Una segunda oportunidad/ A Second Chance.

El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

   Nueve años separan ambas películas, pero director y actores son los mismos. ¿Lo son? ¿Lo somos sus espectadores? ¿Lo es el mundo en el que fueron hechas y que retratan?

   Antes del Amanecer, una película sobre el amor a los veinte años, donde todo parece una promesa y todo parece muy claro, la noche que atravesamos y el nuevo día que llega. Las locuras ocupan su lugar y las ilusiones otra. Donde las promesas se dan por sentadas y el futuro, asequible y fugaz.

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   Antes del Anochecer, una película sobre la vida pasados los treinta, llena de responsabilidades deseadas o no, cargada con el fardo de lo vivido y de aquello que hubiésemos podido vivir. Donde la decepción corre pareja con la ilusión y el precipicio de la edad, aún lejana, nos corroe y nos asusta pero no inhibe nuestro deseo de vivir completamente una situación única.

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Ambas películas, pero quizá para mí más Antes del Anochecer, son una reflexión sobre la vida, sobre lo que nos gustaría haber hecho, lo que hemos hecho y sobre la valentía de enfrentar las consecuencias y la energía residual para enmendar los errores y transmutarlos. Ambas tejen el hilo de una historia, una historia de puntos suspensivos, que intenta tener un sentido pese a la vida que se ha soñado y los sueños que se han vivido.

Ambas nos hablan de oportunidades: las que se dejan escapar y aquellas que anhelamos volver a tener. Ambas nos hablan de decisiones, sueños y, finalmente, realidades. Y de que el amor, cuando realmente se desea, nos regala siempre una segunda oportunidad.

Un día/ One Day.

Arte/ Art

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La pluma de Javier Martínez Madrid/ The Art of Javier Martínez Madrid.

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

   Me gusta la literatura breve. Que no hueca. Como lector, me gusta la economía de palabras mas no el vacío. Romántico, me gustan las historias apasionadas mas no tortuosas. Como ser humano, me gustan los relatos que nos hablan de la vida y de la muerte, y de todo lo que de ambos extremos de la existencia nos afecta y nos condiciona.

   La primera novela de Javier Martínez Madrid, La muerte no huele a nada, es todo eso y es mucho más.

   Es un relato lleno de pasión. Está preñado de sentimiento y hablan los sentidos alterados por esos sentimientos. Su pluma pinta los vaivenes del corazón, los miedos, las esperanzas y los fracasos del enamoramiento, de la entrega apasionada mas igualmente razonada, y el torbellino de estados de ánimo, de amargura y de ligereza que el amor nos ofrece cuando lo vivimos con entrega total.

   Es un libro anónimo, pues es puro sentimiento. Del principio al fin nos embarcamos en el viaje de un corazón y de una mente que se enfrentan al océano de la vida, de los riesgos y de los precipicios, de las decepciones y fracasos con apasionamiento y, a la vez, con gran profundidad, con los ojos abiertos. No es la historia de una pasión ciega: es el relato de una pasión consciente, entregada y enfrentada, quizá desde el primer momento, al riesgo del fracaso, y a ese temor aún más soterrado que guardamos en el interior de nosotros mismos, que es el de equivocarnos, saber que erramos y aún así perseverar en ello, ofreciendo una irreductible lealtad al sentimiento que aceptamos sentir y vivir, cargando con todas las consecuencias de una decisión no meditada, pero sí vislumbrada en su totalidad.

   La muerte no huele a nada es un relato lleno de corazón. La pluma de Javier Martínez Madrid no enlaza oraciones, no fabrica tramas, no necesita guardar sorpresas. La sangre de ese corazón, tinta con la que escribe cada una de sus páginas, basta para llenar una historia que podía ser como la de otro cualquiera, pero está tan llena de poesía, que sentimos a un Jonás idealizado, descubierto, caído y reducido a su simple condición de hombre con una ternura y una dejadez que casi raya lo inhumano, pues es un fantasma que atraviesa la narración desde la primera página a la última.

   La muerte no huele a nada está llena de reverberaciones. De anáforas y cacofonías, pues nuestro ser interior es un mundo lleno de ecos y, si cerramos los ojos, sólo oímos el tamborilear eterno de nuestro corazón bombeando sangre como bombea vida, una vida que a veces va más allá del último latido, del último hálito de existencia.

   Es una historia desencantada, porque todo amor no correspondido es el retrato de un final. Pero Javier Martínez Madrid, con su pluma de poeta, retrata el viaje inhumano de un hombre entero por buscar lo perdido, por hallarse en la suspensión de una ingravidez que se le escapa de las manos y que finalmente termina aceptando, momento en el cual se encontrará libre.

   La muerte no huele a nada es narrativa musical, sólida, adherida a la tierra, nada amable con el hombre, sutil y profunda, que esconde en su aparente sencillez toda la pasión del ser humano, toda su frustración y, también, su calma. Es la historia de un hombre que, perdido, busca su sentido, y que acaba encontrándolo justo donde lo dejó de ver: en su corazón.

   Hay mucha tinta en la pluma de Javier Martínez Madrid. Tinta que proviene del drenaje de los sentimientos humanos, de las aguas revueltas que se esconden en la superficie de las cosas, y un talento de poeta que dibuja con palabras llenas de cadencia un mundo que puede escapar, si él quiere, de la simple realidad de un colectivo y hacerse universal. Porque todos somos inseguros, todos somos inestables, todos anhelamos la calma y la seguridad, la eterna seguridad de sentirnos amados.

Strauss & Berliner Philharmoniker: Arabella.

Arte/ Art, Música/ Music

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Esperando/ Waiting.

El día a día/ The days we're living

   Pelo rizado y moreno. Ni largo ni corto. Balanceándose con el viento.

   Delgado, vestido a la moda. Camisa blanca de puños algo descuidados, pantalón negro hasta los tobillos. Zapatos de marca. Cinturón de hebilla indiscreta.

   Sobre la pared una pierna y, con una actitud irreverente y tranquila, espera de pie comiendo chucherías.

   No parece esperar por nadie en particular. Desde donde se encuentra, contempla el jardín maravilloso de verdes y flores. Desde el pie de esa colina guarecida por la pared, el viento acaricia sus rizos y los libera de forma graciosa.

   No parece estar pensando en nada. Sólo ve la vida pasar.

   No parece querer nada, apoyado indulgente sobre la pared de piedra que le sirve de cobijo, salvo quizá ver las horas pasar.

   Ni siquiera está ansioso. Comiendo sus palomitas con la misma pulcritud con que engulliría un plato exquisito, indulgente se detiene bajo al sombra de la pared y se olvida de todo y lo que le rodea.

   Delante de él el atardecer de junio se hace eterno. Rosas iridiscentes pelean con el gris plomizo de las nubes; se tiñen de naranja y oro y el sol, adormilado, se cubre con un manto de azul transparente. Y sigue comiendo indiferente y sigue pensando sin pensar, esperando por siempre.

   Alto, delgado como un largo día de verano, su cabeza llena de rizos volátiles enmarca un rostro inexpresivo, que espera el paso de las horas como el paso de la gente que viene y va, casi sin importarle.

   Esa indulgencia, esa poco pretendida elegancia que puebla todos sus ademanes, destacan en medio de un paisaje que debería ser austero pero amable, práctico pero hermoso. Qué cosa más rara, el hombre que espera las horas comiendo unas palomitas.

   Pero si se mira más de cerca, sus ojos verdes bailan achispados, su boca frunce quizá más de lo debido ese tentempié ridículo; la bolsa transparente parece flotar entre sus manos y el viento que sopla alrededor.

   Delgado, parece esperar el paso de unas horas que en un hospital no pasan nunca. Contemplando el atardecer lento, siente que la vida sólo está para ser observada y, quizá, para ser gozada en porciones pequeñas, con los gestos delicados de su propia elegancia.

   Camisa blanca de puños desabotonados, pantalón negro a la moda. Zapatos de marca. Cinturón de hebilla. Y rizos, bellos rizos morenos envueltos de aire.

   Esperando a que la vida pase sin importarle cómo; sin necesitar ser observado o admirado o simplemente deseado, su indiferencia sólo molestaría si no fuese tan hermoso. Pero como todo lo bello, es distante. Y esa distancia entre la pared en la que se apoya y el mundo que fluye es más real que imaginaria, más palpable que ideal.

   Pelo rizado moreno. Ni largo ni corto. Esperando por siempre balanceándose con el viento.

   La bolsa de palomitas, vacía, escapa henchida de aire y va a parar sabrá quién adónde. Como el corazón que lo contempla. Como su mirada indiferente y verde.

   A veces así también es la vida.

En una habitación/ In a Room.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature, Música/ Music

Todos bailan. El ritmo lento de una canción de moda. Hay cuerpos unidos firmemente, como atados por abrazos desesperados. Hay cuerpos discretamente separados, entre los que el aire campa sin sentido de espacio. Hay cuerpos que descansan unos sobre otros, aburridos quizá y por incercia, bailando por compromiso.

La música tañe su suave melodía de amores fingidos y olvidados, de corazones rotos y fantasías espúreas. Está de moda, ritmo pasajero, flor de un día que quizá todos los allí reunidos olviden después.

O quizá no.

Unos ojos se encuentran en la distancia. Por sobre los hombros de uno y otro se miran y se reconocen en el anonimato, en el momento presente.

Giran una y otra vez, pretendiendo acercarse uno al otro. Pero alguien se enreda, otro habla, se rompe la cadencia, se recupera de nuevo. El lazo visual se quiebra momentáneamente para recuperarse segundos después, con más intención la mirada. Quizá con más pasión.

¡Oh! Si la mirada hablara… Qué no se dirían en medio de aquella habitación vacía de gente. Qué secretos muy guardados, capaces de ser leídos en esas pupilas, compartirían. En el vaivén de la danza, entre el murmullo de los zapatos al besar el suelo, ambos se desean en la distancia, ambos toman aire y componen la mejor de sus sonrisas.

Los labios de los dos se humedecen y se entreabren, esperando un beso que viaja con las notas de una canción que ellos ya no oyen. ¡Oh, si el aire besara! Qué rincón quedaría oculto ante unos labios hambrientos, ante una piel jugosa y sedienta.

Y ríen. Ríen mientras la danza prosigue, cambiando de brazos y de posturas, levantándolos en arco, bajándolos en abrazos. ¡Oh, si los brazos arrullaran! Qué melodías no se cantarían al oído gracioso, qué tonos no emplearían para amarse en la distancia.

Porque la distancia separa a los amantes. Amantes que se han reconocido en una habitación llena de gente, entre los cuerpos de gente equivocada, entre las intenciones erradas de unas vidas que se cruzan esta noche quizá para no volver a encontrarse.

La música llega a a su fin y la respiración es agitada. Quizá por el esfuerzo del amor, quizá sea sólo por el baile….¡Oh, si los pies pudiesen volar! Llegarían uno al encuentro del otro y se unirían sus almas con el lenguaje de los ojos, con el tacto de la piel y la pasión desbordada del deseo. Qué no se dirían, qué no encontrarían, qué placer efímero no fundirían con su encuentro.

Si alguna vez labios rojos pudiesen quemar la atmósfera candente de una habitación con el silencio; si alguna vez almas halladas pudiesen con su encuentro hablar con la mirada; si alguna vez pecho y brazos, piernas y sentidos lograsen desprenderse de sus ataduras y compromisos, ellos dos serían felices.

Sin embargo, uno se gira hacia la puerta tironeado por la vida que ha elegido hasta ahora y el otro lo pierde de vista, en una habitación llena de cuerpos y de gente que no le interesan nada, apenas maniquíes que estorban la visión de una vida que se escapa. Uno cierra sus ojos para que la imagen de ese momento quede grabada en su recuerdo; el otro intenta desatar uno a uno unos lazos que lo unen a la Nada.

Y mientras uno sale de una habitación en la que halló su vida, el otro, aturdido por la felicidad encontrada, duda un segundo y sigue en ella, recordando el aroma de unos besos traídos por el aire, la cercanía de un tacto nacido en la mirada, y la dulzura de un corazón que baila en una noche sin luna. Y sonríe al vacío. Y se resigna. Y se calla.

En la habitación llena de gente, una nueva canción surge, y como hechizados, los cuerpos comienzan otra vez el lento planeo de una danza continua. Uno oye la melodía ya lejana, mientras atraviesa el umbral de una puerta que quizá no debió franquear jamás. En su memoria de fuego lleva grabada aquella mirada, el sabor de esa sonrisa y el fino tacto de la atmósfera alrededor. Y hasta parece que una lágrima intenta escapar de ese recuerdo.

Pero una mano surge en la noche y detiene su marcha. Se acerca despacio y sonríe en las sombras. Y las miradas se encuentran, los labios se unen y el pecho y los brazos y las piernas se confunden, arrullados por el ritmo sordo de una canción de moda.

Y, mientras tanto, en una habitación la vida sigue, ignota, su guión de siglos por venir. Y unos amantes corren por la noche al encuentro de su historia.

Unos versos/ Poem.

Arte/ Art, Literatura/Literature

27

Besa el aura que gime blandamente

las leves ondas que jugando riza;

el sol besa a la nube en occidente

y de púrpura y oro la matiza;

la llama en derredor del tronco ardiente

por besar a otra llama se desliza;

y hasta el sauce, inclinándose a su peso,

al río que le besa vuelve un beso.

Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas.