De guardias y guardias/ On call.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

   Salgo de guardia. Una expresión que se ha hecho familiar, cotidiana. La vida se altera saliente de guardia, o más bien se reajusta a la normalidad. Lo anormal es estar de guardia, intentar mantenerse alerta más de 24 horas a veces es realmente complicado y termina afectando al humor (nos volvemos más ácidos, más oscuros y mucho más irascibles), al amor, a las relaciones sociales, al cuerpo y a la vida en general.

   Somos un equipo. Y como tal nos apoyamos, a veces nos soportamos, a veces nos peleamos y a veces encontramos zancadillas en el camino. Así es la vida del ser humano incluso en el ejercicio de la Salud. Y como equipo, afrontamos nuestros miedos y frustraciones en conjunto, con una carencia de privacidad a veces asombrosa. Sin embargo, siendo el médico de guardia, hay una parte de ese miedo, hay una parte de esa responsabilidad del conjunto que depende por completo de nosotros, de nosotros deriva y a nosotros es devuelta en forma de confianza, de respeto y, a veces también, de verdadero cariño. La labor en Medicina está muy estructurada, la responsabilidad también. Es, como en la mayoría de los asuntos mundanos, una pirámide. Si bien habitar en la cúspide de esa estructura garantiza una serie de comodidades (lejos, muy lejos de lo que los no iniciados en Medicina en España piensan), ese confort a veces no es suficiente ante el tamaño de la responsabilidad, del bagaje y de las decisiones que se deben tomar en puestos semejantes. La labor se estructura, pero el médico siempre es el capitán de la nave: al que llegan todas las quejas, el que debe resolver los problemas que exceden los límites de las responsabilidades del resto del equipo, y el que genera la energía necesaria para trabajar, para producir aquello para lo que estamos de guardia: cuidados y restauración de la Salud.

   No es fácil. Nadie dijo que lo fuese. Sin embargo no deja de ser un choque brusco con la realidad el primer día de guardia. Hay miedo, se pasa demasiado miedo; a pesar de que, como residentes, estamos cubiertos (en la realidad no siempre es así) con adjuntos, nuestros inmediatos superiores. Desde aquella primera guardia, cada vez que entro en una, siento la misma extrañeza y el mismo magma de sensaciones entrecortadas y polarizadas. No creo que nadie en su sano juicio entre de guardia sin esa sensación de alerta, sin enfrentarse con sus miedos más íntimos, que se van mezclando, a medida que pasan los años, con cansancio, frustraciones y, muchas veces, hasta aburrimiento.

   El esfuerzo físico de hacer una guardia, si queremos trabajar, claro, es enorme. A ese desgaste se suma la actividad mental y el torbellino emocional al que nos vemos abocados. Nos convertimos sin querer en personas picajosas, en parte egoístas, muchas veces quejosas sin motivo alguno, y muchas veces irascibles: hay que lidiar con innumerables circunstancias externas además de con nosotros mismos: el miedo de los otros, la falta de responsabilidad de los otros, el deseo de ser útil y, también, las ganas de aprender.

   Una guardia es algo más que esa definición eufemística creada para que no se nos paguen horas extras: expectativa de trabajo. Una guardia es trabajo. El cuidado del Enfermo no se limita a una visita mañanera, a una toma de decisiones determinadas. Las líneas maestras de un tratamiento se dibujan así, mas la aplicación del mismo y las consecuencias a las que aboca requieren una asistencia continuada, una constante vigilancia. Siempre hay problemas que resolver, siempre hay situaciones críticas que afrontar, decisiones que tomar. Y eso no es estar expectante de trabajo: eso es pasar una a una las horas del reloj despierto o en duermevela, con dos o tres móviles (incluido el personal) que suenan constantemente, e ignorar, una tras otra, la existencia de días festivos, fines de semana o puentes y acueductos. Todo trabajo tiene su lado oscuro, la Medicina tiene demasiados que no se conocen pero a los que hacemos frente primero con mucha ilusión, posteriormente con más resignación y frustración que otra cosa, y cuya única compensación es la interacción con un equipo igual o más diligente, y con la satisfacción de una labor nunca perfecta, pero al menos más cercana a aquello que soñamos alguna vez.

   Hay guardias y guardias. Así como hay médicos y médicos, enfermeros y auxiliares y celadores. Hay días en el que los astros se alinean y todo va sobre ruedas: el trabajo parece una fiesta, todo se resuelve con el esfuerzo adecuado, hay risas y preocupaciones. Sin embargo hay otros momentos en los que deseamos salir corriendo desesperados, cansados y hartos de estar entre aquellas paredes con olor a alcohol, humores y frustraciones; hay días en el que la Salud importa quizá menos que la necesidad de sacar la labor hacia adelante, y la magia se pierde en la burocracia cada día más abundante y en la lucha por restablecer cierto aire de normalidad a unas vidas alteradas por la presencia de la Enfermedad y de la Angustia.

   En mi primera guardia tenía miedo. Uno sordo, constante, palpable para mí y seguro que para los demás, y sin embargo ante el paciente la actitud era de serenidad, de cierta desazón y rigidez… Algo de todo ello perdura en mí once años después. Acostumbrado a quedarme callado, a pensar en voz alta, mis titubeos se confunden ahora con experiencia vivida, y mis defectos (que veo mejor que nadie) en pugna por salir a a superficie y que el Destino está empeñado en que enfrente cada día, mezclados con mis virtudes, se entretejen con un aplomo cada vez más real y con una inseguridad cada vez más acotada. Sé de lo que no soy capaz y sé que debo enfrentarme en cada guardia a ello. Es una lucha que agota, pero que da como fruto la mirada comprensiva de una enfermera, el aliento de una auxiliar diligente, la sonrisa resignada de un paciente cuyo único deseo es el de sanar y que se entrega a nosotros para ese fin. A veces un residente nos acompaña y su miedo se suma al nuestro, y es una espiral de emociones que sólo con el tiempo se aprende a depurar y controlar. A veces nuestros problemas personales nos afectan; a veces una guardia nos sirve de escape y de catarsis. Así es la vida.

   Hay guardias y guardias. En todas ellas el sentimiento de encarcelamiento se hace evidente en la algarabía que sentimos salientes de guardia, confundido con el cansancio y con la satisfacción del trabajo bien hecho. Estar de guardia es cargar con el pesado fardo de nuestra vida y la de los otros, de nuestros miedos y talentos, y los de los demás, y hacerlo con el mejor de los espíritus y, a veces, con la más estóica de las cabezonerías; es una labor de desgaste y de temple al mismo tiempo, es un choque continuo de deseos y responsabilidades, y que se refleja en nuestro mundo por doquier: en nuestro rostro, cada vez más cansado y lleno de ojeras; en nuestro hogar, al que llegamos tan cansados y hastiados que todo nos molesta, cambiando el sentido de la vida y llegando a amargar a veces a aquellos que amamos; y en nuestros amigos, envueltos en los líos de la vida que se vive entre las orillas de la Salud y la Enfermedad.

   No sé porqué hago guardias. No he pensado que exista una razón. Porque sí, creo. Porque así está pautado. Porque así se nos explota en España. Quizá no sea la mejor de las maneras de enfrentarse al mundo. Pero siempre he pensado que para ser un buen jefe primero hay que ser buen subalterno, y para poder cambiar una realidad, primero hay que conocerla de antemano y saber qué puede dar de sí y qué no. Reestructuraría sin duda el ritmo y la forma de ser de las guardias. En otros países este sistema que tenemos está obsoleto, y no hay que mirar muy lejos para saberlo. Y, sin embargo, estar de guardia es parte de mi trabajo (a veces es todo lo que tenemos como trabajo), y a una parte de mí le gusta trabajar, aunque encerrado y deseando huir, porque una parte de mí, quizá muy pequeñita, quizá afónica, sigue mostrando satisfacción y miedo, dolor a veces y gran paz, cuando una larga jornada como la de hoy culmina y se me abre la boca enorme para suspirar, en medio del aire puro del mediodía: ¡Salgo de guardia!

Carlos Hugo Asperilla: Un mundo maravilloso/ Carlos Hugo Asperilla: A Wonderful World

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Literatura/Literature, Música/ Music

Existen personas cuyo atractivo excede con mucho la apariencia externa. Carlos Hugo Asperilla es una de esas personas.

Podría decirse que lo lo exterior no es más que fiel reflejo de lo interior. Carlos Hugo Asperilla hace de este silogismo una verdad viva.

Conocerlo y quererlo es todo uno. Más allá de una persona de modales exquisitos, de mirada serena y voz profunda y atractiva, encontramos en él al hombre preocupado por lo que ocurre a su alrededor; devoto de la Historia que tiende a repetirse; dueño de una sinceridad desarmante y atrayente; tiende a la justicia de la misma forma que tiende a una perfección soñada por muy pocos.

Su talento está más que demostrado: el arte de la literatura tiene en él a un escritor concienzudo, discreto, que siembra la constancia y la profundidad y cuya forma de ver la vida, afilada como un escalpelo, le hace retratar mundos crueles, realidades crudas de las que sin embargo extrae lo mejor de la naturaleza humana sin artificios ni adornos huecos.

Carlos Hugo Asperilla es un hombre libre. Realmente libre, que no escapa a la Ley sino que la transforma en una expresión de vida; que no necesita más de lo que da y que da todo aquello que juzga necesario.

Es comedido, es galante; más coqueto de lo que nunca admitiría; su espíritu calmado lleno de una amabilidad de terciopelo es muy atractivo; y tiene la rara virtud de abrir su mundo a aquellos que le rodean sin que jamás traspasen el límite de lo banal o de lo innecesario.

Es un buen amigo, es un gran amigo. Su atractivo teñido con un poco de melancolía, un poco de esperanza y mucho sentido común hace que piense en él tumbado al sol de la tarde, cuando la luz se hace transparente y dorada, cayendo sobre su piel como sobre la hierba en flor. Él es una de mis personas favoritas, una de esas personas sin las que no sabría qué hacer en el mundo, porque su mundo muy suyo, que regala con una generosidad medida, es único e irrepetible.

Y en estos días está de cumpleaños. Rosas Blancas para Wolf  hizo que me fijase en él: su belleza hizo el resto.

Carlos Hugo Asperilla: qué maravilloso el mundo contigo en él.

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Por una vez/ For Once in my Life.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

    Debajo del ciruelo dormitas una siesta tardía.

   Con la compañía de un mayo templado, bajo el ciruelo estamos echados juntos; una manta como olvidada sobre nosotros; los gorriones vienen y van; los verdejos con su andar saltarín y su vuelo raudo; los grillos asustados rasgan su melodía adelantada. Un viento sencillo, que refresca y no molesta, intenta levantar las esquinas de nuestra manta como agita las ramas cargadas de pequeños proyectos de ciruelas. Muchas caen a nuestros pies, alfrombrando la hierba quizá algo reseca para estas fechas.

   Y tu respiración acompasada; un resoplido gracioso; el discreto movimiento de un brazo; un beso pequeño en tus labios un poco resecos. Y una risa bajita pero clara que se escapa de mi boca antes de taparla con mi mano y una mirada de felicidad que tiñe todo lo que nos rodea.

   Por una vez me siento pleno. Amado. Deseado. Aceptado. Sin luchas que ganar, sin urgencias que reparar ni necesidades que llenar. Por una vez me siento único, completo, gozoso, en paz. En paz.

   Este prado que se abre a nuestro alrededor, por donde corretean insectos y perros; este jardín que nos acoge, en donde florecen enormes rosas con olor a terciopelo y maravilladas manzanilas; este cielo azul grisáceo, lleno de nubes viajeras y deseos cumplidos, resume cómo me siento; refleja lo que ha conseguido ser mi vida, mi vida desde que estoy contigo.

   Por una vez el amor que guardaba encerrado ha hallado cobijo; por una vez en la vida mis ansias descansan dormidas y cansadas, enroscadas a tus pies. Por una vez, una caricia atrae una sonrisa y el placer, el arrullo de la compañía, de la caricia y el abrazo.

   Por una vez mi fuerza tiene un cauce; por una vez sé adónde voy. Por una vez todo parece nuevo y sin embargo cómodo; todo deseo se hace realidad y la sonrisa en tu rostro, los ojos claritos de sabana verde y ese pelo cortito de seda salvaje, reflejan una y otra vez mi vida y mis intenciones.

   Alguien tierno, alguien cuya serenidad no sólo se halla en la superficie; alguien que ama sin barreras y cuya pasión se divide en múltiples caricias, y en cientos de risas y cosquillas, ha sido capaz de derramar todo lo que llevaba escondido dentro y que nadie veía. Alguien cuya belleza se extiende más allá de su mirada, se desparrama por sus manos y  se llena en sus ojos y en sus labios, ha sido capaz de encontrar lo que hasta yo mismo ignoraba, regalándome un amor que es más que pasión y más que espera. Y ése eres tú.

   Tú: todo lo que yo ignoraba, todo lo que necesitaba, todo lo que deseaba. Tú: por una vez en la vida mi voz se llena de significado al decir un pronombre, y me vuelvo fuerte y sé adónde dirigirme: a ti.

    Ya no estoy solo. Ya no estoy desterrado. Ya no soy el otro. Sólo soy yo. Por una vez en la vida soy yo mismo, lleno de la seguridad del presente; soy un ser que es capaz de saber qué es lo que quiere; que le han regalado la posibilidad de amar y de desear, y que sabe a quién acaricia, a quién desea y porqué.

   Por una vez en la vida la soledad se ha disuelto, y la tristeza y la desdicha. No me siento perdido ni inmerecido ni despreciado ni olvidado. Por una vez he encontrado a alguien que me necesita y que me protege, y que desea mis abrazos, que tiene sed de mis besos y hambre de mis caricias y que me lleva de la mano vigilando mis pasos, cuidándome y arropándome.

   Por una vez no tengo miedo. Por una vez soy amado. Y, por una vez en la vida, soy feliz.

   Te giras un poco y tropiezas con mi cuerpo. En vez de apartarme, te acercas más a mí. Tu nariz en mi hombro; el aliento de tu boca acaricia mi piel. Te acercas más a mí y abres los ojos. Me sonríes desde el sueño. Y te estiras como un gato ocioso. Y me sonríes desde el despertar. Y llenas de luz mis días.

   – Por una vez…

   Pero me callas con un beso y me ahogas con un abrazo. Y dejas que hablen por nosotros los pájaros del jardín, las flores de mayo, el viento alegre y las ciruelas llenas de verdor.

   Qué felicidad.

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Lo que vale la pena/ What a difference a day made.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   El cielo se ha nublado. Grisáceas sombras de algodón van cubriendo el horizonte; se refractan en el monte verde, y terminan abrazándolo todo.

   Un viento furioso se ha levantado. Los rosales quedan desnudos en un desorden de pétalos, que se levantan abrazados por el batir del viento, esa masa informe que a todos arrastra.

   El sol se esconde por el oeste, llevándose la luz de la mañana, la pasividad de una tarde que podría haber sido como otra cualquiera.

   Pero no importa.

   La luna podría llegar a platear sus rayos por la ventana; las estrellas podrían guiñar su ojo de eternidad al avanzar la noche.

   Podría empezar la mañana con graznido de gaviotas y besos de orilla; podría estirar mi brazo en la cama y no encontrarle.

   No importa.

   Ayer no era yo mismo. Iba desnudo, me faltaba el aire.

   Hasta ayer estaba dormido; ciego, no veía una camino certero, un lugar en el que refugiarme.

   No importa. Ya no.

   Lo que vale la pena me estaba esperando. Aquello que cambia el rumbo de las esferas, que establece cambios en las reglas del juego, que diseña y construye para destruir de nuevo y edificar en otra parte, me sonreía tímido tras una esquina y me atrapó al instante.

   Podría ser un mísero mendigo, podría estar inundado de oro. Podría poseer más belleza o más inteligencia o algo de sentido común.

   Podría ser otro. Podría. Pero soy yo.

   Y ya no importa.

   Lo que vale la pena me sonrió en la penumbra, me abrazó en la noche, me besó suave y apasionado al mismo tiempo; me mordió el corazón, me acarició la espalda y me habló de amor.

   Lo que vale la pena me insufló de esperanzas, me sació de cansancio, se llenó de mí. Y, al instante, se fundió por siempre en mi interior.

   Llueve. Las gotas resbalan por mi pelo y llegan a mis hombros.

   Lo que vale la pena me besa bajo la lluvia furiosa, que nos empapa y nos ahoga.

   El cielo gris, el viento alocado, sus labios en los míos, el agua que nos lubrica, la pasión que nos funde, el amor que nos conjura. El mundo que sonríe y la historia que se renueva.

   Todo importa, porque aquello que vale la pena está ya junto a mí.

   Y qué diferencia el mundo a su lado. Y qué felicidad.

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Encontrándonos/ A Meeting.

El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   Hace unos días, en una tarde en la que hacía más fresco que calor, más sol que nubes, pero en la que se podía percibir ese cambio de tiempo tan característico de Santiago de Compostela, con viento revuelto, el sol jugando al escondite con las nubes, y un ligero tinte grisáceo sobre el rosa del atardecer, me encontré con Anita Tef y Cris Montes.

   En una cafetería que ya tiene solera (sí, fui testigo de la apertura…, mejor dejemos el tiempo como está) quedamos para encontrarnos, en el viejo Santiago, aquel en el que aún hoy me emociona descubrir rincones ocultos, sorpresas de una arquitectura que estuvo hecha para acoger, apabullar, homenajear y disfrutar, y que ya no sabemos realizar.

   Como tengo costumbre, llegué un poco antes. Sufro de una rara obsesión con la puntualidad, y en un país como España eso es una incomodidad. La admiro tanto como las buenas maneras; de hecho, creo que es una expresión de modales adecuados, y nada me soprende más que una persona educada. Y, sí, cada vez hay menos. Quizá por eso mi admiración se acrecentó cuando ambas llegaron en punto, con sonrisas incrustadas en la cara.

   Qué maravilla. Para ser tres personas que se conocen y cuyo intercambio (salvo una excepción, que nos llevó a conocernos en la red) es virtual, aquel encuentro me resultó agradable y encantador. Dos mujeres inteligentes, de personalidad muy determinada y caracteres complementarios, que enriquecen la vida de aquellos que tienen la fortuna de disfrutarlas a su lado, y yo, comenzamos un vals de acercamiento y reconocimiento que, para mí, fue una delicia.

   De naturaleza reservada, Cris analiza con su mirada todo lo que ocurre; tiene temperamento de ardilla intelectual: todo le llama la atención y todo lo capta, con una memoria asombrosa. Ana, más expresiva e inquisidora, quiere saberlo todo de forma directa y sin adornos. Ojos chispeantes, sonrisas francas, curiosidades mutuas.

   Frente a unas bebidas que no fueron completamente de nuestro agrado (salvo Anita), confirmación de que nada es como una vez fue, la conversación fluyó de manera animada. Tanto, que nos fuimos de paseo por las calles de la ciudad entre comentarios y bromas. Recorrimos aquellas calles de piedra eterna, y parte de las renovadas de asfalto, sintiéndome muy bien acompañado, sin duda, pero a la vez como atraído por un filtro del pasado que me dejó de muy buen humor.

   Caminando con ellas, hablando de nuestros problemas de hoy, de trabajo, relaciones y sentimientos, me embargó la sensación de estar bailando un vals fluido, lleno de notas reconocidas y encantadoras. Quizá es lo que sentimos cuando nos embarcamos en relaciones con personas interesantes, de rango vital similar, de vivencias en común y que se encuentran, asombradas, de que algo así pueda ocurrir. Cansado a veces de cierta mediocridad (de la que formo parte, como todo en nuestro día a día), encontrarme con personas estimulantes, de verbo fácil y pensar profundo, en una tarde para mí maravillosa, fue un regalo del que estaré eternamente agradecido a Cris Montes y a Anita Tef por habérmelo obsequiado.

   Viví sin querer los veinte años que llevo en la ciudad entre el viento, el sol, las nubes y la compañía estupenda de estas dos mujeres que obraron para mí ese milagro del reencuentro y del encuentro entre lo que fue y lo nuevo, entre lo que fui una vez y lo que hoy soy.

   Una tarde maravillosa, con la mejor compañía, en una de las ciudades más bonitas de Europa…

   ¡Qué felicidad!

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Tiempo de Curar/ Healing Time.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

   Pocas veces he hablado de esto con mis amigos y colegas. Cuando nos reunimos somos el azote de todas las parejas: no paramos de hablar de trabajo. Lo que ocurre es que no hablamos exactamente de trabajo, si no de los que nos pasa en él, que es muy distinto. Sin embargo es cierto: está tan impregnado en nuestro ser, que se nos olvida el resto del mundo, que mira entre aburrido y acostumbrado hacia ninguna parte en particular, hasta que nos damos cuenta o algo así, y cambiamos de tema al menos por cinco minutos. Es lo que hay.

   Sin embargo el proceso mental que nos lleva a optar por un diagnóstico u otro y, por ende, por éste o aquél tratamiento, suele quedar relegado, como si la desnudez de nuestro esqueleto interpretativo fuese algo de lo que avergonzarse. Es cierto que en la mayoría de las especialidades se tiende a la protocolización excesiva, a la compartimentalización del cuerpo (cosa que veo como un error) pues nos lleva a fallos de visión que pueden llegar a veces a ser peligrosos para los pacientes. Bien es cierto que la mayoría de las veces esa pérdida de visión periférica sólo acarrea pequeños desajustes fácilmente solucionables; caminamos sobre un precipicio de fondo inabarcable en situaciones así.

   Para la ciencia, la repetición de una actividad debe dar siempre el mismo resultado. Como el ser humano no es un sistema matemático en sí mismo (o quizá sí lo sea, pero de una física y matemática que aún no llegamos a comprehender) esta aplicación, ley en ciencia, sufre ciertos ajustes y esos cambios los llamamos variabilidad, recostándonos en la estadística, en la probabilidad y en una serie de redes que intentan garantizar un estado de estabilidad que es muy difícil casar con la naturaleza humana. Pero que es útil: todo se basa en la mayoría, y es difícil equivocarse con el grueso de la población. Y de cualquier forma, siempre nos acompañan esos casos excepcionales para añadirle sal a nuestro trabajo, miga a nuestro quehacer diario, aunque casi nadie quiere tropezar con algo así.

   De esto se desprende que la Medicina es una ciencia inexacta: lo es. Todo puede suceder. Todo. Y nada al 100%. Es una ciencia elusiva, cambiante, demasiado influenciada por factores externos, por procesos que se nos escapan de las manos y que tienen más que ver con la naturaleza divina de las cosas.

   Es raro que un médico emplee un término semejante. Es tan poco frecuente como esperar dicha explicación de un médico. En cierto sentido, trasladamos nuestra inseguridad al poseedor del Saber, y es correcto ese acto de confianza; lo que quizá ignoramos es que a pesar de ese conocimiento, y gracias a esa sabiduría de las cosas humanas, los médicos sabemos que todo es posible (hasta lo improbable) y aunque hay cosas indiscutibles, la naturaleza humana juega demasiado con cartas marcadas que a veces nos gana la partida. Así no esperamos jamás que un médico nos hable en términos de probabilidad, y cuando lo hace (y créanme: lo hacemos siempre) no nos damos cuenta, porque sólo queremos escuchar hechos concretos, evoluciones determinadas, lo blanco o lo negro. A nadie le interesa (salvo al profesional de la Salud) la inmensa escala de grises que esconde cada paciente y su entorno de Enfermedad.

   El proceso de diagnóstico es quizá el más importante de todos. El tratamiento es más técnico, juega a veces en el campo de la habilidad del propio médico y descansa en el lecho de la estadística, y es consecuencia directa (siempre) del diagnóstico. Un diagnóstico correcto necesita del diálogo entre médico y paciente asociado a la exploración física del mismo. En estos procesos, un silogismo que en mí es oscuro, profundo y perdido en la masa del conocimiento, toma forma y nos lleva a una conclusión determinada. Ese proceso insondable, porque para mí es un misterio, no solemos hablarlo nunca entre nosotros, quizá porque no es ciencia, quizá porque se nos escapa de la manos. Y eso no nos gusta nada.

   Pero soy el primero en afirmarlo: en mí es un proceso de pura intuición. No sé cómo funciona; desconozco en qué se basa. Siempre lo he comparado con una voz que me susurra al oído, como una corazonada, un impulso que me arrastra (literalmente me lleva en volandas) hasta aquello que creo (sí, que creo) es el diagnóstico correcto. Si me preguntan, reconozco que soy incapaz de extraer de esa masa informe de conocimiento el resorte que ha lanzado la conclusión correcta: soy mal médico por ello. Porque no sé mostrar mis cartas, porque soy incapaz de desentrañar ese proceso misterioso que me revela lo que busco, que me indica el camino.

   Es una locura, y quizá por eso no lo comento casi nunca. Pero mis conocimientos a la par que mi memoria saltan sin querer tras un estímulo adecuado, y arrastran consigo un rosario de razones razonadas y digeridas por alguien (¿quién? ¿yo?) que justifican una acción, que despliegan un motivo y un tratamiento concreto. Mis habilidades, de tener algunas, son más un regalo que un aprendizaje tenaz, un proceso alquímico que ha conseguido, en esa amalgama y en ese desprendimiento, una veta de la cual brotan las conclusiones exactas, las medidas correctas que me permiten hacer bien, dentro de lo que cabe, mi trabajo.

   Y me equivoco. Claro que me equivoco. Más veces de las que mi ego puede soportar. Sin embargo, cada uno de esos errores han tenido que ver con una desconexión entre la fuente y mi estado de conciencia, entre mi intuición y mis dudas. Cada vez que dudo, yerro (gracias a Dios, esos errores son subsanables en su mayoría) y de esas dudas está cimentada mi vida.

   Hace unos años, tener una intuición tan fuerte me preocupaba. Ahora dejo a mi lengua libre y siempre me sorprende oírme a mí mismo, y a veces verme a mí mismo, en esos trances. Ahora me he transformado más en canalizador y en observador de ese milagro que se obra en mí, y cada vez le pongo menos trabas, cada vez le dejo más libertad. ¿Es correcto lo que hago? No lo sé. Lo que sí sé es que es poco ortodoxo. Pero apenas unos meses trabajando a mi lado todo el mundo se da cuenta que soy de todo menos común. Y que siempre he sido así. Antes me preocupaba. ¿Ahora? Me dejo guiar. Porque veo los resultados, porque siento que es lo que debo hacer, y que todo se alinea conmigo para que eso ocurra.

   En todo proceso de curación, el Enfermo es quien sufre los cambios, las transformaciones; nosotros sólo somos catalizadores de esos cambios, confortadores y, a veces, sostenedores de ese resurgir. Sin embargo el secreto del Tiempo de Curar sigue estando escondido, profundo, en lo más recóndito de todos nosotros. Y la intuición es su vehículo y su lenguaje. Puede ser poco científico, puede ser poco ortodoxo, pero para mí es verídico, es lo que me hace ser el que soy. Y mientras me deje guiar por ella, me aseguraré de estar siempre cerca de Dios.

Por uno mismo/ All by Myself.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

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