Jaime Gil de Biedma: la vida era eso.

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fotonoticia_20151019175535_800Editorial Lumen nos ha regalado, en una estupenda edición, los diarios que el poeta Jaime Gil de Biedma escribió de forma intermitente a lo largo de los años, por lo demás como lo es la propia vida, y que tenía como albacea Carmen Balcells, quizá la mejor exponente o el mayor dinamizador de la cultura en español del siglo XX (y que se le echa de menos, visto el momento actual de qué se edita y a quién se edita.)

La vida era eso, Jaime Gil de Biedma: días que pasan, sensaciones que nos poseen y nos abandonan; miedos que una vez se tienen y que dejamos atrás, salud y enfermedad, y muerte. Todo eso planea por los diarios escritos con intención de ser leídos muchos de ellos (una parte, quizá la más interesante desde el punto de vista de prosa y de vida leída, fueron editados por el propio poeta); pero la sinceridad a corazón abierto, la aprehensión de un ser y de ser; la enigmática facilidad para el amor físico, que hoy llamaríamos eufemísticamente fluido (por lo demás, como muchos seres apasionados por la vida); la sola aparente superficialidad de un hombre que lo tuvo todo y la búsqueda constante de la veta poética, de desear la perfección, de no serlo; la vasta cultura, la sincera sapiencia, la delicada manera de ser brusco y al mismo tiempo tímido; la hipocondría, la melancolía y finalmente el final mudo, seco, como un portazo cuyos ecos todavía reverberan en las habitaciones ya vacías de una vida que fue eso: una búsqueda sin fin, un asidero a veces, a veces desprecio hacia sí mismo (y los demás) y honda preocupación por trascender las letras, los sentimientos y la historia.

Jaime Gil de Biedma era poeta. El extenso y algo cansino prólogo (más valdría haberlo puesto de epílogo, de nota aclaratoria después de los diarios, cuyo valor realmente explican y expanden el carácter y la vida del poeta, pero que carecen de sentido al inicio de los diarios, porque como lectores desconocemos la causa de todo lo que detallan hasta la exasperación) nos recuerda que fue un poeta de corto recorrido, o que al menos él se consideraba de escasa producción. Quizá se equivocaba. Pues lo largo del camino no implica mayor intensidad o mayor profundidad, antes bien, más riesgo para la vacuidad, más margen al error. Algo intuía él mismo en sus opiniones sobre la obra tardía de Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén o Vicente Aleixandre; fuese agotamiento de musa (y no, pues nada más bello que ese retrato del amor en la ventana, ese reflejo de verdadera felicidad que nos regala en su penúltimo diario, cuya poesía en prosa es tan hermosa que duele y nos hace llorar de puro gozo), fuese porque él mismo despreciaba ese alargamiento insostenible de una labor que es sólo estacional, que dura lo que un atardecer (y pensamos nosotros también en Gabriel García Márquez o en Isabel Allende, por ejemplo), o porque sus ganas de poesía se apagaron mucho antes que su sed de caricias y de cuerpos como olas de mar. Y sin embargo todo lo que escribía u opinaba o hacía estaba cargado de versos, tenía ritmo, sostenía notas, hilvanaba sentidos: como el extenso prólogo nos deja claro, Jaime Gil de Biedma, además de pensar profundo, era de cuerpo entero, un poeta.

Resulta paradójico que la primer mención real que tengo de él provenga (de nuevo) a través de El invitado amargo y Luis Cremades , como ese Hermes maravilloso que une una época de la que ambos formamos parte, yo como un verdadero y atento (y muy joven) outsider, él desde dentro: ignoro cuánto conoció al poeta, siendo él mismo un joven y atractivo escanciador de versos en aquellos días; mas su admiración se trasluce, sin trampantojos, en la mención que de él hace en su relato, una aparición divina que refulge en el corazón casi adolescente que idolatra a un maestro que es, asimismo, guapo, y que posee el mayor atractivo de todos: el de las Musas. Jaime Gil de Biedma se me hizo familiar, como otros muchos poetas de esos años ochenta, gracias a Luis Cremades, y por él, mi interés en leer estos diarios y el enorme gusto que encontré haciéndolo.1448987655_710451_1448987778_noticia_normal

La poesía que más me atrae de Jaime Gil de Biedma no es la que tanto le preocupa a él en sus diarios. No es la del virtuosismo métrico; ni la que demuestra una cultura tan vasta como un océano inquieto; la que más me gusta es quizá la más íntima, la que habla de sí mismo, de aquél que le acompaña, de sus sentidos y sus pesares; quizá la más difícil, pues equivale a una desnudez sin adornos, la que nos obliga a una sinceridad sin disfraces. Y en sus diarios, en sus opiniones, qué duda cabe, se encuentra a millares. Una lástima que no haya incursionado más en el mundo de la prosa; era un contador de historias, un hilvanador de liviandades, de profundidades, de procacidades, de precocidades y de deseos tan enigmático como hipnótico, tan artístico como efectivo: hubiera sido un escritor de más éxito del que nunca tuvo.

Todo reconocimiento tardío no es más que un ejercicio de restauración del ego. Al artista al que se le dedica le trae al pairo: ya está muerto. Un poco como él reivindicó a Antonio Machado (nunca suficientemente reconocido así como otro poeta, muerto en circunstancias más cinematográficas, está quizá en exceso deificado) nos llega la hora de reparar nuestra mirada en la obra de Gil de Biedma. Demasiado profunda, demasiado culta, demasiado sutil y demasiado perfecta (y por lo mismo, descarada y liberada de cualquier carga de autosuficiencia) para apreciarla sin saber nada de sí mismo, sin conocer sus pensamientos, su forma de ver las cosas y la manera de sufrir la vida. Eso es lo que deseaba: no en vano se preocupó de que llegasen sus diarios a nuestro poder y que los conociéramos en profundidad. España no es amable con sus artistas (con los verdaderos artistas, claro); en el fondo, no importa. El Arte se impone, como la realidad, como el orden una vez pasado el caos, como la calma después de la tempestad, y el amor cariñoso una vez apagada la pasión. Quizá sea la hora de estudiar una obra única, un pensar profundo, un ser liviano que no leve, lleno de sensualidad y de miedos y de errores y de esos pequeños fracasos que tiñen toda existencia.

La vida era eso, Jaime Gil de Biedma. El amor que se transforma por el tiempo reflejado en la ventana. Y enfermedades y miedos y sandeces. Pero también belleza de mar abierto y poesía de corazón.

 

El amor mola (a veces).

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De Roberto Pérez Toledo, parte de la serie El amor mola, campaña para El Corte Inglés en San Valentín 2015.

Felipe II: El Rey imprudente.

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81nOERCpYxL._SL1500_ ¿Cuánto sabemos de verdad sobre los demás? Aún más complejo: ¿cuánto sabemos sobre nosotros mismos? Esas preguntas, y los juicios que conllevan sus respuestas, son las que han llevado al historiador e hispanista (a saber lo que significa en realidad este vocablo) Geoffrey Parker a pasar media vida tras la vida del rey Felipe II de las Españas (y de muchos sitios más que no vamos a detallar aquí.) Un rey dueño de un imperio, y un imperio tan extenso que la hipérbole: nunca se pone el sol, sólo genera visos de pura realidad.

No sé si hubiese querido ser Felipe II; puede que ni siquiera Carlos I, su padre. Puede que, aunque regentes en una época de maravillas, hubiese si quiera querido vivir en ese período de tiempo. Sabiendo lo que sabemos, el S. XVI está tan lejano de nosotros casi tanto como la Antigüedad, y si bien en lo básico los hombres no hemos cambiado en nada, en lo exterior, en lo que nos rodea, en riqueza de conocimiento y empobrecimiento de las fuentes, mucho se ha mimetizado la vida desde entonces hasta ahora.

La labor del profesor Geoffrey Parker es ingente. Nos retrata, con una mirada acertada y muy crítica, quizá en exceso (por lo que ya he dicho, nuestra mirada jamás se podrá adaptar a los ojos del S. XVI, aunque podríamos hacer un esfuerzo), la vida de un hombre complejo, lleno de maniáticas costumbres, incluso llega a aventurarse retratándolo como obsesivo y muy pulcro, huidizo, parsimonioso hasta la quietud de acción, inteligentísimo rallando en lo brillante (pero sujetado por todas las limitaciones humanas), y solo, por sobre todas las cosas, solo.

Ser rey no debe ser algo bueno. De hecho, ser presidente de gobierno tampoco (cómo involucionan nuestros gobernantes nada más llegan al poder comparados a cuando se marchan por la puerta de atrás). Tener el poder absoluto debe ser un castigo más que una gracia. Un peso con atractivos, pero una carga sin duda. Felipe II (y cuantos monarcas ha parido la Historia, que son muchos) es un buen ejemplo de ello.

Un hombre más familiar de lo que se cree, más español de lo que se cree, que sostuvo todo un imperio en años convulsos, que contribuyó a ese desorden y que dilapidó, como muchos otros en esos tiempos y en los de ahora, oportunidades de oro, y mucho oro y sangre y vidas. No cuento con que haya un soberano que salga indemne de un análisis tan detallado y hermoso y extenso como el que Geoffrey Parker hace del monarca hispano: todos tienen defectos, los propios y los de su tiempo, y debemos juzgarlos (¿debemos juzgarlos?) con la mirada de ese tiempo.

En toda la biografía del profesor Parker puede que éste sea el único lastre: parece ofendido por sus hallazgos sobre la personalidad real, quiero decir decepcionado de sus errores, aunque jamás comete la imprudencia de exaltarlos ni de opacar sus virtudes. Tras siglos de leyendas diseñadas por reinos no afines y que se han creído a pies juntillas por todos, incluido los descendientes de sus súbditos, es hora de que la primera monarquía más poderosa de la Era Moderna se limpie de esas impurezas prestadas y que se muestre como ha sido, que acepte como propios aciertos y errores, y se libere de cualquier manipulación o estratagema. Y tienen que ser los británicos, y los franceses y los norteamericanos quienes pongan las cosas en su sitio, los españoles siguen sintiendo una extraña vergüenza de todo ello, una especie de honor mancillado, que les impide ver grandeza y virtud, errores y caídas en el arco de la Historia de su país, de la vida de sus gentes y de la vida de sus gobernantes. Pero ésa es otra historia.

Años más tarde de su publicación el autor mismo se da cuenta de este hecho, cosa que lo engrandece todavía más. Un libro novelado, o la novela de una biografía que atesora miles de conocimientos de un rey prolijo pero nada tonto, que dejó poco tras de sí (como su propio padre; como muchos otros que le precedieron), quizá deseando que la Historia lo juzgase por sus obras, que hablan a gritos, más que por sus justificaciones (de las que sin embargo están hechos incluso los más grandes hombres), escapa al escalpelo del Historiador. Pero quizá no del Escritor.geoffreyparkerii560 Marguerite Yourcenar supo introducirse, convertirse quizá, en el emperador Adriano basándose en los pocos legajos que quedaron (por motu propio) sobre su vida. Acertó en el tono, en el discurso, en la reconstrucción de un tiempo y un espacio vital únicos. Pero ella era escritora, no historiadora. Artista, sabía que juzgar a un personaje no la llevaría más que a la crítica fácil, a la violación de ese lazo púdico y eterno que la ató intelectual y sentimentalmente al emperador romano. Con Felipe II, con Carlos I, puede que ocurra lo mismo. Imitando quizá al romano hispánico, ambos borraron muchas huellas de su propia vida, y esas lagunas, que los historiadores consiguen rellenar, quizá necesiten del alambique del artista para poder ser insuflados de vida, para poder ser entendidos, con los ojos del S. XXI, sin ser sojuzgados, para bien o para mal.  En el fondo, puede que así debamos ver la Historia: sin ignorar sus faltas, sin alabar sus aciertos, sin juzgar con nuestros ojos los ojos de quien vieron el mundo de otra manera. El Arte ocuparía aquí el lugar de la Ciencia, o más bien, junto a la Ciencia establecerían las columnas sobre las que se debería aposentar la Historia, y así dejarla libre de toda manipulación o mancillamiento. Quién sabe.

Pero mientras ese tiempo llega, gracias a historiadores tan acertados como Geoffrey Parker, podemos disfrutar y conocer y limpiar de falsa imaginería un hombre fascinante como pocos, que gobernó un mundo que ya no existe, y con el que se topó quizá de forma más accidental de lo que pudiésemos pensar; un mundo en constante cambio frente a la actitud inmovilista del ser humano, que se resiste a ellos. Un hombre complejo pero fascinante, que se llamó Felipe y que vio la luz y también la muerte en el S. XVI de las Españas, período que aún hoy se llama Siglo de Oro. Casualmente como la época romana que regalaron los empradores Trajano y Adriano, ambos españoles hasta Marco Aurelio, de origen también español… Cosas de la vida, y de la Historia. Pero ésa, es otra historia.

El cielo en movimiento: pongamos que hablo de Madrid.

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Joaquín Sabina. Pongamos que hablo de Madrid.

El cielo en movimiento es la nueva propuesta de  Editorial Dos Bigotes. Me gusta que cada vez haya más hueco para editoriales pequeñas que desean y consiguen editar libros bellos, llenos de sentimiento y gusto por la lectura. Cierto que el mercado para posibles autores sigue siendo, si cabe, aún más restrictivo, pero estas editoriales inyectan oxígeno, originalidad y belleza al mundo de la la tinta y el papel.

 El cielo en movimiento quiere servir de retrato de Madrid. Una ciudad que, entre sus páginas, parece despertar de un largo reposo escocida, quizá algo amarga, rabiosa y excluyente. Desde la década de 1980 hasta la actualidad, dibuja una ciudad desbordante y desbordada, locuaz, zalamera, abierta, valiente y enfermiza, vitalista, llena de contrastes y siempre, siempre fascinante.

En treinta narraciones de los más variopintos autores, desde el que fuera alcalde de la ciudad don Enrique Tierno Galván hasta Iñaki Echarte Vidarte; desde Luis Cremades a Fernando J. López; desde Luis Eduardo Aute a Pedro Almodóvar, desde Leopoldo Alas hasta José Luis Serrano, todas las miradas de Madrid hacia Madrid derivan de un mismo polo, de un mismo hilo conductor: de la ciudad de Tierno Galván a la de Manuela Carmena, por donde respiraron también Álvarez del Manzano, Esperanza Aguirre, Ruíz Gallardón y Ana Botella (quizá la que más heridas produjo a ese corazón multicolor que se mueve en el cielo de Madrid), el cambio político parecer traer una especie de renacer, de despertar de un cierto estado de coma, no muy real, que muchos de estos autores describen, entre rabia mal contenida y quizá un poco de desazón innecesaria y que hacen que se resienta un poco la lectura de textos poderosos, llenos de una melancolía difícil de obviar y, también, de una clarividencia desarmante. Ni es posible que el espíritu de una ciudad que es pura apertura pese a todo, haya quedado entumecida con el paso del tiempo, ni que el paso del tiempo no deje huellas no tanto en la vida de la ciudad, si no en todos aquellos que la sueñan, con tanto amor y fruición a la vez.

Madrid deseada y admirada, odiada hasta la náusea pero siempre presente, como ese amor único que nos hiere pero nos da la vida, ese nido donde se nace, se pace, se goza y se olvida, un mundo dentro de un barrio, un barrio que es un mundo, una mente que piensa, una boca que besa y un corazón que late. Todo esto es El cielo en movimiento.

Versos, prosa, cómics, muchas de las expresiones gráficas conforman este precioso libro de Dos Bigotes. La edición está hecha con mimo, lo mismo que los textos y las imágenes editadas. Como un poemario o las hojas de un diario, sus autores nos abren el cofre de sus recuerdos, a veces su propio corazón, su historia, sus temores y sus rencores, sin dejarse nada en el tintero, vaciándose de sangre y tinta entremezclados.

El Madrid de El cielo en movimiento es el de la Movida, pero también el de los tiempos del Sida, el de la represión franquista y las desigualdades. El Madrid de El cielo en movimiento es el de los descubrimientos, las libertades, los encuentros y los desengaños; la droga, la prostitución, los amaneceres y los ocasos, el asfalto, la alegría, la duda, la tristeza y la melancolía. Todo eso es Madrid, no importa el barrio, no importa el género, no importa el origen ni el destino de cada reivindicación, de cada vida. Bajo el cielo de Madrid todos los colores se dan cita, todos los destinos, todos los gustos y los disgustos, el calor arrebatador y el frío congelante, la primavera gozosa y el otoño fugaz. El cielo en movimiento es un canto a lo diverso, a la rabia, al desengaño, pero por encima de todo, al amor, a la vida en la ciudad más cosmopolita de Europa, es decir del mundo: Berlín es maravillosa, Londres prestidigitadora, París muy chic, Tokio quizá demasiado excéntrica, Nueva York un volcán, lo que quieran. Pero ninguna ha sido ni será tan rabiosamente libre como Madrid, tan deseada y desdeñada y si embargo tan bella y tan chula, con ese cielo velazqueño, con esos palacios hechos para impresionar; su Gran Vía, arteria eterna siempre en movimiento; su Retiro inmenso, su Paseo del Prado, su Plaza Mayor y su Palacio de Oriente, su río perezoso, las verdes calles que se doran en otoño, y la inmensa masa humana que la habita, que la hace única, absorbente, envolvente y mágica.

Por todo esto, en el caleidoscopio de El cielo en movimiento, las palabras que resuenan en el bando de don Enrique Tierno Galván laten como el corazón de Madrid. Alberto Marcos nos retrata la eclosión de la Movida, y el valor de la que fuera quizá su primer víctima. Luis Cremades, con su prosa fluida y su experiencia única, analiza lo que este libro encierra: la evolución de una ciudad y de los sentidos y sentimientos de los habitantes de la misma, las expectativas no todas cumplidas, y las heridas que van quedando tras ellas. Paco Tomás nos describe el Madrid más actual, y nos demuestra que los usos, las costumbres, los gustos y la educación cambian de estilo pero nunca de corazón; todo puede gustar y en el fondo todo es despreciable. Fernando J. López retrata, en su guión, quizá una de las historias más dulces del compendio, mientras que Iñaki Echarte Vidarte abre su corazón de poeta para derramar, sin pudor alguno, el cuerpo de su alma al desnudo, su búsqueda infinita, su eterno deambular. Todos son una faceta de Madrid, ciudad poliédrica, ciudad por siempre libre, ciudad que ha sido para todos un trocito de música, un trocito de cielo. De cielo en movimiento. Leopoldo Alas (ya Luis Cremades se encargó de que le descubriera con gusto) despliega una vis cómica llena de ironía y autoparodia tan sana y que quizá la falte a muchos otros cuyas líneas se leen algo envaradas y demasiado comprometidas en un presente donde las ideologías sólo se resumen en el Hombre; José Luis Serrano hunde su pluma en la melancolía del tiempo ido, ese que nos hace recordar lo que quizá no fue así, o que no fue lo que una vez quisimos que fuese. Y Ana Curra, Carla Berrocal, Ariadna G. García y Alicia Ramos aportan, con un punto reivindicativo, el mundo femenino, el toque de lo que acoge, de lo que sostiene, lo que alimenta: las arterias de Madrid, las lágrimas, los fluidos y la carne que se expone (y es expuesta) a la intemperie.

El cielo en movimiento es esa evolución generacional, ese trasvase de tiempo que vivimos en general apenas sin notarlo hasta que nos vemos en el reflejo de un espejo en una calle cualquiera, en el baño de un bar o en el armario de un cuarto sin nombre.

 El cielo en movimiento: pongamos que hablamos de Madrid.

 

Dr. Zhivago.

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Doctor Zhivago

Caniche Editorial: recién hecho/ Caniche Editorial: Ready-Made.

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10164605_300x300Caniche Editorial es la nueva aventura ideada por Ernesto Miralta y Carlos Copertone con ladea de aunar el universo literario con el del resto de artes plásticas; acercar textos-arte en libros-joya llenos de belleza integrando en un mismo acto la lectura, la textura, el brillo, la transparencia y el reflejo.

Caniche Editorial nace con la intención de englobar la labor artística, de interaccionar lectura y lector, texto y soporte con ánimo lúdico, educativo y bello. Es difícil en la actualidad encontrar propuestas que aglutinen lo bello con lo práctico y mucho menos lo bello con lo cotidiano, acercando la gran fortuna de ese juego único que sólo pueden gozar algunos en su biblioteca y todos nosotros en salas de museos o de exposiciones.

Ready-Made, primer poemario publicado de Mateo Navarro ha sido el primer volumen escogido por la editorial para estrenar su propuesta. Lleno de luz con sus tintes plateados y de reflejos donde los versos se superponen al esfuerzo del lector, de transparencias en hojas de papel cebolla, y de ritmo y musicalidad, Ready-Made se erige como algo novedoso, más allá de su ritmicidad y temática poética, asentando las bases de lo que los editores buscan con Caniche.

La poesía de Mateo Navarro semeja en evolución, como la misma editorial, parte de intenciones elevadas y lenguaje rico y referencial, lleno de ecos y de búsquedas que se afinarán sin duda en la maduración del escritor como poeta y como hombre. El exceso y el sentimiento forman parte de Ready-Made, imagen especular de un mundo que escapa a borbotones por la garganta del poeta. El juego de espejos, de rasgados de página, de juego a fin de cuentas, nos envuelven en el ritmo premeditado de los versos y muchas veces encierran sus intenciones y lo reflejan.

Edición y poemario se hacen uno, idea que quiere llevar Caniche Editores hacia nuestras vidas: todo es posible, dentro de las dimensiones del arte, para alcanzar una experiencia completa, jugando con las expresiones artísticas, y el ánimo de los lectores.

Miguel Blanco González: In Memoriam.

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S15D1003Llegaba con su voz grave, sus ojos melancólicos y risueños y la actitud enorme de quien está dispuesto a ayudar. Así es Miguel Blanco, neurólogo del Complejo Hospitalario de Santiago de Compostela (CHUS), donde yo también trabajo.

Nos conocemos desde el año 2003 e incluso desde antes, en la facultad de Medicina. Pero desde ese año, cuando viene al CHUS a trabajar como adjunto de Neurología, es cuando nuestra relación se estrecha. No sé, quizá nos reconocimos en la forma de trabajar, sin duda en la actitud de Servicio y en las ganas de hacerlo todo lo mejor posible, no siguiendo una línea perfeccionista (que lo era), si no más bien en hacer lo mejor en pro de un paciente.

Charlábamos por las noches, cuando los caos que atendía cruzaban nuestros caminos; en realidad, trabajamos mucho juntos, pues nuestras especialidades tienen puntos en común y nos dependemos mutuamente. No había caso difícil al que me negara a echarle una mano; jamás me dijo, por más ocupado que estuviese (y era un hombre ocupadísimo) que no pudiera hacer lo propio. Su compromiso era su palabra, y también su fama: no sé si hay algo que no supiera hacer bien; para mí, Miguel ha sido, quizá, uno de los diez mejores profesionales contemporáneos con los que he tenido la fortuna y el inmenso privilegio de aprender día a día en esta profesión.

Su claridad de ideas, su saber, están tamizados por su sentido común, lo que yo más admiro en una persona, y sus sonrisa casi a la par de su inteligencia, y esa inmensa calma con la que parece atajarlo todo, hacía que abusáramos de él más de lo que él pensara posible.

Miguel y yo, cuando coincidimos, hablamos de todo: el paciente primero, claro; pero entre medias, de lo divino y lo humano, y tejimos un par de ideas, de sueños que rápidamente él quiso materializar, pero que loas vaivenes de las jefaturas y las administraciones detuvieron durante mucho tiempo. Pero como no ha sido nunca un hombre que se amilane, con ese positivismo que lo caracteriza, hace un par de semanas volvió a tratar esos temas conmigo, y volvimos con nuevas energías a la búsqueda de esos sueños: ni la muerte detendrá unas ideas que se impondrán finalmente en la práctica hospitalaria del CHUS, estoy seguro. Quizá no como las hubimos planeado entre los dos, pero lo harán, y en eso tanto él como yo (como en casi todas las cosas, por lo demás) también estamos de acuerdo.

Yo confíe en él para que evaluara a mi madre cuando tuvo un ictus: su amabilidad natural se multiplicaba en la atención al paciente. Su galanura (¡qué guapo eres, Miguel!) hizo que mi madre se lo dijese en plena exploración neurológica. Se sonrojó hasta las pestañas, y se dedicó a hacer un doppler transcraneal como si el piropo, nacido de la admiración y del agradecimiento, no fuese con él. Aún así, desde aquel día, mi madre, que no es mujer del montón, decía a quien quisiese que él era su neurólogo y lo recomendaba con una fe inquebrantable y pura.

Me gusta llamarlo y charlar de naderías, de la evolución de los residentes, de todo lo que podemos hacer para lograr que el CHUS sea más armónico, más amable, más acorde con los tiempos que corren. Llamaba para recibir consejo sobre algún paciente y venía a darlos, a la hora que fuese, si se lo pedíamos. Miguel, todo amabilidad y bonhomía, hizo más amable la Neurología, y formó un equipo que sigue unas pautas (por lo demás sencillas, pero difíciles de alcanzar) de saber hacer, de querer hacer y de solicitud casi como un autorretrato.

Hay estrellas que merecen estar en el cielo. Miguel Blanco González es una de ellas. No es sencillo resumir una vida, la de cualquiera. Si Miguel llamaba yo acudía sin preguntarle qué quería; si lo llamaba, él me atendía por más inocente que fuese mi petición. Él estaba para servir y para evolucionar y para hacer del mundo un lugar mejor. Y así lo ha hecho. Hay estrellas de brillo singular que, aún entre nosotros, refulgen como soles. El verdadero lugar de Miguel Blanco González está allá, en las galaxias, entre el cielo y ese espacio sin enfermedades ni penas, sin rencores ni pulsiones que llamamos Universo, y que no es más que el tejido latiente de un corazón: el suyo, y el de su estupenda familia que ayer ha quedado sin él.

Te he admirado siempre, Miguel. Eres uno de esos ejemplos que me gustaría ser y sé que no alcanzaré nunca. Y tú lo sabes. Como comprendías que hacemos un buen equipo, aquí o allá, juntos o separados. Ahora sabes más; siempre has sabido más que yo. Y eso me sigue admirando. Tu delicadeza, tu inteligencia, tu disposición, tu bonhomía. Qué pocos hombres hay como tú, Miguel, y qué gusto ha sido compartir estos años profesionales contigo, esos planes, esos momentos, por siempre breves, en tu compañía. El mundo ha sido un lugar mejor porque tú has habitado en él; mi mundo nunca será el mismo porque en él estarás tú por siempre.

Gracias, Miguel, por tanto, y por nada.