Cigarrillos y cenizas/ Cigarettes and Ashes.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

a Cris Montes, que me pidió una historia. Y a Anita Tef.

 

Aún seguía sentada en la esquina del bar. Su esquina favorita, un rinconcito sólo suyo, en donde había reído y llorado, gozado del amor rápido de lo novedoso y de aquel otro más sobrecogedor que dura eternamente.

En esa esquina, casi escondida, podía ver y sentir el ambiente del bar: cuando estaba atestado aquello sólo olía a humo de cigarrillos y se oía el chin-chin de las copas y las botellas ir y venir; algunas risas y algunos besos y algunas caricias escondidas tras la espalda, tras las sombras chinescas de una iluminación quizá algo escasa. Eso le gustaba.

No recordaba cómo había llegado hasta aquel bar aquella noche, embriagada como estaba en los vapores del amor. Oh, sí. El amor que todo lo altera, el amor nuevo y ya conocido, que llega al pecho y lo inunda de locuras, de nerviosismo y de risillas tontas. Vagamente recordaba que habían entrado juntas entre risas, ya algo alteradas de juerga y sudores, y se sentaron, una en las piernas de la otra, sin importarles nada del ruido atronador que las rodeaba, ni de la escasa luz que las protegía. No les preocupaba ser vistas, estaban demasiado ensimismadas como para notarlo. Ella lo sabía. Sí, lo sabía: ya no era una niña tímida que intenta coger la mano de su compañera por detrás como quien no quiere la cosa. Oh, ella sí quería. Lo quería todo: aquel pelo en cascada, aquellos labios carnosos, esa mirada que parecía retener el secreto del universo. Cómo sabían sus labios…

Era capaz de revivir una a una las sensaciones que le invadieron aquella noche en esa esquina del bar. El batir de unas pestañas, el pecho traslúcido, una caricia que se perdía en la penumbra…Por eso le gustaba tanto aquel bar y esa esquina: porque veía y no podía ser vista, y porque aquel recuerdo, que a veces pesaba como una losa y otras era la única razón de vivir, estaba allí esculpido a fuego y a recuerdos.

Sobre la mesa, una botella de cerveza a medio beber, unos vasos vacíos con restos de alcohol en sus paredes y tres cigarrillos casi acabados; del suyo, con restos de pintura de labios (sí, le gustaba ponerse mona; era muy coqueta), mezclaba aquel humo zigzagueante con el ambiente enrarecido del bar, demasiado denso como para poder retratar sus sentimientos a flor de piel, el latir de un corazón que debería haberse parado mucho tiempo atrás.

Agradecía que hubiesen quedado en ese bar. Porque en él era capaz de ocultar sus sentimientos. O eso creía. Entre el humo de su cigarrillo, el de alguna de sus amigas, y la densidad de aquel aire, no se notaba casi que el corazón le salía por la boca cada vez que pronunciaba su nombre, el de ella, que llegó del brazo de su ancla, de su sostén. Aquella preciosa criatura, ninfa que vagaba de estanque en estanque, había estado en su vida, en su vida de cama, apenas cuatro noches: las más maravillosas de su vida. Pero era demasiado libre para ella, lo sabía bien mientras se abrazaban tras las cortinas, a plena luz del día. Aquella mujer, hecha para ser libre, jamás hubiese accedido a estar atada a su vida monótona, a su continuo ir y venir de naderías. Pero esta vez, con aquella chica (tenía nombre, sí, pero mientras no la nombrara, no existiría para ella, y sería sólo suya como lo fue una vez) que tenía algo distinto, algo que la embrujó hasta la ceguera, parecía ser tan feliz…

Suspira. Otra vez. No sentía celos, porque ella era feliz. No en sus brazos, eso estaba claro, si no en los de ella. Sus ojos sonreían y hasta parecía que había madurado. Cumplía cuarenta ese día y era un sueño estar a su lado, verla abrirse lentamente como una flor en un ambiente caldeado, arrullado por la música de fondo, flanqueado por el gris hálito de los cigarrillos, que jugaban a consumirse en el cenicero entre conversaciones banales y sorbos, uno y otro más. No sentía celos porque su amor era feliz, libre y saciada, colmada quizá y completa tal vez, algo que entre sus brazos (siempre lo supo) nunca conseguiría.

La amaba en secreto. Ahora podía decirlo. Entre el ruido ensordecedor del bar y el ambiente cargado de humo y de olores, todos mezclados y todos distintos, no se permitía mentirse. De nada servía, lo sabía. Y eso la entristecía y la enorgullecía a la vez. Porque ella era, ahora lo sabía, la mejor persona con la que había estado; mucho más que sí misma, afirmaba tranquila, incluso en aquel tiempo, cuando compartían días de lecho, vino y peonías.

Lo que sentía era claramente distinto de su otra buena amiga, demasiado seria, demasiado cansada de su vida de casada, demasiado harta de ese amor, amor que la llenó un día y que ahora la deja vacía. Su amiga la miraba demasiado. Ella se dio cuenta entre la niebla. Fumaba con cierto ansia, una y otra calada en el cigarrillo que no descansaba en el cenicero. A veces desviaba la mirada, a veces reía sin sentido y (ella sí lo sabía) sin esperanzas. Porque ante aquel amor, amor que había descubierto, que la había hecho abrirse como una flor, ampliarse como una ría, no había oportunidades, ni falsos momentos, ni deslices. Ambas lo sabían; ambas lo supieron esta noche. Una sabía asumir la derrota, pero la otra, mucho más amarga, no sabía lo qué hacer.

Su amiga, perdida quizá ante la evidencia de un amor colmado al que no podía hacer frente, se despidió pronto dejando un nuevo cigarrillo consumiéndose en el cenicero. Miró la hora en  su móvil, envió un mensaje, frunció la boca sin gracia y se puso la chaqueta: la necesitaban. Su pareja (porque no era amor, amor, era sólo pareja) estaba algo mal, una gastroenteritis quizá o un catarro, para el caso lo mismo. Se levantó con aire decidido y la mirada perdida hasta que recaló en aquella figura ansiada como la vida, en aquella lava que ardía en otros lechos. La sonrió y cabeceó un poco. Se ajustó la chaqueta. La besó tres veces en la mejilla, y la última vez estuvo más tiempo de lo necesario, aunque nadie pareció darse cuenta. O casi nadie. Se despidió de las demás con un ligero movimiento de manos, haciendo remolinos con el humo de los cigarrillos y lanzó más besos a la galería. Pidió permiso a una pareja que le estorbaba el paso y desapareció en la niebla espesa de la noche.

Suspira, reviviendo esa escena de celos que pasó desapercibida para todas menos para ella. No la culpaba: sabía por lo que estaba pasando. Ese infierno de deseos incumplidos llega a enturbiar el pensamiento; esa sed de besos no recibidos congela el corazón que late despacio hasta pararse un día, tan discretamente, que no deja pulso en las arterias; esas ansias, que son sueños, y como tales, inalcanzables, y que llevan a la soledad más absoluta o al más oscuro de los rencores. Pero no se preocupaba por su amiga: tenía a alguien que, al menos, la esperaba. Enferma o no, cansada o no, ambas tenían un plan vital, quizá no tan hermoso, quizá nada excitante, pero aún les quedaba el recurso de la resignación en sus vidas. Sin embargo, a ella…

Ella no estaba ni preocupada. El amor de su vida vivía el amor en otros brazos, despertaba en otros lechos, acariciaba la luz de la mañana, planeaba un futuro, cumplía años y era feliz, feliz, como nunca lo había sido. Ella le había dado serenidad, una estabilidad  sin aburrimiento y una seguridad que la embellecía, que la hacía insuperable. Porque mira que estaba bella esta noche, con su melena libre, con sus labios de carne prieta apenas pintados y los ojos enormes, enormes, repletos de amor, de felicidad.

Sentada en el bar, mira al cenicero, en el que reposan tres cigarrillos casi acabados y un montón de cenizas. La vida podía ser así, amontonada y gris, consumida en un segundo que casi no se nota, perdida entre el humo de un bar atestado y caliente. O podía ser de otra manera. O de ninguna forma. O de la única que sabía: aquella que la había llevado hasta aquel bar, esa noche, en su esquina favorita en el mundo, y a su soledad.

Apagó su cigarrillo, aún encendido. Cogió la botella de cerveza y la agitó para medir cuánto quedaba. Después de verla un rato, decide dejarla a medio beber. A medio vivir. Como su vida. Abrió el bolso y sacó un espejito y la barra de labios. Un ligero retoque, un batir de pestañas y una lágrima escondida entre el rímel.

Qué se le va a hacer.

Se levanta, paga lo que debe. Deja algo de propina. Sin volver la vista atrás, se enfrenta al frío de la noche subiéndose el cuello del abrigo. Y suspira. Suspira otra vez.

Qué se le va a hacer. Ama, y no tiene vuelta atrás.

Y qué bien que aún ame.

Sonríe y camina despacio, despacito. Sus pasos resuenan en la calle desierta hasta que se pierden en la penumbra de la noche.

En tus ojos/ In your eyes.

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Qué cosas pasan. Tantos años juntos, encontrándonos a lo largo de la vida, desde jovencitos, cuando la sonrisa estaba pegada a los labios y la magia brillaba en los ojos sin sentido, y míranos ahora.

Te veo ahora.

Me has tomado en los brazos y hemos comenzado a bailar. Y qué suavidad. Me sentí volar. Y los años pasados se han ido con cada giro, con cada abrazo. Un, dos, tres, un dos tres…La melodía sonaba y tus ojos brillaban y la sonrisa de chico afloraba en cada volteo y en cada acercamiento. Y tu aroma la invadía todo…

La noche tan blanca. El amanecer tan lúcido.

Sentir tu mano en la mía. Tu abrazo en mi espalda y mi sonrisa en tus labios una y otra vez…

Qué cosas pasan. Tantos años viéndonos y encontrándonos, saludándonos y tomando un café, un película quizá y una copa alguna vez. Hasta hoy. Que me fijé en tus ojos y algo cambió.

No dijiste nada. No hacía falta. Todo estaba en tus ojos. La sonrisa llena de estrellas, un sueño colgando de la luna menguante y un deseo que ardía por consumirse.

Me llamaste por mi nombre en la calle. Yo me giré; apenas te había visto. Y tropecé con tus ojos. Y no nos dijimos nada más. Me tomaste del brazo, sonriendo. Y yo me dejé hacer… Comenzamos a bailar en medio de la calle, con una música que nacía de nuestros cuerpos un, dos, tres, un, dos, tres… Y todo desapareció.

Hasta que la luna se desdibujó en el horizonte y el alba llegó con su velo de iris a tu piel, pensé que había soñado. Pero no. Aquí estamos. Juntos, disfrutando del calor de la compañía, del mullido roce de piel con piel, y tu aliento suave, acompasado por el agotamiento y mi propia respiración.

Qué cosas pasan…

Y yo estaba ciego. Ciego de amor hasta que lo vi en tus ojos. Y ahora todo ha cambiado.

Qué felicidad.

 

En la distancia/ Far away.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Chances are. Vonda Shepard & Robert Downey, Jr.

¿Tendré la oportunidad, alguna vez, que me descubras?

¿Podrás vislumbrarme en la distancia?

Todos los días amanezco con esa esperanza en los ojos y esa espera en los labios.

Verte, en la distancia, transforma mis días. Desde ese primer día en el que tropezamos y nos reímos mirándonos a los ojos, noto que me quemo cuando te toco y que me derrito cuando me sonríes. Sólo viviría por ver esa sonrisa junto a mí…

En la distancia, sueño con quererte. Amándote, espero de esperanza que me descubras.

Cuando tropezamos, nos reímos. Y me tomaste del brazo y sentí tu calor. Y me ayudaste solícito y divertido. Y recuerdo que reíste un chiste fácil y otro después de aquél. Qué cosas. Cómo fluyen los minutos al estar a tu lado. Porque fueron unos minutos, o yo los recuerdo como un bloque uniforme, sin límites. Sonreíste al sol y me diste la mano y nos despedimos hasta luego y ya nos veremos.

Qué maravilla.

Y mira que nos hemos visto. El Destino trabaja para que estemos juntos y para que mi amor crezca día tras día en la distancia. Mi boca se abre para decirte algo, pero las palabras callan antes de llegar a  mi labios, y esa boca abierta parece esperar un beso o un aliento de pez. Tú sonríes de nuevo y lo dejas pasar sin darte cuenta, sin ver que me brillan los ojos cada vez que te acercas, sin sentir cómo late embravecido mi corazón al saberte cerca.

En la distancia te veo y te siento junto a mí, acariciándome y sabiéndome sin decir una palabra; abrazándome por la espalda y susurrándome naderías en los oídos, depositando besos en mis ojos y en mis mejillas, en mi pecho y en mis manos.

Eres lo único que parece importarme, lo único que mueve el universo. Cuando tú no estás nada importa. Cuando estás, el mundo brilla con colores y energía, gira y gira sin cesar para acercarte a mí, desde la distancia en la que te quiero…

Sí, en la distancia, en la que te amo.

En estos días/ These days.

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone

En estos días he tenido el humor nublado. He andado demasiado tiempo muy callado. He caminado sin rumbo, como un papel arrastrado por el viento, sorteando enfrentamientos con mi yo más íntimo y a veces con el de los demás.

He recorrido tantos caminos en estos días, veredas que había olvidado incluso que existían. Me entregué demasiado al Arte y lo perdí de vista. Me uní demasiado a ti y me perdí.

He aprovechado, en estos días que hizo sol y ese calor suave de comienzo de primavera, para refrescar la cabeza, que no paraba de dar vueltas, sintiendo el fin del mundo a pesar de que nacía a mis pies. He necesitado de esas horas de soledad y silencio para no ahogarme en mis propios gritos. Por ti.

En estos días, he pensado mucho en mí. Me he visto cometer tantos errores inocentes, tantas sumas que se adicionan en el resultado de nuestro final, que no logro reconocerme. En algún punto de nuestra vida en común, me desvié de mi camino; empleé muchas excusas, todas ellas por ti y mi carrera, que desenfoqué de la distancia mi propia vida, borrando a sí mismo las barreas que nos separaban, los límites que nos diferenciaban. Me llené de tanta luz que olvidé el significado de la soledad.

Qué tontería. He estado estos días desgranando el tiempo que ya nunca será y aquel que fue y no volverá. He estado remendando el rosario de palabras dichas, con una o mil intenciones (que ya no importan); he intentado pescar aquellas que me hubiera gustado decirte y en qué momentos; he ido recapitulando mi vida a medida que sacrificaba la nuestra, y he soñado con un porvenir que ya no es posible y con un pasado que no volverá.

En fin, en estos días he estado vagando en las sombras que arroja mi vida intentando hallar de nuevo aquellos motivos que me impulsaban a reír, a ser lo que era, a buscar lo que una vez anhelé.

Se confunden aquellos que piensan que la soledad es callada. Todo lo contrario: es demasiado ruidosa, llena de sonidos huecos que rebotan una y otra vez en nuestros anhelos e impulsa a la mente a dejarse llevar por la melancolía a veces, y a veces también por el deseo.

Pasé todos los estados del dolor sin dejar ninguno pendiente. Perdí el sentido de la orientación y los suspiros; me ahogué en lágrimas cansadas de ser derramadas y me cegué en medio de días iguales que parecían no tener fin. He gritado tu nombre y también lo he susurrado; he dicho que te odiaba y también que te adoraba; he atravesado los pasillos oscuros de la culpa y aquellos otros, menos claros aún, de la duda y del olvido. He bailado contigo todas aquellas canciones que no escogimos, y te he acariciado todas las veces que no quisiste ya más mi amor.

No te culpo: tú y mi Arte lo erais todo. Y yo no tenía peso: ni encima de ti, ni debajo de ti, ni sobre mí o a través de mí. Y eso te cansó y me cansó: a nadie le gusta despertarse todos los días con un ser sin rumbo cuyo único tributo ha sido el de amarte y cuyo único camino ha sido el de seguir tus huellas.

Pero he tenido que detenerme para poder avanzar. En estos días de soledad sonora me he dado cuenta de ello. Al tropezar con cada uno de los rincones que llenamos una y otra vez, esa sensación de vacío y consciente plenitud me llenaba y parecía darme alas. Aunque continúe amándote (sí, lo confieso: yo sí te amo) mi amor aquilatado pesa poco en el mundo porque perdí mi amor propio y mis intereses en la vana falacia de una hoguera común: nadie es capaz de querer a alguien que parece no amarse, o que ha amado a otro demasiado. Si eso fuera posible.

Ya no importa. Ni tu despedida, ni el vacío que has dejado en mi vida, ni mi desesperación, ni mi cobardía.

No hace falta que me recuerdes mis fracasos: esa larga lista la llevo entre pecho y espalda atada al corazón. Incluso sigo carretando este amor como un fardo pesado. Todos han sido un error y lo acepto. Como acepto también el camino que has abierto para mí con tu abandono, puente que se extiende delante de mí sin que yo lo hubiese deseado.

Y ahora debo continuar mi marcha hacia adelante. Sólo caminando seré capaz de despejar la niebla que ciega mis ojos y el vaho frío que aún reviste mi corazón. Y no hablo aquí de olvido, ni de jamás dejar de quererte. En estos días de silencio y soledad, a través de los parques de mi memoria perdida y recobrada, he sido capaz de reconstruir mis pies y mis ansias y, quién sabe, quizá hasta un poco de orgullo, como tú lo llamas, o de sentido común, como lo llamo yo.

Recorriendo caminos reencontrados, en estos días pienso mucho en mi pérdida, en la nuestra, y en el riesgo de un corazón roto y en el amor deshojado y abandonado. Aún me molesta; todavía escuece. Pero sé que pronto pasará. Mi Arte vive a través de mí y no de ti, como llegué a pensar, y mi vida única también.

Así que camino hacia delante pensando en mejorar: mi vida, mi mundo resquebrajado y un corazón que late, late mucho todavía en estos días, por ti.

En algún lugar allá afuera/ Somewhere Out There.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Llevarte en el corazón día a día no se me ha hecho una tarea pesada. Antes bien, todo lo contrario.

Recordarte, con tu sonrisa de ala, ese cabello castaño, esos ojos verdosos, esa nariz prominente, sólo me llena de gozo, de un gozo con poso de melancolía.

Sé que no te gustaría verme así. Tú reías y callabas, y hablabas con esa voz dulce y de timbre alto, tan extraña en alguien tan corpulento, como si toda la energía se hubiese ido al resto del cuerpo y dejase aquella voz al cielo. Tú abarcabas la vida en cada abrazo y así la regalabas, todo generosidad. Y nadie estaba triste a tu lado.

Por eso yo lo estoy. Porque ya no estás aquí.

Y las estrellas allá afuera, en esta noche clara en la que la pálida luna apenas entra por la ventana, brillan titilantes callando respuestas a preguntas que nunca me cansa repetir. Cada noche, a cada hora en la que tu recuerdo me fecunda, intento unir mi corazón al tuyo; cada noche, cuando veo las estrellas, intento que me dibujen un puente hasta ti. Porque, estés donde estés, tu destino brilla en ellas, y yo en ti.

En algún lugar allá afuera sé que te encontraré. Más allá de la melancolía de tu recuerdo, del roce de tus manos sobre mi espalda, del cándido beso de la mañana, del viento apoderándose de nosotros cuando cabalgábamos, estamos tú y yo juntos en mi imaginación, y no hay destino ni muerte que pueda contra eso.

Y sonrío, ya ves, reflejando mi rostro en la ventana. Y veo una expresión entristecida, unos ojos que la belleza nocturna hace parecer aún brillantes, porque tu recuerdo los inunda. Cuántas cosas quedaron inconclusas entre tú y yo…

Y sin embargo…

En algún lugar, allá afuera, sé que estás esperando por mí. Y que tu paciencia es infinita porque está pintada en la noche, porque está bordada de estrellas, ésas que tenderán el puente que consiga llevarme hasta ti.

Melancolía, noche, soledad, una oración, una lágrima, un suspiro, una estrella…

Dibujo una constelación que lleva tu nombre. Y tu sonrisa es un planeta y tu cuerpo toda una galaxia. Sí, llena de mí…

En algún lugar allá afuera, gracias al amor que siempre dura congelado en el corazón, escondido en una esquina de latido, perdido a la mirada pero abierto a los sentidos, encontraremos un modo diferente de vivir, una forma distinta de ser feliz, cuando esta canción de cuna termine, cuando esta espera finalice y sea por fin libre. Libre de volver a ti.

Llevarte en el corazón, con este recuerdo que vale tanto, no me cuesta nada. Hace un año ya… Y yo estoy aún aquí.

But.Portraiture o la Mirada/ But.Portraiture or The Eye.

Arte/ Art, Música/ Music

Gracias al talento de Jesús Gallent i Pérez, por enseñarme el trabajo de But.Portraiture

L’Amour Nest Rien. Mylene Farmer.

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

But.Portraiture, posted with vodpod

 

Mañana de domingo/ Sunday Morning.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Someone To Believe In. Randy Crawford.

Me despierto amodorrado. Algo entumecido. Siento cada uno de mis músculos sin necesidad de moverlos, elementos pesados que me atan aún a la cama. Suspirando, me estiro lentamente al principio para después participar con todo mi ser en ese acto reflejo y maravilloso, como un gato que ronronea de gusto.

Sonrío. El sol entra tenue por entre las cortinas corridas. Las transparenta y llega a mi piel desnuda. Siento el suave calor de una mañana de domingo. El sol besa mi piel con un candor novicio, de nuevo día recién nacido. Qué gusto es estar aún en cama, bañado por el sol suave de una mañana de domingo, con la despereza lenta y derrochada, con la cabeza apoyada entre almohadas de plumas y el ligero calor de un cuerpo todavía acurrucado en sus propios sueños.

Abro los ojos y la luz lo llena todo. No hiere mis pupilas. Tamizada por la hora y el vuelo de las cortinas, la mañana de domingo entra de puntillas por la ventana, meciendo el cuerpo que despierta algo atrasado con respecto  a la mente, que se ocupa en recordar las mil pequeñas cosas que hicimos juntos la noche anterior, esos momentos imperceptibles y cotidianos de los que sin embargo está hecha la vida.

Sonrío. Qué poco nos hace falta para ser felices. Una felicidad pasajera, lo sé, instantánea y frágil. Pero hermosa. El tacto de las sábanas tibias, la suavidad de un edredón, la calidez de la luz tamizada en las ventanas, un movimiento de desperezo eterno, un recuerdo nebuloso de ayer y un mar de posibilidades en las que dejar de creer para no tener demasiadas expectativas que lamentar.

Me muevo con lentitud. Aún hay tiempo. Siempre hay tiempo. Se hace tarde para desayunar. Pero en una mañana de domingo, siempre hay tiempo para un brunch. ¡Qué norteamericanos nos hemos vuelto! Pero no me disgusta importar ideas agradables. Ellos tienen nuestras tapas, nosotros su brunch, que es una mezcla de ambas, en realidad. Es una de esas situaciones que nos permiten ganar tiempo para la despereza, para el disfrute. Para sentir el calor de la cama, el tibio abrazo de la mañana y la caricia de la luz en el cuerpo desnudo que yace a nuestro lado.

Miro la ventana. El suave viento de esta mañana de domingo entra discreto, sin molestar, como la luz tamizada y las esperanzas; la ventana ha quedado entreabierta. Y sonrío otra vez. Ambos estamos despertando al mundo.

Nos acostumbramos a tener el peso de otro cuerpo a nuestro lado. Del cataclismo de un principio pasamos a la tranquilidad de ese equilibrio que finalmente se descubre en la coreografía de un vals para dos. Compartir el lecho es un ejercicio de instinto, una lucha en la que ambos perdemos y ambos nos amoldamos, compartiendo y deshaciendo espacios, ganando y cediendo terreno hasta encontrar el lugar idóneo en el que nos encontramos para fundirnos en un solo cuerpo, en un solo espacio y en un mismo vacío.

Vuelvo a cerrar los ojos y me estiro de nuevo…Qué gusto… El calorcillo de la mañana, el peso exacto del edredón…¡Oh, qué maravilla….!

Siento que me abraza por detrás. Se ha despertado y se ha girado y lo primero que ha hecho ha sido desperezarse abrazado a mí. Qué dulzura su tacto, qué fresca su piel de mañana, llena de luz tamizada y de suave brisa… Con los ojos cerrados, dejo que su cuerpo se pegue al mío, que adopte mi postura, que encaje perfectamente…

¡Oh! Su piel sedosa, llena de pliegues en los que perderse, todavía suave y nueva para mis labios… Duerme con la desnudez y con la desnudez me abraza y noto su despertar. Hunde su rostro en mi espalda y la llena de besos, esos besos que nadarían sin fin entre mis labios. Yo me dejo hacer… Sus brazos aferran mi pecho y me atraen aún más hacia sí, haciendo que el espacio entre los dos se vacíe de aire y se llene de piel extática y sonrosada, llena de sangre y de cosquillas, que me hacen reír. Yo me dejo hacer…

Me giro envuelto en su abrazo. Y abro los ojos. Y le miro a los ojos. Los ojos de la mañana. Y sonreímos ambos y nos besamos ambos y nos abrazamos ambos, desnudos ambos, protegidos por la luz que desborda la ventana entreabierta. Y buscamos el arrullo y el envite, y la humedad de los labios y las lenguas, bebiendo con la sed inusitada del día anterior. Un abrazo que cambia de brazos, que intercambia calor y algarabías, y unas piernas que aferran la cintura y la invitan a viajar y a quedarse al mismo tiempo, montados ambos en un sube y baja de besos y caricias.

Y su piel resplandece entre mis labios. Y mi piel se abre a su abrazo. Y juntos buscamos un punto de encuentro que es a la vez bienvenida y despedida, y nos regalamos un placer que es a la vez egoísta y generoso, mientras la mañana de domingo entra en nuestra habitación y lo llena todo de luz y de frescura con esa danza de las horas que no pasan habitadas entre dos cuerpos que se conocen una y otra vez para olvidarse luego, en ese encuentro que es siempre un reencuentro, entre las aguas ora mansas, ora embravecidas, del amor.

Y nos llenamos el uno en el otro. Y la luz se cuela entre las rendijas de nuestros cuerpos de orilla. Y nuestras almas se entrelazan como nuestras lenguas, y nuestras pieles se funden en una coreografía única, en la que el bailarín y su pareja son la misma cosa: la música que suena, el viento que todo lo refresca, el ansia que todo lo diluye, el sudor que todo lo lubrica y el placer que todo lo justifica.

Y sonrío. Porque somos tan diferentes y sin embargo nos amamos por igual. Sonrío porque su pasión es toda mía y la mía se desborda para envolvernos por entero. Sonrío porque la belleza de nuestra desnudez desafía y confía en la blancura del nuevo día y se une al baile de la mañana fundiéndose en el tempo de la ternura, en el lento arrullo y en la pasión. Y sonrío porque, cuando todo se aquieta y sólo queda, como único sonido, el jadeo y una respiración entrecortada, ambos seguimos unidos en un abrazo que nos recorre por entero, desde las piernas hasta los labios, desde la cintura hasta el corazón.

– Es un poco tarde para desayunar, ¿no crees?

Le digo.

Me acaricia lento y desafiante. Me revuelve el cabello hecho ya un lío por sus besos y la pasión. Me besa lento y suave en los labios. Y aparta un mechón de pelo que me cae en la frente y me mira a los ojos. No se separa de mí. Sonríe.

– Aún hay tiempo para un brunch, ¿no crees?

El sol asciende poco a poco. El viento sopla manso y besa nuestra desnudez. El invierno se despide lento y da la bienvenida a la primavera. Una mañana de domingo nos espera. Y vuelvo a sonreír.

Qué felicidad.