La primera vez…/The first time…

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   La primera vez que te vi no he podido olvidarla. Tropezamos, creo, y te sonreí todo torpe y tú ni me miraste, pensando que era otro más.

   La primera vez que vi tus ojos quedé prendado de su brillo. Entre azul y castaños por la sombra o la lluvia, y tus pupilas fijas. Llovía, y las gotas caían por tu pelo y por tu frente y se quedaban prendadas en tus pestañas como cristales maduros. Y cuando pestañeaste, rodaron hasta el suelo tintineando. Apartaste tu mirada de mí y seguiste tu camino.

   La primera vez que te vi la tierra tembló bajo mis pies y un escalofrío me recorrió por entero. Llovía, y bajo la capa de agua que caía, me atreví a tocarte como quien acaricia a una estatua. Y al pasar a mi lado detuviste tu marcha y volviste tu rostro intrigado. Tus ojos descendieron hacia los míos y yo quedé petrificado, sonriendo todo torpe y mudo.

   – Hola.

   Dijiste. Y la voz más profunda salió de esa boca perfecta de un color rosa pálido, por el frío quizá, y quisquillosa por la lluvia.

   La primera vez que oí tu voz quedé paralizado. Porque era oscura como un secreto, envolvente como una ola, fresca como la lluvia que caía sobre nosotros y hacía ríos de mis mejillas y de mis pies.

   Y sonreíste. Y la sonrisa maravillosa salió de tu cara como el sol tras de las nubes. Y dejó de llover, o yo dejé de sentir la lluvia que caía, prendado como estaba del brillo de tu sonrisa, del fulgor de tu rostro, de la mirada acuática que salía de tus ojos. Y sonreí.

   La primera vez que nos besamos fue en aquella esquina, bajo la lluvia. Yo estaba mudo y calado hasta el corazón. Pero fue sentir la carnosidad de esa boca de rosa y convertirme en un ser líquido, moldeable, maleable, acuático. Un cosquilleo divertido sembró desde mi boca hasta el corazón un recorrido de lirios en flor, y la caricia de tus labios en los míos y de los míos en tu cuello de alabastro me llevó lejos de allí, más allá de las estrellas, hasta donde nace el sol.

   Y fue interminable aquel beso de tu boca y la mía. Y de mucho más.

   La primera vez que yacimos juntos, el mundo sufrió una revolución. Los planetas no fueron los mismos, la gravedad perdió su  significado mientras nos abrazábamos, y la lluvia se detenía en nuestra piel, evaporándose y condensándose en nuestro interior. Los nervios y las cosquillas, las expectativas y los desmanes, el amor recién nacido y la pasión que todo lo devora, la piel que gime y el ansia que busca y descubre. La primera vez que yacimos juntos, tú encima de mí y yo a tu lado, el tiempo se detuvo y se hizo una bolita de estambre que escondimos bajo las almohadas. Y las sonrisas eran nuestra música y el repiqueteo del cabecero, como las gotas de lluvia en la ventana, arrullaron nuestro sueño agotado y las ganas de más, mucho más.

   La primera vez que besé tu piel saldada, y que tus piernas me abrazaron; la primera vez que me tocaste y conseguiste arrancar un gemido de placer; la primera vez que escuchamos juntos una canción de moda; la primera vez que, tumbados y agotados respiramos juntos y acompasados, unidos por algo más que los cuerpos, en una comunión casi divina, supe que había llegado a mi playa, a mi puerto. Y que era feliz.

   La primera vez que vi tu rostro supe que había llegado a mi hogar. Y que tu cuerpo era mi costumbre, y tus labios mi copa, tu corazón mi fuente y tus ojos, mi canción. La primera vez que te vi, supe quién eras y supe a quién pertenecía. Y ese sentido se ha hecho eterno, y ese sentimiento, como un huracán, me ha llenado hasta rebosarme y ha sembrado de amor mi vida, hasta ahora vacía sin ti.

   La primera vez que te vi me enamoré. Y de eso hace ya casi veinte años. Como el primer día.

Nada como la danza/ Just Ballet.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

La Compañía Nacional de Danza, de la mano de su nuevo director, José Carlos Martínez, está de estreno.

En una noche encantadora/ Some Enchanted Evening.

Música/ Music

Galeradas/ Galley Proof.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

   Galley Proof es la nueva novela de Eric Arvin. Y como siempre en él, el núcleo central del relato va más allá de la mera historia de amor. O la historia de amor no es más que una excusa para desarrollar personajes floridos, llenos de matices, heridos y voluntariosos; prendados en la mitología del autor y, debido a esto, sometidos a fuerzas telúricas que arrancan siempre del exterior pero que todo lo arrasan, para dar paso a una libertad pura, libre de cualquier sentimiento de ansia y lleno de alegría.

   Con todo, este nuevo relato más en la línea de Simple Men, pero a la vez mucho más maduro, nos muestra a un Eric Arvin que crece, dejando atrás el ambiente del College norteamericano. Sus protagonistas son hombres que viven el mundo adulto, que trabajan y que desean y que, secretamente, esperan el momento adecuado para florecer. La historia que se teje entre el escritor Logan, cuyas rutinas se alteran lentamente luchando contra el bloqueo del escritor, y de Brock, su editor y objeto de secreto deseo, nos lleva por los meandros tranquilos y simpáticos de una escritura ligera, que se lee con avidez; florida, como todos sus relatos, llena de un inglés preciosista y brillante, certero y siempre redentor. Si algo hay en Eric Arvin es su amor por todo lo que escribe: no hay ningún personaje, por desviado y cruel que sea, que no termine redimido (como ocurre en Woke Up In A Strange Place, por citar el ejemplo más reciente); nada hay en el mundo de Eric Arvin vacío de contenido y, por lo mismo, inútil; y todo tiene cabida: personajes de otras historias, como los de Subsurdity o la ya citada Simple Men; algo de ese realismo mágico tan de The Rest Is Illusion, para mí su mejor obra; y la recurrencia continua a ecos de su propia vida, escondidos pero entrañables, que el lector avezado en sus libros puede encontrar y disfrutar como nuevos encuentros inolvidables.

   Y he ahí lo que me ha gustado de Galley Proof: todo es distinto, todo evoluciona. Logan, un escritor atascado en sí mismo; Brock, un editor que huye de un pasado; ambos, dos hombres jóvenes que desean liberarse de sus cadenas desconocidas y que se aventuran con miedo a veces y con mucho humor, en el descubrimiento de un amor que los hará diferentes y los llevará al vértigo del cambio y, por lo tanto, a la libertad.

   Galley Proof es un dulce caramelo, un divertimento mucho más serio de lo que parece, lleno de esperanza y de fantasía, la fantasía que hace de Eric Arvin un escritor fresco, creativo, productivo y siempre, siempre, digno de leer.

   Galley Proof is Eric Arvin’s new novel. And, as always, the central core of the story goes far beyond the story itself. Or, if you like, the core of the story is more than an excuse to develop such great and strong characters, each one of them baptized in his author’s own mythology and, by this, make them to develop and to change, always, in search of freedom.

   Though more in the line of Simple Men, Galley Proof is a more mature story, maybe it is the most mature book of Eric Arvin till now. The characters are not frat boys anymore: they are grown up men looking for something. And that something is what Logan’s and Brock’s story is about. Logan, a writer with a fierce and an unknown force inside him pushing to flourish; Brock, the handsome editor, in the verge of a desired change that he’s afraid of, intertwined in a very poetic, humouristic, and brilliant prose in a very Arvin’s style, are the main center of the story. But they’re not alone in this new adventure. They will be face off to other characters that are known by us, and doing so, Eric Arvin just draw his very own creative world in an eternal loop of constant change. One of his wonderful and main characteristics as a writer.

   Doing so, he intertwined Subsurdity and Simple Men and, even so, The Rest Is Illusion (he cannot be himself without a glimpse of the magic realism he’s so in love with.) And doing so, we find some glimpses of his very own life, wisely hidden in the branches of a love story that is far from a love story but just a perfect one indeed.

   And that’s what I liked about Galley Proof: everything changes, everything develops. Logan needs to change to activate his writing but his life; Brock needs to leave his past behind; both of them need to open to each other to find a nestle to build this wonderful love full of passionate sex and tenderness and comprehension and, once again, redemption and freedom.

   Lovely, fresh, funny, full of Eric Arvin’s places and wonders, Galley Proof is just a delight, a candy stick, a sweet gellato to enjoy and to re-read over and over again.

En algún lugar/ Somewhere.

Música/ Music

Claro de luna/ Claire De Lune.

Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   Está amaneciendo. Un rayo de luna brota desde la ventana y baña nuestra cama. Está amaneciendo y la luna se cuela entre la tela de la cortina y me ha despertado.

   Qué bella la luna amanecida. Gigante, redonda, llena de plata blanca. Si me acerco a la ventana casi la toco. Me levanto y la observo. Acapara toda mi mirada. Gigante, flota en el espacio rodeada de un velo de niebla, que danza sigilosa sobre la tierra, transformando los límites sólidos en serenos contrastes, y el abrazo del día que nace en un arrullo lleno de escarcha.

   Hace frío pero no importa. Me levanto lleno de un claro de luna. Y parece mecerse entre las olas de niebla, y dibuja un surco argentino sobre las cosas, sobre las casas, sobre todo aquello que amo. Sobre ti. Que desnudo descansas ajeno a todo, incluso a la luz de la luna traviesa que se resiste a la llegada del alba para tatuarse en tu piel y reflejarse en la mía. La bella luna oronda, llena de cicatrices de una vida entera, pero dulce y sigilosa, callada y sola, suspendida en el cielo como el amor que te tengo, enganchado a tu pecho por los besos de mi corazón.

   En este claro de luna mis sueños se acrecientan dejándome sin sueño, pero regalándome tu cuerpo desnudo, dormido y abierto como un secreto al descubierto. Y cuánto te deseo. Dormido y despierto, con tu sonrisa de ángel caído y el ritmo de ese pecho escindido en dos y la sonrisa de arena en ese rostro de plata. Plata que baña tu boca y la mía en este claro de luna que me ha despertado.

   El amanecer sigue su curso. Y un velo de iris se levanta tras la sombra de la luna y envuelve como un manto mi corazón sereno. El mundo parece suspendido en este momento infinito, en el que la escarcha de la tierra se pega a los cristales de las ventanas, y el vaho de la respiración se condensa en diminutos cristales que sólo me hablan de ti. Y de mí. Y de lo que está por venir, pitonisos de otro mundo. Un mundo en el que estamos juntos tú y yo.

   Y yo ya no tengo sueño, porque tú eres todo lo que necesito. Tú y la luna de plata, y el río de seda de la niebla pausada y el baile lento de un amanecer de escarcha, y el sabor de una piel abierta como un libro y un cuerpo que late como un corazón: el tuyo por el mío, y el mío por el de los dos.

El círculo de la vida/ The Circle of Life.

El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   Llevo unos días fijándome en algunos detalles. Parecen pequeños, y ciertamente lo son, pero su simbolismo no deja de darme vueltas en la cabeza.

   Hoy, cuando me cortaban el pelo, me fijé en los restos de cabello que caían a mi alrededor: una hebra plateada aparecía aquí y allí. Mi propia barba es casi un anuncio de un invierno que está por llegar. Mi piel no es lo tersa que debió haber sido una vez (reconozco no haberme fijado nunca en la tersura de mi piel hasta hace muy poco.) Y unas ojeras perpetuas no dejan de asegurarme un pasaje en tren hacia Transilvania por lo menos.

   De camino al gimnasio (ahorraré la descripción de un hombre de cuarenta años que reinicia su actividad física después de varios meses de parón, porque sería para llorar y éste no es el caso) me topé con unos chavales de unos quince o dieciséis años, todos guapos, con la sonrisa en la cara y el sol en la mirada, con sus coloretes en las mejillas y el gesto de salud en sus manos. Y me llamó mucho la atención. Porque no recuerdo haberme visto nunca así. Y ya en la piscina, entre la divinidad del agua y mis brazadas, la clase de natación para chiquillos empezó con un griterío y un desorden descomunal. Me encantan los niños, pero reunidos bajo un mismo techo más de cuatro es una locura. En fin, mientras salía del agua alcancé a oír cómo uno de los pequeños le explicaba a su monitor algo que había descubierto. Asentí con la cabeza, y aunque me dolían todos los engranajes del cuerpo por la inactividad, tras la risa vino una pequeña reflexión y fue darme cuenta que no me cambiaría por nada del mundo con ese chiquillo encantador ni con los adolescentes llenos de vida de hacía un rato. Riendo, salí de la piscina enrollado en la toalla y peléandome con el gorro inútil que exigen para bracear aunque sea sólo cinco minutos.

   En mi última guardia, un hombre de cuarenta años murió de una hemorragia cerebral. Una hemorragia cerebral. Y sólo cuarenta años. Instintivamente, en casos así, cuando nos fijamos en la edad, nos comparamos con el paciente ingresado. Coetáneos, no deja de intrigarme cómo es la imagen de mí mismo que puedo ver reflejada en los demás. En este caso, salía ganando. Quiero decir, que o él aparentaba más o yo muchos menos (ha de ser más bien lo primero.) Lo que fuese, una vez confirmada la muerte cerebral, la esposa de este paciente, tras serle pedidos de la forma más delicada posible, dio generosamente sus órganos en donación. Un gesto tan desprendido en momentos de máximo pesar y dolor siempre me ha asombrado. De todos los instantes que la coordinación de trasplantes tiene de dificultoso, quizá la petición de órganos sea lo esencial. Siendo como somos punteros mundiales en donación, aún es difícil y todavía no deja de ser espinoso a veces la mera mención de esa posibilidad. En los momentos de más agudo dolor, cuando la pérdida aún no es asumida ni comprendida, en el que los sentimientos instintivos de abandono y soledad son más ávidos, que una persona de bata solicite algo que parece inadmisible y aceptarlo, es para mí una de las pruebas máximas de humanidad y de generosidad que podemos dar a los demás.

   En este caso, tras conceder el permiso, se puso en marcha rápidamente la máquina perfectamente engrasada de la donación de órganos. La Organización Nacional de Trasplantes (ONT) en la persona de sus coordinadores nacionales, es un prodigio de buen hacer, de ánimo y de esperanza. Quizá porque nada hay más bonito que ayudar, y si en esa ayuda se salvan vidas (literalmente hablando), se mejora la calidad de vida de personas enfermas, ese sentimiento se acrecienta al mil por mil. Por supuesto nada es gratis y todos cobramos una pequeña cantidad por el inmenso trabajo que la coordinación supone. Pero la recompensa moral y anímica, aquella que fortalece el alma y nos sonríe una vez pasada la aventura y la locura que la coordinación supone, no tiene precio.

   Coordinar una donación multiorgánica es un caos. Y sin embargo ellos lo hacen fácil. Cualquier duda que nos pueda surgir, cualquier contratiempo, cualquier error, parece solventarse como por magia. La labor escondida de todas estas personas incógnitas, que desaparecen tras el teléfono y tras nombres de pila, capaces de lidiar con un corazón en Santiago de Compostela, un hígado en Almería, unos riñones en Valencia o un páncreas en Madrid, es inconmensurable. Enlaces de avión, aeropuertos, ambulancias, horas de cirugía, nombres en las listas, papeleos varios, faxes, fotocopias… Qué labor ingente y callada, y hecha con el mejor humor, llevan a cabo todos los integrantes de la ONT. Porque nunca tiene  una mala palabra, un mal gesto, sean las doce del mediodía o las cuatro de la mañana; siempre con humor, y hasta se permiten el lujo de dar ánimos si saben que nuestra guardia es además un horror, y saben esperarnos si no podemos atenderles de inmediato, y suspiran alegres cada vez que cometemos un error de forma. Llevamos años conociéndonos a través del teléfono y seguro que, en cuanto pueda, me acercaré allí para conocerlos en persona. Cuán poca gente conoce la importancia de su labor, y todos esos pacientes y sus familias, que reciben la esperanza de un nuevo órgano como un nuevo bautismo, ignoran cuánto le deben, con esa labor callada y poco reconocida pero tan importante, para mantener el círculo de la vida latiendo vibrante y lleno de energía.

   Durante mi guardia procedimos a la extracción multiorgánica. De distinto lugares de España vinieron a por algunos órganos, y nosotros comenzamos a implantar aquellos para los que estamos autorizados. Todo a la vez. Gracias al gran equipo de la UCI pude ocuparme de esta labor maravillosa y a veces ingrata que es la coordinación hospitalaria, pude acercarme a dar la bienvenida a los distintos equipos que llegaron además de establecer todo lo necesario para la realización de los trasplantes y su recepción final en nuestra unidad. Yendo y viniendo entre quirófanos, en la sala de espera tropezaba con las familias alertadas a cualquier hora, esperanzadas y llenas de miedo a la vez. No sabían quién era esa persona que intentaba no parecer que corría por entre los pasillos y que se asomaba de vez en cuando por allí. El ambiente que se respiraba era de expectación y de nervios, exactamente el mismo que en la sala de partos cuando una madre está a punto de dar a luz: el círculo de la vida se cierra siempre, siempre, de la forma menos esperada, en todas partes.

   El cirujano cardíaco encargado de la extracción del corazón me llamó aparte para consultarme sus dudas. Estuvimos hablando un pequeño rato (todo tiene que hacerse con mucha rapidez); parecía un hombre joven, un cirujano lleno de vida y muy preocupado por la labor que estaba llevando a cabo. En momentos así me gusta mucho paladear ese espíritu corporativista, ese lazo de unión que nos lleva a todos: celadores, auxiliares, enfermas y médicos, a hacer el bien sin importarnos nada. Eso es generosidad en estado puro. Pues bien, en un instante de nuestra conversación, el cirujano me dijo:

   – Si tiene cuarenta años… Y una hemorragia cerebral… No sé tú cuántos tienes, pero…

   – Cuarenta.

   – ¡Tío, igual que yo! Y míralo… Parecemos sus hijos…

   Yo me eché a reír. Por un momento él no era un cirujano cardíaco ni yo un intensivista y coordinador de todo aquel tinglado, si no un par de hombres, colegas y coetáneos, que nos preocupaba sin querer el ciclo de la vida en el que estábamos inmersos. Cuántos espejos tiene la Vida.

   Aquella jornada transcurrió rápida y sin mayores dificultades. Gracias al gesto de aquella mujer, joven y viuda, muchas familias recibirían a lo largo de 24 horas el mejor de los regalos: el de la vuelta a la Vida, y gracias a ese hombre de cuarenta años, que parecía quizá nuestro hermano (muy) mayor, cuya muerte significó el viaje a la vida de muchos otros. La donación de órganos es una forma muy real de regalar Vida, de dar y recibir, de unirnos en cadena al ciclo de la vida. Esos niños en la piscina descubriendo un mundo que será menos amable de lo que piensan; aquellos adolescentes de mejillas sonrosadas y ganas de comerse un mundo que será menos generoso de lo que creen, y ese hombre cuarentón, nadando entre las aguas de su edad, de su vitalidad y de sus preocupaciones, forman una cadena única, un nexo fuerte y sagrado: el círculo de la vida gira perfecto, día tras día, en nuestra ignorancia y por nuestro bien, por siempre.

   No cambiaría mi vida por tener veinte años menos. Mis mejillas se sonrosan aún con el contacto del sol; mis articulaciones, apenas pasen un par de semanas, volverán a gozar de una flexibilidad perfecta; mi peso volverá a su sitio y (espero) mis analíticas también. Pero de una cosa soy cada día más consciente: y es de la imperfección del mundo, de su inasibilidad y de su falta de firmeza: nada nos garantiza su seguridad ni su eternidad, salvo el círculo de la vida, que corre por nuestras venas, se detiene en nuestro corazón, y deja sitio, una y otra vez, para todo aquello que está por venir: la infancia, la adolescencia, la juventud, la plenitud y la vuelta a la vida tras la Enfermedad, una vez recibido un órgano donado. Nada hay más importante y nada nos dignifica más, ni nos aporta mayor alegría, que ver el regocijo de las familias cuando salimos a comentar cómo ha ido la operación y lo bien que va… Nada. Ni las horas de sueño perdidas, ni el trabajo sobrehumano que el equipo de la UCI y de los quirófanos sufre, ni siquiera el anonimato injusto de esos héroes anónimos y diarios que pilotan desde la ONT el mejor de los milagros y el más duro y, también, el más simple de todos: el de dar Vida con la vida, y seguir un poco más allá.

   Yo soy Coordinador de Trasplantes. Y me gusta serlo. Y soy donante de órganos. Feliz.