Gaby, Fofó y Miliki fueron los payasos. Para mí no hubo otros. Haber nacido y crecido en América da perspectiva a todo lo que ocurría en este lado del océano, y lo que de aquí provenía. Cierto es que ellos han sido un ejemplo del ir y venir entre España y Latinoamérica que, desde que se encontraron hace más de cinco siglos, sigue produciéndose hoy día.
Ellos venía de visita, no tenían un programa de televisión fijo como aquí, y sin embargo eran tan queridos y tan cantados como todos los niños de España.
Y ellos definieron mi imagen del Circo, y sí, esas imágenes han sido y serán siempre, en blanco y negro.
Hoy se ha ido el último de los payasos de mi infancia. Adiós, Miliki. Gracias por todo. Y saluda por nosotros a Don Pepito, que desde el Circo de la Vida, siempre con ilusión, seguiremos cantando todas y cada una de las melodías con las que sazonasteis nuestra infancia, en blanco y negro, y sí, también a color.
Freixenet, con la que hemos celebrado tantas alegrías, busca estas Navidades llegar más cerca de nuestros corazones lanzando una campaña para poder elegir qué anuncio hecho con la creatividad de cualquiera de nosotros, puede formar parte de su siempre esperada felicitación navideña.
Ricky Merinoes un joven comunicador que vive el día a día de nuestra sociedad, dura e imparable, y que intenta abrirse paso con valentía y mucho corazón, en el siempre difícil mundo de la Creatividad. Y lo hace concursando con un spot navideño para la campaña de Freixenet 2012 que pido desde aquí sea visto y sea votado, si os gusta tanto como a mí.
Muchos merecen una oportunidad para vivir sus sueños, y Ricky Merino es uno de ellos. Es tal cual se muestra en el vídeo: encantador, bullanguero, tierno, educado y dedicado, un ejemplo real de las jóvenes generaciones que están sufriendo, quizá más que nadie, en estos tiempos tan duros. Y que es capaz de ver hacia el futuro con una sonrisa y, sobre todo o más que todo, con un soplo de esperanza.
Así es la Navidad de Ricky: lista para brillar. Y así esperamos que sea a través de nuestro apoyo, si llega hasta el final en esta carrera junto a Freixenet.
¡Ah! Por cierto: Muchas Gracias de su parte. Y de la mía, sin duda.
La ciudad es un caos así. Sirenas, todos de mal humor, y los torpes al volante y los más listos conduciendo.
Pozas de agua que empapan al transeúnte. Y paraguas chorreantes y todo mojado: la ropa, los zapatos, el ánimo y el corazón.
Hasta que llego a casa.
Llueve. Y estás en la ventana viendo cómo cae sobre las aceras, cómo acaricia los cristales.
La chimenea encendida y un aroma a roble y a hogar tibio y esponjoso. Lleno de sonrisas.
Entro. Te giras. Me sonríes. Y te acercas.
Nos tomamos de la mano sin decir nada y me acercas al fuego. Revuelves mi cabello y el agua se evapora con el contacto de tu piel, sedosa y ambarina, por la que apenas pasa el tiempo, que nunca es mucho tiempo.
Y no hay ruido, no hay malos humores, no hay prisas, no hay explicaciones.
Sólo el arrullo de las cosas menudas. Que tienen tu nombre y el mío. Y una chimenea encendida y el reflejo de la ciudad en los ventanales mojados.
Silencio. Sólo se oye el susurro de la respiración. Y el bamboleo suave del pecho subir y bajar. Y el roce de las sábanas. Y a veces el lento movimiento del dormido.
Hace algo de frío. No hay calefacción. No la necesitaban hasta hace poco. El calor hacía sudar las ventanas; y las gotas caían sobre un cuello y sobre el otro, entre los labios abiertos y los brazos y las piernas. Y se acurrucan arrugando el edredón, y se acercan más y más, sintiendo en el sueño la caricia de la compañía y ese roce lento del placer saciado.
El sol se asoma poco a poco. El amanecer es perezoso y atraviesa las rendijas de las cortinas como pidiendo disculpas. Aún no tiene fuerza suficiente como para rasgar el sueño de los amantes y calentar el día, pero la tendrá. Y puede que deshaga algo más que el sueño y el abrazo y la camaradería.
Por eso se toma su tiempo. Y ellos también.
Sin preguntas, sin dudas. Un encuentro y otro más. La vida de cada uno aparcada justo detrás de las palabras; jamás escondida pero sí suspendida: no puede haber mentiras en un abrazo febril, en una búsqueda que parecer haber llegado a su fin. Tampoco ninguna sombra ni ningún pasado: el tiempo se diluye en el amor sin calendarios, en las palabras no dichas, en los besos robados al sueño y al descanso.
En el mundo real la vida se haya estacionada en el hueco que hay entre los dos amantes. Todavía es noche, todavía es una posibilidad. En el mundo real sólo los separan las sábanas y sus propias pieles, que se abren como flores, que se entregan como palomas mansas. Y no hay nada más.
En el mundo real no hay soles, no hay mañanas. Ni hay finales ni hay porqués. Nada se dice y todo se sabe. El amor rueda indefenso y se atrapa indemne con la fuerza de un abrazo, con el sabor de un beso. Y se acuna, después de la locura y el éxtasis, regándolo con lágrimas de pura felicidad.
Sin embargo, poco a poco el día avanza y el sol comienza a entrar desesperado por las ventanas. Indefensos, dormidos, serenos. Salvajes en el sentimiento, únicos y libres. Hasta que abran los ojos. Y dejen entrar el ritmo del reloj y de la vida en la habitación.
Pero mientras tanto ellos están inmersos en un mundo libre, lleno de sueños que se tocan y de vidas que se saborean sin hartazgo. Mientras tanto, el mundo real los protege y los hace eternos.