Mañana de domingo/ Sunday Morning.

Someone To Believe In. Randy Crawford.

Me despierto amodorrado. Algo entumecido. Siento cada uno de mis músculos sin necesidad de moverlos, elementos pesados que me atan aún a la cama. Suspirando, me estiro lentamente al principio para después participar con todo mi ser en ese acto reflejo y maravilloso, como un gato que ronronea de gusto.

Sonrío. El sol entra tenue por entre las cortinas corridas. Las transparenta y llega a mi piel desnuda. Siento el suave calor de una mañana de domingo. El sol besa mi piel con un candor novicio, de nuevo día recién nacido. Qué gusto es estar aún en cama, bañado por el sol suave de una mañana de domingo, con la despereza lenta y derrochada, con la cabeza apoyada entre almohadas de plumas y el ligero calor de un cuerpo todavía acurrucado en sus propios sueños.

Abro los ojos y la luz lo llena todo. No hiere mis pupilas. Tamizada por la hora y el vuelo de las cortinas, la mañana de domingo entra de puntillas por la ventana, meciendo el cuerpo que despierta algo atrasado con respecto  a la mente, que se ocupa en recordar las mil pequeñas cosas que hicimos juntos la noche anterior, esos momentos imperceptibles y cotidianos de los que sin embargo está hecha la vida.

Sonrío. Qué poco nos hace falta para ser felices. Una felicidad pasajera, lo sé, instantánea y frágil. Pero hermosa. El tacto de las sábanas tibias, la suavidad de un edredón, la calidez de la luz tamizada en las ventanas, un movimiento de desperezo eterno, un recuerdo nebuloso de ayer y un mar de posibilidades en las que dejar de creer para no tener demasiadas expectativas que lamentar.

Me muevo con lentitud. Aún hay tiempo. Siempre hay tiempo. Se hace tarde para desayunar. Pero en una mañana de domingo, siempre hay tiempo para un brunch. ¡Qué norteamericanos nos hemos vuelto! Pero no me disgusta importar ideas agradables. Ellos tienen nuestras tapas, nosotros su brunch, que es una mezcla de ambas, en realidad. Es una de esas situaciones que nos permiten ganar tiempo para la despereza, para el disfrute. Para sentir el calor de la cama, el tibio abrazo de la mañana y la caricia de la luz en el cuerpo desnudo que yace a nuestro lado.

Miro la ventana. El suave viento de esta mañana de domingo entra discreto, sin molestar, como la luz tamizada y las esperanzas; la ventana ha quedado entreabierta. Y sonrío otra vez. Ambos estamos despertando al mundo.

Nos acostumbramos a tener el peso de otro cuerpo a nuestro lado. Del cataclismo de un principio pasamos a la tranquilidad de ese equilibrio que finalmente se descubre en la coreografía de un vals para dos. Compartir el lecho es un ejercicio de instinto, una lucha en la que ambos perdemos y ambos nos amoldamos, compartiendo y deshaciendo espacios, ganando y cediendo terreno hasta encontrar el lugar idóneo en el que nos encontramos para fundirnos en un solo cuerpo, en un solo espacio y en un mismo vacío.

Vuelvo a cerrar los ojos y me estiro de nuevo…Qué gusto… El calorcillo de la mañana, el peso exacto del edredón…¡Oh, qué maravilla….!

Siento que me abraza por detrás. Se ha despertado y se ha girado y lo primero que ha hecho ha sido desperezarse abrazado a mí. Qué dulzura su tacto, qué fresca su piel de mañana, llena de luz tamizada y de suave brisa… Con los ojos cerrados, dejo que su cuerpo se pegue al mío, que adopte mi postura, que encaje perfectamente…

¡Oh! Su piel sedosa, llena de pliegues en los que perderse, todavía suave y nueva para mis labios… Duerme con la desnudez y con la desnudez me abraza y noto su despertar. Hunde su rostro en mi espalda y la llena de besos, esos besos que nadarían sin fin entre mis labios. Yo me dejo hacer… Sus brazos aferran mi pecho y me atraen aún más hacia sí, haciendo que el espacio entre los dos se vacíe de aire y se llene de piel extática y sonrosada, llena de sangre y de cosquillas, que me hacen reír. Yo me dejo hacer…

Me giro envuelto en su abrazo. Y abro los ojos. Y le miro a los ojos. Los ojos de la mañana. Y sonreímos ambos y nos besamos ambos y nos abrazamos ambos, desnudos ambos, protegidos por la luz que desborda la ventana entreabierta. Y buscamos el arrullo y el envite, y la humedad de los labios y las lenguas, bebiendo con la sed inusitada del día anterior. Un abrazo que cambia de brazos, que intercambia calor y algarabías, y unas piernas que aferran la cintura y la invitan a viajar y a quedarse al mismo tiempo, montados ambos en un sube y baja de besos y caricias.

Y su piel resplandece entre mis labios. Y mi piel se abre a su abrazo. Y juntos buscamos un punto de encuentro que es a la vez bienvenida y despedida, y nos regalamos un placer que es a la vez egoísta y generoso, mientras la mañana de domingo entra en nuestra habitación y lo llena todo de luz y de frescura con esa danza de las horas que no pasan habitadas entre dos cuerpos que se conocen una y otra vez para olvidarse luego, en ese encuentro que es siempre un reencuentro, entre las aguas ora mansas, ora embravecidas, del amor.

Y nos llenamos el uno en el otro. Y la luz se cuela entre las rendijas de nuestros cuerpos de orilla. Y nuestras almas se entrelazan como nuestras lenguas, y nuestras pieles se funden en una coreografía única, en la que el bailarín y su pareja son la misma cosa: la música que suena, el viento que todo lo refresca, el ansia que todo lo diluye, el sudor que todo lo lubrica y el placer que todo lo justifica.

Y sonrío. Porque somos tan diferentes y sin embargo nos amamos por igual. Sonrío porque su pasión es toda mía y la mía se desborda para envolvernos por entero. Sonrío porque la belleza de nuestra desnudez desafía y confía en la blancura del nuevo día y se une al baile de la mañana fundiéndose en el tempo de la ternura, en el lento arrullo y en la pasión. Y sonrío porque, cuando todo se aquieta y sólo queda, como único sonido, el jadeo y una respiración entrecortada, ambos seguimos unidos en un abrazo que nos recorre por entero, desde las piernas hasta los labios, desde la cintura hasta el corazón.

– Es un poco tarde para desayunar, ¿no crees?

Le digo.

Me acaricia lento y desafiante. Me revuelve el cabello hecho ya un lío por sus besos y la pasión. Me besa lento y suave en los labios. Y aparta un mechón de pelo que me cae en la frente y me mira a los ojos. No se separa de mí. Sonríe.

– Aún hay tiempo para un brunch, ¿no crees?

El sol asciende poco a poco. El viento sopla manso y besa nuestra desnudez. El invierno se despide lento y da la bienvenida a la primavera. Una mañana de domingo nos espera. Y vuelvo a sonreír.

Qué felicidad.

 

2 thoughts on “Mañana de domingo/ Sunday Morning. Deja un comentario

  1. Buenos días lindo….gracias por llenar mis sentidos con la belleza y el calor de tus palabras,por cómpartir conmigo ,con todos,tu imaginación,inteligencia y creatividad sensible y cálida……..Ha comenzado el día hace horas pero se ha llenado de belleza y paz ahora,contigo……..BUEN DÍA y abrazito.

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