El Auriga/ The Charioteer.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

El Auriga (1953), novela de Mary Renault, nos cuenta una historia de amor homsexual en el marco de la Segunda Guerra Mundial.

Pero El Auriga no es sólo una historia de amor, porque no lo es al uso; es una historia de psicología de personajes y un retrato muy vívido de la sociedad británica primero, y de la sociedad homosexual después, durante ese convulso período de la Historia de la humanidad.

Laurie (Spud) Odell es el protagonista, un hombre joven, herido durante la batalla de Dunquerke, que se ve forzado a malvivir con su herida y el ambiente hospitalario y militar en el que se encuentra confinado. Entre compañeros igual de lisiados (sea físicamente, sea psicológicamente), Laurie encuentra consuelo en la figura de un objetor de conciencia, cuáquero, cuya inocencia, juventud (Laurie apenas tiene veintipocos años, lo que nos regala una imagen de la breve duración de la vida en la que el mundo estaba envuelto en esos años) y condición de outsider le atrae irresistiblemente. Sin embargo, por casualidades del destino, Laurie tropieza con el objeto de deseo de su adolescencia, su héroe romántico: Ralph Lanyon, con quien se reencuentra tras una historia sin final abandonada en los años previos a la guerra, donde todo parecía dispuesto y ordenado e inevitable.

A partir de este triángulo, Mary Renault nos regala una historia en la que la psicología de los personajes, y fundamentalmente de Laurie, claro, pesa sobre la narración, por lo demás brillante. Respirando el espíritu de la época en la que fue escrito, busca en esas explicaciones científicas lo que el corazón siente y a lo que se desboca, usando la imagen de el auriga de Sócrates como símbolo. En sus páginas vemos debatirse el espíritu, el corazón y los deseos de Spud de una forma quizá desgarradora, desgarradora por el freno que el personaje intenta impregnar a sus deseos, por el ambiente represivo de una sociedad que no tolera a aquellos que no son similares y por los propios ideales del protagonista, que a veces se alejan tanto de la realidad, que su terquedad para con ellos nos hace sonreír y nos recuerda que, pese a todo lo que ha vivido, Laurie no deja de ser un niño.

Por sus páginas desfilan los distintos ambientes de la sociedad británica: el ambiente de los colegios británicos, ciertas pinceladas universitarias; la opresiva convivencia con la guerra; el mundo paralelo que, tras las cortinas cerradas, la sociedad homosexual erige para conocerse, criticarse, odiarse y, quizá amarse en secreto. A su vez nos detalla el ambiente de la guerra, la rigidez o la torpeza militar, los deseos y miedos sufridos en los hospitales, y las profundas heridas corporales y espirituales que un conflicto bélico siempre deja entre los seres que lo viven.

Lo que veinte años después desembocaría en una joya literaria (El muchacho persa) en El Auriga vemos ciertos brotes y ciertos brillos: la delicadeza del amor entre hombres; la constante lucha entre lo que deseamos y lo que creemos nuestro deber; la torpeza de seguir sueños que no son más que nebulosas informes; el trato rudo, histriónico y casi histérico entre los componentes de una sociedad del mismo pelaje; esa constante lucha de nadar entre el fango o alzarse en vuelo hacia la eternidad; rescatar de lo más profundo de ese pugilato entre lo que somos y lo que nos impide ser lo más valioso, lo más duradero, aquello que es atemporal y eterno pese a lo que se nos inculca o se nos enseña; y el miedo primero, y la libertad después, de amar y ser amado simplemente por lo que se es, por lo que se puede dar, y se le da, al Otro que nos sorprende y nos acompaña.

Todo eso que veremos después en El muchacho persa aquí está expresado quizá con un lenguaje más frío que no logra, sin embargo, esconder su poesía, y también más críptico: la sociedad de 1953 no era más tolerante hacia el amor homosexual de lo que fue en los años 70, pero el mundo había cambiado mucho desde entonces. Lejos de la poesía de Maurice, contagiado quizá un tanto por el espíritu del psicoanálisis (empero más cerca de Jung que de Freud), pero a la vez mucho más valiente, por haber sido escrito por una mujer y por haber sido publicado dentro de su contemporaneidad (aunque Maurice, de E. M. Foster, fue escrita cuarenta años antes que El Auriga, fue publicada veinte años después, tras la muerte de su autor), El Auriga nos ofrece un retrato verosímil, soslayado pero penetrante de la sociedad homosexual británica durante la Segunda Guerra Mundial, sus miedos y sus comportamientos; y el debate interior, a veces desgarrador, entre lo que sentimos, lo que creemos sentir, lo que nos conviene y lo que nos haría feliz, en una historia de amor entre dos hombres íntegros que se desean porque se conocen y que se aman en silencio y en el que, paradójicamente, nunca se emplea la palabra amor.

La vida de una mujer es difícil de narrar. O su espíritu es extremo, convirtiéndola así en heroína y por lo tanto alejándola de la realidad del común de las mujeres; o bien es opaca y sumisa, disfrazándola de decorado, de mueble. La vida de una mujer, y más de una mujer homosexual, es encubierta, callada, labrada con las fuerzas de la naturaleza, que habla en obras más que en palabras. Es difícil retratar la vida de una mujer sin caer en el escándalo (o lo que la sociedad aún considera escandaloso) o en la grosería. Lo mismo podría aplicarse para la vida de un hombre, de cualquier hombre, y más si es homosexual. El Auriga es un ejemplo de lo que se puede conseguir cuando se escribe con gran profundidad y buen gusto, cuando sabemos que los sentimientos son los mismos no importa en qué cuerpo habiten, y cuando se busca por encima de todo la integridad y la libertad.

Buscar la propia voz/ Searching an own Voice.

El mar interior/ The sea inside
a J.G. por lo que me ha inspirado y a C.H.A. por servirme de espejo.

   Hace un par de días, mientras veía un documental sobre Annie Leibovitz en el que ella analizaba su trayectoria, su vida en realidad, me di cuenta sin querer lo que en realidad significa no ser ya un artista, si no un ser humano. En ese documental se mostraba el camino, la visión de las cosas, la búsqueda de esta artista por encontrar su propia voz en el mundo de imágenes que creaba. Se veía la evolución de su arte, de su forma de ver el mundo, y cómo casi sin pretenderlo al principio, pero una vez consciente de ello con todas sus fuerzas, se aferró a las circunstancias de su vida, a los hechos que se iban amoldando y que le recordaban y afirmaban sus instintos más primarios sobre su talento o su capacidad creativa, y cómo influía todo ello en esa carretera bidireccional que es la existencia: en su propia vida y en la de los que la rodeaban.

Me aterra ver hacia atrás y encontrar que mi vida no es lineal; no parece fácilmente explicable ni mensurable en términos tan matemáticos. Quizá es cuestión de narrativa, pero con frecuencia encontramos que las personas triunfadoras (y no me refiero aquí a ese repugnante término de celebridad) gustan de tener una trayectoria vital llena de obviedades, en las que un paso lleva a otro paso y estos a los siguientes, en una constante búsqueda y hallazgo que inflama sus sentidos, los despierta y agudiza, hasta que encuentran su lugar en el mundo y consiguen hablarnos y seducirnos con su propia voz. La Historia misma parece llena de este tipo de conclusiones detalladas, de pasos explicables que llevan a situaciones vitales que encajan con el sentido de lo que ha ocurrido; de suerte que nos hacen pensar que quizá una mente precalra o un personaje algo más audaz pordría haber evitado alguna de sus desgracias o bien diseñado con extrema facilidad un triunfo, un hito, un éxito sin precedente previo, mereciendo su lugar en la memoria colectiva.

No lo sé. Es cierto que existen personas afortunadas (es un decir) que parecen caer en el medio adecuado, en el momento oportuno que necesitan para florecer y brillar; existen personas cuya firme creencia en su potencial y una determinación aún más terca, consiguen tras muchas batallas alcanzar ese mismo estado de gracia. Todas ellas parecen ser guiadas, alentadas por algo que las inflama y las posee. Eso es maravilloso. O debe serlo. No importa el campo en el que trabajen: desde un peón a un presidente de gobierno, todas parecen tener un destino marcado, una idea preconcebida de su deber en el mundo, consiguiendo esos sueños o esos objetivos con extrema dedicación y mucho, mucho esfuerzo.

Eso es algo que admiro de verdad. Porque nada más digno de celebrar que la grandeza de la vida, que la belleza y el sacrificio. He tenido la suerte de haber encontrado a lo largo de mi vida varios ejemplos (algunos tan recientes que sigo maravillado) y se han convertido para mí no en modelos a seguir, sino en respuestas que encontrar, en talentos que aprehender y asimilar.

Mi vida está llena de baches, de errores cimentados sobre sueños inabarcables; de gritos sordos que rebotan en las paredes de lo imposible y de una inquietante línea curva que parece no tener finalidad. Miro hacia atrás y me aterra encontrar oportunidades perdidas por mi falta de lucidez; un irrefrenable sentido del deber que se diluye en intenciones que perdieron su peso o que tal vez no lo tuvieron nunca; una ambición diluida en las cosas que pasan y una miopía grave y siniestra. A lo largo de los años que han pasado me doy cuenta que no tengo voz, o de la insuficiencia de esa voz, y por lo tanto, de la poca importancia que mi existencia tiene ante mis ojos. Nada de lo que hago parece tener interés, porque es algo que otros hacen también, y muchos de mejor manera; lo que pienso claramente carece de gravedad puesto que mi propio mundo naufraga sin que parezca que pueda hacer algo por ello; las circunstancias moldean las respuestas y no al revés; y la falta de luz hace tanta mella como la propia oscuridad. Me he esforzado tanto en desear ser lo que se quiere de mí, que el abismo que he creado entre yo mismo y mis sueños es tal, que sólo un cataclismo podría acabar con ello, y esa certidumbre y esa sensación hacen que contemple lo que hay y lo que puede haber con una cierta mirada y una actitud ambivalente: nada garantiza que consiga encontrar mi propia voz en medio de tamaño desastre, y sin embargo…

Me asombra que otros me digan que oyen melodía en mis intenciones, que parezcan ver una imagen de mí de la que yo no soy consciente, o no del todo. Deseando no ser más importante que nadie, pero sí único a los ojos de quienes nos importan, puede que mi voz se halle escondida entre mis propios gritos, y que sólo el silencio, al que me he visto abocado por lo que ocurre actualmente en mi vida, consiga al final tamizar todos esos estratos de vivencias, todos esos tropiezos y circunstancias ya perdidos en mi historia. Puede que haya conseguido todo lo que yo creía que no deseaba y que eso me haya llevado al punto en el que hoy me encuentro. Puede que estas sensaciones, ambivalencias, preguntas calladas y deseos frustrados fuesen necesarios para llegar al momento en el que el silencio ayude a revelar mi propia voz. Puede que juzgar tan duramente lo que he sido no sirva de nada y que la paz sellada entre aquello que fui y lo que soy sea la clave para ponerme de pie, afinar mi garganta y emitir por fin mis pensamientos, ideales y sentimientos sin miedos ni prejuicios, libres y únicos, enteros por fin.

La clave de toda vida, independiente de cualquier circunstancia o estrato, es llenarse de arte, es descubrir la luz, es ser aquello que debemos ser. Es hablar, sentir y crear libremente y con nuestra propia voz. Vamos allá…

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside

Esperando para siempre/ Waiting For Forever.

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Arder, consumirse/ To Burn, To Consume.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

En la ventana, viendo al viento barrer el manto de nubes oscuras que arrastra mi alma, llueve y pienso en ti.

No me importa abrirla de par en par para que entre el frío y el agua y moje mi cuerpo. No lo noto, no lo siento, porque sólo puedo pensar en ti una y otra vez, y el amor que me inflama consume mi frío y seca la lluvia de mi piel y todo lo deshace menos tu imagen, tu mirada y tu corazón.

Fiebre que me consume… Sudo en este día frío, y la sana infección que eres tú todo lo devora: mi pensamiento que te dibuja; mi voz que dice tu nombre; mis brazos, que caen desvalidos porque les falta tu apoyo, tu espalda infinita, tu presencia…

Y es esa ausencia la que me enloquece, la que me hace desear lo que ya no tengo y sentir, sentir hasta casi la locura el recuerdo de tus besos, el recorrido de tus labios sobre mi pecho y la hoguera ardiente de tu corazón incendiando mi alma…

Mi alma se consume sedienta de ti. Y, llena de un calor que no calma este día de fría lluvia y grises nubes, abro la ventana de par en par para que me ahogue el agua que cae, para que el viento que sopla arrastre lejos de mí tu recuerdo, la presión de tus manos, la firmeza de unas piernas que no me dejaban ir…

¿Por qué has tenido que irte? ¿Por qué me dejas así, ardiente e incansable, vacío inmensurable, temblando por ti? No lo sé…

Y me asomo a la ventana buscando paz, esa paz que sólo tu cuerpo puede darme, que sólo la caricia de tus manos y los besos de tus labios pueden regalarme… Pero no estás, y en tu ausencia lloro tu pérdida, y mi cabeza late una y otra vez con el temor de no verte más…

Y sin embargo, esta pasión que me consume todo lo puede. Este corazón que late te atraerá de nuevo con el rugido de su lamento, con el brillo incandescente de las llamas que lo devoran… Y lo verás, lo verás desde el horizonte, a pesar de la lluvia que cae, del manto gris que nos envuelve, ardiendo en la ventana abierta al invierno, consumiéndose lenta e inexorablemente en la espera de sentir de nuevo el contacto de tu piel, el sabor de tus labios y el huracanado abrazo de tu amor.

Porque yo soy todo tu amor, tu amor que espera ardiendo en la ventana abierta al invierno y que se consume entre las llamas de una pasión perdida, soñando incansablemente, como una estrella en la noche, poseerte otra vez.

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Día de Reyes/ Epiphany.

Los días idos/ The days gone

En casa siempre se ha vivido el Día de Reyes, y toda la Navidad en realidad, con dos vertientes conocidas por todos: por un lado cierta melancolía cuando no verdadera tristeza y por otro de ilusión y alegría. Lo que resulta curioso de esto es que mi padre, el epítome del buen humor y el adalid del optimismo (a pesar de todo lo que le ha tocado vivir) es el que más tristemente vive estas fechas y mi madre, que tiende a ver las cosas por el lado más negativo (¿así se polarizan después de 45 años de matrimonio?), vive las Navidades con una alegría contagiosa aunque tiende a apagarse con el paso de los años.

Sus narraciones sobre cómo se vivían las Navidades es muy similar. Hace sesenta años la situación en España era muy distinta (crisis incluida). Un país de posguerra, una economía destrozada, en la que se luchaba por vivir el día a día, y una región olvidada como ha sido Galicia por centurias, convirtiéndose en máquina de emigración. En Navidades siempre había en casa de mis padres, en mayor o menor medida, dos pastillas de turrón (uno blando y otro duro) para Nochebuena y Navidad y otras dos para Fin de Año. Y a veces había bacalao con coliflor, claro; y caldo gallego y patatas.

Pero donde el cuento variaba mucho era en el día de Reyes. Mientras que mi padre era el menor de diez hermanos, con trece personas viviendo en su casa, mi madre era la mayor de tres y en su casa sólo eran siete. Las esperanzas, las añoranzas, el deseo de la noche de Reyes impregnaba a ambos niños, pero a diferencia de mi madre, mi padre nunca recibió un regalo de Reyes excepto un año, una sola vez, un balón de fútbol de trapo, que se perdió ese mismo día mientras jugaba con sus amigos…Mi padre, un aficionado entregado del fútbol, que hubiese sido un gran entrenador (su clarividencia aún me asombra en cada partido que ve), disfrutó ese día tanto con el regalo que su decepción fue demasiado grande cuando perdió un balón que a día de hoy ha sido incapaz de encontrar. En cambio mi madre, que dejaba en la ventana el vaso de leche y el plato de galletas, recibía siempre un detallito, un regalito que hacía de esos días un período de maravillas: un costurerito, una cocinilla, un paraguas, unos calcetines, unos guantes…

¡Qué diferencia con mis Navidades! A pesar de que yo no escribía cartas al Niño Jesús o a los Reyes, siempre tuve regalos, muchos sin ser demasiados (gracias a Dios) y como nunca he sido de pedir, pues me sorprendían año tras año. No recuerdo haber descubierto que mis padres y tíos eran el Niño Jesús o los Reyes, busco en mi memoria y no hallo ningún momento de decepción ni de asombro. Para mí ver esos regalos debajo del árbol era una alegría desbordante y con eso, aún hoy, cuarenta años después, me llega: nada más bonito que apilar debajo del árbol de Navidad regalos envueltos en papeles de colores.

Sin embargo mis padres no recibieron ese trato ni tuvieron esa oportunidad… Por eso los atiborro con cosas bonitas, por eso quiero que para ellos sea día de Reyes todos los días de sus vidas. Mi padre quería tener un balón de fútbol de cuero, unas botas para poder jugar, un futbolín y mucha, mucha comida…Ha trabajado tanto, ha estado tan enfermo y ha mantenido el humor a pesar de tantas decepciones… Mi madre, siempre suspiró por una muñeca y una casa de muñecas, en cambio recibía mariquitas que recortaba con delicadeza y que guardaba, con su guardarropa, en los libros del colegio…Las cambiaba según la estación, si iban a esquiar, si era invierno o verano…Su amor por la moda viene de esa época, y su buen gusto natural, se crió en esos juegos… Mi madre veía en las jugueterías a Mariquita Pérez con esos trajes encantadores, y los cochecitos y los abrigos a juegos y suspiraba por una muñeca… Mi padre, a los dos años de casados, le regaló una Nancy, y fue quizá el mejor regalo de su vida, y una vaca mecánica a pilas que mugía y movía la cola y la cabeza (¡aún hoy recuerda emocionada esas dos pequeñeces mecánicas!)…

¿Cómo no hacer que esas dos personas, que han navegado en las aguas turbulentas de la vida, y que han llegado juntos hasta aquí, tengan lo mejor el día de Reyes? Las discusiones, los malentendidos, los problemas, las decepciones, los baches de la Enfermedad, todo eso se deshace en pequeños regalos que van cayendo a lo largo del año, para que no olviden nunca, nunca, que para ellos el día de Reyes es todos los días, y que merecen todo lo que reciben.

Me hubiera gustado darle a aquel niño ese balón de fútbol y a aquella niña esa maravillosa casa de muñecas… Quizá algún día pueda hacerlo, y quizá ése sea el día más feliz de mi vida.

Para todos aquellos que tengan un regalito que abrir, para todos aquellos cuyo regalo es la Salud, para aquellos que no tienen nada y que lo merecen todo: Feliz Día de Reyes, de corazón.

Prohibere.

El día a día/ The days we're living

Cuando una ley, una norma es demasiado rígida o no respira con el aire de los tiempos, debe ser derogada o, en todo caso, cambiada para amoldarse a la realidad.

Con las leyes pasa lo mismo que con toda elaboración teórica: son necesarias, pero sólo la piedra de toque del día a día pone a prueba su plasticidad y su necesidad. La enseñanza teórica, para todo aquel que la ha recibido, tiene una gran virtud y adolece de un gran defecto que, como todo lo extremo, se dan la mano: sin una no podemos aprehender el esqueleto que conforma un hecho, y sin la otra, no podemos entender del todo ese fenómeno y hacerlo realmente nuestro, experiencialmente nuestro. Lo teórico nos sirve de seguro, de colchón, de base. Lo experiencial nos arroja al día a día, al peligro, al cambio: nos ayuda a ver que no todo lo razonado es real porque las circunstancias externas también ejercen su influencia sobre los hechos que nos rodean, y afectan profundamente a esa construcción tan pura como una línea recta.

No soy jurista, no juego con un lenguaje enrevesado y cacofónico para pretender regular las estructuras del mundo, los hábitos y costumbres de mis conciudadanos. Pero soy ciudadano, y a veces hasta uno que piensa. Cada una de las ramas del saber que el ser humano ha descubierto y ha desarrollado para entender el mundo se rodea de este tipo de armas de segregación para evitar usurpaciones, para asegurarse una parcela de poder que justifique su existencia. El Derecho no se escapa a esta labor elitista (la Medicina aún menos). Lo malo es que el Derecho con harta frecuencia se une a la Política, y es cuando se crean graves problemas. Siguiendo un esquema antiguo y mitológico quizá, de dividir en tres grandes entes el Poder (Tres son tres para ser Uno: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo): el Poder Ejecutivo, que toma decisiones ciudadanas, el Poder Legislativo, que regula las normas para una convivencia normalizada de sus ciudadanos y el Poder Judicial, que rige y vigila a los otros dos en posibles salidas de tono, abusos o errores, que nadie está exento de ello; quedan a merced de esta mezcla peligrosa para cualquier país democrático que se precie. Estoy pronto a creer que es necesario que se establezca cierta separación entre Política y el resto de ámbitos humanos para hacerla sufrir una depuración profunda, una purga eterna. La ambición desmedida (sea por dinero, por ganar elecciones, por simple ego) estorba demasiado la labor de gobernar, nubla demasiado el sentido común, como para ser considerada beneficiosa para el conjunto de un país. La Política se ha armado con eso que se ha dado en llamar aparatos de partido para crear un gran caballo de Troya con el que conquistar el poder y diezmar, sin importar consecuencias a veces desastrosas, el país que pretenden gobernar. No siempre ha sido así. Y si así fuera, que se hayan heredado estructuras del pasado no justifican el uso actual de las mismas.

Que padecemos una dura crisis no debe negarlo nadie (ya se ha negado demasiado). Y aunque es cierto que económicamente es real, creo que sólo la vemos por ese prisma y pasamos de largo algo mucho más profundo que se está purgando en el presente. Lo económico es un invento humano, y por lo tanto, es un reflejo del momento que vive la humanidad. Tenemos crisis de todo: en creatividad, donde predomina la pirotecnia sobre el talento (donde triunfa el ruido más que las nueces); el amiguismo, que siempre ha existido, ha acabado por ahogar al talento; nuestras Artes son pobres pues son incapaces de generar nada salvo meras reproducciones de lo ya creado, bien desestructuradas, bien cambiándolas de color; llamamos rupturismo a lo que no es más que falta de ingenio; una silla sin tapizar es un éxito porque nadie hasta el momento se le había ocurrido colocarla en un salón: habría que ver si sirve para sentarse en ella, que la belleza no está en contra de la utilidad (lo práctico sobre lo teórico); alabamos el empleo de tapices sobre tapices, de alfombras sobre alfombras, lo recargado sobre lo simple, lo minimalista sobre lo útil, lo desnudo frente a lo vestido: nada que no haya sido pensado ni visto en la historia de la humanidad antes de ahora nos aporta estas ideas que, por costumbre, hemos aceptado en llamar vanguardistas.

En el vestido, lo mismo. Una vez roto normas, hemos creado otras que nos parecen novedosas, pero seguimos vistiendo (ahora más que nunca) como clones; sólo el desarrollo de nuevos tejidos nos lanzan al espejismo de lo novedoso, pero en el fondo aplicamos a viejas ideas esos tejidos tecnológicos y conseguimos lo mismo que pensaron los verdaderos creadores pero con otras texturas y colores. Nadie crea nuevas normas, nadie crea nuevos cortes: todo está inventado. O vemos al pasado o no somos nadie. Nuestra creatividad está bajo mínimos.

La Literatura, la Escultura, el Cine, la Música: llevamos años encallados en un desierto yermo de ideas como de verdaderos éxitos. Por ejemplo, aclamamos como rompedora una película plagada de seres azules contándonos una historia mil veces contada: nada que la Biblia no esconda en sus tesoros, y los Pitufos ya existían cuarenta años antes de esos supuestos seres galácticos. En la Salud quizá haya algo más de esperanza, pero no toda real: el progreso de la tecnología nos acerca a posibilidades terapéuticas antes sólo imaginadas, pero en la realidad, seguimos tratando la Enfermedad con las armas de siempre: cabeza, espíritu y experiencia; por ejemplo, nada ha conseguido llegar a los pies de la Morfina para aliviar el dolor y la Aspirina sigue siendo una fuente de sorpresas terapéuticas; ambas peinan canas desde hace ya mucho tiempo y nadie ha podido igualar esos dos regalos de la Naturaleza. En el Transporte, en la Construcción: la tecnología permite desarrollar viejas ideas ya soñadas por otros, y no hemos conseguido igualar la belleza ni la durabilidad de viejos palacios, de añejos edificios, de nuestras ciudades de piedra, de nuestras iglesias o catedrales. El Panteón de Roma, esa obra maravillosa de Adriano o su Villa, siguen siendo ejemplos basados en otros ejemplos ya perdidos o destruidos; las catedrales, lo más cercano que hemos estado en nuestra búsqueda de Dios, alancean al cielo sus bellas torres, sus adornados frisos, sus acristalados rosetones repletos de magia y sabiduría: los rascacielos actuales beben en esas fuentes y en sus formas caprichosas sólo intervienen la tecnología y pocas veces la verdadera Belleza, y se parecen a las catedrales en esa constante búsqueda por ser más altos, más poderosos, más cercanos a Dios, más diferentes y, por lo mismo, más admirados y envidiados.

Quizá nuestro tiempo deba sólo beber de las fuentes y ungir con la pátina de la tecnología la obra creadora de otros seres que ya no están con nosotros y que nos han enseñado un camino que nos está vetado romper. Es decir: ser continuistas y buscadores, que no creadores; aplicar nuestros descubrimientos, nuestros conocimientos y nuestra visión del mundo a establecer puentes entre dos épocas de creatividad; evitar que caigamos de nuevo en la Oscuridad de la que tanto nos ha costado salir, y entregar el testigo en ese punto de la Historia en la que se conjuntarán otra vez hálito creador y tecnología necesarios para crear mundos nuevos.

Pues en este momento que vivimos, en el que clamamos por una educación efectiva que nuestros niños no poseen (y es debido a nosotros, claro, que para eso somos padres ahora) es cuando más notamos todas estas carencias en quienes nos gobiernan o pretenden gobernarnos (porque nosotros queremos, claro.) Es difícil legislar para todos, que todos estén contentos, pero es nuestro deber conseguir ese punto medio salomónico (¡si ya todo está inventado!) que intente equilibrar las situaciones sin segregar a nadie, sin discriminar a nadie. Alguien muy listo y muy brillante (mujer, claro) me dijo ayer que el problema español está en nuestra nula capacidad para argumentar. Y está en lo cierto. Sólo sabemos discutir, polarizar: estás a mi favor o en contra; por eso tienen tanto éxito programas de televisión en la que la gente se grita una a la otra: son un reflejo de nuestra sociedad. Y esa realidad se refleja en las mínimas situaciones diarias y en todos los ámbitos, y ahora le ha tocado el turno al tabaco.

En una sociedad como la nuestra, en la que la argumentación y la conciliación puede que estorben, la única forma en la que parece que reaccionamos es al decretazo, al golpe en la mesa.Con la legislación previa se había conseguido un espacio sin humos bastante adecuado. No perfecto, porque la normativa no se cumplía correctamente: no es que existieran locales con y otros sin humos, sino que hubiese los sistemas de ventilación adecuados para que ambas formas de ver la vida conjugasen sin molestar. Pero hicimos lo más cómodo: aquí se fuma y aquí no. Bien es cierto que un fumador no es presa fácil a la hora de colaborar con detener su consumo por unos instantes (por ejemplo, durante una comida), sin embargo la gran mayoría de las personas que yo conozco cedían en su hábito momentáneamente sin ninguna polémica. Así que el problema estaba en cómo se aplicaba la normativa vigente (puro sentido común) y no en la Ley.

Sin embargo, en este caos gubernamental en el que nos encontramos, en lo que todo parece deshacerse a velocidad de vértigo, la Política idea una cortina de humo lo bastante importante para evitar que pensemos en los problemas reales que nos aquejan y consiguen (¡otra vez!) la viejísima táctica del divide y vencerás, de lo mío contra lo tuyo, de la polémica barata y el batiburrillo de ideas que los españoles amamos más que a los hechos, más que a las personas. Implementando leyes segregacionistas y prohibiendo, intentan confrontar y desubicar a la población mientras siguen haciendo de las suyas para mantenerse en el poder. Y hablo aquí del Poder como ente, no contra un partido u otro (todos, en su momento de poder, han empleado esta técnica, el problema es que en la actualidad se ha llegado a límites insospechados porque la situación vital es urgente y vergonzosa al mismo tiempo.)

Todo aquel que ha llegado a cierta posición de responsabilidad sabe de sobra que, una vez en ella, hay que bailar al son que le toquen. La persona que crea que llegar al poder y ser inmediatamente rupturista tiene una visión muy precaria de la vida. No. Un puesto de mando es un puesto de decisiones, de vigilancia, de cohesión. Y, como tal, sin importar las circunstancias, debe primar siempre el sentido común, la verdadera educación, ese punto en el que se encuentran la enseñanza teórica y la habilidad práctica… Y sí, eso no es fácil. Por eso no todos somos aptos para ocupar puestos de mando.

Cuando actuamos con responsabilidad, con sentido común, lo hacemos con educación, con un sentido del Poder como Servicio, amén como ambición personal y egóica, que nada de esto es excluyente, todo lo contrario. Por lo que no es necesario esta torpeza que estamos viviendo en estos días, este enfrentamiento, esta caza de brujas, esta demonización, esta Prohibición. Prohibir no es educar: es inhibir una forma de pensar, es cohartar, es evitar que los demás piensen por sí mismos, lo cual puede llegar a convenir al Poder. La Ilustración dejó muy claro que sólo la iluminación es necesaria para la revolución. Pero la revolución por sí misma no es la respuesta, es una vía para alcanzar un objetivo, un objetivo que el sentido común (la unión de la teoría y la práctica) conjuga en reglas adecuadas y en hechos reales.

Espero que nos demos cuenta que estamos siendo víctimas de una manipulación más; que están empleando una característica de raza (ese ánimo a la discusión) para manipular nuestra atención y, aún peor, están soliviantando esas diferencias con la (¡otra vez!) antigua costumbre de apuntar con el dedo, de acusar con una letra escarlata, y así hacer que nos olvidemos de los problemas reales, problemas que nos encontramos a final de mes,día a día, mes a mes, porque no desean que seamos conscientes de ellos y que intentemos solucionarlos de una vez.

Prohibir sólo nos hace más pobres, más miserables, nos ata más a nuestras cadenas. Evita que pensemos por nosotros mismos, que tengamos criterios, que tengamos educación. La Ley está para reglar la realidad del mundo, la Ley debe entonces adaptarse al día a día. Debe aceptar que hay fumadores y no fumadores, bebedores y no bebedores; hombres  y mujeres, niños y adultos; heterosexuales, bisexuales, transexuales y homosexuales; prostitutos y clientes; ladrones y cobardes; terroristas y hombres de ley; crisitianos y musulmanes, budistas y sintoístas, agnósticos y liberales; debe distinguir que hay razas y mezcla de razas, y que hay normas colectivas y costumbre sociales que se deben modificar sin perder su esencia ni su interés de espectáculo de masas.

En un país desarrollado, todos tenemos derechos pero también todos tenemos responsabilidades. Es hora de que las asumamos sin manipulación del Poder, sin crear diferencias, sin crear escándalos de la nada, sin señalar a éste o aquél. Y sí, otra vez, hace más de 2000 años un hombre muy sabio nos recriminó que viésemos la paja en el ojo ajeno siendo así que el nuestro estaba sucio de más, y nadie pudo tirar la primera piedra porque, a pesar de las diferencias que parecen dividirnos, todos, todos, somos iguales.

Esta Ley Antitabaco está mal planteada, como la Ley del Aborto, como la Ley Sinde: todas están abocadas a crear desconcierto y desazón en la sociedad, están hechas para obtener escándalo y desviar el interés colectivo de aquello que es verdaderamente importante. No el espíritu que las impulsa: legislar es necesario, pero hay que hacerlo con sentido común, con educación, con sentido del estado, de la responsabilidad. Basta ya de tantos maquiavelismos (sí, otra vez la Historia que se repite) y abramos de una vez los ojos ante nuestra deplorable realidad: falta de respeto, falta de educación, falta de humanidad. Y no, no necesitamos a un gobierno que nos lo diga ni que nos inflame esas deficiencias. En nosotros está vencerlas y seguir nuestro camino en paz.