Mil besos después/ A Thousand Kisses Deep.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   La luz de la tarde se colaba por las estrechas ventanucas de la capilla abierta. El mar entraba con una brisa alterada, llenando de sal la atmósfera que olía a humedad, a incienso y cera. Y a piel plena y a beso y a caricia.

   Silencio. El ulular del viento, el embiste del mar en la orilla, la luz dorada de la puesta de sol. Y la respiración entrecortada, agotada, de los amantes en el suelo de la iglesia, sobre una alfombra de flores y de quimeras.

   Piel de azafrán, llena de sudor como arena mojada en la orilla, brazos y piernas enredados, queriendo coger aire, atrapando con los ojos la belleza del momento. Y una imagen soñadora velando el encuentro.

   Cuando llegaron todo estaba en calma. El mar en la orilla, la brisa salada; la capilla abierta al atardecer y vacía. Se acercaron de la mano con timidez. Pero nadie había que les hiciera algún daño. Se abrazaron entonces y entraron en el santuario con cierto respeto y cierta congoja. Nada nos sobrecoge más que el silencio meditativo, que la sapiencia y la serenidad de lo puro. Ellos lo sabían. Y se sentían asimilados a esa belleza de cristal, donde sólo el amor puede brotar y de él todas las acciones que llamamos vida.

   Dentro de la capilla silenciosa, las velas ardían por la voluntad de los amantes. De la mano fueron encendiendo una tras otra, de suerte que parecían estrellas en la oscuridad recortada del altar. Cuando encendieron la última candela, se vieron a los ojos. Llevaban así años, viéndose sin verse, queriéndose con ganas pero juzgándose, alimentándose uno del otro sin importar el mañana, el dolor que podemos afligir o los pequeños abandonos del día a día. Pero esta tarde se miraron realmente a los ojos. Y en el resplandor dorado y azul encontraron caricias profundas, vivencias olvidadas, pequeñas arrugas también y mil besos dados. Mi besos…Y uno más.

   Se acercaron uno al otro. La piel de azafrán se erizaba al sentir la cercanía, los labios se entreabrían, ahora más rojos, más húmedos, más dulces, y el abrazo acariciante, intoxicados por la salitre del mar, por la brisa de la playa. Y se humedecieron los ojos que veían, tras muchos años ya, lo bello que habían vivido, lo único que habían tenido, y todo lo que quedaba por vivir. Así era la vida. La vida en esa iglesia perdida, abierta al mar, solitaria y dulce y cariñosa, abrazadora y eterna. Como el amor. Como el amor que evoca una religión que no les hace caso, como el amor que ambos siguen teniéndose.

   Y se oyeron las voces y se desnudaron las pieles. Y esos mil besos dados navegaron bajo la piel, ahora abierta como una flor, sedienta y exigente, y llegaron a las bocas deseosas y a las lenguas laboriosas, y todo se deshizo en segundos de armonía, con la desnudez como protagonista, con la fe como testigo de esa transformación única que lleva de la sensualidad del tacto a la sensualidad del deseo, y del deseo a la suprema libertad.

   La capilla se llenó entonces de sonoras embestidas, erizándose el mar en la orilla y las pieles en el roce. Una burbuja creció entre los cuerpos buscándose y escapó, ascendiendo, al infinito, y la luz del ocaso doraba los deseos perpetuos, y bautizaba el amor enamorado y recobrado, tras el paso del tiempo, entre aquellas paredes pacíficas y amantes que todo amor permiten, que todo amor manifiestan.

   – Qué bello amarse así en una iglesia.

   – Qué bello es amarte así por siempre. Casi lo había olvidado.

   Pero no. Mil besos después, mil días después, eso nunca se olvida.

   El amor en la piel, el amor en las paredes desnudas, los cirios llameantes, el ocaso de oro, el mar azul y blanquísimo, la salitre que baña los labios, el sudor de las frentes, y la calma en las orillas.

   Mil besos después, el amor no se olvida.

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Entre el silencio/ In Silence.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Uno junto al otro. Ojos, labios, manos, pies. Silencio.

   – Quisiera…

   – Sshh…

   Y uno mira con ojos tranquilos y niega con la cabeza.

   Se acerca más al otro. En silencio le toma de la mano y, palma con palma, deposita un beso en ambas.

   Sin decir nada, abre el abrazo y recorre con los dedos el sereno perfil, la garganta de bacante, el inicio del tórax alborotado y blanquísimo.

   Sonríen ambos. Ojos y labios, lenguas y dientes.

   Los dedos tamborilean sobre el pecho que asciende una y otra vez. Qué delicado movimiento. A la altura del pezón, se detiene la marcha. Los dedos se calman y descansan en la palma sobre el lado izquierdo. Intentan con su tacto encontrar un camino, hallar la calma.

   Un silencio pesado ahoga la respiración jadeante…

   Hasta que encuentra lo que busca. Lejano al principio, como un discreto retumbo, el corazón amado se deja oír. A través de la carne, su ritmo de africano bate contra la palma apoyada, establece una danza marcada por el fluir de la sangre en la piel ahora sonrosada.

   Y la mano cede el lugar a los labios, que depositan allí todos los besos que sedientos ahorraron en otras bocas. Y los ojos se cierran y las palmas se unen de nuevo.

   Entre el silencio y el ansia, ambos corazones, ahora unidos por el tacto, aúnan esfuerzos, moderan velocidades, se adaptan como los cuerpos, se amoldan como las sábanas. Y pecho contra pecho, se funden en un ritmo que es vida propia y universo paralelo, donde nadie estorba, donde nadie sobra.

   Ambos cuerpos, unidos por el mismo latido, se llenan de sangre, se alimentan de deseo. Y se tocan y se acarician y nada se dicen, nada necesitan más que fundirse en un abrazo como sus corazones se han unido en cada latido, ritmo único, único camino.

   Entre el silencio y el corazón no median distancias. Salvo el eterno retumbar de la sangre en las arterias, la búsqueda ansiosa de un placer efímero que se funde en un abrazo y en el ritmo unísono de ambos amantes.

   Entre el silencio y el corazón no hay nada. Salvo quizá el amor.

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Desafiando la gravedad/ Defying Gravity.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Defying Gravity. Glee. 

   No sé desde cuándo nos conocemos. ¿Un año? ¿Diez?

   Recuerdo el primer día. El sol entraba a raudales por la ventana. Casi mediodía. Sonreíste algo tímidamente cuando nuestros ojos se encontraron. Yo te sonreí de vuelta, como reflejo, pero también por gusto. Qué ojos, que nariz, qué boca. Pero nada más.

   Después nos fuimos encontrando aquí y allí. En una fiesta común, en alguna calle, en algún turno. Y la sonrisa de nuevo, y esa cara de ángel y esas manos. Y cierta timidez. Y comodidad.

   Qué raro, ¿verdad?

   Oí tu voz. Preciosa. Me transportó a un campo tranquilo, donde soplaba el viento y el día era azul. Eso: azul. Tu voz es azul. Preciosa. Y tu pelo negro y esa boca de fresa. Roja. Preciosa. Y tus ojos de miel y desierto, dulces. Como tu voz preciosa: dulce, calma.

   Comenzamos a hablar. Primero de trabajo, de profesional a profesional. Y con cuidado de no verte demasiado a los ojos, o a tu boca, o a tu pecho. Así que miraba al vacío. Sonriendo. Pero al vacío. Te hacía gracia.

   A mí también. Porque esperaba que te pasara lo mismo que a mí.

   Tu voz azul, tus ojos de miel y desierto, tus brazos y tu pecho infinito. Qué agradable estar cerca de ti. Las horas se hacían menos pesadas y el trabajo fluía con una facilidad divina. Y el tiempo se escapaba de las manos. Qué maravilla.

   Y te espiaba. Bueno, sólo a veces. Te veía trabajar con tanta concentración que apenas recordaba hacer el mío. A tu lado me reía más, me sentía hasta más importante. Esto es una tontería, pero la digo porque es verdad. A veces miraba los turnos para ver si coincidíamos. Y qué bien la ocurrencia. Nos sentábamos a hablar horas enteras y la labor ininterrumpida no se veía estorbada por tu voz azul y mis sentidos entregados a ti. Todo lo contrario: nada quedaba mejor hecho, los sentidos más agudos, el equilibrio perfecto.

   Sentía que volaba. Desafiando la gravedad, a tu lado el tiempo no era nada, ni los riesgos del error, ni los latidos de mi corazón. Sentía que no me pertenecía, que escapa de mí y ascendía más allá, fuera de mí, tocando el Infinito y volviendo al lecho de tu mirada de prado, a tu voz de océano azul.

   ¿Cuándo me di cuenta que te amaba? Cuando salí dando un portazo tras quedarme mudo ante ti. Qué belleza hablándome, invitándome a tomar cualquier cosa después, como si eso fuese algo extraño, vamos. Pero para mí no era trivial. No te respondí. Me entró un calor que salió de mis entrañas y subió como la espuma, desafiando la gravedad, desde el centro de la tierra hasta mi corazón. Enrojecí. Sentía calor ardiente en mis mejillas y en las manos. Abrí la boca y la volví a cerrar. Y no se me ocurrió cosa mejor que agitar la cabeza y salir corriendo, con la primera excusa muda que encontré para irme de allí. Creo que te reíste y agitaste también la cabeza. No lo sé. Yo me dirigí a la puerta, y tras el portazo, mi cuerpo se desmayó sobre ella, como si pudiese soportar un peso semejante, y atrapé con mis manos el corazón que se quería salir por la boca.

   ¡Dios mío!

   Sí. En aquel preciso momento supe que te quería. Que todas esas miradas, que todos esos planes y coincidencias me habían llevado por un camino inconsciente pero preciso hasta las puertas de mis labios, hasta los pies de tu corazón.

   ¿Cómo era posible? No lo sé. Quizá no lo sepa nunca. Con el pecho bamboleando como un tambor, intenté calmarme pensando en esa riada de sentimientos físicos que me mareaban, viajando con la rapidez del rayo, volando con un poder que no era de este mundo. Flotaba, desafiando la gravedad, y soñaba todo a la vez.

   Soplé. Una y otra vez. Y resoplé. E intenté frenar el galope veloz de mi cabeza, e intenté atajar el vuelo rasante de mi corazón como si fuese un globo, atrayéndolo al centro de mi cuerpo, de donde no debería haber salido pitando. Pero ya era tarde. Ya no había más salida. Lo supe en ese momento: me había enamorado de ti.

   Todo me llegó entonces: inconvenientes, diferencias, inhibiciones. Hasta lo posible: que no fuese correspondido… ¿Pero podía ser todo cierto? ¿Podía ser que me equivocase? ¿Por qué esa boca de fresa, llena de una belleza sobrehumana, dueña de una voz azul profunda, se fijaría en mí? Me eché un vistazo: me sobraba algo de peso, estaba sin peinar, apenas había dormido, tenía voz de pito. Ni yo saldría conmigo….Bueno, puede que a tanto no, pero quién sabe…

   Me separé de la puerta bruscamente. Todo era posible, sí. Mis propios límites me lo decían, mis alarmas estallaban. Pero allí estabas tú. Una belleza que quitaba el aliento, una profesionalidad intachable, una sencillez arrebatadora. Y estaba yo. Y sólo era ir a tomar algo. Eso: un café, un helado, una cena, un baile, qué sé yo. A mí.

   Cerré los ojos y suspiré profundamente. Acallé todas las severas propuestas, los raciocinios más estilizados. Cada inspiración me servía de tea inflamada, de energía divina. Y algo cambió dentro de mí. Volví a abrir los ojos y resoplé un mechón de pelo que me caía sobre los ojos. Intenté peinarme de memoria. Me atusé el pijama, algo arrugado por la noche que pasaba. La oscuridad me podía ayudar. Y la belleza de esos ojos de pradera africana y el susurro azul de esa voz maravillosa. Y me decidí.

   Entré de nuevo. Me acerqué poco a poco. Me interrumpieron un par de veces. Pero nada hizo flaquear mi voluntad. Era el momento de desafiar la gravedad. Podría no atraerte, podías haberme invitado por quedar bien o, aún peor, por compasión. ¡Oh, bien lo sabía! Pero lo asumí todo al acercarme a ti: lo bueno y lo malo. Y cada paso estaba lleno de una nueva energía. Y cada paso me abría más la boca, sonriendo con todos los dientes. Así como estoy riendo ahora. Y agitaba la llama de mi corazón, que ardía en mi pecho como un faro eterno. Alzaste tu mirada al sentirme cerca y sonreíste a la vez. Y salí volando, volando hacia las estrellas, desafiando la gravedad, hasta caer rendido a tus pies.

   Te quiero. Te sigo queriendo como el primer día que me di cuenta que te amaba.

   Como hoy.

   Desafiando la gravedad, juntos muy juntos año tras año, hasta alcanzar el porvenir.

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

El mar interior/ The sea inside

Júrame/ Promise me.

Música/ Music

   Pupila con pupila los dos yacemos juntos.

   Nuestra respiración acompasada como una coreografía. Nuestras voces susurradas y calladas. El vaho que nace de las bocas abiertas y que termina en beso.

   Caricias que dibujan relieves de piel abandonada y recuperada, que estallan en jadeos y nuevas palabras inventadas en ese lenguaje propio de los amantes.

   Esos que somos tú y yo.

   Labios con labios. Lenguas y dientes. Y manos y pies. Todos encontrados en un remolino de sensaciones, confundiendo los dedos y los tactos, revoltijo tuyo y mío de orillas disueltas, carentes de tiempo, fluyendo dentro de un espacio finito y maravilloso.

   Júrame que, aunque pase mucho tiempo, éste será nuestro hogar. Tu piel y la mía, tus besos y los míos, tu pecho y el mío en un encuentro desesperado y luminoso, lleno de ansia y de reposo. Júrame que, aunque el tiempo se diluya una y otra vez, la calma y la pasión unidas vivirán en nuestros corazones, ardiendo de fiebre por la cercanía y tiritando de frío en las lejanía de las horas que pasamos separados. Júrame que, aún sin sabernos del todo, sabremos de nosotros con los ojos cerrados, sentiremos la presencia uno del otro, buscaremos el encuentro como el sediento una fuente fresca.

   Sed. Hambre. Reposo e involuntario abandono. Tú y yo yaciendo juntos y separados. Jadeantes y dichosos. Y nerviosos por lo nuevo, por el porvenir.

   Júrame que, aún queriéndome, me dejarás marchar. Júrame que, aún no deseándolo, me abrazarás con pasión y me amarás con el pensamiento, de lejos y de cerca, porque nadie más que yo estará junto a ti. Júrame que, aunque pase mucho tiempo, no olvidaremos este día y esta noche, en el que las estrellas se diluyen en tu pupila y la mía, y en la que sellamos con un beso enamorado la búsqueda de la luna, el hartazgo del placer.

   Quiéreme. Quiéreme hasta el resuello. Exactamente como yo te quiero a ti. Y nada será amargo: ni el paso del tiempo, ni las separaciones necesarias, ni las decepciones que están por venir, ni las sorpresas del destino.

   Los dos yacemos juntos. Tu respiración agitada. Tu mirada serena, que mira más allá y que me dibuja en esta locura de amor. Mis manos de barro, tus brazos de bronce, nuestras almas se funden en una aleación nueva.

   Nos vemos. Nos besamos. Nos juramos. Y el tiempo pasa y el día llega y todo es casi lo mismo.

   Todo menos tú y yo.

   Júrame que estaremos siempre así, bailando el bolero de la intimidad, recordando en cada paso, en cada caricia, el momento en el que nos conocimos, el instante en que nos encontramos con un beso enamorado, con un hambre de mundo y medio y mucho miedo y muchas esperanzas. Y júrame, como yo te juro, que me amarás tal como hoy mañana, con los cambios del tiempo sobre nuestras pieles, tal como yo te amo a ti.

   Pupila con pupila los dos yacemos juntos. Y el mundo a nuestros pies.

Ido/ Gone.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Gone. Melody Gardot.  

   Entré en la habitación. Tanto tiempo que nadie lo hacía, que me encontré con cientos de telarañas que se pegaron a mi pelo y a mis brazos, escondiéndose entre mis codos y mi labios. Y me encontré con cientos de recuerdos que estaban olvidados, como ese cuarto, en el tiempo ido.

   Me sorprendieron las lámparas a medio cubrir, ese pequeño sofá lleno de polvo de horas muertas, y la cama vacía, con su esqueleto a flor de piel, exactamente como mis recuerdos.

   No sé porqué entré allí. Una especie de ansiedad desde que me levanté esta mañana, una angustia que no es desespero pero tampoco tranquilidad encaminó mis pasos, uno a uno como los latidos de mi corazón, hacia allí, para encontrarme de nuevo con tus recuerdos y los míos, con la falta de palabras y la boca seca de polvo acumulado y sábanas sin planchar. La cortina medio caída parecía mi propia memoria, y una revista en el suelo, mi alma caída a tus pies cuando te fuiste, ido de todo pero sobre todo ido de mí. Hace ya tanto tiempo que ni lo recuerdo.

   Me reprocharon que no te buscase, que no te rogase, que no me conformase con una limosna de tu cariño. Antes, al comienzo, cuando eras mi vida entera, pensar en vivir sin ti me dejaba sin aire y me sentía paralizado por el miedo. Decir que me equivoqué no tiene sentido, porque así es para todos: tú también cometiste errores conmigo, también creíste en una imagen que no era cierta, o no del todo. ¿Puedo ser yo más que tú? Quizá no, ya ves, pues nos parecemos demasiado. O quizá sí, ya ves, porque tú te has ido y yo me quedé aquí.

   O no aquí, en esta habitación.

   Yo me quedé conmigo y contigo. Y tú, ido, lo dejaste todo atrás.

   No miro hacia atrás. El pasado está demasiado lejos para verlo si quiera con una perspectiva razonable. Lo único que recuerdo es esta habitación llena de vida, limpia y reluciente, con las cortinas descorridas dejando entrar un sol y una lluvia y un frío y un calor que nunca nos estorbaron; las repisas llenas de libros y de discos, vinilos y películas; ropa descartada en un desorden de flor, y nuestros cuerpos unidos y separados, dormidos y calcinados por una pasión que se agota siempre y que lucha pírrica e inútil frente al tedio del día a día, frente a la memez de las horas incontables que se llenan de nuestra vida común. Ahora hay telarañas que se pegan a mis ojos y mi pelo, y que lucho en retirar, como si agitando los brazos en el aire removiese también mis recuerdos e intentase agitar una pasión muerta y una historia de mutuas decepciones. Y parece que lo logro a veces, pues una oleada más parecida al cariño que al resentimiento me llena al sentarme en el sillón con su nube de polvo, al contemplar una cama vacía que antes tenía tatuado el peso de tu cuerpo, e intento buscar el brillo de tu mirada o el sonido de tu risa entre el desorden del abandono y el devenir de mi memoria.

   Me acusaron de no quererte. Me señalaron mi laxitud, mi abandono. Hablaron de mi sangre aguada, de mi bajeza por dejarte ir, cansado como estabas, en busca de una vida que no fuera la tuya lejos de la mía. Cuando te fuiste ido, el tiempo llegó y me encontró quieto, como congelado, con el corazón en un puño cerrado y los labios sellados, por eso nadie veía nada y pensaron que no tenía alma.

   Pero el alma que calla llora a escondidas, y se despierta por la noche soñando en el sonido lento de unos pasos por el pasillo como los latidos de un corazón, y le hace un inmenso espacio con el cuerpo a la inmensidad del peso que comparte, y no mira atrás sabiendo que lo ido nunca vuelve de nuevo. Una vez ido, los días se diluyeron y parecieron ser siempre los mismos, sin voz ni peso, sin lágrimas también, con una sequía que duró años y que cambió la orografía sentimental de mi vida para siempre…

   Todos pensaron que no tenía corazón, que era insensato, que no te quería. Puede ser. Porque ahora no quiero a nadie, no espero nada de los demás, salvo que se vayan cuando acabamos encuentros cada vez más espaciados; y mi habitación no es la que era, llena de luz y de líneas sin escribir, y se parece cada vez más a ese pasillo sin fin en el que las pisadas lentas se pierden sin ser escuchadas, como un corazón cansado que lentamente deja de latir…. Todos pensaron que no tenía palabras para atraerte de nuevo, que no te quería lo suficiente. Y puede ser… Pero yo sabía que, para cuando te hubieses ido, no habría razones que pudieran detenerte, ni lágrimas que derramar ni gritos y acusaciones que verter, pues para cuando hubiese sido capaz de hacer todo eso, tus pisadas ya no se oirían en el corredor, la puerta se hubiera cerrado para siempre y nunca más mirarías hacia atrás.

   Te fuiste. Pero yo ya me había ido antes. Eso no lo supo nadie. Sólo tú. Y por eso te fuiste. Mi corazón dejó de latir por ti mucho antes, cuando la decepción me llegó en oleadas constantes, cuando todo lo que soñé se reveló imposible, por ser incapaz de asumir mi realidad y, por tanto, la tuya. Nadie supo que te esperaba hasta tarde y, al sentir tus pasos en el pasillo como los latidos de mi corazón, fingía dormir y te espiaba. Paso a paso, lento como mi corazón, agitabas tu cabello y te desnudabas bajo la sombra de los focos de la calle, te asomabas a la noche y suspirabas lleno de otros aromas, de otros sueños. Para cuando yo me fui tú ya te habías ido. Y no te lo reprocho. Y no me lo reprocho tampoco. Así son las cosas. A veces son así.

   Aquella habitación, nuestro hogar, ya no es nada: es un montón de escombros lleno de polvo y olvido. Podría revivir cada una de las noches que pasamos juntos. Podría dibujar con los ojos cerrados nuestras rutinas diarias, nuestros encuentros y desencuentros, nuestras luchas y decepciones. Pero ya no tengo ganas. Ya no me importa mucho. Entré llevado por la casualidad y encontré un montón de recuerdos enterrados bajo un tiempo ido. Ido. Como tú y yo. Y está bien que así sea.

   Es una cara más de la felicidad.