Sigues siendo tú/ You’re Still You.

El día a día/ The days we're living

b8da14b099e811e2af9822000a1f9331_7 Sigue siendo tú.

Desde el día que te fuiste sin decir adiós, esa tarde de tormenta boba. Hasta hoy, que te veo y se me deshace le corazón en la boca.

Parecía imposible, lo sé. Después del orgullo herido, de las razones que desconocemos, de todo el embrollo del corazón humano, ese hechizo que nace de tu pecho sigue envolviéndome, sigue haciéndome sentir.

Tu mirada que me dice tantas cosas que tu boca me niega, todos esos besos que podrías darme, todos los abrazos que una vez se tejieron entre los dos y que ahora parecen disueltos en una intención no dicha y en el temblor de mis brazos.

Ahora sé que siempre seguiré siendo tuyo y que tú sigues siendo lo que fuiste: el centro de mi universo, el motor que pone en marcha mi corazón. Quise luchar contra tu recuerdo; quise olvidarte. Pero no he podido. Porque sigues siendo tú, aquel que me quiso y me dejó, y ése que ha vuelto para poder quedarse entre mi espalda.

Si tan solo me hubieras dicho adiós. Si tan sólo me dijeses cuáles eran tus intenciones, no habría albergado en mi corazón todos los reproches, todas las duda y la esperanza pura del amor.

Nada es más doloroso que la espera estéril.

Porque sigues siendo tú y nos pertenecemos. En la cercanía de una intención, en la lejanía de los cuerpos.

Y sé que nunca más podrá ser. Y de que quizá tú también sientas lo mismo.

Pero hay niños por medio y una promesa que debes renovar cada año… Aunque mi energía eres tú, a pesar de que mi vida y el aire que respiro provenga de ti… Nada hay que hacer.

Tienes tu vida completa lejos de mí, y quizá seas hasta feliz…

Pero cierro los ojos y aún te dibujo hermoso y delicado, y sostenido y fuerte…

Tú eres tú, lo mejor de mi vida, lo más bello y con sentido en este sinsentido del día a día

Sigues sendo tú. Por más que luche para olvidarte. Por más que, lejanos, nos veamos.

Sigues siendo tú, mi hombre y mi sueño.

Buenas noches, amor/ Goodnight, My Someone.

El día a día/ The days we're living

Kristen Chenoweth. Goodnight My Someone.

   98311dfa995511e2852322000a9e288c_7El pelo sal y pimienta, con los rizos muy cortos, y unas gotas pequeñas de sudor en la frente.

   Los párpados cerrados y las pupilas dormidas. Esas pequeñas arruguitas en la piel morena.

   Esa nariz, esos labios, tan dulces como el primer día, de un rosa pálido, destacando en la piel del rostro como un corazón que late.

   Y los hombros redondeados, desnudos y dulces todavía. Y los brazos enormes, que engarzan garabatos apasionados que todavía arrebatan.

  Y tu pecho enorme, lleno de un vello suave salpicado por algunas hebras grises de tiempo ido.

   Y unas piernas sin fin que corren en pos de los días por venir.

   Duermes. Y yo a tu lado.

   Después de tanto tiempo juntos, aún te veo como el primer día, con la emoción de lo nuevo y el tacto de lo único.

   Fuiste un universo una vez; continúas siendo, para mí, un mar de planetas.

   Y no me cansa verte dormir pues descansamos ambos.

   Te mueves con lentitud, aprendidas las maniobras para no despertarme. Tanto que nos conocemos. Y sonrío.

   Después de tanto tiempo seguimos juntos y la pasión, que no es la misma, y la confianza expandida, están aquí, con nosotros, y pulsan con el ritmo de la vida que vivimos.

   Tú y yo.

   Dulces sueños, amor mío. Te veo con treinta años y te veo ahora, tras el tiempo pasado. Y todo es igual y nada es lo mismo. Ni tú ni yo.

   Si te viese con ojos ajenos vería el paso de la vida en tu rostro precioso, en ese cuerpo que del acero parece hecho ahora de plumas ligeras. Pero te sigo viendo con los ojos del amor que nace día a día, y para mí siempre serás hermoso.

   Descansa, amor mío. Que el mundo sigue girando mientras giramos en esta cama enorme que se nos queda pequeña.

   Busco tu mano y acaricio esos brazos que me abrazan en la inconsciencia, buscando un refugio conocido, un paréntesis de paz.

   Eso soy para ti.

   Y tú para mí.

   La noche pasa. Nosotros también. Otros vivirán una vida similar. Otros nos dejarán de lado y nos olvidarán. Pero tú y yo seguiremos siempre juntos, en este mar de la tranquilidad, hasta que los días se apaguen y la noche se prenda de sol.

   Buenas noches, amor. Una y otra vez. Buenas noches, amor.

   Me escondo entre tu pecho cálido y suspiro.

   Qué felicidad.

Ningún corazón me pertenece/ Nobody’s Heart Belongs To Me.

El mar interior/ The sea inside

   f104f60a89a511e299a722000a9d0ee0_7Nadie me escribe poemas. Ni en la noche estrellada me muestra el camino de sus caricias.

   Nadie me susurra al oído pequeñeces sin importancia. Y nadie se ríe conmigo ni de mí.

   Ningún amor parece contenerme esta noche. Ni una nota escapada, ni un gemido oído ni un dedo curioso por mi espalda.

   Ningún corazón me pertenece esta noche. Ni una mano que me llene de suspiros ni una boca preciosa que musite mi nombre.

   Nadie me ama esta noche. Ni ayer ni mañana. Nadie me quiere a su lado, nadie desea un amor callado que abrace, ni un pañuelo que, atado al cuello, simule millones de besos apasionados.

   Nadie me dedica una canción. Ni una nota secreta.

   Nadie me abraza esta noche. A nadie le pertenezco, a nadie le importo.

   La luna repleta no tiene otro nombre: ni el mío ni el de nadie más. Esta noche. Ni nunca.

   Ningún corazón me pertenece esta noche. Ni el mío, desde que te vi.

Pintado/ Painted.

Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

b4a1aa765c0711e2a03b22000a1f92d6_7 Azul cobalto teñido de ocre. Bello cielo vestido de acuarela.

El pincel húmedo señala el lugar de los labios, carmín cremoso que se esparce por el lienzo.

Dulce caída de agua, destello que se desvanece como las estrellas al alba.

Siena descarnado, naranja y verde, pelo que cae en cascada líquida como la sangre de una herida. Corazón que late por ti.

Rosa pálido, blanco roto, esculpen mejillas suaves por donde los besos caen como lágrimas hacia el mentón de hielo.

Cierro los ojos y te pinto de memoria. Y cada pincelada es una caricia, una búsqueda de piel y de tactos que me llevan a ti.

Por eso pintarte y dibujarte me emociona: nos une al separarnos, suaviza las distancias y nos hace de carne y hueso.

Así pintado mi amor, aquí y ahora, se hace eterno y se hace verbo y se hace persona y deseo. Y se transforma en ti.

Qué felicidad.

A de… Amor/ L… of Love.

El día a día/ The days we're living, Los días idos/ The days gone, Música/ Music, Medicina/ Medicine

   ba5a138e204511e2aee522000a9f15b9_7Hace ya un tiempo, hojas caídas y flores vueltas a nacer, que me pidieron un favor. Una pareja ya mayor, él rubio y buen mozo de todos los tiempos, parecía no encontrarse bien: se olvidada de las cosas, perdía atención, estaba notoriamente triste, se negaba a comer y tenía siempre frío.

   Su mujer, preocupada, quería que lo viese un neurólogo porque temía, como parecía, que la temible enfermedad de la Demencia le estuviese agarrotando la memoria, destruyéndosela poco a poco con agujeros de olvido y de indiferencia.

   Le comenté el caso a uno de los neurólogos más profesionales que conozco, de mi entera confianza, amable y guapo a su vez, lleno de una profesionalidad que para mí la quisiera: enérgico y dulce, con las ideas claras y siempre dispuesto a innovar y ayudar.

   Era una pareja ya mayor, él octogenario y ella en la mitad de la setentena. No los había visto mucho juntos interactuando en público: se comportaban como una vieja pareja de muchos años, cansados de verse pero aún así animosos y codependientes uno del otro. La vida vivida que deja ese poso de costumbres y de calor que, aún en las situaciones más adversas, regala esperanza y comprensión.

   La enfermedad había hecho mella en aquella gallarda apostura: el cabello rubio aún, los ojos claros tras gafas de oscuro lente y en silla de ruedas, pues apenas tenía ánimos para caminar. Cuando me vio me recordó lo igualito que soy a mi padre. Yo le sonreí. Y me tomó de la mano. Me preguntó si tenía frío. En consultas externas ese invierno hacía frío afuera pero no allí. Le dije que no, pero que él seguro que sí. Le puse mi bata por encima y no la quiso: llamó a su hija y ésta le puso su chal. Supuse que mantenía mi mano asida por saludo, pero cuando la quise retirar, no me dejó.

   – Déjala aquí. Que tienes frío.

   Este abuelo era chispeante, resultón, socarrón y, al menos en público, poco dado a las muestras de cariño abierto; como muchos hacemos, lo ocultaba tras palabrería y ademanes toscos.

   Mientras esperábamos, se dedicó a recordarme historias de mi familia que él bien recordaba. Mi mano entre las suyas y toda mi atención. Su hija, amablemente, le pedía que me dejase tranquilo, pero él hacía que no la oía. Me hizo agacharme y, guiñándome un ojo, me susurró:

   – Nada como hacerse el sordo cuando conviene. No lo olvides.

   Y pasamos a la consulta.

   El neurólogo lo exploró, hizo las preguntas de rigor y posteriormente se dedicó a examinar su memoria de forma más exhaustiva, terminando con el Mini Mental Test. Esta prueba a pie de cama es una forma rápida de evaluar el grado de memoria y atención que un paciente tiene. Dentro de su escala de valores ayuda al médico a aclarar un poco cuánto de las brumas de una posible demencia se esconde dentro de los comportamientos que nos parecen erráticos visto desde fuera.

   Su mujer estaba sentada con él en el despacho. Su hija estaba a un lado y yo cerca de la puerta, como un invitado de piedra.

   El neurólogo le hizo una pregunta:

   – ¿Quién es esta señora?

   Él no respondió. Se echó a reír con cierto pudor.

   Se le repitió la pregunta. Yo esperaba (y el neurólogo también) que soltase alguna socarronería propia de los gallegos, que tanta fama tiene por el mundo delante. Pero no.

   – ¿Quién va a ser? Es Mamá.

   Mi amigo se calló unos segundos. La voz con que lo dijo, mirando directamente a su mujer, estaba llena de cariño, increíblemente repleta de amor. Sólo decir: Mamá hizo que nuestros corazones se derritiesen.

   Su mujer le aclaró el médico que, siendo ambos padres de cinco hijos, se llamaban entre ellos Mamá y Papá.

   – ¿Verdad, Papá?

   Y él asintió.

   – Sí. Cinco camándulas. Y me llamaban viejo. No le digo yo.

   Y  nos reímos.

   El neurólogo siguió con su exploración. Y volvió a repetirle:

   – ¿Quién es esta señora?

   Podía sentirse molesto por la reiterada insistencia, pero aún así contestó:

   – ¿Quién va a ser? La persona a quien más quiero en mi vida… ¿Verdad, Mamá?

   Y le acarició el rostro con una delicadeza y una coquetería y un saber hacer que la hizo llorar. A ella, a su hija y a mí. Yo, que suelo ser un témpano de hielo. Debe ser la edad… No: era su ternura, el amor que había entre esa pareja, la historia que se intuía entre ellos y lo mucho, mucho que habían vivido ambos.

   – Doctor, ¿usted cree que cuarenta años se pueden olvidar así como así?

   Y su mujer ya no podía ocultar sus lágrimas.

   Y el neurólogo prosiguió con su exploración hasta finalizarla.

   Como conclusión, tras el resultado, resultaba evidente que padecía la enfermedad de la rémora. Su memoria iba poco a poco perdiéndose en el abismo de lo que nunca ha existido.

   Su mujer encajó la noticia con una entereza que la hace aún hoy muy especial. Y él la escuchó con una indiferencia de viejo.

   Hizo que me agachase de nuevo para susurrarme algo al oído antes de irse.

   – ¿Para esto me has hecho venir? Anda, haz una cosa, neniño, haz lo que quieras con tu vida, pero hazlo bien. Y a los demás, que les den, ¿vale?

   Y riendo, se fue en su silla de ruedas charlando tranquilamente con su mujer.

   Lo volví a ver un año después en Urgencias, cuando me llamaron con apremio. Estaba moribundo. Sin mucha fe contribuí a atenderle. Lo estabilizamos un poco, recuperando algo el resuello. Cuando pudo hablar me pidió que fuese a por su mujer.

   – Quiero a Mamá aquí.

   Y allí la tuvo.

   Murió una semana después: cáncer de pulmón no diagnosticado. La demencia era un signo del cáncer, pero no nos habíamos dado cuenta de ello. No hubiese tenido tratamiento alguno (a esa edad, y ese tipo resistente a todo) pero aún así, en el fondo un error que no se me olvida.

   Pero en realidad lo que no podré olvidar nunca es ese regalo que nos dio, sin pedirlo y sin necesitarlo. Allí estaban dos personas que habían vivido una vida en conjunto, luchado juntos, enojarse, sonrojarse y sobre todo quererse juntos por más de cuarenta años, cinco hijos en común, cientos de problemas, miles de abrazos y millones de besos. Y aún en las tinieblas de la demencia incipiente, ese rayo de amor, fuerte como el que los unió un día, seguía brotando, seguía haciéndolos especiales, seguía iluminando una existencia que había valido la pena.

   A de amor, pero también de amabilidad, de abrigo y de alegría.

   Amor que todo lo puede, incluso con la demencia y, ahora, con la muerte.

Aún hay algo entre los dos/ Yet…

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   16d722ea42b111e2854522000a1f9e45_7Te llevo mirando un buen rato.

   No es que haya mucho que hacer, la verdad, una tarde como ésta.

   ¿Desde cuándo nos conocemos? ¿Y cuánto tiempo llevamos juntos? Unos años ha, y las cuentas ya no me salen más.

   Y sin embargo, aún hay algo entre los dos.

   Lo siento. Lo sé. A pesar del tiempo que ha pasado: has perdido pelo; confieso que hace tiempo que tus entradas dejaron paso a una autopista enorme. Y esa gallardía que tanto me atraía…, vamos, restos hay, pero…

   Ya no hablamos como antaño. Ya casi ni nos tocamos. Usamos los mismos temas de conversación una y otra vez y las cuentas de la luz, del agua, del gas, de la hipoteca…. A veces nos peleamos, siempre por tonterías. Y tus galanterías, ya perdidas, de vez en cuando aparecen y un resplandor ilumina mi memoria y te veo sonriendo permitiéndome el paso o recogiendo un pañuelo caído al suelo y tomándome de la mano para cruzar una calle o para asegurarnos que estamos uno junto el otro.

   Quizá no debería decirte esto; tal vez te enojes o no seas capaz de verlo como lo hago yo. Pero extraño tu calor y la galanura que me hizo enamorarme de ti. Y esos detalles pequeños que hacen divina la convivencia: recién afeitado oliendo a perfume; la mañana ocupada y las tardes de paseo por el parque; y de noche sin pegar ojo, oyéndonos, oliéndonos y queriéndonos con algo más que con los sentidos.

   Extraño todo eso que éramos. Te extraño tanto… Y aunque las cosas deben cambiar, estás ahora tan abandonado: viendo la tele, sin afeitar, el polvo acumulado por todos lados; un libro a medio leer y las rosas, siempre tan hermosas, marchitas ya.

   Y tengo que decírtelo arriesgándolo todo, porque creo que aún hay algo entre los dos que no deberíamos dejarlo perder.

   Mírate, mírame. Separados por un océano de días compartidos, y sin embargo juntos todavía, con ese pegamento del cariño diario, de los desacuerdos y, lo sé también, de un amor que ahora palidece y se escapa.

   ¿Cómo no amarte? Si eres el mismo chaval que me dijo un día que me quería cinco minutos después de conocerme; si eres el mismo que, tocándome, me enseñó el espacio cuajado de estrellas y que hizo de la poesía un canto del día a día.

   Y me he preguntado qué hacer y dónde está el problema. Si lo ves en mí, dímelo y veremos qué hacer. No te escondas en el baloncesto o en el inglés; háblame y escúchame; cambia conmigo las rosas del jarrón y limpia conmigo la acera del jardín, y acerquémonos lentamente a la playa otra vez a reírnos del baile del mar y, con el ritmo de las olas, arrullarnos en un rumor de abrazos y besarnos chiquito y dulce como cuando éramos pequeños y nos enamoramos sin saber qué hacer y sin esperar nada más que el puro presente de estar juntos.

   Porque te veo, el tiempo pasado y la juventud ida, y sé que aún hay algo entre los dos. Un amor abollado pero todavía hermoso; un amor, amor, que aún late por ti. Y por los dos.

Hoy/ Today.

El día a día/ The days we're living

   d7518b18124c11e28a411231381a43e7_7Llueve. El viento agita las ramas de los árboles y esparce las gotas por las ventanas.

   La chimenea chisporrotea y emite un calor dulce y tranquilo.

   El sofá con una manta de lana, gorda y sabrosa. Dos manos entrelazadas. Y el televisor a todo volumen.

   Un click de apagado. Y hay sombra y luz y una rara paz. No hay nadie más ya.

   – Pero, ¿qué haces…?

   Se miran. Y unos dedos navegan por el cabello revuelto. No se dicen nada más.

   Un beso.

   Y sólo tranquilidad.

   No hay día como el de hoy.

   Qué felicidad.