Para recordar/ To Remember.

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Ha sido una revolución. Y como todas las que atañe a la Humanidad, se ha cobrado millones de víctimas. Nada nuevo hay bajo el sol. Pero la infección por el VIH debería recordarnos la verdadera hermandad de los seres humanos: no esa ilusión espiritual, no esa quimera política, si no la primordial, la verídica:  la que tiene que ver con la sangre, el semen, el sexo, la unión de dos personas, la unión de los que una vez estuvieron y los que vendrán en un futuro, aquellos por los que hemos sentido amor o miedo o esperanzas, y aquellos que sólo se transforman en objetos de atracción, de deseo y a veces también, de burla hacia nosotros mismos o de escape.

Somos una cadena. Cada mano que nos toca viene cargada con el peso de lo que ha sido la Humanidad, cada mano que tocamos nos ata a esos millones de personas que vendrán en un futuro.

Eso es el VIH: la llamada d atención, el lazo rojo del recuerdo. La economía, la política, el poder no importan, o nunca importan en lo real (en la sangre, en el semen, en el sexo, en la unión de dos personas) aunque lo entorpezcan, retrasen e intenten detenerlo. Jamás se puede detener a la vida: ni al nacimiento ni a la muerte.

Gracias a la investigación en VIH se han abierto las puertas a tratamientos antes impensables en otras enfermedades. No hay caminos milagrosos, ni plegarias que atemperen la existencia de las Enfermedades. Pero sí las actitudes, los cuidados, las ganas de vivir una vida plena y sana.

Hoy es un día para recordar. No sólo las pérdidas, los malos momentos, la incertidumbre, el error. Si no para celebrar la liberación, la marcha siempre hacia adelante de la Humanidad. Con dolor, con angustia. Pero también con esperanzas.

Seguridad (Social).

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11917784_1932935756932048_993577586_nMe llamaron por un paciente. Si podía bajar a Urgencias (está una planta más abajo que la UCI) para evaluar un caso de gastroenteritis agravada por deshidratación. El caso, de lo que llamamos shock mixto, infeccioso (distributivo) e hipovolémico (por la pérdida masiva de agua que no se repone con el cuadro de vómitos y diarrea) no pasaba de ser, a todas vistas, uno más.

Cuando llegué pregunté dónde estaba el paciente y sus cosas. Siempre que me da tiempo me gusta saber el nombre de la persona a la que me dirijo. En esta ocasión no supieron decirme bien su nombre ya que el paciente, joven y andador del Camino de Santiago, apenas si decía una frase completa en español.

Al llegar a la cabecera de la camilla le sonreí. Procuro hacerlo, generalmente porque me sale de dentro y ya bastantes preocupaciones tienen los pacientes para añadir una mala cara, un mal gesto o una palabra salida de tono. Intenté decir su nombre y sonrió. Era coreano. Del Sur, claro. Comencé a comentarle en inglés lo ocurrido. Pero al parecer de inglés sabía lo justo, quizá un poco más que yo de coreano. Ahora entendía porqué era un caso un poco especial.

Allá nos entendimos, creo. Le dije que iba a subirlo a la UCI, que necesitaba una vigilancia más estrecha y que allí seríamos capaces de dársela. Me miró con cara de terror, cosa que creí comprender, e intenté apaciguarlo de la mejor manera que se me ocurrió a las tres de la mañana.

Subimos. Young, el paciente, era un economista que había visto un par de documentales sobre le Camino de Santiago y le pareció tan particular la experiencia, que decidió hacer un viaje tan largo para emprender otro aún más largo en su interior. Apenas si llegaba a los treinta años. Le pregunté por acompañamiento. No tenía a nadie. Sólo un compañero que conoció haciendo el Camino, un francés que llegaría por la mañana y que esta intentando resolver los asuntos necesarios desprendidos de la enfermedad repentina que padecía.

Estaba muy cansado, muy deshidratado después de tres días sin descanso con vómitos y diarreas y apenas comida y bebida. Necesitaba dormir, hidratarse, despreocuparse y descansar. Como para no entenderlo.

En esa mezcla de inglés, español y signos (el idioma universal, junto con los besos y los abrazos y, lamentablemente, el horror de la muerte) conseguimos comunicarnos. Le expliqué a Young que necesitaba canalizar una arteria para controlarle la tensión arterial y tomar muestras de sangre. Además, haríamos cultivos microbiológiocos para saber qué germen estaba causando su cuadro clínico y que íbamos a iniciar un tratamiento antibiótico por la vena a la espera de que pudiese retener algo en su maltrecho estómago.

A medida que desgranaba cada paso, sus ojos se llenaron de terror. Creí entenderlo. Le cogí de la mano y le transmití mi casi absoluta seguridad de que todo iba a salir bien. Por lo pronto, me prohibió acceder a su arteria. Es un procedimiento doloroso, cosa en la que no iba a mentirle, pero que tenía muchas ventajas, por ejemplo, no tener que pincharlo más en toda su estancia en UCI. Ni por esas. Así que tuvimos que resolvernos sin control arterial.

Negociando, conseguí arrancarle el permiso para acceder a sus venas, así que el equipo de enfermería, tan diligente siempre, en nada tuvo accesos venosos y el tratamiento comenzó sin más tropiezos. Tuvo arcadas y sensación de vaciamiento intestinal, lo dejamos solo un ratito y pronto se le pasó. En menos de una hora, con el gesto más suavizado por la reposición de sueros y la analgesia, la extraña comodidad de un cansancio eterno que empieza a ser olvidado y los antibióticos, Young estaba preparado para una nueva conversación conmigo.

Quise saber sus antecedentes (nada importantes) y si era alérgico a algo (no). Quise saber qué le pasó durante los últimos días del Camino. Una comida en mal estado. Bien. Le dije lo que pensaba. Volvió esa expresión de angustia. Le comenté que, siendo sábado aquella noche, si todo iba bien subiría el lunes a la planta y, si todo iba bien (no había nada que indicase lo contrario) el miércoles estaría fuera del hospital. Como a cada palabra que decía ponía una expresión más asombrada y nerviosa, desorientado, me callé, y le pregunté qué ocurría. Y entonces sí que lo entendí todo.

Qué importante es tener Seguridad Social. Ese colchón, esa tranquilidad que nos garantiza que nuestra Salud estará a cargo, bien cuidada, bien tratada allá adonde vayamos. Qué infinita gracia tenemos los españoles gracias a nuestros esfuerzos e impuestos (y no, sé que no son suficientes, pero quizá el desvío político del dinero demostraría que podría sostenerse mucho mejor de lo que se ha hecho hasta ahora); no sabemos valorar la potencia de sabernos acogidos por la Seguridad Social, por las prestaciones que nos ofrece, por la tranquilidad que nos aporta.

Young no tenía Seguridad Social. Trabajaba y tenía un seguro privado, pero no sabía decirme con certeza si era capaz de afrontar un ingreso en UCI y después un ingreso en planta. Estaba preocupado por todo lo que habíamos gastado en él (pruebas, insumos, medicaciones varias) y el tratamiento posterior, si podrían quedarle secuelas (aquí le aclaré que en todo caso un ligero dolor de estómago y poco más, cosa que lo hizo sonreír) y cómo iba a afrontar el gasto una vez le llegase la factura a casa.

Qué indefenso estaba el caminante coreano. Sin poder usar su propia lengua para comunicarse, solo en un país extranjero, ingresado en una UCI (cuyo coste al día puede llegar, por lo bajo, a más de 3.000 euros), sin teléfono a mano y el viaje de vuelta ese jueves. Un cuadro.

Durante unos segundos no supe qué decirle. Esperando que la cara de espanto se le pasase un poco, intenté refrenar mis pensamientos. Le expliqué que, en general, nuestra Seguridad Social no tiene por costumbre cobrar sus servicios en situaciones de urgencia como la suya, y que lo que estábamos haciendo por él era necesario pero no particularmente caro. Como entendía de números (bastante más que yo, cosa no muy difícil, por lo demás) sólo sacaba cuentas. Así que le expuse el precio del antibiótico que había escogido, uno muy bueno pero que, a favor, es muy barato. Los sueros (a paladas, eso sí) tampoco supondrían un gran gasto. Le dije que se olvidara de contar gasas o compresas, agujas o termómetros: de eso no se lleva cuenta, va en el paquete (nunca mejor dicho); lo caro en todo caso, aparte la entrada en Urgencias (la emisión de una ficha está valorada, que no se cobra a nadie, en unos 300 euros por cabeza), estaba en las pruebas complementarias: la placa de tórax, las analíticas y las pruebas microbiológicas. Me preguntó cuánto, y callé por prudencia: un TAC abdominal sale por un ojo de la cara (y mira que hacemos muchos); en su caso sólo fue necesario una placa de tórax (que hacemos a todo el que entra por Urgencias, necesite o no, y es algo que habría que corregir no sólo por gasto económico sino por seguridad del paciente) y un eco abdominal, que bien no siendo barato, su coste no llega a ser estratosférico. Le di una cifra al azar (hubiera podido inventarme cualquier otra): total, la expresión de terror ya la tenía dibujada en la rostro.

A medida que recuperaba el sentido del cuerpo, su letanía mental continuaba. Si viajaba el jueves, ¿cómo podía comunicarse y retrasar el viaje en todo caso, y dónde se quedaría, pues ya no sería peregrino para alojarse en los albergues? Pidió su móvil, y desoyendo las normas, se lo dimos. No tenía carga y le prestamos un cargador. Mientras tanto intenté calmarlo. Le dije que por la mañana llamaría a la Trabajadora Social y expondríamos su caso, seguro que podría ayudarlo. Y casi le aseguré que el jueves estaría en el avión de vuelta a Corea. No sé si me creyó o le venció el cansancio. Sólo sé que al rato cerró los ojos y se quedó profundamente dormido. Despertó casi al mediodía, cuando yo ya me estaba yendo, con la noticia que la Trabajadora Social vendría en sus horas libres a echarle una mano.

– Y es gratis, descuida.

Le sonreí, y por primera vez él también lo hizo. Me despedí y no volví a verlo. Me enteré días después que embarcó feliz y ya recuperado ese jueves y que se marchó con la preocupación más aletargada por los buenos haceres de la Trabajadora Social.

Eso es Seguridad. Seguridad es pasear por París, Londres o Madrid sin que unos inconscientes embebidos en el juego de cientos de malas personas arramplen a tiros o lancen bombas. En el siglo XXI debería haber conciencia cívica, conciencia personal, protegida de ideologías malsanas y llena pensamientos libres, y sobre todo, por encima de todo, de respeto por la Vida, y por la Salud ,y saberse con derecho a ellas. Eso es Seguridad. Es un bien social. Un bien Individual. Es un derecho real del ser humano.

Y no, no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Y no exigimos de nuestros gobernantes esa altura de miras que exigiría de ellos cercenar su poder, sus intrincados mecanismos de gobernancia y de mantenimiento del poder que deberían acabarse de una buena vez, para que el dinero no se desvíe de los cauces verdaderamente importantes: una Educación que nos enseñe a liberarnos de las manipulaciones de los gobernantes primero, de los extremismos, de la xenofobia, de la irrealidad después, y la Salud para trabajar, levantar una vida y un país y un continente y un planeta, y desarrollarnos como individuos, como seres humanos.

Mi padre estuvo ingresado ocho meses en la UCI. Yo no hubiera podido pagar ni un día de ingreso. Pero él estuvo: sé de verdaderas fortunas perdidas por los altos costes sanitarios (otra cosa es que sean necesariamente tan caros, pero todo tiene su razón de ser) a los que un ingreso en UCI, un inconveniente o una enfermedad crónica o incluso incurable puede abocar. Sin contar, que hace falta, con la alteración del esquema vital del Enfermo, que lo lleva incluso a perder durante un tiempo indefinido pero siempre largo, la entrada monetaria en su vida, tan necesaria para poder seguir en el día a día.

Young sabía a lo que se enfrentaba. Nosotros no. Pero sí intuimos que es importante. Unos por pura ideología política, otros por sentido común. Quienes han visitado el Pasillo de la Salud Perdida lo saben por propia experiencia. Nada como la Seguridad Social para sentirnos arropados, tranquilos, seguros y vivos. Nada como saber que tenemos siempre un lugar al que ir y en donde nos tratarán lo mejor que sepan o quieran (espero que bien) y en el que podremos recuperar la Salud sin preocupaciones tan importantes como el coste económico, pues las pérdidas personales y familiares ya vienen de gratis con la Enfermedad.

Por eso debemos seguir luchando. No por ideologías pasadas de moda. La única razón importante es el Hombre y todo lo que eso conlleva. Ni la religión, ni la política, ni siquiera las opiniones egóicas importan algo. El Humanismo despertó en el Renacimiento de un sueño se siglos. Dos guerras mundiales, miles de conflictos bélicos después, hay un tímido repunte de esa finalidad pura de la Humanidad. Eso es lo que hay que defender. Sea en Lisboa, en París, en Madrid o en Seúl, en plena libertad, sin ideologías, sin aspiraciones personales, sin sueños de grandeza. Porque atañe al hombre como individuo y como Humanidad.

Aquella tarde/ That Afternoon.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

12120225_1688709504679291_1387368486_nAquella tarde era domingo. Llovía a medias y a medias hacía sol. Ese sol que cae lento entre las nubes tan propias de octubre. Y casi todo estaba cerrado.

La ciudad mojada, sus calles de piedra, el repiqueteo de las gotas en el suelo y en los bajantes, y algunos paraguas abiertos que protegen del orballo y también a veces de las miradas y de los juicios.

La ciudad es dorada en otoño, con un toque cálido y húmedo, las aceras con tropezones de terrazas a medio cerrar, algunas coquetas mostrando la calefacción o las mantas rollizas y rojas, como el abrazo de un corazón. Y caminando entre ellas aquella tarde íbamos tú y yo.

Era domingo, y el tiempo pasa lento en domingo. El atardecer cansado y la luna traviesa con ganas de alzarse enorme en la oblea del cielo. Algunos niños correteando, despreocupados de la lluvia menuda, con sus padres despreocupados y quizá algo arrepentidos de haberlos tenido. A todos nos pasa alguna vez. El río cerca, con su susurro insomne y su andar pegajoso y algo gris. Y en aquella tarde tú y yo caminando juntos, bajo un paraguas enorme, de la mano con las manos escondidas y una sonrisa tonta en la cara amplia y feliz.

Aquella tarde nos besamos. Lo recuerdo porque las hojas caían pendulares a nuestros pies. Y el río era un arrullo que llenaba nuestras bocas. Y el puente, uniéndonos como los labios, como las manos, como las intenciones.

Aquella tarde todo se llenó de luz. Las farolas se encendieron sin duda, y las bombillas de las embarcaciones cercanas. Y las estrellas una a una, ciertamente. Pero fuimos nosotros quienes prendimos el amor aquella tarde, quienes jamás nos arrepentimos de cogernos de la mano y de besarnos largo y tendido, con toda la ovación del otoño, y sellamos una promesa que cambia cada año, como las estaciones.

Son sólo instantes, son matices, no somos más que guijarros rodando hasta el mar, y sin embargo… Aquella tarde tú y yo fuimos eternos. El único café abierto, y los asientos mullidos llenos de hojas secas, y la paz de las miradas y el abrazo de las sonrisas de corazón.

Sólo son pequeñeces, palabras no dichas, caricias que se dan y quedan grabadas por siempre en la frontera de la piel. Aquella tarde sonreías con la boca abierta repleta de mis besos, y yo flotaba, lo sé, sobre el río, sobre la tierra; bailábamos el vals de las hojas ocres, y en el azul profundo de la noche que llegaba, nuestro amor nacía arropado por el viento, la lluvia fina y la eternidad.

Nada es para siempre. Pero esa tarde de oro vive entre nosotros, está junto a ti y junto a mí, cada día que pasa, cada estación, cada otoño que desnuda a los árboles y viste a los adoquines con un disfraz vegetal, con su fresquito de arrullo y su caricia de terciopelo; nada es para siempre, salvo quizá nuestro recuerdo y nuestro calor.

Aquella tarde, aquel otoño, aquel amor… Y tu rostro por siempre joven y tu corazón por siempre en mis manos y mi entrega y mi deseo y mi eterno sí…

Aquella tarde, aquel otoño, aquel momento suspendido, aquellos tú y yo…

Raúl Nuevo: vida nueva/ Raúl Nuevo: A New Life.

El día a día/ The days we're living, Los días idos/ The days gone

11807126_10206407968293465_7339321047210007059_oRaúl Nuevo es un espíritu de acero. Sin aristas, brillante, duradero, confiable. Es muchas cosas, que él resumiría rápidamente en cinco minutos: esa voz profunda, esa capacidad de comunicación única, ese intento constante de ser feliz. Tanto, que a veces olvida en su intensidad que realmente, y pese a todo, ya es feliz.

Su vida es puro corazón. Lo lleva en los ojos y en la voz. Dueño de una generosidad de mundo entero, cuando abraza parece un bosque profundo, y a la vez, las alas de un ángel. Quiere tanto que su corazón pesa como el oro; es tan desbordante, que la selva de palabras, de expresiones, de gestos y de sonrisas nos llena de ternura y de comodidad. A su lado nadie es un extraño, nadie pasa desapercibido, nadie tiene nada que contar.

Es el perfecto anfitrión. Histriónico, divino, carente de cinismo (salvo, quizá a veces, consigo mismo) y lleno de positivismo. Nada ha hecho naufragar la nave de ese corazón de aire que posee, oxígeno que nos regala así, a manos llenas. Exigente, más consigo mismo que con nadie, desbordante, único, siempre es nuevo, siempre es él mismo, siempre es único y siempre sobrevive, a punta de esfuerzo y de cabezonería, de querer estar y de amar. Pocos hombres hay más constantes que Raúl Nuevo en sus virtudes y en sus carencias, y nadie tan apasionado ni tan dulce.

Hoy es su cumpleaños. Y quiero que lo celebre con la tranquilidad de una vida vivida, con la seguridad que, una vida nueva, en Raúl Nuevo, es sinónimo y destino. A veces las cosas que nos pasan nos nublan el horizonte; a veces, las vueltas del destino nos entorpecen la marcha. Para Raúl Nuevo sólo deseo que esa travesía tan suya, tan él mismo, consiga darle la paz que tanto anhela (y que lleva dentro), y ese amor, amor, que tanto sueña (y que lleva dentro).

Para Raúl Nuevo, en su cumpleaños y todos los días, en cada amanecer y en cada puesta de sol, una vida nueva, una nueva vida.

Con cariño.

Antonio Campoy: gesto suave.

El día a día/ The days we're living

11410334_420172514841026_776731507_nPor fin pude conocer personalmente al creador del blog Vivo en la era pop tras años de seguimiento. Me gustaba su tono casi aséptico, la disección (por lo demás, imposible para mí) de canciones, discos, series o películas sin ese arrebato místico que atrapa a muchos críticos (y esto nos llevaría a un debate capcioso sobre la figura del crítico artístico como pivote del éxito o fracaso de una obra creativa); todo lo contrario, cercano, directo, lleno de referencias acertadas y de refinamientos sutiles que pueden pasar casi desapercibidos.

Antonio Campoy es uno de esos hombres encantadores que se hacen grandes en las distancias cortas. Y no hablo de su evidente atractivo, sino de una sonrisa que se reserva para el mundo real, la mirada brillante, a pesar de todo llena de alegría y de esperanza, su hablar delicado aunque no desacertado y tampoco condescendiente, la voz lo bastante grave para acariciar, y los gestos educados y adecuados que delatan, en su cordialidad, el acento del Norte que posee de nacimiento.

Antonio es de esos hombres a los que da gusto tenerlo cerca. Modesto como pocos pero no por ello sensiblero, guarda un aire de niño juguetón que se desvela poco a poco; su personalidad y sus gustos, su forma de ver el mundo y de comprenderlo se van abriendo poco a poco como una flor en un ambiente caldeado, y ese aroma da gusto disfrutarlo. Sí, Antonio Campoy es un hombre que aligera el mundo, porque parece darle un valor certero, el efecto justo y la sonrisa exacta. Acabo de descubrir porqué vende una sonrisa hermosa a tan alto precio.

Me gusta su cultura vasta, su manejo exquisito de lo pop, sus referencias exactas, su absoluta falta de engaño o de mentira. Antonio es un hombre que lleva el corazón en la mirada y, debido a eso, todo lo que toca lo llena de sinceridad.

Vivo en la era pop, en los tiempos en los que me enganché a él, tenían mucho de reflexión teñida de melancolía con aires pop, que me gustaba: la sinceridad sin ser plomiza, el grado justo de ligereza y la muy ajustada de relatividad. El blog ha cambiado como cambiamos todos, pero hay mucho de Antonio Campoy, ahora más escondido, en sus líneas. Y sigue haciendo que se me pase el tiempo entretenido (y aprendiendo).

Hay muchos componentes en la felicidad. Antonio Campoy está lleno de ellos; a su lado nos damos cuenta que en él todo tiene un componente de suavidad que llegamos a extrañar en el día a día.

Antonio Campoy tiene el gesto suave y la mirada hermosa, y está de cumpleaños estos días. Vaya hacia él mi felicitación y mi admiración, y también toda la suerte que merece y el amor del que disfruta. ¡Feliz Cumpleaños, Antonio!

Miguel Blanco González: In Memoriam.

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S15D1003Llegaba con su voz grave, sus ojos melancólicos y risueños y la actitud enorme de quien está dispuesto a ayudar. Así es Miguel Blanco, neurólogo del Complejo Hospitalario de Santiago de Compostela (CHUS), donde yo también trabajo.

Nos conocemos desde el año 2003 e incluso desde antes, en la facultad de Medicina. Pero desde ese año, cuando viene al CHUS a trabajar como adjunto de Neurología, es cuando nuestra relación se estrecha. No sé, quizá nos reconocimos en la forma de trabajar, sin duda en la actitud de Servicio y en las ganas de hacerlo todo lo mejor posible, no siguiendo una línea perfeccionista (que lo era), si no más bien en hacer lo mejor en pro de un paciente.

Charlábamos por las noches, cuando los caos que atendía cruzaban nuestros caminos; en realidad, trabajamos mucho juntos, pues nuestras especialidades tienen puntos en común y nos dependemos mutuamente. No había caso difícil al que me negara a echarle una mano; jamás me dijo, por más ocupado que estuviese (y era un hombre ocupadísimo) que no pudiera hacer lo propio. Su compromiso era su palabra, y también su fama: no sé si hay algo que no supiera hacer bien; para mí, Miguel ha sido, quizá, uno de los diez mejores profesionales contemporáneos con los que he tenido la fortuna y el inmenso privilegio de aprender día a día en esta profesión.

Su claridad de ideas, su saber, están tamizados por su sentido común, lo que yo más admiro en una persona, y sus sonrisa casi a la par de su inteligencia, y esa inmensa calma con la que parece atajarlo todo, hacía que abusáramos de él más de lo que él pensara posible.

Miguel y yo, cuando coincidimos, hablamos de todo: el paciente primero, claro; pero entre medias, de lo divino y lo humano, y tejimos un par de ideas, de sueños que rápidamente él quiso materializar, pero que loas vaivenes de las jefaturas y las administraciones detuvieron durante mucho tiempo. Pero como no ha sido nunca un hombre que se amilane, con ese positivismo que lo caracteriza, hace un par de semanas volvió a tratar esos temas conmigo, y volvimos con nuevas energías a la búsqueda de esos sueños: ni la muerte detendrá unas ideas que se impondrán finalmente en la práctica hospitalaria del CHUS, estoy seguro. Quizá no como las hubimos planeado entre los dos, pero lo harán, y en eso tanto él como yo (como en casi todas las cosas, por lo demás) también estamos de acuerdo.

Yo confíe en él para que evaluara a mi madre cuando tuvo un ictus: su amabilidad natural se multiplicaba en la atención al paciente. Su galanura (¡qué guapo eres, Miguel!) hizo que mi madre se lo dijese en plena exploración neurológica. Se sonrojó hasta las pestañas, y se dedicó a hacer un doppler transcraneal como si el piropo, nacido de la admiración y del agradecimiento, no fuese con él. Aún así, desde aquel día, mi madre, que no es mujer del montón, decía a quien quisiese que él era su neurólogo y lo recomendaba con una fe inquebrantable y pura.

Me gusta llamarlo y charlar de naderías, de la evolución de los residentes, de todo lo que podemos hacer para lograr que el CHUS sea más armónico, más amable, más acorde con los tiempos que corren. Llamaba para recibir consejo sobre algún paciente y venía a darlos, a la hora que fuese, si se lo pedíamos. Miguel, todo amabilidad y bonhomía, hizo más amable la Neurología, y formó un equipo que sigue unas pautas (por lo demás sencillas, pero difíciles de alcanzar) de saber hacer, de querer hacer y de solicitud casi como un autorretrato.

Hay estrellas que merecen estar en el cielo. Miguel Blanco González es una de ellas. No es sencillo resumir una vida, la de cualquiera. Si Miguel llamaba yo acudía sin preguntarle qué quería; si lo llamaba, él me atendía por más inocente que fuese mi petición. Él estaba para servir y para evolucionar y para hacer del mundo un lugar mejor. Y así lo ha hecho. Hay estrellas de brillo singular que, aún entre nosotros, refulgen como soles. El verdadero lugar de Miguel Blanco González está allá, en las galaxias, entre el cielo y ese espacio sin enfermedades ni penas, sin rencores ni pulsiones que llamamos Universo, y que no es más que el tejido latiente de un corazón: el suyo, y el de su estupenda familia que ayer ha quedado sin él.

Te he admirado siempre, Miguel. Eres uno de esos ejemplos que me gustaría ser y sé que no alcanzaré nunca. Y tú lo sabes. Como comprendías que hacemos un buen equipo, aquí o allá, juntos o separados. Ahora sabes más; siempre has sabido más que yo. Y eso me sigue admirando. Tu delicadeza, tu inteligencia, tu disposición, tu bonhomía. Qué pocos hombres hay como tú, Miguel, y qué gusto ha sido compartir estos años profesionales contigo, esos planes, esos momentos, por siempre breves, en tu compañía. El mundo ha sido un lugar mejor porque tú has habitado en él; mi mundo nunca será el mismo porque en él estarás tú por siempre.

Gracias, Miguel, por tanto, y por nada.

Muchas historias de amor/ Many Love Songs.

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11909368_1622836367968515_1114160158_n¿Cuántas historias de amor habrá? Por cada persona una y miles; por cada siglo, millones quizá. Desde que el mundo es mundo gira en torno al amor. Lo que perdemos o ganamos, lo que nos hace sentir: el miedo atroz al abandono, la inmensa alegría de lo novedoso, la plenitud única de sentirnos vivos.

¿Cuántas hostiras de amor se habrán escrito y se habrán cantado? Incontables. Como los corazones anhelantes y heridos, como los despreciados y queridos.

¿Cuántas palabras no se habrán dicho, cuántas frases no se habrán compuesto, poemas y canciones, novelas y epigramas? El corazón late y enloquece al pensamiento, lo marea y le da la vuelta, lo inflama y lo seduce, y las palabras brotan como los sentimientos y los sentidos se abren y se hinchan de gracias y perpetuidad, de para siempre y hasta nunca, de saberes y de olvidos.

Mi historia contigo es única. Porque es nuestra. Y todo lo que tengo tiene ahora tu nombre. Cada latido, cada inspiración para llenarme de ti; cada pestañeo que te retrata, cada trago que te saborea. Ni miles de siglos de sentimientos acumulados se parecen en nada a lo que tú enciendes en mí, y también lo que atemperas y diluyes. Cada palabra de amor, de una historia de amor, es sólo entre tú y yo; cada susurro, cada caricia: la mañana que se enciende, la noche que llega, el rumor del sueño entre suspiros, y el vértigo del placer y de la nada. Porque tú eres único para mí.

Ninguna historia de amor, de las muchas que hay, se parece a la nuestra, porque tú la inspiras, tú le das forma. En el centro de mi pecho y en mi garganta, que se aturrulla de sonidos, que se atraganta de besos para darte; y en mi cabeza, que se ennegrece cuando estás lejos, que brilla inhumana cuando me acaricias.

De las muchas historias de amor, la nuestra destaca por encima de todas: tú eres el centro de mi universo; los límites también, su culmen y su nadir. Para mí no hay mayor abismo que tú cuando discutimos, ni puerto más tranquilo cuando llego, cansado, a tus brazos. El mundo deja de ser mundo a tu lado, y un mundo que es nuestro mundo nace de cada beso, de cada abrazo, de cada sonrisa y cada lágrima; pues lloro cuando nos queremos de cerca y suspiro, intranquilo, cuando te marchas.

Hay muchas historias de amor, y nunca nos cansamos de oírlas, de verlas, de leerlas. Hay muchas palabras enredadas en sentimientos, y muchos sentidos encontrados y enfrentados. Pero ninguna como la nuestra, que se apresura a juntarlas todas y alambicarlas en los tejidos del corazón, para nacer, renovadas, en cada gesto y en cada susurro. Nada hay viejo en nuestro abrazo; nada es viejo en nuestro amor.

¿Cuántas historias de amor habrá? No me importa saberlo, porque todas se resumen en ti. Y en lo que me haces sentir y en lo que nos hacemos vivir, y en lo que está por quedar, en las arrugas de las sábanas, en el resto de los desayunos, en los besos que, hasta cansados, nos damos.

Nunca antes había sentido esto… Esto que me alborota los pensares, que me derrite y me deshace, que me hace frágil y fuerte, de cristal tallado por tus caricias, y de acero noble por tus besos. Nunca antes me había sentido así… Y, de las muchas historias de amor, amor, sólo escojo la más hermosa, la más imperfecta, y la única que en realidad importa: la tuya de amor conmigo; la mía de amor, amor, contigo.

Qué felicidad.