Hasta luego, señor García Márquez.

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Gabriel_Garcia_Marquez

   Pocas veces tenemos la oportunidad de convivir día a día con grandes maestros de las Artes.

   En nuestro presente hay muy pocos; devorados por las ventas y lo efímero, están escondidos del ojo público, y por ende, lejos de ser disfrutados por aquellos que de seguro serían más felices con sus obras.

   El Arte late aún en el siglo XX. Y poco a poco, como una vela consumiéndose, va llegando a su fin.

   Que Gabriel García Márquez fue un revolucionario, el pionero, el primer escribidor que se atrevió con las letras (gracias al bagaje de otros grandes, más formales, como Rómulo Gallegos) lo que en el arte pictórico, escultórico y musical ya se había aceptado como normal: la frondosidad, la poesía, la abundancia, la imaginación que desborda Latinoamérica son el ritmo que aviva el mundo artístico mundial, no lo duda nadie. Desde la loca imaginación de sus cuentos, hasta el universo onírico, pero muy real, de sus novelas más laureadas, su talento brilla y se alza eterno desde Los Andes hasta los Himalayas.

   Como ya referí en una entrada muy anterior de este blog, para mí Gabriel García Márquez significó la pasión, el batir de alas, la revolución del amor, la posibilidad de vivir en la Literatura como si fuese el centro de mi propio corazón.

   Ya era premio Nobel, ya era Gabo para muchos; estaba embebido en el Comunismo, con el desafuero equivocado de la pasión latinoamericana, que todo lo lleva al extremo; Crónica de una muerte anunciada había sido editada hacía poco cuando, muy pequeño en el colegio, sobre los nueve años, (conté la historia de haber empezado en las letras a una edad muy temprana hace mucho) ya leíamos su producción. Sin embargo, yo guardaba un secreto en esa clase que nos obligaba a analizar esa novelita potente sobre la violencia y el sentir revolcado de la Latinoamérica profunda: había devorado ya todos sus cuentos, y latía todavía en mí (aún lo hace hoy) el relato: El rastro de tu sangre en la nieve, con una emoción que me hacía temblar y la impresión de un descubrimiento que nos devora y nos cambia los sentires para siempre.

   Eso era para mí García Márquez: revolución apasionada y la noción de que el amor todo lo puede, desde flotar sobre la luna hasta esperar el fin del mundo por conseguir la felicidad que  se nos niega de continuo. Él era Literatura para mí, como otros antes y después, pero hacía que lo cotidiano fuese mágico y que las tortuosas conclusiones a las que nos aboca la vida al vivirla se mostrasen amigables, comprensibles y aceptables.

   En medio del fragor de la selva, del fulgor de una prosa verborréica pero siempre precisa, la sabiduría de un gran escritor se esconde y refulge, en mágica redundancia. Macondo y sus líos de Buendías en Cien años de soledad, guarda en su interior el mismo nudo secreto que se muestra en Crónica de una muerte anunciada, y el mismo amor inmortal, la misma pasión icónica y el romanticismo más exacerbado (pero llevados a un grado de maestría sin igual que no alcanzaría ya jamás) en El amor en los tiempos del cólera. Eso es Escribir. Eso es Literatura en toda su pureza.

   Gabriel García Márquez me abrió las puertas, a los quince años, a la creencia de que todo era posible. Me permitió, a través de esa obra maestra que es El amor en los tiempos del cólera, comprender y disfrutar del pensamiento europeo, más intelectual pero menos apasionado, no aséptico pero casi, bajo cuyo foco se han escrito páginas y páginas de sabiduría, sentimientos, sentido y secretos humanos y que han configurado mi yo más creativo, mi pensar más auténtico. Él hizo que floreciera en mí la botánica amazónica, hizo que se grabase en mi interior el ritmo de las olas del Mar Caribe, hizo que los amaneceres rápidos y la luna de plata flotasen para siempre en el río de mis recuerdos.

   ¿Qué es lo bueno del Arte? Que siempre está vivo. Que siempre es primavera. Cada vez que abrimos las tapas de un libro, oímos una canción o vemos una fotografía o un retrato, la magia revive. Hasta siempre, señor García Márquez. Nos veremos, cuando queramos, en cada página escrita y en cada sentimiento reflejado en ellas. Y con placer.

   Muchas gracias por todo.

El baile de las lagartijas: cartesiana tristeza/ The dance of lizards: cartesian sadness.

Arte/ Art, Literatura/Literature

   El baile de las lagartijas, primera y ya premiada novela de David de Juan Marcos, es un relato congruente, límpido, abundante, llevado con mano firme por este joven poeta que ama el lenguaje y que se frena, se frena mucho, para que su vena lírica no empañe demasiado un relato que pretende seco, directo y poco amable.

   David de Juan se introduce en el Realismo Mágico con una historia castellana cuyo imaginario bebe más de Delibes que de García Márquez, por proponer comparaciones que este autor potente ni merece ni necesita. Su lirismo, tallado en piedra y en tierra seca, está exento de barroquismo (como por ejemplo el mío, que embadurna con palabras sobrantes todo lo que toca) pero no de profundidad, y la riqueza de su lenguaje melódico (que no melodioso) está escondido en las acciones, se despliega en las descripciones y se encierra en las intenciones de sus personajes, de los que, por lo demás, no nos guarda ninguna sorpresa pero que nos sorprenden por variados, multicolores, todos dependientes en su aparente diversidad, y que despliegan, con un oficio encomiable y nada sencillo, muchos aspectos escondidos del alma humana, los más tiernos a veces pero desde luego los más terrenales al completo, diseccionados con un escalpelo afilado y casi aséptico y que nos sirven de espejo, demasiado verídico como la pintura realista, y de moraleja.

   El baile de las lagartijas es una novela múltiple, pues está llena de tantas historias como personajes. No hay ninguno del que sobren trazos, y goza de esa clarividente capacidad de reflejar lo real sin desnudarlo de lo bello, a pesar de que la magia de su relato se deshace en ese realismo reseco como al tierra en la que se desarrolla la historia: no nos podemos imaginar estos personajes, esta forma de vida (que sin embargo es idéntica en todos los pueblos del mundo, pero idéntica sin dobleces, de ahí lo universal que esconde este relato), fuera de la meseta castellana donde se lleva a cabo. Por eso empleo como símil a Miguel Delibes más que a García Marquez, del que sin embargo es deudor el autor en muchas cosas y de ninguna en particular.

   Este concepto de lo castellano es más importante de lo que se puede percibir. Así como cada nueva lectura sacará de su escondite muchas facetas que se han pasado por alto (sí, esta historia tiene un poco de muñeca rusa), si hay algo que está por encima de todo es el pueblo, la ubicación geográfica, que aliena caracteres, que subyuga sueños y deshace futuros con ese ánimo recio que solemos apelar e identificar con Castilla. Nada lo diferencia del llano venezolano de Rómulo Gallegos, ni de la selvática rudeza de García Márquez o Isabel Allende, pero lo limita todo. Tanto así lo define, que desde el principio al fin sabemos y sentimos que El baile de las lagartijas nos dejará un sabor agridulce, una tierna sonrisa debajo de un volcán de desazón. Y es aquí donde yo veo que el Realismo Mágico de David de Juan se aleja diametralmente de sus egregios antecesores. El lirismo y la llaneza son los mismos; pero la exuberancia, la belleza y el romanticismo de aquellos relatos no se encuentran en sus páginas, porque el paisaje, la rudeza, la amarga tristeza que destila El baile de las lagartijas se lo impide.

   Y es aquí en donde yo encuentro el corazón del relato: es una historia nostálgica y triste. Nostalgia de lo que tuvimos y perdimos, de lo que aspiramos tener y nunca alcanzamos y de lo que nos impide soñar y aún así nos compele a ello. Y tristeza palpable, segura, real. Y tan real, que su lirismo sólo nos produce dolor, porque no se esconde, no se ofrece con suavidad; todo lo contrario: como Velázquez o Ribera o Goya, nada hay en El baile de las lagartijas que nos disfrace la realidad interior de cada uno de sus personajes; no hay simbolismos ni juego de metáforas. Con cartesiana disciplina David de Juan dibuja, disecciona y nos retrata personajes que somos nosotros mismos sin adornos y casi sin querencias; con impecable justicia da carne a cada uno de los personajes que pueblan su historia y los arroja a vivir sus propias vidas, sus únicos destinos, sin darles un ápice de respiro, sin dejarles pensar a veces, apabullados por ese instinto natural y por ese sino inexorable e irracional que llamamos Vida.

   No: David de Juan no es el nuevo García Márquez, no es el nuevo Isabel Allende. Es demasiado joven para ello, pero sobre todo es demasiado él mismo para ser alguien más, gracias a Dios. Pero no lo es más que todo, o por sobre todo, porque es español: su lirismo es seco y directo, es profundo y desnudo, es rítmico pero no melodioso; es europeo y no americano; es cartesiano y newtoniano, no cuántico; triste y nostálgico mas no melancólico, y es castellano.

   Y prometedor.