Seguridad (Social).

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

11917784_1932935756932048_993577586_nMe llamaron por un paciente. Si podía bajar a Urgencias (está una planta más abajo que la UCI) para evaluar un caso de gastroenteritis agravada por deshidratación. El caso, de lo que llamamos shock mixto, infeccioso (distributivo) e hipovolémico (por la pérdida masiva de agua que no se repone con el cuadro de vómitos y diarrea) no pasaba de ser, a todas vistas, uno más.

Cuando llegué pregunté dónde estaba el paciente y sus cosas. Siempre que me da tiempo me gusta saber el nombre de la persona a la que me dirijo. En esta ocasión no supieron decirme bien su nombre ya que el paciente, joven y andador del Camino de Santiago, apenas si decía una frase completa en español.

Al llegar a la cabecera de la camilla le sonreí. Procuro hacerlo, generalmente porque me sale de dentro y ya bastantes preocupaciones tienen los pacientes para añadir una mala cara, un mal gesto o una palabra salida de tono. Intenté decir su nombre y sonrió. Era coreano. Del Sur, claro. Comencé a comentarle en inglés lo ocurrido. Pero al parecer de inglés sabía lo justo, quizá un poco más que yo de coreano. Ahora entendía porqué era un caso un poco especial.

Allá nos entendimos, creo. Le dije que iba a subirlo a la UCI, que necesitaba una vigilancia más estrecha y que allí seríamos capaces de dársela. Me miró con cara de terror, cosa que creí comprender, e intenté apaciguarlo de la mejor manera que se me ocurrió a las tres de la mañana.

Subimos. Young, el paciente, era un economista que había visto un par de documentales sobre le Camino de Santiago y le pareció tan particular la experiencia, que decidió hacer un viaje tan largo para emprender otro aún más largo en su interior. Apenas si llegaba a los treinta años. Le pregunté por acompañamiento. No tenía a nadie. Sólo un compañero que conoció haciendo el Camino, un francés que llegaría por la mañana y que esta intentando resolver los asuntos necesarios desprendidos de la enfermedad repentina que padecía.

Estaba muy cansado, muy deshidratado después de tres días sin descanso con vómitos y diarreas y apenas comida y bebida. Necesitaba dormir, hidratarse, despreocuparse y descansar. Como para no entenderlo.

En esa mezcla de inglés, español y signos (el idioma universal, junto con los besos y los abrazos y, lamentablemente, el horror de la muerte) conseguimos comunicarnos. Le expliqué a Young que necesitaba canalizar una arteria para controlarle la tensión arterial y tomar muestras de sangre. Además, haríamos cultivos microbiológiocos para saber qué germen estaba causando su cuadro clínico y que íbamos a iniciar un tratamiento antibiótico por la vena a la espera de que pudiese retener algo en su maltrecho estómago.

A medida que desgranaba cada paso, sus ojos se llenaron de terror. Creí entenderlo. Le cogí de la mano y le transmití mi casi absoluta seguridad de que todo iba a salir bien. Por lo pronto, me prohibió acceder a su arteria. Es un procedimiento doloroso, cosa en la que no iba a mentirle, pero que tenía muchas ventajas, por ejemplo, no tener que pincharlo más en toda su estancia en UCI. Ni por esas. Así que tuvimos que resolvernos sin control arterial.

Negociando, conseguí arrancarle el permiso para acceder a sus venas, así que el equipo de enfermería, tan diligente siempre, en nada tuvo accesos venosos y el tratamiento comenzó sin más tropiezos. Tuvo arcadas y sensación de vaciamiento intestinal, lo dejamos solo un ratito y pronto se le pasó. En menos de una hora, con el gesto más suavizado por la reposición de sueros y la analgesia, la extraña comodidad de un cansancio eterno que empieza a ser olvidado y los antibióticos, Young estaba preparado para una nueva conversación conmigo.

Quise saber sus antecedentes (nada importantes) y si era alérgico a algo (no). Quise saber qué le pasó durante los últimos días del Camino. Una comida en mal estado. Bien. Le dije lo que pensaba. Volvió esa expresión de angustia. Le comenté que, siendo sábado aquella noche, si todo iba bien subiría el lunes a la planta y, si todo iba bien (no había nada que indicase lo contrario) el miércoles estaría fuera del hospital. Como a cada palabra que decía ponía una expresión más asombrada y nerviosa, desorientado, me callé, y le pregunté qué ocurría. Y entonces sí que lo entendí todo.

Qué importante es tener Seguridad Social. Ese colchón, esa tranquilidad que nos garantiza que nuestra Salud estará a cargo, bien cuidada, bien tratada allá adonde vayamos. Qué infinita gracia tenemos los españoles gracias a nuestros esfuerzos e impuestos (y no, sé que no son suficientes, pero quizá el desvío político del dinero demostraría que podría sostenerse mucho mejor de lo que se ha hecho hasta ahora); no sabemos valorar la potencia de sabernos acogidos por la Seguridad Social, por las prestaciones que nos ofrece, por la tranquilidad que nos aporta.

Young no tenía Seguridad Social. Trabajaba y tenía un seguro privado, pero no sabía decirme con certeza si era capaz de afrontar un ingreso en UCI y después un ingreso en planta. Estaba preocupado por todo lo que habíamos gastado en él (pruebas, insumos, medicaciones varias) y el tratamiento posterior, si podrían quedarle secuelas (aquí le aclaré que en todo caso un ligero dolor de estómago y poco más, cosa que lo hizo sonreír) y cómo iba a afrontar el gasto una vez le llegase la factura a casa.

Qué indefenso estaba el caminante coreano. Sin poder usar su propia lengua para comunicarse, solo en un país extranjero, ingresado en una UCI (cuyo coste al día puede llegar, por lo bajo, a más de 3.000 euros), sin teléfono a mano y el viaje de vuelta ese jueves. Un cuadro.

Durante unos segundos no supe qué decirle. Esperando que la cara de espanto se le pasase un poco, intenté refrenar mis pensamientos. Le expliqué que, en general, nuestra Seguridad Social no tiene por costumbre cobrar sus servicios en situaciones de urgencia como la suya, y que lo que estábamos haciendo por él era necesario pero no particularmente caro. Como entendía de números (bastante más que yo, cosa no muy difícil, por lo demás) sólo sacaba cuentas. Así que le expuse el precio del antibiótico que había escogido, uno muy bueno pero que, a favor, es muy barato. Los sueros (a paladas, eso sí) tampoco supondrían un gran gasto. Le dije que se olvidara de contar gasas o compresas, agujas o termómetros: de eso no se lleva cuenta, va en el paquete (nunca mejor dicho); lo caro en todo caso, aparte la entrada en Urgencias (la emisión de una ficha está valorada, que no se cobra a nadie, en unos 300 euros por cabeza), estaba en las pruebas complementarias: la placa de tórax, las analíticas y las pruebas microbiológicas. Me preguntó cuánto, y callé por prudencia: un TAC abdominal sale por un ojo de la cara (y mira que hacemos muchos); en su caso sólo fue necesario una placa de tórax (que hacemos a todo el que entra por Urgencias, necesite o no, y es algo que habría que corregir no sólo por gasto económico sino por seguridad del paciente) y un eco abdominal, que bien no siendo barato, su coste no llega a ser estratosférico. Le di una cifra al azar (hubiera podido inventarme cualquier otra): total, la expresión de terror ya la tenía dibujada en la rostro.

A medida que recuperaba el sentido del cuerpo, su letanía mental continuaba. Si viajaba el jueves, ¿cómo podía comunicarse y retrasar el viaje en todo caso, y dónde se quedaría, pues ya no sería peregrino para alojarse en los albergues? Pidió su móvil, y desoyendo las normas, se lo dimos. No tenía carga y le prestamos un cargador. Mientras tanto intenté calmarlo. Le dije que por la mañana llamaría a la Trabajadora Social y expondríamos su caso, seguro que podría ayudarlo. Y casi le aseguré que el jueves estaría en el avión de vuelta a Corea. No sé si me creyó o le venció el cansancio. Sólo sé que al rato cerró los ojos y se quedó profundamente dormido. Despertó casi al mediodía, cuando yo ya me estaba yendo, con la noticia que la Trabajadora Social vendría en sus horas libres a echarle una mano.

– Y es gratis, descuida.

Le sonreí, y por primera vez él también lo hizo. Me despedí y no volví a verlo. Me enteré días después que embarcó feliz y ya recuperado ese jueves y que se marchó con la preocupación más aletargada por los buenos haceres de la Trabajadora Social.

Eso es Seguridad. Seguridad es pasear por París, Londres o Madrid sin que unos inconscientes embebidos en el juego de cientos de malas personas arramplen a tiros o lancen bombas. En el siglo XXI debería haber conciencia cívica, conciencia personal, protegida de ideologías malsanas y llena pensamientos libres, y sobre todo, por encima de todo, de respeto por la Vida, y por la Salud ,y saberse con derecho a ellas. Eso es Seguridad. Es un bien social. Un bien Individual. Es un derecho real del ser humano.

Y no, no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Y no exigimos de nuestros gobernantes esa altura de miras que exigiría de ellos cercenar su poder, sus intrincados mecanismos de gobernancia y de mantenimiento del poder que deberían acabarse de una buena vez, para que el dinero no se desvíe de los cauces verdaderamente importantes: una Educación que nos enseñe a liberarnos de las manipulaciones de los gobernantes primero, de los extremismos, de la xenofobia, de la irrealidad después, y la Salud para trabajar, levantar una vida y un país y un continente y un planeta, y desarrollarnos como individuos, como seres humanos.

Mi padre estuvo ingresado ocho meses en la UCI. Yo no hubiera podido pagar ni un día de ingreso. Pero él estuvo: sé de verdaderas fortunas perdidas por los altos costes sanitarios (otra cosa es que sean necesariamente tan caros, pero todo tiene su razón de ser) a los que un ingreso en UCI, un inconveniente o una enfermedad crónica o incluso incurable puede abocar. Sin contar, que hace falta, con la alteración del esquema vital del Enfermo, que lo lleva incluso a perder durante un tiempo indefinido pero siempre largo, la entrada monetaria en su vida, tan necesaria para poder seguir en el día a día.

Young sabía a lo que se enfrentaba. Nosotros no. Pero sí intuimos que es importante. Unos por pura ideología política, otros por sentido común. Quienes han visitado el Pasillo de la Salud Perdida lo saben por propia experiencia. Nada como la Seguridad Social para sentirnos arropados, tranquilos, seguros y vivos. Nada como saber que tenemos siempre un lugar al que ir y en donde nos tratarán lo mejor que sepan o quieran (espero que bien) y en el que podremos recuperar la Salud sin preocupaciones tan importantes como el coste económico, pues las pérdidas personales y familiares ya vienen de gratis con la Enfermedad.

Por eso debemos seguir luchando. No por ideologías pasadas de moda. La única razón importante es el Hombre y todo lo que eso conlleva. Ni la religión, ni la política, ni siquiera las opiniones egóicas importan algo. El Humanismo despertó en el Renacimiento de un sueño se siglos. Dos guerras mundiales, miles de conflictos bélicos después, hay un tímido repunte de esa finalidad pura de la Humanidad. Eso es lo que hay que defender. Sea en Lisboa, en París, en Madrid o en Seúl, en plena libertad, sin ideologías, sin aspiraciones personales, sin sueños de grandeza. Porque atañe al hombre como individuo y como Humanidad.

Aquella tarde/ That Afternoon.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

12120225_1688709504679291_1387368486_nAquella tarde era domingo. Llovía a medias y a medias hacía sol. Ese sol que cae lento entre las nubes tan propias de octubre. Y casi todo estaba cerrado.

La ciudad mojada, sus calles de piedra, el repiqueteo de las gotas en el suelo y en los bajantes, y algunos paraguas abiertos que protegen del orballo y también a veces de las miradas y de los juicios.

La ciudad es dorada en otoño, con un toque cálido y húmedo, las aceras con tropezones de terrazas a medio cerrar, algunas coquetas mostrando la calefacción o las mantas rollizas y rojas, como el abrazo de un corazón. Y caminando entre ellas aquella tarde íbamos tú y yo.

Era domingo, y el tiempo pasa lento en domingo. El atardecer cansado y la luna traviesa con ganas de alzarse enorme en la oblea del cielo. Algunos niños correteando, despreocupados de la lluvia menuda, con sus padres despreocupados y quizá algo arrepentidos de haberlos tenido. A todos nos pasa alguna vez. El río cerca, con su susurro insomne y su andar pegajoso y algo gris. Y en aquella tarde tú y yo caminando juntos, bajo un paraguas enorme, de la mano con las manos escondidas y una sonrisa tonta en la cara amplia y feliz.

Aquella tarde nos besamos. Lo recuerdo porque las hojas caían pendulares a nuestros pies. Y el río era un arrullo que llenaba nuestras bocas. Y el puente, uniéndonos como los labios, como las manos, como las intenciones.

Aquella tarde todo se llenó de luz. Las farolas se encendieron sin duda, y las bombillas de las embarcaciones cercanas. Y las estrellas una a una, ciertamente. Pero fuimos nosotros quienes prendimos el amor aquella tarde, quienes jamás nos arrepentimos de cogernos de la mano y de besarnos largo y tendido, con toda la ovación del otoño, y sellamos una promesa que cambia cada año, como las estaciones.

Son sólo instantes, son matices, no somos más que guijarros rodando hasta el mar, y sin embargo… Aquella tarde tú y yo fuimos eternos. El único café abierto, y los asientos mullidos llenos de hojas secas, y la paz de las miradas y el abrazo de las sonrisas de corazón.

Sólo son pequeñeces, palabras no dichas, caricias que se dan y quedan grabadas por siempre en la frontera de la piel. Aquella tarde sonreías con la boca abierta repleta de mis besos, y yo flotaba, lo sé, sobre el río, sobre la tierra; bailábamos el vals de las hojas ocres, y en el azul profundo de la noche que llegaba, nuestro amor nacía arropado por el viento, la lluvia fina y la eternidad.

Nada es para siempre. Pero esa tarde de oro vive entre nosotros, está junto a ti y junto a mí, cada día que pasa, cada estación, cada otoño que desnuda a los árboles y viste a los adoquines con un disfraz vegetal, con su fresquito de arrullo y su caricia de terciopelo; nada es para siempre, salvo quizá nuestro recuerdo y nuestro calor.

Aquella tarde, aquel otoño, aquel amor… Y tu rostro por siempre joven y tu corazón por siempre en mis manos y mi entrega y mi deseo y mi eterno sí…

Aquella tarde, aquel otoño, aquel momento suspendido, aquellos tú y yo…

Eres tú/ It is You.

El mar interior/ The sea inside

12120378_1635690316708904_278183429_nPaseo por el salón. El parquet se queja un poco. Y dejo rastros de pétalos a mi paso. Sí, no, sí, no.

En el tercero C te has mudado. No hace ni una semana. Nos hemos visto varias veces. En el rellano de la escalera y esperando un poco más al ascensor. Una sonrisa cómplice, un mira-cómo-tarda y cabezas asintiendo. Y después tocaste a mi puerta porque no sabías a quién llamar: algún problema con la luz. Eres nuevo en la ciudad, en el país. Y sonríes como si no pasara nada. Y que sol en tu mirada.

Y paseo por el salón con una copa en la mano. Debo llevar casi una botella de tinto. Un sorbo y otro más. Y otra vuelta por el salón, gastando el suelo, manchando la alfombra de vino y de pétalos.

Eres tú. Sin duda.

Afuera llega el otoño y todo es color de oro y cobre. Y las hojas caen con un vals que me gustaría bailar contigo. La cintura justa, la espalda recta, cierto movimiento torpe de los pies. Y la sonrisa de sol. Y esa mirada azul de extranjero sorprendido. Por mí, claro. O eso espero.

Estoy pensando invitarte a tomar algo. Que te sientas cómodo en esta casa llena de libros que ya nadie lee. Que me gusta presumir de cultura general. Y hablar con epítetos y metempsicosis; palabrotas grandes que van contigo, con ese aire despistado de hombre de letras, y esa camisa entreabierta y el pecho a medio ver.

Eres tú. Lo sé.

Y deshojo esta margarita para que me prediga el futuro. Esas gafas doradas, es pelo revuelto, esa sonrisa imperfecta. Y ese aroma nuevo. Eres tú, seguro. Que me impide dormir, que me hace soñar despierto, y que me induce a pensar una y otra vez todas las maneras posibles, sin parecer un acosador desesperado, de encontrarnos casualmente. Ya he agotado las oportunidades del ascensor y de las escaleras, y en el portal, a fuerza de tropiezos, ya sabes el truco de la llave en la cerradura. Quise llevarte una tarta casera, pero resulta que eres alérgico al gluten y claro, la harina así no te va bien. Me tuve que comer toda aquella trata de hojaldre de manzana, con empacho y dos kilos de más. Y hasta que no di con una receta de galletas no paré; las hice y casi se me quema el horno, que no controlo yo estas harinas procesadas. Y el humo casi alarma a los bomberos y menudo escándalo monté para libertar solo una, que te ganaste por haber sido mi salvador: llamaste al 112 y vi el cielo abierto. No todo el mundo sabe el teléfono de los problemas domésticos.

Eres tú. Lo sé. La margarita me lo acaba de decir, y ahora la veo despelucada entre mis manos. Y parece mi corazón que late alocado por ti, el vecino nuevo del tercero C, con mirada traviesa y algo perdida, recién llegado con el otoño, con ojos de cielo y caminar de bronce. Y si pudiera cantar, la de serenatas que te hubiera llevado; pero mi desvarío tiene algo de freno, al menos. Y sin embargo…

¿Una fiesta? ¿Una reunión improvisada? Amigos precisos, investigación hecha, el mejor vino, los dulces sin gluten y hasta comida koscher, que me pareces medio judío on esa nariz aguileña y esa mirada perdida a veces. A mí me da lo mismo, que de católico a ateo a ortodoxo o cirílico casi no hay paso, y sería como una vuelta al origen de la felicidad si me abrieras los brazos enormes.

Eres tú. La margarita me la ha dicho y mi corazón no hace más que brincar dentro del pecho. Se me llena la boca diciendo tu nombre, que descubrí apenas ayer. Y a tu semblante perfecto puedo añadirle un nombre y hasta melódico suena de tan extraño. Va a ser ahora que eres irlandés y no judío, y el idioma gaélico se te enreda entre las vocales latinas, y todo el embrujo sea sólo ese…

Da igual. Eres tú.

Oigo el sonido de unas llaves, y sé que estás pasando justo por el pasillo de mi puerta, alisándote el pelo revuelto por las borrascas otoñales. Y doy un salto de gimnasta entrenado y casi me estrello contra el suelo. Puedo alcanzar el pomo de la puerta y en un impulso se me sale un grito al abrirla de golpe.

Y te asusto. Y sonríes. Y me dices una parrafada que no entiendo porque estoy demasiado ocupado ordenando las ideas en la cabeza y dándome cuenta que llevo una camiseta horrible, ajustada eso así, pero llena de manchas de lejía, y el pelo hecho un lío cósmico, como mi corazón, que se me sale de la boca cuando te veo.

Pero sonríes y parece que te da igual. Con la mirada sorprendida cabeceas señalándome tu portal. Vas de bolsas llenas de comida hasta la coronilla. Y yo hecho un cisco. Pero no puedo dejarte así. Y salgo. Y te libero de mucha carga, que se nota el gimnasio (creo). Y oímos un estruendo enorme: mi puerta se ha cerrado por la corriente de aire con un terremoto que amenaza con no abrir jamás sus goznes. Y puede que tenga razón.

Te acompaño hasta la puerta. Abres, me sonríes de nuevo, me coges las bolsas y balbuceas en ese idioma extraño cuatro cosas y yo pongo cara de tonto. Y me dejas allí, en el dintel, casi harapiento, con lo brazos cansados de cargar veinte bolsas del súper y más solo que la una. Pero no importa. Eres tú, lo sé. Porque todo me ha parecido un sueño: caminando entre nubes, oyendo el arrullo de un río en tu boca, y viendo el cielo estrellado en esos ojos azul mar. Y todo es una maravilla.

Eres tú, lo sé.

Pero cuando llego a mi puerta me doy cuenta que estoy atrapado: las llaves han quedado dentro y no cargo copias fuera. Y menuda faena. Adentro ha quedado el vino y la margarita despelucada, y los cientos de libros por aparentar, y mi billetera. Y mi móvil.

Eres tú, lo sé.

Pero menuda gracia el cerrajero cuando llegue y tenga que pagarle la minuta.

Como no resuelva este problema que eres tú me voy a arruinar. Y tendré que mudarme lejos de ti.

En fin. Puede que todo esto sea el preludio de la felicidad.

¿O no?

Miguel Blanco González: In Memoriam.

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S15D1003Llegaba con su voz grave, sus ojos melancólicos y risueños y la actitud enorme de quien está dispuesto a ayudar. Así es Miguel Blanco, neurólogo del Complejo Hospitalario de Santiago de Compostela (CHUS), donde yo también trabajo.

Nos conocemos desde el año 2003 e incluso desde antes, en la facultad de Medicina. Pero desde ese año, cuando viene al CHUS a trabajar como adjunto de Neurología, es cuando nuestra relación se estrecha. No sé, quizá nos reconocimos en la forma de trabajar, sin duda en la actitud de Servicio y en las ganas de hacerlo todo lo mejor posible, no siguiendo una línea perfeccionista (que lo era), si no más bien en hacer lo mejor en pro de un paciente.

Charlábamos por las noches, cuando los caos que atendía cruzaban nuestros caminos; en realidad, trabajamos mucho juntos, pues nuestras especialidades tienen puntos en común y nos dependemos mutuamente. No había caso difícil al que me negara a echarle una mano; jamás me dijo, por más ocupado que estuviese (y era un hombre ocupadísimo) que no pudiera hacer lo propio. Su compromiso era su palabra, y también su fama: no sé si hay algo que no supiera hacer bien; para mí, Miguel ha sido, quizá, uno de los diez mejores profesionales contemporáneos con los que he tenido la fortuna y el inmenso privilegio de aprender día a día en esta profesión.

Su claridad de ideas, su saber, están tamizados por su sentido común, lo que yo más admiro en una persona, y sus sonrisa casi a la par de su inteligencia, y esa inmensa calma con la que parece atajarlo todo, hacía que abusáramos de él más de lo que él pensara posible.

Miguel y yo, cuando coincidimos, hablamos de todo: el paciente primero, claro; pero entre medias, de lo divino y lo humano, y tejimos un par de ideas, de sueños que rápidamente él quiso materializar, pero que loas vaivenes de las jefaturas y las administraciones detuvieron durante mucho tiempo. Pero como no ha sido nunca un hombre que se amilane, con ese positivismo que lo caracteriza, hace un par de semanas volvió a tratar esos temas conmigo, y volvimos con nuevas energías a la búsqueda de esos sueños: ni la muerte detendrá unas ideas que se impondrán finalmente en la práctica hospitalaria del CHUS, estoy seguro. Quizá no como las hubimos planeado entre los dos, pero lo harán, y en eso tanto él como yo (como en casi todas las cosas, por lo demás) también estamos de acuerdo.

Yo confíe en él para que evaluara a mi madre cuando tuvo un ictus: su amabilidad natural se multiplicaba en la atención al paciente. Su galanura (¡qué guapo eres, Miguel!) hizo que mi madre se lo dijese en plena exploración neurológica. Se sonrojó hasta las pestañas, y se dedicó a hacer un doppler transcraneal como si el piropo, nacido de la admiración y del agradecimiento, no fuese con él. Aún así, desde aquel día, mi madre, que no es mujer del montón, decía a quien quisiese que él era su neurólogo y lo recomendaba con una fe inquebrantable y pura.

Me gusta llamarlo y charlar de naderías, de la evolución de los residentes, de todo lo que podemos hacer para lograr que el CHUS sea más armónico, más amable, más acorde con los tiempos que corren. Llamaba para recibir consejo sobre algún paciente y venía a darlos, a la hora que fuese, si se lo pedíamos. Miguel, todo amabilidad y bonhomía, hizo más amable la Neurología, y formó un equipo que sigue unas pautas (por lo demás sencillas, pero difíciles de alcanzar) de saber hacer, de querer hacer y de solicitud casi como un autorretrato.

Hay estrellas que merecen estar en el cielo. Miguel Blanco González es una de ellas. No es sencillo resumir una vida, la de cualquiera. Si Miguel llamaba yo acudía sin preguntarle qué quería; si lo llamaba, él me atendía por más inocente que fuese mi petición. Él estaba para servir y para evolucionar y para hacer del mundo un lugar mejor. Y así lo ha hecho. Hay estrellas de brillo singular que, aún entre nosotros, refulgen como soles. El verdadero lugar de Miguel Blanco González está allá, en las galaxias, entre el cielo y ese espacio sin enfermedades ni penas, sin rencores ni pulsiones que llamamos Universo, y que no es más que el tejido latiente de un corazón: el suyo, y el de su estupenda familia que ayer ha quedado sin él.

Te he admirado siempre, Miguel. Eres uno de esos ejemplos que me gustaría ser y sé que no alcanzaré nunca. Y tú lo sabes. Como comprendías que hacemos un buen equipo, aquí o allá, juntos o separados. Ahora sabes más; siempre has sabido más que yo. Y eso me sigue admirando. Tu delicadeza, tu inteligencia, tu disposición, tu bonhomía. Qué pocos hombres hay como tú, Miguel, y qué gusto ha sido compartir estos años profesionales contigo, esos planes, esos momentos, por siempre breves, en tu compañía. El mundo ha sido un lugar mejor porque tú has habitado en él; mi mundo nunca será el mismo porque en él estarás tú por siempre.

Gracias, Miguel, por tanto, y por nada.

Si tú no bailas conmigo/ If You Don’t Dance With Me.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

11909290_513402365495967_1941512709_nTodo está listo. Las mesas llenas de rosas, las velas encendidas, el mar de gente arrebujada, colorada y adormecida por la comida y el champán. Se oyen risas y esa conversación tímida de murmullos y algunos gritos ahogados. La música comienza a sonar.

Las parejas se levantan. Algunas van de la mano, otras simplemente se miran y salen a bailar. La orquesta toca canciones de amor. Suave, pegajoso, rico para bailar. Los cuerpos se unen y se separan con cadencias de caricia y el aire parece que se agita y se eleva, y hasta las estrellas se dejan ver por el techo acristalado.

Tú y yo estamos juntos, sentados. Nuestras piernas se rozan al ritmo del baile. Siguiendo los sones, nuestras rodillas se unen y se separan, y nuestras manos debajo de la mesa. Somos como ellos pero somos diferentes. Bailamos con nuestras manos, con nuestras rodillas debajo de la mesa, a escondidas, como si fuera un error. Pero yo sé que no somos así. Y tú también. Pertenecemos a esa raza de gentes que vive todo en un escándalo, todo una fosforescencia que acaba por aburrir, a la que se le niega cualquier derecho o se le mira de reojo; la excepción, no la regla. Y nos apetece bailar así, juntos y despegados, sintiendo el calor de las mejillas, el lento planeo de una gota de sudor y la risa ahogada de la complicidad.

Notar tu cintura firme entre mis brazos, la anchura de tu espalda que es un mundo nuevo, el aroma de las gardenias mezclado con la cera de las velas, y el brillo de tus ojos así, cerquita de los míos, que estallan de tanto amor y orgullo y gustazo de tenerte conmigo. Notar el tacto de tu pecho abierto y de tus labios en los míos, arrullados por la música que suena, tan lenta y tan dulce, los dedos liberando botones para que transpire el amor, y los brazos alzados, las piernas tensas entre piruetas y giros, y la sonrisa alada, y el corazón retumbando de puro gozo.

Me apetece bailar. Quisiera que todos en esta fiesta, que se recogen en la normalidad de una vida gris, supiesen que tú y yo estamos juntos. Que esa tu boca besa la mía, que esos tus brazos rodean mi espalda, que esas tus piernas me atrapan cada mañana esperando a que me quede un ratito más antes de ir a trabajar.

Me apetece tomarte de la mano y llevarte al centro de la pista, donde el aire es límpido y las estrellas brillan y la música retumba como un corazón latiendo, y besarte lento, suave, y tomarte entre mis brazos y notar la fuerza de tu cuerpo único y la ligereza de tus pies que se hacen leves al bailar. Quisiera que todos esos que viven como si la vida fuera de otro supieran que, entre los excesos y los silencios, el amor anida en todos los mundos y que tú y yo hemos fundado un planeta que desea ser libre, una idea de amor que de tan normal puede parecer única, de tan habitual no llame jamás la atención.

– ¿Bailamos?

Me dices.

Tus ojos brillan. Y los míos sonríen. Eres travieso. Y adoro tus travesuras. Y esa boca entreabierta, y ese pecho enorme entre la camisa y la chaqueta. Y nuestras manos unidas, y el roce de las rodillas, y ese balanceo suave de tu cadera en la mía.

– Si tú no bailas conmigo, prefiero no bailar.

Como la noche, me quedo en vilo. Y tu voz es un sol lleno de estrellas y las gardenias abren sus pétalos hasta hacerse horizontes blancos.

– Sin ti, no estaría aquí. Aquí. Y quiero bailar, sí. Contigo.

Y nuestros dedos entrelazados se liberan de su escondite. Y nuestras piernas se llenan de energía y nuestros corazones laten a la vez. Sonreímos. Hombro con hombro nos encaminamos al centro  de la pista; con el bamboleo sensual de la música, y bajo las estrellas, nos miramos. Y no decimos nada. Y sonreímos. Y cerramos los ojos. Y nuestros labios se encuentran en el vacío. Y la música sigue su ritmo y nuestros cuerpos se bambolean con ese sonido de marea y arena. Y no nos importa nadie, pues nuestro mundo es inmune al qué dirán.

Y bailamos. Una y otra vez. En la noche eterna tú y yo. Y como única compañía, la música alada y las estrellas.

Muchas historias de amor/ Many Love Songs.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

11909368_1622836367968515_1114160158_n¿Cuántas historias de amor habrá? Por cada persona una y miles; por cada siglo, millones quizá. Desde que el mundo es mundo gira en torno al amor. Lo que perdemos o ganamos, lo que nos hace sentir: el miedo atroz al abandono, la inmensa alegría de lo novedoso, la plenitud única de sentirnos vivos.

¿Cuántas hostiras de amor se habrán escrito y se habrán cantado? Incontables. Como los corazones anhelantes y heridos, como los despreciados y queridos.

¿Cuántas palabras no se habrán dicho, cuántas frases no se habrán compuesto, poemas y canciones, novelas y epigramas? El corazón late y enloquece al pensamiento, lo marea y le da la vuelta, lo inflama y lo seduce, y las palabras brotan como los sentimientos y los sentidos se abren y se hinchan de gracias y perpetuidad, de para siempre y hasta nunca, de saberes y de olvidos.

Mi historia contigo es única. Porque es nuestra. Y todo lo que tengo tiene ahora tu nombre. Cada latido, cada inspiración para llenarme de ti; cada pestañeo que te retrata, cada trago que te saborea. Ni miles de siglos de sentimientos acumulados se parecen en nada a lo que tú enciendes en mí, y también lo que atemperas y diluyes. Cada palabra de amor, de una historia de amor, es sólo entre tú y yo; cada susurro, cada caricia: la mañana que se enciende, la noche que llega, el rumor del sueño entre suspiros, y el vértigo del placer y de la nada. Porque tú eres único para mí.

Ninguna historia de amor, de las muchas que hay, se parece a la nuestra, porque tú la inspiras, tú le das forma. En el centro de mi pecho y en mi garganta, que se aturrulla de sonidos, que se atraganta de besos para darte; y en mi cabeza, que se ennegrece cuando estás lejos, que brilla inhumana cuando me acaricias.

De las muchas historias de amor, la nuestra destaca por encima de todas: tú eres el centro de mi universo; los límites también, su culmen y su nadir. Para mí no hay mayor abismo que tú cuando discutimos, ni puerto más tranquilo cuando llego, cansado, a tus brazos. El mundo deja de ser mundo a tu lado, y un mundo que es nuestro mundo nace de cada beso, de cada abrazo, de cada sonrisa y cada lágrima; pues lloro cuando nos queremos de cerca y suspiro, intranquilo, cuando te marchas.

Hay muchas historias de amor, y nunca nos cansamos de oírlas, de verlas, de leerlas. Hay muchas palabras enredadas en sentimientos, y muchos sentidos encontrados y enfrentados. Pero ninguna como la nuestra, que se apresura a juntarlas todas y alambicarlas en los tejidos del corazón, para nacer, renovadas, en cada gesto y en cada susurro. Nada hay viejo en nuestro abrazo; nada es viejo en nuestro amor.

¿Cuántas historias de amor habrá? No me importa saberlo, porque todas se resumen en ti. Y en lo que me haces sentir y en lo que nos hacemos vivir, y en lo que está por quedar, en las arrugas de las sábanas, en el resto de los desayunos, en los besos que, hasta cansados, nos damos.

Nunca antes había sentido esto… Esto que me alborota los pensares, que me derrite y me deshace, que me hace frágil y fuerte, de cristal tallado por tus caricias, y de acero noble por tus besos. Nunca antes me había sentido así… Y, de las muchas historias de amor, amor, sólo escojo la más hermosa, la más imperfecta, y la única que en realidad importa: la tuya de amor conmigo; la mía de amor, amor, contigo.

Qué felicidad.

Vida.

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

10261113_673640542672354_595072481_n Cuando un paciente fallece en la UCI es necesario que cerremos su historia clínica. Es parte de nuestro trabajo y nuestra responsabilidad, el último servicio que prestamos a un enfermo.

En general, es una labor un tanto ardua y habitualmente dejamos los sobres de las historias clínicas en papel en una estantería donde se van guardando hasta que se cierran. Cuando mi padre falleció en la UCI el año pasado sus tres grandes sobres permanecieron en la estantería, como el de cualquier enfermo más, durante un tiempo.

Cuando pasaba a revisar aquellas historias que me tocaba cerrar, tropezaba con ellos y me quedaba unos minutos mirándolos. Los acariciaba con los dedos, recordando cada uno de los días que él pasó ingresado, cada instante de nerviosismo y de alegría, de risa y de miedos y de llanto. No me animaba a abrir aquellos sobres cuyo contenido conocía tan bien, y verlos allí era un recuerdo constante de su paso por mi vida.

En todo este tiempo que ha pasado, tiempos de ajuste y de cambios, a veces me quedo en silencio cuando paso por el cubículo quince, donde estuvo aquellos largos ocho meses. No tenía que hablarle. Él me veía desde allí ir de un lado a otro, y con su buen ojo, sabía que estaba cerca. A veces me sonreía y yo le devolvía a sonrisa; y a veces, yo me lo quedaba mirando en la distancia, sabiendo que su progresión era mínima y que no saldría de allí. No se lo decía, pues nadie he conocido tan vital pese a su larga vida de enfermo, así que cargaba con esa certeza callada durante todo el tiempo necesario hasta que se hizo claro a mi madre y hermano que él no viviría más.

Me quedo callado cerca de esas puertas mientras mi memoria recrea todas esas mañanas, esas tardes, esas noches que pasamos juntos, y que él pasó junto a todo el equipo de UCI que se entregó como nadie a su cuidado. A veces alguien cae en la cuenta y me dice cualquier cosa o me da una palmada en la espalda, y ese momento congelado pasa y todo vuelve a la normalidad.

Ayer por fin decidí abrir el informe del cierre de historia de mi padre. Allí estaba resumida su vida hospitalaria, su vida de enfermedades variadas, y sus ocho meses de ingreso. Escrito con una concreción y un respeto casi único por uno de los médicos a los que tenía en más respeto y con quien conversaba, en las noches de insomnio, sobre la vida en América y el día a día. Ese compañero, en un regalo final, nos añadió a todos y cada uno de los médicos que lo atendieron alguna vez, en representación de todo el equipo de enfermería, auxiliares y celadores que se dedicaron con tanto cariño a él. Y escribió mi nombre en la última línea. Mi nombre, como responsable también de su cuidado, como deudor de su vida, como cuidador e hijo.

La Vida que nos da esas sorpresas, que nos sacude y nos da la vuelta y nos hace sonreír y llorar y temer y pensar. Todos los errores que cometí, todas las acciones imperfectas, las impaciencias que tuve, las irrupciones sin sentido, los accesos de ira por no ser entendido, el agobio de ser el único en mi familia que sabía, que conocía cuál iba a ser el fin de toda aquella lucha sin sentido, pero que tenía que ser llevada a cabo, como cada una de las facetas de la Vida, solo como nunca, no sé si comprendido, pero amparado por todos y tan cansado…

La Vida que nos deja solos, que nos obliga a aceptar cargas cuyo peso tambalea nuestros hombros, que nos arroja a abismos de los cuales pensamos no poder salir; que nos hace sentir culpables y a veces merecedores de elogios y de alegrías. La Vida que se regala generosa y ciega, pero que siempre cobra un tributo, un peaje. Todavía lo estoy pagando. Cada uno de nosotros lo está haciendo a su manera.

Tengo una copia de ese informe. Y cada página es un retrato de cada momento que pasamos juntos. Mientras estuvo sedado; sus infecciones; las veces que, paciente, toleró pinchazos y manipulaciones; su desagrado a ser tratado como un mueble, su posterior capitulación a ser bañado, levantado y sentado y acostado, embadurnado de crema, y a ser alimentado y cuidado. A hablar a través de una cánula de traqueotomía y a respirar a través de una máquina.

Oh, la Vida que me ha regalado momentos increíbles y cuyos ocho meses más duros no han quedado todavía atrás.

No fui valiente ni justo ni ecuánime. Con nadie. Y menos conmigo mismo. Y la Vida me ha llenado de silencio, que pugna por ser roto y a veces por ser entendido y escrito. Puede que lo consiga, como aquel que escribió ese informe casi perfecto, y que consideró (me consideró) digno de aparecer en él como uno de los cuidadores de ese paciente de la cama quince que era, que fue, que es, mi padre.

Vida…