Esperando para siempre/ Waiting For Forever.

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Arder, consumirse/ To Burn, To Consume.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

En la ventana, viendo al viento barrer el manto de nubes oscuras que arrastra mi alma, llueve y pienso en ti.

No me importa abrirla de par en par para que entre el frío y el agua y moje mi cuerpo. No lo noto, no lo siento, porque sólo puedo pensar en ti una y otra vez, y el amor que me inflama consume mi frío y seca la lluvia de mi piel y todo lo deshace menos tu imagen, tu mirada y tu corazón.

Fiebre que me consume… Sudo en este día frío, y la sana infección que eres tú todo lo devora: mi pensamiento que te dibuja; mi voz que dice tu nombre; mis brazos, que caen desvalidos porque les falta tu apoyo, tu espalda infinita, tu presencia…

Y es esa ausencia la que me enloquece, la que me hace desear lo que ya no tengo y sentir, sentir hasta casi la locura el recuerdo de tus besos, el recorrido de tus labios sobre mi pecho y la hoguera ardiente de tu corazón incendiando mi alma…

Mi alma se consume sedienta de ti. Y, llena de un calor que no calma este día de fría lluvia y grises nubes, abro la ventana de par en par para que me ahogue el agua que cae, para que el viento que sopla arrastre lejos de mí tu recuerdo, la presión de tus manos, la firmeza de unas piernas que no me dejaban ir…

¿Por qué has tenido que irte? ¿Por qué me dejas así, ardiente e incansable, vacío inmensurable, temblando por ti? No lo sé…

Y me asomo a la ventana buscando paz, esa paz que sólo tu cuerpo puede darme, que sólo la caricia de tus manos y los besos de tus labios pueden regalarme… Pero no estás, y en tu ausencia lloro tu pérdida, y mi cabeza late una y otra vez con el temor de no verte más…

Y sin embargo, esta pasión que me consume todo lo puede. Este corazón que late te atraerá de nuevo con el rugido de su lamento, con el brillo incandescente de las llamas que lo devoran… Y lo verás, lo verás desde el horizonte, a pesar de la lluvia que cae, del manto gris que nos envuelve, ardiendo en la ventana abierta al invierno, consumiéndose lenta e inexorablemente en la espera de sentir de nuevo el contacto de tu piel, el sabor de tus labios y el huracanado abrazo de tu amor.

Porque yo soy todo tu amor, tu amor que espera ardiendo en la ventana abierta al invierno y que se consume entre las llamas de una pasión perdida, soñando incansablemente, como una estrella en la noche, poseerte otra vez.

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Día de Reyes/ Epiphany.

Los días idos/ The days gone

En casa siempre se ha vivido el Día de Reyes, y toda la Navidad en realidad, con dos vertientes conocidas por todos: por un lado cierta melancolía cuando no verdadera tristeza y por otro de ilusión y alegría. Lo que resulta curioso de esto es que mi padre, el epítome del buen humor y el adalid del optimismo (a pesar de todo lo que le ha tocado vivir) es el que más tristemente vive estas fechas y mi madre, que tiende a ver las cosas por el lado más negativo (¿así se polarizan después de 45 años de matrimonio?), vive las Navidades con una alegría contagiosa aunque tiende a apagarse con el paso de los años.

Sus narraciones sobre cómo se vivían las Navidades es muy similar. Hace sesenta años la situación en España era muy distinta (crisis incluida). Un país de posguerra, una economía destrozada, en la que se luchaba por vivir el día a día, y una región olvidada como ha sido Galicia por centurias, convirtiéndose en máquina de emigración. En Navidades siempre había en casa de mis padres, en mayor o menor medida, dos pastillas de turrón (uno blando y otro duro) para Nochebuena y Navidad y otras dos para Fin de Año. Y a veces había bacalao con coliflor, claro; y caldo gallego y patatas.

Pero donde el cuento variaba mucho era en el día de Reyes. Mientras que mi padre era el menor de diez hermanos, con trece personas viviendo en su casa, mi madre era la mayor de tres y en su casa sólo eran siete. Las esperanzas, las añoranzas, el deseo de la noche de Reyes impregnaba a ambos niños, pero a diferencia de mi madre, mi padre nunca recibió un regalo de Reyes excepto un año, una sola vez, un balón de fútbol de trapo, que se perdió ese mismo día mientras jugaba con sus amigos…Mi padre, un aficionado entregado del fútbol, que hubiese sido un gran entrenador (su clarividencia aún me asombra en cada partido que ve), disfrutó ese día tanto con el regalo que su decepción fue demasiado grande cuando perdió un balón que a día de hoy ha sido incapaz de encontrar. En cambio mi madre, que dejaba en la ventana el vaso de leche y el plato de galletas, recibía siempre un detallito, un regalito que hacía de esos días un período de maravillas: un costurerito, una cocinilla, un paraguas, unos calcetines, unos guantes…

¡Qué diferencia con mis Navidades! A pesar de que yo no escribía cartas al Niño Jesús o a los Reyes, siempre tuve regalos, muchos sin ser demasiados (gracias a Dios) y como nunca he sido de pedir, pues me sorprendían año tras año. No recuerdo haber descubierto que mis padres y tíos eran el Niño Jesús o los Reyes, busco en mi memoria y no hallo ningún momento de decepción ni de asombro. Para mí ver esos regalos debajo del árbol era una alegría desbordante y con eso, aún hoy, cuarenta años después, me llega: nada más bonito que apilar debajo del árbol de Navidad regalos envueltos en papeles de colores.

Sin embargo mis padres no recibieron ese trato ni tuvieron esa oportunidad… Por eso los atiborro con cosas bonitas, por eso quiero que para ellos sea día de Reyes todos los días de sus vidas. Mi padre quería tener un balón de fútbol de cuero, unas botas para poder jugar, un futbolín y mucha, mucha comida…Ha trabajado tanto, ha estado tan enfermo y ha mantenido el humor a pesar de tantas decepciones… Mi madre, siempre suspiró por una muñeca y una casa de muñecas, en cambio recibía mariquitas que recortaba con delicadeza y que guardaba, con su guardarropa, en los libros del colegio…Las cambiaba según la estación, si iban a esquiar, si era invierno o verano…Su amor por la moda viene de esa época, y su buen gusto natural, se crió en esos juegos… Mi madre veía en las jugueterías a Mariquita Pérez con esos trajes encantadores, y los cochecitos y los abrigos a juegos y suspiraba por una muñeca… Mi padre, a los dos años de casados, le regaló una Nancy, y fue quizá el mejor regalo de su vida, y una vaca mecánica a pilas que mugía y movía la cola y la cabeza (¡aún hoy recuerda emocionada esas dos pequeñeces mecánicas!)…

¿Cómo no hacer que esas dos personas, que han navegado en las aguas turbulentas de la vida, y que han llegado juntos hasta aquí, tengan lo mejor el día de Reyes? Las discusiones, los malentendidos, los problemas, las decepciones, los baches de la Enfermedad, todo eso se deshace en pequeños regalos que van cayendo a lo largo del año, para que no olviden nunca, nunca, que para ellos el día de Reyes es todos los días, y que merecen todo lo que reciben.

Me hubiera gustado darle a aquel niño ese balón de fútbol y a aquella niña esa maravillosa casa de muñecas… Quizá algún día pueda hacerlo, y quizá ése sea el día más feliz de mi vida.

Para todos aquellos que tengan un regalito que abrir, para todos aquellos cuyo regalo es la Salud, para aquellos que no tienen nada y que lo merecen todo: Feliz Día de Reyes, de corazón.

Prohibere.

El día a día/ The days we're living

Cuando una ley, una norma es demasiado rígida o no respira con el aire de los tiempos, debe ser derogada o, en todo caso, cambiada para amoldarse a la realidad.

Con las leyes pasa lo mismo que con toda elaboración teórica: son necesarias, pero sólo la piedra de toque del día a día pone a prueba su plasticidad y su necesidad. La enseñanza teórica, para todo aquel que la ha recibido, tiene una gran virtud y adolece de un gran defecto que, como todo lo extremo, se dan la mano: sin una no podemos aprehender el esqueleto que conforma un hecho, y sin la otra, no podemos entender del todo ese fenómeno y hacerlo realmente nuestro, experiencialmente nuestro. Lo teórico nos sirve de seguro, de colchón, de base. Lo experiencial nos arroja al día a día, al peligro, al cambio: nos ayuda a ver que no todo lo razonado es real porque las circunstancias externas también ejercen su influencia sobre los hechos que nos rodean, y afectan profundamente a esa construcción tan pura como una línea recta.

No soy jurista, no juego con un lenguaje enrevesado y cacofónico para pretender regular las estructuras del mundo, los hábitos y costumbres de mis conciudadanos. Pero soy ciudadano, y a veces hasta uno que piensa. Cada una de las ramas del saber que el ser humano ha descubierto y ha desarrollado para entender el mundo se rodea de este tipo de armas de segregación para evitar usurpaciones, para asegurarse una parcela de poder que justifique su existencia. El Derecho no se escapa a esta labor elitista (la Medicina aún menos). Lo malo es que el Derecho con harta frecuencia se une a la Política, y es cuando se crean graves problemas. Siguiendo un esquema antiguo y mitológico quizá, de dividir en tres grandes entes el Poder (Tres son tres para ser Uno: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo): el Poder Ejecutivo, que toma decisiones ciudadanas, el Poder Legislativo, que regula las normas para una convivencia normalizada de sus ciudadanos y el Poder Judicial, que rige y vigila a los otros dos en posibles salidas de tono, abusos o errores, que nadie está exento de ello; quedan a merced de esta mezcla peligrosa para cualquier país democrático que se precie. Estoy pronto a creer que es necesario que se establezca cierta separación entre Política y el resto de ámbitos humanos para hacerla sufrir una depuración profunda, una purga eterna. La ambición desmedida (sea por dinero, por ganar elecciones, por simple ego) estorba demasiado la labor de gobernar, nubla demasiado el sentido común, como para ser considerada beneficiosa para el conjunto de un país. La Política se ha armado con eso que se ha dado en llamar aparatos de partido para crear un gran caballo de Troya con el que conquistar el poder y diezmar, sin importar consecuencias a veces desastrosas, el país que pretenden gobernar. No siempre ha sido así. Y si así fuera, que se hayan heredado estructuras del pasado no justifican el uso actual de las mismas.

Que padecemos una dura crisis no debe negarlo nadie (ya se ha negado demasiado). Y aunque es cierto que económicamente es real, creo que sólo la vemos por ese prisma y pasamos de largo algo mucho más profundo que se está purgando en el presente. Lo económico es un invento humano, y por lo tanto, es un reflejo del momento que vive la humanidad. Tenemos crisis de todo: en creatividad, donde predomina la pirotecnia sobre el talento (donde triunfa el ruido más que las nueces); el amiguismo, que siempre ha existido, ha acabado por ahogar al talento; nuestras Artes son pobres pues son incapaces de generar nada salvo meras reproducciones de lo ya creado, bien desestructuradas, bien cambiándolas de color; llamamos rupturismo a lo que no es más que falta de ingenio; una silla sin tapizar es un éxito porque nadie hasta el momento se le había ocurrido colocarla en un salón: habría que ver si sirve para sentarse en ella, que la belleza no está en contra de la utilidad (lo práctico sobre lo teórico); alabamos el empleo de tapices sobre tapices, de alfombras sobre alfombras, lo recargado sobre lo simple, lo minimalista sobre lo útil, lo desnudo frente a lo vestido: nada que no haya sido pensado ni visto en la historia de la humanidad antes de ahora nos aporta estas ideas que, por costumbre, hemos aceptado en llamar vanguardistas.

En el vestido, lo mismo. Una vez roto normas, hemos creado otras que nos parecen novedosas, pero seguimos vistiendo (ahora más que nunca) como clones; sólo el desarrollo de nuevos tejidos nos lanzan al espejismo de lo novedoso, pero en el fondo aplicamos a viejas ideas esos tejidos tecnológicos y conseguimos lo mismo que pensaron los verdaderos creadores pero con otras texturas y colores. Nadie crea nuevas normas, nadie crea nuevos cortes: todo está inventado. O vemos al pasado o no somos nadie. Nuestra creatividad está bajo mínimos.

La Literatura, la Escultura, el Cine, la Música: llevamos años encallados en un desierto yermo de ideas como de verdaderos éxitos. Por ejemplo, aclamamos como rompedora una película plagada de seres azules contándonos una historia mil veces contada: nada que la Biblia no esconda en sus tesoros, y los Pitufos ya existían cuarenta años antes de esos supuestos seres galácticos. En la Salud quizá haya algo más de esperanza, pero no toda real: el progreso de la tecnología nos acerca a posibilidades terapéuticas antes sólo imaginadas, pero en la realidad, seguimos tratando la Enfermedad con las armas de siempre: cabeza, espíritu y experiencia; por ejemplo, nada ha conseguido llegar a los pies de la Morfina para aliviar el dolor y la Aspirina sigue siendo una fuente de sorpresas terapéuticas; ambas peinan canas desde hace ya mucho tiempo y nadie ha podido igualar esos dos regalos de la Naturaleza. En el Transporte, en la Construcción: la tecnología permite desarrollar viejas ideas ya soñadas por otros, y no hemos conseguido igualar la belleza ni la durabilidad de viejos palacios, de añejos edificios, de nuestras ciudades de piedra, de nuestras iglesias o catedrales. El Panteón de Roma, esa obra maravillosa de Adriano o su Villa, siguen siendo ejemplos basados en otros ejemplos ya perdidos o destruidos; las catedrales, lo más cercano que hemos estado en nuestra búsqueda de Dios, alancean al cielo sus bellas torres, sus adornados frisos, sus acristalados rosetones repletos de magia y sabiduría: los rascacielos actuales beben en esas fuentes y en sus formas caprichosas sólo intervienen la tecnología y pocas veces la verdadera Belleza, y se parecen a las catedrales en esa constante búsqueda por ser más altos, más poderosos, más cercanos a Dios, más diferentes y, por lo mismo, más admirados y envidiados.

Quizá nuestro tiempo deba sólo beber de las fuentes y ungir con la pátina de la tecnología la obra creadora de otros seres que ya no están con nosotros y que nos han enseñado un camino que nos está vetado romper. Es decir: ser continuistas y buscadores, que no creadores; aplicar nuestros descubrimientos, nuestros conocimientos y nuestra visión del mundo a establecer puentes entre dos épocas de creatividad; evitar que caigamos de nuevo en la Oscuridad de la que tanto nos ha costado salir, y entregar el testigo en ese punto de la Historia en la que se conjuntarán otra vez hálito creador y tecnología necesarios para crear mundos nuevos.

Pues en este momento que vivimos, en el que clamamos por una educación efectiva que nuestros niños no poseen (y es debido a nosotros, claro, que para eso somos padres ahora) es cuando más notamos todas estas carencias en quienes nos gobiernan o pretenden gobernarnos (porque nosotros queremos, claro.) Es difícil legislar para todos, que todos estén contentos, pero es nuestro deber conseguir ese punto medio salomónico (¡si ya todo está inventado!) que intente equilibrar las situaciones sin segregar a nadie, sin discriminar a nadie. Alguien muy listo y muy brillante (mujer, claro) me dijo ayer que el problema español está en nuestra nula capacidad para argumentar. Y está en lo cierto. Sólo sabemos discutir, polarizar: estás a mi favor o en contra; por eso tienen tanto éxito programas de televisión en la que la gente se grita una a la otra: son un reflejo de nuestra sociedad. Y esa realidad se refleja en las mínimas situaciones diarias y en todos los ámbitos, y ahora le ha tocado el turno al tabaco.

En una sociedad como la nuestra, en la que la argumentación y la conciliación puede que estorben, la única forma en la que parece que reaccionamos es al decretazo, al golpe en la mesa.Con la legislación previa se había conseguido un espacio sin humos bastante adecuado. No perfecto, porque la normativa no se cumplía correctamente: no es que existieran locales con y otros sin humos, sino que hubiese los sistemas de ventilación adecuados para que ambas formas de ver la vida conjugasen sin molestar. Pero hicimos lo más cómodo: aquí se fuma y aquí no. Bien es cierto que un fumador no es presa fácil a la hora de colaborar con detener su consumo por unos instantes (por ejemplo, durante una comida), sin embargo la gran mayoría de las personas que yo conozco cedían en su hábito momentáneamente sin ninguna polémica. Así que el problema estaba en cómo se aplicaba la normativa vigente (puro sentido común) y no en la Ley.

Sin embargo, en este caos gubernamental en el que nos encontramos, en lo que todo parece deshacerse a velocidad de vértigo, la Política idea una cortina de humo lo bastante importante para evitar que pensemos en los problemas reales que nos aquejan y consiguen (¡otra vez!) la viejísima táctica del divide y vencerás, de lo mío contra lo tuyo, de la polémica barata y el batiburrillo de ideas que los españoles amamos más que a los hechos, más que a las personas. Implementando leyes segregacionistas y prohibiendo, intentan confrontar y desubicar a la población mientras siguen haciendo de las suyas para mantenerse en el poder. Y hablo aquí del Poder como ente, no contra un partido u otro (todos, en su momento de poder, han empleado esta técnica, el problema es que en la actualidad se ha llegado a límites insospechados porque la situación vital es urgente y vergonzosa al mismo tiempo.)

Todo aquel que ha llegado a cierta posición de responsabilidad sabe de sobra que, una vez en ella, hay que bailar al son que le toquen. La persona que crea que llegar al poder y ser inmediatamente rupturista tiene una visión muy precaria de la vida. No. Un puesto de mando es un puesto de decisiones, de vigilancia, de cohesión. Y, como tal, sin importar las circunstancias, debe primar siempre el sentido común, la verdadera educación, ese punto en el que se encuentran la enseñanza teórica y la habilidad práctica… Y sí, eso no es fácil. Por eso no todos somos aptos para ocupar puestos de mando.

Cuando actuamos con responsabilidad, con sentido común, lo hacemos con educación, con un sentido del Poder como Servicio, amén como ambición personal y egóica, que nada de esto es excluyente, todo lo contrario. Por lo que no es necesario esta torpeza que estamos viviendo en estos días, este enfrentamiento, esta caza de brujas, esta demonización, esta Prohibición. Prohibir no es educar: es inhibir una forma de pensar, es cohartar, es evitar que los demás piensen por sí mismos, lo cual puede llegar a convenir al Poder. La Ilustración dejó muy claro que sólo la iluminación es necesaria para la revolución. Pero la revolución por sí misma no es la respuesta, es una vía para alcanzar un objetivo, un objetivo que el sentido común (la unión de la teoría y la práctica) conjuga en reglas adecuadas y en hechos reales.

Espero que nos demos cuenta que estamos siendo víctimas de una manipulación más; que están empleando una característica de raza (ese ánimo a la discusión) para manipular nuestra atención y, aún peor, están soliviantando esas diferencias con la (¡otra vez!) antigua costumbre de apuntar con el dedo, de acusar con una letra escarlata, y así hacer que nos olvidemos de los problemas reales, problemas que nos encontramos a final de mes,día a día, mes a mes, porque no desean que seamos conscientes de ellos y que intentemos solucionarlos de una vez.

Prohibir sólo nos hace más pobres, más miserables, nos ata más a nuestras cadenas. Evita que pensemos por nosotros mismos, que tengamos criterios, que tengamos educación. La Ley está para reglar la realidad del mundo, la Ley debe entonces adaptarse al día a día. Debe aceptar que hay fumadores y no fumadores, bebedores y no bebedores; hombres  y mujeres, niños y adultos; heterosexuales, bisexuales, transexuales y homosexuales; prostitutos y clientes; ladrones y cobardes; terroristas y hombres de ley; crisitianos y musulmanes, budistas y sintoístas, agnósticos y liberales; debe distinguir que hay razas y mezcla de razas, y que hay normas colectivas y costumbre sociales que se deben modificar sin perder su esencia ni su interés de espectáculo de masas.

En un país desarrollado, todos tenemos derechos pero también todos tenemos responsabilidades. Es hora de que las asumamos sin manipulación del Poder, sin crear diferencias, sin crear escándalos de la nada, sin señalar a éste o aquél. Y sí, otra vez, hace más de 2000 años un hombre muy sabio nos recriminó que viésemos la paja en el ojo ajeno siendo así que el nuestro estaba sucio de más, y nadie pudo tirar la primera piedra porque, a pesar de las diferencias que parecen dividirnos, todos, todos, somos iguales.

Esta Ley Antitabaco está mal planteada, como la Ley del Aborto, como la Ley Sinde: todas están abocadas a crear desconcierto y desazón en la sociedad, están hechas para obtener escándalo y desviar el interés colectivo de aquello que es verdaderamente importante. No el espíritu que las impulsa: legislar es necesario, pero hay que hacerlo con sentido común, con educación, con sentido del estado, de la responsabilidad. Basta ya de tantos maquiavelismos (sí, otra vez la Historia que se repite) y abramos de una vez los ojos ante nuestra deplorable realidad: falta de respeto, falta de educación, falta de humanidad. Y no, no necesitamos a un gobierno que nos lo diga ni que nos inflame esas deficiencias. En nosotros está vencerlas y seguir nuestro camino en paz.

Tú/ You.

El mar interior/ The sea inside

Angel. Sarah McLaclan.

Cae la niebla. Lenta, suavemente. Abraza a los árboles, acaricia la alta hierba mojada, envuelve con su manto las chimeneas, las montañas y los ríos. Y mi corazón.

Llueve. Lento. Repica en los cristales de las ventanas y cae gota a gota sobre la alta hierba henchida de niebla. Y sobre mi corazón.

Una tarde moribunda que corre rauda hacia el anochecer oscuro, con su manto de nubes plomizas, con su lento peregrinar hacia el día. Una tarde que acaba en noche como mi corazón naufraga en días, y el calendario cae como la lluvia y pasa a través de mí como la niebla transparente y etérea, transformándome en estatua, en inamovilidad, en puro sentimiento, en corazón.

Mi corazón que late en esta noche que atardece solitaria esperando por ti. No se acostumbra a estar sin ti, sin el abrigo de tu voz ni el amparo de tus brazos. Mi corazón late lento porque la energía de tu cuerpo se ha deshecho en sombras, en sombras de una espera interminable pero esperanzada.

Mi corazón late segundo a segundo con un ritmo que se parece a la noche, llenando mis ojos de lágrimas como gotas de lluvia en las ventanas y se difumina en el centro de mi pecho como niebla sutil, perecedera, finita.

Espera que desespera, espera que no da la paz. Porque la calma eres tú y la dicha y el sentido. Y tú estás lejos de aquí, lejos de mis brazos, lejos de mi mirada y de mi corazón. Por eso espero en la desazón, ahíto de esperanzas que se diluyen con la lluvia; por eso miro siempre al horizonte buscando tu sombra, tu aliento, tu sabor salado y sabroso, tu textura de piel y tus cabellos de plata.

Porque sé que volverás a mí. Año tras año mi mirada me devuelve una esperanza cargada de un porvenir que parece siempre el mismo. Y la primavera deja paso al verano y el verano no es más que el otoño, dejándome en este invierno perpetuo que entra por mis ventanas cerradas, lleno de lluvia que cae y niebla que abraza, lleno de espera esperanzada y desesperada.

A pesar que la luna platea mis sienes, a pesar del tiempo que se empeña en pasar sobre mí, mis ojos siguen oteando tus pisadas, mi boca anhelando un beso del que apenas retienen su sabor, pero lleno de magia…

Tú eres la magia de mi vida, el motivo escondido de seguir con vida. Y mientras espero, la niebla todo lo cubre y la lluvia cae lenta, muy lentamente, sobre mi cabeza, mis brazos y sobre mi corazón. Mudo, cansado, lento, pero tuyo, por siempre tuyo. Hasta que vuelvas.

Un toque de Belleza/ A glimpse of Beauty.

Arte/ Art, Música/ Music

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De uvas y otras tradiciones/ About New Year’s Traditions.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature, Medicina/ Medicine

Ayer no pude comer las uvas a tiempo. A pesar de que, muy amablemente, me tenían dispuesto doce preciosas, redondas y dulces uvas, no escuché las campanadas, estaba enfrascado en entrevistar a la familiar de un ingreso que había hecho (accidente de tráfico), intentando calmarla y que me entendiera, en medio de sus nervios, qué de malo podía pasar. Una y otra vez repetía la misma letanía, y una y otra vez esa angustiada mujer no comprendía del todo. A veces hace falta establecer cierta distancia entre el familiar y el médico, entre la información que llega a borbotones y la lucha interior que tiene esa persona que no entiende lo ocurrido y el paso brutal de la Salud a la Enfermedad que a veces nos ocurre.

Yo intento explicarme de más. Intento establecer un fresco de todo aquello malo que puede suceder, porque siempre hay el familiar listo que se adelanta a todo y dice que nadie les explicó nada de las posibles complicaciones de un caso. Pero quizá en el fondo es tarea perdida: todos escuchamos lo que queremos oír, lo que necesitamos oír, aunque no sea totalmente cierto. Ya no lucho como antaño en ser tan preciso y en conseguir ese objetivo inútil: me limito a enumerar esas posibilidades, intentando transformarlas en un lenguaje más cotidiano, y espero la respuesta. Que suele ser de estupor, incredulidad y viva obstinación. Siempre hay que volver a empezar.

Ayer estaba un poco apurado porque iban a dar las campanadas y yo estaba entrevistándome con ese familiar que parecía no entender mucho. Era joven, así que la falta de educación (y hablo aquí tanto del ámbito académico como de la vida diaria) no debería ser un problema; pero el amor que sentía por el paciente y los nervios que siempre atañen a un accidente de tráfico, le tenían la cabeza hecha un lío.

Terminé suspirando, entregándome a la situación y olvidándome por completo de mi interés en las doce uvas de la suerte y esa costumbre navideña, tan añeja ya, que en mi caso se remontaba a mi infancia, cuando nos daban a los niños uvas pasas sin semilla para practicar el siempre difícil arte de acertar con cada campanada y en el que todo el mundo hace trampa, porque mira que es una tarea entre difícil e inútil para terminar un año de nuestra vida y empezar otro de la misma forma.

En medio de la explicación, ya enésima, sonó mi teléfono y pedí disculpas a mi interlocutora. Habitualmente los enfermos y sus familiares son lo primero, pero eran mis padres que me llamaban, ya pasadas las doce, para desearme en la distancia Feliz Año Nuevo. Así que contesté un momento para desearles lo mismo y decirles que estaba muy ocupado y que ya les llamaría. La señora se rió por lo bajo al oírme y yo le puse cara de circunstancias. Algún efecto hizo, sin embargo, aquella llamada, porque ella misma apremió una situación que ya estaba dilatada de más. Le dije que pronto vería a su pareja y que, si todo iba a bien, pronto saldría de allí. Me sonrió sin creerme, pero hizo como si lo hiciera. Si no lo pensase no se lo hubiese dicho, obviamente, pero así somos los seres humanos.

Cuando me disponía a entrar de nuevo en la UCI, una llamada de Urgencias volvió a captar mi atención. Un chicarrón de 18 añitos que se encontraba malito y no sabían qué podía pasarle. Murmurando por lo bajo, como si yo pudiese adivinar el futuro (puedo tener algo de taumaturgo, pero una sibila no soy aún) me dispuse a bajar de inmediato. El niño en cuestión resultó ser el hijo de una de nuestras enfermeras de UCI y me había llamado, aparte de que sabía que estaba de guardia, porque confiaba en mí. La hicimos buena. El chico estaba mal para ingresarlo en el hospital, pero gracias a Dios no en la UCI. Extendiendo hasta el infinito la cuerda de la amistad, pedía ayuda a mis amigos de Medicina Interna que estaban celebrando en su momento libre el Año Nuevo, y solícitos, pegados a su teléfono como yo debería estar al mío, exploraron e ingresaron al chaval. En esas, otra nueva llamada, de unos grandes amigos, me apremiaba por teléfono. No tuve valor para decirles que estaba en medio de un pequeño problema. Nos saludamos; el niño febril y alucinando, la madre serena oyendo el espectáculo, y tres médicos mirando el caso, hablando con sus familiares y disculpándose a tres bandas por no poder hacer casi todo a la vez. Vaya cuadro.

Pero lo hicimos. Una vez encarrilado el caso del chaval, me dispuse a volver a la UCI. Cuando entré, todo el grupo me estaba esperando con mi vasito de uvas y un gorro de Papá Noel en las manos. Me lo puse para hacerles honor y cogí el vaso. Allí había doce uvas preciosas, verdes y dulces, por las que la luz artificial y los sonidos de una unidad especial como esta atravesaban y se reflejaban con serenidad. De pie, sin sentarme, comencé a comerlas una por una con una especie de solemnidad ridícula. Cuando terminé el rito, más de una hora después que el resto de los mortales de la Península, miré el reloj y sonreí: al menos casi lo había hecho en el huso horario de las Islas Canarias, así que técnicamente había conseguido mi objetivo de la noche.

En la vida no todo es perfecto. Ojalá lo fuera, pero no es posible. A veces me digo que la Perfección sólo existe como anhelo; su posesión derivaría en aburrimiento y desuso. Es una suposición, pues como perfecto no soy, nada sé… Pero en la vida no es todo perfecto, ni todo es bello, ni todo es alegría, ni todo es desazón. Cuando pensaba a lo largo de esa guardia qué entrada de blog sería la primera del año, pensaba con amargura en la larga lista de problemas, reales o no, que han llenado mi vida este año; en mis decepciones para conmigo (que son muchas), en mis anhelos destruidos, en mis sueños olvidados hace años ya y perdidos quién sabe en qué esquina del tiempo.

Sin embargo, esta noche, mientras contaba doce uvas en mi boca, tan dulces que parecían llenas de melancolía, con mi gorro navideño que me iba pequeño, algo en mí cambió por completo. Comenzaron a tomar cuerpo las sonrisas, los buenos ratos; las alegrías robadas al tiempo; los encuentros maravillados; mi pequeño universo en completa expansión por este mundo continuo de la red; las personas singulares que había conocido y que forman parte de mi vida de hoy; aquellas que hube querido no conocer, pero que son tan maestras como todas las demás; los amigos idos, los amores no florecidos; las enfermedades recuperadas; las ansias diarias y mensuales; la pérdida de estabilidad laboral y la lucha entre el orgullo y la sapiencia; el Arte que concentraron mis ojos y mis oídos, mis manos y mi olfato, que nada hay más placentero que el aroma de las hojas de un libro; el otoño ya muerto, el invierno en plena ascensión; el Sol que cabalga sobre la Oscuridad del cielo; mis amigos de Madrid, que siempre tienen un hueco para mí y que se ríen de mí y conmigo; mis amigos más cercanos, cuya lejanía por circunstancias vitales no los separa ni un metro de mí; los libros que he descubierto gracias a escritores de claridad meridiana como Lawrence Schimel; la belleza de un encuentro cristalino, una tarde de septiembre, con el sereno escritor Carlos Hugo Asperilla (la foto que adorna este post es obra suya, y Rosas Blancas para Wolf su magnifica novela) y Óscar Moreno García; la transparencia de la fotografía del alma y la pérdida y el reencuentro de Izak Amancio; la diversión, el humor y la profundidad de la responsabilidad bien entendida de Isidro García López; la tímida gracia de Elena Urbaneja; el poder de la imagen y del deseo de Enrique Toribio; el tesoro de Kielh’s Fuencarral, de la mano de Janneth Muñoz y su equipo generoso; la revolución astral de Ana Mazuecos, todo energía; la llegada y la salida de un espíritu atribulado y único como Pablo Robledo; la amistad exigente y generosa al mismo tiempo de Abel Arana; la belleza y la valentía y el corazón bondadoso de Alberto Urbaneja; la divertida claridad de Vanessa Bautista y María José Giner; el entendimiento aún en la lejanía de Philippe Servais; y esos nuevos amigos aún sin forma pero que están día a día compartiendo juntos pensamientos, a veces locuras y risas como Otto Más y su extrema sensibilidad para la belleza del cuerpo y de las formas, su léxico rico y su erudición, y su oído musical que comparte con Eleuterio Amoedo, uno de los más fieles lectores de este blog sencillo y sin pretensiones; Javier Martínez y ese latigazo de originalidad y verborrea únicas; la casualidad que me ha llevado a colaborar con Juan Avellaneda y su blog Gentleman & Cavaliere, en uno de esos arranques que no se entienden nunca; a esos otros amigos de Facebook como Juan Jò irónico y siempre presente, y la más bella de las sorpresas de la mano de Anita Tef y Cris Pulina, que me han abierto junto a Carlos Hugo Asperilla el mundo de una literatura pura, que desea ser conocida, de un peso único por original, marginal por no pertenecer a las grandes editoriales, demasiado miopes a la hora de descubrir verdaderos tesoros de gramática y sentimiento, como la labor de María Dolores García Pastor, Anika Entre Libros o Frantic St Anger, por nombras sólo unos cuantos… Y más recién en el tiempo del año moribundo, la energía solar de Iñaki Bañares.

Dispuesto como estaba desde hacía días a maltratar la memoria que el año que ha pasado me había dejado (que no ha sido fácil), el recuerdo paulatino de todos esos nombres, y muchos más cercanos a mi corazón, familia y amigos que siempre están ahí, y otros como Pablo Pérez o Eric Arvin, la belleza de ébano de Kelley Weiss y la tierna y sensual franqueza de Gus Brock y la calma disposición de Jeff Ballam, amigos virtuales por los que los años pasan pero que se mantiene ahí, entre las vicisitudes de la vida que se vive, cambió mi parecer… Todo ese mar me bañó en aquel momento y me hizo darme cuenta que a pesar de mi precaria situación laboral, de mi orgullo herido, de mis dificultades económicas, de mi cansancio de siglo y medio, de la Enfermedad y la Salud, mi vida era muy rica, estaba muy llena y a la vez muy vacía, y que aún me quedaba mucho por hacer.

Caminado con mi gorro puesto hasta la cama de un enfermo que estaba agitado, le interpelé e intenté hacerle entrar en razón (un abuelo que estaba aún algo malo). Tal impresión se llevó de ver a aquel gigantón vestido de verde, con una bata blanca y un gorro rojo con pompones, que se calló la boca de inmediato. Al volverme, le preguntó a le enfermera quién era aquel loco que se acaba de ir. Aún oyéndolo, la enfermera le dijo sin pestañear que era el médico.

– ¿Ése? ¿Con esa pinta?

Durante unos segundos me reproché no haberme sacado el bendito gorrito, que no recordaba que lo llevaba puesto. Menos mal que no tenía lucecitas de colores o algo parecido. Pero al instante dejé pasar ese sentimiento estúpido y me reí un buen rato.

– Claro. ¿Quién cree que es a esta hora vestido así?

Claro, ¿quién más iba a ser?

Al rato llamaron de nuevo de Urgencias, por un nuevo accidente de coche. Y todo volvió a empezar. Pero yo sonreí de nuevo, como cuando el humor invade mi trabajo y me da sentido de vida. Porque mi vida, en aquellos momentos, había recobrado de nuevo un significado, una dirección.

Mientras bajaba por las escaleras corriendo, supe qué iba a escribir al llegar a casa y sobre qué iba a tratar la primera entrada del año: sobre el Agradecimiento, las Lecciones que se Aprenden, el Amor…, y sí, sobre  la Decepción también y sobre el Dolor.

Feliz comienzo de Año para todos.