El cabello revuelto, una barbita de varias horas, los ojos algo nublados todavía. Una camiseta con la costura descosida y un pantalón corto, caído y viejo.
El sol tímido por los cristales de la ventana y la cortina. Un viento suave en enero. Un nuevo día.
Toma un poco de zumo. Medio dormido, intenta beber un sorbo de café.
Yo lo miro moverse con sueño… ¡Qué guapo es! Y está conmigo.
– Te quiero.
Le digo, y le doy un sonoro beso en la mejilla y le abrazo fuerte.
Viendo el mar desde esta playa inmensa, que parece esperar a que nos besemos, me doy cuenta, en su infinitud, que eres para mí.
Rodeados como estamos de gaviotas y de arena, de rocas y agua salada, tu aroma lo envuelve todo y me doy cuenta, así de repente, que tú eres para mí.
Caminando de la mano, como si nos conociésemos ayer, me entra tal emoción al sentir tu tacto, que no hallo cabida en mi propio cuerpo y me expando por toda la playa llena de espuma y de sal, y caigo en la cuenta que eres para mí.
Y qué sorpresa tenerte a mi lado. Que me has buscado y yo he encontrado algo muy parecido a la felicidad.
Y la felicidad es callada y clamorosa, sedienta y ahíta, llena de contrastes, como tus ojos de alga, tu sonrisa de estrellas y tus brazos de agua.
El viento agita tu pelo y te oscurece los ojos. Sonríes sujetándome aún la mano, y corres, corres tras el viento y yo tras de ti, atado a ti, queriéndote, porque eres para mí.
Lo sé, lo has sido siempre. Pero no lo sabía, o no era consciente. Ahora sí. Y todo parece más hermoso porque tú lo llenas: el océano en la distancia, el viento que atrae nubes esponjosas, el agua que cae y se transforma en mar.
Llueve y tu risa reverbera en cada gota que cae, en esos sonidos de gruta y musgo, de piedra y arena. Qué maravilla estar a tu lado.Qué suerte. Qué sueño soñado, qué despertar, qué sorpresa.
Porque, mientras paseamos por la orilla mojada, entre la lluvia que cae y el mar en calma, la arena entre nuestros pies helados y las manos entrelazadas, te miro a los ojos y me llena el universo, y en tu boca deposito un beso que sabe a eternidad y a sal y a cosquillas graciosas y a un amor que escapa por nuestros poros mezclándose con el aire y nuestras pieles. Y te hablo y me respondes y todo parece ocupar por fin su lugar y ese lugar es estupendo.
Lo sé, ahora lo sé, hoy me he dado cuenta: eres todo para mí.
¿Puedo enamorarme de ti? No lo sé. Apenas te he visto un par de veces, y sin embargo….
¿Puede el amor aparecer en medio de nuestros cuerpos, acurrucados en la calle y abrazados por el frío? No lo sé. Y sin embargo…
Cuando te beso, tus labios se abren dándoles la bienvenida, y noto el cosquilleo y el húmedo vagar por entre esos límites tan suaves. Y cuando me abrazas, tu espalda mullida me recibe cálida, y deposito mi rostro entre tus hombros y todo parece perfecto, suspendido en un momento eterno.
Cuando no te veo, sediento estoy de ti. Palidezco cuando no sé de ti. Cuando no tengo un mensajito tonto, un guiño en la pantalla, un pitido de mi móvil. Cuando no estamos juntos me lleno de ansiedad pensando en ti, con quién estarás y si disfrutarás como lo hacemos cuando estamos juntos. Y tengo celos cuando no estás. Y tengo miedo si no sé de ti. Y a veces eres tan callado…
A veces, si durante el largo día no sé nada de ti, me da un cosquilleo ridículo en el corazón, y me entra un deseo enloquecido por llamarte, por abrumarte, por hacerte saber que sí, que pienso en ti más de lo que debiera; que te extraño más de lo que esperaba; que sólo te he visto dos veces y he oído tu voz de arrullo y echo de menos cada uno de tus gestos, el olor de tu cuello y el sabor de tu piel en mi boca.
¡Oh! ¿Será posible? Cómo en tan poco tiempo me has conquistado y yo sin saberlo. Mi corazón se acelera cuando oigo tu nombre, y adoro la voz que lo pronuncia como a un dios nubio, perdido y oscuro, porque me revela una divinidad que me intoxica.
Sí, eso es: todo se complica. En mis palmas tus manos descansan, y tu espalda contra la mía, pared contra pared, y el sudor que se mezcla con los cuerpos y con las intenciones…
¿Será posible, entonces? ¿Será posible que desee tenerte siempre cerca, llenarte de mis ansiedades, calmarme con tu piel? No lo sé…
Pero algo me pasa. Esta fiebre me consume y tú eres su causa, su origen y su cura, porque apenas te oigo llegar y mi corazón se detiene, tanto que creo congelarme hasta que apareces tras la esquina, escondido tras el árbol, tras mi propio corazón. Y parece que llego al cielo cuando me acoges en tus brazos y me besas, me besas largo como el día que tengo sin verte, sediento como el desierto de frases que quiero decirte y que transformo en besos.
Y en medio de esa locura te miro a los ojos y me sonríes incrédulo. Y yo quiero gritar el mucho bien que me haces. Que llenas mi vida de música y haces que mis pies dancen junto a los tuyos, arrullados por la bruma de la tarde, en el caer de la noche, cuando todo son sorpresas, la chaqueta que te quitas, la camisa que me desabotonas y el cosquilleo de esa barbita que te crece tan rápido y que tanto me gusta…
¿Puedo enamorarme de ti? Cuando te veo en la penumbra, descansando del cansancio de nuestros cuerpos, tan lejos de mí, que te llevo dentro, y tan cerca, tan real y, sin embargo, tan extraño…
¿Qué me está pasando? ¿Por qué siento esta ansiedad que me devora? ¿Adónde me puede llevar esta pasión que me descontrola? No lo sé…
Y sin embargo estoy en las puertas del cielo cuando tus piernas me sujetan una vez más y la sinfonía de tu risa la inunda todo: la pasión y el recreo, el éxtasis y el puro abandono…
Amor, amor, amor… Sería fácil, demasiado fácil enamorarse de ti, y llamarte cariño, vida mía, mi amor, todos esos nombres ridículos que se me antojan maravillosos porque te dibujan, recortado tras las luces del alba, cuando te levantas desnudo y tu piel brilla de sudor, de placer y de olvido…
Bésame, bésame una vez más. Abrázame, abrázame fuerte y di que eres mío, con esa voz cálida y dulce, que envuelve una revolución de estrellas. Y yo te acogeré entre mis brazos y te acariciaré la espalda increíble, el rostro perfecto, esas orejas pequeñas, esas manos de artista y las aristas increíbles del resto de tu piel. Di que puede ser, que quieres ser y yo todo lo traeré para ti, porque sí, sí, sé que es posible, contigo cerca muy cerca, en la distancia de un beso, entre los límites de un abrazo, en las enredaderas del placer y del hartazgo, calmados por el hallazgo y eternamente sedientos de más…
No tengo cura, no quiero cura. Tú lo eres todo, todo, todo y no entiendo la razón y no quiero entenderla…
Sí, me abandono a esta locura de tu nombre, a los deseos insaciables, a nuestra locura y nuestra pasión, sin miedo, sin temor ya y sin más preguntas. Ya no lucho, ya no te analizo. Me entrego, ya ves, a la magia de tus manos, al secreto escondido de tu pasión.
Y sí, en medio de esta sonata que suena por nosotros, lo digo en voz alta, clara y segura: estoy enamorado, enamorado de ti… Y qué feliz soy y qué único me siento gracias a eso, gracias a ti.
Sentados ambos, después de un rato, te veo y no me lo creo.
Mira que eres guapo, de esos de mirar y no dejar de ver. No cansas. Y no eres ni rubio ni alto ni moreno ni enorme como una pared, ni delgado ni elástico, ni oscuro ni claro. Y, sin embargo…
Mira que eres simpático, y eso que no te esfuerzas por hacerme sonreír. Y no, no me río de ti, si no contigo. Y hacía tanto tiempo que no lo hacía…
Llevamos sentados en este café ¿cuánto? Dos horas o más. Y ya nos están viendo con mala cara… ¿Pediremos algo más o nos vamos? No lo sé, chico, la verdad…
¿Qué necesito? No lo sé, chico, estoy tan sorprendido…
Mejor salimos, ¿no? Aunque haga frío. Me gusta que el viento juegue con tu pelo y haga que nos llore los ojos; me gusta acurrucarme tras de tu espalda y olerte en la nuca el perfume que llevas. No sé cuál es…
¿Yo? Yo estoy bien, aquí contigo. Me gusta tu compañía, que no se hace pesada, me gusta tu risa de risotada y cómo cierras los ojos y parpadeas…
¿Te parece raro? ¿Te parece raro que me guste verte parpadear?…Pues mira tú… Y también me gusta cómo coges la taza con las manos y lentamente la llevas a la boca.. Abres los labios y los humedeces con el líquido humeante y…Me gusta imaginar que bebo de tu boca, que acaricio tus labios carnosos y me refugio en ellos.
Me gusta oírte. Habla, habla por favor… ¿De qué? No importa…Quiero decir, que el sonido de tu voz me da vértigo, me lleva y me trae, y me enloquece… Y tus silencios oscuros, como si apagasen una luz, y el sonido de tu pecho cuando respiras y el pulso de tus arterias cuando te tomo de la mano.
Me gusta pasear de la mano contigo. Me gusta que nos vean juntos jugueteando divertidos y riéndonos por tonterías. Me gusta cómo caminas con ese andar tan recio, tan marcial. Qué gusto aislarme del mundo entre tus brazos…
Y tus abrazos. Y tu mirada al verme. Y cómo se te ilumina la cara. Y tus piernas cuando me sujetan y cuando bailan.
Me gusta bailar contigo. A solas, acompañados, en medio de una calle o en una esquina desierta.
Me gusta tu voz de caverna que parece llenar todo el espacio que nos separa. Y tus dedos largos y tus palmas suaves, y el sabor de tu piel en mis labios.
¿Vamos a casa? Sí, ¿por qué no? Vamos juntos, así, acurrucados como novios nuevos, como amantes que se descubren, como niños con juguetes nuevos.
Me gusta sentirte cerca. Me gusta que tu gravedad me atraiga y que me sustraiga de mi vida, que se expande gracias a ti.
Y me gusto yo cerca de ti, la imagen de mí que veo en ti, y tu cariño disperso y tus caricias lentas y graciosas. Y la seguridad que me regalas. Y la diversión. Y la calma.
Y mientras nos acercamos a casa, bajos los árboles todavía sin hojas y el frío de enero entre nuestros cuerpos, me acerco a tu cuerpo, me pego a tu oído, y con el calor de mi boca, llena de plenitud, te pregunto bajito: ¿Y qué te gusta a ti?