En el desván/ The Attic.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

   En esto de clarear el ambiente, un nuevo año que comienza, que el otoño representa la renovación del año que se va quedando atrás, mudar de piel como los árboles de hojas, y que iban siendo horas de limpiar el espacio del desván, ayer me arrojé a la arriesgada tarea de subir y comenzar a clasificar aquello que debería definitivamente irse de mi vida y qué quedarse.

   Sobra decir que la mayoría de las cosas acabarán yéndose: han cumplido una función y es hora de dejarlos atrás. Como los recuerdos, los objetos del tiempo pasado ocupan un espacio y un peso en la vida y, llegado el momento, deben dejar sitio a algo nuevo o, como cada vez prefiero, un espacio libre (que no vacío).

   No me lo esperaba (hay demasiados aparatos electrónicos que desechar, viejos televisores, ropa apolillada o que ya no tiene más uso que el de avivar un recuerdo lleno de tactos o un aroma a lo que pasó y no vuelve más) y sin embargo fui tropezando aquí y allí con objetos pequeños, sin importancia real, que me recordaron de repente quién era yo por esos años, aquel que perdí de vista y que forma parte de ese ser al que continúo llamando yo mismo y que casi no reconozco.

   Parece mentira, pero conforme pasan los años gano kilaje corporal y pierdo peso de memoria. Los objetos acumulados en el desván nos recuerdan quiénes fuimos o porqué fuimos de una forma determinada, las opciones que elegimos y lo fugaz que es el paso del tiempo: todo lo olvidamos y todo se deja atrás.

   Ayer, mientras comenzaba una labor que va a llevar días, entre polvo y telarañas, mi memoria jugó conmigo y me retrató, con sensaciones y sentimientos evocados, cómo una vez fui y olvidé que era.

   Por ejemplo, mi estupenda caligrafía. Y lo detallista que era para todo. Encontré unas cintas de audio, tan bien escritas y guardadas con tanto cariño, cintas de 60 y de 90 minutos, y el walkman que iba conmigo a todas partes, golpeado por la vida y que, en un arranque de morriña, guardé estropeado junto con las cintas. Las melodías que hay guardadas en ellas y que ya casi ni escucho…

   En otra caja aún sobrevivían mis cuadernos de apuntes de primero de carrera, cuando tenía dieciséis años y creía en un futuro agraciado del que obtendría todos mis sueños… A lápiz y  a bolígrafo, bioquímica, química orgánica y y los secretos de la vida microscópica que nos hacen lo que somos, comenzaban a descubrirse; si alguien hoy los viese jamás pensaría que esa caligrafía fuese la mía: abandoné el arte del buen escribir como muchas otras cosas sin excusas reales, porque nada justifica el abandono de la memoria a la que nos entregamos cuando jugamos en serio, o lo que pudiese ser en serio, ese juego de la vida que nos engaña, precisamente porque ningún juego ha de deberse tomar seriamente.

   Carpetas hechas a collage con aquellas cosas que me llamaban la atención: obras de arte, anuncios, carteles de películas, carátulas de elepés, la música que oía por aquellos años, cuando era demasiado joven para el mundo en el que me desenvolvía, jugando unas cartas que me venían quizá un poco grandes y padeciendo una ceguera de sentido común algo tierna y embarazosa a partes iguales.

   No fui feliz en esos años. Pero quién sabe si lo soy ahora.

   El primer ordenador con su impresora. Epson modelo Apex, traída de los EEUU sin ñ en el teclado, que por cierto pesaba un montón. El primer lector de cedés, la cadena musical que tenía dos lectores de cintas y permitía grabar de una cinta a otra (eso sí que fue un gran avance técnico). Cuando visitaba en Simago la planta de música y de objetos de papelería, y en la esquina siguiente, entraba en Follas Novas para aspirar el olor de los libros y curiosear las novedades editoriales y hojear por encima los textos sobre Nueva Era que tanto me interesaban. Hay cajas enteras llenas de esos libros que encierran tanta sabiduría y vacío a la vez, exactamente como la propia vida.

   Y ropa, alguna que todavía hoy pudiese valer. Lo que quiere decir que estaba muy gordo o ahora muy delgado, cosa que pongo en duda.

   Y fotos, con cortes de pelo redondeados, muy Llongueras, atentados contra el buen gusto sin duda, y mis gafas culo de vaso antes de que existieran para mí las lentes de contacto blandas (de aquélla estaba condenado a las lentillas duras y esa-tortura-no-estaba-hecha-para-mí).

  Entre el polvo y los recuerdos, ayer me pasé la mitad del tiempo en una bruma de tiempo ido y de estornudos. En el desván todo es posible. No sé porqué los científicos siguen buscando cómo viajar en el tiempo, con lo fácil que es dejarnos ir de la mano de los recuerdos y de las cosas vacuas que vamos amontonando, con el paso de los años, en los rincones polvorientos del desván.

   Lápices de colores y carboncillos, con bocetos que parecían apuntar algo de talento; escritos apasionados que seguro hoy no se librarían de mi propia censura y que tanta importancia llegaron a tener para mí; una forma de ver el mundo no muy diferente a la de hoy, más apasionada quizá, más ciega, pero no menos real que la actual.

   ¿A quién se le ocurre escuchar a Aute a los once años? ¿Y a Silvio Rodríguez? ¿Y a Supertramp? De Roberto Carlos a Whitney Houston, de Air Supply a 4:40 (de aquélla aún no se llamaba: Juan Luis Guerra y 4:40), de Juan Pardo y María José la de los Pajaritos a A Roda, de Emanuel a Eros Ramazotti , de Lionel Richie a Phil Collins, de V a El pájaro espino, de La bella y la bestia a Moonlighting, de La guerra de las galaxias a Dirty dancing, de Los ángeles de Charlie a Magnum PI… En fin…

   Aún me queda mucho por hacer y mucho que revivir. No me molesta ese encuentro conmigo mismo, al contrario, me da una perspectiva diferente y me sirve de plataforma para decirle adiós. Porque todo se va, todo se mezcla en las líneas del tiempo ido y todo se transforma, en nosotros mismos y en lo que nos rodea.

   En el desván la vida se acumula y pasa, amontonada, llenando el corazón.

Al final de septiembre/ When September Ends.

El día a día/ The days we're living

¿Seguimos creando Arte?/ Are We Still Doing Art?

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

   Ya entrada la segunda década del siglo, en medio de lo que parece ser una crisis económica pero que no es sólo eso, si no moral, educacional, colectiva y personal al mismo tiempo, parece que nos estamos secando.

   Hojeando diversos medios impresos, desde la Moda a la Arquitectura, parece que nos estamos quedando sin ideas. Cada vez ganamos más en técnica y en asombrosas facilidades para expresar nuestro mundo interior, y sin embargo cada vez los intentos que conseguimos simulan más bordados en el aire, vacío hueco que no nos lleva a ninguna parte.

   La Moda se repite constantemente. Decimos sin ambages que ya no hay qué crear, entonces nos recreamos en repetir hasta la saciedad, casi de forma periódica, patrones que fueron furor y novedad en su momento, porque somos incapaces de romper como se hizo en aquel presente, la linealidad de la vida, y lo hacemos innovando en tejidos, mezclando texturas, haciendo que el brillo de la noche luzca a pleno sol, por ejemplo, o sacamos la tela de nuestros sofás para hacer trajes supuestamente rupturistas, como si hace dos siglos eso no se hiciese ya.

   En el Interiorismo pasa lo mismo: alabamos los moldes del siglo anterior y seguimos enganchados al rococó francés o al renacimiento español. En la actualidad valoramos más que nos entretengan a que nos estimulen, que nos hagan reír antes que pensar. Calificamos de novedoso un sillón al que dejamos al aire todo su tejido interno, y dejamos sin reparar telas que podrían ser renovadas y parecer nuevas. Nos regocijamos en la mediocridad aplaudiendo ideas que, en otras décadas, no pasarían de ser meras abstracciones sin sentido artístico.

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   En la Cinematografía, la situación se repite: dícese que el dinero no se arriesga en crear novedades; sin embargo, parece que la creatividad en verdad se ha colado hacia la televisión (por supuesto, norteamericana e inglesa en su mayoría), donde las propuestas que sí son arriesgadas ven la luz y a veces son obras maestras y a veces cumplen su función de entretener y ya es bastante. Ya no hay guiones que estremezcan y nos hagan salir de nuestras casas hacia el cine, o estos son tan escasos, que precisamente por eso llaman la atención: allí donde debería ser una norma sólo brillan las excepciones.

   En la Literatura pasa más de lo mismo: el consumismo (el bestselerismo, y perdón por la creatividad escesiva del día de hoy en vocablos que dudo aparezcan en diccionario español alguno) no debería ser óbice para obviar el talento, para dar rienda suelta a mensajes claros y a ideas meridianas que nos ayuden, como siempre lo ha hecho, a sembrar ideas, clarificar mentes y llenarnos de dudas sobre el universo. Alabamos escritores exóticos o contemporáneos (para mí es lo mismo), que repiten hasta la saciedad la misma estructura narrativa, reproduciendo una y otra vez una línea dramática que le ha aportado éxito y que llega a aburrir, haciéndonos notar sus mimbres y el esfuerzo que les produce cada página en blanco a la que se enfrentan.

   La Arquitectura sufre un paroxismo similar, creando estructuras cada vez menos orgánicas, menos unidas a lo humano; edificios por donde la luz llega tamizada por ventanucos y encerrada por un hormigón desnudo, que brilla pocas veces y en pocas manos. Las grandes obras de este nuevo siglo son técnicamente asombrosas pero estéticamente vacías, porque hemos olvidado en alguna parte aunar emoción al apabullamiento. Nada nos quita más el aliento que una iglesia gótica con sus alturas, sus filigranas de piedra, sus cristales coloreados; nada puede llegar a ser más mareante que un retablo barroco y, sin embargo, esas obras eran, y siguen siendo centurias después, bellas. Hoy casi no podemos decir lo mismo.

   Teatro y Clásicos parecen ir de la mano. Y llamamos clásicos ya a las obras del siglo XX, claro, cosa de antes de ayer como quien dice, pero poderosas y penetrantes. Nadie arriesga en nuevas ideas, es cierto, pero quizá muchas de ésas no sean merecedoras de apoyo (otras habrá, sin embargo, que pasen desapercibidas, y eso es lo malo de todo esto.)

   De la Música no hablemos, que es sangrante.

   Y en las Artes plásticas todo es hueco. Todo. Pocas obras parecen salvarse. Gerhard Richter lo dice de forma más sutil que yo, que para eso es artista, claro.

   Y esto que escribo no es acusatorio ni reprobatorio, es un comentario de lo que vengo observando desde hace un tiempo. Aplaudimos verdaderas sandeces, algo que no hubiese sido posible tres décadas atrás. Carecemos de un pulso, de un impulso, de un ansia de creación , ahogados como estamos en un mar de recreación pura, sin ninguna otra obsesión que la de ser molestados.

   Sin ir más lejos, han lanzado a bombo y platillo un nuevo artilugio electrónico (soy fan de todo lo electrónico aunque no entiendo nada ni de su funcionamiento interno ni de su mundillo) que no aporta nada nuevo en diseño, pero sí en técnica. Hace apenas unos años… Y ya nos estamos dando cuenta que, incluso en esa nueva frontera de innovaciones, la creatividad está sufriendo un parón, por no decir un vacío, que empieza a ser preocupante.

   No es la primera vez que la Humanidad pasa por un momento similar. Aunque es la primera vez para nosotros, claro. La Educación entra en juego. Y vemos ya quizá dónde está el problema primigenio. En la Historia está escrito muchas veces un periplo semejante al que estamos atravesando, pero quién se acuerda de eso. En el instante de Recreación por encima de Creación, que una escritora del siglo XX haya hecho decir a un emperador romano del siglo II: nuestras Artes están cansadas, se están quedando vacías, se conforman con recrear formas eternas con nuevos materiales, no parece baladí, y ni siquiera una novedad.

   Pero no deja de ser verdad. Y no deja de sembrar estupor y una cierta desazón.

   ¿Seguimos creando Arte?

Sinceramente/ Honestly.

El día a día/ The days we're living

   Está hojeando una revista.

Expresión interesante. Mirada concentrada. Labios entreabiertos algo resecos. Parece que leyese en voz alta.

En un susurro.

Pestañea. Se esconden esos pozos de luz y me agito. Como si el atardecer llegase de repente y se hubiese ido sin permiso. Pero los abre de nuevo y todo parece brillar otra vez.

Y suspiro en un susurro.

Las piernas algo separadas. Se hunden en el suelo como las raíces de un árbol. Recias, tranquilas. Y las manos delicadas y templadas, acostumbradas al trabajo y a la caricia.

Como nos ocurre en los sueños.

Pero está ahí, hojeando una revista. Su pelo en cascada, su respiración armoniosa. Esa boca entreabierta y esos ojos de cama deshecha.

Sinceramente, correría a su lado para comerme sus besos. Para tocar esa piel pulida y envolverme en el tacto de sus dedos.

Sinceramente, me hierven las ganas de acercarme a decirle cuánta felicidad, estando ahí, le da a mi vida, con sus piernas como troncos y sus brazos como ramas colgantes. La sombra, el cobijo, el aroma a prado verde, el rumor de un riachuelo y las flores de su sonrisa adornando mis ojos.

Correría mil siglos para aprender de memoria todos sus gestos y el mundo se quedaría mudo si supiera cuánto amo.

Porque, sinceramente, le quiero. Y me alegra estar cerca, sentir su presencia, oler su perfume, escuchar su mirada y beber de su sonrisa, que es la pura libertad.

¡Qué felicidad!

Otoño/ Autumn.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

I ♥ NY.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Lugares que he visto/ Places I haven been

En el aniversario del ataque terrorista a Nueva York (vísperas de lo que sería el peor ataque terrorista en Europa, en Madrid) un pequeño homenaje de la serie Sexo en Nueva York a la ciudad, uno de los episodios más bellos y de más corazón de la misma.

Ningún intento de copyright. No poseo ninguno de los derechos de la serie.

Llora un río/ Cry me a river.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Aquí estás, después de todo este tiempo.

Me has llamado balbuciendo palabras, escupiendo intenciones.

No está mal. Nada mal. Pero ya es tarde.

Puedes llorar un río, puedes deshacerte en lágrimas acuosas. Qué más da.

No es venganza. No te quiero para eso.

Ni para nada.

Y ahora llegas pidiendo perdón por haber estado equivocado, por haberme infravalorado, qué se yo.

Te oigo con los ojos abiertos. Porque yo lo recuerdo todo y tú no eres así.

Al menos cuando estábamos juntos.

No eres amante, no eres querendón; eres manipulador y exigente. Y egoísta. Y pendón.

Llora un río, o dos. Arrepiéntete como masa agnóstica. Dime que me quieres y que me extrañas.

Haz lo que quieras.

Que yo construyo puentes sobre tus lágrimas.

Llora un río de perdones, que yo quemaré las barcas que te atraviesan para no verte más.

Llora un río por mí. Ésa es hoy tu desgracia.