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La parte escondida del iceberg: tan corto el amor, tan largo el olvido.

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La vida no es un río, la vida es un largo estuario que se abre inmenso entre la brevedad de ese torrente que lleva nuestro nombre y el incontenible mar de la existencia. La parte escondida del iceberg, el nuevo libro de Màxim Huerta, es un viaje intenso a las profundidades de esos limos que lo fundamentan como hombre y que justifican cada una de sus obsesiones, sus miedos, sus aciertos y fracasos, retratados con falsa sencillez en cada uno de sus relatos anteriores.

La vida es un tatuaje: cada sentimiento, cada sensación quedan grabados en la piel dejando esa huella indeleble que produce primero dolor e inflamación, que requieren cientos de cuidados inmediatos, y posteriormente olvido. Cada amor es una cicatriz, cada vivencia una herida que, más que inflamar la (vana) ilusión de vivir, mengua las fuerzas y las justificaciones que nos hacen seguir adelante.

La vida es amar en períodos cortos, siempre con buen tiempo; la vida es olvidar lento, estirado y pegajoso, casi siempre lleno de lluvia (lágrimas) que se congela en ese camino sin fin que va desde nuestros ojos al corazón, invierno de una existencia que es infierno helado, recuerdos escarchados que pugnan, a poco de amontonarse, con salir a flote y ahogar todo esfuerzo por desterrarlos.

La parte escondida del iceberg es la orografía sensitiva, sensorial, gustativa e íntima de Màxim Huerta. Un amor inolvidable pende de la cima de esta historia, que sin embargo viaja rápida e inexorable hasta el fondo de esa nada sin forma que es la vida recordada y recobrada, para encontrar justificaciones y sentido, y emerger arrebolada, débil, titubeante y frágil, henchida de melancolía, de reproches y de amargo resentimiento. Contra el amor: de niño, de hijo, de hombre, de amigo, de amante.

Es un mapa sin rutas, porque el dolor traza sus propios senderos, y el miedo le da alas. Y sin embargo es la cartografía de un ser que se ha hecho a sí mismo, grande, tenaz, inmenso, inconmensurable, a pesar de que se reprocha una y otra vez como torpe, miope, orgulloso y miedoso. Nadie puede escribir con el corazón siendo pequeño; nadie consigue, a pesar de los innumerables baches del relato (de la vida), una libertad tan prístina si no lucha sin denuedo contra todos sus demonios interiores, sus supuestos defectos y su tristeza.

Nadie muere ya de amor. Pero muchos andan con la vida atemperada por su pérdida. En La parte escondida del iceberg, a pesar del eterno frío de esas llamas congeladas, el corazón de Max late lento, desordenado, constante. Màxim Huerta titubea, porque la vida embarazosa es así, hasta que el relato consigue la esencia de una confesión y la vergüenza se deja de lado: los disfraces de cada uno de sus libros, desde Que sea la última vez… hasta El Susurro de la caracola, donde sabemos la procedencia del miedo y cuál es el ogro de la niñez; desde Una tienda en París, donde notamos esa mezcla de alegría desenfrenada y sensualidad a flor de piel y el miedo a tomar la decisión correcta que nos dé la Libertad; desde La noche soñada hasta No me dejes, donde todos los fantasmas de un niño que ya no lo es se sacrifican a un presente imperfecto, profundo y único en donde habitan mil errores y pocos olvidos; desde El lector hasta cada uno de sus artículos; desde Mi lugar en el mundo eres tú hasta su propia frontera, la que separa el cristal de las gafas de su mirada, la barba de la boca, los labios de la voz que habla, las manos de las palabras que escribe; el sacrifico de una niñez que sin embargo late muy vívida en su recuerdo; la embriaguez de la juventud y el triunfo, lleno de ese lustro que sólo una sociedad agotada en sí misma permite su pertenencia y su goce; el placer de la conquista y los amores fugaces, quizá equívocos, tal vez inútiles, hasta ese momento, variable para cada uno, en que el amor hacia Otro hace tanta mella que destruye la geografía de una vida y la cambia para siempre. Nadie muere ya de amor, pero ese sufrimiento mina e inestabiliza y a veces nos impulsa, a través del arte, a transmutarlo, a transmitirlo y finalmente a dejarlo de lado, lastimados y agradecidos de semejante experiencia y de tamaño regalo.

La parte escondida del iceberg no es una novela: es un relato a borbotones de la angustia vital de un hombre que no puede más; un poeta cuyas válvulas de escape ya son incapaces de soportar la presión de una vida burbujeante y vacía, que le impide ver la belleza que le rodea y, aún peor, la propia belleza que posee. Es un relato angustioso, desesperado, lleno de referencias innecesarias, porque nada justifica más ese estado de fosilización y de movimiento, de arcadas y vómitos, de medias sonrisas y de obstinación; Màxim Huerta, el escritor, consigue transmutar al Max de la intimidad al comprenderlo, y aún más, al aceptarlo. Máxim Huerta, el escritor, consigue finalmente aceptar al Max herido y solitario, por torpeza o por propia elección o por obstinación o por comodidad, a través de un parto eterno que ha necesitado cinco relatos, un rosario de resacas, miles de kilómetros recorridos y el intenso frío de un invierno casi irreal de París.

En La parte escondida del iceberg pueden sobrar muchas cosas que distraen del relato, porque la vida está llena de esas jugadas estrafalarias que consiguen que perdamos el agudo sentido de orientación de nuestro corazón, pero no le sobra ni un latido, ni una lágrima, ni un aliento de hielo: podemos amar hasta cansarnos y siempre nos sabrá a poco; podremos desearlo con todas las fuerzas del cuerpo, pero siempre será largo el olvido, porque hay cicatrices, hay aromas, hay tactos y una rendición inexorable a la belleza de lo perdido, a la recreación de lo pasado, que nos atan a él.

Todo fin es un nuevo comienzo. En La parte escondida del iceberg ha penetrado la luz, y su calidez, aunque tímida, ha dado paso al deshielo de la primavera. Por eso se ha escrito en enero, por eso se publica en abril. Por eso Màxim Huerta es uno de los escritores más valientes que conozco, y Max, uno de los hombres más admirables que existen. Hay secretos, medias palabras, nombres no dichos, causas inexplicadas, vida escrita aún con caracteres ilegibles. Pero el corazón late y de su centro mana sangre a borbotones, cálida, lenta, pero constante, y ese latido lo hará elevarse hasta la altura que merece, hasta la comprensión real y última, que revela siempre, siempre, la vida que se vive.

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Arte/ Art, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

La música de una vida (I)/ Life as Music (I).

   Una vida viene definida por muchas variables. Todas importantes. Aunque unas más que otras. El lugar en donde nacemos y crecemos (que en muchos casos no es el mismo); el ambiente familiar; las dificultades diarias: el acceso al dinero, la pérdida de la Salud, y todas las menudencias de lo que acabamos llamando vida que se vive.

   Mis primeros recuerdos están unidos a la música. En mi familia no hay músicos, pero sí grandes amantes. Mi padre era cantor en las iglesias de niño, y a pesar de los años pasados y de quimioterapias varias, sigue conservando cierto encanto en su voz de terciopelo llena de potencia. Y mi madre, una gran aficionada a la radio. Como ya expuse en una  entrada anterior, pasaba las tardes oyendo radio Ideal, cadena donde se podían oír las mejores canciones melódicas y románticas de la época y de años pasados. Como fui al colegio desde muy temprano (apenas había cumplido los tres años), las tardes las pasaba haciendo los deberes (la tarea se llamaba por aquel entonces en el país donde Los Andes terminan) y siempre he sido muy curioso, aquellas canciones me arrullaban diariamente y de hecho se han convertido en parte importante de mi quehacer: todo lo hago más fácilmente, y mejor, con música que sin ella.

   En casa nunca faltaron enciclopedias y discos de vinilo, LPs la mayoría de las veces. Había una colección entera de la Orquesta Billo’s Caracas Boys, la mejor del continente Latinoamericano sin duda, ni de Celia Cruz en su época inicial y post-castrista con La Sonora Matancera, y Blanca Rosa Gil se disputaba el puesto de más escuchada con otros cantantes de igual envergadura como  Bienvenido Granda (el Bigote que canta), y el resto de sones cubanos y mejicanos (Daniel Santos, Pedro Infante, Olga Gillot, Luis Aguilé, entre tantos otros).

   Mi infancia osciló entre Los Bocheros y Nino Bravo; mi hermano, apenas un mocoso, bailaba En la fiesta de Blas con un ímpetu muy similar al del solista de La Fórmula V; en casa de mi prima, que poseía verdaderas joyas en 36′ gracias a su hermana mayor, Juan y Junior cantaban a Lo que el viento se llevó o Los Payos, María Isabel.

   Raphael tenía un hueco único, y Julio Iglesias hacía su agosto con la diáspora cantando Un canto a Galicia y, posteriormente, Río rebelde o Manuela. Gabi, Fofó y Miliki tenían su sitio con su Hola, don Pepito, el mismo que las baladas  tiernas de Rocío Dúrcal, que eclosionó con su asociación con Juan Gabriel, dando paso a la dama del escenario que había sido siempre;

el Dúo Dinámico templaba su galanura y sus canciones; Sara Montiel paladeaba melosamente canciones maravillosas que nadie ha vuelto a grabar jamás, José Luis Rodríguez saltaba del personaje televisivo El Puma a cantar Voy perder la cabeza por tu amor; Camilo Sesto, con su porte y su talento, enamoraba a quien le oía, y Armando Manzanero se cubría de gloria componiendo y cantando los mejores boleros de la época.

   En radio Ideal se colaba también música anglosajona, como los Eagles con su Hotel California, Engelbert Humperdick, que mi madre adoraba cantando Los ojos de la española, y los cantantes italianos, que brillaban en ese planeta que fue un tiempo ido: Domenico Modugno, Nicola DiBari, Adamo, entre muchos otros que nos regalaron preciosas melodías que palpitan en el recuerdo, y Charles Aznavourcuya Venecia sin ti sigue siendo una de las canciones de mi vida.

   Recuerdo vívidamente toda esa época en las que descubría un mundo palpitante: las hojas de los libros con sus fotos llamativas, la música melódica que me enseñó, tiempo después, a apreciar otros movimientos, como el Rock o el Rythm&Blues, un poco como Juan Luis Guerra con su merengue elegante me llevó a apreciar la salsa más picante de Celia Cruz o el merengue más arrabalero de Wilfrido Vargas, que ya mencionaré más adelante. Radio Ideal y las tardes eternas haciendo los deberes y viendo cómo mi madre planchaba o cosía o simplemente arreglaba el jardín, me dieron una idea del mundo única, es decir personal, que poco a poco fue expandiéndose y, también, minimizándose; me regalaron momentos de solaz inconsciente y de alegría contenida, y han forjado, aún con tanto tiempo ya ido tras mis espaldas, la persona que soy hoy.

   Hay muchos aspectos que pueden definir a una persona. Toda expresión artística (sí, el deporte también es una de ellas) lo hace. Y la música de una vida está ahí para ser recordada y para ayudar a crecer, por siempre, una y otra vez.

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El día a día/ The days we're living

Tú y Yo/ You and I.

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Tú y yo.

Juntos. Separados.

Tú y yo.

Solución indisoluble. Almas inseparables.

Unión de intenciones, de cuerpos, de inseguridades.

Tú y yo.

Lo mejor de este mundo. Lo mejor que ha pasado nunca.

Para mí, tú y yo somos una sorpresa, un día de fiesta, una excepción.

Ni siquiera algún desliz, ni siquiera algún engaño.

Nada que no pueda superar un corazón enamorado.

Como el tuyo. Y el mío.

Tú y yo. A pesar de los años. Gracias a los años, yo y tú siempre juntos, nunca separados. Ni la distancia, ni la cercanía. Ni los gritos, ni los susurros. En el silencio, en la algarabía. Yo y tú, siempre juntos.

La luna se esconde y aparece el sol. Cuando me miras, cuando te toco, cuando ambos respiramos buscando más.

Tú y yo. Un regalo de la vida. La vida que sonríe en tus ojos y se extiende por tu piel y por la mía: una misma piel, cuatro brazos, cuatro piernas y un mismo corazón. Uno solo. Que late por los dos.

Tú y yo.

Ecuación eterna, garabato universal.

Te amo, yo. A ti, tú.

Tú y yo.

Y la costumbre es la sorpresa. Y abrazarte por los hombros y correr tras de ti. Y soñar contigo y despertarme a tu lado. Y la sonrisa de ala y el brillo de las estrellas en la ventana.

Tú y yo. Todo junto en insaciable sed.

Sí: tú y yo. Nada que se le parezca, nada comparable. Pero nada más sencillo, dos nombres, dos seres, dos intenciones. Un amor.

El tuyo, tú. Y el mío, yo.

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