Costumbres/ Easy is not.

Háblame de ti. ¿Qué tal estás?

Cuánto tiempo ha pasado… Y no lo digo por decir, no. Desde que no nos hemos visto, cómo ha cambiado todo.

Sí…¿Quién lo hubiese dicho, verdad? Que pasaríamos tanto tiempo separados cuando antes no había quién nos alejara. No recuerdo que hayamos pasado una noche sin compañia… Y míranos ahora. Después de tantos meses, tú frente a mí y qué extraño me parece.

¿Te pasa lo mismo?

No lo sé… Durante este tiempo a veces me detenía en medio de una frase porque te la estaba diciendo y no me acordaba que no estabas ahí. A veces extendía mi brazo en la cama para tocarte y al encontrarme un vacío volvía de un porrazo al presente. Y me dolía.

Sí, dime lo que quieras. Nuestro fin fue de los dos, nadie se apuró ni le pisó las palabras al otro, lo sé. Pero eso no quita (creo yo) que la costumbre siga entrando cada mañana a darnos los buenos días. Cuando hablo rápido, sin pensar, o cuando me distraigo sin querer, tu imagen me asalta como una sombra y hasta sonrío porque te imagino esperándome o corrigiéndome o abrazándome.

Es una imagen difícil después de nuestros últimos momentos, llenos de agrio desdén. Y sin embargo…

Te extraño. Y no porque te quiera. Si no porque te quise. Te quise mucho. Y nos acostumbramos el uno al otro; el peso de la espalda, la caricia lenta mientras veíamos televisión; un sorbo de tu taza, una esquina de mi almohada… Sí, quizá todavía te extrañe.

¿Ves? ¿Ves que también a te pasa a ti?

Háblame de ti. Cuéntame de tu vida. La mía es tan anodina…

Sí…, por eso dejaste de quererme. Lo sé. Lo reconozco. No estás hecho para las costumbres. Aunque ahora te das cuenta que valían la pena, que el despertador, la ropa limpia y planchada, un perfume y una flor, todo valía la pena. Porque las costumbres, amor mío, son más fuertes, mucho más, que el propio amor.

Tus ojos rasgados de un precioso color de almendra tostada. Tu sonrisa perfecta, llena de atractivo. Esos hombros mórbidos que disfrutaba rodeándolos de pequeños mordiscos; la curvatura perfecta de tus piernas, el ancho mundo de tu espalda, y ese olor a canela de tu piel..

¿Cuándo dejé de amarte? No sabría decirte. Quizá tu insistencia en dejarlo, tu extraño deseo de libertad, tu desazón del tiempo perdido…. No sabría precisarlo. Darme cuenta de que no era suficiente para ti me llevó mucho tiempo; quizá demasiado. Porque mezclé el asombro con el rencor, la decepción con mi orgullo. Qué se yo…

¿Te pasó a ti lo mismo? Mira qué curioso…

Tal vez esperábamos demasiado el uno del otro, y nada de nosotros mismos… ¡Oh, sí! Lo he pensado. En los momentos en los que la nostalgia me asalta, cuando un aroma me recuerda tu perfume, un día que se cayó una lata de té e incluso ayer, mira tú, mientras perseguía a un hombre que llevaba tu colonia porque ese aroma despertó mi piel y mi deseo…

Cometimos muchos errores. Me doy cuenta. Yo. Y tú. Porque enterramos nuestro amor en un vacío del que nunca pudo salir y del que no nos quedó nada, nada, claro, salvo las costumbres de la convivencia. Esos pequeños detalles que te hacen estar clavado en mi pensamiento oscuro, en mi corazón pequeño, en un recóndito lugar del alma por el que vagas a tus anchas… Y del que yo a veces no quiero encontrar la salida.

Porque, después de todos estos meses separados y de saber que nuestro amor está muerto, no quiero que salgas de mi vida, no quiero que te diluyas en un tiempo desvaído porque no has valido la pena. Todo lo contrario. Debido a que aún concibo mi vida como parte de la tuya, aún respondo con un nosotros al llamado de tu nombre, y tus recuerdos, en las costumbres de cada día, me ayudan a seguir con vida.

No te quiero. No me quieres. Podría decirte que no tengo nada que sentir como un día me pasó. Pero te mentiría. Verte y darme cuenta de ello ha sido todo uno. Y aunque no te amo, amor, como una vez nos amamos, existe un lazo entre nosotros que es indestructible y que brilla como el acero: todas esas pequeñas rutinas del día a día, todos esas carantoñas y risas, esos gritos y obscenidades, esas caricias y esos besos vivirán por siempre entre nosotros, cada vez que nos veamos, cada vez que nos separemos. Porque han sido nuestras costumbres. Porque han sido nuestras costumbres de vida. Y, no me cabe la menor duda, ellas son más fuertes que el amor.

Al menos que el amor que nos teníamos tú y yo.

Juan Ramón Villanueva

Un aspirante-a-todo-lo-que-sea, que vive en Santiago de Compostela; dedicado a vivir demasiado en su cabeza; con grandes amigos con los que compartir todo los aspectos de la vida, y que empieza a necesitar expandirse más allá de sus propio límites geográficos. Aspiring-to-everything-that-it-is, living in Santiago de Compostela; dedicated to live too much in his head; with great friends with which to share all aspects of life, and that begins to need to expand beyond his own geographic limits.

2 comments

  • Hay una canción muy bonita que habla de la costumbre y del amor, seguro la has escuchado, te dejo el encalce, es de Rocío Dúrcal, y es que es verdad que la costumbre es mas fuerte que el amor.

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