(Esta noche) Seremos jóvenes/ (Tonight) We Are Young.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Como ayer.

   Juntos. Tocándonos en la ceguera de la noche.

   Oliéndonos. Probándonos entre las sombras de las sábanas.

   Riendo. Juntos. Y besándonos.

   Sé que puedo dártelo todo. Ahora sé que lo cogerás y lo cuidarás con mimos. Mimos como los que me das.

   Y el mundo se enciende brillante como un sol. Un abrazo que alcanza al horizonte. Y la llegada de un gemido y de una caricia.

   Esta noche seremos jóvenes de nuevo. Porque nos hemos encontrado de nuevo. Sin sombras en nuestros caminos, sin pesares en el corazón. Porque todo quedó atrás.

   Beso tus cicatrices que son mis heridas. Y mi corazón cosido a historias perdidas está lleno de algodón, rebosado de tu compañía.

   En la calle, oí tu risa y el tiempo se hizo de chicle y me trajo tus ansias entre mis brazos, mis miedos y nuestras dudas. Y la belleza de lo que cremamos en esa combustión eterna que aún brilla como un planeta.

   Nuestro amor de estrellas que dejamos pasar.

   Pero esta vez no.

   Esta noche seremos jóvenes y viejos a la vez, y felices y divinos como ángeles y líquidos y densos como el aceite. Rodeando cada parcela de piel, un hombro, la rodilla, la montaña de tu pecho y el aroma, el aroma a facilidad.

   No sé cuándo te olvidé pero parece que te recuerdo como si fuese ayer. Y quizá fue ayer.

   Y a ti te ocurre lo mismo. Nos hemos mirado como maravillados y hemos ahogado una risa y el asombro nervioso de lo que no es posible.

   Porque juntos brillamos como el sol. Sol de medianoche, colgado en la esquina de tu cuarto oscuro, flotando en la ingravidez del amor.

   Esta noche volveremos a ser jóvenes, como una vez fuimos, y nos consumiremos sin defensas y nos hallaremos mañana enrollados en un abrazo, encadenados y abrigados, alegres y saciados, como el final de una historia de cuento.

   Como el principio de la eternidad.

   Esta noche seremos jóvenes. Porque los jóvenes siempre, siempre, vuelven al hogar.

   Y eso eres tú para mí. Ahora lo sé. Y no volveré a dejarte marchar. Nunca más.

   Como ayer.

Te vi/ I saw you.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   Iba por la calle en medio de mis cosas. Pensando.

   La música a todo meter por los auriculares.

   Me he acostumbrado a caminar así, al ritmo de lo que suene en mi teléfono. Más rápido o más lento; contemplativo o eufórico.

   Ahora no sabría hacerlo sin ese ruido armónico de fondo, que a veces me retrata y otras me reta.

   Iba por la calle en medio de mis cosas. Paseando. Y te vi.

   Salías de una cafetería. Con una sonrisa en los labios. Casual, despreocupada.

   Elegante y con desenfado. Y los ojos brillantes; un nuevo corte de pelo. Y una risa nueva.

   Y te vi.

   Me detuve. La música seguía saliendo por mis oídos. Pero yo no oía nada. Salvo el lamento quebrado de un día perdido. Y el eco de un corazón que creía dormido.

   Que creía dormido hasta que te vi.

   Y todo se volvió borroso. Tú ocupabas el centro del universo. Ajustándote el fular, apartando un mechón de la frente. Y esa sonrisa abierta. Que nunca tuviste para mí.

   Iba por la calle en medio de mis cosas, de las que te creía ya parte del pasado.

   Pero tuve que salir corriendo, con la música detrás de mí. Y llegar a casa y descubrir el cajón que guardo con tus cosas; las fotografías que nos hicimos juntos; aquellas que te robé mientras dormías. Y la belleza de cada amanecer entre tus brazos y el calor de las noches que pasaban resbalosas por tu espalda y el mundo que se deshizo cuando todo acabó.

   Cuando todo acabó para ti.

   Iba por la calle en medio de mis cosas hasta que te vi. Y todo pareció volver a empezar.

   Pero no.

   Sólo te vi. Y nada más.

Lo que encontré en ti/ What I found in you.

Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   Silencio.

   Tu respiración y la mía.

   La leña crepita en la chimenea. La lluvia golpea las ventanas.

   El viento azota los árboles, que se inclinan a su paso.

   Me acerco a ti.

   Callado, mirando hacia ninguna parte. Con las manos tamborileando sobre la tableta.

   Me sientes. Y sonríes.

   Sin decirme nada, me coges de la mano.

   Eso es lo que encontré en ti: compañía, sosiego, pasión, comprensión y silencio.

   Amor.

   Tú y yo. Y el resto queda afuera. Y el mundo en nuestro abrazo.

Luz cálida/ Warmth sun.

El día a día/ The days we're living

   El brazo se desliza por la cama.

   Se eleva.

   La calidez de la mañana lo roza. Y una pirueta dibuja en el aire.

   Los dedos bailan un vals con el espacio vacío.

   Luz suave entre cortinas leves. La brisa discreta con olor a mar entra por la ventana abierta.

   Una grieta sobre el cabezal de la cama. La sombra de una cabellera castaña, desordenada por el sueño. Y el peso de la compañía.

   El brazo alzado recogiendo la calidez de la mañana, y el beso salitroso de la brisa, y el descanso cansado de una noche tranquila.

   Un suspiro. Un discreto ronquido. Una sonrisa.

   El brazo vuelve a la cama. Y un desperezo.

   Un giro. Y se acerca un poco más. Siente el calor del cuerpo a su lado. Y el peso de la compañía.

   Cierra los ojos. Afuera amanece.

   Espera un poco más. Un poquito más. Todavía hay tiempo.

   Aspira el olor de la compañía que tiene a su lado. Y sonríe.

   Todavía hay tiempo para despertar.

   ¡Qué felicidad!

Después del baño/ After Bath.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

   El vapor denso desdibuja las siluetas.

   Los azulejos resbaladizos y brillantes con ríos de agua que simulan lágrimas de las cañerías.

   En la ducha repiquetea un chorrito de agua. La llave, apenas cerrada, exhala todavía esa delicia tibia, que acaricia la piel y la libera.

   Después del baño todo carece de importancia. La piel enrojecida, el pelo húmedo y apelmazado simulan una caricia. Y son los labios y no es agua que corre; son los dedos y no vapor que acaricia. Sonrisa de plenilunio; recuerdos que no son vagos.

   Una mano limpia el espejo empañado. Y la palma roza el reflejo. Y brilla un recuerdo entre las sombras del vapor.

   Sonrisa. Caricia. Beso.

   Olor a agua que ha caído. El firme roce de la toalla que seca la húmeda altivez de lo limpio.

   Después del baño sólo hay liberación y silencio. Y una rara plenitud, efímera y quebradiza.

   Beso. Caricia. Sonrisa.

   Desnudez frágil.

   Amor renacido.

Hacia adelante/ Moving forward.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

   Desde hace unos años llevo arrastrando, por así decirlo, una pregunta conmigo. O más que una pregunta, es un estado de insatisfacción y de falta de motivación que veo reflejado en mucha gente y ahora en amigos cercanos.

   No es la inestabilidad laboral, que puede que contribuya a ello. Es algo más. Cuando carecemos de metas claras que nos impulsan a ir hacia adelante, evolucionar es difícil e identificarnos con lo que hacemos y vivimos se hace cada día más complicado.

   Se me dirá que sólo una persona que tiene sus necesidades básicas bastante cubiertas puede preocuparse de algo así. Sin duda. Pero muchos, yo el primero, necesitamos trabajar para poder mantener ese estado de cosas: todos tenemos cuentas que pagar e hipotecas que saldar a principios de mes. Y en muchos aspectos me siento tremendamente agradecido y he encontrado muchas veces ayuda en el momento en que más lo necesitaba.

   Todo eso es cierto, pero es algo más. En cuanto a mí, que he vivido la vida con una especie de orejeras, con la mirada puesta en un horizonte que la vida no hizo más que dilatar; he perdido de vivir muchas cosas simplemente porque no me daba cuenta que estaban allí. Pero ni siquiera es eso: no es melancolía del deseo de lo que quiero hablar hoy, si no todo lo contrario: melancolía de la meta, de no saber hacia dónde ir, salvo hacia adelante. Yo tenía un objetivo; mi interés era conseguirlo y seguir hacia adelante con lo que tenía proyectado. Pero la vida no es así, al menos la mía; que juega al escondite y no me lo pone tan fácil. Ese objetivo lo conseguí en más tiempo del que deseaba; cuando lo obtuve, estaba tan vacío que no me importó para nada haberlo hecho. Es más importante la carrera en sí que la meta; a veces creo que sólo triunfan unos pocos porque disfrutan de ello; en mi caso, poseer aquello por lo que luchaba sólo me ha regalado un sentimiento de alivio que aún hoy me maravilla.

   Una vez llegado a ese punto, el que yo era hace unos años, que no veía más allá, que no tenía mentalidad de funcionario, no sabía cómo vivir en ese mundo y ni siquiera tenía la facultad de otear el terreno más allá de sus narices y de vislumbrar nuevas oportunidades de cambio. En eso estoy. Me pregunto muchas veces si lo que hago es correcto, y si cómo lo hago lo es. Hace mucho tiempo que la opinión ajena me ha dejado de importar en mi trabajo; todos cometemos errores, no somos infalibles, sólo que algunos tienen más desarrollada la capacidad de detectar el error ajeno que el propio; por lo demás, no es ninguna novedad en la historia humana. Me admiran los deportistas, o esos artistas, o esos personajillos que luchan por llegar a la meta, por alcanzar el triunfo, por ser admirados o deseados o simplemente conocidos… Yo no sé adónde dirigirme o qué querer; la lucha por la supervivencia diaria parece aniquilar mi capacidad de soñar; no tengo objetivos claros de futuro o un deseo más importante que el resto para seguir adelante.

   Un gran amigo mío, cuando fue padre por primera vez, me dijo al respecto que los hijos significaban una nueva fuerza para ir hacia adelante. Me pareció lógico mientras acariciaba con torpeza la cabecita de su niño recién nacido. Intenté imaginarme con un churumbel de pelo pincho con poco éxito. Y no es que no quiera a los niños, todo lo contrario, me llevo muy bien con ellos y creo que se dan cuenta, porque se me pegan como chicles y les gusta mi compañía; los trato como personitas adultas y no como seres sin cerebro. Aunque ninguno de sus padres me ha pedido jamás ser padrino de alguno de sus hijos, y eso es algo que me parece preocupante. Aunque no estoy hoy aquí para exponer las serias dudas que mis amigos parecen tener sobre mis capacidades para criar un niño.

   Intenté imaginar lo que significaba ser dependiente de un ser, porque un niño nos ata por vida; mis padres continúan encima como si tuviese dos años, y muchas veces con razón. Intenté sentir la fuerza que me impelería para lograr todo lo mejor para mi hijo. Y me di cuenta que sería la misma que me ha llevado a mí y a los míos adonde estamos, porque sólo por ellos se podrían soportar el acoso laboral, el desequilibrio laboral, el fracaso laboral y la desfachatez con la que se nos trata desde las administraciones como ocurre en estos momentos conmigo.

   Así que debe haber algo más. Algo que se me escapa. Sólo cuando estoy solo haciendo mi trabajo, rodeado de personas que quieren hacer bien el suyo, consigo cierta alegría; cuando un paciente sonríe o un familiar se siente agradecido sin que a mí me cueste trabajo, es cuando paladeo algo de esa culminación, de ese ímpetu que nos hace ir hacia adelante… Pero esos momentos son espaciados y, a veces, muy breves; manchados por el día a día, por los cuchicheos y esquemas hipócritas, y por una inestabilidad que es eterna.

   Y puede que en eso esté la clave de todo. El miedo al cambio, las responsabilidades que tenemos y que con gusto dejaríamos atrás para probar nuevos caminos; el sentimiento de que nuestro corazón pertenece a otra parte y que no es feliz allí donde está.

   No: nada me hace feliz. O no me hace tan feliz como una vez hizo: hay demasiado agua bajo el puente. Nada en mi vida es lo que una vez pudo ser: todo parece variar pero sigue siendo lo mismo. Defiendo la estabilidad de mi familia con uñas y dientes, pero eso no parece tener un eco en el universo. Cuando se abren nuevos caminos, estos se horadan por problemas inexplicables y muchas veces por falta de interés… Y sin embargo esa es la mano de cartas que me ha tocado, e intento hacerlo lo mejor que puedo. Pero ya sin pasión ni visión ni armonía. Y cada día me recuerdo que siempre he sido un pésimo jugador y que la Fortuna no me sonríe jamás como quiero que lo haga.

   Pero no deja de sonreírme día a día. Y eso hace que siga hacia adelante. En busca de lo que me haga realmente feliz.

Corazón helado/ Cold, cold heart.

Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   Ya no sé lo que hacer para que te des cuenta de lo que te quiero.

   Te sientas ahí y haces que no me ves. Y me hablas y me dices cosas odiosas: que amas, que te aman; que te desean, que deseas. Y no te preocupas de mí, de lo que pueda sentir o hacer.

   Y yo me quedo en silencio oyéndote y sabiendo que la mitad de lo que dices es cierto y la otra mitad es un empeño en que me olvide de ti.

   Pero, ¿cómo podría? Si a nadie amo como te amo a ti. Si a nadie deseo tan bien como a ti. Si de tanto que suspiro el viento sale de mi boca buscando tus labios.

   Y tu corazón helado se hace el ciego y no siente las caricias con que intento derretirlo y los mimos que le harían feliz.

   Nadie te quiere como yo; nadie aceptaría cada una de las palabras de tu boca ni el latido de tu corazón helado como yo. Pero pasas de mí buscando sueños imposibles, tras mariposas que brillan como tú, fugaces, en medio de la noche.

   Pero cuando te despiertas a media mañana, con sabor a alcohol pasado y a deseos apagados, ¿por quién preguntas? Cuando el silencio puede más que todo el ruido que te rodea, ¿a quién buscas?

   Y sin embargo tu corazón helado juega conmigo como un juguete roto. Me enseñas tus labios, la morbidez de tus hombros y un mohín que deshace mi propio corazón, hecho de agua líquida que se evapora fácilmente.

   Corazón helado, he intentado todo lo que se me ha ocurrido. Te he socorrido todo lo que he podido. Y no me entiendes o no me quieres entender. Ni el arrullo de la siesta, ni el calor que sale de mí por ti consigue derretir tu corazón helado.

   ¿Y qué más puedo hacer? Lágrimas resbalan por mis mejillas. Los latidos de mi corazón apenas arañan mi pecho. Y tú sigues sin mirarme, sin darte cuenta, sin quererme.

   ¡Oh, corazón helado, eres cruel! Y te gusta serlo. Y yo ya no quiero ser más tu marioneta.

   Pero te quiero, te quiero hasta la enfermedad. Y ni aún así he conseguido derretir ni un poco el frío de tu corazón helado.

   Y aunque mi corazón me diga lo contrario, sé que debo irme. Por mí. Y por ti.

   No sé qué será de ti, y no quiero pensarlo. Porque amarte me detendría y por amarte me haría aún más daño.

   Adiós, corazón helado. Me muero por tenerte, pero más muero a tu lado.