Entre el silencio/ In Silence.

   Uno junto al otro. Ojos, labios, manos, pies. Silencio.

   – Quisiera…

   – Sshh…

   Y uno mira con ojos tranquilos y niega con la cabeza.

   Se acerca más al otro. En silencio le toma de la mano y, palma con palma, deposita un beso en ambas.

   Sin decir nada, abre el abrazo y recorre con los dedos el sereno perfil, la garganta de bacante, el inicio del tórax alborotado y blanquísimo.

   Sonríen ambos. Ojos y labios, lenguas y dientes.

   Los dedos tamborilean sobre el pecho que asciende una y otra vez. Qué delicado movimiento. A la altura del pezón, se detiene la marcha. Los dedos se calman y descansan en la palma sobre el lado izquierdo. Intentan con su tacto encontrar un camino, hallar la calma.

   Un silencio pesado ahoga la respiración jadeante…

   Hasta que encuentra lo que busca. Lejano al principio, como un discreto retumbo, el corazón amado se deja oír. A través de la carne, su ritmo de africano bate contra la palma apoyada, establece una danza marcada por el fluir de la sangre en la piel ahora sonrosada.

   Y la mano cede el lugar a los labios, que depositan allí todos los besos que sedientos ahorraron en otras bocas. Y los ojos se cierran y las palmas se unen de nuevo.

   Entre el silencio y el ansia, ambos corazones, ahora unidos por el tacto, aúnan esfuerzos, moderan velocidades, se adaptan como los cuerpos, se amoldan como las sábanas. Y pecho contra pecho, se funden en un ritmo que es vida propia y universo paralelo, donde nadie estorba, donde nadie sobra.

   Ambos cuerpos, unidos por el mismo latido, se llenan de sangre, se alimentan de deseo. Y se tocan y se acarician y nada se dicen, nada necesitan más que fundirse en un abrazo como sus corazones se han unido en cada latido, ritmo único, único camino.

   Entre el silencio y el corazón no median distancias. Salvo el eterno retumbar de la sangre en las arterias, la búsqueda ansiosa de un placer efímero que se funde en un abrazo y en el ritmo unísono de ambos amantes.

   Entre el silencio y el corazón no hay nada. Salvo quizá el amor.

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