, demasiado fácil enamorarse de ti, y llamarte cariño, vida mía, mi amor, todos esos nombres ridículos que se me antojan maravillosos porque te dibujan, recortado tras las luces del alba, cuando te levantas desnudo y tu piel brilla de sudor, de placer y de olvido…

Bésame, bésame una vez más. Abrázame, abrázame fuerte y di que eres mío, con esa voz cálida y dulce, que envuelve una revolución de estrellas. Y yo te acogeré entre mis brazos y te acariciaré la espalda increíble, el rostro perfecto, esas orejas pequeñas, esas manos de artista y las aristas increíbles del resto de tu piel. Di que puede ser, que quieres ser y yo todo lo traeré para ti, porque sí, sí, sé que es posible, contigo cerca muy cerca, en la distancia de un beso, entre los límites de un abrazo, en las enredaderas del placer y del hartazgo, calmados por el hallazgo y eternamente sedientos de más…

No tengo cura, no quiero cura. Tú lo eres todo, todo, todo y no entiendo la razón y no quiero entenderla…

Sí, me abandono a esta locura de tu nombre, a los deseos insaciables, a nuestra locura y nuestra pasión, sin miedo, sin temor ya y sin más preguntas. Ya no lucho, ya no te analizo. Me entrego, ya ves, a la magia de tus manos, al secreto escondido de tu pasión.

Y sí, en medio de esta sonata que suena por nosotros, lo digo en voz alta, clara y segura: estoy enamorado, enamorado de ti… Y qué feliz soy y qué único me siento gracias a eso, gracias a ti.

Otro sábado noche/ Another Saturday Night.

Arte/ Art, Música/ Music

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¿Qué te gusta a ti?/ How About You?

El día a día/ The days we're living

Sentados ambos, después de un rato, te veo y no me lo creo.

Mira que eres guapo, de esos de mirar y no dejar de ver. No cansas. Y no eres ni rubio ni alto ni moreno ni enorme como una pared, ni delgado ni elástico, ni oscuro ni claro. Y, sin embargo…

Mira  que eres simpático, y eso que no te esfuerzas por hacerme sonreír. Y no, no me río de ti, si no contigo. Y hacía tanto tiempo que no lo hacía…

Llevamos sentados en este café ¿cuánto? Dos horas o más. Y ya nos están viendo con mala cara… ¿Pediremos algo más o nos vamos? No lo sé, chico, la verdad…

¿Qué necesito? No lo sé, chico, estoy tan sorprendido…

Mejor salimos, ¿no? Aunque haga frío. Me gusta que el viento juegue con tu pelo y haga que nos llore los ojos; me gusta acurrucarme tras de tu espalda y olerte en la nuca el perfume que llevas. No sé cuál es…

¿Yo? Yo estoy bien, aquí contigo. Me gusta tu compañía, que no se hace pesada, me gusta tu risa de risotada y cómo cierras los ojos y parpadeas…

¿Te parece raro? ¿Te parece raro que me guste verte parpadear?…Pues mira tú… Y también me gusta cómo coges la taza con las manos y lentamente la llevas a la boca.. Abres los labios y los humedeces con el líquido humeante y…Me gusta imaginar que bebo de tu boca, que acaricio tus labios carnosos y me refugio en ellos.

Me gusta oírte. Habla, habla por favor… ¿De qué? No importa…Quiero decir, que el sonido de tu voz me da vértigo, me lleva y me trae, y me enloquece… Y tus silencios oscuros, como si apagasen una luz, y el sonido de tu pecho cuando respiras y el pulso de tus arterias cuando te tomo de la mano.

Me gusta pasear de la mano contigo. Me gusta que nos vean juntos jugueteando divertidos y riéndonos por tonterías. Me gusta cómo caminas con ese andar tan recio, tan marcial. Qué gusto aislarme del mundo entre tus brazos…

Y tus abrazos. Y tu mirada al verme. Y cómo se te ilumina la cara. Y tus piernas cuando me sujetan y cuando bailan.

Me gusta bailar contigo. A solas, acompañados, en medio de una calle o en una esquina desierta.

Me gusta tu voz de caverna que parece llenar todo el espacio que nos separa. Y tus dedos largos y tus palmas suaves, y el sabor de tu piel en mis labios.

¿Vamos a casa? Sí, ¿por qué no? Vamos juntos, así, acurrucados como novios nuevos, como amantes que se descubren, como niños con juguetes nuevos.

Me gusta sentirte cerca. Me gusta que tu gravedad me atraiga y que me sustraiga de mi vida, que se expande gracias a ti.

Y me gusto yo cerca de ti, la imagen de mí que veo en ti, y tu cariño disperso y tus caricias lentas y graciosas. Y la seguridad que me regalas. Y la diversión. Y la calma.

Y mientras nos acercamos a casa, bajos los árboles todavía sin hojas y el frío de enero entre nuestros cuerpos, me acerco a tu cuerpo, me pego a tu oído, y con el calor de mi boca, llena de plenitud, te pregunto bajito: ¿Y qué te gusta a ti?


El Auriga/ The Charioteer.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

El Auriga (1953), novela de Mary Renault, nos cuenta una historia de amor homsexual en el marco de la Segunda Guerra Mundial.

Pero El Auriga no es sólo una historia de amor, porque no lo es al uso; es una historia de psicología de personajes y un retrato muy vívido de la sociedad británica primero, y de la sociedad homosexual después, durante ese convulso período de la Historia de la humanidad.

Laurie (Spud) Odell es el protagonista, un hombre joven, herido durante la batalla de Dunquerke, que se ve forzado a malvivir con su herida y el ambiente hospitalario y militar en el que se encuentra confinado. Entre compañeros igual de lisiados (sea físicamente, sea psicológicamente), Laurie encuentra consuelo en la figura de un objetor de conciencia, cuáquero, cuya inocencia, juventud (Laurie apenas tiene veintipocos años, lo que nos regala una imagen de la breve duración de la vida en la que el mundo estaba envuelto en esos años) y condición de outsider le atrae irresistiblemente. Sin embargo, por casualidades del destino, Laurie tropieza con el objeto de deseo de su adolescencia, su héroe romántico: Ralph Lanyon, con quien se reencuentra tras una historia sin final abandonada en los años previos a la guerra, donde todo parecía dispuesto y ordenado e inevitable.

A partir de este triángulo, Mary Renault nos regala una historia en la que la psicología de los personajes, y fundamentalmente de Laurie, claro, pesa sobre la narración, por lo demás brillante. Respirando el espíritu de la época en la que fue escrito, busca en esas explicaciones científicas lo que el corazón siente y a lo que se desboca, usando la imagen de el auriga de Sócrates como símbolo. En sus páginas vemos debatirse el espíritu, el corazón y los deseos de Spud de una forma quizá desgarradora, desgarradora por el freno que el personaje intenta impregnar a sus deseos, por el ambiente represivo de una sociedad que no tolera a aquellos que no son similares y por los propios ideales del protagonista, que a veces se alejan tanto de la realidad, que su terquedad para con ellos nos hace sonreír y nos recuerda que, pese a todo lo que ha vivido, Laurie no deja de ser un niño.

Por sus páginas desfilan los distintos ambientes de la sociedad británica: el ambiente de los colegios británicos, ciertas pinceladas universitarias; la opresiva convivencia con la guerra; el mundo paralelo que, tras las cortinas cerradas, la sociedad homosexual erige para conocerse, criticarse, odiarse y, quizá amarse en secreto. A su vez nos detalla el ambiente de la guerra, la rigidez o la torpeza militar, los deseos y miedos sufridos en los hospitales, y las profundas heridas corporales y espirituales que un conflicto bélico siempre deja entre los seres que lo viven.

Lo que veinte años después desembocaría en una joya literaria (El muchacho persa) en El Auriga vemos ciertos brotes y ciertos brillos: la delicadeza del amor entre hombres; la constante lucha entre lo que deseamos y lo que creemos nuestro deber; la torpeza de seguir sueños que no son más que nebulosas informes; el trato rudo, histriónico y casi histérico entre los componentes de una sociedad del mismo pelaje; esa constante lucha de nadar entre el fango o alzarse en vuelo hacia la eternidad; rescatar de lo más profundo de ese pugilato entre lo que somos y lo que nos impide ser lo más valioso, lo más duradero, aquello que es atemporal y eterno pese a lo que se nos inculca o se nos enseña; y el miedo primero, y la libertad después, de amar y ser amado simplemente por lo que se es, por lo que se puede dar, y se le da, al Otro que nos sorprende y nos acompaña.

Todo eso que veremos después en El muchacho persa aquí está expresado quizá con un lenguaje más frío que no logra, sin embargo, esconder su poesía, y también más críptico: la sociedad de 1953 no era más tolerante hacia el amor homosexual de lo que fue en los años 70, pero el mundo había cambiado mucho desde entonces. Lejos de la poesía de Maurice, contagiado quizá un tanto por el espíritu del psicoanálisis (empero más cerca de Jung que de Freud), pero a la vez mucho más valiente, por haber sido escrito por una mujer y por haber sido publicado dentro de su contemporaneidad (aunque Maurice, de E. M. Foster, fue escrita cuarenta años antes que El Auriga, fue publicada veinte años después, tras la muerte de su autor), El Auriga nos ofrece un retrato verosímil, soslayado pero penetrante de la sociedad homosexual británica durante la Segunda Guerra Mundial, sus miedos y sus comportamientos; y el debate interior, a veces desgarrador, entre lo que sentimos, lo que creemos sentir, lo que nos conviene y lo que nos haría feliz, en una historia de amor entre dos hombres íntegros que se desean porque se conocen y que se aman en silencio y en el que, paradójicamente, nunca se emplea la palabra amor.

La vida de una mujer es difícil de narrar. O su espíritu es extremo, convirtiéndola así en heroína y por lo tanto alejándola de la realidad del común de las mujeres; o bien es opaca y sumisa, disfrazándola de decorado, de mueble. La vida de una mujer, y más de una mujer homosexual, es encubierta, callada, labrada con las fuerzas de la naturaleza, que habla en obras más que en palabras. Es difícil retratar la vida de una mujer sin caer en el escándalo (o lo que la sociedad aún considera escandaloso) o en la grosería. Lo mismo podría aplicarse para la vida de un hombre, de cualquier hombre, y más si es homosexual. El Auriga es un ejemplo de lo que se puede conseguir cuando se escribe con gran profundidad y buen gusto, cuando sabemos que los sentimientos son los mismos no importa en qué cuerpo habiten, y cuando se busca por encima de todo la integridad y la libertad.

Buscar la propia voz/ Searching an own Voice.

El mar interior/ The sea inside
a J.G. por lo que me ha inspirado y a C.H.A. por servirme de espejo.

   Hace un par de días, mientras veía un documental sobre Annie Leibovitz en el que ella analizaba su trayectoria, su vida en realidad, me di cuenta sin querer lo que en realidad significa no ser ya un artista, si no un ser humano. En ese documental se mostraba el camino, la visión de las cosas, la búsqueda de esta artista por encontrar su propia voz en el mundo de imágenes que creaba. Se veía la evolución de su arte, de su forma de ver el mundo, y cómo casi sin pretenderlo al principio, pero una vez consciente de ello con todas sus fuerzas, se aferró a las circunstancias de su vida, a los hechos que se iban amoldando y que le recordaban y afirmaban sus instintos más primarios sobre su talento o su capacidad creativa, y cómo influía todo ello en esa carretera bidireccional que es la existencia: en su propia vida y en la de los que la rodeaban.

Me aterra ver hacia atrás y encontrar que mi vida no es lineal; no parece fácilmente explicable ni mensurable en términos tan matemáticos. Quizá es cuestión de narrativa, pero con frecuencia encontramos que las personas triunfadoras (y no me refiero aquí a ese repugnante término de celebridad) gustan de tener una trayectoria vital llena de obviedades, en las que un paso lleva a otro paso y estos a los siguientes, en una constante búsqueda y hallazgo que inflama sus sentidos, los despierta y agudiza, hasta que encuentran su lugar en el mundo y consiguen hablarnos y seducirnos con su propia voz. La Historia misma parece llena de este tipo de conclusiones detalladas, de pasos explicables que llevan a situaciones vitales que encajan con el sentido de lo que ha ocurrido; de suerte que nos hacen pensar que quizá una mente precalra o un personaje algo más audaz pordría haber evitado alguna de sus desgracias o bien diseñado con extrema facilidad un triunfo, un hito, un éxito sin precedente previo, mereciendo su lugar en la memoria colectiva.

No lo sé. Es cierto que existen personas afortunadas (es un decir) que parecen caer en el medio adecuado, en el momento oportuno que necesitan para florecer y brillar; existen personas cuya firme creencia en su potencial y una determinación aún más terca, consiguen tras muchas batallas alcanzar ese mismo estado de gracia. Todas ellas parecen ser guiadas, alentadas por algo que las inflama y las posee. Eso es maravilloso. O debe serlo. No importa el campo en el que trabajen: desde un peón a un presidente de gobierno, todas parecen tener un destino marcado, una idea preconcebida de su deber en el mundo, consiguiendo esos sueños o esos objetivos con extrema dedicación y mucho, mucho esfuerzo.

Eso es algo que admiro de verdad. Porque nada más digno de celebrar que la grandeza de la vida, que la belleza y el sacrificio. He tenido la suerte de haber encontrado a lo largo de mi vida varios ejemplos (algunos tan recientes que sigo maravillado) y se han convertido para mí no en modelos a seguir, sino en respuestas que encontrar, en talentos que aprehender y asimilar.

Mi vida está llena de baches, de errores cimentados sobre sueños inabarcables; de gritos sordos que rebotan en las paredes de lo imposible y de una inquietante línea curva que parece no tener finalidad. Miro hacia atrás y me aterra encontrar oportunidades perdidas por mi falta de lucidez; un irrefrenable sentido del deber que se diluye en intenciones que perdieron su peso o que tal vez no lo tuvieron nunca; una ambición diluida en las cosas que pasan y una miopía grave y siniestra. A lo largo de los años que han pasado me doy cuenta que no tengo voz, o de la insuficiencia de esa voz, y por lo tanto, de la poca importancia que mi existencia tiene ante mis ojos. Nada de lo que hago parece tener interés, porque es algo que otros hacen también, y muchos de mejor manera; lo que pienso claramente carece de gravedad puesto que mi propio mundo naufraga sin que parezca que pueda hacer algo por ello; las circunstancias moldean las respuestas y no al revés; y la falta de luz hace tanta mella como la propia oscuridad. Me he esforzado tanto en desear ser lo que se quiere de mí, que el abismo que he creado entre yo mismo y mis sueños es tal, que sólo un cataclismo podría acabar con ello, y esa certidumbre y esa sensación hacen que contemple lo que hay y lo que puede haber con una cierta mirada y una actitud ambivalente: nada garantiza que consiga encontrar mi propia voz en medio de tamaño desastre, y sin embargo…

Me asombra que otros me digan que oyen melodía en mis intenciones, que parezcan ver una imagen de mí de la que yo no soy consciente, o no del todo. Deseando no ser más importante que nadie, pero sí único a los ojos de quienes nos importan, puede que mi voz se halle escondida entre mis propios gritos, y que sólo el silencio, al que me he visto abocado por lo que ocurre actualmente en mi vida, consiga al final tamizar todos esos estratos de vivencias, todos esos tropiezos y circunstancias ya perdidos en mi historia. Puede que haya conseguido todo lo que yo creía que no deseaba y que eso me haya llevado al punto en el que hoy me encuentro. Puede que estas sensaciones, ambivalencias, preguntas calladas y deseos frustrados fuesen necesarios para llegar al momento en el que el silencio ayude a revelar mi propia voz. Puede que juzgar tan duramente lo que he sido no sirva de nada y que la paz sellada entre aquello que fui y lo que soy sea la clave para ponerme de pie, afinar mi garganta y emitir por fin mis pensamientos, ideales y sentimientos sin miedos ni prejuicios, libres y únicos, enteros por fin.

La clave de toda vida, independiente de cualquier circunstancia o estrato, es llenarse de arte, es descubrir la luz, es ser aquello que debemos ser. Es hablar, sentir y crear libremente y con nuestra propia voz. Vamos allá…

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside