El primer naufragio: la efímera idea de la libertad/ The First Shipwreck: Ephemeral Idea of Liberty.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature, Los días idos/ The days gone

    El primer naufragio, de Pedro J. Ramírez, es un libro de los que me gustan: se aleja de todas las etiquetas posibles. No es un libro de historia, mas se sustenta en ella; no es una novela, mas está estructurada muy sabiamente como tal; ni es un ensayo periodístico, aunque su base y su desarrollo así lo demuestre. Es una mezcla interesante de estos tres estilos que aquí interactúan de una forma brillante.

   El periodista deja su impronta, el amante de la Historia juega con las referencias que el primero ha conseguido, y el escritor oculto brilla en el juego que personalidades vastísimas y complejas le sugieren, y se deja llevar con ellas hacia esos días convulsos, en los que París se tiñó de rojo más que de luz, y que cambió quizá para siempre la percepción del mundo como se conocía hasta entonces (aunque quizá sólo parcialmente).

   Pedro J. Ramírez traza en El primer naufragio una historia sobre la Historia, un acercamiento casi artístico, lleno de detalles y de profundidad psicológica, que sorprende por rico, pero a la vez por veraz. Todo escritor se confiesa, toda argumentación no es más que una arenga en defensa de las propias ideas. Partiendo de esta premisa, el autor nos lleva de la mano por cada uno de los protagonistas de los hechos descritos, por sus posiciones reales, sus miedos y hasta por sus pensamientos, alambicados sólo por el paso del tiempo y del registro de la propia Historia, y consigue desentrañar ese ovillo de estambre con el que se nos ha presentado siempre el ideal de la Revolución Francesa.

   Todo ideal es falso. El autor lo sabe y calladamente intenta demostrarlo en su relato. Casi nada de lo que yo conocía sobre la Revolución está en estas páginas. Y sin embargo no falta nada. Ni los juegos de ambición y poder; ni los arrebatos místicos; ni las furibundas reacciones populistas. Tampoco faltan los deseos reprimidos, las pasiones calladas, el retrato de los simples seres humanos que bordan un tejido de violencia y de muerte aún en contra de ellos mismos. El primer naufragio es el relato de una fuerza de la Naturaleza, un ejemplo de lo que consigue la Humanidad cuando quiere jugar a ser Dios. Es un reflejo de las leyes mecanicistas que comenzaban a imperar en el mundo; el universo cartesiano que despierta al hombre a su verdadero poder; el amanecer social del ser humano más que como hombre, o como suma a su realidad de homínido sapiens y severo. La Revolución Francesa se nos muestra aquí como el punto de ebullición de esos sentires y pensares desproporcionados, como una lucha entre Olímpicos y Titanes: el poder del cerebro frente al de la fuerza, la rebelión del Todo frente al Uno. Y es un poder que refulge y ciega y que embriaga y seduce. Y que requiere de mucha responsabilidad y de una mentalidad clara para poder manejarla con conciencia y llevarla a buen puerto con honor.

   Viniendo de una formación académica diferente (América), la Revolución Francesa, aunque sangrienta (purga tan característica de la Humanidad que aún hoy en día vivimos), era el sumun del pensamiento social y de las libertades, el humus sobre el que se basó la historia política de nuestros días. Sin embargo, tras la lectura de El primer naufragio nos damos cuenta que en realidad fue un crisol desaforado en el que se dieron cita todas las Furias del ser humano y casi nada de la calma y la soberanía y el buen hacer y la claridad que hoy intentamos encontrar en nuestras formas de gobierno (desde el gobierno del Estado hasta una empresa cualquiera; desde un colegio al hogar); parece más bien un mal experimento, o una buena idea en malas manos; el ideal oportuno en el momento humano más inoportuno.

   ¿Qué buscaba la Revolución Francesa? No lo sabemos con certeza. ¿Qué fue la Revolución Francesa? No lo sabemos realmente. Lo que sí sabemos, y gracias a El primer naufragio con lujo de detalles y profusión de bibliografía comparativa, es que fue un teatro de vanidades en el que perdieron todos sus actores, pero sobre todo el Pueblo, en el que se basaban supuestamente sus ideales. La Historia no es más que una esfera cuyo movimiento cíclico llega a asustarnos. La Revolución Francesa, a pesar de sus buenos fundamentos (la Igualdad, la Fraternidad, La libertad) ni fue fraterna, ni fomentó la igualdad ni propició la libertad soñada, porque sus dirigentes, o sus auspiciadores (llamémosles como queramos), no tenían tan alta talla moral y se consumían en sus propios fuegos de orgullo y ambición: bien sea el misticismo radical tras el que se esconden rasgos fuertemente psicóticos; bien sea la mera ambición de poder; o el ansia de notoriedad o simplemente la sed de sangre, ninguno de los actores principales de uno de los períodos históricos más bellamente mitificados, pudo manejar correctamente ese tsumani desatado que es el Pueblo cuando se le espolea y se le subleva haciéndole olvidar que, siendo individuos, forman parte de un todo y que ese todo siempre, siempre, es más importante que sus partes conformantes.

   Es cierto que a lo largo de la Historia, la Humanidad ha necesitado de ciertos períodos de convulsión en los que la tragedia, la muerte y la destrucción cauterizan los errores que se van acumulando, ese derroche de cultura perdida que llamamos vida que se vive, y que parece necesario sufrir de cuando en vez para poder avanzar en el camino hacia la Libertad. El pensamiento social que dio pie a la Revolución Francesa, nacido de un renacimiento científico mucho más tardío que el artístico (el hombre tarda más en pensar que en sentir), redescubrió sus raíces grecorromanas en un período histórico problemático, convulsionado, perfecto para el estallido del escándalo, para la manipulación atroz. Si en pleno siglo XXI, con todos nuestros adelantos tecnológicos, aún somos capaces de ser víctimas de nuestros mandatarios, si todavía pensamos que un movimiento social sin cauces claros es capaz de cambiar el mundo, no es de extrañar que, en la sociedad francesa del S. XVIII, aquel descubrimiento haya caído como un mazazo y se extendiese con la velocidad de un rayo. En El primer naufragio esto queda muy claro: sin dirigentes con ideas, sin fundamento político claro y cabal, la agitación popular sólo genera destrucción, sólo conlleva a una forma asaz dolorosa de perversión y de cautiverio, que llamaron en su momento Igualdad, Fraternidad y Libertad.

   La información es necesaria. La información veraz es útil. Mas toda la información llega a ser inexacta, porque en determinadas capas se transforma en revelación, y la revelación mal aprehendida da pie a fanatismos y a errores. No podemos manipular, como dirigentes, a aquellos a los que representamos, y sin embargo no podemos verter toda la información, porque no seremos entendidos completamente. Ser conscientes de eso es fundamental para nuestro progreso hacia la verdadera Libertad. Es algo que ocurre en todos los estratos de la Sociedad. No podemos explicarle a un niño de cinco años cómo un avión vuela, pero sí podemos explicarle que viajará en él surcando el cielo. Los políticos del S. XVIII hicieron creer al pueblo que era soberano y que regía sus propios designios: la revuelta estuvo servida en bandeja. Como un tumor que se rebela contra el resto del cuerpo, el cáncer del hambre, la incomprensión y la ignorancia hicieron mella y sirvieron de tea inflamada de la que soplaron esos personajes que deambulan por El primer naufragio dejando su impronta de pequeños grandes individuos en el ancho mar de la Historia.

   Pedro J. Ramírez dice huir de la novela histórica. Yo la llamaría más bien de la novela historicista, valiéndome de un pensamiento de Marguerite Yourcenar, que decía que para ella la novela histórica es el acto de esculpir el mundo psicológico de un personaje empleando dentro de lo posible piedras auténticas. El mundo del periodismo nació como el arte de representar la realidad de la forma más directa y cabal posible; es difícil que no se tiña de ciertos puntos de vista o que no sirva como medio de expresión de intereses o ideales varios (¿y no viene a ser lo mismo?) Él mismo lo demuestra a lo largo de El primer naufragio, al mostrarnos cómo la palabra escrita, la opinión de la actualidad, puede modificar la visión de aquellos que la viven de cerca. En El primer naufragio hay mucho de historiador y mucho de periodista, sin duda, pero lo que engancha de este libro no es ni siquiera su rabiosa actualidad, si no ese corazón oculto, profundo, que late a ritmo de novelista. Desde ese inicio en el que se nos presenta a un granuja y a un lunático corriendo ansiosos por la noche parisina, hasta su última línea, asistimos al dibujo primero y al retrato después, de todos aquellos personajes que formaron arte y parte de ese maremágnum de ideales y de deseos frustrados que fue la Revolución Francesa. El primer naufragio es muchas cosas, sin duda, pero por sobre todo es una novela narrativa trepidante. ¿Por qué? Porque está construida con piedras reales. Piedras que, como las verdaderas obras de arte, nos hacen pensar una y otra vez sobre la realidad de las cosas que han pasado y las que están por pasar.

   A fin de cuentas, quizá la efímera idea de la Libertad sea más atractiva que la Libertad misma. Sobre todo cuando aún no sabemos ni lo que es ni para qué la queremos. Y, sobre todo, cuando quizá, como Madame Roland en prisión, nos damos cuenta que siempre, siempre, la hemos tenido en nuestro interior.

Lucio o la felicidad/ Lucio or Happiness.

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   Ignoro cómo comenzar. No me es fácil. ¿Cuándo lo ha sido? Desearía dedicar unas cuantas líneas cargadas de un sentido profundo y mayor del que nunca podré describir, para expresar cuánto os amo (puesto que nuestro quiero está tan preñado de egoísmo y deseos reprimidos que casi no me gusta.)

   No me es fácil. ¿Cuándo lo ha sido? Trato de escabullirme en la piel de otro ser que no existe. Intento, con escaso éxito, atravesar como Alicia un agujero o un espejo mágico que me exonere de este hecho que en vano intento justificar o tal vez confesar. Quisiera (¡oh, esa palabra de nuevo!) ordenar estos pensamientos que surgen alborotados, todos juntos y sin control aparente, para exhibirlos sin sobresaltos y también sin malentendidos.

   La vida, la mía al menos, se encuentra llena de interpretaciones erróneas. No es por gusto, supongo; creo que nunca lo es. Un ademán del que puedo dudar llega a hacerme más daño que un beso robado en la penumbra de un coche. Un mohín casi desapercibido, pronto olvidado, siembra en mi ánimo una alarma parecida al anuncio de cualquier catástrofe mundial: todo ser es, para sí mismo, el centro del universo. Ignoráis felizmente la tensión interna a la que nos puede llevar una mirada simple, escondida en un batir de pestañas; o la insaciable locura que destrona a la razón cunado se nos ofrece un cuerpo amplio, desnudo y sonrosado como la carne de un fruto. Hincar nuestros dientes en esa piel, rezumar el sabor amargo del sudor por nuestros labios…

   Me es difícil expresar lo que siento. Incluso retratar lo que soy, si soy algo. Me gustaría, en vez de todo esto, levantarme y gritarlo hasta quedar vacío de voz o de deseos… Me es difícil compliar todas las razones; razonarlas una por una; olvidarlas quizá. Pero debo hacer algo, pues el silencio es casi tan pesado como la verdad, y quizá ata más, pues se le añade la losa del secreto, de lo oculto o de lo que creemos pecado, y ya me siento cansado de arrastrar grilletes que no levan mi nombre.

   ¿Debo confesarme? No habría sacerdote que soportara esta carga, como tampoco hay fe que justifique esa salida. Mi verdad es sólo mía, pero a todos afecta. A veces, cuando tropezaba con algún ser más bello o más generoso que yo,  llegaba a olvidarme de eso, y el momento se volvía dulce y el placer inmenso sustituía a los remordimientos, al temor, y me creía inmaculado por yacer con alguien que me consideraba limpio, al que le significaba único y libre… Pero las sombras retornaban rápidamente una vez apagado el deseo o el temblor del placer, y el cuerpo que me servía de Olvido valía entonces nada e intentaba esquivarlo para huir de mí mismo, pues os recordaba y os hallaba observándome y sufriéndome; e intentaba pagar esos remordimientos, esa falta a la verdad, gastándome en esfuerzos sin sentido y en dolor… Pero era débil. Mi carne es débil. Mi ansia de amor esa tan intensa, y los cuerpos son tan hermosos y el palcer tan arrebatador…, que tropezaba de nuevo con la razón de mis circunstancias, con unos ojos o una sonrisa y…

   Desde que lo sé he estado luchando en su contra. Razón hay para afirmar que toda verdad es escándalo. Lo fue para mí, clavado a aquel cuerpo firme y blanco. Lloré cunado lo supe, por el placer de saberlo y el dolor de asumirlo a oscuras. Y lloré también por vosotros y temblé de miedo ante el hecho de asumir lo que soy. Miedo que me ha llevado a ser como soy.

   Me gustaría desentrañar esto lentamente. Revelar mis sentimientos, mis justificaciones quizá, y encontrar si no comprensión, al menos aceptación o, tal vez, generosidad y olvido. Cualquier cosa, ¿sabéis?, mejor que esto.

   Me gusta ver las viejas fotos de familia. El recuerdo, como la pasión, nos arrebata por un segundo casi infinito, y luego nos abandona dejándonos vacíos. Hemingway afirmaba que escribir era parecido al amor: uno se inflama y luego se desborda lentamente, quedando después un sabor amargo a flor de labios. Puede ser… Pero al menos él creaba. ¿Y qué hago yo? Crear: obrar con las manos y con el corazón; unir, pretendiéndolo o no, espíritu, cuerpo, piel y deseo en un mismo intento: una hoja de papel, un lienzo, un trozo de piedra, una planta que crece… De entre todo lo que los seres humanos somos capaces de construir o de modelar, yo me he entregado a mí mismo. Lejos del nihilismo casi tanto como del narcicismo, me he sumido en mi propio cuerpo, en sus esquinas y valles, con la misma fuerza que un escultor se afana, que un escritor se mata o un atleta se esfuerza por alcanza su meta. También sé que nunca tendré hijos. Lo siento. Pero es como si con el tiempo yo mismo me negase a establecer con el río humano el más simple y fácil nexo: la perpetuación de la especie, por más que Shakespeare se afane en demostrar lo contrario. Y sin embargo parezco contradecirme, pues a pesar de todo no deseo desligarme por completo del mundo conocido: la Naturaleza, el trazo fino de las estrellas, el dibujo de una ciudad, el amor… Hay demasiados puntos de contacto entre la vida y yo para desdeñarla de ese modo. Lo que ocurre es que he acabado por intentar vivir la vida a mi manera; de amarla a mí manera, y de entregarme a ella de la única forma que sé.

   Este deseo puede forma una imagen de mí casi tan falsa como otra cualquiera. Soy tan modesto como me parece prudente. Tengo tal firme control sobre mi vida, que me asusto a veces cuando un hilo se suelta o emito una nota discordante. Me ha costado muchos años conocerme de esta manera: tengo más de treinta años. Pero resulta patético comprobar lo poco duradera que es mi dictadura sobre los acontecimientos que ocurren o que se dejan pasar… Sí, lo sé: procuro engañarme. Me gusta mi cuerpo y lo demuestro a diario; pero más allá del simple deseo de agradar, está la necesidad última de controlar todos los destinos, todas las respuestas de mis emociones, hasta el más íntimo de mis pensamientos… Mi cuerpo es mi campo de batalla.

   Me gusta ver las viejas fotos de familia. Tengo una mesilla llena de ellas. Mi amor, riendo, se entretiene buscando parecidos inverosímiles; me gusta ver su rostro pendiente, ese cuerpo inmenso olvidado y hasta desdeñado mientras contempla esos recuerdos que han terminado por ser también suyos.

   Describir mi vida desde que es una comunión de dos creo que no os sorprendería, incluso se me antoja que es casi imposible. ¿Cómo describir una felicidad tan grande que nos deja mudos? La experiencia de compartir cada mañana con los ojos bien abiertos; enlazar la tarde y cada noche ese extrañamiento, esos deseos y ese placer, se quedaría pequeña encerrada en la prisión del lenguaje… El movimiento de otro cuerpo acercándose despacito al nuestro, ondulante como una ola de mar; unos ojos que contemplan maravillados el concierto de una luna de azafrán en el rostro amado; una rencilla mínima, originada por un conjunto de tonterías de las cuales nadie se acuerda una vez pasado el enfado; abrir la conciencia acompañado por el lento vaivén de un pecho de arena cuya respiración es puro anhelo y deseo… ¡Oh, queridos míos, el amor verdadero es tan simple! Y yo lo ignoraba. A veces me he detenido, en medio de tanta dicha derramada, y me he preguntado si mantenerme tanto tiempo alejado de cualquier relación íntima me habrá hecho más vulneraba a esta experiencia. Pero rechazo esta hipótesis alegando cualquier instante acabado de pasar y me alegro de nuevo. Es por lo menos extraño encontrar en estos tiempos un ser tan absurdamente ignorante y tan sediento de sensualidad como yo. El mar de dudas y de deseos incontrolados me hicieron asustadizo; tal encuentro de sentimiento, más que ayudarme, me hundieron en las aguas de la culpabilidad y del desorden. Pero ahora que todo se ha aclarado, siento en mi interior una libertad tan pura, un amor tan inmenso, que ya no me propongo ninguna penitencia ni ningún sufrimiento. Me siento tan amado y tan deseado, tan completo, que he tenido que sentarme a escribiros, rebosante y rebasado, pues soy por fin libre de mí mismo, y quiero compartir esta inmensidad con vosotros. A pesar de todo lo que eso conlleva.

   Sí: amo. ¿No es hermoso?

   La soledad la he vivido profundamente. Conozco todos sus aspectos, los interminables rostros con los que se presenta: un gran salón de baile atestado de gente; una tarde en la cual se acaricia largamente un miembro erguido que sólo nos pertenece; en mitad de una representación de La Bohème; en el lecho frío de una noche invernal. Y no menciono las jornadas de deporte a las cuales me entregaba como un escultor a su bloque de mármol; en medio de aparatos de hierro, sangre que late viva en las arterias y sudor que emana del cansancio, porque sería absurdo contarlas. Esas tardes diarias estaban llenas de soledad sonora; no estaban preñadas ni de deseo ni de melancolía; todo lo contrario: estaban teñidas de desesperación, loca ansiedad; castigo, olvido y obligación… Durante horas buscaba no pensar y ese ejercicio cruel lo llenaba todo; el dolor de los miembros acallaba un dolor más profundo y me acercaba quizá a aquello que deseaba en verdad ser… No cuentan esas mañanas en la piscina, donde me encontraba con ese instinto del que secretamente huía; las sesiones de sauna, donde cada hombre se revelaba en lo que era y mis ojos espiaban a hurtadillas; esas noches solitarias en las que, arrebatado por una imagen vista al atardecer, soñaba mirando las estrellas con ese tacto, con esos ojos, con esos labios plegados jurándome quererme más que nadie…

   Sé lo que es sufrir por la sinrazón. He sido un marginal. Soy un marginado. Ahora os lo digo. Sin orgullo, aunque lo posea. Sin deseos de revancha. Aunque sé que la merezco. He luchado contra mí diciéndome todos los improperios, todas las obscenidades con la que nos han bautizado. He vivido por otros el deseo de poseer un deseo ajeno, un cuerpo que es la antítesis del mío. En vano. Nadie ha empleado su fusta con mayor energía, nadie se ha indignado más que yo al descubrirse, nadie se ha ofendido más que yo al convencerse de lo que era… Pero aquí estoy, inmenso, completo y por fin feliz de amar sin miedo; de poseer sin ser absorbido; de ser lo que soy.

   Y a fin de cuentas… ¿Es tan malo? ¿Por qué tanto miedo a ser diferente? ¿Y en qué lo soy? He necesitado más de veinte años para aceptarme, y ha sido el amor quien ha obrado el milagro. Mi amor, ¿sabéis?, que me hace inmenso cada mañana cuando me desea; que me devuelve a la realidad una vez se ha agotado el apetito; que vive conmigo, que me acepta y me recuerda que en realidad siempre he sido un ser que piensa, que estudia y sueña y que es capaz de amar.

   Desde que recuerdo he deseado a los hombres… ¡Cuántas miradas a hurtadillas! ¡Cuántas veces mi propio éxtasis se disfrazaba para engañarme a mí mismo! Y estar tan cerca de esos cuerpos deseados y tan lejos del supremo placer…

   Los oídos me escocían con tantas bromas sin sentido usándonos de ejemplo… ¿No es el mismo deseo, acaso? ¿No somos la misma promiscuidad, el mismo ansia de posesión? ¿No somos igualmente hombres? Cuántas veces me pregunté porqué no podía ser como mis hermanos, como aquellos otros que simulaban vivir una vida más centrada y aceptada. Cien veces me negué a mí mismo y cien veces volví a caer. La iglesia me negaba refugio; mi habitación me recordaba con cada latido mi identidad. Por eso volví mi cara al gimnasio y en él agotaba las horas, quemaba las calorías de mi deseo, y me obsesionaba más y más con la forma humana…

   Esas oportunidades arrancadas al contacto físico, a la cooperación colectiva, intentaba aprovecharlas del mejor modo, bordeando siempre el centro de angustia que roía a mi corazón. Desde que sentí por primera vez esta urgencia, las noches se han diluido en sueños húmedos; en poseer y ser poseído. El cansancio del cuerpo contribuía al sueño pesado y me permitía agotar hasta el fin esos encuentros con la nada, en los que me revelaba como era, viviéndolo en libertad…

   La música, mi mejor aliada. Ella me hacía trascender; expandía mis límites y me hacía olvidar… Olvidar, eterno deseo que nunca conseguía del todo. Estos triunfos pírricos rápidamente eran devorados por los fantasmas de la concupiscencia. Ejercité todas las torturas; sometí mi mente a los agotamientos más extremos; bebí una noche en la que una buscona me metió mano; vomité encima de ella toda mi vergüenza. La pobre retrocedió horrorizada y yo le devolví la mirada asustado, incapaz de sentir nada por aquella mano que se posó, jugando, con mi sexo. Quise pagarle el vestido y el bochorno, pero ella sólo deseaba acostarse conmigo. Se fue a lavar; se cambiaría de vestido. Dejé una propina en la barra del bareto aquel al que jamás he vuelto por temor a encontrarme con ella. Las mujeres no significaban nada en mi vida; ni siquiera la pintura de uñas, la sombra de ojos que intenté usar con los mismos resultados: mi mundo no es el de las mujeres; no soy un hombre que desea ser como ellas. Pero no quería darme cuenta de ello, o me asustaba decirme la verdad.

   Todo era válido: interminables inventarios de obras de arte; estudios interminables; largas novelas desapasionadas. Huía de los poetas; me desilusionaba pensar que Miguel Ángel o Cernuda cojeaban del mismo pie. Yo adoraba esas obras; terminaba en contra de mi voluntad identificándome con esa generación de invertidos, de gais, de homosexuales, que luchaban en la oscuridad, que sobresalían en la verticalidad de una sociedad que en nada se diferenciaba de la nuestra. Sus luchas, sus derrotas, simulaban las mías; vivía por ellos esa especie de libertad que apenas me permitía atisbar.

   Hoy lamento no haberme hecho caso más joven. Hubiera gozado de mi cuerpo, que sé bello; hubiera sido con vosotros más indulgentes. Pero es difícil serlo con los demás cuando no lo somos con nosotros mismos. No es egoísmo, si no todo lo contrario: demasiado amor. Ojalá lleguéis a comprenderme algún día. Mientras tanto, lo único que pretendo es que no me alejéis de vuestra vida. Si os escribo sólo es para justificar ese comportamiento extraño, la aparente sequedad de mi cariño, mi huida repentina de vuestro lado. Y también porque estoy feliz de ser como soy: lo mejor que pudiera haber sido nunca.

   Toda esa lucha interna se derrumbó finalmente el día que conocí a aquel hombre. Tenía mi misma edad, pero había y se había corrido muchas veces. Lo que me unió a él no fue cariño, pues apenas lo conocía, si no lujuria. Por primera vez me dejé arrastrar por esa amante imponente, cuyos pechos sobrepasan las bocas que desean mamarlos. Fue una oleada inmensa; mis afanes me hundieron más en sus aguas. Cuando me lo presentaron sentí calor; el ardor me llegó al sexo y lo inundó y siguió subiendo; se me coloraron las mejillas. Tartamudeé y pestañeé: parecía irreal. Era enjuto pero fuerte; su desnudez se me antojó un regalo del cielo. Brillaba el sudor en aquella piel casi de plata; sus pelos se pegaban a sus muslos; su pecho se desbordaba por la camiseta ajustada… No pude reprimir admirar su cuerpo tan bien hecho; él hizo lo mismo con el mío. Fuera del gimnasio nos fuimos corriendo a su casa. Y me corrí sobre él aquella noche dos o tres veces; lo disfruté y me gozó y rocé un cielo menos brillante pero brutal, lleno con los gemidos del cansancio y del disfrute. Tuve entre mis manos su cabeza, sus brazos como mundos inhóspitos, su pecho lampiño y agridulce. Lo gocé sin amarlo, y fue maravilloso llevarlo por unos momentos en mi interior. Mis sentidos estaban completamente abiertos; no hubo ni un músculo que no viera, ni un jadeo que no oyera; un olor que no oliera; un calor que no sintiera ni un pezón que no palpara. Aquel hombre fue todo en una noche, incluso mi obsesión y mi tristeza. Se quedó dormido, completamente agotado; yo eché en falta su abrazo, pues temblaba de gozo. Y lloré. Por falta de amor. Por él disfrute. Por haberme dado cuenta que era aquello lo que siempre había deseado. Y de miedo por saberme proscrito. Y de pena, por vosotros, pues nadie escoge ser lo que es, o al menos no siempre. Y yo amo demasiado a los hombres como para intentar atajar también a las mujeres.

   No fue el remedio, empero. Todo lo contrario. Cambié de gimnasio. Sabía que acabaría nadando entre esos brazos siempre que lo desease, pues yo estaba sediento y él era una fuente que manaba constantemente; su presencia cercana era un riesgo que no quería sentir. Sin embargo, y a pesar de todos mis esfuerzos, no fue el único con el que caí. La continencia es un ejercicio erróneo. Yo lo ignoraba. No sabía todavía que acaba desbordándose; que la sed es mayor y la saciedad más tardía; cuanto menos le damos a nuestro cuerpo, más desea y menos ahíto se siente.

   Así que toda relación se convirtió para mí en un hecho prohibido. Un ademán de saludo podía significar una invitación lasciva; un abrazo, la mejor manera de explorar el cuerpo deseado; una sonrisa, la expresión más pura de un enamoramiento… Me horrorizó. El lugar en el que pretendía ahogar mis sentidos se reveló como una cueva llena de maravillas. Encontré hombres tan deseosos de mí como yo de ellos; y otros, hartos de todo, buscando un sexo diferente o una aventura más excitante. Huí de todo aquello; huí de mí mismo; intenté aplacar mis deseos; mi cuerpo sufrió lo indecible con la imagen de cada hombre deseado; confieso que nunca antes había llegado a estar en mejor forma. El recuerdo de aquel hombre al que no he vuelto a ver se fue diluyendo en esa atmósfera de represión.

   Apenas si hubo otros encuentros, hitos de una vida teñida de gris, breves y apasionados. Esos escasos seres se escondían detrás de su anonimato o de su precio… Confieso que no me cobraron; jamás pagué. Quizá me veían el alma destrozada en los ojos, o mi cara les gustaba, no lo sé. A mí me atraían pos su destrucción, por su disfrute tasado de antemano. Llegué a hacerme amigo de dos de esos seres. Sus conversaciones, sus ganas maquinales de amor, sólo comienzan con el dinero y terminan a la hora, a los treinta minutos, pero conocen bien a los hombres y les gusta el peligro. Por ellos llegué a conocerme mejor antes de abandonarlo todo.

   Ese fue el motivo por el que huí de vuestro lado. Me sentía sucio de alguna manera, por lo demás fútil. Estaba cansado de las preguntas constantes con doble sentido, de las frases hipócritas y las miradas inquisidoras. Y también porque pensaba que, si ponía tierra por medio de forma física, conseguiría lo mismo con las fronteras de mi interior.

   Llevo dos años aquí. Y he cambiado. Este lugar no es mejor que el que dejé, pero en él me he encontrado y le doy gracias por ello. Nueva York puede ser un caos (lo es ciertamente), pero también un caleidoscopio de oportunidades, de eventos que se suceden y nos permiten cambiar. Estados Unidos es un mundo completamente diferente del nuestro, y tan distinto. Mucho os diría de este país que hoy es el faro del mundo. Sin embargo le estoy agradecido. Me ha ofrecido la oportunidad de evolucionar sin ser apenas molestado, y me ha regalado el amor.

   Una vez viviendo solo pude dejar de justificarme. Y no es que me estorbárais, nada de eso. Necesitaba sentirme alejado de cualquier análisis, exento de cualquier anhelo externo que no fuese el mío propio. En esta ciudad me entregué a la búsqueda de mi sentido. Desatados todos los lazos y los compromisos por vosotros, abandoné la huida y me dispuse a encontrarme con el máximo de sensatez. Me hallé relacionándome con gentes variopintas; acudí a fiestas; me permitía pequeños placeres que eran seguidos de noches descansadas y serenas; ya no me despertaba henchido de sudor y falto de sexo.

   Acudí a teatros, a cafés y a restaurantes solo o acompañado, sin mentiras y sin más ventajas que las que me daba a mí mismo. Dejé el gimnasio al que iba y decidí ejercitarme en mi piso. El ejercicio se ha convertido paulatinamente en una fuente de placer más que en una penitencia, y las maravillas que hace a mi cuerpo justifican por sí mismas el dolor breve de cada ejecución y cada peso levantado. El grupo de apoyo a enfermos de sida, mi empleo en el consulado español con el que estoy encantado y mis alumnos de español en una escuela de idiomas han logrado ese equilibrio difícil de encontrar en cualquier vida y en cualquier sexo. Y el amor.

   Ralph ha logrado sanar mis heridas. Mi orgullo desgarrado, el dolor de ser yo mismo. Lo conocí en la academia, donde él da clases de inglés. Nos sonreímos; nos gustamos; nos abrazamos. Desde la primera noche que pasé a su lado supe que era la persona que siempre había esperado. Esa persona que ha nacido para complementarnos, para hacer nuestra vida más picante y más suave, que siempre está ahí. Ese ser cuya importancia para la vida es superior al sexo, a la carne. Hubiese sido igual de feliz si fuese mujer, pues lo más importante es que esté a mi lado… Pero es un hombre de voz grave, calvo y fuerte, con el pecho lleno de vello y las manos más dulce que haya podido imaginar jamás. Gracias a Dios.

   Él lo es todo para mi vida. Hoy se ha mudado a mi piso. Desde ahora será nuestro piso. Vino con sus maletas, su pecera de media pared y su juego de mancuernas. Supe que quería vivir conmigo el día que lanzó por la ventana las llaves de su apartamento. Me dijo que me había hallado por fin y que ya no le hacían falta… Un gesto hermoso sin duda, aunque tardásemos dos días enteros en encontrarlas de nuevo.

   Jamás pensé que llegaría a sentirme tan bien. No necesito desfilar en un día de orgullo para saberme feliz siendo lo que soy. Pero comprendo su importancia y el objetivo de su lucha. Me uno a ella de forma tácita. Sé lo que es vivir en la oscuridad; sé lo que se siente; las batallas internas; el suicidio diario al que podemos llegar a someter nuestra propia vida.

   Soy capaz de aceptar mi condición, que en nada se diferencia de la vuestra. Si me corto sangro; si me hacen daño, lloro. He dejado de sentirme culpable. Puedo apreciar sin remordimientos las grandes obras de los grandes hombres que han amado a otros hombres, y hasta he investigado numerosas hipótesis sobre el origen de nuestra cualidad, quedándome, claro está, con las más románticas de todas…, pues amo.

   ¡Amo, por fin!

   Me gustaría que estuvieseis tan orgullosos como yo lo estoy de mí. Aún queda mucho por hacer. Como Ralph ha descubierto, estoy virgen de caricias y de experiencias; estoy sediento de amor y dispuesto a entregarlo todo. Los días han dejado de ser una pesadilla. Mi cuerpo es un puro gozo al encontrarse con el suyo; no hay un área que no haya explorado, ningún rincón cuyos besos no hayan inundado. La sensualidad se ha aliado con el amor y viajo feliz por el cielo estrellado, porque ya no me siento culpable.

   Ojalá pudieseis verme esta mañana. Ha sido tan inmenso nuestro encuentro, que de pura exaltación he estado escribiendo toda la noche. Ralph duerme, castaña presencia norteamericana. Quién me lo iba a decir… Sus brazos interminables, su pecho peludo, su cabeza pulida, las almohadas revueltas sobre unas sábanas cansadas… Ojalá pudieseis sentir lo que me llena, lo que me extasía… Los ojos de mi amante se abren poco a poco y me sonríen… ¿No es esto felicidad?

(1995)

Fotografías de Valero Rioja y  Pedro Melo.

Ni una palabra más/ No more words.

Arte/ Art, Literatura/Literature

 

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El baile de las lagartijas: cartesiana tristeza/ The dance of lizards: cartesian sadness.

Arte/ Art, Literatura/Literature

   El baile de las lagartijas, primera y ya premiada novela de David de Juan Marcos, es un relato congruente, límpido, abundante, llevado con mano firme por este joven poeta que ama el lenguaje y que se frena, se frena mucho, para que su vena lírica no empañe demasiado un relato que pretende seco, directo y poco amable.

   David de Juan se introduce en el Realismo Mágico con una historia castellana cuyo imaginario bebe más de Delibes que de García Márquez, por proponer comparaciones que este autor potente ni merece ni necesita. Su lirismo, tallado en piedra y en tierra seca, está exento de barroquismo (como por ejemplo el mío, que embadurna con palabras sobrantes todo lo que toca) pero no de profundidad, y la riqueza de su lenguaje melódico (que no melodioso) está escondido en las acciones, se despliega en las descripciones y se encierra en las intenciones de sus personajes, de los que, por lo demás, no nos guarda ninguna sorpresa pero que nos sorprenden por variados, multicolores, todos dependientes en su aparente diversidad, y que despliegan, con un oficio encomiable y nada sencillo, muchos aspectos escondidos del alma humana, los más tiernos a veces pero desde luego los más terrenales al completo, diseccionados con un escalpelo afilado y casi aséptico y que nos sirven de espejo, demasiado verídico como la pintura realista, y de moraleja.

   El baile de las lagartijas es una novela múltiple, pues está llena de tantas historias como personajes. No hay ninguno del que sobren trazos, y goza de esa clarividente capacidad de reflejar lo real sin desnudarlo de lo bello, a pesar de que la magia de su relato se deshace en ese realismo reseco como al tierra en la que se desarrolla la historia: no nos podemos imaginar estos personajes, esta forma de vida (que sin embargo es idéntica en todos los pueblos del mundo, pero idéntica sin dobleces, de ahí lo universal que esconde este relato), fuera de la meseta castellana donde se lleva a cabo. Por eso empleo como símil a Miguel Delibes más que a García Marquez, del que sin embargo es deudor el autor en muchas cosas y de ninguna en particular.

   Este concepto de lo castellano es más importante de lo que se puede percibir. Así como cada nueva lectura sacará de su escondite muchas facetas que se han pasado por alto (sí, esta historia tiene un poco de muñeca rusa), si hay algo que está por encima de todo es el pueblo, la ubicación geográfica, que aliena caracteres, que subyuga sueños y deshace futuros con ese ánimo recio que solemos apelar e identificar con Castilla. Nada lo diferencia del llano venezolano de Rómulo Gallegos, ni de la selvática rudeza de García Márquez o Isabel Allende, pero lo limita todo. Tanto así lo define, que desde el principio al fin sabemos y sentimos que El baile de las lagartijas nos dejará un sabor agridulce, una tierna sonrisa debajo de un volcán de desazón. Y es aquí donde yo veo que el Realismo Mágico de David de Juan se aleja diametralmente de sus egregios antecesores. El lirismo y la llaneza son los mismos; pero la exuberancia, la belleza y el romanticismo de aquellos relatos no se encuentran en sus páginas, porque el paisaje, la rudeza, la amarga tristeza que destila El baile de las lagartijas se lo impide.

   Y es aquí en donde yo encuentro el corazón del relato: es una historia nostálgica y triste. Nostalgia de lo que tuvimos y perdimos, de lo que aspiramos tener y nunca alcanzamos y de lo que nos impide soñar y aún así nos compele a ello. Y tristeza palpable, segura, real. Y tan real, que su lirismo sólo nos produce dolor, porque no se esconde, no se ofrece con suavidad; todo lo contrario: como Velázquez o Ribera o Goya, nada hay en El baile de las lagartijas que nos disfrace la realidad interior de cada uno de sus personajes; no hay simbolismos ni juego de metáforas. Con cartesiana disciplina David de Juan dibuja, disecciona y nos retrata personajes que somos nosotros mismos sin adornos y casi sin querencias; con impecable justicia da carne a cada uno de los personajes que pueblan su historia y los arroja a vivir sus propias vidas, sus únicos destinos, sin darles un ápice de respiro, sin dejarles pensar a veces, apabullados por ese instinto natural y por ese sino inexorable e irracional que llamamos Vida.

   No: David de Juan no es el nuevo García Márquez, no es el nuevo Isabel Allende. Es demasiado joven para ello, pero sobre todo es demasiado él mismo para ser alguien más, gracias a Dios. Pero no lo es más que todo, o por sobre todo, porque es español: su lirismo es seco y directo, es profundo y desnudo, es rítmico pero no melodioso; es europeo y no americano; es cartesiano y newtoniano, no cuántico; triste y nostálgico mas no melancólico, y es castellano.

   Y prometedor.

¿Quiénes como nosotros?/ Whom like Us?

Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

XCV

Quiénes se amaron como nosotros? Busquemos

las antiguas cenizas del corazón quemado

y allí que caigan uno por uno nuestros besos

hasta que resucite la flor deshabitada.

Amemos el amor que consumió su fruto

y descendió a la tierra con rostro y poderío:

tú y yo somos la luz que continúa,

su inquebrantable espiga delicada.

Al amor sepultado por tanto tiempo frío,

por nieve y primavera, por olvido y otoño,

acerquemos la luz de una nueva manzana,

de la frescura abierta por una nueva herida,

como el amor antiguo que camina en silencio

por una eternidad de bocas enterradas.

Pablo Neruda, Cien sonetos de amor.

Poesía en japonés/ Japanese Poetry.

Arte/ Art, Literatura/Literature

Las nubes

parecen olas.

¡Quiero ver a un pescador

para preguntarle y saber

dónde está el mar!

*

Por un olvido,

pesando que aún existe,

se pregunta dónde está

aquel que ya no está.

¡Qué tristeza!

(Tsurayuki, Tosa Nikki, ‘Diario de Tosa’, 935 DC)

***

«Iroha»

Aunque la hermosura brilla,

se pierde. Así,

en este mundo en el que vivimos,

¿quién, pues, permanecerá eternamente?

Tras cruzar hoy

los profundos montes de lo pasajero,

no volveré a tener sueños frívolos

ni me embriagaré nunca más.

(Dayshi ,774-834)

***

Sobre una fría estera,

esta noche de blanca helada

en que canta el grillo,

bajo las ropas

que sólo cubren la mitad de mi lecho,

¿debo dormir solitario?

(Go-Kyôgoku, S. XII)

***

¡Si pudiera ser para siempre!

Pero no conozco sus intenciones…

Y esta mañana, mis pensamientos

bullen en desorden

como mi negra cabellera.

(Horikawa, S. XI)

***

A la llanura del océano

he salido a remar,

y al mirar las blancas olas del piélago,

las tomo por el eterno

viaje de las nubes.

(Fujiwara no Tadamitchi , 1096-1164)

***

¡Por un brazo como almohada,

sólo para el sueño

de una noche de primavera,

sería una pena que mi nombre

estuviera en boca de todos!

(Suwo, 1046-1068)

***

Desde que me acuesto solitaria,

sollozando,

hasta que despunta el día,

cuán larga es la noche,

¿acaso tú lo sabes?

(La madre de  Mitchitsuna, S.X)

Un caso (como el mío)/ A case of you.

Literatura/Literature

Caso (1890)

A un cruzado caballero,

garrido y noble garzón,

en el palenque guerrero

le clavaron un acero

tan cerca del corazón,

que el físico al contemplarle,

tras verle y examinarle,

dijo: «Quedará sin vida

si se pretende sacarle

el venablo de la herida.»

Por el dolor congojado,

triste, débil, desangrado,

después que tanto sufrió

con el acero clavado

el caballero murió.

Pues el físico decía

que en el dicho caso, quien

una herida tal tenía

con el venablo moría,

sin el venablo también.

¿No comprendes, sin razón,

la historia que te he contado,

la del garrido garzón

con el acero clavado

muy cerca del corazón?

Pues el caso es verdadero;

yo soy el herido, malhaya,

y tu amor es el acero:

¡si me lo quitas, me muero;

si me lo dejas, me mata!

Rubén Darío, El Canto Errante.