El árbol: belleza indiscutible.

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9788415979975Hay libros brillantes. Pocos. Son como gemas raras, que se dejan caer a lo largo del gran año (parafraseando a Shakespeare) por eso las apreciamos mucho y las echamos de menos conforme pasan los días. El árbol, de John Fowles, es uno de ellos.

Siempre ha habido literatura de consumo, o lo que en cada presente se considera como tal (Don Juan Tenorio, como muchas otras obras de Zorrilla, se consideraba como tal en su tiempo, por ejemplo). Literatura que se publica y que se vende, de allí su importancia; hacen que el mercado se mueva, se enriquezca de una forma quizá punitiva para expresiones más arriesgadas o que vayan a contracorriente, pero necesarias para que continúe la sed por la lectura y su comprensión. Pues sólo leyendo se logra apreciar la belleza de las palabras escritas (que por ese eco de las cosas, ayuda a apreciar la belleza de la palabra hablada y de la compresión entre los seres humanos) y, con el tiempo, se sopesa entre lo efímero y lo eterno con poco margen de error.

Si por encima la edición del volumen a leer agrega su peso de belleza al texto escrito, la maravilla se hace total. Gracias a Editorial Impedimenta llega hasta nosotros esta pequeña obra maestra del ensayo, de los sentimientos, como es El árbol.

Mi conocimiento de la literatura anglosajona es más bien escaso (por lo demás, como casi toda mi cultura general, está basado en las filtraciones que mi gusto hace sobre las cosas del mundo); tal vez como reacción a su supremacía cultural, o, mejor dicho, a la sobreproducción que procede de un mundo con menos miedo, o con más ánimo de riesgo, por apostar por la cultura, cualquiera sea la expresión que adquiera la misma. De todas formas, lo dicho, sabía de John Fowles por La mujer del teniente francés, uno de los pocos casos que el cine me ha llevado a la literatura (La edad de la inocencia, Maurice o Las horas son otros ejemplos, casualmente -¿o no?- todos de origen anglosajón), y poco más, hasta tropezar con El árbol, una pequeña obra maestra del pensamiento, es decir de la poesía de las palabras hilvanadas con una precisión casi métrica y llena de una sinceridad indescriptible.

Toda la belleza de la Naturaleza, su defensa, sus aspiraciones y sus inspiraciones están dentro de El árbol. Como símbolo de lo bello, pero también de lo perdurable y de lo que hay en nuestro interior de sagrado, de ignoto, de salvaje. La contraposición que hace John Fowles entre la mentalidad cartesiana, que nos ha llevado a desgranar el mundo en pequeños fragmentos sin posible interrelación, con la observación juiciosa de su vida (y la de quienes le rodean, sobre todo su progenitor, cuyo peso específico se encuentra en la primera parte del relato) que le revela lo contrario, la eterna unión de todo lo vivo, hombres incluidos, está desgranada de manera virtuosa: llena de detalles, pero también de poesía, de cabezonería también y de elegancia. El alegato de John Fowles demuestra no sólo la madurez de un alma noble, si no que extiende esa bonhomía a todos los seres humanos, incluso a sus excepciones, que las hay, como en toda obra de la Naturaleza.

Emparentado con la filosofía que también describe en sus obras Thomas Moore, una cierta reverencia a lo oculto, a lo que desconocemos; una cierta reticencia a no dejarse atrapar por las garras de la estadística, El árbol es un alegato a la Naturaleza, a la belleza de la vida, y una profunda reflexión personal, tan sincera y delicada, tan dulce y a la vez recia, que deja un aroma insistente, como el perfume permanece entrelazado en la piel, tiempo después de su lectura.

Una pequeña obra maestra, una prosa libre, poética y sin embargo profunda y ligera, El árbol es un libro de una belleza indiscutible.

El cielo en movimiento: pongamos que hablo de Madrid.

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Joaquín Sabina. Pongamos que hablo de Madrid.

El cielo en movimiento es la nueva propuesta de  Editorial Dos Bigotes. Me gusta que cada vez haya más hueco para editoriales pequeñas que desean y consiguen editar libros bellos, llenos de sentimiento y gusto por la lectura. Cierto que el mercado para posibles autores sigue siendo, si cabe, aún más restrictivo, pero estas editoriales inyectan oxígeno, originalidad y belleza al mundo de la la tinta y el papel.

 El cielo en movimiento quiere servir de retrato de Madrid. Una ciudad que, entre sus páginas, parece despertar de un largo reposo escocida, quizá algo amarga, rabiosa y excluyente. Desde la década de 1980 hasta la actualidad, dibuja una ciudad desbordante y desbordada, locuaz, zalamera, abierta, valiente y enfermiza, vitalista, llena de contrastes y siempre, siempre fascinante.

En treinta narraciones de los más variopintos autores, desde el que fuera alcalde de la ciudad don Enrique Tierno Galván hasta Iñaki Echarte Vidarte; desde Luis Cremades a Fernando J. López; desde Luis Eduardo Aute a Pedro Almodóvar, desde Leopoldo Alas hasta José Luis Serrano, todas las miradas de Madrid hacia Madrid derivan de un mismo polo, de un mismo hilo conductor: de la ciudad de Tierno Galván a la de Manuela Carmena, por donde respiraron también Álvarez del Manzano, Esperanza Aguirre, Ruíz Gallardón y Ana Botella (quizá la que más heridas produjo a ese corazón multicolor que se mueve en el cielo de Madrid), el cambio político parecer traer una especie de renacer, de despertar de un cierto estado de coma, no muy real, que muchos de estos autores describen, entre rabia mal contenida y quizá un poco de desazón innecesaria y que hacen que se resienta un poco la lectura de textos poderosos, llenos de una melancolía difícil de obviar y, también, de una clarividencia desarmante. Ni es posible que el espíritu de una ciudad que es pura apertura pese a todo, haya quedado entumecida con el paso del tiempo, ni que el paso del tiempo no deje huellas no tanto en la vida de la ciudad, si no en todos aquellos que la sueñan, con tanto amor y fruición a la vez.

Madrid deseada y admirada, odiada hasta la náusea pero siempre presente, como ese amor único que nos hiere pero nos da la vida, ese nido donde se nace, se pace, se goza y se olvida, un mundo dentro de un barrio, un barrio que es un mundo, una mente que piensa, una boca que besa y un corazón que late. Todo esto es El cielo en movimiento.

Versos, prosa, cómics, muchas de las expresiones gráficas conforman este precioso libro de Dos Bigotes. La edición está hecha con mimo, lo mismo que los textos y las imágenes editadas. Como un poemario o las hojas de un diario, sus autores nos abren el cofre de sus recuerdos, a veces su propio corazón, su historia, sus temores y sus rencores, sin dejarse nada en el tintero, vaciándose de sangre y tinta entremezclados.

El Madrid de El cielo en movimiento es el de la Movida, pero también el de los tiempos del Sida, el de la represión franquista y las desigualdades. El Madrid de El cielo en movimiento es el de los descubrimientos, las libertades, los encuentros y los desengaños; la droga, la prostitución, los amaneceres y los ocasos, el asfalto, la alegría, la duda, la tristeza y la melancolía. Todo eso es Madrid, no importa el barrio, no importa el género, no importa el origen ni el destino de cada reivindicación, de cada vida. Bajo el cielo de Madrid todos los colores se dan cita, todos los destinos, todos los gustos y los disgustos, el calor arrebatador y el frío congelante, la primavera gozosa y el otoño fugaz. El cielo en movimiento es un canto a lo diverso, a la rabia, al desengaño, pero por encima de todo, al amor, a la vida en la ciudad más cosmopolita de Europa, es decir del mundo: Berlín es maravillosa, Londres prestidigitadora, París muy chic, Tokio quizá demasiado excéntrica, Nueva York un volcán, lo que quieran. Pero ninguna ha sido ni será tan rabiosamente libre como Madrid, tan deseada y desdeñada y si embargo tan bella y tan chula, con ese cielo velazqueño, con esos palacios hechos para impresionar; su Gran Vía, arteria eterna siempre en movimiento; su Retiro inmenso, su Paseo del Prado, su Plaza Mayor y su Palacio de Oriente, su río perezoso, las verdes calles que se doran en otoño, y la inmensa masa humana que la habita, que la hace única, absorbente, envolvente y mágica.

Por todo esto, en el caleidoscopio de El cielo en movimiento, las palabras que resuenan en el bando de don Enrique Tierno Galván laten como el corazón de Madrid. Alberto Marcos nos retrata la eclosión de la Movida, y el valor de la que fuera quizá su primer víctima. Luis Cremades, con su prosa fluida y su experiencia única, analiza lo que este libro encierra: la evolución de una ciudad y de los sentidos y sentimientos de los habitantes de la misma, las expectativas no todas cumplidas, y las heridas que van quedando tras ellas. Paco Tomás nos describe el Madrid más actual, y nos demuestra que los usos, las costumbres, los gustos y la educación cambian de estilo pero nunca de corazón; todo puede gustar y en el fondo todo es despreciable. Fernando J. López retrata, en su guión, quizá una de las historias más dulces del compendio, mientras que Iñaki Echarte Vidarte abre su corazón de poeta para derramar, sin pudor alguno, el cuerpo de su alma al desnudo, su búsqueda infinita, su eterno deambular. Todos son una faceta de Madrid, ciudad poliédrica, ciudad por siempre libre, ciudad que ha sido para todos un trocito de música, un trocito de cielo. De cielo en movimiento. Leopoldo Alas (ya Luis Cremades se encargó de que le descubriera con gusto) despliega una vis cómica llena de ironía y autoparodia tan sana y que quizá la falte a muchos otros cuyas líneas se leen algo envaradas y demasiado comprometidas en un presente donde las ideologías sólo se resumen en el Hombre; José Luis Serrano hunde su pluma en la melancolía del tiempo ido, ese que nos hace recordar lo que quizá no fue así, o que no fue lo que una vez quisimos que fuese. Y Ana Curra, Carla Berrocal, Ariadna G. García y Alicia Ramos aportan, con un punto reivindicativo, el mundo femenino, el toque de lo que acoge, de lo que sostiene, lo que alimenta: las arterias de Madrid, las lágrimas, los fluidos y la carne que se expone (y es expuesta) a la intemperie.

El cielo en movimiento es esa evolución generacional, ese trasvase de tiempo que vivimos en general apenas sin notarlo hasta que nos vemos en el reflejo de un espejo en una calle cualquiera, en el baño de un bar o en el armario de un cuarto sin nombre.

 El cielo en movimiento: pongamos que hablamos de Madrid.

 

Baño de realidad.

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Que el mundo es aquello donde nuestra atención se fija no es novedad. Aún más, podemos afirmar sin atisbo de equivocación, que así es la vida: rayos centralizados en nosotros mismos que, de vez en cuando y fruto más de la casualidad o del roce que del rapport hacia otro ser humano, consiguen tocar a los demás de forma desinteresada, o al menos con escaso interés egoísta.

No está mal que las cosas sean así. Como el exceso de información, una implicación expansiva en la vida de los demás, dejando de lado nuestros intereses es tan dañino como su contrario, demasiada velocidad centrípeta nos a-isla, nos lleva al distanciamiento, al desapego.

Sin embargo, y más en la actualidad, vivimos períodos de gran inestabilidad emocional. La situación económica, que es más importante que nuestra propia situación como sociedad y como individuos, ha desestructurado vidas, ha deshecho familias muchas veces (cuyos lazos puede que no fuesen tan fuertes después de todo) y nos ha arrojado a un estado de constante insatisfacción y de miedo. Con todo, esto nos lleva, en un camino centrífugo igual de riesgoso, a un exceso de atención exterior, a un constante comportamiento analítico e impositivo de la realidad que nos rodea: una forma particular, pero real, de vivir en el presente. Nos alzamos como los más finos moralistas, dueños de una razón que no excede el límite de nuestras conciencias; somos capaces de opinar, es decir de juzgar y sentenciar, gustos ajenos, opiniones diversas, hasta opciones de vida tan válidas para algunos como incorrectas nos puedan parecer a nosotros.

Estamos en campaña electoral. No me interesan las propuestas partidistas, pues parto de la base que no cumplirán sino aquellas que les queden más a mano; soy consciente que el poder actual (bueno, quizá siempre haya sido así) sólo permite una forma de actuación y cuyas diferencias de expresión se basan más en tonos que en soflamas, en formas de desarrollar las parcelas que el mismo poder nos permite para poder crear un gobierno, una construcción comunal.

Me aburren todos los políticos, todos. Son políticos como los abogados son abogados y los periodistas, periodistas. Ni nos ofrecen más ayudas ni soluciones; todo lo contrario, viven (corriendo el riesgo de generalizar) para cumplir unos fines ideales, es decir, formados en el mundo de las ideas, que suelen darse de cráneo cuando intentan adaptarlas a la realidad, y quizá su brillo resida más que en la calidad de las ideas o de las soflamas, en su capacidad para adaptar las buenas intenciones (porque también las tienen) al presente de la sociedad; en otras palabras, con una repercusión mínima sobre el día a día, pero a la vez tan profunda, que cambios nimios lleven a evoluciones profundas en la psique y en la forma de actuación de la sociedad. Por eso me aburren. Trabajan a saco una vez cada cuatro años (y con la cantidad de elecciones que tenemos en España, digamos que cada dos años están dándolo todo) empleando el mismo discurso, las mismas ideas manidas, los mismos lamentos o ataques.

La expectación generada con los debates se me muestra así pueril; mejor dicho, poco práctica, pues no sacaré nada en claro de esa exposición gratuita de un supuesto ideario que es más plástico de lo que nuestro orgullo nos permite aceptar y del que, por lo demás, ya estamos más que saturados tras vivir años convulsos de incertidumbre y de sequía.

Ayer estuve de guardia. Uno de esos días que deseamos estar mejor en casa que en ningún otro sitio. Al mismo tiempo el debate político estaba servido en bandeja de plata en televisión y en las redes sociales. Nada como seguirlas por Twiter o por Facebook, el ingenio de los espectadores es único, lo mismo que sus afiladas lenguas y sus más que sarcásticos comentarios. Así que a pesar de estar bastante ocupado, pude percibir las reacciones de la gente ante el espectáculo televisivo.

Me apena que sigamos conectados de esa manera a algo que sabemos que está establecido de antemano, reglas de un juego rígido donde los pactos flotan sobre las actitudes, donde las ideas se venden al ejercicio del espectáculo. Algo que no me parece mal, siempre que seamos conscientes de ello. Pero no lo somos.

En contraposición a esa irrealidad tan vívida, esta noche tuve que sedar e intubar a una paciente que vomitaba sangre tras haberla inhalado y llevado a sus pulmones, fruto de una enfermedad hepática heredada de su afición al alcohol; tres pacientes, con distintos grados de lesiones cerebrales múltiples, se contorneaban sobre sí mismos en medio de estados de agitación mental que pocas medicaciones (salvo la sedación completa) pueden detener, y que ponen a prueba la paciencia más profunda, labor que recae en el equipo de enfermería y auxiliería y celaduría más que en la del médico, salvo que esté tan liado con otros pacientes que acabe desbordado por tamaño escándalo. Otro, ahogándose por el acúmulo de agua en sus pulmones que su riñón recién trasplantado no podía achicar; una paciente luchando con una infección y un cáncer que la consume; un abuelo agitado por la falta de alcohol y, por último, una paciente con gran inestabilidad emocional, enganchada a cuanta sustancia psicotrópica hay en el mercado y al alcohol (nada mejor para bajar las pastillas, doctor) que había ingresado por haber ingerido una cantidad bastante generosa de pastillas de todos los colores aderezado con güisqui de mala calidad… ¿Un debate donde se discuten, o más bien se muestran y se disculpan, posiciones y puntos de vista, anunciado a bombo y platillo, me iba a enseñar más de la vida, de la realidad de la vida, que todo ese espectáculo que había ayer en la UCI? No. Y nunca lo hará. Porque el mundo de las ideas, el mundo del papel, que todo lo aguanta y que en esencia es bueno pero etéreo, irreal, jamás podrá concebir ni engendrar realidades si no se pliega al presente, si no se amolda a las necesidades reales de la sociedad a las que van predestinadas.

Y nadie es más que nadie, ni una postura más perfecta que la otra, ni mucho menos más moral o más pura. Ni nadie está por encima ni por debajo: en una cama de hospital todos nos medimos por el mismo rasero, pues el destino de todo nacimiento es morir, a poder ser con los menores sufrimientos posibles. No importa que se viva en una jaula de oro o en una chabola de adobe o bahareque. Siempre, siempre habrá un momento en la vida de todo ser humano en el que se desnude de todo atavío y se dé de bruces con la realidad. Esa realidad que vivo diariamente.

No quiero saber nada de política, porque las cartas están echadas. Sólo ciertos acordes pueden cambiar, alguna nota colorista, algún verso libre, nada más. Cada puesto tiene su peaje, y el poder siempre pasa la misma factura. Así es como yo veo el debate político de ayer, y cualquier otro, manipulaciones que nos llevan a olvidar, con esas cortinas de humo, el verdadero objetivo de nuestra vida: vivir de la mejor forma posible y con el mínimo daño a los demás. Ningún político nos dirá esto, ni ninguna ideología que se ocupe más de sí misma que de lo que le rodea.

Esta mañana temprano, ya recuperada, la paciente del mar de pastillas quería irse, pedía el alta voluntaria. Con esas maneras tan educadas que caracterizan a este tipo de paciente, mezcla de manipuladores e histriones, daba patadas en la cama, levantaba el torso y amenazaba con arrancarse las vías, las sondas, y salir desnuda a la calle. Tras intentar razonar con ella y llegar a un acuerdo, todo pareció aquietarse. Sólo por cinco minutos. Y volvió a empezar: no veo yo diferencia alguna con el mundo del poder político. Ya irritado con su tono grandilocuente de fiera herida, le espeté lo que habíamos acordado y comencé a demostrarle, con pequeños gestos, que estaba dispuesto a cumplir mi palabra: no veo yo diferencia alguna con el mundo del poder político. Salvo una: cuando terminé de exponer mis capitulaciones, ella se me quedó mirando y con una sonrisa maquiavélica gritó:

  • ¡Sácame esta sonda de mi coño ya!

¿Quién quiere discutir por un debate espúreo cuando recibe semejante baño de realidad?

La miré indiferente y no le dije nada más. Llamé aparte a su enfermera y le indiqué las instrucciones pertinentes: se la sedaría durante unos minutos para que ella pudiese trabajar en paz y así, cuando se despertase la enferma, se vería libre de cualquier atadura y podría irse en paz si era de verdad lo que le apetecía.

Veinticuatro horas sin dar tregua y terminar así… Lo siento, demasiada realidad, incluso para mí.

Para recordar/ To Remember.

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Ha sido una revolución. Y como todas las que atañe a la Humanidad, se ha cobrado millones de víctimas. Nada nuevo hay bajo el sol. Pero la infección por el VIH debería recordarnos la verdadera hermandad de los seres humanos: no esa ilusión espiritual, no esa quimera política, si no la primordial, la verídica:  la que tiene que ver con la sangre, el semen, el sexo, la unión de dos personas, la unión de los que una vez estuvieron y los que vendrán en un futuro, aquellos por los que hemos sentido amor o miedo o esperanzas, y aquellos que sólo se transforman en objetos de atracción, de deseo y a veces también, de burla hacia nosotros mismos o de escape.

Somos una cadena. Cada mano que nos toca viene cargada con el peso de lo que ha sido la Humanidad, cada mano que tocamos nos ata a esos millones de personas que vendrán en un futuro.

Eso es el VIH: la llamada d atención, el lazo rojo del recuerdo. La economía, la política, el poder no importan, o nunca importan en lo real (en la sangre, en el semen, en el sexo, en la unión de dos personas) aunque lo entorpezcan, retrasen e intenten detenerlo. Jamás se puede detener a la vida: ni al nacimiento ni a la muerte.

Gracias a la investigación en VIH se han abierto las puertas a tratamientos antes impensables en otras enfermedades. No hay caminos milagrosos, ni plegarias que atemperen la existencia de las Enfermedades. Pero sí las actitudes, los cuidados, las ganas de vivir una vida plena y sana.

Hoy es un día para recordar. No sólo las pérdidas, los malos momentos, la incertidumbre, el error. Si no para celebrar la liberación, la marcha siempre hacia adelante de la Humanidad. Con dolor, con angustia. Pero también con esperanzas.

Si tú te atreves.

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Si tú te atreves. Luis Miguel.

a Cris Montes y a Anita Tef.

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Te veo. Larga la melena peinada en ondas, ojos rasgados, rojos los labios algo entreabiertos, cuello divino del que penden una perlas hermosas y suaves. Escote sencillo, urgencias resbaladizas sobre el terciopelo de tu piel.

Te veo. Y deseo tocarte. Te veo y deseo besarte. Sentir nuestras pieles unidas, nuestros dedos perderse en un bosque de secretos, tocar cada uno de tus pechos, rozar la espalda enorme que, desnuda, se ofrece a la caricia.

Jamás pensamos que esto pudiera pasarnos. Estamos lejos. Tú con ella, yo con otra. Pero cada encuentro es una revolución. Cada palabra que dices irrumpe en mi pensamiento y hace temblar cada poro de mi piel. Y tú ríes cuando te hablo, una sonrisa cómplice quizá, con un rictus de deseo que a veces se te escapa.

Me digo a mí misma que debemos ser discretas, que se nos tiene que notar, que vamos a cometer un desliz, una comentario fuera de tono, un deseo convertido en una caricia más atrevida, un quizá, un tal vez, un puede ser.

¿Quién le pone puertas al campo? ¿Quién puede detener la llama que enciende un corazón y lo llena de cenizas que bullen con tu nombre?

Si tú te atreves yo me lanzo contigo. Sé que te quiero. Sé que me quieres. Vernos es llenarnos de deseo, deseo desesperado de poseernos allí mismo, en medio de las cuatro, en la sombra y en la luz.

Si tú te atreves yo lo dejo todo. Te sigo al fin del mundo y te amaría hasta quedarnos cansadas, hasta sentir que del placer quizá pudiésemos morir. Ese vértigo, ese abandono, esa dulzura y ese éxtasis que deshace mundos, que revoluciona cielos, que destroza vidas que dejan de importarnos…

Pero me detengo. Desvías mi mirada y te quedas mirando a ella. Lo sabes: es el momento, o fuera o dentro, juntas o sin mí. Y sin ti. Siento que dentro de ti bulle una revolución que acalora el pensamiento, lleno sólo de corazón que late de deseo, que hierve en la piel. Y callas…

Me sueñas, lo sé. Yo te sueño. Una pasión así, que promete destruir nuestras vidas cómodas, nuestra forma de pensar, da vértigo. Pero es el momento, o fuera o dentro, de mí, de ti; no hay otra forma, lanzarnos al precipicio o dejarlo pasar… Pero no poder verte más, no poder oler el perfume fresco de esa piel blanca y flexible, el lento dibujo de los senos en la blusa, la promesa encerrada entre las piernas de bailarina… Me intoxica, me desarma, me desespera.

Te veo. Hay demasiada pasión para pasar desapercibida. Me levanto. Ella no me mira. Ella confía demasiado en mí. Sabe que no la dejaría, que no me atrevería. Pero se engaña. Porque eres tú. Tú me das fuerza bruta, me inflamas de sensualidad, haces que mi piel se abra como una flor nueva, embriagada con ese perfume salpicado de champán.

¿Quién le dice que no al amor? Puede que tú. Y puede que yo. Si tú te atreves, lo dejo todo. Si tú no lo deseas, mi corazón se romperá quizá para no volver a reparase, pero al menos me quedaría ella, la comodidad de un hogar de más de diez años, y la pasión apagada que enciende una llama tibia de vez en cuando. A veces debemos asumir que el tiempo pasa y que vivir ya no es para nosotros…

Es cierto, no somos libres. Es cierto, puede ser un error. ¿Pero quién le dice que no al amor? Si tú te atreves lo dejo todo atrás, y prometo abrirte a un mundo nuevo, al paraíso de lo real, a la magia escondida en la piel saciada y en el sudor pegajoso que no nos separa. Si tú te atreves, sería capaz de hacerte tan feliz como pudiera… Y tú a mí.

Y te veo. Y me ves. Y sonríes. Y giras la cabeza. Y las ondas de ese pelo maravilloso se deshacen y se rehacen como la marea de la mar. Lo mismo tu sonrisa, lo mismo tu atención hacia ella. Sí, no somos libres… ¿Y qué?

Mírame, deséame lo suficiente, ámame lo bastante como para dejarlo todo atrás…

Si tú te atreves, el mundo será nuestro, lleno de pasión, sí, y de amor, y de novedad. Dejándolo todo atrás, un dolor y una estabilidad, pero viviendo una nueva esperanza, una nueva oportunidad.

 

 

 

Seguridad (Social).

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11917784_1932935756932048_993577586_nMe llamaron por un paciente. Si podía bajar a Urgencias (está una planta más abajo que la UCI) para evaluar un caso de gastroenteritis agravada por deshidratación. El caso, de lo que llamamos shock mixto, infeccioso (distributivo) e hipovolémico (por la pérdida masiva de agua que no se repone con el cuadro de vómitos y diarrea) no pasaba de ser, a todas vistas, uno más.

Cuando llegué pregunté dónde estaba el paciente y sus cosas. Siempre que me da tiempo me gusta saber el nombre de la persona a la que me dirijo. En esta ocasión no supieron decirme bien su nombre ya que el paciente, joven y andador del Camino de Santiago, apenas si decía una frase completa en español.

Al llegar a la cabecera de la camilla le sonreí. Procuro hacerlo, generalmente porque me sale de dentro y ya bastantes preocupaciones tienen los pacientes para añadir una mala cara, un mal gesto o una palabra salida de tono. Intenté decir su nombre y sonrió. Era coreano. Del Sur, claro. Comencé a comentarle en inglés lo ocurrido. Pero al parecer de inglés sabía lo justo, quizá un poco más que yo de coreano. Ahora entendía porqué era un caso un poco especial.

Allá nos entendimos, creo. Le dije que iba a subirlo a la UCI, que necesitaba una vigilancia más estrecha y que allí seríamos capaces de dársela. Me miró con cara de terror, cosa que creí comprender, e intenté apaciguarlo de la mejor manera que se me ocurrió a las tres de la mañana.

Subimos. Young, el paciente, era un economista que había visto un par de documentales sobre le Camino de Santiago y le pareció tan particular la experiencia, que decidió hacer un viaje tan largo para emprender otro aún más largo en su interior. Apenas si llegaba a los treinta años. Le pregunté por acompañamiento. No tenía a nadie. Sólo un compañero que conoció haciendo el Camino, un francés que llegaría por la mañana y que esta intentando resolver los asuntos necesarios desprendidos de la enfermedad repentina que padecía.

Estaba muy cansado, muy deshidratado después de tres días sin descanso con vómitos y diarreas y apenas comida y bebida. Necesitaba dormir, hidratarse, despreocuparse y descansar. Como para no entenderlo.

En esa mezcla de inglés, español y signos (el idioma universal, junto con los besos y los abrazos y, lamentablemente, el horror de la muerte) conseguimos comunicarnos. Le expliqué a Young que necesitaba canalizar una arteria para controlarle la tensión arterial y tomar muestras de sangre. Además, haríamos cultivos microbiológiocos para saber qué germen estaba causando su cuadro clínico y que íbamos a iniciar un tratamiento antibiótico por la vena a la espera de que pudiese retener algo en su maltrecho estómago.

A medida que desgranaba cada paso, sus ojos se llenaron de terror. Creí entenderlo. Le cogí de la mano y le transmití mi casi absoluta seguridad de que todo iba a salir bien. Por lo pronto, me prohibió acceder a su arteria. Es un procedimiento doloroso, cosa en la que no iba a mentirle, pero que tenía muchas ventajas, por ejemplo, no tener que pincharlo más en toda su estancia en UCI. Ni por esas. Así que tuvimos que resolvernos sin control arterial.

Negociando, conseguí arrancarle el permiso para acceder a sus venas, así que el equipo de enfermería, tan diligente siempre, en nada tuvo accesos venosos y el tratamiento comenzó sin más tropiezos. Tuvo arcadas y sensación de vaciamiento intestinal, lo dejamos solo un ratito y pronto se le pasó. En menos de una hora, con el gesto más suavizado por la reposición de sueros y la analgesia, la extraña comodidad de un cansancio eterno que empieza a ser olvidado y los antibióticos, Young estaba preparado para una nueva conversación conmigo.

Quise saber sus antecedentes (nada importantes) y si era alérgico a algo (no). Quise saber qué le pasó durante los últimos días del Camino. Una comida en mal estado. Bien. Le dije lo que pensaba. Volvió esa expresión de angustia. Le comenté que, siendo sábado aquella noche, si todo iba bien subiría el lunes a la planta y, si todo iba bien (no había nada que indicase lo contrario) el miércoles estaría fuera del hospital. Como a cada palabra que decía ponía una expresión más asombrada y nerviosa, desorientado, me callé, y le pregunté qué ocurría. Y entonces sí que lo entendí todo.

Qué importante es tener Seguridad Social. Ese colchón, esa tranquilidad que nos garantiza que nuestra Salud estará a cargo, bien cuidada, bien tratada allá adonde vayamos. Qué infinita gracia tenemos los españoles gracias a nuestros esfuerzos e impuestos (y no, sé que no son suficientes, pero quizá el desvío político del dinero demostraría que podría sostenerse mucho mejor de lo que se ha hecho hasta ahora); no sabemos valorar la potencia de sabernos acogidos por la Seguridad Social, por las prestaciones que nos ofrece, por la tranquilidad que nos aporta.

Young no tenía Seguridad Social. Trabajaba y tenía un seguro privado, pero no sabía decirme con certeza si era capaz de afrontar un ingreso en UCI y después un ingreso en planta. Estaba preocupado por todo lo que habíamos gastado en él (pruebas, insumos, medicaciones varias) y el tratamiento posterior, si podrían quedarle secuelas (aquí le aclaré que en todo caso un ligero dolor de estómago y poco más, cosa que lo hizo sonreír) y cómo iba a afrontar el gasto una vez le llegase la factura a casa.

Qué indefenso estaba el caminante coreano. Sin poder usar su propia lengua para comunicarse, solo en un país extranjero, ingresado en una UCI (cuyo coste al día puede llegar, por lo bajo, a más de 3.000 euros), sin teléfono a mano y el viaje de vuelta ese jueves. Un cuadro.

Durante unos segundos no supe qué decirle. Esperando que la cara de espanto se le pasase un poco, intenté refrenar mis pensamientos. Le expliqué que, en general, nuestra Seguridad Social no tiene por costumbre cobrar sus servicios en situaciones de urgencia como la suya, y que lo que estábamos haciendo por él era necesario pero no particularmente caro. Como entendía de números (bastante más que yo, cosa no muy difícil, por lo demás) sólo sacaba cuentas. Así que le expuse el precio del antibiótico que había escogido, uno muy bueno pero que, a favor, es muy barato. Los sueros (a paladas, eso sí) tampoco supondrían un gran gasto. Le dije que se olvidara de contar gasas o compresas, agujas o termómetros: de eso no se lleva cuenta, va en el paquete (nunca mejor dicho); lo caro en todo caso, aparte la entrada en Urgencias (la emisión de una ficha está valorada, que no se cobra a nadie, en unos 300 euros por cabeza), estaba en las pruebas complementarias: la placa de tórax, las analíticas y las pruebas microbiológicas. Me preguntó cuánto, y callé por prudencia: un TAC abdominal sale por un ojo de la cara (y mira que hacemos muchos); en su caso sólo fue necesario una placa de tórax (que hacemos a todo el que entra por Urgencias, necesite o no, y es algo que habría que corregir no sólo por gasto económico sino por seguridad del paciente) y un eco abdominal, que bien no siendo barato, su coste no llega a ser estratosférico. Le di una cifra al azar (hubiera podido inventarme cualquier otra): total, la expresión de terror ya la tenía dibujada en la rostro.

A medida que recuperaba el sentido del cuerpo, su letanía mental continuaba. Si viajaba el jueves, ¿cómo podía comunicarse y retrasar el viaje en todo caso, y dónde se quedaría, pues ya no sería peregrino para alojarse en los albergues? Pidió su móvil, y desoyendo las normas, se lo dimos. No tenía carga y le prestamos un cargador. Mientras tanto intenté calmarlo. Le dije que por la mañana llamaría a la Trabajadora Social y expondríamos su caso, seguro que podría ayudarlo. Y casi le aseguré que el jueves estaría en el avión de vuelta a Corea. No sé si me creyó o le venció el cansancio. Sólo sé que al rato cerró los ojos y se quedó profundamente dormido. Despertó casi al mediodía, cuando yo ya me estaba yendo, con la noticia que la Trabajadora Social vendría en sus horas libres a echarle una mano.

– Y es gratis, descuida.

Le sonreí, y por primera vez él también lo hizo. Me despedí y no volví a verlo. Me enteré días después que embarcó feliz y ya recuperado ese jueves y que se marchó con la preocupación más aletargada por los buenos haceres de la Trabajadora Social.

Eso es Seguridad. Seguridad es pasear por París, Londres o Madrid sin que unos inconscientes embebidos en el juego de cientos de malas personas arramplen a tiros o lancen bombas. En el siglo XXI debería haber conciencia cívica, conciencia personal, protegida de ideologías malsanas y llena pensamientos libres, y sobre todo, por encima de todo, de respeto por la Vida, y por la Salud ,y saberse con derecho a ellas. Eso es Seguridad. Es un bien social. Un bien Individual. Es un derecho real del ser humano.

Y no, no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Y no exigimos de nuestros gobernantes esa altura de miras que exigiría de ellos cercenar su poder, sus intrincados mecanismos de gobernancia y de mantenimiento del poder que deberían acabarse de una buena vez, para que el dinero no se desvíe de los cauces verdaderamente importantes: una Educación que nos enseñe a liberarnos de las manipulaciones de los gobernantes primero, de los extremismos, de la xenofobia, de la irrealidad después, y la Salud para trabajar, levantar una vida y un país y un continente y un planeta, y desarrollarnos como individuos, como seres humanos.

Mi padre estuvo ingresado ocho meses en la UCI. Yo no hubiera podido pagar ni un día de ingreso. Pero él estuvo: sé de verdaderas fortunas perdidas por los altos costes sanitarios (otra cosa es que sean necesariamente tan caros, pero todo tiene su razón de ser) a los que un ingreso en UCI, un inconveniente o una enfermedad crónica o incluso incurable puede abocar. Sin contar, que hace falta, con la alteración del esquema vital del Enfermo, que lo lleva incluso a perder durante un tiempo indefinido pero siempre largo, la entrada monetaria en su vida, tan necesaria para poder seguir en el día a día.

Young sabía a lo que se enfrentaba. Nosotros no. Pero sí intuimos que es importante. Unos por pura ideología política, otros por sentido común. Quienes han visitado el Pasillo de la Salud Perdida lo saben por propia experiencia. Nada como la Seguridad Social para sentirnos arropados, tranquilos, seguros y vivos. Nada como saber que tenemos siempre un lugar al que ir y en donde nos tratarán lo mejor que sepan o quieran (espero que bien) y en el que podremos recuperar la Salud sin preocupaciones tan importantes como el coste económico, pues las pérdidas personales y familiares ya vienen de gratis con la Enfermedad.

Por eso debemos seguir luchando. No por ideologías pasadas de moda. La única razón importante es el Hombre y todo lo que eso conlleva. Ni la religión, ni la política, ni siquiera las opiniones egóicas importan algo. El Humanismo despertó en el Renacimiento de un sueño se siglos. Dos guerras mundiales, miles de conflictos bélicos después, hay un tímido repunte de esa finalidad pura de la Humanidad. Eso es lo que hay que defender. Sea en Lisboa, en París, en Madrid o en Seúl, en plena libertad, sin ideologías, sin aspiraciones personales, sin sueños de grandeza. Porque atañe al hombre como individuo y como Humanidad.

Aquella tarde/ That Afternoon.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

12120225_1688709504679291_1387368486_nAquella tarde era domingo. Llovía a medias y a medias hacía sol. Ese sol que cae lento entre las nubes tan propias de octubre. Y casi todo estaba cerrado.

La ciudad mojada, sus calles de piedra, el repiqueteo de las gotas en el suelo y en los bajantes, y algunos paraguas abiertos que protegen del orballo y también a veces de las miradas y de los juicios.

La ciudad es dorada en otoño, con un toque cálido y húmedo, las aceras con tropezones de terrazas a medio cerrar, algunas coquetas mostrando la calefacción o las mantas rollizas y rojas, como el abrazo de un corazón. Y caminando entre ellas aquella tarde íbamos tú y yo.

Era domingo, y el tiempo pasa lento en domingo. El atardecer cansado y la luna traviesa con ganas de alzarse enorme en la oblea del cielo. Algunos niños correteando, despreocupados de la lluvia menuda, con sus padres despreocupados y quizá algo arrepentidos de haberlos tenido. A todos nos pasa alguna vez. El río cerca, con su susurro insomne y su andar pegajoso y algo gris. Y en aquella tarde tú y yo caminando juntos, bajo un paraguas enorme, de la mano con las manos escondidas y una sonrisa tonta en la cara amplia y feliz.

Aquella tarde nos besamos. Lo recuerdo porque las hojas caían pendulares a nuestros pies. Y el río era un arrullo que llenaba nuestras bocas. Y el puente, uniéndonos como los labios, como las manos, como las intenciones.

Aquella tarde todo se llenó de luz. Las farolas se encendieron sin duda, y las bombillas de las embarcaciones cercanas. Y las estrellas una a una, ciertamente. Pero fuimos nosotros quienes prendimos el amor aquella tarde, quienes jamás nos arrepentimos de cogernos de la mano y de besarnos largo y tendido, con toda la ovación del otoño, y sellamos una promesa que cambia cada año, como las estaciones.

Son sólo instantes, son matices, no somos más que guijarros rodando hasta el mar, y sin embargo… Aquella tarde tú y yo fuimos eternos. El único café abierto, y los asientos mullidos llenos de hojas secas, y la paz de las miradas y el abrazo de las sonrisas de corazón.

Sólo son pequeñeces, palabras no dichas, caricias que se dan y quedan grabadas por siempre en la frontera de la piel. Aquella tarde sonreías con la boca abierta repleta de mis besos, y yo flotaba, lo sé, sobre el río, sobre la tierra; bailábamos el vals de las hojas ocres, y en el azul profundo de la noche que llegaba, nuestro amor nacía arropado por el viento, la lluvia fina y la eternidad.

Nada es para siempre. Pero esa tarde de oro vive entre nosotros, está junto a ti y junto a mí, cada día que pasa, cada estación, cada otoño que desnuda a los árboles y viste a los adoquines con un disfraz vegetal, con su fresquito de arrullo y su caricia de terciopelo; nada es para siempre, salvo quizá nuestro recuerdo y nuestro calor.

Aquella tarde, aquel otoño, aquel amor… Y tu rostro por siempre joven y tu corazón por siempre en mis manos y mi entrega y mi deseo y mi eterno sí…

Aquella tarde, aquel otoño, aquel momento suspendido, aquellos tú y yo…