Caricias/ Caresses.

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   Penumbra. Y la sombra de tu espalda se recorta en la distancia.

   La luna en su cimitarra, estrellas a su espalda. Y la silueta de tu rostro se dibuja en la ventana.

   Piel plateada hambrienta de besos. Besos salados, entre sudor y deseos. Y las manos que te buscan y te atraen hacia mí.

   Besos. Lentos de saliva blanca. Rodean las bocas, rodean los mentones, saborean las mejillas. Y las manos que atan tu espalda de plata. Y la luna en su cimitarra arropada por estrellas.

   Los dedos se pierden en la selva de tu cuerpo. Corren sin sentido buscando placer. Y el pecho firme entre el mío y el aire.

   Caricias que son desgarros. Desgarros que son ansias. Ansias que culminan en grito, abrazo y abandono.

   Nombro tu nombre en la penumbra. Y tu risa estalla en el silencio. Y nos encontramos una y otra vez en un vaivén de marea.

   Remolinos, meandros, aguas inquietas. Y deseos enloquecidos. Y besos, millones de besos.

   Pechos y espaldas, brazos y piernas enredados en un todo hambriento. Y el corazón que late pum, pum, pum, al arrebato.

   Caricias que te recorren. Caricias que me encuentran y me retienen. Y yo me dejo hacer…

   Suspiros. Laxitud, sudor y descanso. Uno sobre el otro y nadie más. Penumbra de dos cuerpos varados uno dentro del otro y nada más.

   La luna en su cimitarra se oculta en un mar de estrellas. La piel brilla en la penumbra gris. Y en las sombras tus jadeos y los míos, tu nombre y el mío se mecen hasta quedarse dormidos.

   Ahítos. Pero en perpetua búsqueda. Ansiosos de más.

   Caricias que me das y que te doy. Y la noche que pasa sobre nosotros y nos deja, desnudos, dormir un poco más.

Cerrando los ojos/ Closing eyes.

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   El cansancio se retrata cerrando los ojos. Un baño de descanso parece llenarlos de repente. Como un telón de terciopelo bordado de estrellas. Y una alegría más parecida a una felicidad diminuta nos asalta con la magia de lo cotidiano y lo maravilloso.

   Cerrando los ojos vemos la vida pasar. La nuestra. Y pensamos en lo que debimos decir, en lo que debimos hacer; en nuestros errores y en el eco que tendrán en el futuro. Con los ojos cerrados el mundo pasa a ser nuestro planeta, y el interior se alza presuroso enfrente de nuestra vida y nos hace pensar e imaginar y sentir y volver a sentir aquello que más anhelamos olvidar a veces y a veces sólo recordar de puntillas.

   Cerrando los ojos pienso en ti. Y en lo que nos dijimos y en lo que callamos. Tras los párpados tu retrato se dibuja nítido: el brillo de tu mirada, la nariz ligeramente puntiaguda, esa sonrisa de estrella. Y el aroma de tu cuerpo desprendido y un latido en mi pecho y en el tuyo. Con los ojos cerrados puedo estar contigo de nuevo y todo parece ser lo que debió ser.

   El tiempo lo cura todo. El cansancio, la espera, el desamor. El orgullo quebrado, el aliento perdido y a veces también el amor. Cerrando los ojos te tengo cerca y todo parece quedar atrás; soy capaz de decirte lo que siento, de pedirte que te quedes, de hacerte sentir mejor.Puedo abrazarte y bailar cerca de ti, y susurrarte al oído lo que merecías escuchar y de darte cada uno de los besos que tatúan el amor que todavía te tengo.

   Con el cansancio extremo tu vida se acerca a la mía otra vez; nada parece haber sido lo que fue y es lo que debió haber sido. Y hay felicidad. En tu  sonrisa y la mía. Y hay paz. Aquella que se pierde con los ojos abiertos y el vacío en la cama, en la cocina y en el corazón.

   Todo pasa, todo. Pero hace ya más de un año y tú sigues aquí, en el centro de mi corazón, en el fondo de mis párpados, y te me revelas cada vez que, cerrando los ojos, quiero huir del cansancio de no tenerte más junto a mí.

   El tiempo todo lo cura, pero cada vez que cierro los ojos estás junto a mí. Y ya puede se primavera, ya puede llover por fin, ya puede haber una revolución de los astros, que cada vez que cierro los ojos aquí estás, sin haberte movido un ápice pero todo distinto, manteniendo las distancias, siendo lo más tú posible y yo tan diferente… El tiempo todo lo cura, menos el amor que siento por ti.

   Cerrando los ojos el cansancio de no tenerte se mitiga al recordarte. Y los errores que cometí se diluyen. Y el amor que nos teníamos reverdece de nuevo. Y el mundo parece ser lo que fue una vez y no debió cambiar.

   Cerrando los ojos una alegría parecida a la felicidad me inunda… Y estás junto a mí.

Nacer para perder(te)/ Born to lose.

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   El que se va se aleja poco a poco.

   El que se va pierde el contacto de lo que queda detrás.

   La vida que conocía, en la que estaba inmerso; los amores cosechados, las amistades conseguidas, todo queda atrás, suspendido en el tiempo, en el tiempo que fluye para todos menos para la memoria del que se va.

   Nada es para siempre. La mañana, la tarde, el anochecer. Los sueños se diluyen en la realidad del día a día. Y las oportunidades también. Y el amor.

   Sobre todo el amor que te tengo.

   Nacer para perder, así ha sido mi vida. Nacer para ver cómo te alejas de mí. Nacer para perderte.

   Decir que te amo es casi una redundancia. Pero te amo. Y aunque te amo, no tiene importancia. No para ti.

   Nacer para amarte con los ojos cerrados y el cuerpo abierto. Para darte todo mi alma y el contenido de mi corazón.

   Te embadurnaste de mi vida; llenaste el hueco de tus manos de los besos que te daba y de la libertad que me pedías. Bebiste de mí hasta decirme basta.

   Nacer para perderte cada día. Al amanecer, en el aroma de la noche y entre las sábanas. Un minuto primero, después horas que se transformaron en meses y en años y en calendarios que quemábamos en la chimenea encendida. Como mi amor.

   Que no fue suficiente.

   Y lo supe cuando nos conocimos. Y cuando nos deseamos por primera vez. Había nacido para amarte. Pero también para perderte.

   Y no te culpo. Ya no busco responsables. Quizá fui yo; quizá fuiste tú. Quizá los dos. No lo sé.

   Los amigos preguntan; los conocidos me paran en la calle queriendo saber de ti. No lo sé. El que se va corta los lazos por más que jure mantener el contacto, por más que pretenda arrastrar esas cadenas. Y tú más que nadie.

   Y tú más que yo.

   Nacer para verte marchar. Nacer para saber que no dudará. A pesar de la entrega, a pesar del cariño; a pesar de la necesidad y del deseo.

   El que se va se aleja hasta que se pierde de vista. Así muere el amor también. Poco a poco hasta que dejamos de sentirlo en cada latido, en cada beso.

   El amor se acaba, el amor se pierde. Y todo lo demás.

   El que se va deja todo atrás. Todo. Y allí estoy yo. Que he nacido para amarte. Pero también para perderte.

   Y no has dado la vuelta ni una vez. No me has visto ni una vez.

   Nacer para perderte. A pesar de amarte todavía.

Viajera/ Traveler.

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   Mira la ventana. El paisaje cambia rápidamente a medida que el tren se desplaza. Como a veces queremos que la vida también pase.

   Ojos fijos, labios finos. Expresión meditabunda. No parece conocer a nadie excepto el paisaje, al que mira sin ver, perdida como está en sus pensamientos. O en sus ensoñaciones.

   ¿En qué pensará? ¿O en quién?

   ¿Qué puede haber de difícil en una vida joven que corre con el tren en marcha?

   Manos finas, un anillo de oro brilla en el dedo anular. A veces creemos que la vida es así, rubia y brillante como el oro, eterna como esa aleación que lo hace moldeable e imperecedero.

   Pero la vida no es así. Ni el amor que todo lo inspira.

   ¿Qué espera esa mujer? ¿Hacia quién va?

   Ensimismada, gesto de cansancio o de aceptación. Y la imaginamos llorando y la imaginamos rabiosa y la imaginamos sudorosa al lado del cuerpo deseado y la imaginamos risueña, cubierta de sol a la sombra de una encina.

   Y en silencio pasa los minutos como kilómetros. Y el tren corre veloz por la vía que nos lleva. Y ella callada, en esa lucha interior que se refleja en sus pupilas y en el cristal. Yendo y volviendo, un cuento de nunca acabar.

   Como el amor.

   Contigo ni sin ti.

   Y nada hay qué hacer si no esperar. Y a veces luchar y a veces aceptar que todo debe cambiar o que todo debe seguir igual para nunca, nunca, nunca quedar sin vida.

   Mirando por la ventana la viajera ve al paisaje cambiar. Y al corazón retratarse en sus ojos. Y a la espera continua en su corazón.

   ¿En quién pensará? ¿O en qué?

Perdiendo el control/ Losing My Mind.

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   En esta rueda loca del amor sólo pienso en ti.

   Es una necesidad casi física, que me lleva a despertarme de madrugada pronunciando tu nombre, y dormirme con el arrullo de tu voz, que tengo grabada en un mensaje del móvil.

   Nada parece estar bien hasta que te veo en la distancia. El cielo se abre y la tierra me acoge, ente perfume de rosas y de hiedras. Y cuando sonríes, el sol sale de su escondites de nubes y todo parece brillar.

   Debo estar perdiendo el control, pues mi respiración se agita cuando te siento cerca. Intento que no se me note, pero se me escurren las ganas y aunque lo esconda, la sonrisa habla más que mis palabras y las ganas se me escapan de los ojos. Te deseo tanto que temo que los demás se den cuenta, esperando como estoy por tu respuesta.

   Y no lo sé. Porque me sonríes y me abrazas. Y me dices lindezas y se llenan de risas tus ojos. Y para mí es día de fiesta. Y otras veces haces que no te das cuenta y hasta simulas rudeza y pareces ignorarme y el mundo se hunde de tristeza a mis pies.

   Espero por ti y tú no te decides. El día se acaba y no oigo tu llamada. Me preparo y no apareces. Y cuando me canso y lo doy por perdido, ahí estás en la puerta, con jacintos en el pelo y la sonrisa de bebé y no puedo resistirme al olor de tu perfume y a la sombra fugitiva de tu cuerpo junto al mío. Y abro los brazos y el mundo se vuelve orden y mi corazón ya no reclama y te tengo junto a mí.

   Tanto te amo, que pierdo el control de mi propia existencia. Hablo con los vecinos que no entienden lo que ocurre, y tú estás entre ellos; llamo al súper y es tu nombre lo único que sale de mi lista; y en la pastelería me lleno de dulces que me recuerdan a ti por el color de tu pelo y el sabor de tus labios, que llevo grabado en la memoria junto al perfume de tu piel, en ese cuello enorme que se refugia en mis hombros cuando me abrazas como quien no quiere la cosa y me pellizcas las mejillas sin rubor.

   Y no lo sé. Porque parece que sí pero parece que no. Y esta indecisión me está matando hasta hacerme perder el control. No sé si ir hacia adelante o hacia atrás; no controlo lo que voy a decir, y si quiero soñar me desvelo y en pleno día caigo en las ensoñaciones más hermosas, porque te tengo cerca. Y tú sigues impasible, coqueteando u olvidándome, haciéndome desear y dejándome…

   Y dudo. Dudo de todo pero sobre todo de mí. Me dices que me quieres y después te callas. Y me dices que me quieres y después te vas. Y yo te amo hasta los poros y te quiero de rodillas y te deseo por completo y parece que pasas de mí…

   ¿Me amarás realmente o sólo sonríes por ser maravilloso, por coquetear conmigo, por ser un encanto?

   No lo sé… Sólo sé que estoy perdiendo el control por tu indecisión y que ya no sé qué sentir. Nada más allá del deseo, de esta locura de amarte, de amarte hasta la mudez, la ceguera y la soledad.

En soledad/ Alone.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Todo lo que tengo, que es mucho. Esta casa que crece con las horas; los coches aparcados en el garaje; la ropa en los vestidores; la fama que va y viene; el trabajo que parece agotarse y florecer más adelante; esta ciudad enorme que a todos acoge y a todos vomita al mismo tiempo, tan lejos de lo que fui y tan cerca de lo que soy. Y tu silencio que llena el espacio, y tu ausencia que todo lo marca.

   Todo lo que tengo, que es mucho, no es nada. Nada porque no te tengo a mi lado.

   No sé de dónde soy ni adónde voy. Mis sueños se han disuelto no sé dónde, pero lejos de ti. Y de mí.

   Un gran jardín que esconde en su umbría el reflejo de una persona que no soy yo. O que fui. Contigo.

   Todo lo que quise, que fue mucho, y que he sido yo, no une al corazón y a la mente, ni siquiera al corazón y al sentimiento.

   Y me he quedado mudo en esta soledad que me rodea.

   Toda la belleza que parece rodearme; toda la algarabía de esas comparsas de aduladores, que se disuelven tan pronto notan el más íntimo cambio; todo el sinsentido que usé para ensordecer mi propia voz… Nada hace que vuelvas a mí. Nada hace que hayas huido de mí y que ahora me encuentre así: solo.

   Yo soy yo y nadie más. Un sólo solo, lleno de vacío. Jugando a los ecos del silencio pues ni los muebles me hablan. Sólo me recuerdan lo que fue una vez y ya no es. Y yo, siendo yo, viviendo en soledad.

   Sin ti.

   Solo.

   Rodeado de gente, de cosas, de vacío.

   Sin ti.

   En soledad.

   Todavía.

El fulgor de la luna/ Moonlight.

El mar interior/ The sea inside

   a Chus, que quería un cuento de encuentros y desencuentros y de esperanzas.

   Ambos miraban la eterna luna brillar suspendida en el vasto cielo desnudo. Apenas se veían estrellas, capturadas por ese fulgor plateado que parecía llenarlo todo: la blancura de los fiordos, enormes y serenos, callados y extrañamente familiares; el sereno bogar del barco, que surcaba las frías aguas con esa peculiar seguridad de las cosas fáciles; y el abrazo callado en el que ambos estaban envueltos en el rumor de la noche noruega.

   Nadie lo hubiera creído, ni ellos mismos pensado, que un viaje así pudiese unirlos; que la brevedad de la vida, fulgurante como la luna polar, tuviese reservada para esas vidas aburridas un cambio que, como la llama que enciende un fósforo, estaba destinado a durar en el rumor de la memoria; en los recuerdos de la piel y el murmullo de los tactos. Nadie hubiese apostado por ese despertar mutuo como un rayo; nadie, ni ellos mismos, hubiese sido capaz de pensar que un sentimiento como aquel pudiese nacer en las frías avenidas del mar en Noruega, flanqueados por las brillantes masas de agua congelada, lamidas a perpetuidad por un océano insomne como el millar de besos que aquella noche compartían.

   Era un milagro, breve y conciso. Tan preciso como una espada bien afilada, aquello que los mantenía unidos ante el fulgor de la luna quedaría grabado en unos corazones ansiosos por el brusco despertar; sedientos por saberse necesitados de cariño; necesidad de saberse amado y de extasiarse en el sentimiento que se hace acto, y el acto, una obra perdurable.

   En ese viaje apenas si hubo palabras, porque los ojos hablaban por ellos y el latido de la sangre en sus arterias. Cada caricia era una declaración de independencia; cada beso traía aparejado un olvido deseado y la ardiente locura de saborear hasta el cansancio, hasta la extenuación, aquella pasión que parecía haberlos fundido en un solo pensamiento, en un solo cuerpo. Y el mar noruego arrullaba con su murmullo de masa líquida el camino de sus caricias, y el brillo de la luna tatuaba en sus memorias no sólo la pasión colmada, que sí; no sólo el ansia derramada, que también; si no un sentimiento más callado de tanto que gritaba, y que era un amor infinito encerrado entre los hielos del tiempo y que llevarían por siempre en cada paso, en cada latido, en cada casa en la que pernoctasen, en cada sueño que soñasen.

   Porque aquel viaje hizo que despertasen de sus vidas regulares y descubrieran un potencial de singularidad que sólo está reservada para los amantes alocados, para las pasiones pudientes y para los sueños lejanos.

   Se amaron en las noches noruegas y se besaron y se comieron y se conocieron sin decirse nada, porque la palabra quebraría el hechizo y la realidad escaparía detrás de la luna, cuyo fulgor plateaba la mirada profunda, la boca casi cerrada y las lágrimas de felicidad y pasión colmada que los atajaba aquella noche…

   La misma luna solitaria brilla en cada una de sus ventanas. Ambos miran ese reflejo del invierno en la ventana, con la luna hecha un boceto enorme en el cielo suspendido y separado por la distancia y la historia común y el día a día. Desde el día que se separaron no han dejado de pensar uno en el otro. Cada mañana es un dolor por abandonar el lecho, porque en el sueño se saben juntos, gozados y plenos, y no hay niños que atender ni parejas que soportar, ni un trabajo aburrido al que acudir para poder ahorrar y pensar en un nuevo viaje donde la magia se muestre de nuevo y envuelva a los amantes de la distancia. La distancia… Pensar en ella de noche, bañados por el fulgor de la luna, les abre el corazón y lo expone en su tabanco de tiempo perdido. La distancia es tan dolorosa como el despertar, pues está henchida de realidad, y lo cotidiano es lo que acaba por definirnos y nos hace similares al resto. Aunque ellos se tenían en el pensamiento y en las fibras escondidas de un corazón, y en la laguna inundada del sueño y en la plateada ribera del recuerdo. Y eso los hacía distintos, aunque interpretasen un papel de cotidianidad día tras día.

   Promesas, promesas… La vida se escapa en sueños irrealizables. El Atlántico se asoma a una ventana; el Mediterráneo en la otra: de una punta a otra de un país inmenso, el mundo que separa a los amantes noruegos se achica hasta hacerse añicos en noches como ésta, en que la luna brilla en medio del universo, plateando con su fulgor unas esperanzas que reverdecen a pesar del tiempo y la distancia; en los amantes apresurados; en los amigos presurosos; en la pareja que vive en otra dimensión su vida en común, su vida de pequeños problemas y de gran amor, amor que tatúa las venas hasta hacer daño y que asciende al corazón hasta el infinito… Cinco años han pasado ya, y cada mes, con la luna, el recuerdo de los fiordos transparentes, el rumor del oleaje de aquel mar en calma y el frío de un país que les brindó cobijo y sentido, parece acercarles, parece hacerles sentir que la vida es digna y que puede ser.

   Cada noche sueñan, con el fulgor de la luna, en que pueden encontrarse…,y que ese día está ya a la vuelta de la esquina.