Un beso/ A kiss.

El día a día/ The days we're living

Picajoso. Curioso. Fresco. Nuevo.

Suave. Gentil. Luminoso. Sedoso. Sediento.

Lento. Caricia. Jugueteo. Salivoso.

Tierno. Capaz. Discreto y opresivo. Abierto. Bienvenida.

Búsqueda. Ansia. Deseo.

Un pequeño mordisco.

Sabor. Menta. Café. Y algo más.

Ceguera. A tientas. Papilas con papilas.

Mullido límite. Carnoso deseo.

Lento. Menos lento. Rápido.

Opresión. Encuentro.

Labios: tuyos y míos.

Intención. Hallazgo. Deseo. Y algo más.

Menta. Café. Y tú.

Lenguas: tuya y mía.

Sorbo. Sed. Abandono.

Más.

De ti. Y de mí.

Un beso.

Y más. Mucho más.

Esperando/ Waiting.

El día a día/ The days we're living

   Pelo rizado y moreno. Ni largo ni corto. Balanceándose con el viento.

   Delgado, vestido a la moda. Camisa blanca de puños algo descuidados, pantalón negro hasta los tobillos. Zapatos de marca. Cinturón de hebilla indiscreta.

   Sobre la pared una pierna y, con una actitud irreverente y tranquila, espera de pie comiendo chucherías.

   No parece esperar por nadie en particular. Desde donde se encuentra, contempla el jardín maravilloso de verdes y flores. Desde el pie de esa colina guarecida por la pared, el viento acaricia sus rizos y los libera de forma graciosa.

   No parece estar pensando en nada. Sólo ve la vida pasar.

   No parece querer nada, apoyado indulgente sobre la pared de piedra que le sirve de cobijo, salvo quizá ver las horas pasar.

   Ni siquiera está ansioso. Comiendo sus palomitas con la misma pulcritud con que engulliría un plato exquisito, indulgente se detiene bajo al sombra de la pared y se olvida de todo y lo que le rodea.

   Delante de él el atardecer de junio se hace eterno. Rosas iridiscentes pelean con el gris plomizo de las nubes; se tiñen de naranja y oro y el sol, adormilado, se cubre con un manto de azul transparente. Y sigue comiendo indiferente y sigue pensando sin pensar, esperando por siempre.

   Alto, delgado como un largo día de verano, su cabeza llena de rizos volátiles enmarca un rostro inexpresivo, que espera el paso de las horas como el paso de la gente que viene y va, casi sin importarle.

   Esa indulgencia, esa poco pretendida elegancia que puebla todos sus ademanes, destacan en medio de un paisaje que debería ser austero pero amable, práctico pero hermoso. Qué cosa más rara, el hombre que espera las horas comiendo unas palomitas.

   Pero si se mira más de cerca, sus ojos verdes bailan achispados, su boca frunce quizá más de lo debido ese tentempié ridículo; la bolsa transparente parece flotar entre sus manos y el viento que sopla alrededor.

   Delgado, parece esperar el paso de unas horas que en un hospital no pasan nunca. Contemplando el atardecer lento, siente que la vida sólo está para ser observada y, quizá, para ser gozada en porciones pequeñas, con los gestos delicados de su propia elegancia.

   Camisa blanca de puños desabotonados, pantalón negro a la moda. Zapatos de marca. Cinturón de hebilla. Y rizos, bellos rizos morenos envueltos de aire.

   Esperando a que la vida pase sin importarle cómo; sin necesitar ser observado o admirado o simplemente deseado, su indiferencia sólo molestaría si no fuese tan hermoso. Pero como todo lo bello, es distante. Y esa distancia entre la pared en la que se apoya y el mundo que fluye es más real que imaginaria, más palpable que ideal.

   Pelo rizado moreno. Ni largo ni corto. Esperando por siempre balanceándose con el viento.

   La bolsa de palomitas, vacía, escapa henchida de aire y va a parar sabrá quién adónde. Como el corazón que lo contempla. Como su mirada indiferente y verde.

   A veces así también es la vida.

En una habitación/ In a Room.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature, Música/ Music

Todos bailan. El ritmo lento de una canción de moda. Hay cuerpos unidos firmemente, como atados por abrazos desesperados. Hay cuerpos discretamente separados, entre los que el aire campa sin sentido de espacio. Hay cuerpos que descansan unos sobre otros, aburridos quizá y por incercia, bailando por compromiso.

La música tañe su suave melodía de amores fingidos y olvidados, de corazones rotos y fantasías espúreas. Está de moda, ritmo pasajero, flor de un día que quizá todos los allí reunidos olviden después.

O quizá no.

Unos ojos se encuentran en la distancia. Por sobre los hombros de uno y otro se miran y se reconocen en el anonimato, en el momento presente.

Giran una y otra vez, pretendiendo acercarse uno al otro. Pero alguien se enreda, otro habla, se rompe la cadencia, se recupera de nuevo. El lazo visual se quiebra momentáneamente para recuperarse segundos después, con más intención la mirada. Quizá con más pasión.

¡Oh! Si la mirada hablara… Qué no se dirían en medio de aquella habitación vacía de gente. Qué secretos muy guardados, capaces de ser leídos en esas pupilas, compartirían. En el vaivén de la danza, entre el murmullo de los zapatos al besar el suelo, ambos se desean en la distancia, ambos toman aire y componen la mejor de sus sonrisas.

Los labios de los dos se humedecen y se entreabren, esperando un beso que viaja con las notas de una canción que ellos ya no oyen. ¡Oh, si el aire besara! Qué rincón quedaría oculto ante unos labios hambrientos, ante una piel jugosa y sedienta.

Y ríen. Ríen mientras la danza prosigue, cambiando de brazos y de posturas, levantándolos en arco, bajándolos en abrazos. ¡Oh, si los brazos arrullaran! Qué melodías no se cantarían al oído gracioso, qué tonos no emplearían para amarse en la distancia.

Porque la distancia separa a los amantes. Amantes que se han reconocido en una habitación llena de gente, entre los cuerpos de gente equivocada, entre las intenciones erradas de unas vidas que se cruzan esta noche quizá para no volver a encontrarse.

La música llega a a su fin y la respiración es agitada. Quizá por el esfuerzo del amor, quizá sea sólo por el baile….¡Oh, si los pies pudiesen volar! Llegarían uno al encuentro del otro y se unirían sus almas con el lenguaje de los ojos, con el tacto de la piel y la pasión desbordada del deseo. Qué no se dirían, qué no encontrarían, qué placer efímero no fundirían con su encuentro.

Si alguna vez labios rojos pudiesen quemar la atmósfera candente de una habitación con el silencio; si alguna vez almas halladas pudiesen con su encuentro hablar con la mirada; si alguna vez pecho y brazos, piernas y sentidos lograsen desprenderse de sus ataduras y compromisos, ellos dos serían felices.

Sin embargo, uno se gira hacia la puerta tironeado por la vida que ha elegido hasta ahora y el otro lo pierde de vista, en una habitación llena de cuerpos y de gente que no le interesan nada, apenas maniquíes que estorban la visión de una vida que se escapa. Uno cierra sus ojos para que la imagen de ese momento quede grabada en su recuerdo; el otro intenta desatar uno a uno unos lazos que lo unen a la Nada.

Y mientras uno sale de una habitación en la que halló su vida, el otro, aturdido por la felicidad encontrada, duda un segundo y sigue en ella, recordando el aroma de unos besos traídos por el aire, la cercanía de un tacto nacido en la mirada, y la dulzura de un corazón que baila en una noche sin luna. Y sonríe al vacío. Y se resigna. Y se calla.

En la habitación llena de gente, una nueva canción surge, y como hechizados, los cuerpos comienzan otra vez el lento planeo de una danza continua. Uno oye la melodía ya lejana, mientras atraviesa el umbral de una puerta que quizá no debió franquear jamás. En su memoria de fuego lleva grabada aquella mirada, el sabor de esa sonrisa y el fino tacto de la atmósfera alrededor. Y hasta parece que una lágrima intenta escapar de ese recuerdo.

Pero una mano surge en la noche y detiene su marcha. Se acerca despacio y sonríe en las sombras. Y las miradas se encuentran, los labios se unen y el pecho y los brazos y las piernas se confunden, arrullados por el ritmo sordo de una canción de moda.

Y, mientras tanto, en una habitación la vida sigue, ignota, su guión de siglos por venir. Y unos amantes corren por la noche al encuentro de su historia.

De guardias y guardias/ On call.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

   Salgo de guardia. Una expresión que se ha hecho familiar, cotidiana. La vida se altera saliente de guardia, o más bien se reajusta a la normalidad. Lo anormal es estar de guardia, intentar mantenerse alerta más de 24 horas a veces es realmente complicado y termina afectando al humor (nos volvemos más ácidos, más oscuros y mucho más irascibles), al amor, a las relaciones sociales, al cuerpo y a la vida en general.

   Somos un equipo. Y como tal nos apoyamos, a veces nos soportamos, a veces nos peleamos y a veces encontramos zancadillas en el camino. Así es la vida del ser humano incluso en el ejercicio de la Salud. Y como equipo, afrontamos nuestros miedos y frustraciones en conjunto, con una carencia de privacidad a veces asombrosa. Sin embargo, siendo el médico de guardia, hay una parte de ese miedo, hay una parte de esa responsabilidad del conjunto que depende por completo de nosotros, de nosotros deriva y a nosotros es devuelta en forma de confianza, de respeto y, a veces también, de verdadero cariño. La labor en Medicina está muy estructurada, la responsabilidad también. Es, como en la mayoría de los asuntos mundanos, una pirámide. Si bien habitar en la cúspide de esa estructura garantiza una serie de comodidades (lejos, muy lejos de lo que los no iniciados en Medicina en España piensan), ese confort a veces no es suficiente ante el tamaño de la responsabilidad, del bagaje y de las decisiones que se deben tomar en puestos semejantes. La labor se estructura, pero el médico siempre es el capitán de la nave: al que llegan todas las quejas, el que debe resolver los problemas que exceden los límites de las responsabilidades del resto del equipo, y el que genera la energía necesaria para trabajar, para producir aquello para lo que estamos de guardia: cuidados y restauración de la Salud.

   No es fácil. Nadie dijo que lo fuese. Sin embargo no deja de ser un choque brusco con la realidad el primer día de guardia. Hay miedo, se pasa demasiado miedo; a pesar de que, como residentes, estamos cubiertos (en la realidad no siempre es así) con adjuntos, nuestros inmediatos superiores. Desde aquella primera guardia, cada vez que entro en una, siento la misma extrañeza y el mismo magma de sensaciones entrecortadas y polarizadas. No creo que nadie en su sano juicio entre de guardia sin esa sensación de alerta, sin enfrentarse con sus miedos más íntimos, que se van mezclando, a medida que pasan los años, con cansancio, frustraciones y, muchas veces, hasta aburrimiento.

   El esfuerzo físico de hacer una guardia, si queremos trabajar, claro, es enorme. A ese desgaste se suma la actividad mental y el torbellino emocional al que nos vemos abocados. Nos convertimos sin querer en personas picajosas, en parte egoístas, muchas veces quejosas sin motivo alguno, y muchas veces irascibles: hay que lidiar con innumerables circunstancias externas además de con nosotros mismos: el miedo de los otros, la falta de responsabilidad de los otros, el deseo de ser útil y, también, las ganas de aprender.

   Una guardia es algo más que esa definición eufemística creada para que no se nos paguen horas extras: expectativa de trabajo. Una guardia es trabajo. El cuidado del Enfermo no se limita a una visita mañanera, a una toma de decisiones determinadas. Las líneas maestras de un tratamiento se dibujan así, mas la aplicación del mismo y las consecuencias a las que aboca requieren una asistencia continuada, una constante vigilancia. Siempre hay problemas que resolver, siempre hay situaciones críticas que afrontar, decisiones que tomar. Y eso no es estar expectante de trabajo: eso es pasar una a una las horas del reloj despierto o en duermevela, con dos o tres móviles (incluido el personal) que suenan constantemente, e ignorar, una tras otra, la existencia de días festivos, fines de semana o puentes y acueductos. Todo trabajo tiene su lado oscuro, la Medicina tiene demasiados que no se conocen pero a los que hacemos frente primero con mucha ilusión, posteriormente con más resignación y frustración que otra cosa, y cuya única compensación es la interacción con un equipo igual o más diligente, y con la satisfacción de una labor nunca perfecta, pero al menos más cercana a aquello que soñamos alguna vez.

   Hay guardias y guardias. Así como hay médicos y médicos, enfermeros y auxiliares y celadores. Hay días en el que los astros se alinean y todo va sobre ruedas: el trabajo parece una fiesta, todo se resuelve con el esfuerzo adecuado, hay risas y preocupaciones. Sin embargo hay otros momentos en los que deseamos salir corriendo desesperados, cansados y hartos de estar entre aquellas paredes con olor a alcohol, humores y frustraciones; hay días en el que la Salud importa quizá menos que la necesidad de sacar la labor hacia adelante, y la magia se pierde en la burocracia cada día más abundante y en la lucha por restablecer cierto aire de normalidad a unas vidas alteradas por la presencia de la Enfermedad y de la Angustia.

   En mi primera guardia tenía miedo. Uno sordo, constante, palpable para mí y seguro que para los demás, y sin embargo ante el paciente la actitud era de serenidad, de cierta desazón y rigidez… Algo de todo ello perdura en mí once años después. Acostumbrado a quedarme callado, a pensar en voz alta, mis titubeos se confunden ahora con experiencia vivida, y mis defectos (que veo mejor que nadie) en pugna por salir a a superficie y que el Destino está empeñado en que enfrente cada día, mezclados con mis virtudes, se entretejen con un aplomo cada vez más real y con una inseguridad cada vez más acotada. Sé de lo que no soy capaz y sé que debo enfrentarme en cada guardia a ello. Es una lucha que agota, pero que da como fruto la mirada comprensiva de una enfermera, el aliento de una auxiliar diligente, la sonrisa resignada de un paciente cuyo único deseo es el de sanar y que se entrega a nosotros para ese fin. A veces un residente nos acompaña y su miedo se suma al nuestro, y es una espiral de emociones que sólo con el tiempo se aprende a depurar y controlar. A veces nuestros problemas personales nos afectan; a veces una guardia nos sirve de escape y de catarsis. Así es la vida.

   Hay guardias y guardias. En todas ellas el sentimiento de encarcelamiento se hace evidente en la algarabía que sentimos salientes de guardia, confundido con el cansancio y con la satisfacción del trabajo bien hecho. Estar de guardia es cargar con el pesado fardo de nuestra vida y la de los otros, de nuestros miedos y talentos, y los de los demás, y hacerlo con el mejor de los espíritus y, a veces, con la más estóica de las cabezonerías; es una labor de desgaste y de temple al mismo tiempo, es un choque continuo de deseos y responsabilidades, y que se refleja en nuestro mundo por doquier: en nuestro rostro, cada vez más cansado y lleno de ojeras; en nuestro hogar, al que llegamos tan cansados y hastiados que todo nos molesta, cambiando el sentido de la vida y llegando a amargar a veces a aquellos que amamos; y en nuestros amigos, envueltos en los líos de la vida que se vive entre las orillas de la Salud y la Enfermedad.

   No sé porqué hago guardias. No he pensado que exista una razón. Porque sí, creo. Porque así está pautado. Porque así se nos explota en España. Quizá no sea la mejor de las maneras de enfrentarse al mundo. Pero siempre he pensado que para ser un buen jefe primero hay que ser buen subalterno, y para poder cambiar una realidad, primero hay que conocerla de antemano y saber qué puede dar de sí y qué no. Reestructuraría sin duda el ritmo y la forma de ser de las guardias. En otros países este sistema que tenemos está obsoleto, y no hay que mirar muy lejos para saberlo. Y, sin embargo, estar de guardia es parte de mi trabajo (a veces es todo lo que tenemos como trabajo), y a una parte de mí le gusta trabajar, aunque encerrado y deseando huir, porque una parte de mí, quizá muy pequeñita, quizá afónica, sigue mostrando satisfacción y miedo, dolor a veces y gran paz, cuando una larga jornada como la de hoy culmina y se me abre la boca enorme para suspirar, en medio del aire puro del mediodía: ¡Salgo de guardia!

Carlos Hugo Asperilla: Un mundo maravilloso/ Carlos Hugo Asperilla: A Wonderful World

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Literatura/Literature, Música/ Music

Existen personas cuyo atractivo excede con mucho la apariencia externa. Carlos Hugo Asperilla es una de esas personas.

Podría decirse que lo lo exterior no es más que fiel reflejo de lo interior. Carlos Hugo Asperilla hace de este silogismo una verdad viva.

Conocerlo y quererlo es todo uno. Más allá de una persona de modales exquisitos, de mirada serena y voz profunda y atractiva, encontramos en él al hombre preocupado por lo que ocurre a su alrededor; devoto de la Historia que tiende a repetirse; dueño de una sinceridad desarmante y atrayente; tiende a la justicia de la misma forma que tiende a una perfección soñada por muy pocos.

Su talento está más que demostrado: el arte de la literatura tiene en él a un escritor concienzudo, discreto, que siembra la constancia y la profundidad y cuya forma de ver la vida, afilada como un escalpelo, le hace retratar mundos crueles, realidades crudas de las que sin embargo extrae lo mejor de la naturaleza humana sin artificios ni adornos huecos.

Carlos Hugo Asperilla es un hombre libre. Realmente libre, que no escapa a la Ley sino que la transforma en una expresión de vida; que no necesita más de lo que da y que da todo aquello que juzga necesario.

Es comedido, es galante; más coqueto de lo que nunca admitiría; su espíritu calmado lleno de una amabilidad de terciopelo es muy atractivo; y tiene la rara virtud de abrir su mundo a aquellos que le rodean sin que jamás traspasen el límite de lo banal o de lo innecesario.

Es un buen amigo, es un gran amigo. Su atractivo teñido con un poco de melancolía, un poco de esperanza y mucho sentido común hace que piense en él tumbado al sol de la tarde, cuando la luz se hace transparente y dorada, cayendo sobre su piel como sobre la hierba en flor. Él es una de mis personas favoritas, una de esas personas sin las que no sabría qué hacer en el mundo, porque su mundo muy suyo, que regala con una generosidad medida, es único e irrepetible.

Y en estos días está de cumpleaños. Rosas Blancas para Wolf  hizo que me fijase en él: su belleza hizo el resto.

Carlos Hugo Asperilla: qué maravilloso el mundo contigo en él.

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Por una vez/ For Once in my Life.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

    Debajo del ciruelo dormitas una siesta tardía.

   Con la compañía de un mayo templado, bajo el ciruelo estamos echados juntos; una manta como olvidada sobre nosotros; los gorriones vienen y van; los verdejos con su andar saltarín y su vuelo raudo; los grillos asustados rasgan su melodía adelantada. Un viento sencillo, que refresca y no molesta, intenta levantar las esquinas de nuestra manta como agita las ramas cargadas de pequeños proyectos de ciruelas. Muchas caen a nuestros pies, alfrombrando la hierba quizá algo reseca para estas fechas.

   Y tu respiración acompasada; un resoplido gracioso; el discreto movimiento de un brazo; un beso pequeño en tus labios un poco resecos. Y una risa bajita pero clara que se escapa de mi boca antes de taparla con mi mano y una mirada de felicidad que tiñe todo lo que nos rodea.

   Por una vez me siento pleno. Amado. Deseado. Aceptado. Sin luchas que ganar, sin urgencias que reparar ni necesidades que llenar. Por una vez me siento único, completo, gozoso, en paz. En paz.

   Este prado que se abre a nuestro alrededor, por donde corretean insectos y perros; este jardín que nos acoge, en donde florecen enormes rosas con olor a terciopelo y maravilladas manzanilas; este cielo azul grisáceo, lleno de nubes viajeras y deseos cumplidos, resume cómo me siento; refleja lo que ha conseguido ser mi vida, mi vida desde que estoy contigo.

   Por una vez el amor que guardaba encerrado ha hallado cobijo; por una vez en la vida mis ansias descansan dormidas y cansadas, enroscadas a tus pies. Por una vez, una caricia atrae una sonrisa y el placer, el arrullo de la compañía, de la caricia y el abrazo.

   Por una vez mi fuerza tiene un cauce; por una vez sé adónde voy. Por una vez todo parece nuevo y sin embargo cómodo; todo deseo se hace realidad y la sonrisa en tu rostro, los ojos claritos de sabana verde y ese pelo cortito de seda salvaje, reflejan una y otra vez mi vida y mis intenciones.

   Alguien tierno, alguien cuya serenidad no sólo se halla en la superficie; alguien que ama sin barreras y cuya pasión se divide en múltiples caricias, y en cientos de risas y cosquillas, ha sido capaz de derramar todo lo que llevaba escondido dentro y que nadie veía. Alguien cuya belleza se extiende más allá de su mirada, se desparrama por sus manos y  se llena en sus ojos y en sus labios, ha sido capaz de encontrar lo que hasta yo mismo ignoraba, regalándome un amor que es más que pasión y más que espera. Y ése eres tú.

   Tú: todo lo que yo ignoraba, todo lo que necesitaba, todo lo que deseaba. Tú: por una vez en la vida mi voz se llena de significado al decir un pronombre, y me vuelvo fuerte y sé adónde dirigirme: a ti.

    Ya no estoy solo. Ya no estoy desterrado. Ya no soy el otro. Sólo soy yo. Por una vez en la vida soy yo mismo, lleno de la seguridad del presente; soy un ser que es capaz de saber qué es lo que quiere; que le han regalado la posibilidad de amar y de desear, y que sabe a quién acaricia, a quién desea y porqué.

   Por una vez en la vida la soledad se ha disuelto, y la tristeza y la desdicha. No me siento perdido ni inmerecido ni despreciado ni olvidado. Por una vez he encontrado a alguien que me necesita y que me protege, y que desea mis abrazos, que tiene sed de mis besos y hambre de mis caricias y que me lleva de la mano vigilando mis pasos, cuidándome y arropándome.

   Por una vez no tengo miedo. Por una vez soy amado. Y, por una vez en la vida, soy feliz.

   Te giras un poco y tropiezas con mi cuerpo. En vez de apartarme, te acercas más a mí. Tu nariz en mi hombro; el aliento de tu boca acaricia mi piel. Te acercas más a mí y abres los ojos. Me sonríes desde el sueño. Y te estiras como un gato ocioso. Y me sonríes desde el despertar. Y llenas de luz mis días.

   – Por una vez…

   Pero me callas con un beso y me ahogas con un abrazo. Y dejas que hablen por nosotros los pájaros del jardín, las flores de mayo, el viento alegre y las ciruelas llenas de verdor.

   Qué felicidad.

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Lo que vale la pena/ What a difference a day made.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   El cielo se ha nublado. Grisáceas sombras de algodón van cubriendo el horizonte; se refractan en el monte verde, y terminan abrazándolo todo.

   Un viento furioso se ha levantado. Los rosales quedan desnudos en un desorden de pétalos, que se levantan abrazados por el batir del viento, esa masa informe que a todos arrastra.

   El sol se esconde por el oeste, llevándose la luz de la mañana, la pasividad de una tarde que podría haber sido como otra cualquiera.

   Pero no importa.

   La luna podría llegar a platear sus rayos por la ventana; las estrellas podrían guiñar su ojo de eternidad al avanzar la noche.

   Podría empezar la mañana con graznido de gaviotas y besos de orilla; podría estirar mi brazo en la cama y no encontrarle.

   No importa.

   Ayer no era yo mismo. Iba desnudo, me faltaba el aire.

   Hasta ayer estaba dormido; ciego, no veía una camino certero, un lugar en el que refugiarme.

   No importa. Ya no.

   Lo que vale la pena me estaba esperando. Aquello que cambia el rumbo de las esferas, que establece cambios en las reglas del juego, que diseña y construye para destruir de nuevo y edificar en otra parte, me sonreía tímido tras una esquina y me atrapó al instante.

   Podría ser un mísero mendigo, podría estar inundado de oro. Podría poseer más belleza o más inteligencia o algo de sentido común.

   Podría ser otro. Podría. Pero soy yo.

   Y ya no importa.

   Lo que vale la pena me sonrió en la penumbra, me abrazó en la noche, me besó suave y apasionado al mismo tiempo; me mordió el corazón, me acarició la espalda y me habló de amor.

   Lo que vale la pena me insufló de esperanzas, me sació de cansancio, se llenó de mí. Y, al instante, se fundió por siempre en mi interior.

   Llueve. Las gotas resbalan por mi pelo y llegan a mis hombros.

   Lo que vale la pena me besa bajo la lluvia furiosa, que nos empapa y nos ahoga.

   El cielo gris, el viento alocado, sus labios en los míos, el agua que nos lubrica, la pasión que nos funde, el amor que nos conjura. El mundo que sonríe y la historia que se renueva.

   Todo importa, porque aquello que vale la pena está ya junto a mí.

   Y qué diferencia el mundo a su lado. Y qué felicidad.

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