1+1 es el número de la soledad/ Plus one is the loneliest number.

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   – ¿Tienes cama?

   Odio que me pregunten tal cosa. En general me gustan poco los rodeos; en los negocios del pasillo de la Salud perdida, como en casi todos los restantes de la vida, me gusta ser rápido, directo y conciso. Ya damos demasiadas vueltas a las cosas, rumiamos tantos pensamientos, que llevarlos a la práctica sin simpleza me saca de mis casillas.

   – No.

   Voz molesta.

   – Pues a ver qué hacemos con él.

   – ¿Con quién?

   Voz más irritada si cabe.

   – Cincuenta años, ictus isquémico, estamos haciendo la arteriografía. Sufrió una parada cardio-respiratoria de la que salió tras masaje y desfibrilación.

   – Hum.

   Había que conseguir una cama sin duda. Voz más enojada que antes pero resignada.

   – Está bien, veré qué puedo hacer.

   Tras la burocracia de rigor y dos horas después, el paciente estaba ingresado en la UCI.

   Un hombre corpulento, con problemas vasculares desde hacía varios años. Llegó en coma profundo. Mal comienzo. Problemas respiratorios que se fueron solventando con el paso de las horas. Y arritmias cardíacas, quizá la causa de su parada, bombardeando hora sí y hora también las pantallas del monitor.

   Vaya.

   Tras pautar tratamiento e intentar estabilizarlo, tres horas más tarde me acerqué a hablar con la familia. Un tropel de hombres se acercaron con rostros preocupados. Todos igual de corpulentos que el paciente de la cama 4.

   Les pregunté si estaban todos ya. A lo que me respondieron que faltaba la pareja del paciente, a la que habían ido a buscar.

   La esperamos.

   Llegó unos segundos después. La única mujer en aquella convención masculina. Joven, con los ojos grandes y expresión preocupada. Uno de los hombres más jóvenes la sostenía mientras comenzaba a desgranar el estado del paciente.

   – No hay mucho qué hacer, doctor, ¿verdad?

   Me preguntó el que parecía más mayor. Y le respondí mirando educadamente tanto a ella como a él, que había hecho la pregunta.

   La chica no conocía del todo los antecedentes médicos de su pareja; tampoco el resto de hombres que a las claras se veía que eran sus hermanos.

   – Pero mañana llegan los niños desde Barcelona y seguro que nos pueden contar algo más.

   Dijo ella, con cierto aire solícito y de querer ayudar. Yo le sonreí e intenté mirar al gentío a la vez.

   Cuando llegó el momento de firmar el consentimiento informado del ingreso en UCI tuve que hacer la pregunta de rigor.

   – ¿Usted está casada con él?

   Una negativa.

   – Soy su pareja.

   La entendía. Pero no me servía.

   – ¿Pero ha legalizado su unión de alguna manera?

   Otra vez no.

   Mala cosa.

   – Perdone, pero el certificado lo tiene que firmar el familiar más cercano al paciente y legalmente usted no tiene ninguna representación… ¿Me entiende?

   La mujer asintió tranquila.

   – Llevamos juntos casi diez años y nunca necesitamos nada para saber lo que sentíamos uno por el otro.

   Le sonreí comprensivo. Los sentimientos son importantes, pero en el mundo del papel, en el mundo real de las responsabilidades ajenas al corazón, pesa más el símbolo que el propio amor.

   – Pero al no estar legalizados le resta a usted toda ventaja legal, incluso la de decidir oficialmente sobre su futuro… ¿Quién es el familiar más cercano?

   Y la voz de aquel que parecía más mayor volvió a sonar en el pasillo de la Salud perdida. Era su hermano.

   Cuando me dirigía de nuevo a la UCI, tras explicarles claramente que el futuro del hombre corpulento de la cama 4 era oscuro y que quizá el infarto cerebral se extendería y no saldría del coma, me quedé pensando en la situación que acababa de vivir.

   No era la primera vez. En una sociedad experimental, donde el mundo virtual llega a cobrar tanto o más peso que el mundo tridimensional, todos los ritos, todas las normas heredadas y apenas cambiadas por las fuerzas telúricas de la Historia, están en mutación constante; todo se reinterpreta de formas cada vez más libres y poco a poco va imperando la norma del todo vale. No creo que sea lo correcto, pues el mundo necesita, todos necesitamos, de una estructura firme para poder desarrollarse (no en vano el cuerpo humano, esa maravillosa masa de músculos, sangre y humores, descansa sobre el esqueleto, rígido y flexible a la vez), pero quizá sea aún más imperativo el amoldarnos a esos cambios que son reales e intentar encontrar salidas más creativas a los atolladeros legales en los que estas nuevas formas de vivir están abocando a la sociedad.

   Aquella mujer, que llevaba casi diez años con su pareja, no tenía derecho alguno sobre ella. No podía decidir legalmente sobre su posible futuro; no podía disponer de sus bienes llegado el caso, ni heredar, si la evolución era tan desfavorable como temía que sería. Sólo le quedaba el amor, el recuerdo de una vida común y una docena de fantasmas que quedan atrapados por el tiempo y deslizan sueños más que realidades evocadas.

   Ella estaba orgullosa de eso, a pesar de la sencillez con la que aceptó las circunstancias que el destino le estaba entregando. Ella había conseguido esa persona que nos comprende, que nos adora, o que simplemente nos hace compañía en las noches oscuras y frías; viendo el eterno transcurrir de las estrellas como el retorno del mar en la orilla; ella había conseguido sentirse satisfecha, amada, deseada y quizá hasta feliz en aquellos brazos que ahora pendían inertes sobre una cama; ella había conseguido ese sueño de tener a nuestro lado alguien que nos complemente sin estorbarnos y que nos quiera tal cual somos, a veces con mejor acierto y a veces hasta metiendo la pata.

   Y sin embargo para la sociedad ella no era nadie. Carecía de peso legal. No había firma que justificara esa historia de amor y convivencia; esa huella en el mundo, que de seguro sentía en su corazón, no era lo suficientemente bien vista, o no era tan apreciada, porque no cumplía todos los criterios que la sociedad actual exige de sus ciudadanos para ser parte del grupo, de la manada. La misma sociedad que le exige pagar impuestos, declarar a Hacienda, y convivir como una más sin serlo. A ella y a muchas parejas sin importar su género, a las que se les niega en algunos círculos de la sociedad su equivalencia, su derecho y su prevalencia como miembros activos de la misma.

   Mientras estaba atendiendo al paciente de la cama 4, cuya evolución hacía prever fatal, pensaba en eso. Me imaginaba a ese hombre enorme abrazarla en un claro de luna; podía oír las conversaciones calladas que tiene los amantes, o el silencio que a veces llega a reinar cuando la intimidad dura tanto tiempo. Podía imaginarlos enojados uno con el otro por tonterías o por asuntos más graves; comentar la vida de sus hijos; bailando lento en una boda, él sin chaqueta y sin corbata y ella con un traje de encaje que no sabe todavía cómo reciclar para sacarle más provecho. Y podía ver la lágrima trémula en la penumbra, y el temblor del gozo y la pasión; y la angustia serena de lo que no se puede cambiar.

   Nada de eso tenía importancia para la Ley por no cumplir la ley. Quizá en esta lucha sin cuartel entre los que unos quieren y otros desean, exista un punto común de encuentro, de equilibrio que debamos alcanzar para evitar que circunstancias como ésta se sigan produciendo. Todos tenemos derecho a estar con aquellos que amamos, todos tenemos derecho a participar en las decisiones importantes y todos tenemos derecho a enviudar, a heredar, a envejecer y a morir con aquellos que escogemos para vivir por siempre. Y sin embargo…

   Cuánto cuesta la lucha por un derecho que no debería ponerse siquiera en entredicho. Si hay testigos que aseveren las circunstancias vitales de los familiares, debería ser suficiente para que el manto de la Ley entrase a jugar parte en los negocios que se mueven en el pasillo de la Salud perdida. Al menos para que quede una sombra de la vida diaria que sirva de techo y de cobijo ante la indefensión de la Enfermedad y ante la inmensa Soledad que se aparece y se acrecienta en los vericuetos de ese pasillo enorme lleno de dolor y de incertidumbre.

   Porque en circunstancias como ésta nos damos cuenta que siempre estamos solos. Que uno más uno no son dos; que en una pareja siempre hay un hiato que mantiene la distancia entre los cuerpos; que la unión del Destino es sólo un espejismo, pues siempre seremos nosotros mismos, únicos e indivisibles, y el otro ser que nos acompaña, alguien más que no es nosotros aunque no podamos vivir sin él.

   Bien entrada la madrugada me acerqué a hablar con ella. Estaba sola; los hermanos de su pareja se habían ido a casa, ya eran muy mayores. Durante unos instantes no dije nada ni ella emitió sonido alguno. Pero nos miramos a los ojos. Y comprendió. No saldría de ésta con vida. De ésta no.

   Después de un rato a su lado en el que apenas habló, me adentré lentamente en el pasillo de la Salud perdida.

   – Nunca necesitamos nada para saber lo que sentíamos el uno por el otro.

   Me había dicho. Y ese comentario retumbaba en mi mente a medida que me alejaba de ella. Ella que se quedó en la penumbra de la sala de espera, envuelta en la inmensa soledad de la certidumbre.

   Al entrar en la UCI me acerqué a la cama 4 y suspiré resignado. No importa lo que hagamos ni lo que sintamos ni lo que esperemos ni lo que soñemos. 1+1 siempre será el número más triste de todos, porque en el fondo es el verdadero retrato de la Soledad. Él moriría, ella quedaría allí. Y a pesar de que nunca necesitaron nada para saber qué sentían uno por el otro, no quedaría una huella en el tiempo, no le valdría de nada para seguir con vida, no le garantizaría a ella un futuro mejor. Salvo el discreto calor que dan los recuerdos; hasta que estos se enfríen con el olvido.

El rumor del oleaje/ The sound of surf.

El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

a Lili, que quería un poema sobre el baile de las olas del mar.

   Antes de llegar a la playa, era capaz de oír el rumor del oleaje.

   A seda frotada, a caricia; como un lecho de hojas secas a veces, a veces atronador y siniestro.

   El mar en la orilla llena de espuma. El mar en el malecón de grandes piedras que recorría con los pies descalzos, aprendiendo a caminar entre guijarros y salitre.

   Y el olor.

   Antes de llegar a la playa el olor a sal y a rocío lo inunda todo. Los ojos, la nariz, la garganta que se licúa y los pulmones que se llenan de rumores.

   Y el mar.

   Inmenso, sereno, desgarrado. Todo era bello en aquella inmensidad de color azul. La orilla de arena plateada, los árboles tartamudos que se retorcían sobre sí mismos con las raíces abiertas a flor de tierra. Y las palmeras esbeltas, alanceando al viento sus barbas verdes y sus cocos color de ámbar tostado. Y el agua transparente, por donde los cangrejos caminaban hacia atrás, como si quisieran darle vuelta al tiempo, escapando de los hombres como de las blancas gaviotas que les seguían.

   Mar adentro, entre los mechones blanquecinos de las olas marinas, los pelícanos parecían dormir un sueño eterno, mientras con sus ojos caídos vigilaban los cardúmenes de sardinas que se acercaban imprudentes a la orilla.

   Antes de llegar a la playa ya se vislumbraba su forma de concha; sus brazos abiertos protegiendo una costa pequeña en la que darse a los bañistas, en los que adormecer a los enamorados y a algunos despistados a los que la noche deja sin techo y a veces sin corazón.

   La playa enorme de arena color de luna llena. Qué hermosa la oblea de plata tatuándose en el mar. La brisa blandiendo blandito acompañándola en un baile que parecía no tener fin. Y la enorme luna apoyada en la nada, besando el mar que la acariciaba sirviéndole de lecho.

   El amanecer sin colores, el ocaso lleno de azules y naranjas y rosas fosforescentes. Y las estrellas prendiéndose una a una en el horizonte clarito, despejado de nubes.

   Antes de llegar a la playa era capaz de oír el rumor del oleaje, con su eterna sinfonía de arrastre, dejando restos de espuma entre las piedras y las conchas, un grito aislado, alguna barca cansada, y algún corredor preocupado por sus marcas, por su cuerpo, y despreocupado por el paisaje que lo abrazaba.

   El mar inmenso donde me crié, que se teñía de morado a las seis de la tarde; que plateaba el camino de la luna en las madrugadas cálidas, cuando me acercaba a la playa para coger el autobús y esperaba embelesado viéndola navegar hasta la orilla, oyendo su sinfonía de cantos rodados, olas y arena mojada. Y la sensación de plenitud y de una eternidad jamás acordada a los hombres.

   El oleaje cambiante, el océano color de mercurio y petróleo, con su aroma de sal y de pescado recién colectado, con sus barcos enormes en la lejanía, y los veleros tenues que surcaban las orillas buscando dónde descansar. La belleza de la lluvia en esas aguas tibias y el sonido del sol al tocar la piel.

   Antes de llegar a la playa ya era capaz de oír el rumor del oleaje, invitador y eterno…

   Y si cierro los ojos, aún está aquí.

Bajo el ciruelo/ Under the plum tree.

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone

a Pedro, que pidió una historia sobre lo que permanece.

   Voy poco a poco. Me cuesta subir la pequeña colina. Ya no soy el que era. Pero al final está el ciruelo, con sus ramas retorcidas de historias añejas y su tronco amable y generoso, y bajo el ciruelo el banco, ajado por la intemperie como yo, en donde solíamos sentarnos tú y yo a contemplar el atardecer.

   La hierba cubre ahora el camino que recorríamos a diario. No sé qué hubiese sido de mí si no te hubiese encontrado. Como un tesoro oculto, tu corazón en mis manos y tu boca en la mía, llena de aliento y de palabras comidas. No sé adónde hubiese ido, escapando de mí mismo para encontrarme siempre, si tú no me hubieses detenido ni me hubieses arrastrado a disgusto por este camino de hierba hasta la colina, bajo el ciruelo en flor.

   Ahora la vida parece otra; ahora la vida es otra desde que no estamos juntos. Pero ese día, cuando nos besamos bajo el ciruelo en otoño, sintiendo la caída de sus hojas de mora, cambiaste mi mundo, poniéndolo todo patas arriba y lo llenaste de corazón. Pero ahora la vida es otra, en donde todo me cuesta, el aliento y las pisadas, y las palabras se agotan y solo late el corazón. El corazón que se come bocado a bocado las ciruelas que penden del árbol en verano, envuelto en atardeceres lentos, bordados de estrellas tempraneras y dulces.

   En la colina, aquella primavera, bajo las flores color de rosa como tus mejillas, me dijiste muchas cosas, me enseñaste un universo y me obligaste a caminar, un día y otro, desde el pie de la colina hasta el banco bajo el ciruelo, y contemplar desde allí, en una lluvia de pétalos color de tus mejillas, lo inmensa que es la vida, lo fascinante que puede ser, lo cansada a veces, como el resto de colina, lo verde como la hierba y lo dulce como las ciruelas.

   Eras toda mi vida. Desde que nos conocimos hasta que nos besamos; nos abrazamos al ciruelo y su energía de savia sabia llenó nuestras arterias, y nuestros dedos se unieron en un chispazo de atardecer. Arriba, en la colina, sentados en el banco bajo el ciruelo, nos enamoramos muchas veces, y hasta nos dijimos cosas indebidas, y hasta nos peleamos un día y lloramos inconsolables. Pero como la colina y el ciruelo y el banco ajado, nuestro amor estaba hecho de eternidad, forjado con la llama de lo duradero, templado con el acero de lo inolvidable. Desde allí vimos las estaciones cambiar, la ciudad crecer, nuestro amor madurar. Sentados en el banco de madera, el invierno desnudó el ciruelo un año y otro más, y la primavera lo vistió de rosa y el verano de un maravilloso manto morado. Y bajo sus ramas nuestros ojos brillaron y se llenaron de arrugas, nuestras manos se hicieron temblorosas pero amantes, y nuestros pasos tambaleantes pero seguros. El tiempo pasó como pasa la vida, y nuestro amor enraizó como el ciruelo en la colina, y su corteza se escindió y creó nueva vida, como las ramas caídas y el banco escondido bajo sus pies.

   Voy poco a poco. Me cuesta subir la colina. El camino, lleno de hierba, parece haber olvidado nuestros pasos. Ahora que son sólo mis pasos, quizá te extrañen, como lo hago yo. Sin embargo, lentamente asciendo la suave colina y me voy llenando de ti. Cada pisada, cada sonido de la hierba, el piar de los pájaros escondidos, el susurro del viento entre los ramajes, me hablan de ti. El mundo te ha olvidado y yo muchas veces ignoro que ya no estás junto a mí. Pero la colina lo sabe, y el ciruelo lo entiende y espera a que llegue para hablarme de ti. A pesar de los años que han pasado desde tu marcha; a pesar del tiempo que todo lo cambia, el viejo ciruelo de rama retorcidas, el banco ajado por la intemperie de dos siglos y yo, seguimos latiendo por ti.

   He llegado. El mundo es otro bajo el ciruelo. Sus ramas penden desnudas en este invierno del alma. Pero me susurran cosas dulces al oído… Lentamente me acerco a ese viejo amigo, que parece recibirme generoso. Abro los brazos y lo lleno de mí. En ese abrazo, en el que siento su corteza blanda, sus años vividos como arrugas en mi cuerpo, la savia de su vida se mezcla con mi sangre, y el susurro de las ramas, como el tañer de la hierba, arropa a mi corazón.

   Desde la colina todo ha cambiado: las calles no son las mismas; los edificios se han transformado: han desaparecido unos, cambiándose por otros. Los niños corren por un pequeño parque artificial, lleno de falso verde y de falso rojo y azul. Las madres pasan de ellos ya cansadas, supongo, de su eterno pedir. Y, sin embargo, todo parece que fluye, todo, hasta la distancia y la soledad.

   Bajo el ciruelo, día a día me acuerdo de ti. Él me habla de ti con su susurro de ramas frotadas, y el banco donde grabamos nuestros nombres guarda el calor de nuestros cuerpos, y la hierba verde y alta cubre la intimidad de los besos que una vez nos dimos y ahora, la suave caída de mis lágrimas, que siguen llorando por ti. Un amor amor que ya no es de este mundo y que sólo aquí arriba, en la colina bajo el ciruelo, sigue viviendo por mí.

Claro de luna/ Claire De Lune.

Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   Está amaneciendo. Un rayo de luna brota desde la ventana y baña nuestra cama. Está amaneciendo y la luna se cuela entre la tela de la cortina y me ha despertado.

   Qué bella la luna amanecida. Gigante, redonda, llena de plata blanca. Si me acerco a la ventana casi la toco. Me levanto y la observo. Acapara toda mi mirada. Gigante, flota en el espacio rodeada de un velo de niebla, que danza sigilosa sobre la tierra, transformando los límites sólidos en serenos contrastes, y el abrazo del día que nace en un arrullo lleno de escarcha.

   Hace frío pero no importa. Me levanto lleno de un claro de luna. Y parece mecerse entre las olas de niebla, y dibuja un surco argentino sobre las cosas, sobre las casas, sobre todo aquello que amo. Sobre ti. Que desnudo descansas ajeno a todo, incluso a la luz de la luna traviesa que se resiste a la llegada del alba para tatuarse en tu piel y reflejarse en la mía. La bella luna oronda, llena de cicatrices de una vida entera, pero dulce y sigilosa, callada y sola, suspendida en el cielo como el amor que te tengo, enganchado a tu pecho por los besos de mi corazón.

   En este claro de luna mis sueños se acrecientan dejándome sin sueño, pero regalándome tu cuerpo desnudo, dormido y abierto como un secreto al descubierto. Y cuánto te deseo. Dormido y despierto, con tu sonrisa de ángel caído y el ritmo de ese pecho escindido en dos y la sonrisa de arena en ese rostro de plata. Plata que baña tu boca y la mía en este claro de luna que me ha despertado.

   El amanecer sigue su curso. Y un velo de iris se levanta tras la sombra de la luna y envuelve como un manto mi corazón sereno. El mundo parece suspendido en este momento infinito, en el que la escarcha de la tierra se pega a los cristales de las ventanas, y el vaho de la respiración se condensa en diminutos cristales que sólo me hablan de ti. Y de mí. Y de lo que está por venir, pitonisos de otro mundo. Un mundo en el que estamos juntos tú y yo.

   Y yo ya no tengo sueño, porque tú eres todo lo que necesito. Tú y la luna de plata, y el río de seda de la niebla pausada y el baile lento de un amanecer de escarcha, y el sabor de una piel abierta como un libro y un cuerpo que late como un corazón: el tuyo por el mío, y el mío por el de los dos.

El círculo de la vida/ The Circle of Life.

El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   Llevo unos días fijándome en algunos detalles. Parecen pequeños, y ciertamente lo son, pero su simbolismo no deja de darme vueltas en la cabeza.

   Hoy, cuando me cortaban el pelo, me fijé en los restos de cabello que caían a mi alrededor: una hebra plateada aparecía aquí y allí. Mi propia barba es casi un anuncio de un invierno que está por llegar. Mi piel no es lo tersa que debió haber sido una vez (reconozco no haberme fijado nunca en la tersura de mi piel hasta hace muy poco.) Y unas ojeras perpetuas no dejan de asegurarme un pasaje en tren hacia Transilvania por lo menos.

   De camino al gimnasio (ahorraré la descripción de un hombre de cuarenta años que reinicia su actividad física después de varios meses de parón, porque sería para llorar y éste no es el caso) me topé con unos chavales de unos quince o dieciséis años, todos guapos, con la sonrisa en la cara y el sol en la mirada, con sus coloretes en las mejillas y el gesto de salud en sus manos. Y me llamó mucho la atención. Porque no recuerdo haberme visto nunca así. Y ya en la piscina, entre la divinidad del agua y mis brazadas, la clase de natación para chiquillos empezó con un griterío y un desorden descomunal. Me encantan los niños, pero reunidos bajo un mismo techo más de cuatro es una locura. En fin, mientras salía del agua alcancé a oír cómo uno de los pequeños le explicaba a su monitor algo que había descubierto. Asentí con la cabeza, y aunque me dolían todos los engranajes del cuerpo por la inactividad, tras la risa vino una pequeña reflexión y fue darme cuenta que no me cambiaría por nada del mundo con ese chiquillo encantador ni con los adolescentes llenos de vida de hacía un rato. Riendo, salí de la piscina enrollado en la toalla y peléandome con el gorro inútil que exigen para bracear aunque sea sólo cinco minutos.

   En mi última guardia, un hombre de cuarenta años murió de una hemorragia cerebral. Una hemorragia cerebral. Y sólo cuarenta años. Instintivamente, en casos así, cuando nos fijamos en la edad, nos comparamos con el paciente ingresado. Coetáneos, no deja de intrigarme cómo es la imagen de mí mismo que puedo ver reflejada en los demás. En este caso, salía ganando. Quiero decir, que o él aparentaba más o yo muchos menos (ha de ser más bien lo primero.) Lo que fuese, una vez confirmada la muerte cerebral, la esposa de este paciente, tras serle pedidos de la forma más delicada posible, dio generosamente sus órganos en donación. Un gesto tan desprendido en momentos de máximo pesar y dolor siempre me ha asombrado. De todos los instantes que la coordinación de trasplantes tiene de dificultoso, quizá la petición de órganos sea lo esencial. Siendo como somos punteros mundiales en donación, aún es difícil y todavía no deja de ser espinoso a veces la mera mención de esa posibilidad. En los momentos de más agudo dolor, cuando la pérdida aún no es asumida ni comprendida, en el que los sentimientos instintivos de abandono y soledad son más ávidos, que una persona de bata solicite algo que parece inadmisible y aceptarlo, es para mí una de las pruebas máximas de humanidad y de generosidad que podemos dar a los demás.

   En este caso, tras conceder el permiso, se puso en marcha rápidamente la máquina perfectamente engrasada de la donación de órganos. La Organización Nacional de Trasplantes (ONT) en la persona de sus coordinadores nacionales, es un prodigio de buen hacer, de ánimo y de esperanza. Quizá porque nada hay más bonito que ayudar, y si en esa ayuda se salvan vidas (literalmente hablando), se mejora la calidad de vida de personas enfermas, ese sentimiento se acrecienta al mil por mil. Por supuesto nada es gratis y todos cobramos una pequeña cantidad por el inmenso trabajo que la coordinación supone. Pero la recompensa moral y anímica, aquella que fortalece el alma y nos sonríe una vez pasada la aventura y la locura que la coordinación supone, no tiene precio.

   Coordinar una donación multiorgánica es un caos. Y sin embargo ellos lo hacen fácil. Cualquier duda que nos pueda surgir, cualquier contratiempo, cualquier error, parece solventarse como por magia. La labor escondida de todas estas personas incógnitas, que desaparecen tras el teléfono y tras nombres de pila, capaces de lidiar con un corazón en Santiago de Compostela, un hígado en Almería, unos riñones en Valencia o un páncreas en Madrid, es inconmensurable. Enlaces de avión, aeropuertos, ambulancias, horas de cirugía, nombres en las listas, papeleos varios, faxes, fotocopias… Qué labor ingente y callada, y hecha con el mejor humor, llevan a cabo todos los integrantes de la ONT. Porque nunca tiene  una mala palabra, un mal gesto, sean las doce del mediodía o las cuatro de la mañana; siempre con humor, y hasta se permiten el lujo de dar ánimos si saben que nuestra guardia es además un horror, y saben esperarnos si no podemos atenderles de inmediato, y suspiran alegres cada vez que cometemos un error de forma. Llevamos años conociéndonos a través del teléfono y seguro que, en cuanto pueda, me acercaré allí para conocerlos en persona. Cuán poca gente conoce la importancia de su labor, y todos esos pacientes y sus familias, que reciben la esperanza de un nuevo órgano como un nuevo bautismo, ignoran cuánto le deben, con esa labor callada y poco reconocida pero tan importante, para mantener el círculo de la vida latiendo vibrante y lleno de energía.

   Durante mi guardia procedimos a la extracción multiorgánica. De distinto lugares de España vinieron a por algunos órganos, y nosotros comenzamos a implantar aquellos para los que estamos autorizados. Todo a la vez. Gracias al gran equipo de la UCI pude ocuparme de esta labor maravillosa y a veces ingrata que es la coordinación hospitalaria, pude acercarme a dar la bienvenida a los distintos equipos que llegaron además de establecer todo lo necesario para la realización de los trasplantes y su recepción final en nuestra unidad. Yendo y viniendo entre quirófanos, en la sala de espera tropezaba con las familias alertadas a cualquier hora, esperanzadas y llenas de miedo a la vez. No sabían quién era esa persona que intentaba no parecer que corría por entre los pasillos y que se asomaba de vez en cuando por allí. El ambiente que se respiraba era de expectación y de nervios, exactamente el mismo que en la sala de partos cuando una madre está a punto de dar a luz: el círculo de la vida se cierra siempre, siempre, de la forma menos esperada, en todas partes.

   El cirujano cardíaco encargado de la extracción del corazón me llamó aparte para consultarme sus dudas. Estuvimos hablando un pequeño rato (todo tiene que hacerse con mucha rapidez); parecía un hombre joven, un cirujano lleno de vida y muy preocupado por la labor que estaba llevando a cabo. En momentos así me gusta mucho paladear ese espíritu corporativista, ese lazo de unión que nos lleva a todos: celadores, auxiliares, enfermas y médicos, a hacer el bien sin importarnos nada. Eso es generosidad en estado puro. Pues bien, en un instante de nuestra conversación, el cirujano me dijo:

   – Si tiene cuarenta años… Y una hemorragia cerebral… No sé tú cuántos tienes, pero…

   – Cuarenta.

   – ¡Tío, igual que yo! Y míralo… Parecemos sus hijos…

   Yo me eché a reír. Por un momento él no era un cirujano cardíaco ni yo un intensivista y coordinador de todo aquel tinglado, si no un par de hombres, colegas y coetáneos, que nos preocupaba sin querer el ciclo de la vida en el que estábamos inmersos. Cuántos espejos tiene la Vida.

   Aquella jornada transcurrió rápida y sin mayores dificultades. Gracias al gesto de aquella mujer, joven y viuda, muchas familias recibirían a lo largo de 24 horas el mejor de los regalos: el de la vuelta a la Vida, y gracias a ese hombre de cuarenta años, que parecía quizá nuestro hermano (muy) mayor, cuya muerte significó el viaje a la vida de muchos otros. La donación de órganos es una forma muy real de regalar Vida, de dar y recibir, de unirnos en cadena al ciclo de la vida. Esos niños en la piscina descubriendo un mundo que será menos amable de lo que piensan; aquellos adolescentes de mejillas sonrosadas y ganas de comerse un mundo que será menos generoso de lo que creen, y ese hombre cuarentón, nadando entre las aguas de su edad, de su vitalidad y de sus preocupaciones, forman una cadena única, un nexo fuerte y sagrado: el círculo de la vida gira perfecto, día tras día, en nuestra ignorancia y por nuestro bien, por siempre.

   No cambiaría mi vida por tener veinte años menos. Mis mejillas se sonrosan aún con el contacto del sol; mis articulaciones, apenas pasen un par de semanas, volverán a gozar de una flexibilidad perfecta; mi peso volverá a su sitio y (espero) mis analíticas también. Pero de una cosa soy cada día más consciente: y es de la imperfección del mundo, de su inasibilidad y de su falta de firmeza: nada nos garantiza su seguridad ni su eternidad, salvo el círculo de la vida, que corre por nuestras venas, se detiene en nuestro corazón, y deja sitio, una y otra vez, para todo aquello que está por venir: la infancia, la adolescencia, la juventud, la plenitud y la vuelta a la vida tras la Enfermedad, una vez recibido un órgano donado. Nada hay más importante y nada nos dignifica más, ni nos aporta mayor alegría, que ver el regocijo de las familias cuando salimos a comentar cómo ha ido la operación y lo bien que va… Nada. Ni las horas de sueño perdidas, ni el trabajo sobrehumano que el equipo de la UCI y de los quirófanos sufre, ni siquiera el anonimato injusto de esos héroes anónimos y diarios que pilotan desde la ONT el mejor de los milagros y el más duro y, también, el más simple de todos: el de dar Vida con la vida, y seguir un poco más allá.

   Yo soy Coordinador de Trasplantes. Y me gusta serlo. Y soy donante de órganos. Feliz.

Entre Nochebuena y Reyes/ All about Christmas.

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   Hay algo importante que late al lado de todos los motivos por los que celebramos Navidad. Y son los regalos. Los regalos como símbolo: la capacidad de dar, de ceder, de regalar, de celebrar la presencia de aquellos que hacen de nuestra vida un teatro infinito y una divina locura.

   Hoy miles de personas rasgan papel, abren envoltorios, disfrutan o se desilusionan con las sorpresas que contienen esos paquetes en los que a veces envolvemos un sueño y otras una obligación. La Navidad es un símbolo que recoge en el fondo el maravilloso don de dar, de regalar: desde una sonrisa hasta el más sofisticado aparato electrónico, el hecho de dar, de compartir hace de este período el más bello y triste de todos los que vivimos a lo largo del año.

   Hace un año reflexionaba sobre lo que había ocurrido en el 2010. Ayer, durante la guardia de la Noche de Reyes, mientras conversaba con el equipo de guardia e intercambiábamos comida en un pequeño ágape hecho de cariño y de ganas, algo me llevó a hacer lo mismo. Por supuesto y más importante, gozaba de Salud. Y mis familiares más cercanos también, aunque algo más abollada y renqueante. Eso es digno de celebrar con la mayor de las fiestas, desde luego. Pero además el año que se fue me regaló muchas cosas, demasiadas quizá, no merecidas sin duda, y algunas renuncias que sólo con el tiempo adquieren forma y estructura y parecen encajar en el fino entramado de los días que vivimos.

   He recibido un nuevo trabajo, perentorio e inestable como cualquier otro, en el momento en el que interiormente pensaba en cambiar mi vida en ciertos aspectos. Una frontera que desconocía, una forma de trabajar en Medicina que no sabía que podía ser posible. Tal hallazgo y tal regalo me llegó de sorpresa e intenté amoldarme a él de la mejor forma posible en el corto espacio de tiempo del que dispuse. No lo hice mal pero tampoco bien, y mi escasa plasticidad para aceptar cambios bruscos no ha contribuido a ello. Y sin embargo me siento algo más útil, tengo nuevas ideas, creo que lo que hago, al menos en parte, puede ser posible. Y eso me ha dado una fuerza pequeña pero continua, que me hacía falta.

   Durante el año perdí a personas que apreciaba y sin embargo gané en libertad. Siempre quebradiza, siempre huidiza, pero ahí está. Si miro hacia atrás veo locuras hechas, tonterías que no deberían haber ocurrido, pero también encuentros extraordinarios, fogonazos que me abren los ojos y me dan más luz. Todas las personas que he conocido y que han entrado a formar parte de mi vida han aportado calidad y cierta estabilidad y una riqueza que es difícil traducir en palabras, pero que está ahí. Las personas que habitan en el pasado, aquellas que han querido abandonar la travesía común, y aquellas que se han adherido a ella, han hecho de mi vida, de mi personalidad y mi forma de pensar, una nueva tierra; han servido de catalizadores en este estudio y en este descubrimiento continuo que es ser yo mismo.

   He recuperado una amistad perdida en el tiempo, resquebrajada y curada; he sido un imbécil y he permitido que mi orgullo se entrometa en lo que siento; y sin embargo he sido capaz de sobreponerme a todo eso y ahora, en el lugar en el que siempre ha debido estar, ha retornado como si nunca se hubiese ido, y prefiero no ver las cicatrices que la vida nos ha dado, y mirarle a los ojos y disfrutar de su sereno vivir, de su sabiduría lenta y profunda como un surco de tierra que lleva escondida una promesa, un futuro encantador.

   Entre Nochebuena y Reyes la vida se suspende; recordamos lo que más nos duele, nos rodeamos de lo más querido. Yo quiero mucho y anhelo mucho y pierdo mucho, pero la Vida está ahí, siempre a mi lado, para recordarme lo bendecido que soy, la inmensa suerte que tengo incluso en la zozobra de los días que vivimos, y que siempre, siempre las cosas pasan, todo pasa y quedamos nosotros fuertes, tambaleantes pero erguidos y con una sonrisa entristecida pero única en el rostro.

   Por eso entre Nochebuena y Reyes he querido rendir homenaje a todo lo que la Vida me da; la suerte de trabajar, por más inestable que éste sea; la inmensidad de una vida saludable rodeado de seres que son un mundo en sí mismos, generosos y únicos, con sus peculiaridades y sus problemas, sus misterios y sus realidades.

   En este año que se ha ido he perdido de vista mi propia ciudad, que es una joya de maravillas, pero he podido viajar por Madrid, por Bilbao, por Barcelona, por Santander, por Oporto, por Berlín. Y por cada una de los lugares del mundo que me atraen gracias a la imaginación. Los mejores museos, las obras de arte más impactantes; la arquitectura excelente, los mejores platos, todo lo he saboreado gracias a esa capacidad generosa que nos regala la mente cuando cerramos los ojos.

   Y en este año que concluye, cada uno de los pacientes que han pasado por mis ojos me ha regalado la oportunidad de ayudarles, de comprenderles, de aceptarles. Y con cada uno a mí mismo, cuan difícil y a veces doloroso que esto sea.

   Entre Nochebuena y Reyes celebramos el don de dar. Y también, implícitamente, el de agradecer… Y yo sólo puedo dar las gracias por lo bella que es la Vida conmigo, que me da sus dificultades y sus momentos de paz para que pueda descubrir esa luz que está en mi interior y disfrutarla.

   Un año más.

Callados/ In Silence.

Arte/ Art, Los días idos/ The days gone

   Después de la lluvia, los cuerpos se apoyan uno en el otro.

   Suaves y firmes, parecen besarse por las nucas, por los hombros; los omóplatos unidos, las espaldas pegadas dejando poco espacio para el aire que los envuelve.

   Pequeñas gotas de agua, que simulan sudor, caen una a una por sus cabezas y el pelo.

   Los párpados entrecerrados; la respiración queda; las bocas abiertas en forma de corazón o de beso.

   No se ven pero se sienten. Se tocan y se saben acompañados en el silencio.

   Después de la lluvia, las nubes se han ido con el peplo henchido, dejando tras de sí una noche transparente llena de luna y estrellas que brillan a través del techo de cristal como ciruelas maduras y parece bautizarles con una luz pálida y plateada.

   Las pieles que brillan calmadas, deseosas de un contacto más que de una pasión, y llenas de una calma exultante y vibrante como el aire que los envuelve, como el aliento que se escapa vaporoso de esos labios abiertos como corazones y besos.

   Las manos sobre el suelo, las piernas estiradas, el cielo abierto, las ganas calmadas, el deseo postergado por la compañía muda que todo lo envuelve, esperanzas y sueños, y una noche de cristal y compañía.

   Son dos pero se sienten multitud; son dos y se sienten a sí mismos, apoyados espalda contra espalda, deseos contra deseos, unidos en un vals de compañía libre de palabras.

   Todo son tactos, todo son sensaciones que les recorren de la cabeza a los pies y se detienen rebasadas en el corazón.

   Y el silencio. Sólo se oye la respiración entrecortada del cansancio y de la espera terminada, y la discreta caída de gotas de lluvia y sudor en el suelo desnudo.

   Después de la lluvia, callados, sólo se acarician. Y esas caricias hablan un millón de palabras, y esas palabras son un millón de besos, y en esos besos se esconden un millón de quimeras y de peonías, que llegan a los labios entreabiertos y a los párpados cerrados, llenos de corazón.

   Callados, son un solo corazón.