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En estos días/ These days.

En estos días he tenido el humor nublado. He andado demasiado tiempo muy callado. He caminado sin rumbo, como un papel arrastrado por el viento, sorteando enfrentamientos con mi yo más íntimo y a veces con el de los demás.

He recorrido tantos caminos en estos días, veredas que había olvidado incluso que existían. Me entregué demasiado al Arte y lo perdí de vista. Me uní demasiado a ti y me perdí.

He aprovechado, en estos días que hizo sol y ese calor suave de comienzo de primavera, para refrescar la cabeza, que no paraba de dar vueltas, sintiendo el fin del mundo a pesar de que nacía a mis pies. He necesitado de esas horas de soledad y silencio para no ahogarme en mis propios gritos. Por ti.

En estos días, he pensado mucho en mí. Me he visto cometer tantos errores inocentes, tantas sumas que se adicionan en el resultado de nuestro final, que no logro reconocerme. En algún punto de nuestra vida en común, me desvié de mi camino; empleé muchas excusas, todas ellas por ti y mi carrera, que desenfoqué de la distancia mi propia vida, borrando a sí mismo las barreas que nos separaban, los límites que nos diferenciaban. Me llené de tanta luz que olvidé el significado de la soledad.

Qué tontería. He estado estos días desgranando el tiempo que ya nunca será y aquel que fue y no volverá. He estado remendando el rosario de palabras dichas, con una o mil intenciones (que ya no importan); he intentado pescar aquellas que me hubiera gustado decirte y en qué momentos; he ido recapitulando mi vida a medida que sacrificaba la nuestra, y he soñado con un porvenir que ya no es posible y con un pasado que no volverá.

En fin, en estos días he estado vagando en las sombras que arroja mi vida intentando hallar de nuevo aquellos motivos que me impulsaban a reír, a ser lo que era, a buscar lo que una vez anhelé.

Se confunden aquellos que piensan que la soledad es callada. Todo lo contrario: es demasiado ruidosa, llena de sonidos huecos que rebotan una y otra vez en nuestros anhelos e impulsa a la mente a dejarse llevar por la melancolía a veces, y a veces también por el deseo.

Pasé todos los estados del dolor sin dejar ninguno pendiente. Perdí el sentido de la orientación y los suspiros; me ahogué en lágrimas cansadas de ser derramadas y me cegué en medio de días iguales que parecían no tener fin. He gritado tu nombre y también lo he susurrado; he dicho que te odiaba y también que te adoraba; he atravesado los pasillos oscuros de la culpa y aquellos otros, menos claros aún, de la duda y del olvido. He bailado contigo todas aquellas canciones que no escogimos, y te he acariciado todas las veces que no quisiste ya más mi amor.

No te culpo: tú y mi Arte lo erais todo. Y yo no tenía peso: ni encima de ti, ni debajo de ti, ni sobre mí o a través de mí. Y eso te cansó y me cansó: a nadie le gusta despertarse todos los días con un ser sin rumbo cuyo único tributo ha sido el de amarte y cuyo único camino ha sido el de seguir tus huellas.

Pero he tenido que detenerme para poder avanzar. En estos días de soledad sonora me he dado cuenta de ello. Al tropezar con cada uno de los rincones que llenamos una y otra vez, esa sensación de vacío y consciente plenitud me llenaba y parecía darme alas. Aunque continúe amándote (sí, lo confieso: yo sí te amo) mi amor aquilatado pesa poco en el mundo porque perdí mi amor propio y mis intereses en la vana falacia de una hoguera común: nadie es capaz de querer a alguien que parece no amarse, o que ha amado a otro demasiado. Si eso fuera posible.

Ya no importa. Ni tu despedida, ni el vacío que has dejado en mi vida, ni mi desesperación, ni mi cobardía.

No hace falta que me recuerdes mis fracasos: esa larga lista la llevo entre pecho y espalda atada al corazón. Incluso sigo carretando este amor como un fardo pesado. Todos han sido un error y lo acepto. Como acepto también el camino que has abierto para mí con tu abandono, puente que se extiende delante de mí sin que yo lo hubiese deseado.

Y ahora debo continuar mi marcha hacia adelante. Sólo caminando seré capaz de despejar la niebla que ciega mis ojos y el vaho frío que aún reviste mi corazón. Y no hablo aquí de olvido, ni de jamás dejar de quererte. En estos días de silencio y soledad, a través de los parques de mi memoria perdida y recobrada, he sido capaz de reconstruir mis pies y mis ansias y, quién sabe, quizá hasta un poco de orgullo, como tú lo llamas, o de sentido común, como lo llamo yo.

Recorriendo caminos reencontrados, en estos días pienso mucho en mi pérdida, en la nuestra, y en el riesgo de un corazón roto y en el amor deshojado y abandonado. Aún me molesta; todavía escuece. Pero sé que pronto pasará. Mi Arte vive a través de mí y no de ti, como llegué a pensar, y mi vida única también.

Así que camino hacia delante pensando en mejorar: mi vida, mi mundo resquebrajado y un corazón que late, late mucho todavía en estos días, por ti.

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