Telón/ Theater Curtain.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Literatura/Literature, Música/ Music

En diciembre llega el final…, para siempre volver a empezar.

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Matar a un ruiseñor/ To Kill A Mockingbird.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

Matar a un ruiseñor, escrita por Harper Lee, es un sueño. Un sueño si se lee con once años, porque nadie ha sabido retratar al padre perfecto mejor que ella, y nadie ha sabido encarnar mejor ese personaje que Gregory Peck.

Con una prosa suave, propia de una mujer del Sur de los Estados Unidos, y sin embargo directa y afiladísima, retrata el ambiente de los años de la Gran Depresión, el racismo, la pobreza, la falta de educación y la estrechez de miras de la que todo se deriva, sin despertar asombro pero sembrando en el ánimo del lector profundos sentimientos y hondas reflexiones. Por eso es una obra magnífica. Y porque nos acerca al universo atemporal y único de una familia especial vista desde los ojos de Scout Finch, la narradora de casi seis años, Jem Finch y, por supuesto, el verdadero artífice del libro, el verdadero ruiseñor de esta novela, el padre, Atticus Finch.

Porque Matar a un ruiseñor nos muestra todo el dolor, los sufrimientos, las fobias y la estrecheces de los norteamericanos de esa época y de la actual; nos enseña cómo una niña muy lista crece y se da cuenta del mundo y de lo que puede haber de grotesco y soberbio en él; pero también nos regala, quizá con una claridad tan meridiana como intencionada, el mejor retrato parental que he leído hasta ahora; tanto, tanto que, una vez terminada la historia, flotó en mi interior el deseo de tener cerca de mí la figura de un padre como Atticus Finch.

No importa: la versión cinematográfica que vi unos cuatro años más tarde, en la época en la que el Betamax y el VHS refulgían en el horizonte (y el Walkman, claro), me regaló esa imagen maravillosa, ese retrato que aún conservaba en mi interior de Atticus Finch, en las formas y maneras de Gregory Peck. Y él, como actor, ya había hecho muchas cosas y muchas más haría después de ésta, desde el Klimanjaro hasta Roma, pero para mí, por encima de todas las cosas, pasaría a mis recuerdos particulares, a mis sueños eternos, como el retrato del mejor padre del mundo: Atticus Finch.

Matar un ruiseñor es una historia maravillosa, que sigue inspirando las conciencias ciudadanas de todo aquel que se acerca a esta obrita maestra. Y su autora no necesitó mucho más que demostrar con respecto a su talento o su mundo interior: el cuerpo literario de la mayoría de los grandes autores no pasa más que de ruidos disonantes en medio de sinfonías maravillosas. Harper Lee nos ahorró, después de esta joya, con su silencio eterno (roto este último año pasado), muchos dolores de cabeza y más de una decepción, de seguro.

Y a mí, particularmente, la idea cenital de que, si bien Atticus Finch es el mejor padre del mundo, tampoco a mí me ha ido tan mal con el que tuve, después de todo.

Una tarde singular/ A different afternoon.

El día a día/ The days we're living, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

A Hugo y Oskitar.

Dentro del amplio espectro de los días de nuestra vida, que se funden en negro si intentamos rememorarlos alguna vez, aquí y allá surgen momentos que brillan como destellos, que son fugaces realmente, pero que nos dejan tal recuerdo, que revivirlos no cuesta gran trabajo: palabras, gestos, sonidos, olores y colores, en un conjunto que nos regala alegría, cierta melancolía y, a veces, una vaga tristeza teñida de añoranza por lo que se tuvo una vez y ya no se tiene.

Uno de esos instantes, que son encuentros con lo maravilloso, me pasó hace unos días, cuando pude conocer personalmente a dos personas extraordinarias, amenas, cultas y divertidas como son Carlos Hugo Asperilla y Óscar Moreno García. Se me dirá que es fácil conectar con alguien con el que ya se mantiene cierto contacto, con el que se comparte cierto interés. Puede ser. Pero no. Al menos no en mi caso. Soy una persona excepcionalmente tímida, que se sorprende a sí mismo si se encuentra cómodo, pero que suele tardar un tiempo en encontrar su propio tempo con los demás. Esto no me pasó con ellos; de hecho, todo lo contrario, y es por eso que ese encuentro, en el que compartimos anécdotas, puntos de vista, críticas y risas, se convirtió para mí en una tarde singular, en uno de esos momentos que quedan grabados en la memoria para siempre.

Carlos Hugo Asperilla me encontró hablando por teléfono. Me agobió un poco mi falta de educación, pues corté como puede a la persona con la que estaba hablando y a él lo hice esperar unos segundos con el teléfono en la mano. Inmediatamente me llamó la atención su persona, como lo imaginaba, pero con una trimidensionalidad algo inesperada. Y no sólo por su fortaleza física, si no por su mirada penetrante, su pelo corto, su inmediata sonrisa. Carlos Hugo es carne; dueño de una estabilidad pausada, de un saber estar, que transmite en cada gesto, en cada palabra. Me hizo reír al instante, cuando me aclaró que era más de lo que hasta ahora debería pensar yo que era en realidad. Se equivocaba, y se lo dije riendo, porque me pareció una aclaración encantadora e innecesaria, al menos conmigo. Pero eso hizo que me sintiera aún más cómodo de lo que ya me sentía a su lado, y mientras caminábamos, la conversación fluyó sin dificultad, como si nos conociéramos de toda la vida.

Lo miraba a veces y me sorprendía. De evidente atractivo, su inteligencia y su agudeza rivalizan con su belleza física, alcanzando altos niveles. Y cuando nos encontramos con personas así, es una gozada. La conversación, los gestos, las anécdotas, las sonrisas y los silencios tienen un valor añadido, un peso que no es de este mundo. Con esa mirada fija y penetrante, me pareció un hombre muy seguro de sí mismo, muy vivido pero a la vez un tanto tímido, y con más dulzura de lo que su imagen deja entrever. Todo en Carlos Hugo me pareció atractivo; todo: sus grandes ojos, que todo lo escudriñan; su inteligencia, que todo lo analiza; su pecho de planeta y medio y sus brazos que parecen envolver en un sólo abrazo el aire del universo. Pero también su voz, dulce y profunda, y sus palabras, sus actos y sus intenciones. Su química con Óscar Moreno García; la luz de su sonrisa al verlo llegar; y su modestia a la hora de hablar de su talento, cuya literatura me llevó a lugares a los que no quería ir y de los que emergí, gracias a su magia, siendo un poquito más tolerante y más crítico con el mundo que nos rodea. Rosas Blancas para Wolf es un libro que nos enseña que la Historia nunca muere sino que se repite, se repite porque somos incapaces de aprender sus lecciones.

Óscar Moreno García llegó un poco después. Su aspecto menudo esconde un espíritu tan fuerte como su cuerpo todo músculo y fibra; sus ojos chispeantes, su sonrisa constante, su conversación animosa pero calmada, salpicada de silencios y de brillantes reflexiones, me revelaron un hombre profundo y sereno como el mar en calma; lleno de esa energía líquida que transforma mundos y personas, y cuya juventud sólo está llena de hermosas promesas que ya son realidades. Su vida, llena de las dificultades de todo ser humano, se caracteriza por su generosidad, por su fortaleza y por su constante sentido de lo correcto, y se adereza de una constante evolución que me deja asombrado. Quién pudiera tener, a esa edad, no sólo la agilidad física y la energía que transforma actitudes e intenciones, sino también esa agudeza, esa mirada dulce y bondadosa, y una generosidad real que nace del corazón. Óscar Moreno García es un hombre atractivo, cuya belleza se reparte por completo en su pequeña estatura, pero que se hace gigante en cada momento que se comparte con él y en cada día que pasa.

La evidente complicidad que ambos amigos comparten es un juego divertido. Se saben, se conocen y se quieren, y es una gozada ver desplegado ese tejido de cariño, dulzura y entendimiento. Ambos sonríen a la vida; ambos, con puntos en común derivados de experiencias tan distintas, me enseñaron lo bonito que es el ser humano, extendieron delante de mí el abanico de cualidades que todos podríamos desarrollar si nos diéramos el tiempo suficiente y la paciencia suficiente y  el cariño suficiente para ello.

La sapiencia de Óscar Moreno García es encantadora. Tan joven y tan sereno. La sapiencia de Carlos Hugo Asperilla proviene del poso de la experiencia, de la observación de la vida. Y ambos son tan divertidos y locuaces, tan atractivos, que me sentía envuelto en un aura de contemplación animada y de divertimento continuo. Y me sentía a veces poca cosa; a veces un observador y  a veces una pieza del juego; el tiempo fugaz y el instante eterno. Y nos reímos y criticamos y comentamos y volvimos a reír y nos enzarzamos en una conversación animada y leve, tan leve como la propia vida, y tan llena de destellos, que transformaron un encuentro en la terraza de un café, en una tarde singular que querré recordar por siempre.

Lo que trajo el viento/ What Wind Brought With.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

Leí Lo que el viento se llevó con trece años. Aquel chaval romántico y apasionado, capaz de pasar las noches en blanco debajo de las mantas para no ser descubierto, bebía historias con una ansiedad sedienta de novedades. Por mis manos habían pasado cuentos y obras cortas, poemas y canciones de otros lugares y tiempos, algunos cómics (como Mafalda), e incontables imágenes de grandes enciclopedias que encerraban no sólo el saber, sino la aventura y la pasión de todo lo que tenía que ver con la vida.

Aquel chaval oía a Aute cantar entre amigos, y a Supertramp; dos años después, leería a Sartre y a Tólstoi (abandonándolos pronto, eso sí), pero las aguas encendidas por el teatro del Siglo de Oro, por los versos de Aquiles Nazoa o de Rubén Darío (el maravilloso Neruda aún tardaría un poco en aparecer por completo) y por ciertos pasajes de El Mío Cid y El Quijote, encontró en esa novela-océano, un puerto natural, una escalada insólita e inmensa para sus trece años.

Me gustó tanto la historia encerrada en Lo que el viento se llevó, en edición maravillosa del Círculo de Lectores, que llegué a saberme pasajes enteros. Durante las semanas que siguieron a abrir sus tapas, y que alargué conscientemente cuanto pude, conviví con todos los personajes el tiempo del Sur, sus lamentos, sus locuras segregacionistas y raciales (eran tan diferentes…, y tan similares); el horror de una guerra que todo lo deshace;  el dolor por la pérdida de un mundo que no volverá jamás; el ansia de la pobreza, la desazón y la amargura, y el siempre vigorizante deseo de salir adelante.

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Por descontado, el drama romántico podía sobre todo. Era el centro, en realidad, de esa vasta historia. Pero, posteriormente, algo más importante que los devaneos de cuatro personajes que representaban una forma de ser en el mundo, comenzó a aparecer entre aquellas páginas, y era el retrato del Sur, lo bien expresado que estaban sus hábitos, su estilo de vida; entre los miriñaques, los quitasoles, los encajes y los galanteos, el aroma de la tierra roja, la sombra de los magnolios y el retumbar de cascos de caballos, se levantaba un edificio histórico, un fresco detallado, de lo que fue en un tiempo y lugar, y cuya insensatez, su propia juventud, hizo que fuese llevado por el viento de la vida.

Lo que el viento se llevó es una novela histórica con aroma romántico; no nos sorprendería salida del siglo XIX, si no fuese por esa visión, ya muy moderna, de un mundo perdido y en ruinas. Romántica en los colores con los que pinta la vida del Sur de los Estados Unidos; la melancolía que absorbe cada una de sus líneas; el detallado dibujo de los vestidos, de los muebles, los usos y costumbres, y las lánguidas canciones y los modales pasados de moda. Por lo mismo, es una novela costumbrista, que intenta rescatar del inmediato olvido un mundo aniquilado y hecho cenizas, barrido por el viento del cambio; y es una novela escrita por una mujer, sobre una mujer, que es un mundo, y como tal, complejo y espléndido a un mismo tiempo.

Margaret Mitchell enlazó sabiamente dos historias de temperamento similar y pasión arrolladora: Escarlata O’Hara y el viejo Sur norteamericano lo viven todo, lo arriesgan todo y se reconstruyen a sí mismos con pocos lamentos, con muchos esfuerzos y con una determinación, que nos sirven de retrato del verdadero alma norteamericano, que otros escritores de más fina pluma (¿realmente?) o más cínicos o más incisivos, no supieron desplegar tan bien, o no de una manera tan efectiva como ella.

¿Con trece años? Con trece años una historia romántica, de tanta fuerza y determinación, prevalece sobre todo lo demás, por más que esos detalles se valoren con incipiente raciocinio. Una película mítica, una música singular, una fotografía única, unos actores maravillosos, vinieron años más tarde a amenizar las largas noches de estudio, haciendo ruido de fondo, compañía más nítida pero menos humana, que aquellas líneas fantásticas sobre el amor desmesurado a la tierra, a los sueños y al error que una vez el viento se llevó.

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Insomnio/ Insomnia.

Arte/ Art, Literatura/Literature

Soneto LXI

¿Es orden tuya que tu imagen tenga abiertos

mis párpados pesados a la noche ingrata?

¿Deseas tú que quiebre mis sueños inciertos

sombra que, por burlar tu vista, te retrata?


¿Son tu espíritu ésos que de ti me envías,

lejos de su morada, a que mi vida espíen,

a hallar en mí vergüenzas y horas malvacías,

meta y rumbo por donde tus celos se guíen?


No, tu amor, aunque mucho, no es tan poderoso:

es mi amor el que tiene mis ojos en vela,

mi amor leal, que así combate a mi reposo,

para siempre en tu honor hacer de centinela.


Por ti yo velo, mientras tú habrás despertado

lejos de mí, de otros cerca demasiado.


Sonnet LXI

Is it thy will thy image should keep open

my heavy eyelids to the weary night?

Dost thou desire my slumbers should be broken

while shadows like to thee do mock my sight?


Is it thy spirit that thou send’st from thee

so far from home into my deeds to pry,

to find out shames and idle hours in me,

the scope and tenure of thy jealousy?


O no, thy love, though much, is not so great:

it is my love that keeps mine eye awake,

mine own true love that doth my rest defeat,

to play to watchman ever for thy sake.


For thee watch I, whilst thou dost wake elsewhere,

from me far off, with others all too near.

Rómulo Gallegos o la forma de mirar/ Rómulo Gallegos or a kind of looking.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

Sería difícil clasificar a Rómulo Gallegos (1884-1969) como un escritor. Lo era, de fondo y de presencia, pero fue algo más. Una persona dedicada al optimismo, al desarrollo de un país, a un sueño que creía posible y que, pese a la dureza del día a día, consideraba factible y duradero. Fue poeta, profesor, novelista, político, presidente de su país (Venezuela), derrocado, y un alma libre pese a las circunstancias que rodea toda vida.

Calificado de costumbrista, fue el puente que sirvió a escritores posteriores, como el insigne Gabriel García Márquez, a desarrollar la magia que la naturaleza suramericana tiene de esencia. Sus mejores novelas, las que han transcendido la historia de un ser humano, han estado ambientadas en ese lugar inhóspito, lleno de dureza pero al mismo tiempo de esperanza y arte, que es el Llano venezolano, la selva que, siendo libre y lo que es, se entromete en la evolución del alma capitalina que viene a conquistarla, para ganarlo a veces, y otras veces, para perderlo.

Cantaclaro, en la que el folklore, su capacidad de poesía y de narrativa alcanzan un punto álgido, nos muestra una serie de personajes que sufren, luchan y, finalmente aceptan, sea de buen grado o dando su vida en ello, a esa Naturaleza que todo lo envuelve, el eterno ululuar del viento entre la estepa, el sol inclemente, y la sombra pasajera, las tradiciones más imbricadas y las novedades más absorbentes, y de la que emergen, en ese crisol de aventuras narradas a modo de cuento sin principio ni fin, como seres únicos, extraños y, por tanto, casi irreales.

Doña Bárbara, la más famosa, una de las más duras, uno de esos personajes femeninos que todo escritor de categoría (o que merece lo que, llamémosle ahora, «categoría») llega a retratar, es una mujer hecha de circunstancias, de nacimiento opaco, de vida tortuosa, niega su corazón como niega su pasado, y vive en constante lucha entre la naturaleza propia del amor y el fuego abrasador de un odio comprensible, pero insano, que al final termina por inmolarla. Además, es un retrato del choque cultural de principios de siglo XX, en los que la industrialización pretende abrirse camino a bocazos en la selva, perdiendo motivos y ganando otros, transformando el paisaje y cambiando ella misma en ese encuentro tanto físico como cultural.

La Trepadora, un canto a la alegría proveniente del poeta del Optimismo; tan bella historia no podría tener, en la mezcla que supone entre las dos mencionadas antes, más que un final de algarabía y de atardeceres teñidos con esperanza. Nada es fútil en La Trepadora y todo es contagioso: la historia tan bien trazada, el retrato de una época ya desaparecida, la pasión abrasadora y el final de mediodía. Es una novela de verano para leer en cualquier época, porque la savia de sus páginas, verdadera Trepadora incombustible, sólo estalla en un grito de alegría y de bienestar duradero.

Rómulo Gallegos tiene un talento único, y es el de trascender a sus límites geográficos y culturales, y hacerlos universales, con prosa poética, con poesía rimada y achispada, con un juego de simbología costumbrista cercano a Rosalía de Castro, por ejemplo, pero que consigue ir más allá. La narrativa permite al autor traspasar los límites personales que la poesía parece crear, y gracias a sus personajes, todos similares y todos ellos mismos, consigue hablarnos, desde ahora un siglo atrás, sobre las maravillas y las dificultades de un mundo muerto ya, en los que su existencia, sin negarle ni un ápice de dureza, nos demuestra que el mundo evoluciona siempre, y siempre, pese a los grandes cambios que llegan a transformar universos, para mejor.

Hasta la dulzura cansa/ Sweetness can cause tiredness.

Literatura/Literature

Soneto CII

Mi amor está más fuerte aun cuando más lo veas

callar. No te amo menos, aunque más escaso

lo demuestre: es mercancía amor cuyas preseas

la voz del posesor pregona a cada paso.

Nuevo era nuestro amor y apenas en su mayo

cuando le saludaba con mis melodías:

tal Filomela al frente del verano gayo

trina, y cierra su flauta al madurar los días;

no que el verano entonces dulce sea menos

que cuando a su gorjeo la noche temblaba,

sino que están los ramos de música plenos,

y dulzura frecuente en el hastío acaba.

Así, como ella a veces yo mi voz apago,

por no causarte con mis trinos empalago.

Sonnet CII

My love is strengt’ned, though more weak in seeming;

I love not less, though less to show appear:

that love is merchandized whose rich esteeming

the owner’s tongue doth publish everywhere.

Our love was new, and then but in the spring,

when I eas wont to greet it with my lays,

as Philomel in summer’s front doth sing,

and stops her pipe in growth of riper days;

not that the summer is less pleasant now

than when her mournful hymns did hush the night,

but that wild music burdens every bough,

and sweets grown common lose their dear delight.

Therefore, like her, I sometime hold my tongue,

because I would not dull you with my song.