Sigues siendo tú/ You’re Still You.

El día a día/ The days we're living

b8da14b099e811e2af9822000a1f9331_7 Sigue siendo tú.

Desde el día que te fuiste sin decir adiós, esa tarde de tormenta boba. Hasta hoy, que te veo y se me deshace le corazón en la boca.

Parecía imposible, lo sé. Después del orgullo herido, de las razones que desconocemos, de todo el embrollo del corazón humano, ese hechizo que nace de tu pecho sigue envolviéndome, sigue haciéndome sentir.

Tu mirada que me dice tantas cosas que tu boca me niega, todos esos besos que podrías darme, todos los abrazos que una vez se tejieron entre los dos y que ahora parecen disueltos en una intención no dicha y en el temblor de mis brazos.

Ahora sé que siempre seguiré siendo tuyo y que tú sigues siendo lo que fuiste: el centro de mi universo, el motor que pone en marcha mi corazón. Quise luchar contra tu recuerdo; quise olvidarte. Pero no he podido. Porque sigues siendo tú, aquel que me quiso y me dejó, y ése que ha vuelto para poder quedarse entre mi espalda.

Si tan solo me hubieras dicho adiós. Si tan sólo me dijeses cuáles eran tus intenciones, no habría albergado en mi corazón todos los reproches, todas las duda y la esperanza pura del amor.

Nada es más doloroso que la espera estéril.

Porque sigues siendo tú y nos pertenecemos. En la cercanía de una intención, en la lejanía de los cuerpos.

Y sé que nunca más podrá ser. Y de que quizá tú también sientas lo mismo.

Pero hay niños por medio y una promesa que debes renovar cada año… Aunque mi energía eres tú, a pesar de que mi vida y el aire que respiro provenga de ti… Nada hay que hacer.

Tienes tu vida completa lejos de mí, y quizá seas hasta feliz…

Pero cierro los ojos y aún te dibujo hermoso y delicado, y sostenido y fuerte…

Tú eres tú, lo mejor de mi vida, lo más bello y con sentido en este sinsentido del día a día

Sigues sendo tú. Por más que luche para olvidarte. Por más que, lejanos, nos veamos.

Sigues siendo tú, mi hombre y mi sueño.

¿Cómo sabré?/ How Will I Know?

Arte/ Art, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Lugares que he visto/ Places I haven been, Música/ Music

   Ser adolescente en los ochenta fue maravilloso. Lo mismo dirían aquellos que lo fueron en los noventa o en los dos mil. Ni qué decir tiene los setenteros o los sesenteros. No lo dudo. Pero los ochenta tuvieron más relación con los setenta y los sesenta que con sus décadas sucesoras y quizá sea eso lo que los hicieron únicos.

   Entiendo poco de música. Sólo oigo lo que me gusta. Supongo que más o menos como todo el mundo. Crecí en el trópico. Mi madre, una gran radiófila, sintonizaba todas las tardes la estación Radio Ideal, por la que desfilaban sin apenas interrupciones la música romántica más importante desde los años cincuenta; de suerte que crecí mecido en las notas de los boleros, las bachatas, la música melódica, los cantantes españoles e italianos de aquellas décadas prodigiosas, y la música pop anglosajona. Tengo una memoria de pez para recordar nombres de grupos o de canciones, pero no olvido una melodía o una canción. Así, esas sesiones de radio vespertinas sembraron en mí una necesidad de música de fondo: he estudiado con música, he dibujado con música; con música limpio mi casa y con música escribo. Y estoy más que dispuesto a implantar, cuando pueda, música en el ambiente laboral: todo es mucho más fácil y nos llena de una energía fascinante que lo hace más llevadero, casi mágico.

   Por eso guardo con especial cariño mi primer recuerdo consciente de enganche musical. He sido un niño que creció alrededor de personas mayores que él. Dos, tres, cuatro, cinco años y a veces más. A los once años oía Supertramp y Aute y Silvio Rodríguez  (aparte de lo mencionado antes) y los Bee Gees y ABBA, claro, y Air Supply.  Pero la primera vez que me dije a mí mismo que quería un disco, un LP como se llamaban entonces, fue con quince años, y fue Whitney Houston la cantante elegida. Recuerdo haber visto un vídeo en la tele (aunque en Caracas ya había televisión por satélite, con la MTV como abanderada, en mi casa eso no se estilaba), en un programa de vídeos musicales que conducía Musiuíto, una mujer guapísima y muy joven, vestida de blanco, delgada y esbelta como una palmera, cantando sobre el amor más grande de todos:

   Y me dije a mí mismo que quería su disco. Quién me lo iba a decir, pero Whitney Houston pasó a formar parte de la banda sonora de mi vida. Aquel disco lo devoré por completo. En Europa se estilaba que los LP trajeran consigo las letras de las canciones, pero en América eso no era tan frecuente. Y éste no fue la excepción. Pero por aquel entonces, con quince años tenía el convencimiento de que podía hacer de todo, y me dispuse a aprender inglés. Y aunque tuve que esperar un año más para ponerme con lo del idioma nuevo, en ese período de tiempo tuve a bien graduarme de bachiller, aprobar los exámenes de ingreso en la universidad y perfilar mis estudios de medicina. Todo a la vez:

   Y mientras a mí me pasaban estas cosas normales en un chico de esa edad, Whitney Houston subió como la espuma. Era una belleza elegante y espigada, y poseía una voz poderosa y dulce, cosa que no es fácil de encontrar. Arropada por grandes profesionales y por ese regalo divino de su voz, prepararon rápidamente su segundo disco con Arista, que sería una de las discográficas de mi adolescencia, y se anotaron, para mí, quizá el mayor éxito de su carrera (exceptuando El Guardaespaldas, que es otra cosa), y en el que la cantante quería bailar, bailar como fuese con alguien que la quisiese:

   Fue un gran triunfo. Casi todos los sencillos de aquel extraordinario disco fueron un éxito. Para ese momento yo esperaba con grandes ansias a que saliese. Cuando oí la primera canción en Radio Ideal supe que tenía que comprar ese segundo LP. Tenía dieciséis años, estaba en la universidad, y por las noches iba tres veces a la semana a la academia de idiomas Berlitz School, para aprender inglés. Y aunque no tenía mesada o cosa parecida pues recibía el dinero que necesitaba de mis padres diariamente, estos accedieron a que comprara el segundo disco de Whitney Houston, titulado simplemente Whitney. A mi madre la fascinaba con su belleza y elegancia y a mi padre, cantante de voz aterciopelada él mismo, con el poder de su voz.

   Aquel disco de maravillas traía una grata sorpresa en su interior: ¡las letras! Y aquello no pudo ser mejor regalo. Avanzaba con el inglés y podía practicar con mi cantante favorita y sus canciones; quizá por primera vez era capaz de seguir una melodía anglosajona sin equivocarme y entendiéndolo completamente. Casi creí tenerlo todo por aquellos años:

   En el año 1988 llegó a nuestra casa el Betamax. Y no era uno cualquiera: el primero con sonido estéreo, con su barra de sonidos en la cabecera de su traje plateado; gracias a eso, perimitía verter las imágenes en sonidos en un cassette de música normal, que de aquella los había de 60 y de 90 minutos, si se lo conectaba a un equipo estereofónico, que recibí como regalo por haber terminado el colegio y entrado en la universidad. Aunque por aquella época a todos mis amigos se les había regalado un coche para poder desplazarse a través de los cientos de kilómetros que debíamos recorrer para asistir a clases, yo no tenía ni de lejos edad para sacarme el carnet de conducir, así que tuve que conformarme (y yo encantado) con un equipo de música extraordinario (al que al año siguiente se le añadió ¡un compact disc!)  y el Betamax estéreo y un viaje de verano a Madrid y Barcelona, aparte de Santiago de Compostela, claro. Qué decir tiene que no extrañaba el coche para nada, aunque tuviese (como hacía) que levantarme a las 4:30 de la mañana para coger el autobús que me llevase a clases cada día.

   Pues gracias a ese Betamax, pude grabar la entrega de premios Grammy de 1988. Y la recuerdo vívidamente: Whitney Houston abrió la ceremonia llena de energía, y desfilaron por ella Michael Jackson con su Man in the mirror, Belinda Carlyle, Suzanne Vega y su Luka, Liza Minelli y Celia Cruz, entre muchos otros artistas extraordinarios. Aquel año fue fabuloso, y tuve grabada esa cinta en un cassette de 90 minutos muchos años después, hasta hace poco realmente, ya demasiado vieja y gastada como para que fuese útil.

   Con el transcurrir del tiempo, perdí esa ansia de seguidor que tenía en mis primeros años de adolescente. No necesitaba oírlo todo ni leerlo todo de los artistas que me gustaban. Y, con el tiempo y el desarrollo de estructuras de comunicación como la red, se me hizo innecesario. Aún así y todo, Whitney Houston siguió cosechando éxitos, siguió deslumbrándonos. Pareció tenerlo todo y puede que lo tuviese, y fue feliz a ratos, como en el fondo todos lo somos.

   Con motivo de su reaparición, minada esa voz de ángeles por los hábitos que vamos adquiriendo con los años, la casualidad hizo que estuviese unos días en San Francisco cuando Oprah Winfrey la entrevistó en exclusiva. La entrevista, larga, estuvo dividida en dos programas. No salí de mi hotel en las horas en que la emitieron. Y aunque estaba guapa y con ganas de relucir y de resurgir, había perdido aquel don fascinante, había descuidado ese regalo del cielo. Y sin embargo seguía siendo ella, la bella Whitney Houston que había conquistado mi corazón a los quince años. En esa entrevista habló de todo sin tapujos; contó su historia. Todo el que se confiesa defiende su punto de vista sobre la vida, eso está claro. Y sin embargo no importaba. Lo verdaderamente importante es que allí estaba ella, dispuesta no ya a cantar (no podía, pero había llegado a un estatus en que aquello era irrelevante) si no a seguir con vida. Pero sólo fue la última chispa de luz en un horizonte en tinieblas. Y es una pena. Otra más.

   Hoy ha muerto Whitney Houston, sin duda la voz de la música norteamericana de este tiempo. Ignoro si tuvo una vida fácil, si se rodeó de todo lo que quería; no sabría decir si fue feliz. Exactamente como nos ocurre a todos. Y sin embargo, sé que hoy como ayer, ella como yo y todos los seres humanos que habitamos en este planeta, se seguirá preguntando, cada día que pase, si podrá alguna vez saber, y cómo será saber, lo que la Vida nos depara:

¿No lo teníamos todo?/ Didn’t We Almost Have It All?

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   ¿No lo teníamos todo?

   Una relación estable, una complicidad. Un amor de mediodía. Una pasión desprendida. Un corazón enérgico que latía al ritmo de nuestro pecho.

   Por la mañana, cuando nos levantábamos, todo era alegría. Alegría de la piel que se despertaba y la desnudez que seguía a todo lo demás.

   Y la risa. Tu risa de oro, tintineante y serena. Y esos ojos claritos de agua de pozo, y ese pelo rubio que ya clareaba en la frente.

   ¿No lo teníamos todo?

   Una casa espaciosa, llena de la desnudez de tus cosas y las mías. Un jardín pequeño, hecho de un ensueño imaginado. Y aquella fuente en la que hundíamos las manos para darnos de beber.

   ¿No lo teníamos todo?

   Las noches de niebla que entraban atravesando los ventanales de una habitación encendida por tu amor y el mío. Una combustión eterna que nunca saciaba mi sed de ti, mi necesidad de ti.

   Un presente sereno, en el que las caricias dibujaban la carretera de nuestros sueños. De los dos. Porque los dos dormíamos en la misma cama, bebíamos de las mismas copas, comíamos de la mano y de la mano nos amábamos hasta el amanecer.

   ¿No lo teníamos todo?

   Tu belleza de cuento, tu brillante inteligencia. Mi arte, en el que llegaste a ocupar casi toda producción, en una obsesión de amante loco y necesitado.

   Todo lo teníamos hasta que se acabó.

   Se agotaron las tardes tras las celosías del jardín, jugando con las sombras de los rosales en flor. Se acabaron las caricias en la ducha, cuando descubríamos que aún nos gustaba aquello que más nos atrajo el uno del otro; y las comidas copiosas en las que el alimento corría de una boca a la otra tras un beso oscuro, lleno de los sabores de unas lenguas descuidadas.

   Se acabaron las miradas de ternura, y las palabras dulces que empalagan oídos no habituados a las charlas intrascendentes del amor. Y la magia despertada en cada caricia y el amanecer de tu sonrisa y el agua de mar de tu mirada.

   ¿Y no lo teníamos todo?

   Sí.  Amarte hacía mi vida más fácil. Hacía que mi vida cobrase sentido. Y arrullarte entre mis brazos a la llegada del alba, acariciando ese pecho en el que se perdían mis manos hasta encontrarse en el vacío, me hacía sentir vivo, tridimensional, único por poseerte, porque me amabas. Eras la razón de cada respiro y, secretamente, el culmen de mi pasión.

   Pero todo eso no fue suficiente. O quizá fue de más.

   ¿No teníamos lo mejor de la vida, viendo cómo el amor cambiaba de la mera pasión al más encendido cariño? ¿No sabíamos qué era el amor encerrado en el silencio de la complicidad? ¿No teníamos una vida perfecta, en la que cada pieza tenía su lugar y su significado en el mundo? ¿Acaso nuestra cama no era el encuentro de dos mundos tan distintos que daban a luz una nueva vida? ¿Acaso no lo teníamos todo?

   Sí… Pero no fue suficiente.

   Y ahora, sentado en el porche de una casa que no es la mía, con una vida que fue mía, te recuerdo abrazados bajo la lluvia de nuestro primer beso, y la torpeza y urgencia de nuestro primer abrazo, y el sonido de tu risa y la belleza de tus ojos brillando en la oscuridad…

   Sí, casi lo tuvimos todo. Todo: un sueño de felicidad.

   Hasta que te fuiste. Y me dejaste solo, echando de menos tu compañía.