Serendipia o un grato hallazgo.

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 Serendipia es en primer poemario-álbum fotográfico de David Sadness, creador polifacético, primero y antes que nada retratador de la vida y después directr de vídeo-clips, soñador de películas por venir, y escritor.

 Serendipia mezcla sus poemas escritos con sus poemas visuales, unos inspirados por otros, cargados de una belleza directa, propia de una generación hecha a base de mensajes y mails. Las imágenes de un poderío y una delicadeza maravillosas, maridan el ritmo de versos cortos, carentes casi de puntuación (única cosa que echo bien de menos), pero tan profundos y sensuales, sensibles y directos que llegan al corazón cargados con la munición de la emoción pura, de esa belleza casi impoluta de la juventud.

Amor, desamor, encuentros, desencuentros, noche, luna, estrellas, amaneceres y ocasos sirven de metáforas a sentidos que se desvelan eternos y largos, enormes en las fotografías que reproducen el texto y finalmente se hacen uno con él.

Habiendo tenido esa idea hace años, cuando empecé este blog, me parece maravilloso que haya editores con la confianza suficiente y el coraje adecuado para llevar esta idea a cabo; bien es cierto que David Sadness es poseedor de ese coraje y de esa sensibilidad tan inmediata, tan directa y tan dulce, necesarias para llevar a buen puerto un poemario como Serendipia.david-sadness1

No importa que esté lleno de tópicos: la vida es un tópico que se repite de continuo. El prólogo es una introducción a ese mundo joven que se cree por siempre único, bellamente escrito, con ese código oculto de amistades que se conocen mucho, no importa el tiempo que haya pasado o que nunca se hayan visto en persona. Ls páginas de Serendipia se llenan de luz con esas imágenes arrancadas del día a día y esas letras llenas de sentimiento y sencillas a la vez, etéreas, que intentan en su desnudez alcanzar la altura de las imágenes de las cuales proceden y a las cuales le aportan sin embargo cierto sentido y gravedad.

Hay mucho en David Sadness por descubrir; la madurez traerá consigo un mirar profundo, un pensar universal. El epílogo de Serendipia es un puente a ese futuro donde habita el sentimiento, cerrando un poemario que recorre las emociones humanas y sus miedos y sus alegrías en ese hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta y tropezamos con alguien como David Sadness.

Los personajes secundarios (en la obra de Màxim Huerta).

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Partiendo de la idea que no creo que haya personajes secundarios en ninguna buena historia, los personajes que soportan la historia central de un relato son la base e incluso pueden llevar a robar protagonismo al personaje principal al que deberían servir.

Un buen actor dirá que no hay personaje pequeño. Parte de esa habilidad está escrita de antemano en el papel, y parte (mucha) procede de su propia sensibilidad para explotar la veta de oro que encuentra al leerlo. Un buen actor secundario siempre (siempre) roba la escena al actor principal cuando sabe que trabaja sobre la ganga de un personaje bombón. Él se da cuenta, y nosotros como espectadores, disfrutamos de esos momentos que son únicos. Michael Caine es uno de esos grandes maestros, y Chus Lampreave, también.

En la obra de Màxim Huerta abundan estos personajes que, como cometas, atraviesan las historias que hilvana, dejando un brillo intenso, y en muchos casos, llevando realmente sobre sus hombros el verdadero peso del relato. No creo que haya intención alguna en el escritor (¿quién puede decirlo realmente?); al contrario, pienso que en todo proceso creativo, cuando es real, el escritor no es más que un canal por donde la historia fluye como desea ser expresada; cuando nos bloqueamos, es sólo un fallo en la red de comunicación, que si forzamos, nos frustra, llegando incluso a abandonarlo por un tiempo. Cuando la relación se restablece, cuando dejamos que la historia vuelva a fluir, por más que deseamos, quedará escrita como desea, no como la hemos pensado.

Cuando se posee ya un cierto volumen de trabajo como le ocurre ahora a Màxim Huerta, no sólo se analizan los estilos o las intenciones como creador; esa calidad nos permite asimismo investigar un poco en los entresijos de esas historias en aspecto livianas (esconden verdaderas oscuridades humanas iluminadas, eso sí, de la forma más tierna y, verbigracia, humana posible) que salen de una pluma enérgica, vibrante, casi incansable. Y de ello saco yo las conclusiones de lo que más me gusta del escritor y de sus escritos, la única forma real de comunicación que podemos establecer,a  nivel creativo, con un escribidor tan prolijo e imparable como él.

No repetiré aquí lo que opino de sus obras, pues hay otras entradas de este blog donde ya se ha expuesto, al contrario: sólo quiero anotar, a vuela pluma seguramente, lo que más me ha atraído de esas historias donde el corazón rebosa y los personajes consiguen descifrar el intrincado acertijo de su destino entregándose ciegamente a él. De todas las novelas de Màxim Huerta lo que más me ha llamado la atención ha sido la construcción de sólidos personajes secundarios en los cuales los protagonistas se reflejan y viven sus desventuras con una entrega fiel y constante. De hecho, he llegado a querer más a esos personajes, trazados con amor y habilidad, y con una cierta sabiduría que siempre me deja asombrado.

En Que sea la última vez… Margarita Gayo es un ciclón, pero quien inicia, quien enciende, quien le da vida a esa aventura es Willy. Esa solidez de cuerpo y alma, esa entrega para nada ciega, esa absoluta presencia llena de presente, hace que la entendamos, que la sigamos y que valoremos su evolución posterior.

En el Susurro de la caracola, siendo como es el primer sonido que escuchamos el eco de una celda al cerrarse, toda locura, todo mimo, todo cuidado, toda justificación en las acciones de Ángeles gira en torno de Marcos, el joven actor que vive, quizá por ser joven y bello y casi perfecto, un presente perpetuo, en el que se confunde el tacto de la ropa recién planchada y el olor embriagador de los dulces y el amor que se desprende de esos pequeños detalles que se desvelan en la comodidad de un hogar que ya no parece vacío, en el silencio que arrulla un sueño deseado, y una sonrisa que es la mejor recompensa, tanta, que vale la cárcel y la cadena perpetua.

Y llegamos a Una tienda en París, para mí la (mejor) novela más Màxim Huerta, en donde su estilo florece y evoluciona, en la que vi por primera vez ese escritor que deja de ser promesa y construye en una historia  cuya complejidad está escondida, precisamente, en los personajes secundarios. Pues Alice es Una tienda en París. Su aparición llena de viento fresco al relato; su delicadeza que, a pesar de la brutalidad del mundo, nada empaña; sus conflictos internos, el amor que brota de los mimos, el lujo y la belleza, y sobre todo o por encima de todo, ese ser fiel a sí misma la convierten en el corazón de la novela, quizá en el motivo último de haberla concebido y escrito.

   La noche soñada es Màxim Huerta en estado de maduración. Una historia más polifónica, mediterránea pero preñada de un realismo mágico tan latinoamericano (que le aporta consistencia y belleza y que se conjunta tan bien, que debería ahondarse más en esta mezcla de la que saldrían sin duda relatos maravillosos) en la que se juega a tres niveles, pero cuyo centro, su corazón, está encerrado en tres hermanas, comandadas por la tía Visitación, envuelta en boleros de Olga Guillot, en azúcar glaseado y harina y besos intangibles dejados sin querer a la sombra de los cristales empañados.

En No me dejes no es la ruptura de la pared entre el lector y el escritor lo que me atrapa (antes bien, quizá me estorbe, por inesperada sobre todo); no es Violeta ni el delicado Dominique, ni siquiera Paulina o Mercedes, que entretejen el entramado parisino de una historia llena de silencios y de malentendidos; es Étienne el personaje que me atrae, que me impulsa, que es distinto, que eleva la trama, la transparenta y la lleva, sí, hacia la cristalización que merece un relato tan complejo.

Y en El escritor, el eje no es Teresa, como creemos, con sus paseos llenos de silencios, la hermosa puerta verde de su hogar, las persianas bajadas, su pelo eterno, su mirada líquida. Es el Escribidor quien nos llama la atención, aquel que, aún callado o hablando por los codos, no dice nada de sí mismo y sin embargo lo dice todo.

El secreto de un personaje secundario está en la simbiosis única entre una personalidad arrolladora, el peso de su presencia en la historia y en lo que nadie nos cuenta de ellos. Un relato en primera persona, como el de Justo Brightman, es el retrato de una voz: no podemos esperar más que sesgos de aquellos que conviven con él, reflejos de los sentimientos que evocan en él; la magia está en retratar con pocos trazos, pero firmes, personalidades que valen un universo y que dejan huella. Cuando el relato es en tercera persona, el riesgo está en dar más importancia a los detalles que a la historia a la que sirven. El mérito de Màxim Huerta es haber encontrado ese equilibrio, poco frecuente en la literatura actual, que hace que un lector ávido y nada obtuso encuentre verdadera belleza en el paisaje que se retrata más que en el retrato, en la habilidad oculta más que en el resultado final; en el eco de las teclas al ser presionadas y las palabras que aparecen en el papel, hilvanando historias llenas de magia y contención. Y en donde todo es importante. Desde el principio al final.

 

La escalera oscura (de Alejandro Melero).

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la_escalera_oscura La escalera oscura es el libro de relatos cortos, algunos premiados y otros publicados previamente, del periodista y dramaturgo Alejandro Melero.

La dramaturgia es importante en el estilo de Alejandro Melero. Hay en todas sus historias un tempo suspendido que envuelve al lector: la creación de ambientes, la descripción casi corporal de los personajes y los sentimientos siempre crispados y a flor de piel llegan del mundo del teatro y se instauran en la prosa (breve) con una intensidad inusitada y estimulante.

Hay en La escalera oscura un hilo conductor muy llamativo: todos los personajes parecen cansados de huir hacia adelante, buscan esa rara compasión que nos negamos a nosotros mismos, necesitan reconciliarse con la vida, pasada o presente, e intentan justificarse, con una entrega que es casi un calvario, a las necesidades del cuerpo, a las debilidades del alma. Los personajes de Alejandro Melero luchan siempre, incluso en el abandono; la entrega a lo que sienten o de lo que huyen o de lo que desean es siempre activa, buscan sus destinos, sus decisiones, casi siempre sufriendo por ello, casi siempre siendo aplastados por las circunstancias y apenas liberados por los puntos suspensivos del silencio o los puntos y final de cada página que queda a medio escribir.

Las lagunas de cada relato se llenan con pequeños detalles cuyo trazo dibuja con mano firme; la voluntad de cada decisión, los giros de cada intención son muy pensados y sin embargo escritos con una sutileza atractiva, envolvente. No son relatos fáciles, las luchas y los desdenes, incluso los escasos instantes de vana felicidad parecen arrancados de la dura realidad a golpes de cincel; la amabilidad de la vida, fijada como un tatuaje, no deja resquicio a la fantasía y quizá por eso es hermosa, y esos momentos de respiro refulgen como regalos únicos y raros. Las historias de La escalera oscura están inmersas en la realidad humana, escritas con sangre, moldeadas con piel y huesos, achispadas por resquicios de una sensualidad fluida, libre, que ata y desata destinos, condenando o liberando a cada personaje, identificándonos con ellos, con sus miserias más que con sus alegrías, huyendo de juicios, llenándonos de comprensión y, también, de melancólica tristeza.YBb0OdSx

Melancolía, deseo por lo perdido, búsqueda desesperada de una paz que sólo encontramos en nuestros corazones cuando somos capaces de perdonar nuestra pequeñez, nuestra absoluta falta de brillantez. O nuestra absurda normalidad. Y sin embargo todos los protagonistas de estas historias son seres especiales, únicos, atractivos en su belleza herida, brillantes en su aparente sencillez, navegando entre la sordidez hasta la más pura irrealidad… Lo que hay en La escalera oscura pertenece a los estratos más profundos de los seres humanos, y Alejandro Melero no teme llenarlos de luz y traerlos a la superficie y mostrarlos desnudos y salvajes, dañados e imperfectos, melancólicos y apasionados y por encima de todo, o a pesar de todo, bellos y libres.

Jaime Gil de Biedma: la vida era eso.

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fotonoticia_20151019175535_800Editorial Lumen nos ha regalado, en una estupenda edición, los diarios que el poeta Jaime Gil de Biedma escribió de forma intermitente a lo largo de los años, por lo demás como lo es la propia vida, y que tenía como albacea Carmen Balcells, quizá la mejor exponente o el mayor dinamizador de la cultura en español del siglo XX (y que se le echa de menos, visto el momento actual de qué se edita y a quién se edita.)

La vida era eso, Jaime Gil de Biedma: días que pasan, sensaciones que nos poseen y nos abandonan; miedos que una vez se tienen y que dejamos atrás, salud y enfermedad, y muerte. Todo eso planea por los diarios escritos con intención de ser leídos muchos de ellos (una parte, quizá la más interesante desde el punto de vista de prosa y de vida leída, fueron editados por el propio poeta); pero la sinceridad a corazón abierto, la aprehensión de un ser y de ser; la enigmática facilidad para el amor físico, que hoy llamaríamos eufemísticamente fluido (por lo demás, como muchos seres apasionados por la vida); la sola aparente superficialidad de un hombre que lo tuvo todo y la búsqueda constante de la veta poética, de desear la perfección, de no serlo; la vasta cultura, la sincera sapiencia, la delicada manera de ser brusco y al mismo tiempo tímido; la hipocondría, la melancolía y finalmente el final mudo, seco, como un portazo cuyos ecos todavía reverberan en las habitaciones ya vacías de una vida que fue eso: una búsqueda sin fin, un asidero a veces, a veces desprecio hacia sí mismo (y los demás) y honda preocupación por trascender las letras, los sentimientos y la historia.

Jaime Gil de Biedma era poeta. El extenso y algo cansino prólogo (más valdría haberlo puesto de epílogo, de nota aclaratoria después de los diarios, cuyo valor realmente explican y expanden el carácter y la vida del poeta, pero que carecen de sentido al inicio de los diarios, porque como lectores desconocemos la causa de todo lo que detallan hasta la exasperación) nos recuerda que fue un poeta de corto recorrido, o que al menos él se consideraba de escasa producción. Quizá se equivocaba. Pues lo largo del camino no implica mayor intensidad o mayor profundidad, antes bien, más riesgo para la vacuidad, más margen al error. Algo intuía él mismo en sus opiniones sobre la obra tardía de Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén o Vicente Aleixandre; fuese agotamiento de musa (y no, pues nada más bello que ese retrato del amor en la ventana, ese reflejo de verdadera felicidad que nos regala en su penúltimo diario, cuya poesía en prosa es tan hermosa que duele y nos hace llorar de puro gozo), fuese porque él mismo despreciaba ese alargamiento insostenible de una labor que es sólo estacional, que dura lo que un atardecer (y pensamos nosotros también en Gabriel García Márquez o en Isabel Allende, por ejemplo), o porque sus ganas de poesía se apagaron mucho antes que su sed de caricias y de cuerpos como olas de mar. Y sin embargo todo lo que escribía u opinaba o hacía estaba cargado de versos, tenía ritmo, sostenía notas, hilvanaba sentidos: como el extenso prólogo nos deja claro, Jaime Gil de Biedma, además de pensar profundo, era de cuerpo entero, un poeta.

Resulta paradójico que la primer mención real que tengo de él provenga (de nuevo) a través de El invitado amargo y Luis Cremades , como ese Hermes maravilloso que une una época de la que ambos formamos parte, yo como un verdadero y atento (y muy joven) outsider, él desde dentro: ignoro cuánto conoció al poeta, siendo él mismo un joven y atractivo escanciador de versos en aquellos días; mas su admiración se trasluce, sin trampantojos, en la mención que de él hace en su relato, una aparición divina que refulge en el corazón casi adolescente que idolatra a un maestro que es, asimismo, guapo, y que posee el mayor atractivo de todos: el de las Musas. Jaime Gil de Biedma se me hizo familiar, como otros muchos poetas de esos años ochenta, gracias a Luis Cremades, y por él, mi interés en leer estos diarios y el enorme gusto que encontré haciéndolo.1448987655_710451_1448987778_noticia_normal

La poesía que más me atrae de Jaime Gil de Biedma no es la que tanto le preocupa a él en sus diarios. No es la del virtuosismo métrico; ni la que demuestra una cultura tan vasta como un océano inquieto; la que más me gusta es quizá la más íntima, la que habla de sí mismo, de aquél que le acompaña, de sus sentidos y sus pesares; quizá la más difícil, pues equivale a una desnudez sin adornos, la que nos obliga a una sinceridad sin disfraces. Y en sus diarios, en sus opiniones, qué duda cabe, se encuentra a millares. Una lástima que no haya incursionado más en el mundo de la prosa; era un contador de historias, un hilvanador de liviandades, de profundidades, de procacidades, de precocidades y de deseos tan enigmático como hipnótico, tan artístico como efectivo: hubiera sido un escritor de más éxito del que nunca tuvo.

Todo reconocimiento tardío no es más que un ejercicio de restauración del ego. Al artista al que se le dedica le trae al pairo: ya está muerto. Un poco como él reivindicó a Antonio Machado (nunca suficientemente reconocido así como otro poeta, muerto en circunstancias más cinematográficas, está quizá en exceso deificado) nos llega la hora de reparar nuestra mirada en la obra de Gil de Biedma. Demasiado profunda, demasiado culta, demasiado sutil y demasiado perfecta (y por lo mismo, descarada y liberada de cualquier carga de autosuficiencia) para apreciarla sin saber nada de sí mismo, sin conocer sus pensamientos, su forma de ver las cosas y la manera de sufrir la vida. Eso es lo que deseaba: no en vano se preocupó de que llegasen sus diarios a nuestro poder y que los conociéramos en profundidad. España no es amable con sus artistas (con los verdaderos artistas, claro); en el fondo, no importa. El Arte se impone, como la realidad, como el orden una vez pasado el caos, como la calma después de la tempestad, y el amor cariñoso una vez apagada la pasión. Quizá sea la hora de estudiar una obra única, un pensar profundo, un ser liviano que no leve, lleno de sensualidad y de miedos y de errores y de esos pequeños fracasos que tiñen toda existencia.

La vida era eso, Jaime Gil de Biedma. El amor que se transforma por el tiempo reflejado en la ventana. Y enfermedades y miedos y sandeces. Pero también belleza de mar abierto y poesía de corazón.

 

El amor mola (a veces).

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De Roberto Pérez Toledo, parte de la serie El amor mola, campaña para El Corte Inglés en San Valentín 2015.

Felipe II: El Rey imprudente.

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81nOERCpYxL._SL1500_ ¿Cuánto sabemos de verdad sobre los demás? Aún más complejo: ¿cuánto sabemos sobre nosotros mismos? Esas preguntas, y los juicios que conllevan sus respuestas, son las que han llevado al historiador e hispanista (a saber lo que significa en realidad este vocablo) Geoffrey Parker a pasar media vida tras la vida del rey Felipe II de las Españas (y de muchos sitios más que no vamos a detallar aquí.) Un rey dueño de un imperio, y un imperio tan extenso que la hipérbole: nunca se pone el sol, sólo genera visos de pura realidad.

No sé si hubiese querido ser Felipe II; puede que ni siquiera Carlos I, su padre. Puede que, aunque regentes en una época de maravillas, hubiese si quiera querido vivir en ese período de tiempo. Sabiendo lo que sabemos, el S. XVI está tan lejano de nosotros casi tanto como la Antigüedad, y si bien en lo básico los hombres no hemos cambiado en nada, en lo exterior, en lo que nos rodea, en riqueza de conocimiento y empobrecimiento de las fuentes, mucho se ha mimetizado la vida desde entonces hasta ahora.

La labor del profesor Geoffrey Parker es ingente. Nos retrata, con una mirada acertada y muy crítica, quizá en exceso (por lo que ya he dicho, nuestra mirada jamás se podrá adaptar a los ojos del S. XVI, aunque podríamos hacer un esfuerzo), la vida de un hombre complejo, lleno de maniáticas costumbres, incluso llega a aventurarse retratándolo como obsesivo y muy pulcro, huidizo, parsimonioso hasta la quietud de acción, inteligentísimo rallando en lo brillante (pero sujetado por todas las limitaciones humanas), y solo, por sobre todas las cosas, solo.

Ser rey no debe ser algo bueno. De hecho, ser presidente de gobierno tampoco (cómo involucionan nuestros gobernantes nada más llegan al poder comparados a cuando se marchan por la puerta de atrás). Tener el poder absoluto debe ser un castigo más que una gracia. Un peso con atractivos, pero una carga sin duda. Felipe II (y cuantos monarcas ha parido la Historia, que son muchos) es un buen ejemplo de ello.

Un hombre más familiar de lo que se cree, más español de lo que se cree, que sostuvo todo un imperio en años convulsos, que contribuyó a ese desorden y que dilapidó, como muchos otros en esos tiempos y en los de ahora, oportunidades de oro, y mucho oro y sangre y vidas. No cuento con que haya un soberano que salga indemne de un análisis tan detallado y hermoso y extenso como el que Geoffrey Parker hace del monarca hispano: todos tienen defectos, los propios y los de su tiempo, y debemos juzgarlos (¿debemos juzgarlos?) con la mirada de ese tiempo.

En toda la biografía del profesor Parker puede que éste sea el único lastre: parece ofendido por sus hallazgos sobre la personalidad real, quiero decir decepcionado de sus errores, aunque jamás comete la imprudencia de exaltarlos ni de opacar sus virtudes. Tras siglos de leyendas diseñadas por reinos no afines y que se han creído a pies juntillas por todos, incluido los descendientes de sus súbditos, es hora de que la primera monarquía más poderosa de la Era Moderna se limpie de esas impurezas prestadas y que se muestre como ha sido, que acepte como propios aciertos y errores, y se libere de cualquier manipulación o estratagema. Y tienen que ser los británicos, y los franceses y los norteamericanos quienes pongan las cosas en su sitio, los españoles siguen sintiendo una extraña vergüenza de todo ello, una especie de honor mancillado, que les impide ver grandeza y virtud, errores y caídas en el arco de la Historia de su país, de la vida de sus gentes y de la vida de sus gobernantes. Pero ésa es otra historia.

Años más tarde de su publicación el autor mismo se da cuenta de este hecho, cosa que lo engrandece todavía más. Un libro novelado, o la novela de una biografía que atesora miles de conocimientos de un rey prolijo pero nada tonto, que dejó poco tras de sí (como su propio padre; como muchos otros que le precedieron), quizá deseando que la Historia lo juzgase por sus obras, que hablan a gritos, más que por sus justificaciones (de las que sin embargo están hechos incluso los más grandes hombres), escapa al escalpelo del Historiador. Pero quizá no del Escritor.geoffreyparkerii560 Marguerite Yourcenar supo introducirse, convertirse quizá, en el emperador Adriano basándose en los pocos legajos que quedaron (por motu propio) sobre su vida. Acertó en el tono, en el discurso, en la reconstrucción de un tiempo y un espacio vital únicos. Pero ella era escritora, no historiadora. Artista, sabía que juzgar a un personaje no la llevaría más que a la crítica fácil, a la violación de ese lazo púdico y eterno que la ató intelectual y sentimentalmente al emperador romano. Con Felipe II, con Carlos I, puede que ocurra lo mismo. Imitando quizá al romano hispánico, ambos borraron muchas huellas de su propia vida, y esas lagunas, que los historiadores consiguen rellenar, quizá necesiten del alambique del artista para poder ser insuflados de vida, para poder ser entendidos, con los ojos del S. XXI, sin ser sojuzgados, para bien o para mal.  En el fondo, puede que así debamos ver la Historia: sin ignorar sus faltas, sin alabar sus aciertos, sin juzgar con nuestros ojos los ojos de quien vieron el mundo de otra manera. El Arte ocuparía aquí el lugar de la Ciencia, o más bien, junto a la Ciencia establecerían las columnas sobre las que se debería aposentar la Historia, y así dejarla libre de toda manipulación o mancillamiento. Quién sabe.

Pero mientras ese tiempo llega, gracias a historiadores tan acertados como Geoffrey Parker, podemos disfrutar y conocer y limpiar de falsa imaginería un hombre fascinante como pocos, que gobernó un mundo que ya no existe, y con el que se topó quizá de forma más accidental de lo que pudiésemos pensar; un mundo en constante cambio frente a la actitud inmovilista del ser humano, que se resiste a ellos. Un hombre complejo pero fascinante, que se llamó Felipe y que vio la luz y también la muerte en el S. XVI de las Españas, período que aún hoy se llama Siglo de Oro. Casualmente como la época romana que regalaron los empradores Trajano y Adriano, ambos españoles hasta Marco Aurelio, de origen también español… Cosas de la vida, y de la Historia. Pero ésa, es otra historia.

El cielo en movimiento: pongamos que hablo de Madrid.

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Joaquín Sabina. Pongamos que hablo de Madrid.

El cielo en movimiento es la nueva propuesta de  Editorial Dos Bigotes. Me gusta que cada vez haya más hueco para editoriales pequeñas que desean y consiguen editar libros bellos, llenos de sentimiento y gusto por la lectura. Cierto que el mercado para posibles autores sigue siendo, si cabe, aún más restrictivo, pero estas editoriales inyectan oxígeno, originalidad y belleza al mundo de la la tinta y el papel.

 El cielo en movimiento quiere servir de retrato de Madrid. Una ciudad que, entre sus páginas, parece despertar de un largo reposo escocida, quizá algo amarga, rabiosa y excluyente. Desde la década de 1980 hasta la actualidad, dibuja una ciudad desbordante y desbordada, locuaz, zalamera, abierta, valiente y enfermiza, vitalista, llena de contrastes y siempre, siempre fascinante.

En treinta narraciones de los más variopintos autores, desde el que fuera alcalde de la ciudad don Enrique Tierno Galván hasta Iñaki Echarte Vidarte; desde Luis Cremades a Fernando J. López; desde Luis Eduardo Aute a Pedro Almodóvar, desde Leopoldo Alas hasta José Luis Serrano, todas las miradas de Madrid hacia Madrid derivan de un mismo polo, de un mismo hilo conductor: de la ciudad de Tierno Galván a la de Manuela Carmena, por donde respiraron también Álvarez del Manzano, Esperanza Aguirre, Ruíz Gallardón y Ana Botella (quizá la que más heridas produjo a ese corazón multicolor que se mueve en el cielo de Madrid), el cambio político parecer traer una especie de renacer, de despertar de un cierto estado de coma, no muy real, que muchos de estos autores describen, entre rabia mal contenida y quizá un poco de desazón innecesaria y que hacen que se resienta un poco la lectura de textos poderosos, llenos de una melancolía difícil de obviar y, también, de una clarividencia desarmante. Ni es posible que el espíritu de una ciudad que es pura apertura pese a todo, haya quedado entumecida con el paso del tiempo, ni que el paso del tiempo no deje huellas no tanto en la vida de la ciudad, si no en todos aquellos que la sueñan, con tanto amor y fruición a la vez.

Madrid deseada y admirada, odiada hasta la náusea pero siempre presente, como ese amor único que nos hiere pero nos da la vida, ese nido donde se nace, se pace, se goza y se olvida, un mundo dentro de un barrio, un barrio que es un mundo, una mente que piensa, una boca que besa y un corazón que late. Todo esto es El cielo en movimiento.

Versos, prosa, cómics, muchas de las expresiones gráficas conforman este precioso libro de Dos Bigotes. La edición está hecha con mimo, lo mismo que los textos y las imágenes editadas. Como un poemario o las hojas de un diario, sus autores nos abren el cofre de sus recuerdos, a veces su propio corazón, su historia, sus temores y sus rencores, sin dejarse nada en el tintero, vaciándose de sangre y tinta entremezclados.

El Madrid de El cielo en movimiento es el de la Movida, pero también el de los tiempos del Sida, el de la represión franquista y las desigualdades. El Madrid de El cielo en movimiento es el de los descubrimientos, las libertades, los encuentros y los desengaños; la droga, la prostitución, los amaneceres y los ocasos, el asfalto, la alegría, la duda, la tristeza y la melancolía. Todo eso es Madrid, no importa el barrio, no importa el género, no importa el origen ni el destino de cada reivindicación, de cada vida. Bajo el cielo de Madrid todos los colores se dan cita, todos los destinos, todos los gustos y los disgustos, el calor arrebatador y el frío congelante, la primavera gozosa y el otoño fugaz. El cielo en movimiento es un canto a lo diverso, a la rabia, al desengaño, pero por encima de todo, al amor, a la vida en la ciudad más cosmopolita de Europa, es decir del mundo: Berlín es maravillosa, Londres prestidigitadora, París muy chic, Tokio quizá demasiado excéntrica, Nueva York un volcán, lo que quieran. Pero ninguna ha sido ni será tan rabiosamente libre como Madrid, tan deseada y desdeñada y si embargo tan bella y tan chula, con ese cielo velazqueño, con esos palacios hechos para impresionar; su Gran Vía, arteria eterna siempre en movimiento; su Retiro inmenso, su Paseo del Prado, su Plaza Mayor y su Palacio de Oriente, su río perezoso, las verdes calles que se doran en otoño, y la inmensa masa humana que la habita, que la hace única, absorbente, envolvente y mágica.

Por todo esto, en el caleidoscopio de El cielo en movimiento, las palabras que resuenan en el bando de don Enrique Tierno Galván laten como el corazón de Madrid. Alberto Marcos nos retrata la eclosión de la Movida, y el valor de la que fuera quizá su primer víctima. Luis Cremades, con su prosa fluida y su experiencia única, analiza lo que este libro encierra: la evolución de una ciudad y de los sentidos y sentimientos de los habitantes de la misma, las expectativas no todas cumplidas, y las heridas que van quedando tras ellas. Paco Tomás nos describe el Madrid más actual, y nos demuestra que los usos, las costumbres, los gustos y la educación cambian de estilo pero nunca de corazón; todo puede gustar y en el fondo todo es despreciable. Fernando J. López retrata, en su guión, quizá una de las historias más dulces del compendio, mientras que Iñaki Echarte Vidarte abre su corazón de poeta para derramar, sin pudor alguno, el cuerpo de su alma al desnudo, su búsqueda infinita, su eterno deambular. Todos son una faceta de Madrid, ciudad poliédrica, ciudad por siempre libre, ciudad que ha sido para todos un trocito de música, un trocito de cielo. De cielo en movimiento. Leopoldo Alas (ya Luis Cremades se encargó de que le descubriera con gusto) despliega una vis cómica llena de ironía y autoparodia tan sana y que quizá la falte a muchos otros cuyas líneas se leen algo envaradas y demasiado comprometidas en un presente donde las ideologías sólo se resumen en el Hombre; José Luis Serrano hunde su pluma en la melancolía del tiempo ido, ese que nos hace recordar lo que quizá no fue así, o que no fue lo que una vez quisimos que fuese. Y Ana Curra, Carla Berrocal, Ariadna G. García y Alicia Ramos aportan, con un punto reivindicativo, el mundo femenino, el toque de lo que acoge, de lo que sostiene, lo que alimenta: las arterias de Madrid, las lágrimas, los fluidos y la carne que se expone (y es expuesta) a la intemperie.

El cielo en movimiento es esa evolución generacional, ese trasvase de tiempo que vivimos en general apenas sin notarlo hasta que nos vemos en el reflejo de un espejo en una calle cualquiera, en el baño de un bar o en el armario de un cuarto sin nombre.

 El cielo en movimiento: pongamos que hablamos de Madrid.