Amaneció y no te encontré junto a mí. No me acordaba verte ayer recoger esto y aquello, ponerlo en la pequeña maleta donde apenas cabría mi corazón que no quisiste llevarte, y la sonrisa velada por cierta tristeza en tus ojos. Y en los míos.
Y el arroyo que llega hasta nuestra casa apenas se oyó. Me despejé la mirada, entera de las legañas de tu ida, y me asomé y vi que el agua que ayer era torrente hoy sólo es un hilito que apenas besa la orilla de mis pies. Y había silencio. Ni el gallo cantó la llegada de la mañana, ni la alondra tempranera ni las palomas con su arrullo. Todos te extrañan. Como yo.
A veces discutimos. Siempre por tonterías. Y sé que no te digo suficiente que te quiero. Pero te quiero. Y el arroyito que lame mis pies enjuaga mi corazón lleno de ti, y el viento que mece los estambres de los pinos arrullan cada uno de mis latidos y los llevan hasta mi corazón, que sonríe viéndote dormir. Y cuando abres esos ojos de luz de mañana, el sol sale por la comisura de tus labios calentándome los recuerdos.
Me sé todo de ti. En la tarde te recoges un poco el pelo, porque a veces estorba cuando tecleas en la máquina de forma automática. Desapareces de mí, lo sé, y me preocupa. Pero eres el corazón que late en cada letra que imprimes, y tu respiración es el viento que mece las pestañas de mis ojos, y esa media sonrisa de éxito cuando acabas es como la rotación de la tierra, un año entero y un día.
En esa maleta podías haberte llevado mi corazón sangrante, pero preferiste dejármelo en el pecho. Para que siga latiendo por ti. Y apenas pusiste cuatro cosas. Pronto vuelves. Pero es una eternidad. Mira qué callado está todo; eres el arroyito que riega toda nuestra savia, la luz que transforma toda energía, el sabor dulce de las frutas y el frescor tranquilo de las noches sencillas.
Tú abres cada mañana y cierras cada noche ocultando el sonido del río tras las cortinas. Y la sonrisa que da calor a mi cama, y el sonido de una voz que es pura música en mis oídos. Y la piel suave, llena de las fotografías de cada vez que hemos estado juntos, de suerte que quererte es siempre un encuentro con lo que hubo pasado, y siempre una novedad. Haces que todo sea nuevo y se mantenga estático, imperturbable. Yo sólo he querido ser el sueño de tu amor pero eres tú el amo de mis días; yo sólo intenté poseerte, pero eres tú quien vive en mí, en cada poro de piel, en cada pestaña, en cada abrazo.
Te extraño. Y escribo estas cosas cuando tú no estás. Los pájaros se asoman al alféizar y me miran con melancolía y pían una canción triste. Y el viento susurra palabras de estío en los estambres verdes del pinar, y las piñas estallan en la chimenea como pidiendo permiso por interrumpir un silencio que no debería existir. Todos te necesitamos, calor para el hogar, comida para vivir y agua pura para beber, en el arroyito claro, hasta los labios. Y hacer un beso eterno lleno de agua y cristal.
Te quiero. No puedo hacer otra cosa (y no quiero hacer otra cosa). Y te extraño. Y no puedo hacer otra cosa que añorarte y esperar a que llegues mañana, con el primer rayo de la mañana, el primer canto del gallo y el primer cielo abierto llamándome por mi nombre en la lejanía…
Con el tiempo, por el tiempo y lo que conlleva con él, me he dado cuenta qué difícil es encontrar un amor que esté dispuesto a entregarse sin mentiras ni apariencias, sin consejos ni cegueras, un amor a sabiendas de sus gustos, sus sueños, unas ilusiones dignas de realizarse.
Y así he dispuesto poner en el periódico un anuncio: Se solicita un amor que esté dispuesto a entregarse, a confiarse, a no esperar más que lo que damos, esa moneda que es el amor suave y la pasión escondida en las caricias; que esté listo para abrir las puertas de la confianza, que acepte su realidad sin mentiras, sin autoengaños. Que deje el juego de seducción en el dintel de la puerta, que esté dispuesto a abrazar profundo, lleno de besos chiquitos que crecen desde abajo y se hacen uno grande, lleno de labios al llegar a la boca anhelante y verdadera.
Y lo redactaría así directo, pues la gente yerra mucho y puede que entiendan otra cosa, y ya no quiero más equivocaciones, más traiciones ni mentiras; mi corazón no está dispuesto más a esas triquiñuelas que de joven me gustaban tanto, esa seducción barata y fácil, una caída de ojos, una sonrisa velada. Ahora mi corazón quiere el pecho abierto, los abrazos a montones, el calor de una risa que nace del fondo del alma, que desee luchar por un proyecto en común, que esté dispuesto a entregar ilusiones y deseos en el crisol del mismo latido, en la alegría sencilla de lo que está por venir sin sombras ni engaños.
Llevo ya casi tres cuartos y me queda largo y me saldrá muy caro. Y me lo pienso. Pero yo ya no tengo más que dar que mi propio corazón, que mi amor encendido, mis abrazos sin mentiras, las monedas de ese amor. El único dinero que tengo, el último regalo de mi vida.
Y me lo pienso al leerlo al completo. Y me doy cuenta que es lo que deseo. Ya no quiero jugar, ya no quiero seducciones falsas; quiero un amor de entrega, de presente, de generosidad y confianza ciega, y quiero que todos lo sepan, que lo lean bien, que lo entiendan y que aquél que esté dispuesto se desnude de la alegría y corra a buscarme para decirme que sus labios están deseando quemar mi piel, que sus abrazos densos desean arrebatarme el aire y que su corazón de tan generoso sólo anhela, con el mismo amor al que estoy dispuesto, pagarme.
Y lanzo el pasquín desde lo alto de mi edificio. Los papeles de colores parecen pedacitos de arco iris llenos de esperanza. Sí, se solicita un amor que ya no quiera jugar, que sepa luchar, que esté listo para amar sin aparentar, que sepa desear sin absorber, que viva una libertad única que desee compartir y que no espere otro pago que el mismo amor libre, el mismo pecho caliente, el mismo corazón que late.
En el Pasillo de la Salud Perdida las emociones se encuentran en estado puro; es un risco, un malecón, donde la fuerza de los vientos se encuentran, donde la masa embravecida de las aguas choca una contra otra, haciendo temblar los cimientos de nuestro mundo, destrozando nuestra estabilidad, aniquilando nuestras esperanzas.
Pero la vida es así. Una vez agotadas todas las luchas internas, una vez perdidas todas las batallas contra la Enfermedad, es decir contra el Presente, sólo nos queda abandonarnos a ese vaivén, a ese fluir sin más órdenes que las recibidas, sin más sueños que nuestras esperanzas en minúsculas, sin bordes ni mapas que aseguren una travesía sin riesgos.
La Enfermedad, como la vida, es un mar embravecido, un precipicio, una quemadura indeleble y quizá la mayor prueba de confianza a la que nos enfrentaremos nunca. No siempre para bien. O, ¿quién nos dice que no lo sea? Si quisiéramos, entraríamos aquí en meditaciones abstrusas que o interesarían a nadie más que al Enfermo, que pivota entre sus deseos y los de sus familiares, entre los remedios que le recetan y las pruebas a las que le someten.
Una vez agotadas todas las luchas interiores, una vez que dejamos atrás preguntas que nos afectan directamente, que son ecos de nuestro ego herido, la clave para seguir adelante está en dejarse ir, en fluir. No es depositar una confianza vana en una fe prestada; ni siquiera en las configuraciones taumatúrgicas de los profesionales de la salud: fluir en el cuidado de Enfermería y Auxiliería, confianza en las decisiones tomadas, abandono al Destino pues no hay mayor lucha estéril que aquella en la que luchamos contra una Realidad que no cambiará aunque lo deseemos con fuerza (o fe) sobrehumana. En el punto en el que estoy, lo más sensato, lo que menos me hace sufrir (ya se encarga la Enfermedad de eso) es negarme a mí mismo al menos la paz de abandonarme a los acontecimientos, de Aceptar lo que ya es y dejarme ir con el río de la vida hasta el meandro de mi destino, que será sin duda el mejor al que la Enfermedad me ha arrojado.
Es una decisión plenamente consciente, y el baño de libertad es igual de poderoso. Hay baches en el camino, pozas donde reculo a veces, como en el río de un desamor por el que vamos navegando y que sólo al distancia atemperará. La Enfermedad, o el viaje por el Pasillo de la Salud Perdida es igual de tortuoso, igual de doloroso a veces y, por encima de todo, tan liberador o más, tan refrescante y eterno.
Y poco a poco, aunque la piel arda incesante, en la pira de mi vida el incienso se alza al cielo en busca de Serenidad y de Fuerza, que me permita seguir fluyendo por él hasta el final.
Tomo prestado el título de de una obra de teatro del dramaturgo Guillem Cluá que describe perfectamente el estado de la piel durante la Hepatitis colestásica. Antes si quiera de saber que la tenía, en la explosión inicial en la que mi piel estaba teñida de una coloración rojigualda y me picaba horrores, un fuego me recorría el cuerpo, desde el centro del corazón hacia las extremidades; a veces (la mayoría y siempre por la noche) emergía de los pies y de las manos y subía en rémora inalcanzable hasta mi cerebro, haciendo del picor un espectáculo sádico de dolor y masoquista de rascado. Esos ataques de picor (llamado prurito) son tan violentos como accesos, agotan nuestras energías, y una vez conseguido que nuestra piel quede rota y lacerada por las heridas que sangran, ese ataque disminuye hasta transformarse en un ronroneo constante que jamás nos abandona, alerta, debajo de la piel, como miles de agujas que se clavan continuamente, esperando un nuevo ataque suicida, con mayor violencia si cabe que el anterior y quizá con mayor canibalismo.
La Hepatitis colestásica es una enfermedad que odia las caricias, los abrazos. Ni siquiera tolera el mínimo roce de nuestra propia piel, una rodilla contra un muslo, el tobillo en la planta del pie, el roce de un dedo contra otro. No nos permite permanecer sentados durante mucho tiempo, y acostarse se convierte en un ejercicio de estrategia militar en el que se pierde siempre. Siempre.
El prurito está presente de continuo, no cesa, no ceja, no brinda descanso; pero a medida que el sol se oculta emerge como un vampiro con una sed endemoniada. De modo que aprendemos a odiar el paso del tiempo. Y las largas horas de la noche, en la que intentamos encontrar posturas en las que el yo que sufre el picor y las heridas y se rasca en los escasos minutos de sueño y liberación, se divide en dos dibujando un juego psicótico en el que se observa a sí mismo rascarse indiscriminadamente mientras imagina una postura que le ayude a atenuar ese necesidad suicida o que aplaque por unos instintos las ganas locas de tirarse por una ventura para dar por finalizada semejante tortura.
La piel es pura lija, sentimos el tremor de los cristales de bilirrubina depositados justo debajo de la epidermis y descubrimos con horror que no hay crema hidratante que nos ayude a calmar la angustia de la piel que se cae a tiras y observamos impávidos como la piel en llamas se destruye entre arañazo y sangre desperdigada por las sábanas como signos de violencia autoimpuesta, especie de sacrificio máximo que nunca consigue su objetivo final.
Y la piel cambia de color, se vuelve amarilla verdosa; las ojeras, pues nadie puede descansar cinco minutos si quiera, dibuja círculos morados sobre un hueso que es piel pegada a la cara; casa acceso de prurito desgasta las energías del cuerpo, y perdemos peso de forma tan rápida que padece anemia, que bajan los niveles de proteínas del cuerpo, y aquella piel que era antes vitalidad ahora es malicienta, como encerrada en una cárcel de cera áspera, que revela el esqueleto que sostiene un físico inerme con las fuerzas mermadas y las ganas diluidas en el Pasillo de la Salud Perdida cuyo final está lleno de las zarzas del picor y de las heridas sangrantes que manan por doquier de todos los lugares adonde los brazos, las manos, las habilidosas uñas pueden llegar a alcanzar, incluso durante el sueño.
Así, sin casi masa corporal, con la piel áspera y amarilla, los ojos de gato perdido, ojeras moradas y profundas, una piel candente que no tolera el mínimo roce, sólo alguna película del algodón más puro; un dolor lacerante que templa los nervios y que puede atraparlo en un arrebato psicótico en cualquier instante y el descubrimiento frustrante que, a pesar de múltiples ofertas, no hay tratamiento adecuado para detenerlo. A algunos les va bien esto, a otros aquello, a los demás eso, como última oportunidad esto de aquí y quizá, por probar algo de lo de allá… En mi caso, nada tuvo el efecto deseado, antes bien, comencé con un rosario de efectos secundarios que me hicieron renunciar a la farmacopea conocida y a pasar este calvario sólo con cremas hidratantes, mucha paciencia, mucho dolor, heridas sobre heridas y antihistamínicos, los únicos que parecían bajar un poco el nivel de fiebre que las crisis de rascado me producían. Bien es verdad que, como me dijeron mis colegas de Digestivo, niveles tan altos de bilirrubina no se alcanzan tan fácilmente: siempre me ha gustado ponerme las cosas difíciles.
No importa. Han tolerado mi mal humor durante esos arrebatos en los que nos transformamos en lo peor de nosotros mismos, han estado apoyándome en cada una de las estaciones de la enfermedad que podía agravarse en cualquier momento; me permitieron estar en casa, donde pese a las desgracias, la comodidad no la supera ninguna cama de hospital que no, no está preparada para estos enfermos: ropa de cama de poliéster, mantas de tejidos sintéticos, almohadas rígidas, y ambiente caldeado cuando descubrimos que nuestro único aliado, so expensas de tiritar constantemente, es el frío.
Debemos aprender que estos enfermos necesitan de circunstancias especiales que mitiguen un poco el extremo sufrimiento que tienen y que se expresa con una fiereza inusual en el seno de la piel. El estado de excitación nerviosa es máximo, y el miedo a un nuevo acceso de picor, paralizante. Por no hablar de la falta de descanso, la pérdida de toda masa muscular, la incomodidad de estar acostados todo el tiempo o sentados toda la tarde en posturas que revientan la piel de los glúteos y de la espalda, de suerte que a las llagas de las extremidades se unen las torturas de las heridas de presión del cuerpo… Muchas cosas deben ser revisadas para dar el confort mínimo que estos enfermos necesitan y que no consiguen la mayoría de las veces por la sordera de las plantas dirigentes hospitalarias, cuya incapacidad para ver el sufrimiento humano más allá de los números sólo se disipa cuando lo padecen en sus propias carnes. En el proceso de Humanizar los cuidados sanitarios, la UCI como eje pero también como radio de una rueda multicolor, esto debe ser una piedra angular, el comienzo de un edificio plástico y cuyo servicio se adapte a las necesidades del paciente más que a las del personal sanitario, o todavía peor, a fines políticos ajenos a la naturaleza humana.
Habiendo pasado, estando pasando algo parecido, me ayudará a intentar conseguir, aunque representen pequeños pasos, una cadena de mejora integral de los cuidados de los enfermos, pues nosotros, los verdaderos funcionarios de la Salud, lo deseamos de corazón. Y no es fácil, pero sé que en medio de este desorden de vida en el que me hallo, sé que puedo volar, y eso es lo que me mantiene, en la vorágine del miedo y del amparo, a seguir adelante.
Desde hace un par de semanas llevo batallando con un cuadro denomindado Hepatitis Colestásica de origen tóxico, es decir, causado por el uso de un medicamento, no por virus u otras causas menos frecuentes. Ya es raro de por sí, pues el medicamento en cuestión produce este cuadro una vez de cada 78.000 más o menos, pero es una medicación de uso muy extendido y a alguien debía tocarle. Y fue a mí.
Todo empezó a fraguarse durante una guardia en la que, tras la dosis de medicación, sentí un calor abrasador en el centro del pecho, enrojecí completamente y empecé a ponerme amarillo de repente. Un picor como nunca antes había sentido, salido de una cámara de tortutas, comenzó a poseer mi cuerpo, haciendo que la piel me quemase, y por más que rascase con ese sádico devenir entre arrancar la piel a tiras y esa pueril sensación de placer fugaz que nos da el rascarnos, no podía soportarlo. Me levanté de un tirón y de forma automática entré en la UCI buscando corticoides y antihistamínicos. El cuadro apenas me dio algo de tregua, y aunque sentía el picor por todos los poros de mi piel, estaba esombrecido, como en sordina, y me rascaba en consecuencia diligentemente pero de forma menos evidente.
En medio de la duda hice una análitca urgente donde me demostró que algo no iba bien: tenía los valores del hígado algo alterados pero sobre todo la bilirrubina estaba por las nubes. Lo suponía secundario a la medicación que estaba tomando y aún así no las tenía todas conmigo. Seguí trabajando y ocultando mis lesiones de rascado hasta que un día no pude más, estaba tan amarillo que reflejaba las luces de las lámparas interiores y la piel en llamas hacía imposible el tacto de la tela del pijama en mi piel (una asquerosa mezcla de poliéster y algodón). Una nueva analítica demostraba que el hígado sufría aunque no mucho pero que los valores de bilirrubina subían exponencialmente al depósito de pigmento amarillo en mi piel y al irresistible y lacerante picor que no cede con nada, ni de día ni de noche, se hace insoportable en las horas nocturnas, y se centra sobre todo en manos, pies, piernas y brazos, aunque con los niveles de bilirrubina que he alcanzado, hasta las orejas me duelen de tanto rascado, de tanta sequedad.
Trabajar en UCI, llevar casos de fallo hepático y ser coordinador de trasplantes no es algo que ayude mucho en una situación así. Porque los peores escenarios imaginables son aquellos en donde nos situamos. Sin más dilación, a la semana de empezar el cuadro, y salvo el picor y la coloración amarillenta de la piel, sin más síntomas preocupantes salvo la falta de sueño continuo por el picor enloquecido y la piel en llamas, decidí ponerme en manos de los especialistas. Menudo regaño recibí. Un eco abdominal descubrió que todo parecía más o menos en orden con lo que es compatible con una hepatitis de origen tóxico y después toda la batería de pruebas descartaron orígenes más comunes como los infecciosos o los transmisibles; al menos un respiro.
Pero todo era un espejismo. La bilirrubina subió a niveles muy muy tóxicos, con lo cual el picor, la llama que ardía en mi piel me impedía no ya ponerme cualquier prenda de ropa que no fuese algodón puro, si no me impedía el más ligero roce, la caricia más leve. No hay mediación que controle esa sensación de locura que nos atrapa cuando nos despertamos como posesos haciéndonos sangre; no hay meditación que nos prepare para enfrentar un infierno semejante. Sólo el frío parece mitigar los efectos de la bilirrubina en la piel, pero en medio de las noches de primavera, sin mantas ni ropa, nadie puede conciliar el sueño, y las crisis de picor son tan intensas que se llevan toda la energía del cuerpo, de modo que no hay grasa, carbohidratos ni proteínas que lleguen a compensar la pérdida de energía de un cuerpo enloquecido por la desestructuración del hígado. En una semana he adelgazado diez kilos, la piel la tengo pegada a los huesos, los músculos que empezaban a mostrar cierto fruto de actividad constante se encuentran pegados a los huesos y no tolero estar sentado más de diez minutos pues mis glúteos no soportan el roce de las sillas en ellos. Aunque el michelín que me acompaña alrededor de la cintura sigue fiel a sí mismo. Ya podría irse con todo lo demás.
He perdido todo apetito, las náuseas me atrapan cada vez que quiero comer algo. A las tres de la mañana me levanto con ganas horrorosas de comer pasta por ejemplo, o un tazón de galletas con café; los suplementos alimenticios los tolero mal, y las digestiones que nunca tuve dificultad alguna ahora me llevan por la calle de la amargura. El estrés no contribuye al estado hipercatabólico, y estoy acostado la mayor parte del día, yo que apenas necesitaba cuatro horas de descanso al día. Hice un par de guardias, pero los estigmas de la hepatitis en mi piel me obligaban a informar a propios y extraños mi condición, un brillo de miedo les pasaba por la mirada y yo les recordaba que no era contagioso. Aún así rehuían mi compañía, y he optado por no querer recibir visitas para no tener que incomodarles con mi aspecto de zombi amarillo marronáceo y apenas sin masa muscular. No sólo hay que vivir con los estigmas de una Enfermedad, si no con la ignorancia social a la que nos arroja nuestro aspecto. Mi largo paseo por el Pasillo de la Salud Perdida aún está empezando, me temo, y puede llegar hasta sus últimas consecuencias, que abarcan la muerte incluso o el trasplante hepático si continúan sin mejorar las analíticas.
Y sin embargo soy el mejor cuidado de los hombres. Todos mis compañeros en UCI y en el resto del hospital se preocupan realmente por mí, me abruman con muestras de cariño que no creía merecedor de tenerlas. Me llaman, me envían mensajes, se sienten incapaces de ayudarme más; me ayudan a tomarme la sangre cada tres días, me facilitan la vida hospitalaria de la mejor manera que pueden. No me han hospitalizado, vivo muy cerca del hospital y aunque eso me someta a una tortura de pinchazos cada tres días, nada paga la comida de mi casa, la ducha larga que no puedo tomar porque el agua caliente aviva el picor de la piel y pone en carne viva las heridas de rascado que pueblan mi cuerpo como si me hubiese acostado en un lecho de zarzas; y mi insomnio obligado, que mina más mi Salud, a veces mejora porque la televisión puede estar encendida o a veces una música suave que me arrulla los minutos que no, nunca pasan lo bastante rápido.
Hay un dicho que dice más o menos así: También esto pasará. Todo es Efímero: los malos momentos, pero también los buenos; los alegres por fugaces, los desgraciados por eternos. Nunca he llevado una joya, pero si salgo con bien de esto, haré inscribir en una alianza esa inscripción y me casaré con ella de por vida. También esto pasará, pero hay que pasarlo, y el Pasillo de la Salud Perdida es un lugar solitario en el que el Conocimiento no allana la espera, antes bien la desespera, cargándonos con un fardo mucho mayor que le de la Ignorancia, pero también con cierta Esperanza. Y a pesar de la frustración, de esas preguntas eternas que nos decimos en momentos de baja autoestima: ¿Por qué a mí?, de las miles de preocupaciones por la falta del sueldo, por los proyectos a medio acabar, por viajes programados que se cancelan, y por sueños rotos que caen por doquier, emerge la lección eterna, la libertad suprema: Necesitaba detener el ritmo de mi mundo, darle un sentido, liberarme de esa angustia que la falta de Belleza de mi cuerpo me generaba y que no era más que un espejismo, y de darme cuenta, por fin, que soy un hombre libre en medio de una sociedad esclavizada en sueños colectivos, en imaginarios que no son reales. Y me está mostrando, en medio de frustraciones desgarradoras, de dolor y de incomodidades reales, el camino que quizá deba tomar mi vida a partir de ahora.
Siempre hay algo bueno en todo, si llego a tener tiempo para eso. Por ahora, quiero decir lo que padezco y que estoy observando mi Enfermedad desde una dicotomía un tanto particular: como paciente y como médico; cada reacción, cada dolor, cada desgarro conlleva una experiencia vital que se suma a mi bagaje galeno que espero poder poner en práctica una vez la bilirrubina deje de subir, una vez deje de quemarme y tatuarme la piel, y me deje energías para volver a la práctica diaria y al ritmo de mi propio corazón.
Pero por ahora tengo Hepatitis colestásica, es decir, Tóxica. Y estoy en punto muerto. Y a seguir.
Ha pasado tiempo ya. Desde ese primer instante en que nuestros ojos se encontraron y nos recorrió una sensación que era una veracidad. Tú y yo juntos.
Nos enamoramos rápido. Como suele pasar. Y nos disgustamos rápido. Y nos enamoramos otra vez. Y nos llenamos de risas y de lágrimas, y de caricias y de besos y de refunfuños y de silencios casi a la vez.
Te digo lo que siento. Sabes que no soy bueno con las palabras. Se me traban en la lengua y la garganta se me llena de serrín. Y por eso prefiero las caricias que hablan por mí; tu piel se crispa con la mía, y la blandura de tu espalda es un mar en el que nado feliz cada noche, y la sonrisa que se te pone en la cara, ese susurro de tu lengua en mi oído… No hay mejor poesía…
O sí la hay. Tus silencios. Me gusta cuando callas porque estás a mi lado. Te veo respirar reposado, hinchando ese pecho enorme donde caben mis besos como universos, y tu cabeza ladeada apoyada en mi hombro. Y el momento en que digo tu nombre con todas las letras, con sus tildes y sus diptongos y ver cómo sonríes… Sí, hay momentos entre los dos que son más que poesías.
Hay muchas cosas que nunca te he dicho, por ejemplo que tu amor me hace bien. Tú haces que desee ser mejor persona para los demás, pero sobre todo para los dos; tú haces que me niegue a boicotear mi vida, me haces más grande y elevado, porque confías en mí ciegamente e intentas cada momento hacerme feliz.
Hay cosas que nunca te he dicho que creo que debes saber, por ejemplo que me llenas el alma. Cada vez que llegas a casa del trabajo, iluminas nuestra casa y se me llena la boca de estrellas y se me pone la cara boba y los ojos chiquiticos de felicidad.
Qué alegría me da tenerte cerca, saberte conmigo; acostados uno junto al otro, incluso cuando estamos refunfuñados y algo tontos; el roce justo, el gesto adecuado de reconciliación, de triunfo y pérdida. Como tú no hay nadie, escúchame bien.
Hay cosas que nunca te he dicho, y tienes que saber que eres realmente mi verdadero amor; que eres mejor de lo que nunca imaginé y me hacer mejor de lo que nunca pensé. Y te lo digo así, con el verbo revuelto y el ánimo achispado por lo especial del día.
Tu día.
Hay cosas que nunca te he dicho, como por ejemplo que no hay nadie como tú. Como tú nadie me ha tratado, como tú nadie me ha dicho lo que debo oír sin desear manipularme, sin pedir más de lo que das. Como tú no hay nadie, y no creo que te lo haya dicho antes.
Me has enamorado, me has aceptado, me has cambiado. Y yo he adorado cada minuto de cada día, desde el placer de la mañana al encuentro descansado de la noche, con la luna y las estrellas tatuadas en las rutas conocidas de nuestra piel.
Nuestra. Tuya y mía. De los dos.
Tu día. Nuestro día. De los dos.
Y aunque cada día quiero demostrarte lo mucho que te adoro, hace bien que de vez en cuando te lo diga, así torpe y con la lengua trabada, pero feliz y liberada de mis muchos miedos y de mis flaquezas, gracias a tu amor.
Y me gusta. Me gusta ser feliz así, contigo. Y es algo que nunca te he dicho, pero que mereces saberlo una y mil veces más.
Sábado a media tarde, mala hora para mí pues me parte el eje de mi labor de guardia, entre hacer tratamientos, revisar el estado de los ingresados y ponerme al día, tener un ingreso es desestabilizador.
Cincuenta y tantos años, varón, obesidad mórbida, enfermedad respiratoria y renal y todas las aquejadas por su obesidad. Un cuadro. Mala higiene, boca séptica (sucia y cariada) aspecto de poco cuidado, úlceras trombóticas en piernas elefantiásicas. Un cuadro.
Llevaba con fiebre más o menos tres días y sin orinar, dos. Se notaba más cansado y torpe últimamente; el médico de cabecera le había recetado más diuréticos porque no toleraba dormir recostado y él notaba que iba hinchando poco a poco. Ahora estaba adormilado, a esfuerzos de consciencia, y respiraba muy rápida y levemente, apurado, como si le faltase el aire o necesitase limpiar su sangre con cada inhalación por más breve que fuese.
Tensión baja. Taquicardia. El oxígeno a todo lo que da la pared. Un cuadro. Un cuadro.
Pensando en lo mal que lo íbamos a pasar todos, acepté el ingreso en UCI. Y resoplé. Eso se me da bien. Resoplar cuando no puedo salir corriendo. Eso, o salir corriendo, pero en mitad de una guardia de sábado no quedaba bien así que había que apechugar con ello.
Para hacer corto el relato, aquel paciente que se comportó con una entereza y un dejarse hacer dignos de elogio, ocupó unas tres horas de mi tiempo exclusivamente (eso significa que el resto del trabajo que podía esperar se acumuló hasta rebosar). Ajustamos sueros, albúminas, noradrenalina, oxígeno, BiPAP (una máquina que intenta suplir la necesidad de intubar y sedar a los enfermos con insuficiencia respiratoria) y antibióticos; el color pareció volver a aquellas mejillas sucias e incluso a ese cuepro abandonado por la falta de higiene una vez que las auxiliares, con diligencia, pudieron asearlo un poco. Resoplé. Y aún me quedaba hablar con la familia. Un cuadro.
Ya cansado (y eso que íbamos por la mitad de la guardia) me acerqué a hablar con los familiares. Los llamé por el nombre del enfermo, como es habitual, y respondieron dos personas. Una más alta que la otra: un hombre y una mujer; él mucho más joven que ella, con esa piel lustrosa de la juventud recién nacida; ella con aspecto desvencijado de puerta venida a menos, con el pelo en melena amarillenta de mal tinte y cierto aspecto de abandono, caminaba apoyada en un bastón. También tenía cierto sobrepeso.
– Hola. Buenas tardes.
Les dije al presentarme. Hice sentar a la señora, que se veía esforzada a todas luces. El chico también lo hizo a su lado. Como siempre, les expliqué los motivos del ingreso, oí la historia clínica del enfermo, y les expliqué las características y las posibilidades de salida del caso. Me entendieron con cierta tristeza. No eran una familia con recursos, eso estaba claro. Esa dejadez, esa falta de higiene que sólo a veces vemos pero que es una realidad en todos los países (no hace falta irse a la India para ver verdadera pobreza, sólo con salir unos kilómetros de nuestras ciudades, y a veces ni eso, la tenemos en nuestras narices), ese discreto abandono a las consecuencias de la vida, a la realidad de los sueños rotos y también, a la soledad. Se le notaban las raíces canas entre el ensortijado amarillo limón de su pelo, los surcos de una piel algo gruesa de expuesta mucho tiempo al sol, y el uso un tanto torpe de una sonrisa forzada.
Así era ella.
El chico joven no abría mucho la boca. Asentía ante el relato de la mujer y apenas añadía nada a lo que me decía. Ella era la hermana del paciente. Él, su pareja. Así que sabía del paciente a través de lo que ella le contaba, por lo que no podía añadir nada al relato de lo que ocurría.
Al saberlo, volqué por completo mi atención hacia ella pues era la conviviente del enfermo, su familiar más próximo y a quien iba dirigido mi discurso y mis explicaciones. Ella no pareció percatarse, ni él tampoco. Así que seguimos.
Cuando llegó el momento de la firma del permiso y el consentimiento informado, le pedí que por favor lo hiciese donde le indicaba y que me diera su nombre y su DNI. En ese momento pareció dudar. Agitó imperceptible su pelo y frunció los labios. Pero su mirada sin embargo adquirió un brillo particular.
– Soy transexual.
Me dijo. Con mucha seguridad pero a la vez como esperando una reacción que, a todas luces, no obtuvo. Al contrario, yo seguí con el mismo tono, como si hubiese oído llover o algo así.
– Si se ha cambiado oficialmente el nombre o si no, por favor, debe ponerme el que aparece en su DNI ya que es algo oficial. No se preocupe por nada.
Y se me quedó mirando, como si se hubiese topado con un extraterrestre o algo. Y firmó con su nombre de nacimiento: Marco Antonio. Y puso el número de su DNI. Y el pelo cayéndole mal pintado sobre los ojos cansados y faltos de aseo.
En esta profesión vemos muchas cosas. Atendemos muchos casos extremos. Y aprendemos a superar los límites estrechos de un pensar pequeño. El mundo no es perfecto, y nosotros menos, pero para eso estamos aquí, para elevar el nivel del pensar humano, del sentir humano; para hacer de nuestros pasos, llagados por lo errores, un caminar perfecto, en el que todo quepa: las diferencias y las afinidades; los gustos y disgustos, las alegrías y las decepciones. A mí me llamó más la atención su pobreza y abandono, que hubiese querido mitigar, que su género, que no me importaba en lo más mínimo. Y sin embargo sobre todo eso, sobrevoló el orgullo y la entereza con que me dijo, quizá previendo una reacción alarmada ante su historia (ante ese pedacito de su historia como persona): Soy transexual. Pues era transexual. Y bien que lo sea. Y que lo consiga. Y que sea ella misma y nadie más.
La situación socio-económica de esa familia de hermanos era un cuadro; él y ella eran un cuadro. Pero no su corazón, no su verdadero ser como personas, como seres humanos. Ella, Marco Antonio en el DNI, era más que una melena rubia mal teñida y un caminar penoso. Ella era Transexual. Más de lo que nadie hubiese podido ser. Más de lo que ella misma pensó desde que era niña. Y así me lo hizo ver y yo le aplaudí por eso, y porque para mí, que he visto mucho y he atendido mucho y que no puedo juzgar ninguna actitud, ninguna perversión, ningún abuso corporal porque no soy juez sino médico, ella ni siquiera era Transexual, era la hermana de un paciente, su única familiar, que necesitaba de un ingreso en UCI. Nada más. Y quizá así debiera ser en un mundo real.