Tonto corazón/ Foolish Heart.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Sí, tonto corazón. Es amor, esta vez es amor.

Lo sé. Porque lates demasiado deprisa. Parece que te quieres escapar de mi pecho, tum,tum,tum. Cómo lates, tonto corazón.

Hay una frontera muy fina entre el amor y la locura, entre el arrebato y la pasión. Y sé que tú, tonto corazón, apenas la reconoces, y haces que me pierda entre dudas, y entre dudas me lanzo y caigo siempre en el error, en la mentira.

Pero esta vez es amor, tonto corazón, esta vez lo sé. Lo sé porque cierro los ojos y allí está. Siento el aroma de su piel y el roce tenue de su mejilla y el sabor agridulce de sus labios… Y dibujo la línea de sus ojos y la caída de su pelo y la línea suave de sus hombros y el sendero oscuro de su espalda… Y bailamos a la luz de las velas hasta hacerse mediodía y un beso largo, largo y profundo…

Sí, estamos demasiado cerca, tonto corazón, y cuando todo comienza nos separamos y nos unimos en una danza maravillosa que hace que tiembles en mi pecho y que quieras huir hasta el suyo para perderte en él… ¡Oh! Sí, lo sé, lo sé, corazón loco, corazón tonto, corazón mío.

Y esta noche cuando aparezca, deja que mi cabeza piense un poco, no la ahogues con tu tañer. Quiero que nos vea juntos, que se imagine una vida juntos y que sienta, como tú sientes tonto corazón, que esta vez no es un espejismo, no es un sueño que se desvanece con la niebla de la mañana. Quiero que se dé cuenta que esta vez sí, tonto corazón, que esta vez sí es amor.

Oigo cómo llega; sus pasos en la gravilla del jardín… Y me miro en el espejo y arreglo unos detalles: ese mechón en la frente independiente, el pañuelo, un recuerdo de perfume… Y noto tu retumbar, tonto corazón, que se quiere salir del pecho tum,tum, tum…

Esta vez sí, tonto corazón. Esta vez es amor.

Qué felicidad.

El tiempo y el amor/ Time and Love.

Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

Sorpresas aéreas/ Dutch Surprises

El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen

A través de Jordi González, un enlace de LaVanguardia.es me ha descubierto este vídeo, en el que los esfuerzos de una línea aérea como KLM les enseña a aumentar su gran calidad de servicio brindando, como dicen al final del vídeo, alegría a través de una sonrisa en el rostro y no a través de un emoticon despersonalizado.

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

Voces en el tiempo/ Voices in Time.

Libros que he leído/ Books I have read

Todo libro escrito en primera persona es el retrato de una voz. Una voz que intenta definirse a sí misma, que defiende su forma de ver el mundo, y que retrata, dentro de su propia experiencia, la vida que posee.

No es fácil alcanzar ese tono límpido de una nota desnuda. Sin embargo, aquí y allá encontramos bocetos que nos acercan a ese bello milagro de la voz libre de artificios o sólo vestida con los ropajes de las circunstancias que la rodean.

El susurro de los árboles, de María Dolores García Pastor, ganadora del premio Novela YoEscribo.com en 2008, es un ejemplo de esa búsqueda inclemente a la que nos arroja la vida una vez que cesan los ruidos que nos rodean, una vez que se acallan los ecos de las demandas de los demás y quedamos solos con nuestros pensamientos. Es un libro de iniciación a la vida a través de la vida de otros. Su protagonista busca, a través de un pasado suspendido en el aire (y erróneamente creído perdido), entender su propias deficiencias, sus propios errores, hallando no sólo la paz que tanto anhela, sino un objetivo de vida, que quizá la salve para siempre.

Es un libro de inmersión. Un viaje a las consecuencias que el levantamiento del general Augusto Pinochet contra el elegido presidente Salvador Allende infundió en todos y cada uno de los chilenos que vivieron esos años de tumulto y desesperación. Todo país que ha vivido la tortura de una dictadura de cualquier signo (todas son extremas y, por lo tanto, todas se dan la mano, algo que quizá la autora olvida) tiene historias suspendidas que desean ser completadas, tiene susurros perdidos en el olvido, venganzas que nunca verán la luz (la venganza no es la solución al dolor infligido ni a la zozobra pasada), y huecos perdidos difíciles de entender y de llenar. En El susurro de los árboles asistimos al empeño de una mujer delicada y fuerte a la vez, impaciente y única, y muy idealista, en encontrar esos eslabones perdidos, esas historias capaces de tejer una arpillera eterna que le devuelva la paz, o al menos una justificación vital, a todos aquellos chilenos perdidos en el bosque de ausentes que la dictadura se llevó consigo.

Es un libro iniciático, porque su protagonista se adentra en un país del que desconoce toda costumbre y que va descubriendo poco a poco al mismo tiempo que se descubre a sí misma, perdiendo capa tras capa de su caparazón conforme las historias que conoce se suceden y le dejan huella. Es una historia de oleaje, en el que el pasado siempre es presente, y el presente una mera confirmación de un ayer inalterable y doloroso. No hay esperanza en lo irreparable, aunque el rencor navegue a flor de piel y los muertos se hallen perdidos en el limbo de lo desconocido.

La tragedia de Chile, horrenda, no es peor que cualquier otra, y aunque el relato de El susurro de los árboles incida quizá mucho en la excepcionalidad de ese hecho, aquellos años convulsos (¿son los actuales tan diferentes?), que vieron nacer muchas esperanzas que el tiempo sólo ha puesto en su justo lugar, han dejado en ese país un dolor y una comprensión sobre el mal ajeno que quizá sí sea digna de alabanza. La madurez de un pueblo se mide en lo que aprende de la historia, en lo que aprehende de su destino. Chile como nación, los chilenos como pueblo, nos han dado y nos siguen regalando una lección de serenidad y de entrega al presente que ya podíamos tomar en cuenta.

A pesar del dolor que las múltiples voces en el tiempo retrata El susurro de los árboles, en su interior brilla un corazón apasionado y un ansia de libertad únicos. Adela, su protagonista, lo busca sin saberlo; a través de su ciego empeño conseguirá no sólo fundir una historia perdida en el pasado, sino templar su propia historia, su propio destino de mujer. Y es aquí donde el libro brilla cálidamente: en el presente que todo lo justifica y que es capaz de borrar todo pasado, incluso el más doloroso e irreconciliable.

El amor es la fuerza, la única que da a luz la verdadera libertad. Las voces en el tiempo navegan en su busca, como todos lo hacemos: los que nacen, aquellos que lo persiguen o aquellos que huyen de él. Así es la vida. La vida que sigue pese a todo y en contra de todos. Porque sólo ella es Libertad.

Tiempo de mimosas/ Mimosas’ Time.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Dormías y he salido a buscar flores.

Siempre me reprochas que no te traiga flores. Y es verdad.

Pero no me gusta verlas aprisionadas, forzadas en posturas poco naturales. Me alegra verlas libres en el campo, pendulantes o erguidas, rodeadas de maleza que las embellece aún más, y descubrirlas entre las zarzas, rosas o púrpuras, rojas o azules, es una alegría añadida al día soleado y a tu compañía.

Sé que es una excusa aunque lo digo muy en serio.

Las flores tienen un lenguaje, un idioma que desconozco. Sin embargo sé que están para dar felicidad y para cifrar ciertos mensajes; para embellecer lo perfecto y, a veces, para tapar lo oculto. Y sé que te gustan mucho aunque ni a ti ni a mí se nos den bien las plantas. Pese a nuestros empeños (quizá por nuestros empeños) todas acaban muriendo: exceso o falta de luz, exceso o falta de agua, qué se yo… Nos reímos, pues parecen pequeños sacrificios en pro de nuestro amor. O eso esperamos entre risas.

Y hoy, mientras dormías la siesta, me quedé mirándote en un embeleso. Me fascina verte dormir; me ha hechizado siempre. Los párpados cerrados, esa nariz delicada, esos labios generosos… Los platos ya estaban secos y guardados; la mesa recogida; el cesto de frutas colocado en su lugar, y tú en el sofá, suspirando entre la plétora y el sopor del mediodía… Me quedé mirándote no sé cuánto tiempo y me puse a pensar en todo el tiempo que llevamos juntos, en los ajustes de la convivencia, en las luchas míseras por llevar el control de la relación sobre las grandes cosas, sobre las nimiedades; la tolerancia que a veces regalamos a aquellos que amamos, y las posturas que lentamente se convierten en costumbres, y el cariño que se transforma en amor y el amor en pasión y la pasión en calma y dicha… Y el pecho se me llenó de aire y de dulzura y de agradecimiento y hasta de simpatía, porque comenzaste a roncar bajito como cuando estamos juntos en la cama y no me dejas conciliar el sueño.

Así que salí a buscar flores. Todo estaba tranquilo. El día aún conservaba el sol de febrero, oblicuo y ascendente; comenzaba a levantarse el viento del sur y unas nubes callejeras se dibujaban en el horizonte. En mi mano unas tijeras y unos guantes y mucha intención. Y entonces vi un río dorado lleno de estrellas, soles amarillos recortándose entre el verde intenso de los árboles y el azul del cielo impetuoso. Un aroma a dulzura llegaba desde aquellas ramas que casi besan la tierra. Y supe cuáles iba a recoger.

Mimosas, las flores de febrero que endulzan la mitad del invierno en espera de la primavera aún algo lejana y distante.

Y corté un manojo enorme. Su aroma intoxicante dejaba un rastro tras de mí y me obsesionaba. Como nuestro amor. Como nuestros besos y nuestras caricias y la forma en que nos queremos a deshora y cómo discutimos y nos abrazamos y te veo dormir la siesta y preparamos la cena y nos despedimos cada mañana…. Esos pequeños soles amarillos, llenos de estambres y de polen, llenos de porvenir, son un símbolo de nuestra vida, nuestra vida que ha sido vida desde que estamos juntos.

Llegué jadeante y mareado. Porque quería verte inmediatamente, porque quería sorprenderte con el aroma penetrante de un manojo de mimosas y porque necesitaba verte dormir.

Allí seguías, con la manta medio caída que te puse mal que bien antes de irme, y la boca entreabierta esperando un beso… Un beso…

Y coloqué las mimosas por toda la casa, llenando de luz y de dulzor cada rincón de nuestras vidas. Es febrero, es invierno, pero no para nosotros, para nosotros todavía no.

Y aunque nunca te traiga flores, hoy es tiempo de mimosas y, ya ves, me acordé de ti y de mí y de lo que tenemos juntos. Y quiero que siga así para siempre, o lo que puede ser por siempre…

Ven: tócame, huéleme, bésame, quiéreme…

Qué felicidad.

Lejos de África/ Out of Africa.

Libros que he leído/ Books I have read, Música/ Music

Memorias de África es uno de esos libros atraídos hacia mí por el cine. Out of Africa (que en el país donde Los Andes terminan la llamaron África Mía), la película de Sidney Pollack protagonizada por Robert Redford y Meryl Streep, con sus andares lentos, sus paisajes de postal, esa belleza natural a la que arrastramos nuestras costumbres (británicas, en este caso) y que nos hacen soñar con noches de estrellas pendulantes, con hogueras que abrazan con su calor, y con la larga duración de un beso robado, y esa música acariciante, llena de cuerdas que fluyen por el cielo y hacen revolotear a los flamencos, de John Barry, la vi con apenas quince años en un cine ya desaparecido, el del Hotel Macuto Sheraton, que no estaba en Macuto sino en El Caribe, pero que era el mejor hotel de aquella zona de playa a pesar de los años que ya iba cumpliendo.

Una película así para un adolescente demasiado teñido de literatura, demasiado soñador, competitivo, sin duda un pelín tonto, y que pensaba comerse el mundo, fue una revolución. Aquellos paisajes, aquellas mansiones, aquella extensión de pura libertad, aquel vuelo en aeroplano, aquella sabana sin fin y las criaturas que la poblaban; los nativos con su piel de ébano; aquellos modales ya muertos y aquel mundo tan exclusivo que apenas permitía ser visto en la lejanía, me atrajeron enormemente.

Memorias de África, de Isak Dinesen (Karen Blixen), es un libro hecho a retazos, compuesto por tres relatos largos, pero que leídos en conjunto, guardan una cohesión heredada de las tierras en las que se inspiraron. Es un cuento de nostalgia, de recuerdo, por lo tanto cargado con una emoción tan intensa que no le impide a la autora vencerla con su quehacer escrupuloso y detallista; y sin embargo, el amor por las tierras de África, por sus paisajes y su belleza, lo impregna todo y lo transmite todo, de suerte que vivimos con ella sus recuerdos y nos mecemos en su melancólica melodía con energía alegre y mucha nostalgia.

Es un relato de amor. Pero no se narra una historia de amor al uso: Isak Dinesen retrata la dureza, la inhospitalidad, la crueldad de la Naturaleza (en modo comparable con la de los seres humanos) sin achacar responsabilidades, sin buscar culpables; sabedora, con los años que pasan, que esa labor es ajena a los hombres, que deben aprender a vivir en un presente en perpetua fuga que siempre les dará lo mejor que posee. Memorias de África tiene el don de hacer de lo excéntrico algo normal; transforma la aventura, una supuesta locura, en algo tangible  y real, sin esconder nada, sin transformar nada, pero cuyo profundo sentimiento, pura nostalgia, llega hasta el fondo del corazón.

La vida que se pierde y que se añora, cuando se ha sido feliz, o cuando nos damos cuenta que hemos sido felices, es así. Memorias de África es un símbolo de esta simple verdad humana. Sólo cuando estamos lejos de aquello que nos hacía felices es cuando nos damos cuenta que lo éramos y que, en mayor  o menor medida, nunca más lo volveremos a ser.

Lejos de África, lejos de un tiempo dorado ya perdido pero nunca olvidado…

Tú y Yo/ You and I.

El día a día/ The days we're living

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Tú y yo.

Juntos. Separados.

Tú y yo.

Solución indisoluble. Almas inseparables.

Unión de intenciones, de cuerpos, de inseguridades.

Tú y yo.

Lo mejor de este mundo. Lo mejor que ha pasado nunca.

Para mí, tú y yo somos una sorpresa, un día de fiesta, una excepción.

Ni siquiera algún desliz, ni siquiera algún engaño.

Nada que no pueda superar un corazón enamorado.

Como el tuyo. Y el mío.

Tú y yo. A pesar de los años. Gracias a los años, yo y tú siempre juntos, nunca separados. Ni la distancia, ni la cercanía. Ni los gritos, ni los susurros. En el silencio, en la algarabía. Yo y tú, siempre juntos.

La luna se esconde y aparece el sol. Cuando me miras, cuando te toco, cuando ambos respiramos buscando más.

Tú y yo. Un regalo de la vida. La vida que sonríe en tus ojos y se extiende por tu piel y por la mía: una misma piel, cuatro brazos, cuatro piernas y un mismo corazón. Uno solo. Que late por los dos.

Tú y yo.

Ecuación eterna, garabato universal.

Te amo, yo. A ti, tú.

Tú y yo.

Y la costumbre es la sorpresa. Y abrazarte por los hombros y correr tras de ti. Y soñar contigo y despertarme a tu lado. Y la sonrisa de ala y el brillo de las estrellas en la ventana.

Tú y yo. Todo junto en insaciable sed.

Sí: tú y yo. Nada que se le parezca, nada comparable. Pero nada más sencillo, dos nombres, dos seres, dos intenciones. Un amor.

El tuyo, tú. Y el mío, yo.