Una segunda oportunidad/ A Second Chance.

El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

   Nueve años separan ambas películas, pero director y actores son los mismos. ¿Lo son? ¿Lo somos sus espectadores? ¿Lo es el mundo en el que fueron hechas y que retratan?

   Antes del Amanecer, una película sobre el amor a los veinte años, donde todo parece una promesa y todo parece muy claro, la noche que atravesamos y el nuevo día que llega. Las locuras ocupan su lugar y las ilusiones otra. Donde las promesas se dan por sentadas y el futuro, asequible y fugaz.

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   Antes del Anochecer, una película sobre la vida pasados los treinta, llena de responsabilidades deseadas o no, cargada con el fardo de lo vivido y de aquello que hubiésemos podido vivir. Donde la decepción corre pareja con la ilusión y el precipicio de la edad, aún lejana, nos corroe y nos asusta pero no inhibe nuestro deseo de vivir completamente una situación única.

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Ambas películas, pero quizá para mí más Antes del Anochecer, son una reflexión sobre la vida, sobre lo que nos gustaría haber hecho, lo que hemos hecho y sobre la valentía de enfrentar las consecuencias y la energía residual para enmendar los errores y transmutarlos. Ambas tejen el hilo de una historia, una historia de puntos suspensivos, que intenta tener un sentido pese a la vida que se ha soñado y los sueños que se han vivido.

Ambas nos hablan de oportunidades: las que se dejan escapar y aquellas que anhelamos volver a tener. Ambas nos hablan de decisiones, sueños y, finalmente, realidades. Y de que el amor, cuando realmente se desea, nos regala siempre una segunda oportunidad.

En una habitación/ In a Room.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature, Música/ Music

Todos bailan. El ritmo lento de una canción de moda. Hay cuerpos unidos firmemente, como atados por abrazos desesperados. Hay cuerpos discretamente separados, entre los que el aire campa sin sentido de espacio. Hay cuerpos que descansan unos sobre otros, aburridos quizá y por incercia, bailando por compromiso.

La música tañe su suave melodía de amores fingidos y olvidados, de corazones rotos y fantasías espúreas. Está de moda, ritmo pasajero, flor de un día que quizá todos los allí reunidos olviden después.

O quizá no.

Unos ojos se encuentran en la distancia. Por sobre los hombros de uno y otro se miran y se reconocen en el anonimato, en el momento presente.

Giran una y otra vez, pretendiendo acercarse uno al otro. Pero alguien se enreda, otro habla, se rompe la cadencia, se recupera de nuevo. El lazo visual se quiebra momentáneamente para recuperarse segundos después, con más intención la mirada. Quizá con más pasión.

¡Oh! Si la mirada hablara… Qué no se dirían en medio de aquella habitación vacía de gente. Qué secretos muy guardados, capaces de ser leídos en esas pupilas, compartirían. En el vaivén de la danza, entre el murmullo de los zapatos al besar el suelo, ambos se desean en la distancia, ambos toman aire y componen la mejor de sus sonrisas.

Los labios de los dos se humedecen y se entreabren, esperando un beso que viaja con las notas de una canción que ellos ya no oyen. ¡Oh, si el aire besara! Qué rincón quedaría oculto ante unos labios hambrientos, ante una piel jugosa y sedienta.

Y ríen. Ríen mientras la danza prosigue, cambiando de brazos y de posturas, levantándolos en arco, bajándolos en abrazos. ¡Oh, si los brazos arrullaran! Qué melodías no se cantarían al oído gracioso, qué tonos no emplearían para amarse en la distancia.

Porque la distancia separa a los amantes. Amantes que se han reconocido en una habitación llena de gente, entre los cuerpos de gente equivocada, entre las intenciones erradas de unas vidas que se cruzan esta noche quizá para no volver a encontrarse.

La música llega a a su fin y la respiración es agitada. Quizá por el esfuerzo del amor, quizá sea sólo por el baile….¡Oh, si los pies pudiesen volar! Llegarían uno al encuentro del otro y se unirían sus almas con el lenguaje de los ojos, con el tacto de la piel y la pasión desbordada del deseo. Qué no se dirían, qué no encontrarían, qué placer efímero no fundirían con su encuentro.

Si alguna vez labios rojos pudiesen quemar la atmósfera candente de una habitación con el silencio; si alguna vez almas halladas pudiesen con su encuentro hablar con la mirada; si alguna vez pecho y brazos, piernas y sentidos lograsen desprenderse de sus ataduras y compromisos, ellos dos serían felices.

Sin embargo, uno se gira hacia la puerta tironeado por la vida que ha elegido hasta ahora y el otro lo pierde de vista, en una habitación llena de cuerpos y de gente que no le interesan nada, apenas maniquíes que estorban la visión de una vida que se escapa. Uno cierra sus ojos para que la imagen de ese momento quede grabada en su recuerdo; el otro intenta desatar uno a uno unos lazos que lo unen a la Nada.

Y mientras uno sale de una habitación en la que halló su vida, el otro, aturdido por la felicidad encontrada, duda un segundo y sigue en ella, recordando el aroma de unos besos traídos por el aire, la cercanía de un tacto nacido en la mirada, y la dulzura de un corazón que baila en una noche sin luna. Y sonríe al vacío. Y se resigna. Y se calla.

En la habitación llena de gente, una nueva canción surge, y como hechizados, los cuerpos comienzan otra vez el lento planeo de una danza continua. Uno oye la melodía ya lejana, mientras atraviesa el umbral de una puerta que quizá no debió franquear jamás. En su memoria de fuego lleva grabada aquella mirada, el sabor de esa sonrisa y el fino tacto de la atmósfera alrededor. Y hasta parece que una lágrima intenta escapar de ese recuerdo.

Pero una mano surge en la noche y detiene su marcha. Se acerca despacio y sonríe en las sombras. Y las miradas se encuentran, los labios se unen y el pecho y los brazos y las piernas se confunden, arrullados por el ritmo sordo de una canción de moda.

Y, mientras tanto, en una habitación la vida sigue, ignota, su guión de siglos por venir. Y unos amantes corren por la noche al encuentro de su historia.

Durmiendo/ Sleeping.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

 Lullaby. Brahms.

   La luna apenas se ve por la ventana.

   Mayo llega a su fin y los días largos, lánguidos, se pierden en el horizonte vestido de azul.

   Qué bella es la primavera de mayo, cuando lenta cambia hacia el verano, con sus días de calor soporífero, con esa sensación de lo que no termina nunca. Pero el último atardecer de mayo, que da la bienvenida a los días de junio, suele llegar con sigilo, encumbrándose con tranquilidad sobre el sol llameante; tan tranquilo, que apenas con los ojos podemos ver un tenue rayo, el planeo sutil de un día que acaba para no volver jamás.

   Estás dormido. Lo sé. Resoplas cuando duermes. Esos labios carnosos se resecan a veces y a veces los humedeces de inconsciencia.

   Me gusta verte dormir. Así eres todo mío. En el sueño somos uno, y el mismo corazón late, los mismos pulmones se llenan de aire y los mismos párpados cierran unas pupilas cansadas y en paz.

   Duermes boca abajo. Con la cabeza ladeada. No la veo, escondida entre almohadas, pero no hace falta. Me sé de memoria la sombra que las pestañas dejan en tus mejillas, la discreta impresión que tu barba dibuja sobre las sábanas, y esa boca carnosa apenas cerrada por la que exhalas el aire que yo respiro.

   Tu cuerpo está relajado. Lleno de vigor del dormido, lánguido se desploma cuan largo eres. No hay músculo que conserve ese tono a la defensiva, son todo piel y tacto, suave y placentero a la vez.

   Nada hay más dulce que verte dormir. Como una vela encendida o la lluvia que comienza a caer tras los cristales, iluminas mi vida, humedeces mis ojos y reblandeces mi corazón. No puedo ser severo contigo; no paro de reír a tu lado. Tal es el efecto de tu vida en la mía. Y sin embargo no cambio por nada estos momentos en los que, juntos, viajamos por caminos separados y yo me quedo en el puerto del despierto mientras tú te alejas en la barca del olvido.

   Qué bello eres. Libre de toda necesidad de gustar, desprendido todo interés humano, yaces volcado sobre ti mismo, a veces sobre mí, navegando con el vaivén de las horas, con total despreocupación y sin ninguna necesidad más que de silencio…

   ¿Oyes? Comienza una tormenta. Lejana. Un relámpago inunda la noche de cristal. Intenta quebrar la paz que entra por la ventana, y sólo es agua que nos regala, en un refresco momentáneo, una excusa para acercarme más a ti, buscando tu calor.

   Recuerdo que la primera vez que estuvimos juntos, dormido tú después de un amor que no se agotaba nunca, me acerqué hasta tu oreja pequeña y te susurré si estabas despierto. Me lanzaste un manotazo y me gruñiste que ésa era tu intención. Yo me eché a reír. Levantaste la cabeza y me miraste con cara rara. Pero sonreíste un segundo, lo que duraron tus ojos abiertos, y te volviste a plegar sobre ti mismo como una interrogante que aún hoy me intriga.

   Querido mío… Me gusta verte dormir. Que me hagas hueco entre tu cuerpo, encajando con una precisión que todavía hoy me asombra.

   ¿Oyes? Llueve. La última lluvia de mayo. El último suspiro de nube de esta primavera.

   Me acurruco poco a poco junto a ti. Siento la blandura de tu piel, el firme tacto de tu cuerpo a mi lado. La lluvia cae sobre los cristales, el viento levanta el encaje de la noche, y algún rayo parece dibujarse a lo lejos.

   Yo qué sé… Mis párpados pesan cada vez más, y giro imperceptiblemente mi cabeza para verte por última vez en esta noche de mayo.

   Cuánto te quiero…

No me equivoco/ Ain’t Misbehavin’

El mar interior/ The sea inside

Ain’t Misbehavin’. Rod Stewart.

   Me preguntan qué me pasa.

   Que me escondo en casa, que no salgo como antes, que hasta me notan distinto.

   Me dicen si estoy malo. Si me duele algo, si me siento mal.

   Se acercan con sigilo, como si temiesen molestarme. Y me abrazan en silencio mostrándome un apoyo que me sorprende.

   Sólo porque quiero quedarme en casa, no salir hasta las tantas, no hablar con gente nueva, no jugar al gato y al ratón, esas reglas cansinas de la atracción y el gusto.

   Me preguntan si estoy cansado, si no tengo apetito o si me falta algo. Porque me ven como raro, caminando sin pisar el suelo, con la mente en las nubes y el corazón encerrado en un puño de cristal.

   Voy a mi aire, no quiero hablar con nadie, no quiero reír por reír ni charlar por charlar. La vanidad la dejo tras la puerta cerrada; el amor, tras labios sellados; el calor, tras los muros de mi corazón.

   Intentan que conozca gente maja, que será maja, pero no me apetece.

   Pretenden que los acompañe, que los escuche, que los aconseje. Me aconsejan que me deje aconsejar. Y yo sólo sonrío y parezco un loco desconcertado.

   Qué maravilla.

   Sin embargo, no digo lo que ocurre en mi corazón. No muestro que me arrulla por las noches, y que esta soledad impuesta no es tal.

   No saben que tras mi negativa a vivir vivo más que nunca, porque tu amor me espera todas las noches en casa; todas las noches en mi cuarto, escondiéndote de la vida de los demás para compartir la mía al completo.

   No me equivoco tomándome la vida con calma, saliendo menos, bebiendo poco, yendo a correr, peinándome el pelo, perfumándome y sintiéndome guapo. Porque tu amor se halla en mi corazón y me guía, día a día, hacia la felicidad.

   Me preguntan qué me ocurre. Y yo quiero decirles lo que parece obvio: que estoy enamorado de ti. De ti que eres mi hogar, mi soledad sonora y mi compañía.

   Me dicen si estoy malo. Y lo que estoy es enfermo de amor. De amor por ti. Y nada parece más maravilloso ni resulta más fácil que salir en tu busca cada noche y quedarme dormido en el abrazo de tu nombre.

   He adelgazado. Visto mejor. Me preocupo por ser educado, por ayudar a los demás, por ser amistoso y amable. Y mis amigos me miran raro y me toman la tensión y piensan que tengo fiebre.

   Pero lo que tengo es el virus de tu amor por todo mi cuerpo, que brota en mi sudor y en mi sonrisa, en cada gesto y en cada palabra.

   Y no me equivoco cuando me digo que el amor obra milagros, milagros como el tuyo en mí. Y que la vida puede ser así, una autopista sin curvas ni peajes, un océano de espejos y reflejos.

   Me preguntan qué me pasa. Y se extrañan verme sonreír.

   ¿No es maravilloso?

   ¿Qué me va a pasar?

   Que estoy enamorado. Muy enamorado. De ti.

   Y no, no me equivoco.

   Qué felicidad.

Camino de la felicidad/ Happiness Road.

El mar interior/ The sea inside

   Estamos juntos cogidos de la mano.

   Te veo y no me lo creo. Después de tanto tiempo, de tantas disquisiciones, berrinches, mal entendidos y dificultades, aquí estamos tú y yo.

   Delante de nosotros un sendero parece abrirse dándonos la bienvenida. Se lo ve tortuoso, a veces transparente y a veces manchado de sombras.

   Como la vida. Una vida compartida.

   Suspiro. Y aprieto tu mano con energía. Y me gusta sentirte así, conmigo, tu mano en la mía, tu fuerza en la mía. Y viceversa.

   Sonríes. Sonrío.

   Juntos.

   Después de tanto tiempo nos hemos encontrado y reconocido. Apareciste, me encontraste en medio de este camino tortuoso que ha sido nuestra vida, y buscándonos nos hemos hallado.

   Suspiro. Suspiras. Y sonríes. Y yo me río.

   Delante nuestra un camino blanco se extiende a nuestros pies, invitándonos a recorrerlo. Juntos. Abrazados. De la mano.

   La luz se extiende por él, y la noche repleta de estrellas. Algo de niebla, aquí y allá sombras de lluvia se dejan ver. Pero parece hermoso y es fragante y embriagador.

   Mi corazón late con fuerza y sé que lo sientes en mi mano en tu mano. Y ahora eres tú quién la aprieta.

   – ¿Estás listo?

   Me preguntas.

   Yo me quedo un segundo mirándote a los ojos. Qué belleza transparente, tu mirada nueva, límpida, sin brumas.

   Sonrío ante tu risa. Me dejo mecer por tu confianza.

   – Sí.

   Respondo.

   Y juntos comenzamos a recorrer el inmenso camino que se extiende delante de nuestros ojos, el camino de la felicidad.

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Promesas rotas/ Broken Vow.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Dime su nombre, quisiera saberlo.

   No hay un motivo. O quizá sí.

   Ponerle cara, saberlo real, tenerlo cerca.

   Dímelo, por favor. Para saber cómo ha terminado lo nuestro y porqué.

   No quiero hacerme fuerte ante ti. Me conoces demasiado bien. Y yo a ti. Es que quiero comprender qué tiene él que yo no; cómo es su voz y sus caricias.

   Porque él te acaricia y te susurra cositas divertidas. Él te toma de la mano y te invita a un universo nuevo que no te aburre. Que no te aburre como éste que ambos construimos.

   No soy masoquista. No me gusta sufrir. Pero me estás haciendo daño. Y al menos quisiera comprender, necesito aprehender, los motivos por los que él ha entrado en tu vida para arrebatarte de la mía; cómo ha sido posible que haya cerrado mis ojos y mi corazón a cada una de las negativas, a cada una de tus excusas y a nuestra falta de tacto.

   No… No te culpo. ¿Qué ganaría con eso? Nada: ya te vas. Puede que sienta remordimientos conmigo por no haber sabido actuar antes, por no corregir a tiempo nuestro amor, por haber estado distraído y haberme confiado, por haberte dejado ir.

   Ya sé, ya sé que somos un mundo. Pero nosotros teníamos un mundo que ya no existe. Y no es fácil ver alrededor todos estos trozos que me hacen daño. No tengo la voluntad suficiente para limpiarlos, porque aún te amo.

   Sí… Lo he dicho. He dicho las palabras que él te dice y que yo he callado por tanto tiempo.

   Y no. No es por sentirme culpable: te amo. Te quiero como la primera vez. A pesar de los desastres y del desgaste del día a día, aquello que prendió en mí sigue estando inalterable en mi corazón. Porque para apagar este amor hace falta algo más que palabras amargas y algún desconsuelo, hace falta que te vayas de mi lado y que tu espacio se vacíe en silencio y soledad.

   ¿Cómo te mira? Dímelo, por favor. ¿Y cómo te besa? ¿Se parece a mí…?

   Déjalo, déjalo. No quiero hacerte sufrir más. A pesar que parte de mí le gustaría ver cómo tus ojos rezuman en llanto y cómo te remuerde la conciencia… Pero no. No me hagas caso. Sabes que no soy cruel, al menos no por naturaleza. Soy aplomado, aburrido, asentado. Doy todo por hecho y el amor, y en el amor, no hay esfuerzo suficiente, no hay día o noche sin cuidados.

   Cierro los ojos y te veo y sonrío. Y nos veo y sonrío. Y oigo esa risa tuya que es como una cascada y tus ojos brillantes al atardecer, nuestras pieles traslúcidas, tu sudor y el mío… ¡Oh! Cómo me gusta abrazarte… Sentirte en mí, a través de mí; oler tu perfume; sentir la blandura de tu piel callada, sedienta, pausada…

   No te preocupes. De verdad. Te dejo ir en paz…

   Sí, ya sé que te preocupas por mí. Yo también. Por mí y por ti.

   ¿Recuerdas aquella capillita de La Lanzada? El aroma del mar, el viento rabioso entraba a espuertas, y los santos salados rezaban oraciones que nosotros adivinamos. Entramos juntos como novios nerviosos, con sonrisas pequeñas. Traspasamos su umbral y nos llenamos de paz. Una paz que habitaba en aquel silencio, en aquel altar vacío lleno del ulular de la brisa del mar. Nos acercamos. Los santos nos sonreían con esa beatitud inhumana. Creamos esas estatuas para que sean aquello que nunca seremos capaces de ser los hombres. Una ventanita iluminaba el centro del altar y allí nos detuvimos. Nos vimos a los ojos. En aquella beatitud todo era apasionante: tu rostro, tu sonrisa, tu cuerpo lleno de belleza, tus manos en las mías. Y allí pronunciamos nuestras promesas de amor, nuestros sueños por cumplir. En aquella capillita, en donde la ley humana nos impide ser lo que éramos uno para el otro, pronunciando nuestros nombres nos unimos, y la pasión llenó aquellas paredes benditas con un placer carnal y un placer crepuscular que me hizo llorar en la penumbra y besar tu sombra para siempre.

   Jamás pensé que romperíamos esas promesas, que dejaríamos pasar unos votos de amor que quizá nunca debieron pronunciarse. Pero dices que nada es para siempre… Y puede ser.

   Dime su nombre. Háblame de él. ¿Cómo es? ¿Es alto y feo? ¿Es bajo y regordete? No lo sé, cualquier cosa… ¿Te ama como te amo yo?

   Qué tontería…

   Perdóname… Sé que tienes prisa. He visto que ya no te quedan cosas en casa. Y ahora te vas…

   ¡Espera! Espera un instante nada más… Déjame abrazarte por última vez. Déjame creer que aún la vida no se ha detenido y que la ilusión del amor aún habita entre nosotros. Y sentir tus labios crujientes y tu piel de adiós…

   Daría mi vida por haber cumplido aquellas promesas, daría mi vida para que tú hubieses sido feliz a mi lado. Y aunque ahora sólo nos rodeen promesas rotas, hay una que está todavía con vida y que late en mis manos y se llena de mi corazón… Anda, tienes la puerta abierta. Vete ya, vete sin miedo. No diré nada, no saldré en la noche a clamar tu nombre, no lloraré en las esquinas una ilusión perdida, no dejaré que la última de las promesas que nos hicimos se pierda, como las demás, en las brumas del tiempo.

   Sé feliz. Se feliz con él. Que te besa y te desea, que te dice que te ama y te acaricia, que te brinda su apoyo y su calor, que duerme a tu lado y te hace reír.

   Sé feliz. Y nunca mires atrás. Porque me encontrarás allí, rodeado de promesas rotas, amándote todavía, a pesar de la soledad y de la amargura, por un tiempo eterno.

Confía en mí/ Trust in me.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Trust in Me. Etta James.

   Ven, sentémonos. La brisa de la ría ha llegado y me revuelve el pelo. Te acercas e intentas apaciguarlo; tarea vana. Me río y te ríes.

   Ven, sentémonos frente a frente. Quiero verte bien, al completo.

   A veces creo que me puede tu belleza. Si pudiese, acariciaría tu cuerpo entero por toda la eternidad. No hay nada que no me guste: desde tu sonrisa de ángel a tus pies tan bien hechos. No dejaría ni una parcela de piel sin besar, ni una caricia perdida ni un suspiro escondido. Si pudiese, anidaría en tu cuerpo para siempre.

   Te he violentado. Al menos no dices nada. Sí, es un poco precipitado. ¡Claro! Si alguien me lo dijese a mí, no lo creería. Pero soy yo quien lo está diciendo, y te lo estoy diciendo a ti. A nadie más. Mi atención se centra en cada expresión de tu rostro, en el brillo de tus ojos, en la fuerza de tus manos, en la caricia de tu compañía. El mundo se hace pequeño y se esconde dentro de tu boca, de donde lo sacaría saciándolo a besos. Nada importa fuera de este espacio que hay entre los dos; niños jugando, abuelos mirando, mujeres coqueteando con desconocidos, hombres que intentan llamar la atención casi desnudos en esta tarde de sol. Nada importa que no seas tú y lo que siento cada vez más fuerte, lo que se escapa por mis poros junto con el sudor; lo que sueño pensando en tu cercanía, y aquello más escondido de fraternal, de divino, de inmaterial.

   Te tomo la mano. Me sorprende su delicadeza y su tamaño. Parece poder abarcar un tramo del universo. Sonríes. Sonríes relajando el aire que se entromete entre tú y yo. Y apretas tu mano en la mía y la acercas hasta tus labios y depositas en ella un beso.

   Me pongo colorado. Se me suben todos los tonos del arcoiris. Miro hacia otro lado, hacia la ría mansa en esta hora en que comienza a lamer sus orillas; hacia la bandada de gaviotas que revolotean siempre buscando alimento, carnaza con la que sortear el universo de la tarde; un perro que pasea a su dueño por la orilla porticada. Qué cosas. Yo que me derrito por ti y soy el primero que se deshace… Qué cosas.

   Puedes confiar en mí. Sí. Has pasado por muchas cosas: el amor y sus entretelas, una vida dedicada a un trabajo que florece en esplendor; decepciones varias; sueños rotos a veces, a veces cumplidos con una plenitud más similar a la culminación que al progreso; y ahora una aventura loca, una apuesta fuerte, un golpe de la vida…

   ¿Por qué? Por muchos motivos. Por ninguno en particular. Porque estamos aquí, juntos, en esta tarde de sol y viento, oyendo a la ría llegar y a mi corazón retumbar por tu cercanía. Porque a pesar de mi propia vida, aquí te la entrego y la pongo enterita a tus pies. Porque sé que tú mereces un amor, amor, que pueda liberarte, que te dé alas; un motivo para seguir luchando, un sentido a la mañana prendida de deseo y a la tarde inconclusa hasta llegar a casa, la cena puesta, el baño tibio y la sonrisa en las cortinas abiertas al mar.

   Puedes confiar en mí. Porque también sé de dolor, de la soledad, de la vergüenza de amar sin ser correspondido, del desastre de la desconfianza, del veneno de la traición, del infortunio y del fracaso. Y porque, aún sabiéndolo, estando a tu lado confío ciegamente en el Destino que nos ha unido esta tarde, en el océano que divide ilusiones y hermana nuestras historias, parecidas más donde simulan diverger.

   Llevo tu mano y la mía hasta mi boca. Y acerco esa mano tan hermosa hasta mis labios. Deposito en ellos un beso de saliva, que se evapora rápidamente, y llevo ese beso al centro de mi pecho, donde mi corazón desbocado no ceja de gritar de algarabía, no deja de pronunciar tu nombre.

   Y te miro a los ojos sin desviar la mirada ni un solo segundo.

   Y sonríes. Y yo también. Y entiendes. Y yo también.

   Te levantas. Ese cuerpo inmenso se desplaza como flotando, fluye líquido hasta inundarme por entero. Y te acercas a mí. Tus ojos abiertos como planetas, tu sonrisa llena de ideas que no logro descifrar. Sueltas mi mano y llevas tus palmas a mi rostro. Y lo acercas al tuyo. Y sonríes. Y sonríes más al acercarnos… Noto el suave aliento cálido inundar mis labios, y un beso llena mi boca y la abro sediento buscándote a ti…

   Confía en este cariño. Confía en este amor como lo hago yo. En que todo saldrá bien; en que no será fácil ni quiero que lo sea; en que estaremos juntos hasta terminar el arrullo de los días.

   Sí, amor amor, confía en mí.