El día a día/ The days we’re living
Todo lo que (te) pido/ All I ask (of you).
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside
Quiero pedirte que nada me pidas.
No esperes de mí lo que no espero de ti. Todo amor cuando nace es fatuo e impetuoso, y el nuestro no será diferente. Por eso no quiero que me sueñes para no soñar yo contigo. Y así juguemos a la verdad desde su inicio.
Quiero pedirte que seas libre. Para todo. Para decirme lo que deseas y lo que no te gusta, para no darme la razón porque sí, para abrazarme siempre que te apetezca. Quiero que compartas si así lo desees cada parcela de tu ser, cada átomo de tu mirada y que no te sientas abocado a pagarme con la misma moneda mi aparente generosidad, mi entrega absoluta.
Quiero que seamos iguales en la batalla del amor que es un puro tira y afloja. Te pido que no me regales con desgana ni esperes de mí la luna.
Que te amo pero sólo soy un hombre. Nada más puedo hacer por ello.
Y así podré verte como a un igual: no deseo idolatrarte, porque los ídolos siempre pierden sus bases de arena; ni sentirte pedigüeño, que mi amor no es más puro que el tuyo ni se equivoca menos.
Todo lo que pido es un amor tranquilo que enloquezca en la pasión sin exigencias y que respire, junto a mí, cuando las cosas se calmen, los abrazos se apaguen y las noches se diluyan en meses baldíos.
Porque el amor está lleno de momentos vacíos que también lo definen. Y todo lo que pido es que lo comprendas conmigo y que, juntos, vivamos los ires y venires con sonrisa de encanto.
Todo lo que pido es una confianza plena, que no ciega, y una sinceridad cristalina, que no aplaste. Porque hasta la verdad pura puede llegar a hacer daño.
Y yo lo que pido es un amor de pura libertad, sin deseos ocultos, sin dobles fascies. Quiero quererte a ti, tal cual te tengo delante, y que a ti te ocurra lo mismo, sin lazos, sin pesares.
Todo lo que pido eres tú. Por siempre tú. Tú. Tal cual. Sin dobleces donde esconderme y sin defectos donde chincharte, ni pasados que graviten ni futuros soñados.
Todo lo que pido es vivir el presente, sin pesares, junto a ti.
Arquiste Parfumeur: el aroma de la Historia y la Belleza/ Arquiste Parfumeur: Frangances of History and Beauty.
Arte/ Art, El día a día/ The days we're living
¿A qué huele la Historia? ¿Hay algo más frágil que la belleza de un recuerdo?
Carlos Huber ha debido plantearse estas preguntas (u otras similares) cuando decidió crear Arquiste Parfumeur, la aventura por rescatar el aroma del tiempo ido y recordado por la Historia.
Nada hay más frágil que la Belleza, salvo quizá la Memoria. La Historia se erige así en veladora de los escondrijos, las palabras dichas al azar, los susurros y las caricias que los hombres venimos tejiendo, en una danza sin final aparente, desde el principio de los tiempos.
Cada época tiene sus virtudes y sus desvaríos, sus costumbres y atavíos, su desnudez y sus silencios, sus acciones y sus secretos de los cuales somos herederos y usufructuarios. Carlos Huber ha hecho posible la reconstrucción del tiempo ido a través de sus fragancias, de sus aromas, ricos en elementos, en texturas y en capas y capas de recuerdos.
Cada uno de sus perfumes consiguen evocar un periodo de la Historia; con cada uno de sus ricos componentes, el tejido sin fin del ser humano se retrata en la piel conquistada por esos olores, por esos vapores que evocan y sostienen ideas y sentimientos ya idos pero siempre presentes en nuestros sentidos más poderosos y primarios y que se licúan, conquistándonos, haciéndose unos con nuestro yo más presente y actual.
Arquiste Parfumeur es una oportunidad de reconstruir la Historia y aliarla con el presente, de evocar su Belleza y sentirla a cada paso que damos, en cada boca que besamos y en cada botón que desprendemos. Son perfumes sensuales, exóticos, riquísimos, complejos y únicos, poderosos y evocadores, que atrapan al Tiempo y lo liberan en nuestra piel, y embellecen nuestra vida, llenándola de memoria.
Nada más libertino que el placer de sentir; nada más evocador que un olor, una risa, una memoria recobrada. Nada más mágico que el sentido de Carlos Huber (y su equipo) por recobrar la belleza de un mundo ido, y su historia, en los límites eternos de un frasco de perfume.
No me importa (pero sí importa)/ I Don’t Care (Though It Matters.)
El día a día/ The days we're livingS de soledad/ S of Solitude.
Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen
a Françesc Gascó, cuyo entusiasmo hizo mucho para que fuese a verla.
No soy fan. De casi nada. De casi nadie. Las expectativas que guardo ante una obra artística son, en general, pocas: no porque espere una decepción si no porque sé cuán difícil es conseguir idear una historia y escribirla, plasmarla en imágenes e interpretarla. Ya sólo por eso todos aquellos que se arrogan a hacer algo de tal calado tienen mi respeto. Así, una obra artística me puede gustar o no, puede llegarme al corazón o no, y puedo hablar de ella sin pomposidad ni redundancia o dejarla pasar como algo sin importancia para mi vida.
De un tiempo a esta parte siento que nuestras Artes están agotadas. No creo que sea falta de talento, quizá lo que falle sea la ideación. Y el miedo. No soy quién para arengar a los artistas a que abandonen la zona de confort en la que parecen habitar: por un lado está el mercado lleno de esnobismos y por otro el mercado que deja tras de sí las ganancias que todos esperamos recoger tras el esfuerzo titánico que una obra artística tiene tras de sí. No nos llevemos a engaño: todos queremos que lo que hacemos guste y repercuta de alguna forma en el universo. Y esta película no es una excepción.
El hombre de acero es cine palomitero, signifique esto lo que sea. Pero es algo más. Mucho más. Para una inmensa mayoría es un símbolo, un modelo a seguir: cada quien se sacrifica a los dioses que más caros le sean. Para otros, un esfuerzo tecnológico, un alarde artístico. Un poema a la belleza masculina (sí, lo es) o un mero espectáculo consumible. Todo esto encierra El hombre de acero, y también algo más.
Aunque se quede muchas veces en la superficie.
El reparto es magnífico. Oír de nuevo a Kevin Costner en ese papel de hombre de campo, visionario y sabio, temeroso y valiente, y a la maravillosa Diane Lane, madre entregada y perpleja ante un hijo que (como todos los hijos) la sorprende a cada paso; disfrutar de la chispa de esa todo terreno que es Amy Adams; volver a encontrar al mucho tiempo perdido Russell Crowe, encarnando como nadie ese arquetipo de hombre íntegro pero bondadoso, que se sacrifica por el honor pero también por un ideal superior, es un gran gusto.
Y Henry Cavill. No es sólo su transformación física (que sí, su piel y su sensualidad es real y hecha para ese personaje) si no el símbolo de su personaje lo que hace de El hombre de acero algo digno de ver.
Hay mucho de Gladiator en estas películas desde su estreno hace ya unos años, no lo neguemos. El mismo Russell Crowe lo deja patente en el metraje de ésta y eso es de agradecer. Jor-El es Máximo Décimo Meridio con algunos años más, con mayor sabiduría y mucha más templanza. Es el que conoce, el que se sacrifica, el que sabe que, para que todo florezca de nuevo, algo debe perecer. Y en el personaje de Henry Cavill, como hijo biológico, esa semilla germina y da fruto, gracias a los cuidados de los también arquetípicos padres adoptivos: Jonathan y Martha Kent no saben lo que tiene entre manos, improvisan como bien dicen, temen, pero aman, y ese amor está siempre por encima, o más bien lo impregna todo, y consiguen que ese ser extraordinario que en el fondo son todos los seres que amamos, logre encontrarse a sí mismo, aceptar sus circunstancias, y crecer.
Kal-El/Clark Kent no es Superman. Creo que apenas si se nombra una vez tal sustantivo. En El hombre de acero es un hombre que confronta sus dudas, su naturaleza, lo que él cree que debe ser y lo que en realidad es: un hombre diferente que no quiere ser distinto, que no entiende porqué lo es y por tanto, no sabe qué hacer para seguir adelante. Va dando tumbos, atando cabos y navegando entre los días de su vida como todos lo hacemos, y como todos, en absoluta soledad.
Ser distinto, es decir, portar un distintivo que nos singularice de la masa amorfa que nos rodea, nos lleva al aislamiento social y personal; nos marca (él lleva en su pecho el símbolo S que, según nos cuentan, significa Esperanza) y nos obliga, en aras de su comprensión y de su misma aprehensión, a viajar por caminos yermos, por estratos sentimentales desolados en los que cada experiencia vital nos ayuda a descubrirnos; haciéndonos, de forma paradójica, más sensibles y más fuertes.
Eso es, para mí, lo más destacable de El hombre de acero. El viaje de la Soledad. Jor-El está solo frente a sus conciudadanos, incluso frente al capitán Zod que intenta llevarlo hacia sus filas. Lara, su mujer, contempla la destrucción de la vida sin la compañía de su marido y sin la de su hijo, a quien poco tiempo antes ha enviado lejos de su lado. Jonathan Kent sabe que su hijo es distinto y sabe que la gente odia lo que no comprende, por temor siempre y siempre por ignorancia, e intenta inculcarle, desde esa atalaya solitaria en la que se encuentra, ese equilibrio frágil que todos debemos encontrar entre el deber y el querer, entre lo duradero y lo fútil de la vida. Martha Kent, la madre protectora, ampara con ese instinto maternal a ese niño único al que no entiende, y asiste en su soledad de viuda, a esa lucha y a ese despertar. Lois Lane, mujer de todos los tiempos, emprendedora y segura, vive sola, sola trabaja, sola se enfrenta a los peligros que arrostra su vocación. Y el capitán Zod, fruto de nuestro propio mundo, que no puede ni quiere comprender las diferencias de la vida, solo en un paraje hostil, al que intenta manipular y sojuzgar precisamente porque no lo comprende.
Y finalmente Kal/Clark que desbroza lentamente, como nos ocurre a todos, ese miedo a ser diferente; la sorpresa y negación iniciales, el lamento que no cesa; la perplejidad de la comprensión, el impulso del instinto y finalmente la entrega a lo que es con el mínimo de lucha y el máximo de los arrestos, desde los páramos yermos del continente helado a las arenas secas del desierto, siempre solo y siempre siendo él mismo. Aunque haya atisbos de esperanza en su sonrisa final, y en sus ganas de pertenecer a un grupo; aunque sepa, muy dentro de sí, que todo aquello que ha sentido hasta ese momento es real y pronto volverá a pedirle cuentas.
¿Lo demás? Un envoltorio fantástico de música, efectos especiales, belleza visual y guiños a historias clásicas; exaltación de la belleza, la sensualidad y la responsabilidad de vivir y, también, puro divertimento, sí, palomitero.
No es perfecta aunque pudo haberlo sido (y no por metraje). No es Gladiator, aunque tiene todos sus mismos componentes, y quizá sea ese su único punto débil. Pero se ha quedado cerca, en su exaltación del ideal humano, de sus grandezas y sus flaquezas, y en su sincera búsqueda por encajar, por no ser diferente, y en su eterna equivocación en desearlo.
En el recuerdo/ Gentle On My Mind.
El día a día/ The days we're living, Música/ MusicGentle On My Mind. Madeleine Peyroux.
Paseando por mi mente te encontré. Un detalle, un olor. Eso fue lo que hizo falta para traerte de nuevo a mi vida.
Eras fácil, suave y sorprendente. Eras de sonrisas, lo recuerdo bien. Y de manos ávidas y aspavientos. Y tu voz de locomotora llenaba todo de palabras desbocadas, desbordadas, cargadas de intenciones.
Qué dulce me es recordarte.
Tus ojos de luna llena y esa nariz algo sobresaliente. Y la espesura de tus cejas y ese parpadeo rápido, ávido.
Nuestras conversaciones, nuestras tardes de amor. Contigo todo era más, hasta demasiado. Y eso estaba bien. No sé porqué llegué a pensar que no te quería más.
Porque te quise. Créeme. A mi manera mareada. Y ahora descubro que aún te quiero.
En el recuerdo me doy cuenta de cuánto.
Tu boca, tus manos. Y las rodillas donde reposaba mi cabeza a veces y donde dejaba escondidos besos para después.
Cuando me esperabas detrás del sofá y me sorprendías día sí y día también, entre la bruma de la tarde y el cansancio de las horas que parecían no tener fin. Yo te veía en el reflejo del espejo, pero nunca te dije nada para no desairarte.
Sonrío al recordarte.
No sé cuándo todo se rompió. Por mi parte, claro. Perdóname, era el temor. El miedo al riesgo, porque eso es lo que eras para mí: una aventura enorme, una apuesta insegura. Y te dejé ir. Y me equivoqué.
Y ahora te vuelvo a encontrar en los vericuetos de la mente, en el paraíso absurdo del recuerdo.
¿Me querrás volver a ver?
Te he buscado en Google. Todos salimos. Y he intentado saber si estás con alguien o si la soledad que te infligí sigue tan empeñada en tu vida como en la mía.
¿Desearás saber de mí otra vez?
En el recuerdo sigues sonriéndome y siendo suave y volátil, con la facilidad de lo que debe ser y la suavidad de lo esperado. Y una esperanza anida en mi corazón.
¿Aún podrás quererme como te quiero a ti?


