La música de una vida (I)/ Life as Music (I).

Arte/ Art, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   Una vida viene definida por muchas variables. Todas importantes. Aunque unas más que otras. El lugar en donde nacemos y crecemos (que en muchos casos no es el mismo); el ambiente familiar; las dificultades diarias: el acceso al dinero, la pérdida de la Salud, y todas las menudencias de lo que acabamos llamando vida que se vive.

   Mis primeros recuerdos están unidos a la música. En mi familia no hay músicos, pero sí grandes amantes. Mi padre era cantor en las iglesias de niño, y a pesar de los años pasados y de quimioterapias varias, sigue conservando cierto encanto en su voz de terciopelo llena de potencia. Y mi madre, una gran aficionada a la radio. Como ya expuse en una  entrada anterior, pasaba las tardes oyendo radio Ideal, cadena donde se podían oír las mejores canciones melódicas y románticas de la época y de años pasados. Como fui al colegio desde muy temprano (apenas había cumplido los tres años), las tardes las pasaba haciendo los deberes (la tarea se llamaba por aquel entonces en el país donde Los Andes terminan) y siempre he sido muy curioso, aquellas canciones me arrullaban diariamente y de hecho se han convertido en parte importante de mi quehacer: todo lo hago más fácilmente, y mejor, con música que sin ella.

   En casa nunca faltaron enciclopedias y discos de vinilo, LPs la mayoría de las veces. Había una colección entera de la Orquesta Billo’s Caracas Boys, la mejor del continente Latinoamericano sin duda, ni de Celia Cruz en su época inicial y post-castrista con La Sonora Matancera, y Blanca Rosa Gil se disputaba el puesto de más escuchada con otros cantantes de igual envergadura como  Bienvenido Granda (el Bigote que canta), y el resto de sones cubanos y mejicanos (Daniel Santos, Pedro Infante, Olga Gillot, Luis Aguilé, entre tantos otros).

   Mi infancia osciló entre Los Bocheros y Nino Bravo; mi hermano, apenas un mocoso, bailaba En la fiesta de Blas con un ímpetu muy similar al del solista de La Fórmula V; en casa de mi prima, que poseía verdaderas joyas en 36′ gracias a su hermana mayor, Juan y Junior cantaban a Lo que el viento se llevó o Los Payos, María Isabel.

   Raphael tenía un hueco único, y Julio Iglesias hacía su agosto con la diáspora cantando Un canto a Galicia y, posteriormente, Río rebelde o Manuela. Gabi, Fofó y Miliki tenían su sitio con su Hola, don Pepito, el mismo que las baladas  tiernas de Rocío Dúrcal, que eclosionó con su asociación con Juan Gabriel, dando paso a la dama del escenario que había sido siempre;

el Dúo Dinámico templaba su galanura y sus canciones; Sara Montiel paladeaba melosamente canciones maravillosas que nadie ha vuelto a grabar jamás, José Luis Rodríguez saltaba del personaje televisivo El Puma a cantar Voy perder la cabeza por tu amor; Camilo Sesto, con su porte y su talento, enamoraba a quien le oía, y Armando Manzanero se cubría de gloria componiendo y cantando los mejores boleros de la época.

   En radio Ideal se colaba también música anglosajona, como los Eagles con su Hotel California, Engelbert Humperdick, que mi madre adoraba cantando Los ojos de la española, y los cantantes italianos, que brillaban en ese planeta que fue un tiempo ido: Domenico Modugno, Nicola DiBari, Adamo, entre muchos otros que nos regalaron preciosas melodías que palpitan en el recuerdo, y Charles Aznavourcuya Venecia sin ti sigue siendo una de las canciones de mi vida.

   Recuerdo vívidamente toda esa época en las que descubría un mundo palpitante: las hojas de los libros con sus fotos llamativas, la música melódica que me enseñó, tiempo después, a apreciar otros movimientos, como el Rock o el Rythm&Blues, un poco como Juan Luis Guerra con su merengue elegante me llevó a apreciar la salsa más picante de Celia Cruz o el merengue más arrabalero de Wilfrido Vargas, que ya mencionaré más adelante. Radio Ideal y las tardes eternas haciendo los deberes y viendo cómo mi madre planchaba o cosía o simplemente arreglaba el jardín, me dieron una idea del mundo única, es decir personal, que poco a poco fue expandiéndose y, también, minimizándose; me regalaron momentos de solaz inconsciente y de alegría contenida, y han forjado, aún con tanto tiempo ya ido tras mis espaldas, la persona que soy hoy.

   Hay muchos aspectos que pueden definir a una persona. Toda expresión artística (sí, el deporte también es una de ellas) lo hace. Y la música de una vida está ahí para ser recordada y para ayudar a crecer, por siempre, una y otra vez.

Celia Cruz o la Vida/ Celia Cruz or Life.

Arte/ Art, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

Hay artistas que marcan una época. Por su brillo, su distancia, su brevedad o su longevidad. Hay artistas que sentimos lejanos, y por lo tanto, llegan a admirarse en la distancia. Otros, son tan familiares, que no nos asombraría tenerlos en el salón de nuestra casa disfrutando de su arte como de su vida. Celia Cruz es todo esto y más, pues su larga y exitosa carrera, su inmenso talento, su voz de siglo y medio, su sonrisa y su brillo, la hacen única en casi todo.

Esta cubana eterna, que cantó hasta su muerte, era pura energía. Nadie se resistía a su ritmo imparable, a su grito de ánimo, dulce como la caña, tostado como el ron, fuerte y embriagador: ¡Azúcar! Nadie que yo conozca, ha sido capaz de resistir su son, su ánimo imbatible y ese deseo irrefrenable de disfrutar de su voz y de su música bailando sin parar, porque ella era puro movimiento tropical, salsa, son, rumba, cumbia, bolero o guaguancó.

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América es pródiga en riquezas de todo tipo. El Caribe, flor de belleza, es un paraíso de ritmos. La mezcla de culturas, de razas, de pasiones y sentimientos, ha dado para mucho, bueno y malo, pero para la Música ha sido una explosión de maravillas, dando a luz ritmos únicos, pegadizos, agridulces y energéticos, por siempre bailables e incansables. Celia Cruz los cantó todos, los aupó a todos y los hizo suyos. Y nos lo regaló a todos, y todos aprendimos a disfrutarlos y bailarlos y quererlos a través de su voz y de los maravillosos artistas que la acompañaron alguna vez.

Celia Cruz supo navegar con el paso de los años siendo cada vez más ella misma. Eso es mérito puro. Su voz, talento prodigioso, se amoldaba al inmenso abanico musical que se le ofrecía, y era tan generosa al respecto, que nunca se negó a ninguna propuesta. Era única porque era una estrella y era una estrella porque era generosa, amigable, cercana y…, única.

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La Sonora Matancera, Tito Puente, Daniel Santos, Bobby Capó, Willie Colón, Oscar D’León… Tantos nombres que se me escapan y que forman parte de un mundo que ya no es el mío (que nunca lo fue por completo) han formado parte del universo de Celia Cruz. A través de su voz aprendí a admirar el trabajo de los demás y a apreciar ese ritmo oscuro, picante, arrebatador y único que se llamó Salsa; ritmo, y no fue el único, de la que fue indiscutible Reina.

Celia Cruz, con su sonrisa fulgurante en ese rostro maravilloso, con sus formas abundantes de estupenda negra cubana, sus zapatos imposibles (y que ahora están tan de moda), sus atavíos de colores brillantes, sus pelucas, ese son que salió de Cuba para nunca más volver, ese ritmo endiablado y tan dulce, esa energía desbordante… Bemba Colorá, Yerberito, La Candela, Guantanamera… Cierro los ojos y la veo disfrutar, bailando y cantando, en la Plaza del Obradorio (la plaza más bella en la que había actuado, llegó a decir) acompañada de Tito Puente y, por supuesto, de su inseparable marido, Pedro Knight o “Cabecita de Algodón” como lo llamaba tiernamente; alterando las letras de las canciones, improvisando con ese estilo único que tenía, y la energía desbordada de una estrella apoyada en el infinito…

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Pocas veces estamos ante la presencia de la vida en plena ebullición y pocas veces la muerte no hace más que añadir inmensidad a una vida única, regalada y bendecida por un don maravilloso que nunca dudó en compartir con el mundo que quiso oírla, bailarla y admirarla. Celia Cruz es la vida de fuego, ánimo y alegría y, por supuesto, de “¡Azúcar!”