Tiempo de mimosas/ Mimosas’ Time.

Dormías y he salido a buscar flores.

Siempre me reprochas que no te traiga flores. Y es verdad.

Pero no me gusta verlas aprisionadas, forzadas en posturas poco naturales. Me alegra verlas libres en el campo, pendulantes o erguidas, rodeadas de maleza que las embellece aún más, y descubrirlas entre las zarzas, rosas o púrpuras, rojas o azules, es una alegría añadida al día soleado y a tu compañía.

Sé que es una excusa aunque lo digo muy en serio.

Las flores tienen un lenguaje, un idioma que desconozco. Sin embargo sé que están para dar felicidad y para cifrar ciertos mensajes; para embellecer lo perfecto y, a veces, para tapar lo oculto. Y sé que te gustan mucho aunque ni a ti ni a mí se nos den bien las plantas. Pese a nuestros empeños (quizá por nuestros empeños) todas acaban muriendo: exceso o falta de luz, exceso o falta de agua, qué se yo… Nos reímos, pues parecen pequeños sacrificios en pro de nuestro amor. O eso esperamos entre risas.

Y hoy, mientras dormías la siesta, me quedé mirándote en un embeleso. Me fascina verte dormir; me ha hechizado siempre. Los párpados cerrados, esa nariz delicada, esos labios generosos… Los platos ya estaban secos y guardados; la mesa recogida; el cesto de frutas colocado en su lugar, y tú en el sofá, suspirando entre la plétora y el sopor del mediodía… Me quedé mirándote no sé cuánto tiempo y me puse a pensar en todo el tiempo que llevamos juntos, en los ajustes de la convivencia, en las luchas míseras por llevar el control de la relación sobre las grandes cosas, sobre las nimiedades; la tolerancia que a veces regalamos a aquellos que amamos, y las posturas que lentamente se convierten en costumbres, y el cariño que se transforma en amor y el amor en pasión y la pasión en calma y dicha… Y el pecho se me llenó de aire y de dulzura y de agradecimiento y hasta de simpatía, porque comenzaste a roncar bajito como cuando estamos juntos en la cama y no me dejas conciliar el sueño.

Así que salí a buscar flores. Todo estaba tranquilo. El día aún conservaba el sol de febrero, oblicuo y ascendente; comenzaba a levantarse el viento del sur y unas nubes callejeras se dibujaban en el horizonte. En mi mano unas tijeras y unos guantes y mucha intención. Y entonces vi un río dorado lleno de estrellas, soles amarillos recortándose entre el verde intenso de los árboles y el azul del cielo impetuoso. Un aroma a dulzura llegaba desde aquellas ramas que casi besan la tierra. Y supe cuáles iba a recoger.

Mimosas, las flores de febrero que endulzan la mitad del invierno en espera de la primavera aún algo lejana y distante.

Y corté un manojo enorme. Su aroma intoxicante dejaba un rastro tras de mí y me obsesionaba. Como nuestro amor. Como nuestros besos y nuestras caricias y la forma en que nos queremos a deshora y cómo discutimos y nos abrazamos y te veo dormir la siesta y preparamos la cena y nos despedimos cada mañana…. Esos pequeños soles amarillos, llenos de estambres y de polen, llenos de porvenir, son un símbolo de nuestra vida, nuestra vida que ha sido vida desde que estamos juntos.

Llegué jadeante y mareado. Porque quería verte inmediatamente, porque quería sorprenderte con el aroma penetrante de un manojo de mimosas y porque necesitaba verte dormir.

Allí seguías, con la manta medio caída que te puse mal que bien antes de irme, y la boca entreabierta esperando un beso… Un beso…

Y coloqué las mimosas por toda la casa, llenando de luz y de dulzor cada rincón de nuestras vidas. Es febrero, es invierno, pero no para nosotros, para nosotros todavía no.

Y aunque nunca te traiga flores, hoy es tiempo de mimosas y, ya ves, me acordé de ti y de mí y de lo que tenemos juntos. Y quiero que siga así para siempre, o lo que puede ser por siempre…

Ven: tócame, huéleme, bésame, quiéreme…

Qué felicidad.

Juan Ramón Villanueva

Un aspirante-a-todo-lo-que-sea, que vive en Santiago de Compostela; dedicado a vivir demasiado en su cabeza; con grandes amigos con los que compartir todo los aspectos de la vida, y que empieza a necesitar expandirse más allá de sus propio límites geográficos. Aspiring-to-everything-that-it-is, living in Santiago de Compostela; dedicated to live too much in his head; with great friends with which to share all aspects of life, and that begins to need to expand beyond his own geographic limits.

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