El Auriga/ The Charioteer.

El Auriga (1953), novela de Mary Renault, nos cuenta una historia de amor homsexual en el marco de la Segunda Guerra Mundial.

Pero El Auriga no es sólo una historia de amor, porque no lo es al uso; es una historia de psicología de personajes y un retrato muy vívido de la sociedad británica primero, y de la sociedad homosexual después, durante ese convulso período de la Historia de la humanidad.

Laurie (Spud) Odell es el protagonista, un hombre joven, herido durante la batalla de Dunquerke, que se ve forzado a malvivir con su herida y el ambiente hospitalario y militar en el que se encuentra confinado. Entre compañeros igual de lisiados (sea físicamente, sea psicológicamente), Laurie encuentra consuelo en la figura de un objetor de conciencia, cuáquero, cuya inocencia, juventud (Laurie apenas tiene veintipocos años, lo que nos regala una imagen de la breve duración de la vida en la que el mundo estaba envuelto en esos años) y condición de outsider le atrae irresistiblemente. Sin embargo, por casualidades del destino, Laurie tropieza con el objeto de deseo de su adolescencia, su héroe romántico: Ralph Lanyon, con quien se reencuentra tras una historia sin final abandonada en los años previos a la guerra, donde todo parecía dispuesto y ordenado e inevitable.

A partir de este triángulo, Mary Renault nos regala una historia en la que la psicología de los personajes, y fundamentalmente de Laurie, claro, pesa sobre la narración, por lo demás brillante. Respirando el espíritu de la época en la que fue escrito, busca en esas explicaciones científicas lo que el corazón siente y a lo que se desboca, usando la imagen de el auriga de Sócrates como símbolo. En sus páginas vemos debatirse el espíritu, el corazón y los deseos de Spud de una forma quizá desgarradora, desgarradora por el freno que el personaje intenta impregnar a sus deseos, por el ambiente represivo de una sociedad que no tolera a aquellos que no son similares y por los propios ideales del protagonista, que a veces se alejan tanto de la realidad, que su terquedad para con ellos nos hace sonreír y nos recuerda que, pese a todo lo que ha vivido, Laurie no deja de ser un niño.

Por sus páginas desfilan los distintos ambientes de la sociedad británica: el ambiente de los colegios británicos, ciertas pinceladas universitarias; la opresiva convivencia con la guerra; el mundo paralelo que, tras las cortinas cerradas, la sociedad homosexual erige para conocerse, criticarse, odiarse y, quizá amarse en secreto. A su vez nos detalla el ambiente de la guerra, la rigidez o la torpeza militar, los deseos y miedos sufridos en los hospitales, y las profundas heridas corporales y espirituales que un conflicto bélico siempre deja entre los seres que lo viven.

Lo que veinte años después desembocaría en una joya literaria (El muchacho persa) en El Auriga vemos ciertos brotes y ciertos brillos: la delicadeza del amor entre hombres; la constante lucha entre lo que deseamos y lo que creemos nuestro deber; la torpeza de seguir sueños que no son más que nebulosas informes; el trato rudo, histriónico y casi histérico entre los componentes de una sociedad del mismo pelaje; esa constante lucha de nadar entre el fango o alzarse en vuelo hacia la eternidad; rescatar de lo más profundo de ese pugilato entre lo que somos y lo que nos impide ser lo más valioso, lo más duradero, aquello que es atemporal y eterno pese a lo que se nos inculca o se nos enseña; y el miedo primero, y la libertad después, de amar y ser amado simplemente por lo que se es, por lo que se puede dar, y se le da, al Otro que nos sorprende y nos acompaña.

Todo eso que veremos después en El muchacho persa aquí está expresado quizá con un lenguaje más frío que no logra, sin embargo, esconder su poesía, y también más críptico: la sociedad de 1953 no era más tolerante hacia el amor homosexual de lo que fue en los años 70, pero el mundo había cambiado mucho desde entonces. Lejos de la poesía de Maurice, contagiado quizá un tanto por el espíritu del psicoanálisis (empero más cerca de Jung que de Freud), pero a la vez mucho más valiente, por haber sido escrito por una mujer y por haber sido publicado dentro de su contemporaneidad (aunque Maurice, de E. M. Foster, fue escrita cuarenta años antes que El Auriga, fue publicada veinte años después, tras la muerte de su autor), El Auriga nos ofrece un retrato verosímil, soslayado pero penetrante de la sociedad homosexual británica durante la Segunda Guerra Mundial, sus miedos y sus comportamientos; y el debate interior, a veces desgarrador, entre lo que sentimos, lo que creemos sentir, lo que nos conviene y lo que nos haría feliz, en una historia de amor entre dos hombres íntegros que se desean porque se conocen y que se aman en silencio y en el que, paradójicamente, nunca se emplea la palabra amor.

La vida de una mujer es difícil de narrar. O su espíritu es extremo, convirtiéndola así en heroína y por lo tanto alejándola de la realidad del común de las mujeres; o bien es opaca y sumisa, disfrazándola de decorado, de mueble. La vida de una mujer, y más de una mujer homosexual, es encubierta, callada, labrada con las fuerzas de la naturaleza, que habla en obras más que en palabras. Es difícil retratar la vida de una mujer sin caer en el escándalo (o lo que la sociedad aún considera escandaloso) o en la grosería. Lo mismo podría aplicarse para la vida de un hombre, de cualquier hombre, y más si es homosexual. El Auriga es un ejemplo de lo que se puede conseguir cuando se escribe con gran profundidad y buen gusto, cuando sabemos que los sentimientos son los mismos no importa en qué cuerpo habiten, y cuando se busca por encima de todo la integridad y la libertad.

Juan Ramón Villanueva

Un aspirante-a-todo-lo-que-sea, que vive en Santiago de Compostela; dedicado a vivir demasiado en su cabeza; con grandes amigos con los que compartir todo los aspectos de la vida, y que empieza a necesitar expandirse más allá de sus propio límites geográficos. Aspiring-to-everything-that-it-is, living in Santiago de Compostela; dedicated to live too much in his head; with great friends with which to share all aspects of life, and that begins to need to expand beyond his own geographic limits.

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