Vidas separadas/ Separate Lives.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Estaba atribulado. Iba de aquí para allá, arreglando esto, deshaciendo aquello.

No es que me sintiese solo, ni especialmente melancólico. Estaba agitado, sí, interiormente molesto. Por doquier me rodeaba la soledad de la noche, aún fría y desnuda de estrellas. No se veía la luna, escondida en algún rabo de nube. No había nadie más conmigo, ni la televisión estaba encendida para hacer ruido, ni había puesto música; ni un libro ni unos versos que calmasen un corazón agitado y algo atolondrado, dueño de un dolor que no tenía forma ni nombre, que crece callado y estalla en la garganta a veces en forma de grito y otras de silencio.

Sonó el teléfono. Era tarde. Habitualmente la hora en que Piernas de Alambre solía llamarme: escondido en la bruma nocturna, con esa voz de terciopelo y arena, que deshacía mis intenciones y exhultaba mi locura hasta hacerme gemir de felicidad a veces, a veces de desesperación,y otras de sosiego y calma.

Hacía mucho tiempo que no pensaba en Piernas de Alambre. La última vez que nos vimos, se despidió hasta mañana y ni una palabra desde aquella tarde, oscura y nublada, de llovizna tardía y triste. Ni una respuesta a los cientos de mensajes, ni una llamada de vuelta. Hasta esa noche.

Oír aquella voz fue una sorpresa. No la esperaba. Durante unos segundos no supe qué hacer. Me tembló el teléfono en la mano y me tembló el corazón. Temí que no me saliese la voz, y apenas un susurro se escapó de mis labios. El factor sorpresa, la oscuridad, la nervisoidad que tenía. No lo sé. Pero fue oír aquella voz y sentir de repente todo lo que en aquellos años había acumulado, todo lo que el dolor, el orgullo herido, la desazón y el amor derramado habían encerrado en mi corazón.

Casi fue como la primera vez que la oí. Aterciopelada y nítida, acompañada de una belleza que enmudecía, y de unos ojos de miel y desierto atractivos, chispeantes y atrevidos. Me sonreía con aquella boca de fresa y ladeaba la cabeza como si tal cosa.

Casi como la primera vez. Sólo que era la primera vez después de tres años de silencio.

¿Tres años?

No me había dado cuenta… No había llevado el paso de los años. Para mí había sido un conjunto informe de tiempo, de momentos en los que ya no estábamos juntos, de situaciones y pensamientos que ya no compartíamos. Sin embargo, parecía estar en lo cierto: enero de 2008… Claro, sí, tres años ya…

Durante unos segundos, me temblaron las piernas y tuve que sentarme. Sin embargo sé que mi voz, una vez salvado el primer escollo, salía prístina de mi garganta, y se vestía de una indiferencia teñida de orgullo y de un cierto desdén mezclado con engaño y abandono. La noche cambió, haciéndose más oscura, más densa, más noche, desnuda de estrellas como desnudo estaría su cuerpo, pegado a las sábanas lleno de calor. Qué imagen…

Menos mal que no podía verme…

Intenté recuperar las fuerzas y aunarlas con los latidos de mi corazón. Aquella situación me había tomado tan de sorpresa… Odio lo inesperado. Mi capacidad de reacción disminuye, mi concentración se anula. Y aquella voz…

Y sin embargo, allí estábamos, Piernas de Alambre y yo, uno hablando como si fuera ayer y el otro resumiendo en su voz todo lo que aquel tiempo, aquellos tres años, habían significado, habían sido y perdido. En fin…

Había oído de todo: que tenía pareja, que había sido padre, que su belleza permanecía intacta desde aquel día. Qué se yo…

Me preguntó de todo: el trabajo, los amigos, el amor…

¿Hay alguien nuevo?

Como si pudiera haberlo. Como si le importase. Aquella voz, ansiosa, quería saber si había rehecho mi vida; si había construido algo firme con ella. Piernas de Alambre…

He conocido gente estupenda; aquí y allí alguien que vale la pena, quién sabe…

Y me contó que tenía pareja, que tenía una niña maravillosa que se le parecía; que se acordaba de mí aunque no lo demostrase; que me guardaba muy cerca del corazón. Que me imaginaba con una vida placentera, quizá como la suya, quizá algo mejor; el amor rodeado de un parque verde, con un coche nuevo en la acera, y la sonrisa eterna esperando en las sombras de un lecho apenas rehecho…

Me puse de pie. Quizá aquel había sido un sueño que ahora estaba perdido en un limbo muy lejano a mí. Ya no era así, si alguna vez lo había sido. Su huida había significado demasiado dolor para mí, me dejó sujeto a una incomprensión que no quería ahora aclararme, como si no hubiese existido… Y me dejó sumido en un mar de preguntas, en un sin fin de dudas que nunca han conseguido respuestas…. Quizá yo no era lo que había pensado, tal vez había conocido un juego nuevo, unas esperanzas por descubrir. Qué se yo…

Pero yo ya no era lo que había sido tres años antes, y Piernas de Alambre era responsable más que directo de aquella revolución, de aquella soledad sonora, de aquel cambio.

Mi voz se tornó fría, hueca. Descubrí que no quería saber de su vida, que no me interesaba conocer los detalles nimios de su existencia repleta de cotidianidad, de largos días iguales sin compromiso ni fin. Durante unos minutos, en los que disertó sobre el presente, el desempleo y los sueldos, supe que no quería oír aquella voz que aún me enloquecía; no deseaba sentir cerca el sabor de sus labios ni el tacto de aquella piel que sí, aún amaba.

No le dije nada. Pero dejé que mi voz reflejase todo lo que estaba despertando en mi interior. ¿Orgullo? Sí. ¿Dolor? Mucho. ¿Soledad? Sin parangón. Pero Piernas de Alambre había perdido ese lazo único que nos mantenía unidos, esa confianza eterna que no sólo une a los cuerpos, sino los destinos y las almas. Lo había cortado de un navajazo aquella tarde, tres años atrás, y ya no había forma de enmedar aquel hecho.

Y me di cuenta que yo no quería arreglarlo tampoco.

En tres años, su lejanía, su silencio, habían construido un muro alrededor de mi corazón; nos lanzaron por caminos diferentes, sin puntos de conexión, sin afinidades, sin salidas. En tres años su desdén sembró en mi corazón amargura y soledad y cierta incertidumbre y mucho desamor. En tres años hizo que trazásemos, queriéndome lejos de sí, los planos de unas vidas separadas.

Quedaremos alguna vez, ¿verdad? Me acerco y nos vemos…

Silencio…

No tenía derecho a llamarme. No tenía derecho a saber de mi vida, puesto que la había destruido sin importarle mi dolor o sus consecuencias. Y ahora intentaba acercarse de nuevo, tender puentes, encontrar en el pasado esos puntos de unión que nos habían acercado tanto, hasta la intimidad.

La noche pasaba lenta. Oscura, impasible, imposible. No había ese pasado. No quería que lo hubiese. Me di cuenta que no lo quería ni en mi presente, a pesar de seguir amándole casi como el primer día, a pesar de la ausencia de poesía, de guías o de certidumbres en mi vida. A pesar de seguir queriéndole como el primer día, me había acostumbrado a su ausencia, a su vacío libre de compromiso, a su lejanía callada y a su egoísmo. Y yo ya no tenía espacio en mi vida para su vida, para su realidad.

Quizá alguna vez tropecemos en la calle, nos veamos a los ojos, y, tras unas sonrisas, podamos retomar una historia perdida y reencontrada. Pero ahora no. Ahora, en estas vidas separadas, su voz de terciopelo y arena, su cuerpo de planeta inhabitado, cubierto de una piel tan cálida y suave, y aquella mirada de miel y desierto, no tienen cabida en mi vida, han perdido toda influencia, han matado toda esperanza en el porvenir…Quizá mañana, con el tiempo, si nos encontramos de nuevo, casi sin querer, en el futuro…

Pero por ahora no.

Vidas separadas, como lo quisiste un día sin decirlo, Piernas de Alambre, como tuve que adivinarlo entre el dolor, la incomprensión y la soledad.

La noche siguió su curso, llena de vacío oscuro, callada y sugerente. Colgué el teléfono. Me senté en el sillón. Resoplé. Y callé durante tiempo, mucho tiempo, rodeado de su ausencia, de mi frialdad, y mis pesares.Ya no sentía desazón, ya no temía a nada.

Y llegó el amanecer cálido y discreto; el alba de unas vidas ahora ya completamente separadas.

Y me fui a dormir.

Escala de grises/ Shadows in Grey.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

El otro día, faltando apenas quince minutos para terminar una guardia mala como pocas, me llamaron para una consulta en la zona reservada para críticos en Urgencias. Confieso que tenía tantas ganas de bajar como arrancarme las uñas una a una sin anestesia, pero, aparte de obligación, el médico que requería mi opinión es bastante mejor que yo en todos los sentidos y es de fiar, muy mucho. Si él tiene dudas, no quiero pensar los demás, entre los que me cuento, claro.

Cuando llegué allí, un abuelito comatoso estaba debatiéndose ya sin fuerzas entre seguir con vida o entregarse sin remedio al Destino. Un fumador de largo recorrido llegaba a su fin intentando buscar el aire como hacen los peces fuera del agua; una imagen que sigue persiguiendo mis sueños. Menos mal que la Medicina tiene un arma muy antigua pero extremadamente útil a mano, y las nuevas tecnologías de ventilación nos permiten ganar un poco de terreno a una insuficiencia tan vital del que depende el aire que respiramos.

Por supuesto, el paciente ya llevaba bajo tratamiento cerca de un día entero, con poco éxito, he de añadir. La imagen de aquel abuelito, casi nada, pequeño y delgado, con aquella máquina que no le servía para mucho, no era muy halagüeña. Era por él por el que mi amigo y colega dudaba. Revisando su historia, y según su opinión, no era candidato a ingresar en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), que es donde yo trabajo. Sólo con verlo, estuve de acuerdo con él. Era muy difícil que aquel paciente remontase una situación a todos luces imposible puesto que ya no había mejorado con los tratamientos más avanzados que se podían dar en Urgencias.

El problema parecía residir más en la familia que en el criterio del médico: él me pedía que lo acompañase a hablar con los familiares para ayudar a aclararles lo obvio: que ya nada había qué hacer, sólo intentar que su pasaje a la muerte fuese lo más serena y digna posible, algo en lo que, tanto él como yo, estamos completamente de acuerdo.

Muy bien, cansado como estaba, allá fui. Al final, por otros problemas en Urgencias, yo solo hablé con la familia. Respirando hondo, me acerqué a ellos, me presenté y les expuse el caso. Suelo ser terminante en estos asuntos, aunque cordial. Creo que una explicación clara facilita cualquier malentendido; y suelo estar abierto a preguntas, mas no a proposiciones. Una vez, la hija de un abuelo más que abuelo (se acercaba a los cien años), se empeñaba en ingresarlo en la UCI, algo a lo que todos los médicos nos oponíamos. Pero como yo era el titular de Intensivos, fui el que habló. De entrada, me niego a pelear con cualquiera, y mucho menos con familiares. Una vez explicado el caso a esta señora, claro me quedó que no lo entendía o que no lo quería entender, da lo mismo. Tanto se empeñó que pidió que se ingresara en la otra UCI del complejo, puesto que yo me negaba rotundamente a hacerlo. Saqué mis galones y le expliqué que mi colega haría lo mismo que yo, puesto que ambos como especialistas teníamos estos puntos muy claros. Al final en aquel espinoso asunto reinó la cordura (porque todo el equipo médico formábamos un bloque compacto) y firmé sin que me temblara el pulso la orden de no ingresarlo en UCI. Esta vez no necesité llegar tan lejos.

Lo más razonable en estos casos es hablar claramente de la situación del enfermo, es decir, la nula respuesta a los tratamientos, y dibujar con todo detalle qué es lo que le espera si ingresase en una unidad como la UCI. Soy consciente de la importancia de los familiares, pero no están nunca por encima de mi trabajo, de mi juicio y valoración. Por más argumentos que empleen, no doy mi brazo a torcer… ¿Puedo equivocarme? Si me dieran un euro por cada vez que meto la pata, estaría ahora en una isla del Caribe abanicándome bajo una palmera. Todos lo hacemos.  Pero hay situaciones de una claridad meridiana. Llega un momento en que es necesario parar. Porque si no lo hacemos, podemos lanzar al paciente (y a su familia) a una agonía eterna, pues sólo conseguimos retrasar lo inevitable. Allí donde la sabia Naturaleza decide parar, prefiero secundarla a oponerme a ella, ya que solemos salir perdiendo a todos los niveles: el Enfermo, la Familia y el Estado, con todo el dinero que eso supone (sí, hay que pensar también en eso.) Este caso era similar a muchos otros, así que no temía equivocarme.

La familia entendió rápidamente lo que ingresar al paciente en la UCI significaba: retrasar un final evidente, separarlo de su familia, y una muerte solitaria e (a pesar de todos nuestros cuidados) indigna. Un enfermo que llega moribundo a Urgencias (ya hablaré algún día de lo muy necesario que es que cada enfermo muera en su propio hogar), si no hay nada por lo que luchar, lo más digno y hermoso es que muera rodeado de sus seres queridos, que los oiga despedirse, en esa burbuja protectora que sólo crea el amor, en un lugar tan impersonal como un hospital. Eso es lo que yo entiendo por una muerte digna: una vez apagado el dolor, una vez envuelto en comodidad, ese pasaje tan triste se cumple con rigor y dignidad, como rito que es.

Suelo emplear siempre la misma imagen, muy gráfica y un poco dura, lo reconozco. Pero a veces hay que recurrir al shock para zarandear la conciencia de los pobres familiares que llevan horas sufriendo, con dolor e incomodidad, por su enfermo. A veces pienso que con el tiempo me hago un poco más duro, más rocoso. Puede ser. Pero no lo creo realmente. Lo que sí me hago es más firme en mis convicciones, en mi búsqueda por la excelencia en el trato y en lo mejor para todos: pacientes, familiares y hospital. En este caso surtió el efecto deseado, y cuando llegó mi amigo y colega, el asunto estaba zanjado. Ambos suspiramos y sonreímos, una vez fuera de la mirada inquisidora de los familiares, y volvimos junto al paciente.

Allí estaba el pobre pajarito. Ya en coma, sólo quedaba ayudarlo en la incomodidad, mejorar su trayecto, apoyarlo en su viaje. Le di órdenes a una veterana enfermera, que se había afanado en su cuidado el día anterior, y que volvía a llevarlo. Cumplió su cometido con diligencia, como tenía por costumbre, pero antes de irme, arrastrando mi cansancio ya demasiado evidente para todos, me interpeló el motivo de mi negativa a ingresarlo.

Cuando se lo expliqué, me miró con esa forma única que tiene y me dijo:

– Desde que cambiaste de gafas, parece que todo lo ves diferente.

Entendí la indirecta. Con la reserva de humor que aún me quedaba, le respondí que cada vez veía peor y por eso estaba tan seguro de lo que hacía. Todos reímos ambas ocurrencias y me despedí con la sana intención de no volver más por ahí aquella mañana.

Mientras subía por las escaleras a entregar la guardia, me quedé pensando en su comentario. Cuán diferente somos los profesionales de la Salud. Entiendo que ella se afanase por cuidarlo (y lo hizo maravillosamente) pero no se daba cuenta que nuestro trabajo, para bien o para mal, a veces da unos frutos y, a veces, otros. Y todos son válidos, porque todos están abocados a cuidar de nuestros enfermos, y, al menos para mí, el velar el tránsito a la Muerte es tan importante como mantener brillante la llama de la Vida.

Me hubiese gustado explicarle mi punto de vista sobre la Vida, la bella continuidad que la caracteriza, en la que considero al Nacimiento y a la Muerte meras estaciones de un viaje que va y viene de continuo. Me hubiese gustado hacerle entender que yo apreciaba su trabajo más allá de sus resultados, porque que yo valoro más el trabajo por lo que cuesta que por su mero final… Pero hubiese sido en vano. Hay momentos en los que la insistencia sólo genera rechazo y quizá éste era uno de ellos. Ya estoy acostumbrado a que la incomprensión anide entre nosotros, ocupando su lugar en la rueda de los acontecimientos junto con el enfrentamiento, la guerra, la adulación o el error. Y no me parece mal: en ese tira y afloja, en esa tensión, la chispa por hacer bien nuestro trabajo navega cómoda, y los resultados hablan por sí mismos.

Qué difícil resulta a veces vivir en una escala de grises. Mantener inhibida esa inmediata reacción que tenemos a explicar nuestro punto de vista, a defender nuestras decisiones, a justificar nuestras acciones, puede ser agotador. Pero es necesario en el continuo fluir de las cosas. A veces encontramos puntos de encuentro, a veces sólo choques frontales. No importa. En ese constante juego, la Vida sigue en nosotros y a través de nosotros. Y, ya sólo por eso, las consecuencias de nuestras decisiones y de nuestras acciones viajan con nosotros en cada guardia, en cada paciente, en cada familiar y en nosotros mismos… A veces somos los malos, a veces los héroes… Así es la Vida…, ¿no?

En estos días/ These days.

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone

En estos días he tenido el humor nublado. He andado demasiado tiempo muy callado. He caminado sin rumbo, como un papel arrastrado por el viento, sorteando enfrentamientos con mi yo más íntimo y a veces con el de los demás.

He recorrido tantos caminos en estos días, veredas que había olvidado incluso que existían. Me entregué demasiado al Arte y lo perdí de vista. Me uní demasiado a ti y me perdí.

He aprovechado, en estos días que hizo sol y ese calor suave de comienzo de primavera, para refrescar la cabeza, que no paraba de dar vueltas, sintiendo el fin del mundo a pesar de que nacía a mis pies. He necesitado de esas horas de soledad y silencio para no ahogarme en mis propios gritos. Por ti.

En estos días, he pensado mucho en mí. Me he visto cometer tantos errores inocentes, tantas sumas que se adicionan en el resultado de nuestro final, que no logro reconocerme. En algún punto de nuestra vida en común, me desvié de mi camino; empleé muchas excusas, todas ellas por ti y mi carrera, que desenfoqué de la distancia mi propia vida, borrando a sí mismo las barreas que nos separaban, los límites que nos diferenciaban. Me llené de tanta luz que olvidé el significado de la soledad.

Qué tontería. He estado estos días desgranando el tiempo que ya nunca será y aquel que fue y no volverá. He estado remendando el rosario de palabras dichas, con una o mil intenciones (que ya no importan); he intentado pescar aquellas que me hubiera gustado decirte y en qué momentos; he ido recapitulando mi vida a medida que sacrificaba la nuestra, y he soñado con un porvenir que ya no es posible y con un pasado que no volverá.

En fin, en estos días he estado vagando en las sombras que arroja mi vida intentando hallar de nuevo aquellos motivos que me impulsaban a reír, a ser lo que era, a buscar lo que una vez anhelé.

Se confunden aquellos que piensan que la soledad es callada. Todo lo contrario: es demasiado ruidosa, llena de sonidos huecos que rebotan una y otra vez en nuestros anhelos e impulsa a la mente a dejarse llevar por la melancolía a veces, y a veces también por el deseo.

Pasé todos los estados del dolor sin dejar ninguno pendiente. Perdí el sentido de la orientación y los suspiros; me ahogué en lágrimas cansadas de ser derramadas y me cegué en medio de días iguales que parecían no tener fin. He gritado tu nombre y también lo he susurrado; he dicho que te odiaba y también que te adoraba; he atravesado los pasillos oscuros de la culpa y aquellos otros, menos claros aún, de la duda y del olvido. He bailado contigo todas aquellas canciones que no escogimos, y te he acariciado todas las veces que no quisiste ya más mi amor.

No te culpo: tú y mi Arte lo erais todo. Y yo no tenía peso: ni encima de ti, ni debajo de ti, ni sobre mí o a través de mí. Y eso te cansó y me cansó: a nadie le gusta despertarse todos los días con un ser sin rumbo cuyo único tributo ha sido el de amarte y cuyo único camino ha sido el de seguir tus huellas.

Pero he tenido que detenerme para poder avanzar. En estos días de soledad sonora me he dado cuenta de ello. Al tropezar con cada uno de los rincones que llenamos una y otra vez, esa sensación de vacío y consciente plenitud me llenaba y parecía darme alas. Aunque continúe amándote (sí, lo confieso: yo sí te amo) mi amor aquilatado pesa poco en el mundo porque perdí mi amor propio y mis intereses en la vana falacia de una hoguera común: nadie es capaz de querer a alguien que parece no amarse, o que ha amado a otro demasiado. Si eso fuera posible.

Ya no importa. Ni tu despedida, ni el vacío que has dejado en mi vida, ni mi desesperación, ni mi cobardía.

No hace falta que me recuerdes mis fracasos: esa larga lista la llevo entre pecho y espalda atada al corazón. Incluso sigo carretando este amor como un fardo pesado. Todos han sido un error y lo acepto. Como acepto también el camino que has abierto para mí con tu abandono, puente que se extiende delante de mí sin que yo lo hubiese deseado.

Y ahora debo continuar mi marcha hacia adelante. Sólo caminando seré capaz de despejar la niebla que ciega mis ojos y el vaho frío que aún reviste mi corazón. Y no hablo aquí de olvido, ni de jamás dejar de quererte. En estos días de silencio y soledad, a través de los parques de mi memoria perdida y recobrada, he sido capaz de reconstruir mis pies y mis ansias y, quién sabe, quizá hasta un poco de orgullo, como tú lo llamas, o de sentido común, como lo llamo yo.

Recorriendo caminos reencontrados, en estos días pienso mucho en mi pérdida, en la nuestra, y en el riesgo de un corazón roto y en el amor deshojado y abandonado. Aún me molesta; todavía escuece. Pero sé que pronto pasará. Mi Arte vive a través de mí y no de ti, como llegué a pensar, y mi vida única también.

Así que camino hacia delante pensando en mejorar: mi vida, mi mundo resquebrajado y un corazón que late, late mucho todavía en estos días, por ti.

En algún lugar allá afuera/ Somewhere Out There.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Llevarte en el corazón día a día no se me ha hecho una tarea pesada. Antes bien, todo lo contrario.

Recordarte, con tu sonrisa de ala, ese cabello castaño, esos ojos verdosos, esa nariz prominente, sólo me llena de gozo, de un gozo con poso de melancolía.

Sé que no te gustaría verme así. Tú reías y callabas, y hablabas con esa voz dulce y de timbre alto, tan extraña en alguien tan corpulento, como si toda la energía se hubiese ido al resto del cuerpo y dejase aquella voz al cielo. Tú abarcabas la vida en cada abrazo y así la regalabas, todo generosidad. Y nadie estaba triste a tu lado.

Por eso yo lo estoy. Porque ya no estás aquí.

Y las estrellas allá afuera, en esta noche clara en la que la pálida luna apenas entra por la ventana, brillan titilantes callando respuestas a preguntas que nunca me cansa repetir. Cada noche, a cada hora en la que tu recuerdo me fecunda, intento unir mi corazón al tuyo; cada noche, cuando veo las estrellas, intento que me dibujen un puente hasta ti. Porque, estés donde estés, tu destino brilla en ellas, y yo en ti.

En algún lugar allá afuera sé que te encontraré. Más allá de la melancolía de tu recuerdo, del roce de tus manos sobre mi espalda, del cándido beso de la mañana, del viento apoderándose de nosotros cuando cabalgábamos, estamos tú y yo juntos en mi imaginación, y no hay destino ni muerte que pueda contra eso.

Y sonrío, ya ves, reflejando mi rostro en la ventana. Y veo una expresión entristecida, unos ojos que la belleza nocturna hace parecer aún brillantes, porque tu recuerdo los inunda. Cuántas cosas quedaron inconclusas entre tú y yo…

Y sin embargo…

En algún lugar, allá afuera, sé que estás esperando por mí. Y que tu paciencia es infinita porque está pintada en la noche, porque está bordada de estrellas, ésas que tenderán el puente que consiga llevarme hasta ti.

Melancolía, noche, soledad, una oración, una lágrima, un suspiro, una estrella…

Dibujo una constelación que lleva tu nombre. Y tu sonrisa es un planeta y tu cuerpo toda una galaxia. Sí, llena de mí…

En algún lugar allá afuera, gracias al amor que siempre dura congelado en el corazón, escondido en una esquina de latido, perdido a la mirada pero abierto a los sentidos, encontraremos un modo diferente de vivir, una forma distinta de ser feliz, cuando esta canción de cuna termine, cuando esta espera finalice y sea por fin libre. Libre de volver a ti.

Llevarte en el corazón, con este recuerdo que vale tanto, no me cuesta nada. Hace un año ya… Y yo estoy aún aquí.

Mañana de domingo/ Sunday Morning.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Someone To Believe In. Randy Crawford.

Me despierto amodorrado. Algo entumecido. Siento cada uno de mis músculos sin necesidad de moverlos, elementos pesados que me atan aún a la cama. Suspirando, me estiro lentamente al principio para después participar con todo mi ser en ese acto reflejo y maravilloso, como un gato que ronronea de gusto.

Sonrío. El sol entra tenue por entre las cortinas corridas. Las transparenta y llega a mi piel desnuda. Siento el suave calor de una mañana de domingo. El sol besa mi piel con un candor novicio, de nuevo día recién nacido. Qué gusto es estar aún en cama, bañado por el sol suave de una mañana de domingo, con la despereza lenta y derrochada, con la cabeza apoyada entre almohadas de plumas y el ligero calor de un cuerpo todavía acurrucado en sus propios sueños.

Abro los ojos y la luz lo llena todo. No hiere mis pupilas. Tamizada por la hora y el vuelo de las cortinas, la mañana de domingo entra de puntillas por la ventana, meciendo el cuerpo que despierta algo atrasado con respecto  a la mente, que se ocupa en recordar las mil pequeñas cosas que hicimos juntos la noche anterior, esos momentos imperceptibles y cotidianos de los que sin embargo está hecha la vida.

Sonrío. Qué poco nos hace falta para ser felices. Una felicidad pasajera, lo sé, instantánea y frágil. Pero hermosa. El tacto de las sábanas tibias, la suavidad de un edredón, la calidez de la luz tamizada en las ventanas, un movimiento de desperezo eterno, un recuerdo nebuloso de ayer y un mar de posibilidades en las que dejar de creer para no tener demasiadas expectativas que lamentar.

Me muevo con lentitud. Aún hay tiempo. Siempre hay tiempo. Se hace tarde para desayunar. Pero en una mañana de domingo, siempre hay tiempo para un brunch. ¡Qué norteamericanos nos hemos vuelto! Pero no me disgusta importar ideas agradables. Ellos tienen nuestras tapas, nosotros su brunch, que es una mezcla de ambas, en realidad. Es una de esas situaciones que nos permiten ganar tiempo para la despereza, para el disfrute. Para sentir el calor de la cama, el tibio abrazo de la mañana y la caricia de la luz en el cuerpo desnudo que yace a nuestro lado.

Miro la ventana. El suave viento de esta mañana de domingo entra discreto, sin molestar, como la luz tamizada y las esperanzas; la ventana ha quedado entreabierta. Y sonrío otra vez. Ambos estamos despertando al mundo.

Nos acostumbramos a tener el peso de otro cuerpo a nuestro lado. Del cataclismo de un principio pasamos a la tranquilidad de ese equilibrio que finalmente se descubre en la coreografía de un vals para dos. Compartir el lecho es un ejercicio de instinto, una lucha en la que ambos perdemos y ambos nos amoldamos, compartiendo y deshaciendo espacios, ganando y cediendo terreno hasta encontrar el lugar idóneo en el que nos encontramos para fundirnos en un solo cuerpo, en un solo espacio y en un mismo vacío.

Vuelvo a cerrar los ojos y me estiro de nuevo…Qué gusto… El calorcillo de la mañana, el peso exacto del edredón…¡Oh, qué maravilla….!

Siento que me abraza por detrás. Se ha despertado y se ha girado y lo primero que ha hecho ha sido desperezarse abrazado a mí. Qué dulzura su tacto, qué fresca su piel de mañana, llena de luz tamizada y de suave brisa… Con los ojos cerrados, dejo que su cuerpo se pegue al mío, que adopte mi postura, que encaje perfectamente…

¡Oh! Su piel sedosa, llena de pliegues en los que perderse, todavía suave y nueva para mis labios… Duerme con la desnudez y con la desnudez me abraza y noto su despertar. Hunde su rostro en mi espalda y la llena de besos, esos besos que nadarían sin fin entre mis labios. Yo me dejo hacer… Sus brazos aferran mi pecho y me atraen aún más hacia sí, haciendo que el espacio entre los dos se vacíe de aire y se llene de piel extática y sonrosada, llena de sangre y de cosquillas, que me hacen reír. Yo me dejo hacer…

Me giro envuelto en su abrazo. Y abro los ojos. Y le miro a los ojos. Los ojos de la mañana. Y sonreímos ambos y nos besamos ambos y nos abrazamos ambos, desnudos ambos, protegidos por la luz que desborda la ventana entreabierta. Y buscamos el arrullo y el envite, y la humedad de los labios y las lenguas, bebiendo con la sed inusitada del día anterior. Un abrazo que cambia de brazos, que intercambia calor y algarabías, y unas piernas que aferran la cintura y la invitan a viajar y a quedarse al mismo tiempo, montados ambos en un sube y baja de besos y caricias.

Y su piel resplandece entre mis labios. Y mi piel se abre a su abrazo. Y juntos buscamos un punto de encuentro que es a la vez bienvenida y despedida, y nos regalamos un placer que es a la vez egoísta y generoso, mientras la mañana de domingo entra en nuestra habitación y lo llena todo de luz y de frescura con esa danza de las horas que no pasan habitadas entre dos cuerpos que se conocen una y otra vez para olvidarse luego, en ese encuentro que es siempre un reencuentro, entre las aguas ora mansas, ora embravecidas, del amor.

Y nos llenamos el uno en el otro. Y la luz se cuela entre las rendijas de nuestros cuerpos de orilla. Y nuestras almas se entrelazan como nuestras lenguas, y nuestras pieles se funden en una coreografía única, en la que el bailarín y su pareja son la misma cosa: la música que suena, el viento que todo lo refresca, el ansia que todo lo diluye, el sudor que todo lo lubrica y el placer que todo lo justifica.

Y sonrío. Porque somos tan diferentes y sin embargo nos amamos por igual. Sonrío porque su pasión es toda mía y la mía se desborda para envolvernos por entero. Sonrío porque la belleza de nuestra desnudez desafía y confía en la blancura del nuevo día y se une al baile de la mañana fundiéndose en el tempo de la ternura, en el lento arrullo y en la pasión. Y sonrío porque, cuando todo se aquieta y sólo queda, como único sonido, el jadeo y una respiración entrecortada, ambos seguimos unidos en un abrazo que nos recorre por entero, desde las piernas hasta los labios, desde la cintura hasta el corazón.

– Es un poco tarde para desayunar, ¿no crees?

Le digo.

Me acaricia lento y desafiante. Me revuelve el cabello hecho ya un lío por sus besos y la pasión. Me besa lento y suave en los labios. Y aparta un mechón de pelo que me cae en la frente y me mira a los ojos. No se separa de mí. Sonríe.

– Aún hay tiempo para un brunch, ¿no crees?

El sol asciende poco a poco. El viento sopla manso y besa nuestra desnudez. El invierno se despide lento y da la bienvenida a la primavera. Una mañana de domingo nos espera. Y vuelvo a sonreír.

Qué felicidad.

 

Suave es la noche/ Tender is the night.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

 

Respiras lentamente. Los párpados cerrados, las mejillas delicadas, la boca entreabierta en forma de beso o comunión.

Estás boca arriba. Un discreto sonido emerge de tu garganta dormida. Apenas te mueves, y por debajo de las sábanas se dibuja tu bello cuerpo todo corazón.

Me gusta ver tu piel cuando brilla la luna. Se refleja plateada y se funde hasta tocarte y confundirse contigo. Me gusta tocar tu piel cuando viajas en sueños, cuando abandonas toda lucha de vida, todo instante de pasión y eres más tú que nunca. Cuando la locura cede paso a la ternura, y tus brazos yacen fláccidos por tu cuerpo serpenteante y vivo, y tus piernas hacen un ovillo con las almohadas y el edredón.

Al abrigo de la noche, después de cubrirme con tu cuerpo, consigo alcanzar la paz. Y verte dormir, tan libre y sin esfuerzo, colmados los deseos de día a día, olvidado los esfuerzos inútiles  que no consiguieron fruto, o aquellos que, tras materializarse pronto se abandonan, me tranquiliza. A mí. Y la noche consigue un hechizo aún más poderoso al mantenerme a tu lado, al permitir que llene mis ojos de tu cuerpo y que sienta, sin contacto, cada rincón de piel, cada hálito, cada grito, llenando mis ansias, sofocando mis temores.

Qué suave cae la noche sobre tu piel. Y tu pelo sedoso y esa sombra de barba que apenas se destaca en la oscuridad. Y suave es la carne que te cubre y el sabor de tus labios y los años que pasan sobre nosotros como un sueño. Como un milagro.

Suave es la noche cuando duermes a mi lado. Después de que todo se haya hecho posible. Después del sueño aturdido de la pasión y del cansancio.

Respiras con lentitud. Apenas humedeces esos labios pletóricos de besos. Mueves tu cuerpo de mapamundi y parece que llenas el universo vacío de nuestra cama. Acabas de lado, con tu rostro apoyado en mi hombro. La luna nos baña entonces, persiguiéndote. Y todo brilla como la plata: tu piel y la mía, una sola piel, un mismo cuerpo que se reconoce en la noche, una misma intención y un mismo sueño.

Qué suave es la noche que navega por la ventana. Qué vacío de estrellas. Porque están en nuestra cama. Y la luna llena entra repleta a nuestro encuentro, y su encaje de plata nos envuelve en su océano y nos arrulla, suavemente, en esta singladura hacia el amanecer. En este viaje hacia el alba, cuando vuelvas  a abrir los ojos y me veas sonriendo, con algo de ojeras, y el corazón en la boca deseando más. Y nuestras pieles se unan de nuevo, brillantes y sedosas, dando la bienvenida a un nuevo día.

Pero mientras tanto duerme, duerme, amor mío, con tu desnudez apoyada en un mar de plata y tu rostro sobre mi hombro de seda, y nuestras pieles unidas dándose calor.

Suave es la noche…

Qué felicidad.

Sólo los tontos se enamoran/ Fools Fall in Love.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Fools Fall in Love. Jennifer Holiday.

Caí en tus redes. En esa trampa que quisiste tenderme y que dejaste abandonada mucho antes, olvidándome como objetivo, para ir a picotear a otra parte.

Me enamoré de ti como sólo los tontos lo hacen. Me entregué a esas conversaciones animadas, me quise creer tu insistencia, tus llamadas, tu interés.

Qué maravilla ver reverdecer todo en pleno invierno. En esos pocos días todo me pareció asombroso; hasta mis ojeras dejaron de importarme, pues dormía plácidamente soñando contigo. Qué tontería, digo, soñando contigo.

Pero es cierto. Caí en tu trampa, en mi propia trampa. Me enamoré del amor que podías darme sin darme cuenta que me lo negabas. Me enamoré de ser el único que te amaba, como un chiquillo cuando lo abrazan por primera vez, como el beso estático que damos a veces cuando queremos y no queremos y no sabemos qué más hacer. Cuando salimos corriendo presa de los nervios, mudos del nudo que tenemos en el estómago, reos de nuestras propias ambiciones y sueños, ciegos al porvenir.

Sólo los tontos se enamoran así. Tan repentino, tan inusual. Sólo los tontos se aferran a sueños que debieron morir años atrás; a ilusiones que renacen de sus cenizas aunque no queramos verlas más… ¡Oh, sí! He sido un tonto, un tonto por no oírme, por dejarte entrar en mi vida. Vanidad, asombro, qué sé yo…

Sólo los tontos se ciegan ante el primer suspiro, ante las palabras dulces escanciadas en el rincón de una noche oscura y fría, vacía de estrellas y de ventura. Sólo los tontos engendran mundos paralelos con sólo oír el aviso del móvil, y les tiemblan las manos tecleando respuestas a preguntas inútiles, tejiendo ilusiones como quien viste a una santa, y se sienten arrebatados cuando oyen la voz que los llama y que pretende amarles…

¿Dónde me perdí yo contigo? No lo sé… Pero bajé mi guardia, comiste mis barreras, construiste una nave que llegó al centro de mi corazón y lo tomó por montera, demasiado apasionado, demasiado de prisa para ser cierto y mira tú…

Debí saberlo. Debí sospecharlo. Ya no somos unos niños… Y sin embargo ante tu voz yo lo fui, ante tus sueños yo crecí hacia atrás y me sentí recién estrenado, todo nuevo de nuevo, lleno de ilusiones como de sueños… Construí un castillo de deseos, un planeta de esperanzas sin medir las consecuencias, sin pensar en lo inevitable, en lo voluble de los corazones, en lo vacío de los sentimientos, en el laconismo de un gesto y el atronador sonido del silencio.

Debí saberlo, porque yo también he sido así. Porque todos lo hemos sido alguna vez. Y, aunque he llegado incluso a reírme alguna vez de esos pobres enamorados, ahora también sé que yo puedo serlo, que el cinismo no ha acabado con ese pequeño ser asustadizo, creyente, sediento y necesitado de amor que pensé haber aniquilado tiempo atrás…

Sólo los tontos se enamoran como yo me enamoré de ti. De tus ademanes, de tus ojos oscuros, de esa voz grave y única y esa sonrisa picarona… Sólo los tontos caen una y otra vez en la ilusión de un amor que ama demasiado poco, como para tenerlo en cuenta.

Sí: soy un tonto. Lo reconozco. En esta ciudad en la que nadie me conoce, a la que yo apenas conozco, sentado en esta mesa que era para dos, con una velita de iglesia y unas orquídeas de falsa cera en el centro, jugueteando con los cubiertos, picotenado el pan, haciendo que bebo de una copa que me sabe amarga, esperando por ti. Esperando en vano, porque sé muy dentro de mí que no, hoy no vas a venir.

Ni mañana cogerás el teléfono ni responderás con más de dos palabras a los cientos de correos que te enviaré.

Qué tonto, qué tonto he sido, enamorándome así de ti.

Feliz día de San Valentín para ti también.