Por lo que sabemos, mañana llegará y nos separaremos.
Iremos cada uno por caminos separados. Seguiremos en contacto y quizá nos veamos para un café rápido o una palmada en la espalda.
Por lo que sabemos, esto es un sueño. Juntos aquí, en esta ciudad desconocida, conociéndonos lentamente, con las prisas de la primera vez. Todo es nuevo. Tu piel, la mía; el olor, la tacto, el hambre, la búsqueda, y también el placer.
Juntos aquí tras muchos intentos, muchas pruebas. Juntos muy juntos, piel con piel, tanto que ni nos separamos para cenar, comiendo de tu mano, bebiendo de la mía.
Hemos descubierto nuevas puertas, hemos horadado campos ignotos y salvajes. Tu valentía, y la mía, y todo junto: corazón, pechos, piernas, manos, idos y venidos, dentro y fuera de un mundo único que hemos construido, ladrillo a ladrillo, tú y yo en estos dos días llenos de besos.
Besos con sabor a piel, a tacto novedoso y sin embargo tan antiguo como esta hermosa ciudad que nos acoge como a amantes secretos.
Durante dos días nos amamos sin haber sido nunca amantes. Por dos días el mundo se detiene en el dintel de nuestra habitación y no hay alba, no hay atardecer que rezume en la ventana abierta al frío otoñal.
Qué bella esta ciudad que has escogido para vernos. Qué belleza hay en tu mirada y en tu sonrisa pícara. Y en tus manos y en la solidez de tus piernas.
Por lo que sabemos esto es un sueño. Y los sueños se acaban. Como se acaba la vida.
Por lo que sabemos, esto puede no ser más que un espejismo y mañana todo habrá acabado.
¿Y qué, mañana? Mañana puede que nunca exista, o que llegue puntual en la curva del reloj.
Mientras tanto tú sobre mí, yo sobre ti y la noche abrazados y el día acurrucados en el lento mecido de nuestros cuerpos, escondidos entre pieles, sábanas y champaña. Y amor. O un sueño de amor.
Una vida viene definida por muchas variables. Todas importantes. Aunque unas más que otras. El lugar en donde nacemos y crecemos (que en muchos casos no es el mismo); el ambiente familiar; las dificultades diarias: el acceso al dinero, la pérdida de la Salud, y todas las menudencias de lo que acabamos llamando vida que se vive.
Mis primeros recuerdos están unidos a la música. En mi familia no hay músicos, pero sí grandes amantes. Mi padre era cantor en las iglesias de niño, y a pesar de los años pasados y de quimioterapias varias, sigue conservando cierto encanto en su voz de terciopelo llena de potencia. Y mi madre, una gran aficionada a la radio. Como ya expuse en una entrada anterior, pasaba las tardes oyendo radio Ideal, cadena donde se podían oír las mejores canciones melódicas y románticas de la época y de años pasados. Como fui al colegio desde muy temprano (apenas había cumplido los tres años), las tardes las pasaba haciendo los deberes (la tarea se llamaba por aquel entonces en el país donde Los Andes terminan) y siempre he sido muy curioso, aquellas canciones me arrullaban diariamente y de hecho se han convertido en parte importante de mi quehacer: todo lo hago más fácilmente, y mejor, con música que sin ella.
En casa nunca faltaron enciclopedias y discos de vinilo, LPs la mayoría de las veces. Había una colección entera de la Orquesta Billo’s Caracas Boys, la mejor del continente Latinoamericano sin duda, ni de Celia Cruz en su época inicial y post-castrista con La Sonora Matancera, y Blanca Rosa Gil se disputaba el puesto de más escuchada con otros cantantes de igual envergadura como Bienvenido Granda (el Bigote que canta), y el resto de sones cubanos y mejicanos (Daniel Santos, Pedro Infante, Olga Gillot, Luis Aguilé, entre tantos otros).
Mi infancia osciló entre Los Bocheros y Nino Bravo; mi hermano, apenas un mocoso, bailaba En la fiesta de Blas con un ímpetu muy similar al del solista de La Fórmula V; en casa de mi prima, que poseía verdaderas joyas en 36′ gracias a su hermana mayor, Juan y Junior cantaban a Lo que el viento se llevó o Los Payos, María Isabel.
Raphaeltenía un hueco único, y Julio Iglesias hacía su agosto con la diáspora cantando Un canto a Galicia y, posteriormente, Río rebelde o Manuela. Gabi, Fofó y Miliki tenían su sitio con su Hola, don Pepito, el mismo que las baladas tiernas de Rocío Dúrcal, que eclosionó con su asociación con Juan Gabriel, dando paso a la dama del escenario que había sido siempre;
el Dúo Dinámico templaba su galanura y sus canciones; Sara Montiel paladeaba melosamente canciones maravillosas que nadie ha vuelto a grabar jamás, José Luis Rodríguezsaltaba del personaje televisivo El Puma a cantar Voy perder la cabeza por tu amor; Camilo Sesto, con su porte y su talento, enamoraba a quien le oía, y ArmandoManzanero se cubría de gloria componiendo y cantando los mejores boleros de la época.
En radio Ideal se colaba también música anglosajona, como los Eagles con su Hotel California, Engelbert Humperdick, que mi madre adoraba cantando Los ojos de la española, y los cantantes italianos, que brillaban en ese planeta que fue un tiempo ido: Domenico Modugno, Nicola DiBari, Adamo, entre muchos otros que nos regalaron preciosas melodías que palpitan en el recuerdo, y Charles Aznavourcuya Venecia sin ti sigue siendo una de las canciones de mi vida.
Recuerdo vívidamente toda esa época en las que descubría un mundo palpitante: las hojas de los libros con sus fotos llamativas, la música melódica que me enseñó, tiempo después, a apreciar otros movimientos, como el Rock o el Rythm&Blues, un poco como Juan Luis Guerra con su merengue elegante me llevó a apreciar la salsa más picante de Celia Cruzo el merengue más arrabalero de Wilfrido Vargas, que ya mencionaré más adelante. Radio Ideal y las tardes eternas haciendo los deberes y viendo cómo mi madre planchaba o cosía o simplemente arreglaba el jardín, me dieron una idea del mundo única, es decir personal, que poco a poco fue expandiéndose y, también, minimizándose; me regalaron momentos de solaz inconsciente y de alegría contenida, y han forjado, aún con tanto tiempo ya ido tras mis espaldas, la persona que soy hoy.
Hay muchos aspectos que pueden definir a una persona. Toda expresión artística (sí, el deporte también es una de ellas) lo hace. Y la música de una vida está ahí para ser recordada y para ayudar a crecer, por siempre, una y otra vez.