Amores minúsculos: amores que se van y se quedan.

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   Me gusta el concepto de novel gráfica. Es algo más que un cómic siendo un cómic. Y para que los prejuiciosos se libren de caer en el concepto de mero hojeador de dibujos.

   Llegué a Amores minúsculos gracias al estupendo blog Vivo en la era pop que lo recomendaba con viva insistencia. Y es cierto: Amores minúsculos es una pequeña maravilla. Pequeña por lo breve. Y sí, es un cómic. Y sí: es una relato gráfico.

   Teniendo en cuenta que el único relato gráfico que he leído ha sido Maus, acercarme a Amores minúsculos no ha dejado de ser agradable y sorprendente. Bajo su aspecto sencillo esconde verdades como puños y una historia hilvanada y con poso; real como la vida misma, pequeña como todos esos amores pasajeros que se van pero que se quedan adheridos a la piel del recuerdo, al aroma de lo nunca olvidado y que, en realidad, suman una vida vivida.

   Alfonso Casas consigue que el relato llegue muy adentro. Tres historias, tres personajes que fluyen y confluyen, que se llevan sorpresas y que son como nosotros, héroes de la mismidad, que caen y se levantan sin pretenderlo o apenas sin darse cuenta; lleno de silencios y de sentimientos como campanadas, y de encuentros y desencuentros que tiene el peso de la realidad.

   En Amores minúsculos lo habitual es lo importante y nos enseña que, mientras buscamos esa relación, esa historia que nos marca la vida, es el presente y la aparente pequeñez de las horas que pasan lo que en realidad nos forma y nos hace ser lo que somos.

   Fresco, tierno, implacable y candoroso, como la vida, Amores minúsculos fluye con la facilidad de lo bello y de lo extrañamente sencillo, siendo como es una labor de amor y de dedicación, y un soplo de aire fresco que se lee muy rápido, se saborea lentamente y nos deja con ganas de más, mucho más.

Una tienda en París: la evolución de una voz/ A Store in Paris: A Voice Growing Up.

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Todos conocemos a Màxim Huerta. Al menos la mayoría de los españoles sabemos quién es. Ambos nos hacíamos mutua compañía (él no tenía ni idea, por supuesto) cuando era el encargado de las noticias nocturnas de una cadena televisiva nacional. Mientras él narraba lo que ocurría en España y en el mundo con un estilo personal, yo, residente de guardia día sí y dos días no, encendía el televisor y lo veía, o al menos me servía de ruido de fondo, mientras estudiaba o me entretenía haciendo el papeleo burocrático propio de una profesión como la mía: historias clínicas, peticiones de pruebas, investigaciones varias.

Así lo conocí. Eventualmente él cambió de especialidad y pasó a trabajar por las mañanas, en un programa de mucha sintonía. Digamos que saboreó esa especie de premio extraño que se llama éxito: pasó de ser conocido a ser muy conocido, con todo lo que eso conlleva. Y le perdí un poco la pista. Hasta que llegó El susurro de la caracola, y volvió a engancharme el gusto por saber qué hacía Màxim Huerta.

Una tienda en París es su tercera novela. Después de un éxito como El susurro de la caracola debe dar algo de vértigo lanzarse a escribir algo nuevo, pues se corren ciertos riesgos. Porque tendemos a esperar de un escritor que nos entregue más de lo mismo, sobre todo cuando ha encontrado lo que parece ser una cierta fórmula de ventas. Al menos es lo que ocurre a muchos autores de la literatura contemporánea: entran en una especie de nido confortable en el que el creador se aposenta para no dar un traspiés. Bueno, Una tienda en París no tiene nada de ninguno de los dos libros anteriores, mas les debe el corazón que late y ese gusto por las historias agridulces llenas de sentimiento y de tiempo ido y rescatado, de justificaciones y hallazgos que parecen ser tan caros a su autor. Y nada más.

En Una tienda en París nos encontramos con una voz madurada, que nos sorprende porque siendo la misma, es a veces su contraria y a veces algo más. El ritmo de la novela es pausado y va en crescendo a medida que su protagonista, Teresa, evoluciona; la narración gana en profundidad y en sentimiento conforme Teresa crece; el estilo de Màxim Huerta se llena de complejidad, sin perder pulso, cuando la historia de Alice y de Teresa se encuentran y se dan la mano: dos almas destinadas a cruzarse en algún punto del tiempo se reconocen sin conocerse, se admiran sin saberlo y se heredan una a la otra sin pretenderlo porque así de sencilla es la vida de los seres humanos.

La novela habla de dos ciudades: Madrid y París, ambas debilidades del autor sin duda, ya conocidas desde Que sea la última vez… Pero aquí París cobra un protagonismo colorista, lleno de sensaciones: no es una postal turística, es más bien un retrato de un París interior, lleno de tiempo ido y recobrado, complejo pero asombrosamente simple, en el que se despliega un maremoto de emociones humanas variado y encantador.

Una tienda en París es la historia de dos mujeres: Teresa y Alice. Ambas en busca de sí mismas, ambas partiendo de un mundo en blanco y negro, lleno de esperanzas encontradas como por casualidad; dos mujeres fuertes que se construyen a sí mismas mientras lo pierden todo y lo recuperan todo, o lo comienzan todo de nuevo, en ese vals de las casualidades que es la vida. Teresa y Alice son espíritus viajeros, son almas que cambian, metamorfosis a la que nos aboca el mero hecho de estar vivos y que exige todo de nosotros, hasta el sacrificio más elevado, para alcanzar la cima o el éxito o, lo que llamamos con simpleza a veces, la felicidad.

Una tienda en París es un historia de amor. Pero no es una simple historia de amor: el mundo de Alice, bellamente retratado a puro sentimiento; el rumor de Teresa, que se hace río y finalmente mar; y el aroma de París, la comida de París, el ritmo de París, su constante fluir, su constante sístole y diástole, que cambia con sus protagonistas, que se transmuta siendo siempre, y por siempre, la ciudad que regala el amor, ese más profundo que nos alcanza a nosotros mismos, de ambas protagonistas.

La voz de Màxim Huerta se hace única. Hay ecos de Que sea la última vez… y de El susurro de la caracola. Pero estos son mínimos. No hay paralelismos entre las tres historias, a lo sumo alguna bisectriz propia de la creatividad del autor. Una tienda en París tiene una complejidad intrínseca, tiene un ritmo diferente, y tiene sobre todo un poder evocador que trasciende las dos obras anteriores. Es una historia de reconocimientos y de cambios, que parte de lo sencillo a lo más complejo; que enlaza tiempos, estados de ánimo, colores y sensaciones apenas sin notarse, con una sutileza que nos enseña la evolución de Màxim Huerta como escritor: una voz que se hace grave y se hace hermosa y se hace profunda y se hace sutil y sincera, y que nos deja sedientos de más. Y más.

Una voz inimitable/ An unique voice.

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Muerto de amor

A Margarita Manso

¿Qué es aquello que reluce
por los altos corredores?

Cierra la puerta, hijo mío;
acaban de dar las once.

En mis ojos, sin querer,
relumbraban cuatro faroles.

Será que la gente aquella
estará fraguando el cobre.

Ajo de agónica plata
la luna menguante, pone
cabelleras amarillas
a las amarillas torres.

La noche llama temblando
al cristal de los balcones,
perseguida por los mil
perros que no la conocen,
y un olor de vino y ámbar
viene de los corredores.

Brisas de caña mojada
y rumor de viejas voces
resonaban por el arco
roto de la medianoche.

Bueyes y rosas dormían.
Sólo por los corredores
las cuatro luces clamaban
con el furor de San Jorge.

Tristes mujeres del valle
bajaban su sangre de hombre,
tranquila de flor cortada
y amarga de muslo joven.

Viejas mujeres del río
lloraban al pie del monte
un minuto intransitable
de cabelleras y nombres.

Fachadas de cal ponían
cuadrada y blanca la noche.
Serafines y gitanos
tocaban acordeones.

Madre, cuando yo me muera,
que se enteren los señores.
Pon telegramas azules
que vayan del Sur al Norte.

Siete gritos, siete sangres,
siete adormideras dobles
quebraron opacas lunas
en los oscuros salones.

Lleno de manos cortadas
y coronitas de flores,
el mar de los juramentos
resonaba no sé dónde.

Y el cielo daba portazos
al brusco rumor del bosque,
mientras clamaban las luces
en los altos corredores.

Variación.

El remanso del aire
bajo la rama del eco.

El remanso del agua
bajo fronda de luceros.

El remanso de tu boca
bajo espesura de besos.

Despedida

Si muero.
dejad el balcón abierto.

El niño come naranjas.
(Desde mi balcón lo veo.)

El segador siega el trigo.
(Desde mi balcón lo siento.)

¡Si muero,
dejad el balcón abierto!

Cancioncilla
del primer beso

En la mañana verde,
quería ser corazón.
Corazón.

Y en la tarde madura
quería ser ruiseñor.
Ruiseñor.

(Alma,
ponte color de naranja.
Alma,
ponte color de amor)

En la mañana viva,
yo quería ser yo.
Corazón.

Y en la tarde caída
quería ser mi voz.
Ruiseñor.

¡Alma,
ponte color naranja!
¡Alma,
ponte color de amor!

Madrigal á cibdá de Santiago

Chove en Santiago
meu doce amor.
Camelia branca do ar
brila entebrecida ô sol.

Chove en Santiago
na noite escrura.
Herbas de prata e de sono
cobren a valeira lúa.

Olla a choiva pola rúa,
laio de pedra e cristal.
Olla o vento esvaído
soma e cinza do teu mar.

Soma e cinza do teu mar
Santiago, lonxe do sol.
Agoa da mañán anterga
trema no meu corazón.

Danza da lúa en Santiago

¡Fita aquel branco galán,
olla seu transido corpo!

É a lúa que baila
na Quintana dos mortos.

Fita seu corpo transido
negro de somas e lobos.

Nai: a lúa está bailando
na Quintana dos mortos.

¿Quén fire potro de pedra
na mesma porta do sono?

¡É a lúa! ¡É a lúa
na Quintana dos mortos!

¿Quen fita meus grises vidros
cheos de nubens seus ollos?

¡É a lúa! ¡É a lúa
na Quintana dos mortos!

Déixame morrer no leito
soñando con froles d’ouro.

Nai: a lúa está bailando
na Quintana dos mortos.

Gacela del amor con cien años

Suben por la calle
los cuatro galanes,

ay, ay, ay, ay.

Por la calle abajo
van los tres galanes,

ay, ay, ay.

Se ciñen el talle
esos dos galanes,

ay, ay.

¡Cómo vuelve el rostro
un galán y el aire!

Ay.

Por los arrayanes
se pasea nadie.

Santiago Alonso: entre latidos y corazonadas/ Santiago Alonso: heartbeats and poems.

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Descifrando latidos es el último poemario publicado hasta ahora por Santiago Alonso. Un hombre que aúna atractivo con una mente alerta, en constante actividad creativa (actor, director de teatro y poeta, activista social e ingeniero informático) y un alma transparente, que fluye a través de sus dedos y puebla de sentimientos, sentidos, color y realidad cada uno de los poemas que engalanan este libro.

Descifrando latidos es un poemario. Por sus páginas planea todo lo que el autor, el poeta, quiere transmitirnos: su ideario de vida, sus sentimientos a flor de piel, las lecciones vitales que aprendemos, los olvidos y los dolores, con especial delicadeza y cierto sentido trascendente, que los hace únicos e imperecederos. Consta de dos partes que bien pudieran ser publicadas separadamente: Latidos, en el que vierte la sabiduría aprendida en las calles de ida y vuelta de la vida, y Corazonadas, donde se hallan los poemas en los que se retrata con gran sensibilidad y economía de lenguaje.

Santiago Alonso tiene ritmo, una rima musical que yo creía perdida en las modernidades del tiempo ido y que es un placer encontrar de nuevo; es incisivo y cariñoso, profundo y sin embargo volátil; sensual; retrata los sentimientos con sentidos y consigue trascender, en versos a veces extáticos y videntes, la mera carcasa humana: toda experiencia vital es una lección única que no nos exime del error, pero que nos hace más grandes en la fragilidad, más nosotros mismos en cada latido del corazón.

Lo que hay en Descifrando latidos es un corazón que late, al que no le importa equivocarse ni desnudarse. Está lleno de una voz aterciopelada, segura y profunda, que  nos habla a veces en susurros, y que nos regala la libertad: de amar, de ser amado; de olvidar y ser olvidado; de vencer nuestros miedos y seguir adelante; de abandonar el pasado y abrazar el presente, y que nos invita a vivir siempre y por encima de todo, por nosotros y con nosotros mismos, con el amor como santo y seña, bandera frágil pero única ondeando en el océano de la realidad.

Y me ha recordado lo importante que ha sido siempre la poesía en mi vida. Y que tenía algo abandonada. Sus versos claros, su musicalidad de seda y de caricia y su desnudez sin vergüenza: soplo de aire fresco en la cotidianidad que nos rodea, y en la que olvidamos, muchas veces, la belleza que se esconde en cada latido y la bondad que guía a cada corazonada.

Sondheim, Sondheim, dos veces y para siempre/ Sondheim, twice and forever.

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   Si hay algo que me deslumbra es la inteligencia sabia. Esa que logra sobrevolar al ego, al anisa de reconocimiento sin dejar de necesitarlo (algo, para mí, dificilísimo) y retratarse a sí misma con una intensidad única y un desapasionamiento feroz. Stephen Sondheim es un hombre que posee esa cualidad, y en sus dos libros de memorias artísticas (no, no es un libro de recuerdos, si no de análisis de su labor como letrista de teatro musical de Broadway) brilla sereno y, por lo mismo, atrapa.

   En Finishing the Hat y en Look, I Made a Hat, las letras de todas sus composiciones artísticas están presentes. Todas. En orden cronológico de estreno, dejando hacia el final aquellas que no han visto la luz por cualquier motivo, no siendo su propio criterio uno de los más débiles. Para alguien como yo, que desconozco profundamente el universo del teatro musical anglosajón (confieso que mis lagunas culturales son realmente sonrojantes), encontrarlo ha tenido ese efecto de descubrimiento de un mundo nuevo, o al menos de comprensión de un mundo ajeno del que apenas conocía aspectos superficiales. He oído muchas veces canciones que ha compuesto sin saberlo y, por supuesto, sin ser capaz de asociarlo a los musicales a los que pertenecen. De la película Dick Tracy, Madonna cantaba sus canciones, e incluso la hermosa y tenue canción de amor de Reds lleva su sello. ¿Cómo ignorarlo?

   Todo esto se encuentra en sus dos libros. Que no son de memorias. O al menos no memorias al uso. Es decir, son como sus musicales. Un compendio de inteligencia llevada al máximo, de brillantez interpretativa y lleno de secretos encantadores. A medida que leía, intentaba encontrar las canciones que los componían para apreciarlas mejor. En general, con los actores primigenios de los elencos originales. Simplemente para disfrutar de aquello que espectadores más afortunados pudieron gozar una vez en vivo…

   Saber que él fue el letrista de West Side Story o de Gipsy, y el compositor de  canciones maravillosas como I’m Still Here o Send in the Clowns, me ha dejado maravillado. Y el acercamiento hacia su propio trabajo, es decir hacia sí mismo en estos libros, no ha hecho si no afianzar mi admiración por su talento.

   Stephen Sondheim sabe que la edad nos hace venerables, para el público en general, para los premios y para los reconocimientos (don Camilo José Cela decía, por ejemplo, que el premio Nobel no es más que un reconocimiento a la supervivencia de un autor, y no le faltaba razón al cascarrabias de Iria Flavia). Revelándose más tímido de lo que se pudiese pensar a primera vista, conoce el relativo valor de ese aprecio (aunque lo agradece) puesto que ha vivido toda su vida navegando en aguas tempestuosas, entre acusaciones de frialdad cuando en realidad sólo es inteligencia aplicada a la música, observación detallada del ser humano y perfección obsesiva de música, letra, intención y, sobre todo, del retrato de unos personajes con los que intenta pintar  al ciudadano de a pie, lleno de matices, desnudo de juicios y cargado de ironía.

   Sondheim es irónico; juega con ese matiz tan apreciado por los ingleses (quizá por eso es idolatrado en el Reino Unido) y que es un arma de doble filo como todo lo que nos puede llevar a extremos (el humor muy irónico se hace cargante así como el humor muy absurdo, ridículo) de los cuales ha sabido salir, quizá por intuición o quizá por simple casualidad, bastante indemne en su largo periplo profesional. Esta cualidad hace que la revisión de su trabajo se parezca más a una disección minuciosa que a un conjunto de justificaciones (de hecho, no hay ninguna en los dos tomos que nos ocupan). Y su lenguaje, muy rico, nos permite sin embargo a los neófitos musicales entender el origen de una canción y de saborear su composición y sus retoques.

   Resulta curioso saber que, por ejemplo, su sinceridad es proverbial; no juega esa baza de la edad que muchos esgrimen. Si bien lo hace con un respeto que nos permite vislumbrar la persona que hay detrás del artista, o, mejor dicho, la persona de la que está hecha el artista. Es obsesivo, detallista, constante, cabezota, a veces ácido y a veces tierno y encantador: creo que hubiese sido un profesor maravilloso, de esos que de tan auténticos, los recordamos de por vida.

   Aunque su música, sus letras, lo hacen ya por él.

   Finishing the Hat y Look, I made a Hat están llenos de maravillas, pero no por las letras en sí mismas ni sus explicaciones, si no por los entresijos entre los que Stephen Sondheim va zurciendo el eco de su vida, colándose por el entramado como la luz vespertina por una celosía. Es un hombre puente, es un hombre constructor; un adelantado a su tiempo; un observador nato y, en la actualidad, un crítico veraz (porque es capaz de hacerlo consigo mismo sin ambages) y un hombre interesado por todo aquello que vale la pena en la vida.

   Y aunque la ironía, la inteligencia y la brillantez parece que coronan su labor artística, si la estudiamos bien (y ambos libros nos lo permiten gracias a él mismo) descubrimos en Stephen Sondheim un hombre melancólico, romántico, interesado y amoroso, que consigue ver, y que implica a su audiencia a encontrar, verdadera belleza en todo lo que nos rodea: desde un vodevil intrascendente hasta la historia de un carnicero demente que llora en cada asesinato la pérdida de su hija… Para eso se necesita talento y mucho arte.

   Sondheim, Sondheim. Dos veces y para siempre.

   Muchas gracias, maestro.

Tras lo imposible/ Impossible is something.

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El pastor Coridón al lindo Alexis

-las delicias de su dueño- idolatraba

sin cosa que esperar. Sólo podía

del hayedo sombroso a la espesura

volver cada mañana, y allí solo

a monte y selva, en imponentes ansias,

repetir estas rústicas querellas.

«¿Conque no atiendes a mi canto, Alexis?

¿No te apiadas, cruel? ¿Quieres que muera?

Hasta el ganado en estas horas busca

el fresco de las sombras, y a las zarzas

se acogen aun las verdes lagartijas,

y para los peones abrumados

por la furia del sol, ya muele Téstilis

acres hierbas pungentes, ajos y sérpol;

mas mientras voy tras ti, vibra y resuena,

eco a mis quejas bajo un sol quemante,

la estridente canción de las cigarras.

¿Harto mejor no fuera que las iras

de Amarilis sufriese y sus desdenes,

o aguantase a Menalcas, aunque negro,

y aunque tan blanco seas tú? No fíes

tanto de tu color, oh niño hermoso:

blancas son las alheñas y se tiran,

los arándanos, negros y se buscan.

Me desprecias, Alexis, sin siquiera

saber lo que soy yo ni cuánto tengo

en nívea leche y en rebaños lucios.

Mis ovejas son mil; los montes sículos

las ven vagar, y no me falta nunca,

invierno ni verano, leche nueva.

Son mis tonadas las de Anfión dirceo,

las mismas con que el hato  recogía

del Aracinto en las laderas áticas.

Y al fin, no soy tan feo: no hace mucho

me detuve a mirarme en la ribera,

estando el mar, bajo la brisa, en calma.

El espejo no miente: sin recelo

competir puedo, tú de juez, con Dafnis.

¡Oh, tan sólo un anhelo: que quiseras

pasar conmigo en la humildad del campo,

viviendo en chozas, acosando ciervos,

llevando al malvavisco los cabritos!

Los cantares de Pan en la floresta

conmigo imitarás: Pan el primero

trabó con cera el rondador de cañas,

Pan las ovejas cuida y los pastores.

¿Que en esas cañas se ha de ajar tu labio?

No te pese: si vieras los empeños

de Amintas por lograr que le enseñara…

(…)

Tengo además dos corzos que en un valle

arriscado apresé: motitas blancas

marcan aún las pieles, y dos veces

las ubres de una oveja a diario agotan.

Los guardo para ti; mas por llevárselos

hace tiempo que Téstilis porfía,

y al fin lo hará, pues sólo hastío sientes

por cuanto yo te brindo.

¡Oh, niño hermoso,

ven, que las Ninfas cestos de azucenas

te quieren ofrecer. La blanca Náyade,

juntando adormideras en capullo

y cándidas violetas al narciso

y a la flor bienoliente del hinojo,

casias y suaves hierbas entrelaza,

y los tiernos arándanos retiñe

con el flavo matiz de la caléndula.

Gualdos membrillos de pelusa fina

he de buscar también, con las castañas

que eran de mi Amarilis el encanto,

y unas ciruelas de color de cera,

a las que harás honor; y os pondré juntos,

oh laureles y mirtos, ya que juntos

unís tan bien vuestra fragancia suave…

¿Coridón, pobre rústico, ni Alexis

tus regalos estima, ni a regalos

te dejaría conquistarlo Yolas!

¡Ay infeliz de mí! ¿Qué es lo que quise?

¡Ay perdido de amor! Sobre las flores

he soltado el turbión, sobre mi fuente

solté los jabalíes…

¡Ah, loquillo!

¿De quién huyes? ¿No sabes que en las selvas

vivieron dioses y el dardanio Paris?

Que Palas se complazca en los alcázares

que ella misma fundó; para nosotros

sean las selvas el supremo halago.

Persigue al lobo la feroz leona,

el lobo a la cabrilla, ella traviesa

al cantueso florido; a ti, oh Alexis,

te sigue Coridón: no hay quien no vaya

de su afición en pos.

Mira la yunta,

cómo del yugo suspendida trae

la reja del arado, y lento alarga

el sol de ocaso las crecientes sombras.

En tanto amor me abrasa… ¿Y quién impone

términos al amor?…¡Ah! ¿Qué locura,

Coridón, Coridón, en ti se ensaña?

Anda, la vid frondosa sobre el olmo

está a medio podar. ¿Por qué de mimbres

o de juncos más bien algo no tejes

que te pueda servir? Si él te desaira,

ya has de topar con algún otro Alexis…»

Égloga II, Alexis.

Amargura/ Bitterness.

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Mi vida es un erial:

flor que toco se deshoja;

que en mi camino fatal

alguien va sembrando el mal

para que yo lo recoja.

G.A. Bécquer, Rimas