Prohibere.

Cuando una ley, una norma es demasiado rígida o no respira con el aire de los tiempos, debe ser derogada o, en todo caso, cambiada para amoldarse a la realidad.

Con las leyes pasa lo mismo que con toda elaboración teórica: son necesarias, pero sólo la piedra de toque del día a día pone a prueba su plasticidad y su necesidad. La enseñanza teórica, para todo aquel que la ha recibido, tiene una gran virtud y adolece de un gran defecto que, como todo lo extremo, se dan la mano: sin una no podemos aprehender el esqueleto que conforma un hecho, y sin la otra, no podemos entender del todo ese fenómeno y hacerlo realmente nuestro, experiencialmente nuestro. Lo teórico nos sirve de seguro, de colchón, de base. Lo experiencial nos arroja al día a día, al peligro, al cambio: nos ayuda a ver que no todo lo razonado es real porque las circunstancias externas también ejercen su influencia sobre los hechos que nos rodean, y afectan profundamente a esa construcción tan pura como una línea recta.

No soy jurista, no juego con un lenguaje enrevesado y cacofónico para pretender regular las estructuras del mundo, los hábitos y costumbres de mis conciudadanos. Pero soy ciudadano, y a veces hasta uno que piensa. Cada una de las ramas del saber que el ser humano ha descubierto y ha desarrollado para entender el mundo se rodea de este tipo de armas de segregación para evitar usurpaciones, para asegurarse una parcela de poder que justifique su existencia. El Derecho no se escapa a esta labor elitista (la Medicina aún menos). Lo malo es que el Derecho con harta frecuencia se une a la Política, y es cuando se crean graves problemas. Siguiendo un esquema antiguo y mitológico quizá, de dividir en tres grandes entes el Poder (Tres son tres para ser Uno: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo): el Poder Ejecutivo, que toma decisiones ciudadanas, el Poder Legislativo, que regula las normas para una convivencia normalizada de sus ciudadanos y el Poder Judicial, que rige y vigila a los otros dos en posibles salidas de tono, abusos o errores, que nadie está exento de ello; quedan a merced de esta mezcla peligrosa para cualquier país democrático que se precie. Estoy pronto a creer que es necesario que se establezca cierta separación entre Política y el resto de ámbitos humanos para hacerla sufrir una depuración profunda, una purga eterna. La ambición desmedida (sea por dinero, por ganar elecciones, por simple ego) estorba demasiado la labor de gobernar, nubla demasiado el sentido común, como para ser considerada beneficiosa para el conjunto de un país. La Política se ha armado con eso que se ha dado en llamar aparatos de partido para crear un gran caballo de Troya con el que conquistar el poder y diezmar, sin importar consecuencias a veces desastrosas, el país que pretenden gobernar. No siempre ha sido así. Y si así fuera, que se hayan heredado estructuras del pasado no justifican el uso actual de las mismas.

Que padecemos una dura crisis no debe negarlo nadie (ya se ha negado demasiado). Y aunque es cierto que económicamente es real, creo que sólo la vemos por ese prisma y pasamos de largo algo mucho más profundo que se está purgando en el presente. Lo económico es un invento humano, y por lo tanto, es un reflejo del momento que vive la humanidad. Tenemos crisis de todo: en creatividad, donde predomina la pirotecnia sobre el talento (donde triunfa el ruido más que las nueces); el amiguismo, que siempre ha existido, ha acabado por ahogar al talento; nuestras Artes son pobres pues son incapaces de generar nada salvo meras reproducciones de lo ya creado, bien desestructuradas, bien cambiándolas de color; llamamos rupturismo a lo que no es más que falta de ingenio; una silla sin tapizar es un éxito porque nadie hasta el momento se le había ocurrido colocarla en un salón: habría que ver si sirve para sentarse en ella, que la belleza no está en contra de la utilidad (lo práctico sobre lo teórico); alabamos el empleo de tapices sobre tapices, de alfombras sobre alfombras, lo recargado sobre lo simple, lo minimalista sobre lo útil, lo desnudo frente a lo vestido: nada que no haya sido pensado ni visto en la historia de la humanidad antes de ahora nos aporta estas ideas que, por costumbre, hemos aceptado en llamar vanguardistas.

En el vestido, lo mismo. Una vez roto normas, hemos creado otras que nos parecen novedosas, pero seguimos vistiendo (ahora más que nunca) como clones; sólo el desarrollo de nuevos tejidos nos lanzan al espejismo de lo novedoso, pero en el fondo aplicamos a viejas ideas esos tejidos tecnológicos y conseguimos lo mismo que pensaron los verdaderos creadores pero con otras texturas y colores. Nadie crea nuevas normas, nadie crea nuevos cortes: todo está inventado. O vemos al pasado o no somos nadie. Nuestra creatividad está bajo mínimos.

La Literatura, la Escultura, el Cine, la Música: llevamos años encallados en un desierto yermo de ideas como de verdaderos éxitos. Por ejemplo, aclamamos como rompedora una película plagada de seres azules contándonos una historia mil veces contada: nada que la Biblia no esconda en sus tesoros, y los Pitufos ya existían cuarenta años antes de esos supuestos seres galácticos. En la Salud quizá haya algo más de esperanza, pero no toda real: el progreso de la tecnología nos acerca a posibilidades terapéuticas antes sólo imaginadas, pero en la realidad, seguimos tratando la Enfermedad con las armas de siempre: cabeza, espíritu y experiencia; por ejemplo, nada ha conseguido llegar a los pies de la Morfina para aliviar el dolor y la Aspirina sigue siendo una fuente de sorpresas terapéuticas; ambas peinan canas desde hace ya mucho tiempo y nadie ha podido igualar esos dos regalos de la Naturaleza. En el Transporte, en la Construcción: la tecnología permite desarrollar viejas ideas ya soñadas por otros, y no hemos conseguido igualar la belleza ni la durabilidad de viejos palacios, de añejos edificios, de nuestras ciudades de piedra, de nuestras iglesias o catedrales. El Panteón de Roma, esa obra maravillosa de Adriano o su Villa, siguen siendo ejemplos basados en otros ejemplos ya perdidos o destruidos; las catedrales, lo más cercano que hemos estado en nuestra búsqueda de Dios, alancean al cielo sus bellas torres, sus adornados frisos, sus acristalados rosetones repletos de magia y sabiduría: los rascacielos actuales beben en esas fuentes y en sus formas caprichosas sólo intervienen la tecnología y pocas veces la verdadera Belleza, y se parecen a las catedrales en esa constante búsqueda por ser más altos, más poderosos, más cercanos a Dios, más diferentes y, por lo mismo, más admirados y envidiados.

Quizá nuestro tiempo deba sólo beber de las fuentes y ungir con la pátina de la tecnología la obra creadora de otros seres que ya no están con nosotros y que nos han enseñado un camino que nos está vetado romper. Es decir: ser continuistas y buscadores, que no creadores; aplicar nuestros descubrimientos, nuestros conocimientos y nuestra visión del mundo a establecer puentes entre dos épocas de creatividad; evitar que caigamos de nuevo en la Oscuridad de la que tanto nos ha costado salir, y entregar el testigo en ese punto de la Historia en la que se conjuntarán otra vez hálito creador y tecnología necesarios para crear mundos nuevos.

Pues en este momento que vivimos, en el que clamamos por una educación efectiva que nuestros niños no poseen (y es debido a nosotros, claro, que para eso somos padres ahora) es cuando más notamos todas estas carencias en quienes nos gobiernan o pretenden gobernarnos (porque nosotros queremos, claro.) Es difícil legislar para todos, que todos estén contentos, pero es nuestro deber conseguir ese punto medio salomónico (¡si ya todo está inventado!) que intente equilibrar las situaciones sin segregar a nadie, sin discriminar a nadie. Alguien muy listo y muy brillante (mujer, claro) me dijo ayer que el problema español está en nuestra nula capacidad para argumentar. Y está en lo cierto. Sólo sabemos discutir, polarizar: estás a mi favor o en contra; por eso tienen tanto éxito programas de televisión en la que la gente se grita una a la otra: son un reflejo de nuestra sociedad. Y esa realidad se refleja en las mínimas situaciones diarias y en todos los ámbitos, y ahora le ha tocado el turno al tabaco.

En una sociedad como la nuestra, en la que la argumentación y la conciliación puede que estorben, la única forma en la que parece que reaccionamos es al decretazo, al golpe en la mesa.Con la legislación previa se había conseguido un espacio sin humos bastante adecuado. No perfecto, porque la normativa no se cumplía correctamente: no es que existieran locales con y otros sin humos, sino que hubiese los sistemas de ventilación adecuados para que ambas formas de ver la vida conjugasen sin molestar. Pero hicimos lo más cómodo: aquí se fuma y aquí no. Bien es cierto que un fumador no es presa fácil a la hora de colaborar con detener su consumo por unos instantes (por ejemplo, durante una comida), sin embargo la gran mayoría de las personas que yo conozco cedían en su hábito momentáneamente sin ninguna polémica. Así que el problema estaba en cómo se aplicaba la normativa vigente (puro sentido común) y no en la Ley.

Sin embargo, en este caos gubernamental en el que nos encontramos, en lo que todo parece deshacerse a velocidad de vértigo, la Política idea una cortina de humo lo bastante importante para evitar que pensemos en los problemas reales que nos aquejan y consiguen (¡otra vez!) la viejísima táctica del divide y vencerás, de lo mío contra lo tuyo, de la polémica barata y el batiburrillo de ideas que los españoles amamos más que a los hechos, más que a las personas. Implementando leyes segregacionistas y prohibiendo, intentan confrontar y desubicar a la población mientras siguen haciendo de las suyas para mantenerse en el poder. Y hablo aquí del Poder como ente, no contra un partido u otro (todos, en su momento de poder, han empleado esta técnica, el problema es que en la actualidad se ha llegado a límites insospechados porque la situación vital es urgente y vergonzosa al mismo tiempo.)

Todo aquel que ha llegado a cierta posición de responsabilidad sabe de sobra que, una vez en ella, hay que bailar al son que le toquen. La persona que crea que llegar al poder y ser inmediatamente rupturista tiene una visión muy precaria de la vida. No. Un puesto de mando es un puesto de decisiones, de vigilancia, de cohesión. Y, como tal, sin importar las circunstancias, debe primar siempre el sentido común, la verdadera educación, ese punto en el que se encuentran la enseñanza teórica y la habilidad práctica… Y sí, eso no es fácil. Por eso no todos somos aptos para ocupar puestos de mando.

Cuando actuamos con responsabilidad, con sentido común, lo hacemos con educación, con un sentido del Poder como Servicio, amén como ambición personal y egóica, que nada de esto es excluyente, todo lo contrario. Por lo que no es necesario esta torpeza que estamos viviendo en estos días, este enfrentamiento, esta caza de brujas, esta demonización, esta Prohibición. Prohibir no es educar: es inhibir una forma de pensar, es cohartar, es evitar que los demás piensen por sí mismos, lo cual puede llegar a convenir al Poder. La Ilustración dejó muy claro que sólo la iluminación es necesaria para la revolución. Pero la revolución por sí misma no es la respuesta, es una vía para alcanzar un objetivo, un objetivo que el sentido común (la unión de la teoría y la práctica) conjuga en reglas adecuadas y en hechos reales.

Espero que nos demos cuenta que estamos siendo víctimas de una manipulación más; que están empleando una característica de raza (ese ánimo a la discusión) para manipular nuestra atención y, aún peor, están soliviantando esas diferencias con la (¡otra vez!) antigua costumbre de apuntar con el dedo, de acusar con una letra escarlata, y así hacer que nos olvidemos de los problemas reales, problemas que nos encontramos a final de mes,día a día, mes a mes, porque no desean que seamos conscientes de ellos y que intentemos solucionarlos de una vez.

Prohibir sólo nos hace más pobres, más miserables, nos ata más a nuestras cadenas. Evita que pensemos por nosotros mismos, que tengamos criterios, que tengamos educación. La Ley está para reglar la realidad del mundo, la Ley debe entonces adaptarse al día a día. Debe aceptar que hay fumadores y no fumadores, bebedores y no bebedores; hombres  y mujeres, niños y adultos; heterosexuales, bisexuales, transexuales y homosexuales; prostitutos y clientes; ladrones y cobardes; terroristas y hombres de ley; crisitianos y musulmanes, budistas y sintoístas, agnósticos y liberales; debe distinguir que hay razas y mezcla de razas, y que hay normas colectivas y costumbre sociales que se deben modificar sin perder su esencia ni su interés de espectáculo de masas.

En un país desarrollado, todos tenemos derechos pero también todos tenemos responsabilidades. Es hora de que las asumamos sin manipulación del Poder, sin crear diferencias, sin crear escándalos de la nada, sin señalar a éste o aquél. Y sí, otra vez, hace más de 2000 años un hombre muy sabio nos recriminó que viésemos la paja en el ojo ajeno siendo así que el nuestro estaba sucio de más, y nadie pudo tirar la primera piedra porque, a pesar de las diferencias que parecen dividirnos, todos, todos, somos iguales.

Esta Ley Antitabaco está mal planteada, como la Ley del Aborto, como la Ley Sinde: todas están abocadas a crear desconcierto y desazón en la sociedad, están hechas para obtener escándalo y desviar el interés colectivo de aquello que es verdaderamente importante. No el espíritu que las impulsa: legislar es necesario, pero hay que hacerlo con sentido común, con educación, con sentido del estado, de la responsabilidad. Basta ya de tantos maquiavelismos (sí, otra vez la Historia que se repite) y abramos de una vez los ojos ante nuestra deplorable realidad: falta de respeto, falta de educación, falta de humanidad. Y no, no necesitamos a un gobierno que nos lo diga ni que nos inflame esas deficiencias. En nosotros está vencerlas y seguir nuestro camino en paz.

Juan Ramón Villanueva

Un aspirante-a-todo-lo-que-sea, que vive en Santiago de Compostela; dedicado a vivir demasiado en su cabeza; con grandes amigos con los que compartir todo los aspectos de la vida, y que empieza a necesitar expandirse más allá de sus propio límites geográficos. Aspiring-to-everything-that-it-is, living in Santiago de Compostela; dedicated to live too much in his head; with great friends with which to share all aspects of life, and that begins to need to expand beyond his own geographic limits.

Submit a comment

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s