El amor mola (a veces).

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

 

De Roberto Pérez Toledo, parte de la serie El amor mola, campaña para El Corte Inglés en San Valentín 2015.

Humanizando la UCI: mimando lo invisible/ Humanizing the ICU: taking care of the Invisible.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

huci CAEBECERA peque

Hace un año y algo recibí por Twiter un mensaje de Gabi Heras. Me invitaba a participar en el Proyecto HU-CI: Humanizando los Cuidados Intensivos. El Dr. Gabriel Heras es especialista en Cuidados Intensivos (UCI) desde al año 2007. Con una vida llena de contrastes y preocupado por la Salud, su objetivo en el campo de la Sanidad ha evolucionado hasta crear e impulsar un proyecto maravilloso que pretende llenar de humanidad el máximo exponente de campo de batalla contra la Enfermedad como es la Unidad de Cuidados Intensivos. Una especialidad, como tal, que en España está sufriendo, tanto por responsabilidad nuestra como la avaricia de otras especialidades, ataques continuos, accesos de debilidad y falta de apoyo de las administraciones regionales y nacionales, y que sin embargo es la punta de lanza, el último recurso y la máxima responsabilidad de la atención hospitalaria.

Como tal, Medicina Intensiva es una especialidad dura que requiere de profesionales bregados, con ganas de luchar y trabajar de forma multidisciplinar con otras especialidades y con todos los estamentos: Enfermería, Auxiliería y Celaduría al unísono, un solo equipo con un fin común: restablecer, vigilando y reparando con ayuda del tiempo y de las fuerzas de cada paciente, la Salud perdida. La Medicina Intensiva cobra un alto peaje a todos los que nos vemos involucrados en ella: profesionales de la Salud, familias y pacientes, algo que se ignora hasta que nos hayamos inmersos en sus necesidades y en sus exigencias.

Gabi Heras ha sabido, con una intuición y un sentido común muy agudos, conglomerar las necesidades secretas (y no tan calladas) que nuestra especialidad solicita, y con una energía y valor únicos, ha emprendido una labor de conocimiento, de reconocimiento y de reparación, es decir, una revolución de la Medicina Intensiva en la que yo me hallaba ya involucrado desde el primer minuto de mi experiencia médica, ya más de quince años atrás, pero que no sabía cómo encauzar hasta su llegada. A lo largo de este blog, no titulado en vano Tiempo de Curar, he intentado mostrar mi mundo, la forma en la que lo veo y comprendo, las situaciones que me han movido a reflexionar más allá de la mera técnica médica, sobre los pacientes, la Enfermedad, los familiares y todos los componentes laborales de la Salud, no sólo como médico, si no como familiar de enfermo y como amigo de enfermos y como hijo de enfermos. Mi forma de pensar encaja en la forma de pensar, en la revolución que Gabi Heras ha llevado a cabo desde el año 2014, y sólo era cuestión de tiempo que alineara mi forma de ver la Medicina Intensiva y sus múltiples relaciones, con la suya y la de una amplia red que, gracias a él, se ha formado y está en contacto y crecimiento constante.

La Humanización de los Cuidados Intensivos es un movimiento necesario, que lleva años gestándose en enfermeros, auxiliares y celadores y en algunos pocos médicos, que poco a poco estamos abriendo los ojos y prestando más atención a ese llamado que más que un susurro se ha convertido, gracias a Gabi Heras, en casi un grito. El Proyecto HU-CI nos obliga  a ponernos en contacto con lo más íntimo de nuestro ser como trabajadores de la Medicina Intensiva, encarar las necesidades como individuos y como estamento y como equipo, y aprehender, en ese ciclo eterno entre enfermos, familiares y profesionales, la mayor empatía y la mayor calidad que repercutirá en nuestro día a día de la forma más positiva y libre posible.

En este último año he estado lidiando, más aún si cabe, en lo personal y en lo profesional con mi papel como médico intensivista; ocho meses de estancia de mi padre en UCI me convirtió en hijo y hermano de paciente; he obligado, queriéndolo o no, a mis compañeros, desde celadores a médicos, a trabajar codo con codo con mi padre y conmigo a la vez; he estado en una vorágine de sentidos y sensaciones que ha requerido el paso del tiempo para aquietarse y, también, para ser aprehendida más que aprendida de forma consciente por mí mismo. La invitación de Gabi Heras a participar, con mis pensamientos y mis experiencias, en un proyecto en el que creo (en el que siempre he pensado llevar a cabo cada vez que atiendo a un enfermo)  la retomo ahora, espero que no tardíamente, con el mayor interés y el más enérgico de los apoyos.

En un mundo en constante cambio, en un momento crucial para la Medicina Intensiva, en la que está a punto de ser destruida como tal (con nuestra carga de responsabilidad) es necesario que todos sepan de su existencia, de su necesidad, de su aporte a la Salud de la sociedad; es necesario que evolucione hacia un estado de mayor complejidad y conexión con la Vida, con ese entramado de sentimientos y sensaciones que nos embargan, como personas, al bailar ese vals de vivir en el Pasillo de la Salud Perdida,  que nos arroja a estados inexplorados de existencia que merecen ser respetados, amparados y superados una vez llegado a su fin.

Por eso me uno ahora al Proyecto HU-CI, intercambiando mis sentimientos, mis búsquedas, mis hallazgos y mi visión más holística de un trabajo apasionante y cansado, lleno de sombras y de luz, al que Gabi Heras ha regalado un canal de encuentro y entendimiento y de unión, y en el que me voy a zambullir con gusto y compromiso, buscando la excelencia por un lado, pero sobre todo la veta de Humanidad y de Belleza que se halla encerrada dentro de la Medicina Intensiva, y que merece ser compartida y conocida por toda la sociedad.

El tiempo de las flores/ Springtime.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

 

10575373_10205007453336435_8250422225810854625_oEl tiempo de las flores es alegría. El sol se asoma por las rendijas del día y sonríe, con calor y energía, tiñendo todo de luz blanca, cegadora, y tranquila. El corazón se acelera, corre veloz por entre las arterias y la sangre llega a borbotones, acumulándose en la garganta y en los labios, que inflamados se calman a besos. Besos a bocajarro, palabras aladas que parecen tener el poder de sanar las heridas, de calmar la angustia de lo amado. Un te quiero que siempre llega a tiempo y el atardecer que tiñe de oro y cristal los abrazos y los roces, las embestidas y la calma.

En el tiempo de las flores la vida es una ilusión. Las nubes navegan por el cielo regalando sombras y refresco; en la piel el viento rebota como miles de caricias, y ese cosquilleo en la nariz, y ese olor perfumado, y esas cosquillas, y esas intenciones, todas buenas, que se ahogan entre risas, que se desviven entre besos.

La lengua recorre el camino de la pasión con una certeza escondida. Las manos conocen el sendero de la avidez y la mirada, mirando, se enternece y se enciende y se apaga como un fuego embriagador. La garganta se humedece y también los codos y las ingles, y las plantas se aferran al suelo desnudo, del que nacen árboles y abejas. El mar de la saliva baña los oídos sedientos, y oyen el rumor del océano ir y venir en los vaivenes del ser amado.

El tiempo de las flores es alegría. Y también algún chubasco, y alguna poza de agua olvidada. Pero también es olvido y efervescencia, y todo lo hermoso le gana la partida a lo posible, y nada es un error, o todo tiene un precio que, encendidos, queremos pagar. En el tiempo de las flores no hay peajes, sólo amor.

Orgullo, resentimiento, envidia, abandono… Pálidos fantasmas. Decepciones, engaños, mentiras… Vanos intentos de romper ese mágico lazo, esa única unión, ese deseo que es más que sentimiento, que se tiñe de sentido, que embarga a la soledad. La vida refulge, estalla, se desmenuza, se tienta, se tiende, se pliega y se despega como el sudor entre la piel, como los cuerpos que, agotados, se separan entre jadeos y cansancio.

El tiempo de las flores pasó para mí. Ya no hay más sonrisas, ya no hay más te quieros. No hay más amaneceres que entren de puntillas, ni esa voz oscura a la que despertar con un millón de besos. Ni caricias de plumas, ni navegar, hundiendo la piel, en la inmensidad de una espalda desnuda.

Dicen que duele, que el tiempo de las flores deja resentimiento y tristeza y escozor. Puede ser: ya no lo sé. Anestesiado como estoy, su ausencia sólo llena de nubes mi cielo, y ha llegado el invierno de mi vida, y estoy solo. No hay nadie con quien compartir un café en la terraza, ni siquiera un hombro sobre el que apoyar el sueño de un nuevo día. No hay amante que traduzca el deseo de mis caricias, y mucho menos que sacie los deseos de mi ser.

El tiempo de las flores ha pasado para mí, y es como una caravana fúnebre donde mis deseos y mis sueños se abren paso y se caen, hechos pedazos, en cada una de las losas del suelo. ¡Ah, la vida! La lavanda del recuerdo, la caléndula de la nostalgia, los nomeolvides de amores que ya me han olvidado. Ya nada es como fue; nunca fue nada como ha debido ser.

Y algo se ha perdido, o no se tuvo nunca: cuando veo mi vida sé que el tiempo de las flores se ha ido, y oigo el ruido de su carromato en la lejanía, con un traqueteo parecido a los latidos de mi corazón… Pam, pam, pam…

El amor no llegó, o si lo hizo, llegó tarde. Y creo oír una voz lejana… Pero ya no importa. Ya no.

Feliz Navidad/ Merry Christmas.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

 

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Plácido Domingo & The Piano Guys.

 

El cielo en movimiento: pongamos que hablo de Madrid.

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Joaquín Sabina. Pongamos que hablo de Madrid.

El cielo en movimiento es la nueva propuesta de  Editorial Dos Bigotes. Me gusta que cada vez haya más hueco para editoriales pequeñas que desean y consiguen editar libros bellos, llenos de sentimiento y gusto por la lectura. Cierto que el mercado para posibles autores sigue siendo, si cabe, aún más restrictivo, pero estas editoriales inyectan oxígeno, originalidad y belleza al mundo de la la tinta y el papel.

 El cielo en movimiento quiere servir de retrato de Madrid. Una ciudad que, entre sus páginas, parece despertar de un largo reposo escocida, quizá algo amarga, rabiosa y excluyente. Desde la década de 1980 hasta la actualidad, dibuja una ciudad desbordante y desbordada, locuaz, zalamera, abierta, valiente y enfermiza, vitalista, llena de contrastes y siempre, siempre fascinante.

En treinta narraciones de los más variopintos autores, desde el que fuera alcalde de la ciudad don Enrique Tierno Galván hasta Iñaki Echarte Vidarte; desde Luis Cremades a Fernando J. López; desde Luis Eduardo Aute a Pedro Almodóvar, desde Leopoldo Alas hasta José Luis Serrano, todas las miradas de Madrid hacia Madrid derivan de un mismo polo, de un mismo hilo conductor: de la ciudad de Tierno Galván a la de Manuela Carmena, por donde respiraron también Álvarez del Manzano, Esperanza Aguirre, Ruíz Gallardón y Ana Botella (quizá la que más heridas produjo a ese corazón multicolor que se mueve en el cielo de Madrid), el cambio político parecer traer una especie de renacer, de despertar de un cierto estado de coma, no muy real, que muchos de estos autores describen, entre rabia mal contenida y quizá un poco de desazón innecesaria y que hacen que se resienta un poco la lectura de textos poderosos, llenos de una melancolía difícil de obviar y, también, de una clarividencia desarmante. Ni es posible que el espíritu de una ciudad que es pura apertura pese a todo, haya quedado entumecida con el paso del tiempo, ni que el paso del tiempo no deje huellas no tanto en la vida de la ciudad, si no en todos aquellos que la sueñan, con tanto amor y fruición a la vez.

Madrid deseada y admirada, odiada hasta la náusea pero siempre presente, como ese amor único que nos hiere pero nos da la vida, ese nido donde se nace, se pace, se goza y se olvida, un mundo dentro de un barrio, un barrio que es un mundo, una mente que piensa, una boca que besa y un corazón que late. Todo esto es El cielo en movimiento.

Versos, prosa, cómics, muchas de las expresiones gráficas conforman este precioso libro de Dos Bigotes. La edición está hecha con mimo, lo mismo que los textos y las imágenes editadas. Como un poemario o las hojas de un diario, sus autores nos abren el cofre de sus recuerdos, a veces su propio corazón, su historia, sus temores y sus rencores, sin dejarse nada en el tintero, vaciándose de sangre y tinta entremezclados.

El Madrid de El cielo en movimiento es el de la Movida, pero también el de los tiempos del Sida, el de la represión franquista y las desigualdades. El Madrid de El cielo en movimiento es el de los descubrimientos, las libertades, los encuentros y los desengaños; la droga, la prostitución, los amaneceres y los ocasos, el asfalto, la alegría, la duda, la tristeza y la melancolía. Todo eso es Madrid, no importa el barrio, no importa el género, no importa el origen ni el destino de cada reivindicación, de cada vida. Bajo el cielo de Madrid todos los colores se dan cita, todos los destinos, todos los gustos y los disgustos, el calor arrebatador y el frío congelante, la primavera gozosa y el otoño fugaz. El cielo en movimiento es un canto a lo diverso, a la rabia, al desengaño, pero por encima de todo, al amor, a la vida en la ciudad más cosmopolita de Europa, es decir del mundo: Berlín es maravillosa, Londres prestidigitadora, París muy chic, Tokio quizá demasiado excéntrica, Nueva York un volcán, lo que quieran. Pero ninguna ha sido ni será tan rabiosamente libre como Madrid, tan deseada y desdeñada y si embargo tan bella y tan chula, con ese cielo velazqueño, con esos palacios hechos para impresionar; su Gran Vía, arteria eterna siempre en movimiento; su Retiro inmenso, su Paseo del Prado, su Plaza Mayor y su Palacio de Oriente, su río perezoso, las verdes calles que se doran en otoño, y la inmensa masa humana que la habita, que la hace única, absorbente, envolvente y mágica.

Por todo esto, en el caleidoscopio de El cielo en movimiento, las palabras que resuenan en el bando de don Enrique Tierno Galván laten como el corazón de Madrid. Alberto Marcos nos retrata la eclosión de la Movida, y el valor de la que fuera quizá su primer víctima. Luis Cremades, con su prosa fluida y su experiencia única, analiza lo que este libro encierra: la evolución de una ciudad y de los sentidos y sentimientos de los habitantes de la misma, las expectativas no todas cumplidas, y las heridas que van quedando tras ellas. Paco Tomás nos describe el Madrid más actual, y nos demuestra que los usos, las costumbres, los gustos y la educación cambian de estilo pero nunca de corazón; todo puede gustar y en el fondo todo es despreciable. Fernando J. López retrata, en su guión, quizá una de las historias más dulces del compendio, mientras que Iñaki Echarte Vidarte abre su corazón de poeta para derramar, sin pudor alguno, el cuerpo de su alma al desnudo, su búsqueda infinita, su eterno deambular. Todos son una faceta de Madrid, ciudad poliédrica, ciudad por siempre libre, ciudad que ha sido para todos un trocito de música, un trocito de cielo. De cielo en movimiento. Leopoldo Alas (ya Luis Cremades se encargó de que le descubriera con gusto) despliega una vis cómica llena de ironía y autoparodia tan sana y que quizá la falte a muchos otros cuyas líneas se leen algo envaradas y demasiado comprometidas en un presente donde las ideologías sólo se resumen en el Hombre; José Luis Serrano hunde su pluma en la melancolía del tiempo ido, ese que nos hace recordar lo que quizá no fue así, o que no fue lo que una vez quisimos que fuese. Y Ana Curra, Carla Berrocal, Ariadna G. García y Alicia Ramos aportan, con un punto reivindicativo, el mundo femenino, el toque de lo que acoge, de lo que sostiene, lo que alimenta: las arterias de Madrid, las lágrimas, los fluidos y la carne que se expone (y es expuesta) a la intemperie.

El cielo en movimiento es esa evolución generacional, ese trasvase de tiempo que vivimos en general apenas sin notarlo hasta que nos vemos en el reflejo de un espejo en una calle cualquiera, en el baño de un bar o en el armario de un cuarto sin nombre.

 El cielo en movimiento: pongamos que hablamos de Madrid.

 

Baño de realidad.

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Que el mundo es aquello donde nuestra atención se fija no es novedad. Aún más, podemos afirmar sin atisbo de equivocación, que así es la vida: rayos centralizados en nosotros mismos que, de vez en cuando y fruto más de la casualidad o del roce que del rapport hacia otro ser humano, consiguen tocar a los demás de forma desinteresada, o al menos con escaso interés egoísta.

No está mal que las cosas sean así. Como el exceso de información, una implicación expansiva en la vida de los demás, dejando de lado nuestros intereses es tan dañino como su contrario, demasiada velocidad centrípeta nos a-isla, nos lleva al distanciamiento, al desapego.

Sin embargo, y más en la actualidad, vivimos períodos de gran inestabilidad emocional. La situación económica, que es más importante que nuestra propia situación como sociedad y como individuos, ha desestructurado vidas, ha deshecho familias muchas veces (cuyos lazos puede que no fuesen tan fuertes después de todo) y nos ha arrojado a un estado de constante insatisfacción y de miedo. Con todo, esto nos lleva, en un camino centrífugo igual de riesgoso, a un exceso de atención exterior, a un constante comportamiento analítico e impositivo de la realidad que nos rodea: una forma particular, pero real, de vivir en el presente. Nos alzamos como los más finos moralistas, dueños de una razón que no excede el límite de nuestras conciencias; somos capaces de opinar, es decir de juzgar y sentenciar, gustos ajenos, opiniones diversas, hasta opciones de vida tan válidas para algunos como incorrectas nos puedan parecer a nosotros.

Estamos en campaña electoral. No me interesan las propuestas partidistas, pues parto de la base que no cumplirán sino aquellas que les queden más a mano; soy consciente que el poder actual (bueno, quizá siempre haya sido así) sólo permite una forma de actuación y cuyas diferencias de expresión se basan más en tonos que en soflamas, en formas de desarrollar las parcelas que el mismo poder nos permite para poder crear un gobierno, una construcción comunal.

Me aburren todos los políticos, todos. Son políticos como los abogados son abogados y los periodistas, periodistas. Ni nos ofrecen más ayudas ni soluciones; todo lo contrario, viven (corriendo el riesgo de generalizar) para cumplir unos fines ideales, es decir, formados en el mundo de las ideas, que suelen darse de cráneo cuando intentan adaptarlas a la realidad, y quizá su brillo resida más que en la calidad de las ideas o de las soflamas, en su capacidad para adaptar las buenas intenciones (porque también las tienen) al presente de la sociedad; en otras palabras, con una repercusión mínima sobre el día a día, pero a la vez tan profunda, que cambios nimios lleven a evoluciones profundas en la psique y en la forma de actuación de la sociedad. Por eso me aburren. Trabajan a saco una vez cada cuatro años (y con la cantidad de elecciones que tenemos en España, digamos que cada dos años están dándolo todo) empleando el mismo discurso, las mismas ideas manidas, los mismos lamentos o ataques.

La expectación generada con los debates se me muestra así pueril; mejor dicho, poco práctica, pues no sacaré nada en claro de esa exposición gratuita de un supuesto ideario que es más plástico de lo que nuestro orgullo nos permite aceptar y del que, por lo demás, ya estamos más que saturados tras vivir años convulsos de incertidumbre y de sequía.

Ayer estuve de guardia. Uno de esos días que deseamos estar mejor en casa que en ningún otro sitio. Al mismo tiempo el debate político estaba servido en bandeja de plata en televisión y en las redes sociales. Nada como seguirlas por Twiter o por Facebook, el ingenio de los espectadores es único, lo mismo que sus afiladas lenguas y sus más que sarcásticos comentarios. Así que a pesar de estar bastante ocupado, pude percibir las reacciones de la gente ante el espectáculo televisivo.

Me apena que sigamos conectados de esa manera a algo que sabemos que está establecido de antemano, reglas de un juego rígido donde los pactos flotan sobre las actitudes, donde las ideas se venden al ejercicio del espectáculo. Algo que no me parece mal, siempre que seamos conscientes de ello. Pero no lo somos.

En contraposición a esa irrealidad tan vívida, esta noche tuve que sedar e intubar a una paciente que vomitaba sangre tras haberla inhalado y llevado a sus pulmones, fruto de una enfermedad hepática heredada de su afición al alcohol; tres pacientes, con distintos grados de lesiones cerebrales múltiples, se contorneaban sobre sí mismos en medio de estados de agitación mental que pocas medicaciones (salvo la sedación completa) pueden detener, y que ponen a prueba la paciencia más profunda, labor que recae en el equipo de enfermería y auxiliería y celaduría más que en la del médico, salvo que esté tan liado con otros pacientes que acabe desbordado por tamaño escándalo. Otro, ahogándose por el acúmulo de agua en sus pulmones que su riñón recién trasplantado no podía achicar; una paciente luchando con una infección y un cáncer que la consume; un abuelo agitado por la falta de alcohol y, por último, una paciente con gran inestabilidad emocional, enganchada a cuanta sustancia psicotrópica hay en el mercado y al alcohol (nada mejor para bajar las pastillas, doctor) que había ingresado por haber ingerido una cantidad bastante generosa de pastillas de todos los colores aderezado con güisqui de mala calidad… ¿Un debate donde se discuten, o más bien se muestran y se disculpan, posiciones y puntos de vista, anunciado a bombo y platillo, me iba a enseñar más de la vida, de la realidad de la vida, que todo ese espectáculo que había ayer en la UCI? No. Y nunca lo hará. Porque el mundo de las ideas, el mundo del papel, que todo lo aguanta y que en esencia es bueno pero etéreo, irreal, jamás podrá concebir ni engendrar realidades si no se pliega al presente, si no se amolda a las necesidades reales de la sociedad a las que van predestinadas.

Y nadie es más que nadie, ni una postura más perfecta que la otra, ni mucho menos más moral o más pura. Ni nadie está por encima ni por debajo: en una cama de hospital todos nos medimos por el mismo rasero, pues el destino de todo nacimiento es morir, a poder ser con los menores sufrimientos posibles. No importa que se viva en una jaula de oro o en una chabola de adobe o bahareque. Siempre, siempre habrá un momento en la vida de todo ser humano en el que se desnude de todo atavío y se dé de bruces con la realidad. Esa realidad que vivo diariamente.

No quiero saber nada de política, porque las cartas están echadas. Sólo ciertos acordes pueden cambiar, alguna nota colorista, algún verso libre, nada más. Cada puesto tiene su peaje, y el poder siempre pasa la misma factura. Así es como yo veo el debate político de ayer, y cualquier otro, manipulaciones que nos llevan a olvidar, con esas cortinas de humo, el verdadero objetivo de nuestra vida: vivir de la mejor forma posible y con el mínimo daño a los demás. Ningún político nos dirá esto, ni ninguna ideología que se ocupe más de sí misma que de lo que le rodea.

Esta mañana temprano, ya recuperada, la paciente del mar de pastillas quería irse, pedía el alta voluntaria. Con esas maneras tan educadas que caracterizan a este tipo de paciente, mezcla de manipuladores e histriones, daba patadas en la cama, levantaba el torso y amenazaba con arrancarse las vías, las sondas, y salir desnuda a la calle. Tras intentar razonar con ella y llegar a un acuerdo, todo pareció aquietarse. Sólo por cinco minutos. Y volvió a empezar: no veo yo diferencia alguna con el mundo del poder político. Ya irritado con su tono grandilocuente de fiera herida, le espeté lo que habíamos acordado y comencé a demostrarle, con pequeños gestos, que estaba dispuesto a cumplir mi palabra: no veo yo diferencia alguna con el mundo del poder político. Salvo una: cuando terminé de exponer mis capitulaciones, ella se me quedó mirando y con una sonrisa maquiavélica gritó:

  • ¡Sácame esta sonda de mi coño ya!

¿Quién quiere discutir por un debate espúreo cuando recibe semejante baño de realidad?

La miré indiferente y no le dije nada más. Llamé aparte a su enfermera y le indiqué las instrucciones pertinentes: se la sedaría durante unos minutos para que ella pudiese trabajar en paz y así, cuando se despertase la enferma, se vería libre de cualquier atadura y podría irse en paz si era de verdad lo que le apetecía.

Veinticuatro horas sin dar tregua y terminar así… Lo siento, demasiada realidad, incluso para mí.

¿Con ánimos para Navidad?/ In the Mood for Christmas?

El día a día/ The days we're living

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