El escritor: desnudando un cuento.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

el_escritor_maxim_javier_enPREVENTA-1020x4301   El Escritor es el nuevo relato (corto) de Màxim Huerta, esta vez acompañado por delicadas ilustraciones a cargo de Javier Jubera.

La edición a cargo de Editorial Hidroavión es preciosa. Las ilustraciones de Javier Jubera, hechas con trazo firme y teñidas de colores suaves y sencillos armonizan con el texto, que se diluye en el riachuelo de páginas que se van leyendo. La historia de Ricardo y Teresa atrapa así, desde el principio, gracias al embrujo que palabras e imágenes crean y despliegan.

No es fácil escribir un relato corto. No es fácil escribir ninguna historia, como ilustrarla tampoco. Sin embargo, en los relatos cortos la habilidad del autor se pone a prueba tanto para atrapar como para no desencantar, para convencer al lector y mantener un interés, por siempre breve y por siempre eterno, en la historia. Con El Escritor, Màxim Huerta da un paso más en ese proceso de reinvención de su estilo, momento artístico en el que juega con las paredes virtuales que se erigen entre la lectura física, el ritmo de lo leído, los pensamientos de quien lee, de quien escribe y de quien vive la historia que se cuenta. Ruptura de espacios virtuales, o creación de nuevos ambientes, donde lector y escritor juegan a la vez, o se sienten piezas a la vez, del relato que se cuenta, del relato que se escribe. Acción y reacción, hecho y consecuencia. Con esos elementos, ya mostrados en No me dejes, Màxim Huerta continúa jugando, con cierta habilidad que todavía desconcierta (por inesperada) y que fuerza, de una forma gentil eso sí, a prestar más atención a unas líneas en apariencia breves, trampantojo en el que suele esconderse verdades más profundas.

La historia de amor entre Ricardo y Teresa y el Escribidor de la historia es mágica, porque es un enamoramiento, y es melancólica también, porque proviene de un fin, de una ruptura. Acción y reacción, hecho y consecuencia. Lo más bello del libro no es lo que muestra (esas ilustraciones preciosas, esa historia aparentemente sencilla), si no lo que desnuda. Màxim Huerta es quizá más él mismo en lo que retrata más que en lo que cuenta.

Hace unos meses publicó en su perfil de Instagram una foto tomada desde un balcón de su antigua casa, a la que decía adiós. El Escritor es ese adiós melancólico que la foto sugería, es la expresión desnuda, es decir sin artificios y sin sombras, que ese pie de foto revelaba.

Es ese corazón desnudo el que brilla en El Escritor, más que su evidente identidad como historia y como edición. No hay nada que nos fascine más que la piel desnuda, sin sombras, y libre. El final de El Escritor hay puntos suspensivos, porque la historia sigue y la vida también.

El tiempo de las flores/ Springtime.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

 

10575373_10205007453336435_8250422225810854625_oEl tiempo de las flores es alegría. El sol se asoma por las rendijas del día y sonríe, con calor y energía, tiñendo todo de luz blanca, cegadora, y tranquila. El corazón se acelera, corre veloz por entre las arterias y la sangre llega a borbotones, acumulándose en la garganta y en los labios, que inflamados se calman a besos. Besos a bocajarro, palabras aladas que parecen tener el poder de sanar las heridas, de calmar la angustia de lo amado. Un te quiero que siempre llega a tiempo y el atardecer que tiñe de oro y cristal los abrazos y los roces, las embestidas y la calma.

En el tiempo de las flores la vida es una ilusión. Las nubes navegan por el cielo regalando sombras y refresco; en la piel el viento rebota como miles de caricias, y ese cosquilleo en la nariz, y ese olor perfumado, y esas cosquillas, y esas intenciones, todas buenas, que se ahogan entre risas, que se desviven entre besos.

La lengua recorre el camino de la pasión con una certeza escondida. Las manos conocen el sendero de la avidez y la mirada, mirando, se enternece y se enciende y se apaga como un fuego embriagador. La garganta se humedece y también los codos y las ingles, y las plantas se aferran al suelo desnudo, del que nacen árboles y abejas. El mar de la saliva baña los oídos sedientos, y oyen el rumor del océano ir y venir en los vaivenes del ser amado.

El tiempo de las flores es alegría. Y también algún chubasco, y alguna poza de agua olvidada. Pero también es olvido y efervescencia, y todo lo hermoso le gana la partida a lo posible, y nada es un error, o todo tiene un precio que, encendidos, queremos pagar. En el tiempo de las flores no hay peajes, sólo amor.

Orgullo, resentimiento, envidia, abandono… Pálidos fantasmas. Decepciones, engaños, mentiras… Vanos intentos de romper ese mágico lazo, esa única unión, ese deseo que es más que sentimiento, que se tiñe de sentido, que embarga a la soledad. La vida refulge, estalla, se desmenuza, se tienta, se tiende, se pliega y se despega como el sudor entre la piel, como los cuerpos que, agotados, se separan entre jadeos y cansancio.

El tiempo de las flores pasó para mí. Ya no hay más sonrisas, ya no hay más te quieros. No hay más amaneceres que entren de puntillas, ni esa voz oscura a la que despertar con un millón de besos. Ni caricias de plumas, ni navegar, hundiendo la piel, en la inmensidad de una espalda desnuda.

Dicen que duele, que el tiempo de las flores deja resentimiento y tristeza y escozor. Puede ser: ya no lo sé. Anestesiado como estoy, su ausencia sólo llena de nubes mi cielo, y ha llegado el invierno de mi vida, y estoy solo. No hay nadie con quien compartir un café en la terraza, ni siquiera un hombro sobre el que apoyar el sueño de un nuevo día. No hay amante que traduzca el deseo de mis caricias, y mucho menos que sacie los deseos de mi ser.

El tiempo de las flores ha pasado para mí, y es como una caravana fúnebre donde mis deseos y mis sueños se abren paso y se caen, hechos pedazos, en cada una de las losas del suelo. ¡Ah, la vida! La lavanda del recuerdo, la caléndula de la nostalgia, los nomeolvides de amores que ya me han olvidado. Ya nada es como fue; nunca fue nada como ha debido ser.

Y algo se ha perdido, o no se tuvo nunca: cuando veo mi vida sé que el tiempo de las flores se ha ido, y oigo el ruido de su carromato en la lejanía, con un traqueteo parecido a los latidos de mi corazón… Pam, pam, pam…

El amor no llegó, o si lo hizo, llegó tarde. Y creo oír una voz lejana… Pero ya no importa. Ya no.

Feliz Navidad/ Merry Christmas.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

 

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Plácido Domingo & The Piano Guys.

 

Lo peor de todo es la luz: mágica nostalgia.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

9788416491292 Lo peor de todo es la luz es la nueva novela de José Luis Serrano para Editorial Egales. Una historia que navega entre las ilusiones perdidas, las esperanzas guardadas y la realidad, donde dos presentes fluyen hasta encontrarse y confundirse, un escritor que rememora y otro que sintetiza una historia de amor sin etiquetas, o que lucha contra las etiquetas que la sociedad (nosotros mismos) imponemos a las cosas.

Cuatro vidas, dos historias, dos personas y una ciudad en común: Bilbao, en verano y en otoño. Dos historias, dos personas que buscan respuestas a las preguntas de la vida: el hallazgo del amor, el hallazgo de la felicidad, su desgaste (o su pérdida) y la lucha, la lucha desgarradora entre hacer lo correcto o aquello que nos dicta el corazón.

El amor no debería dar tantos problemas. Pero los tiene. Sociales sin duda, pero sobre todo personales. El engranaje de sentimientos entre los seres humanos es tan complejo, que achispa la imaginación y sostiene mundos oníricos, intentando (casi siempre en vano) hacerse realidad. Koldo y Edorta son la cruz de la moneda de la que el propio autor es la cara amable, o el corazón pensante y sabio, que comprende y deja libre los destinos de los dos hombres cuya existencia le quita el sueño, o le transforma el sueño en realidades tangibles, tanto, que pudieron ser (y nadie sabe si lo fueron) verdaderos.

El amor entre dos hombres, que en la actualidad parece tener cierto lustro (¿cuándo dejará de ser algo llamativo?), no debería dar tantos problemas. Pero los tiene. Partiendo de la mera amistad hasta la verdadera camaradería, de la atracción sólo física hasta la entrega total, Lo peor de todo es la luz transcurre entre la nostalgia del tiempo ido y la severidad del destino con una placidez que esconde, en su poesía, un volcán en plena erupción. Nada más doloroso que no saber lo que se quiere, o, sabiéndolo, no poder conseguirlo o, sabiéndolo, dejarlo escapar para evitar males mayores que la propia muerte interior. Qué difíciles somos a veces los seres humanos.

En sus páginas se paladea un lenguaje mimado, buscado con intención; referencias culturales que nos sitúan en ambientes concretos en fechas precisas (los años ochenta; la actualidad; Bilbao como eje y referencia); y una cadencia que es casi poesía. José Luis Serrano consigue que la historia que intenta escribir y la que se recrea en la memoria de Edorta nos atrape; sus reflexiones, sus posturas sociales y morales (que casi vienen a ser lo mismo), su propia experiencia es transmitida de forma tan sentida y tan delicada que entendemos, literalmente, el conflicto que separa y une a dos hombres que se aman profundamente pero que se niegan a estar juntos, o no juntos como hubiésemos querido sus lectores, pues nada hay más desgarrador que renunciar por amor al amor, y vivir en la lejanía la vida que se pudo haber tenido y que nunca fue.

Esa es la magia de José Luis Serrano: a pesar del desgarrador presente de Edorta y Koldo, ni los disculpa ni los acusa, antes bien los entiende e intenta que nosotros también lo hagamos, y lo consigue, con ese lenguaje fluido, casi oceánico, entre la nostalgia y la racionalidad.

 Lo peor de todo es la luz que nos deja ver todo lo que somos, y nos ciega tanto, que nos impide aceptarnos tal cual somos. Sin duda.

El árbol: belleza indiscutible.

El mar interior/ The sea inside, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature, Lo que he visto/ What I've seen

9788415979975Hay libros brillantes. Pocos. Son como gemas raras, que se dejan caer a lo largo del gran año (parafraseando a Shakespeare) por eso las apreciamos mucho y las echamos de menos conforme pasan los días. El árbol, de John Fowles, es uno de ellos.

Siempre ha habido literatura de consumo, o lo que en cada presente se considera como tal (Don Juan Tenorio, como muchas otras obras de Zorrilla, se consideraba como tal en su tiempo, por ejemplo). Literatura que se publica y que se vende, de allí su importancia; hacen que el mercado se mueva, se enriquezca de una forma quizá punitiva para expresiones más arriesgadas o que vayan a contracorriente, pero necesarias para que continúe la sed por la lectura y su comprensión. Pues sólo leyendo se logra apreciar la belleza de las palabras escritas (que por ese eco de las cosas, ayuda a apreciar la belleza de la palabra hablada y de la compresión entre los seres humanos) y, con el tiempo, se sopesa entre lo efímero y lo eterno con poco margen de error.

Si por encima la edición del volumen a leer agrega su peso de belleza al texto escrito, la maravilla se hace total. Gracias a Editorial Impedimenta llega hasta nosotros esta pequeña obra maestra del ensayo, de los sentimientos, como es El árbol.

Mi conocimiento de la literatura anglosajona es más bien escaso (por lo demás, como casi toda mi cultura general, está basado en las filtraciones que mi gusto hace sobre las cosas del mundo); tal vez como reacción a su supremacía cultural, o, mejor dicho, a la sobreproducción que procede de un mundo con menos miedo, o con más ánimo de riesgo, por apostar por la cultura, cualquiera sea la expresión que adquiera la misma. De todas formas, lo dicho, sabía de John Fowles por La mujer del teniente francés, uno de los pocos casos que el cine me ha llevado a la literatura (La edad de la inocencia, Maurice o Las horas son otros ejemplos, casualmente -¿o no?- todos de origen anglosajón), y poco más, hasta tropezar con El árbol, una pequeña obra maestra del pensamiento, es decir de la poesía de las palabras hilvanadas con una precisión casi métrica y llena de una sinceridad indescriptible.

Toda la belleza de la Naturaleza, su defensa, sus aspiraciones y sus inspiraciones están dentro de El árbol. Como símbolo de lo bello, pero también de lo perdurable y de lo que hay en nuestro interior de sagrado, de ignoto, de salvaje. La contraposición que hace John Fowles entre la mentalidad cartesiana, que nos ha llevado a desgranar el mundo en pequeños fragmentos sin posible interrelación, con la observación juiciosa de su vida (y la de quienes le rodean, sobre todo su progenitor, cuyo peso específico se encuentra en la primera parte del relato) que le revela lo contrario, la eterna unión de todo lo vivo, hombres incluidos, está desgranada de manera virtuosa: llena de detalles, pero también de poesía, de cabezonería también y de elegancia. El alegato de John Fowles demuestra no sólo la madurez de un alma noble, si no que extiende esa bonhomía a todos los seres humanos, incluso a sus excepciones, que las hay, como en toda obra de la Naturaleza.

Emparentado con la filosofía que también describe en sus obras Thomas Moore, una cierta reverencia a lo oculto, a lo que desconocemos; una cierta reticencia a no dejarse atrapar por las garras de la estadística, El árbol es un alegato a la Naturaleza, a la belleza de la vida, y una profunda reflexión personal, tan sincera y delicada, tan dulce y a la vez recia, que deja un aroma insistente, como el perfume permanece entrelazado en la piel, tiempo después de su lectura.

Una pequeña obra maestra, una prosa libre, poética y sin embargo profunda y ligera, El árbol es un libro de una belleza indiscutible.

Mientras sea Navidad/ As Long As There’s Christmas

Los días idos/ The days gone, Música/ Music, Uncategorized

La mágica Navidad de Ferrándiz, que iluminó durante muchos años estos días de ilusiones, cuando, lejos de los lugares natales, llegaba por el correo una de sus tarjetas y se colgaban en el árbol… Parte de la vida, y de la Navidad. Mientras sea Navidad, todo será posible. Hasta lo improbable. Hasta lo imposible.

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Los lugares pequeños de Paco Tomás.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

LosLugaresPequeñosLos lugares pequeños es la primera novela del periodista Paco Tomás. Mi primer acercamiento al estilo directo de universos interiores, casi de escalpelo, de Paco Tomás fue sin embargo el relato con el que contribuyó en el libro de Editorial Dos Bigotes: El cielo en movimiento. Allí, gracias a Bell Fruit Gum, pude acercarme, con esa sensación de asomarse a un precipicio, al estilo duro, sin anestesia, pero también sin rencor ni dobleces, de la prosa de Paco Tomás. Aunque el relato es posterior a la publicación de Los lugares pequeños, es una buena forma de tomar contacto, de paladear ese estilo sistémico, único, refrendado casi hasta la obsesión, en el que la náusea camina de la mano con la templanza y cuyo espacio para la ternura se haya limitado, encarcelado más bien, en la sabia comprensión (más que aceptación) de las debilidades de los seres humanos, incluso quizá de sus perversiones (y puede que nos preguntemos quién etiqueta una cosa o la otra y si en el fondo no son más que expresiones de la propia naturaleza humana, libres de juicio de valores) y de las luchas que libramos en ese constante cuadrilátero que llamamos vida que se vive.

 Los lugares pequeños no es un relato fácil. No lo es porque su protagonista no está construido, ni siquiera se nos muestra, para caer bien. Antes lo contrario, juega con una sinceridad que en el fondo no es más que una capa más de las mentiras con las que jugamos a estar en el mundo; pero expresada con una desnudez tal, que acabamos siguiendo su periplo vital con una mezcla de aceptación, tristeza y vívida curiosidad.

Paco Tomás escribe desde la cultura pop. O lo que así llaman algunos al movimiento cultural que construimos desde hace medio siglo (puede que un poquito más).  Y  lo hace con un dominio desbordante, con una referencia quizá demasiado constante, y sobre todo con una sinceridad que desenmascara todo proceso de idealización de personaje y relato. Paco Tomás nos toma de la mano desde la primera línea y no nos suelta, ni siquiera nos da un respiro, en ese viaje hacia el interior (o desde el interior al exterior, en una espiral sin comienzo ni final) de un protagonista que siente una desconexión total de su vida, o de la vida, a la que sin embargo se aferra confeccionando collages y viendo, a través de sus ojos y de sus pensamientos, como ese espectador ajeno pero muy implicado, con escayola en una pierna, lo hace a través de una ventana indiscreta.Paco-Tomás

El universo de Los lugares pequeños es similar al espacio radiofónico que su autor presenta en Radio Nacional Radio 5: Wisteria Lane. Como soy poco oyente de radio (y poco visualizador de televisión), lo he escuchado alguna vez, pero no lo bastante como para no haberme sorprendido su prosa una vez me introduje, más que en Bell Fruit Gum, en Los lugares pequeños. Esa prosa directa, dolorosa, libre de cadencia pero llena de sabiduría poética (esas reflexiones lapidarias son las de la vida, y dignas de relatos de mayor calado, que nos revela un autor que piensa, y que expresa lo que piensa, sin pudor alguno, pues la verdad desnuda no necesita de adornos para ser expuesta y apreciada) lleva el signo del autor, su forma de ver la vida, su forma de expresarse, pero también sus decepciones y, más que todo eso, el material con que están construidos sus silencios.

Los lugares pequeños se alza a sí como un libro que purga las veleidades de un ser humano, esos sueños que nunca se harán realidad; todavía más: comprueba, una y otra vez, que la posición moral en la que nos encontramos no es más que un espejismo, pues la vida misma así lo parece, y que nada es más grande que el espacio que ocupamos en el mundo, ni siquiera la sombra que proyectamos al morir la tarde. Hay en Los lugares pequeños mucho de decepción hacia la vida, o mejor, hacia los sueños con los que adornamos nuestra propia vida, que no deja indiferente a su lector.