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Envía(me) algo de amor/ Send Me Some Lovin’.

   a Lili, que quería un cuento con un tritón morocho. Y a Cris, que le encantó la idea.

Send Me Some Lovin’. Sam Cooke.

   Bajo todos los días a la playa. Es una cala pequeña que casi nadie conoce. La casita que alquilo todos los años está ya muy desvencijada, pero tiene salida a la playa. Puedo aguantar el ruido de las tuberías y que funcione a ratos el aire acondicionado. Este año me he traído un ventilador. Porque la casita tiene salida a esta playa casi desierta de arena rubia llena de conchas de berberechos y almejas. Antes nos dejaban sacar algunas; total, aquí nadie viene a mariscar. Pero ahora está prohibido. Como muchas cosas. Somos una generación que prohibe; quizá en compensación a haberlo tenido casi todo. O eso nos han dicho. Puede que tengan razón. Ya no lo sé. Lo único que sé es que durante quince días el sol, la arena, el mar y yo jugamos a gustarnos sin casi estorbos.

   Con esto de las inmobiliarias y la construcción temí que estropearan mi pequeño paraíso. Aunque esperaba que el dueño le hiciese un arreglo. Pero por lo que me cobra creo que me está haciendo un favor. Se lo he dicho y me sonríe el señor Pedro, como si no tuviese nada más qué hacer. Es majo como las pesetas. Las rubias, no este sucedáneo que tenemos ahora, todo más caro y más hueco, ya nada tiene el valor que tenía antes. Antes del euro, claro, que tampoco soy un vejestorio. Quiero decir que apenas tengo treinta, que trabajo y doy gracias de rodillas por eso, y tengo mis vacaciones sin paga extra, que parece ahora que todos en este país cobramos catorce pagas al año, que va a ser que no. Pero vaya cosa con los funcionarios. Así en plural y en conjunto, que hay quien no lo merece, que se han quemado las pestañas o han tenido suerte por estar ahí, y mira ahora. Bueno, tampoco es que estén tan mal. Sólo tienen que aprender a vivir con la incertidumbre de cobrar lo que se trabaja. Y eso no se lo deseo a nadie. Yo ahorro como una hormiguita para estos quince días; porque en la oficina lo que no hago no cobro y estando de vacaciones no entra nada en la hucha; ya me llega que esté siempre vacía. Eso es duro. Todo parece difícil. Por eso me reservo esta quincena, que es la mejor del mundo, y como no me importa si llueve o hace sol, si las tormentas arrasan o hay huelga de controladores, pues tanto me da. Una vez tenía todo preparado para un viaje: tres días a Roma. Entradas sacadas por internet para no hacer colas; un pastón invertido. Y llegó el día y estos servidores de la patria se apoderaron del cielo de España como si fuese un kleenex, y todo a la papelera. Ya ni me molesté en llegar al aeropuerto. La cola llegaba al fin del mundo. Menuda gracia. Así que nada, aprendí la lección. Mi casita de la playa quince días y listo. Mi cala con su mar eterno en la orilla, y las mariscadoras con su mal carácter prohibiendo porque está de moda prohibir, y los pocos berberechos y las perezosas almejas están aquí bajo la arena haciéndome guiños invitadores. Qué mala baba.

   Pasé la primera semana en solitario. Bajo tempranito, que me gusta mucho el sol de la mañana. Mi piel algo crispada por la niebla se siente feliz con ese roce suave como un beso largo y sabroso. De esos que parecen no existir de tan raros; ahora tenemos prisa, lo queremos todo para ya; con lo que a mí me gusta tomarme mi tiempo y que me besen y besar lentico hasta que se seque la saliva de la lengua e irla a buscar a la boca deseada… En fin.

   Me gusta el sol de la mañana porque no pica. Y porque los médicos dicen que no hace daño. También decían que el pescado azul era insano y que el aceite de oliva era un veneno, y mira ahora. Pero bueno, en esto del sol parece que están de acuerdo al menos por ahora. En Australia, que de sol saben bastante (pero no tanto como nosotros, que llevamos miles de años en esta península única), se untan de protector solar hasta los pensamientos; debe ser por eso que son de risa fácil: porque están protegidos y felices. Tan rubios que centellean, oye. Tan rojos que dan ganas de comérselos como un buen bogavante cocido… Pues eso. Me levanto temprano, que mi reloj biológico me da una lata sólo comparable a los mosquitos y al calor; desayuno algo y me bajo con mi toalla, mi tableta, los cascos, el protector 300, una botella de agua, un par de piezas de fruta, un sombrero, unas gafas de sol y una silla todo así en una mano mientras que con la otra intento no caerme por la rampa de piedra empinada que separa la casita de la arena. Cuando hundo mis pies en esa suave tibieza se me pasa todo. Creo que es una estupidez, porque tardaría sólo diez segundos en buscar algo dentro, pero una vez que me instalo me gusta quedarme como una seta. Tengo esas manías como otros tienen las suyas.

   Y me quedo así al sol, como seguro que los lagartos hacen, apenas moviéndome de un lado y de otro, vuelta y vuelta como una costilleta. Y paso por todos los colores posibles: del blanco nuclear al rosado tenue; del rojo bandera al tostado suave, para acabar en un color claroscuro que me ilumina la cara y me saca las ojeras y me hace sentir salobre a veces y muy saludable.

   Por las mañanas no suele haber nadie. Los niños duermen hasta tarde sin colegio; los padres duermen los excesos de la noche anterior; y los abuelos se afanan en tener todo listo para la comida. Es decir, momento ideal de playa callada, llena de poesía marina, de brisa y de sol. Por la tarde alguno se aventura hasta aquí. No niños, me caen bien pero los quiero lejos cuando estoy en la playa; no sé cómo hacen, pero acaban con la quietud que busco. Que si gritan, que si se pelean, que si se meten al agua, que si juegan, que si lloran. Un no parar. Y casi siempre hay una madre hastiada (¿por qué los tienen, me pregunto?), un padre en estado catatónico por la falta de fútbol y de excusas para largarse de allí a fumar, tomarse unas cervezas o hablar de mujeres que nunca pasarán por sus manos; y algún abuelo con espíritu de tiempo ido que sabe de sobra lo que tiene que hacer pero que pasa de todo y le da rienda a los niños, que para mimarlos los ha puesto Dios en el mundo. Y así están las criaturas mal educadas, que no las soportan ni su sombra, para que después nos quejemos de cómo va el país.

   Esta cala tiene su encanto. Porque está casi sola y casi nadie sabe de su existencia. A veces llegan un par de chicas más y se echan sin preocupaciones sobre la arena cálida. Y se quitan todo y se abren como flores al contacto del agua. A veces me entra el pudor de que me vea alguien, pero nadie me conoce (espero) y allí mismo me quedo en cueros para notar sin artificio la magia de la playa en mi piel. Después me arrepiento, porque tengo arena en lugares inimaginables, y a veces alguien encuentra algún grano que me queda olvidado. Hay cosas peores, pero tampoco es plan. Cuando vienen chicas, habitualmente de a pares, todo son risas y un no parar de hablar; no suelen traer modelitos, porque allí no las ve nadie; son prácticas, como yo; no tanto como si son chicos, claro, que si vienen en pareja es fácil saber si son pareja: acaban siendo fotocopias uno del otro; cuando veo a gente así me pregunto hasta dónde puede alcanzar nuestro narcisismo. Quién sabe. Cuando son amigos suelen dejar sus cosas con poco cuidado, se quitan todo lo que les estorba y se tienden sin mirar donde mejor les venga; si son deportistas comienzan a correr o a jugar a la pelota; si son más tranquilos, sacan sus artilugios electrónicos y, aparte de hablar de chicas, poco más se dicen. Un año hubo dos que se hablaban por el teléfono y hasta jugaban una partida de no recuerdo qué. Fueron la compañía más silenciosa que he tenido en años, excepto cuando alguno cometía un error o perdía: desde entonces sé porqué existen los efectos especiales en el cine y porqué no voy al fútbol.

   Esta cala tiene su encanto. Y es su soledad. Y su belleza serena. Y los atardeceres más bellos que existen.

   Por la tarde, me duermo la siesta babando la toalla. Huele a mar. Y el rumor del oleaje es un arrullo que parece una canción de cuna y una caricia. Y la arena está llena de plumas y la brisa suave acaricia y besa y envuelve. Y pongo un parasol debajo del cual me paso las horas leyendo y soñando y suspirando y deseando que todo lo bueno que hay en la vida venga a tocar mi puerta algún día.

   Un año me traje compañía. Nunca más. Nada peor para una pareja que un viaje a ninguna parte. Se fue de aquí antes de una semana. Y fue mejor. El resto del tiempo me la pasé llorando por semejante elemento, como si valiese la pena. Aunque de aquélla me parecía maravilloso. Pero no lo era. O no lo suficiente. No le gustaba el calor, ni la arena, ni las conchas que le picaban los pies, ni la falta de aire acondicionado, ni el silencio lleno de oleaje de este paraíso. No teníamos casi nada en común. A veces estamos con alguien por no estar solos, o por parecer maduros y estables, o por no estar con nosotros mismos. Puede que me pasase todo eso cuando andábamos juntos. Sólo estábamos de acuerdo, y no siempre, en el catre. Así, durmió en le sofá hasta que se cansó y yo me pasé el resto del tiempo llorando mi orgullo y mi soledad. El tiempo se apiadó de mí y llovió todo el resto del tiempo; el mar se tiñó de gris y la arena de bronce, y comí más berberechos que nunca y almejas con fideos, porque si ya no venían a mariscar de normal, con aquel temporal de perros tenían más excusa. Cuando se acabaron los días se me secaron las lágrimas. Según me contaron, aquel año llovió hasta las ganas por esta zona: el recuerdo de las lágrimas que se me olvidó llorar cuando volví a mi vida de siempre.

   Por eso me gusta esta cala hermosa: porque casi nadie viene. Pero desde hace dos días, todas las tardes un hombre aparece como de la nada. Pasa por detrás de mí y, cuando se muestra a mi vista, sólo veo unas piernas morenas interminables con un andar de atleta, y una espalda para esconder un millar de besos, y un pelo negro ensortijado con la brisa y la sal. Sobre las seis o las siete de la tarde. Camina por la orilla hacia arriba y hacia abajo, y el mar parece que se aparta para dejarlo andar, hundiendo esos pies perfectos en la arena húmeda y tierna. Y su perfil de estatua parece triste, y callado exhala el aire que respira con una facilidad de aparición. De tan bello que es, se me escapan suspiros mudos. La primera vez que lo vi se me fueron los ojos y se me cayó la tableta; se llenó de arena,  y sólo cuando se fue me di cuenta y casi se estropea. Y qué haría yo sin libros, sin música, sin conexión al mundo. Ahora dependemos de un artilugio electrónico hasta para ser personas. En fin. La primera vez que le vi quise hablarle, pero su semblante me retrajo y me dediqué a observar su belleza, como su tristeza, ir y venir, y contemplar cómo el mar retrocedía a sus pasos, y al sol besar caído el rubor tostado de su piel. Su caminar elástico, sus hombros enormes, su pecho profundo. Y su silencio de tumba.

   Ahora sólo se me pasan las horas para verlo llegar. He asustado a tres niños que pretendían fundar un campamento aquí; y a sus padres les he dicho de todo para que los tengan castigados al menos una semana: el padre me miró con cara de agradecimiento, que así podría dormir la siesta en paz, y la madre de contrariedad: a ver quién los soporta ahora en casa. Para la próxima vamos a un hotel con piscina y se acaban estos numeritos, la oí refunfuñar por lo bajo. Por la noche rezaba para que nadie más viniese a estorbarnos en la paz que se establecía entre nosotros, el mar y el sol; y mis ruegos parecen que hacen efecto, que ni un alma se asoma cuando él llega. No sé si echa un sortilegio cada vez que aparece, que bisbisea no sé qué cosas con esos labios carnosos que nunca me agotaría de besar, porque es llegar él y nada se altera, nada salvo mi corazón, claro, pero él parece no oírlo. Menos mal.

   Y estamos juntos hasta la llegada del atardecer. A veces se distrae con las conchas de la arena, y cuando se sienta, una bendición me recorre por el abdomen y me llena de chiribitas las mejillas; al levantarse, parece un milagro, largo y eterno, con ese torso de estatua y esas piernas de corredor. Y me imagino sus abrazos, y me siento entre sus brazos con sabor a sal, y un calor parecido a una sonrisa me llena la boca y se me saltan las lágrimas de sólo placer. Y vuelve a caminar ese sendero acuoso, las olas mansitas besándole los pies como si fuesen mis propios labios, y el sol tatuándose en esa piel morena y elástica, como de cuero nuevo o de goma.Está triste y está solo. Y sus ojos parecen esperanzas llenas de luz, que se pierden el horizonte esperando a alguien o un no sé qué. Suele irse antes del atardecer, como si le recordase algo que le resulta doloroso o que no quiere afrontar. Y cuando se va deshace sus pasos y parece que no me ve, bisbiseando sus embrujos con esos labios de besos eternos y desaparece sin más tras de mí casi sin ruido y sin esperanzas. Y tardo en echar la vista atrás por si es una aparición y quiere chuparme la sangre o vaciarme el vientre o algo así. Y cuando lo hago, no hay nadie, salvo el rastro de su perfume marino, y las huellas de sus pies enormes entre la arena y el mar.

   Pero esta tarde es distinto. Sus andares de atleta son más lentos; su espalda más erguida; ese pecho de mundo y medio lleno de la caricia del sol, desnudo y radiante. Pasea poco a poco, sin prisas por ir a ninguna parte, y el mar le besa como yo le comería cada uno de sus dedos, y piensa con los ojos puestos en el mar insomne. Su camiseta se desprende de su bañador y cae en la orilla húmeda. Pero no la recoge. Sigue pensando en no sé quién, y pronuncia un nombre ininteligible para mí. Yo dejo los cascos que me pongo para parecer que no me entero de su presencia, y apago la tableta que me estorba su luz al atardecer. Y su espalda de estatua se queda quieta entre mis ojos y el ocaso, que llega rasgando el cielo con un lamento triste. Y el sol tiñe de rosa y oro y azul oscuro el cielo que nos cubre, y el mar adquiere un tono de palta al rozarle el cuerpo y las intenciones. Consigo oírlo por primera vez. Su voz oscura, profunda, como una caricia callada, como un secreto. Y el rumor de un ruego, el lamento de una esperanza vana.

   Y le entiendo.

   Espera algo del amor, como yo de la vida. Y yo sé que es él, pero él no se da cuenta de mi presencia.

   En una mano tiene algo. Parece redondeado, pulido. Y parece que brilla por un momento, cuando un rayo de sol se cuela en su muñeca. Como sintiéndolo, abre la palma. Es una piedra. Y se la queda mirando con esos ojos soñadores, el pelo hecho un revuelto de sol, mar y viento. Espera un momento justo, cuando las gaviotas retornan al nido y se recortan entre el horizonte encendido y nosotros. Sopesa la intención. Tensa ese cuerpo de mora. Y lanza la piedra lejos, muy lejos, hasta donde la vista se pierde y se hunde. Y suspira.

   Yo no respiro.

   Unos segundos después, parece que se da cuenta de su desnudez. Recoge la camisa empapada unos metros detrás de él. Y cuando se agacha, desde su altura parece que repara en mí. A mí casi me da algo. Casi me trago el corazón. Lleva la camiseta empapada e intenta secarla un poco. Mira para ella y sabe que no puede ponérsela: está llena de conchas, de algas, de arena. Me ofrecería a lavársela, le ofrecería una de repuesto, pero me gusta mucho su desnudez, y la libertad de esa piel le sienta mejor.

   Da unos pasos, otros más. Sé que se va. Conozco sus andares; me lo sé de memoria. Con los ojos cerrados dibujaría su sonrisa brillante, ese hoyuelo en la barbilla, los labios llenos de carne y la caída de las cejas morenas y hermosas. Con el sol ya casi hundido en el mar y las sombras llenándolo todo.

   Pero cuando pasa cerca de mí se detiene. Y hace que me ve. O hace que se acerca. Y en un suspiro su rostro de belleza aparece debajo del parasol. Y me sonríe. A mí. Y parece un universo que gira al revés. Y su blanca dentadura y sus ojos negros me saludan. Cabecea y el pelo revuelto le cae por los ojos. Los aparta con un ademán. Y sonríe de nuevo. Y la camiseta hecha un lío en una mano, y en la otra mi corazón.

   – Buenas tardes -me dice. Y el mundo deja de moverse por un instante-. ¿Podría decirme qué hora es?

   Y se sienta a mi lado como si nada. Y como si nada le contesto y le invito a cenar. Y acepta encantado. Y todo me sabe a mar.

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