El señor del fuego/ The Lord of Fire.

El mar interior/ The sea inside

  

   Llegados a un punto de la vida en que nada nos atrae, los planes de futuro parecen deshacerse en polvo, las ilusiones oxidadas en medio del jardín y la soledad aceptada como algo inherente y propio de la condición humana, cuesta mucho seguir hacia adelante.

   Desde el precipicio de las cosas no obtenidas y la infravaloración de todo aquello que se ha hecho (¿realmente se ha conseguido algo?), pues visto en perspectiva lo que tenía mucho valor se revela inútil y lo que se despreciaba simplemente se ha perdido en los entresijos de la vida vivida, las energías por conseguir un reconocimiento o al menos una magra porción de honores se disipan traslúcidas en el viento de la mediana edad cercana.

   Aunque haya ejemplos que nos inciten a un desarrollo posterior, que nos den ánimos con su prosperidad longeva; la carencia de estímulo afectivo, personal o familiar, la inconsistencia laborar, la precariedad monetaria, que sólo nos obliga a vivir al día sin seguro ni ahorros de supervivencia; un trabajo mediocre, pero trabajo a fin de cuentas; y la soledad, quizá más ansiada de lo que nunca hemos querido reconocer, nos llevan a meditaciones oscuras que empañan por doquier los brillantes destellos del alma humana.

   Cuando todo parece un error: las decisiones tomadas, aquellas que deben aceptarse; las circunstancias vitales alejadas de una perfección que se sabe inalcanzable; y sobre todo la certeza de no amar a nadie por encima de esos sueños juveniles, el mundo parece detenerse de repente, la apatía campa a sus anchas y la falta de firmeza en creencias y en voluntades nos hunde más aún en los precipicios de la indiferencia y la Nada.

   En momentos así, encrucijadas que llevan a ninguna parte, pesados con el fardo del tiempo perdido y huido, cansados de una soledad que parece perpetuarse pues nadie consigue acercarse al corazón frío y al deseo insensible, el señor del fuego aparece y, con él, el último rayo de esperanza, el último guiño de un sol moribundo pero aún con fuerzas.

   En momentos así, recoger todo aquello que nos liga a un pasado que afecta tanto al presente; recolectar los miles de recuerdos, los cientos de errores que se cometieron y que aún reverberan en la conciencia; los deseos desplomados en el suelo y las esperanzas desperdigadas, y encender un fuego pequeño, pero de un simbolismo enorme, una vela, una chimenea, una hoguera en el jardín, nos regala ese sentimiento purificador, ese ritual de renovación, esperanza y olvido.

   Porque esta noche es el día del olvido. Esta noche mágica, en la que el sol brilla con su máximo esplendor y fuerza y todo lo ilumina, las sombras alargadas y los recovecos más ocultos; somos capaces de vernos a nosotros mismos en nuestro peso real, con nuestra verdadera importancia, eliminar todo lo superfluo y empezar, a veces imperceptiblemente, de  nuevo. Con el fuego purificador, en el que sacrificamos hasta las cenizas todo aquello que nos ata a una vida que mina nuestro futuro, que nos encalla en el devenir del día a día superfluo, conseguimos transmutarnos, transformarnos, acercarnos, quizá imperceptiblemente, pero de forma real, a aquel ser que realmente somos. No el que soñamos, no el que esperamos ser, sino la perfección de lo que ya somos.

   Todos somos el señor del fuego. Y hacia él nos dirigimos, en esta noche mágica, para aniquilar todo lo inútil y dar la bienvenida, purificados y renovados, a lo que está por venir.

   Hasta que aprendamos la lección verdadera. O hasta que quedemos en libertad.

   Todo queda expuesto al poder de las llamas en la noche mágica de San Juan.

Ayer, cuando nos amábamos /Yesterday, When We Were In Love.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Estamos echados juntos en la hierba. El sol se cubre de nubes algodonosas y densas, jugando al escondite en esta tarde de verano. Como ayer, cuando nos amábamos.

   Echados ambos, juntos nos tocamos los hombros, y con los brazos dibujamos una trenza que acaba unida en nuestras manos. Como ayer, cuando nos amábamos.

   El mundo no es el que una vez fue. Ya nada lo es. Y quién lo diría, viéndonos juntos, sobre la hierba, como un día, la primera tarde que retozamos juntos, en verano también, y jugábamos al escondite entre olas  nacaradas y tu risa y la mía.

   Y sin embargo seguimos juntos, tú y yo, como ayer, cuando nos amábamos sin sentido del tiempo, con una apasionamiento que hacía palidecer a las estrellas, jadeantes y nerviosos, apurados y dichosos, en una carrera a por el tiempo, comiéndonos a bocados, pesándonos en besos brutos, agotándonos y negando un mañana que deseábamos, que parecía quizá, no llegar nunca.

   Ayer, cuando nos amábamos.

   Hoy seguimos juntos. Tan reales, tan nosotros mismos, tan unidos. Y el amor se vive con una serenidad llena de brío; con una calma que atempera una pasión que no se agota, filón eterno; aprovechando cada instante, cada recodo de piel y cada zona de sombra, acercándonos y alejándonos con parsimonia, despegando los labios poco a poco, bebiendo nuestro sudor, haciendo del tiempo no un contrario, si no un aliado que todo lo regala. Qué diferente a ayer, cuando nos amábamos con un brío irracional, con una sapiencia desaprensiva e insensata. Y sin embargo bella, como todo lo salvaje.

   Porque éramos un puro nervio, sentidos a flor de piel. Cabalgábamos sobre la primavera, uno sobre el otro en un remolino de piernas, brazos y besos; descansando en el cansancio de la espera y recuperando el resuello indolentes e inconscientes del paso del tiempo, que todo lo transforma, que todo lo moldea. Todo era tan real, aumentado, desmesurado y fugaz. El amor, la compañía, las promesas grandilocuentes, el arrebol de una caricia, la levedad de un beso al amanecer. Todo era para nosotros, que abríamos los brazos y del puro sentimiento del hartazgo llorábamos con el corazón cuando la pasión se agotaba, cuando la mañana llegaba y nos separábamos apenas por unas horas, abismo probable si no hubiese la promesa de un después.

   ¡Qué exagerados éramos ayer, cuando nos amábamos!

   Pero la primavera pasa. Y el verano también. No sé cuándo dejó de preocuparnos el paso del tiempo; cuándo se convirtió en nuestro aliado y cuándo la distancia que nos separaba nos unió en realidad y nos hizo un favor y nos regaló un respiro que insufló energía a un sentimiento agotador y único. Ignoro cuándo nuestra pasión y nuestro aliento se convirtieron en algo tan espléndido como esta tarde de verano, en la que el sol juega al escondite tras las nubes y nosotros, uno y dos, nos tocamos el hombro y trenzamos nuestros brazos en un nudo de pura eternidad. Lo desconozco. Pero qué bello milagro, qué regalo y qué sorpresa.

   Y quién nos lo hubiera dicho ayer, cuando nos amábamos.

   El mundo es nuevo cada día. El tiempo pasa pero se detiene en el aroma de tu cuerpo junto al mío; en las mañanas de frío y lluvia, en las noches en las que un catarro nos visita y a veces algo más. El mundo se renueva y nosotros, y nuestro amor, con él.

   De aquellas pasiones inabarcables han nacido pasiones ponderadas, en el que el peso de nuestros cuerpos se divide al infinito y nos regala un placer atemporal y muy nuestro.

   Nuestro. Palabra que desconocíamos, vocablo que merendábamos ayer, cuando nos amábamos con ciega infatuación, con ciertas dificultades y un poco de temor.

   Un temor que la palabra nuestro ha borrado para siempre.

   Estamos echados sobre la verde hierba del verano. Hoy juguetean entre las sombras de los árboles nuevas bocas, nuevos abrazos, nuevas historias que deben crecer y madurar, que deben regalar las sorpresas y las caricias, los dolores y las decepciones de una vida que se vive, siempre en una sola vez, de forma apasionada, exagerada y agridulce, como hicimos ayer, cuando nos amábamos.Y está bien que así sea. Y qué bien que así esté.

   No los conocemos. Creo que no conocemos a nadie. Este aislamiento no es buscado pero nos hace únicos, irrepetibles. Oímos risas y juegos, algunos gritos y palabrotas, algún lamento en la lejanía, una lágrima que cae por dolor, una decepción, y el temblor del descubrimiento de un beso, una caricia y de algo más… Ayer éramos nosotros. Hoy somos nosotros y ellos. Y la tarde pasa sobre nosotros con una dulce caricia. La que nos damos, la que nos ofrecemos. Tu rostro, el mío, suavizados por el sol y que recuerdan, que reviven cada minuto, cada conjunto de idas y venidas que una vida vivida deja y regala y que terminan construyendo un único corazón, un lazo perpetuo y sin fin.

   Hoy como ayer, al amarnos como nos amábamos, el cielo se detiene, el mundo deja de girar y el amor, sólo el amor, nos rodea.

Últimamente/ Lately.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Últimamente me fijo en muchas cosas. Pequeñeces, lo admito. Puede que siempre hayan estado allí y que no les prestase la atención debida. Pueden ser cosas mías. No lo sé.

   Desde hace un tiempo te vengo observando de cerca. Sin llegar a obsesionarme, noto que tus costumbres han cambiado. Esa forma de vida en la que nos enrolamos sin notarlo, esa sucesión de actos mínimos que terminan asegurándonos una estabilidad única, esa tranquilidad de una conciencia que no tiene que pensar para poder seguir con vida. Has cambiado de corte de pelo, que te rejuvenece mucho; llevas la ropa más ajustada por el gimnasio al que has vuelto hace poco, seguro; y sonríes de esa manera tan tuya, sonora y vibrante, que ya no recordaba.

   Llevas colonia. Un olor que te va. Te recorre la piel y se adhiere a todo lo que tocas. Menos a mí.

   Te levantas más temprano. Sales a correr o a comprar cruasanes; traes el periódico ya medio leído y apenas tienes tiempo de sentarte a comer conmigo. Y no es que haya cambiado tanto mi rutina, creo, pero me descoloca no saber de ti, cuando antes lo sabía todo y nos sentábamos a charlar, entre el amor y el aburrimiento a veces, horas enteras, y lo más tonto quedaba al descubierto, y lo más importante transformado en besos y caricias.

   Hace tiempo que no me besas. Que no me besas. Yo todavía te beso. Me acerco y froto mi nariz contra la tuya, busco tus labios y jugueteo con ellos brevemente, para no molestarte. Porque siento que te molestan mis besos como mi peso en la cama. Recuerdo que hace dos día insinuaste que estaba un poco fondón y de aquél que hacía vibrar las cuerdas de tu corazón, ni la sombra quedaba.

   Últimamente eres un poco cruel. Y nunca lo has sido. Y no es que lo seas a propósito, porque una herida a conciencia es como un escalpelo: rápida, certera, sangrante. Y sin embargo esos comentarios dichos al azar, o como si no importasen, quedan resonando en el ambiente como una nota falsa, y mi memoria rencorosa los conserva con una maniática precisión.

   Desde hace un tiempo no me abrazas cuando nos quedamos dormidos; hace ya unos meses que ni siquiera nos amamos en el lecho.

   No te lo he dicho, pero hablas en sueños. No es nada nuevo, pero los susurros de antaño ahora cobran sílabas y conjugan verbos en los que no participo, y pronuncian nombres que no son los míos.

   Te arreglas demasiado. Una coquetería que no era tuya parece haber surgido de alguna parte y se ha apoderado de ti. Y ocurre que tu belleza brilla ahora más que nunca, incluso si la comparo con los tiempos en los que conocernos y amarnos consumía nuestros días y nuestros planes. Te lo he dicho pero me contestas con evasivas. Procuro no empeñarme, pero siempre que lo intento sonríes como antaño para hacerme la corte y me dejas embobado con el brillo de esos ojos, con la luz de una risa que aún me enloquece y te marchas dejándome solo, en una casa cada vez más vacía, llena del eco de la puerta cerrada.

   Últimamente me fijo en esas cosas pequeñitas, en una caricia que se queda a medio camino, en un ademán, un mohín indiscreto. Sales, entras, vuelves a salir. Me quedo mirándote y tú no me ves. Ya no cuento para ti, o no como solía hacerlo. Me has llamado exagerado, dramático, niño mimado y qué voy a saber. Y puede que tengas razón.

   Pero últimamente me quedo mirándome al espejo. Intento reconocerme en ese reflejo; trato de encontrar aquel que era en éste que soy, y me asusta no verme en él. Aquél que era no tenía miedo del futuro, no se imaginaba una pérdida, un abandono. Aquél que era se creía invencible, inabarcable y completo por tenerte cerca, por saber que un amor como el tuyo le daba alas, le regalaba un sentido y una misión de vida. Ahora no.

   Dicen que el amor cambia. Imperceptiblemente, injustificadamente. Se disfraza de eterno, pero nada es inmutable, todo evoluciona según la ley de las cosas. En el espejo está una persona que no se recuerda así; en el reflejo hay años vividos, hay recuerdos acumulados en un magma de pasado, sin un presente claro, sin ningún futuro en realidad. Dicen que el amor se torna en cariño, en costumbre tal vez, en mera compañía… Sí, en todo eso, todo eso que no recibo de ti.

   Intento decirme que no tengo motivos concretos, que sólo son observaciones aisladas, conjeturas sin fundamento. Pero son muchas sumas las que se adicionan y siento que estás tomando un rumbo en el que no quieres que te acompañe, en el que me he transformado en fardo, en lastre, en una pareja fondona que no puede habituarse al ritmo de una vida nueva que está brotando a tu alrededor.

   Últimamente te siento distante. Últimamente me siento solo. Me dices que sí, me dices que no. Caes en contradicciones airosas, en silencios graves. Y te escurres cuanto puedes y me abandonas todos los días un poco más.

   Y me pregunto si tengo miedo de perderte, si pienso que puedo seguir con esta vida suspendida, si concibo una mañana en la que ya no estés junto a mí. No lo sé… Sólo sé que mis ojos se llenan de lágrimas de un tiempo a esta parte, cuando sales de una habitación, cuando te vas a hacer deporte, cuando dices que tienes trabajo atrasado y te encierras en el estudio tras puertas de cristal.

   No sé si soy lo bastante fuerte. Ignoro si podré enfrentar tu adiós.

   Me siento solo y herido. Me siento frustrado y cansado. Te extraño y te desdigo. Y en la soledad de la noche no puedo engañarme más y me digo que ya no me quieres, que el amor se perdió en las conveniencias del día a día, en los recovecos de la normalidad, el aburrimiento y el azar.

   Tengo miedo de oírte decir que me dejas, que nuestra historia de amor se acabó.

   Últimamente, en medio de esas pequeñas cositas que son la vida, me lo vas diciendo y yo lo voy notando. Y aunque intente cerrar los ojos, mi piel no me miente, mis sentidos no me engañan: tú ya no estás aquí… Y aunque siempre hay una esperanza, esa oportunidad tiene un nombre nuevo y una nueva aventura para tu corazón.

   Últimamente te quiero más que siempre… Quizá porque ya no te tengo. O porque no quiero que te vayas. O porque me siento solo sin ti. O porque no deseo que nada cambie… O quizá porque nunca he dejado, día a día, de enamorarme de ti.

   

Un sueño/ A dream.

El mar interior/ The sea inside

   Lo ve en la distancia.

  Ojos distraídos, nariz discretamente prominente pero perfecta; el ceño algo fruncido; el cuerpo con tensión, esperando al tiempo (o a alguien).

   Lo ve.

   La boca perfilada, carnosa y sabrosa. El mentón marcado y una barba de tres días.

   Podría estar fumando. De hecho, echa de menos una calada. Podría estar solo. Podría fijarse también en él.

   Podría.

   Lo ve.

   Siente el sabor de esos labios en su piel, recorriendo el camino ancho entre la mejilla y el cuello, deteniéndose un rato para soplar maravillas, para masticar un sabor que se evapora con el primer golpe de viento. Con sus manos acaricia sus orejas y atrae hacia sí su rostro para encontrar en su boca un descanso a la búsqueda, una pausa del placer.

   Esos ojos que está viendo los imagina oscuros como pozos, o claritos como el verdor del verano. Y esa voz la adivina pausada, llena de ecos y notas de terciopelo, abrazadora y sutil al mismo tiempo, como la gasa, como la seda.

   Y esa piel, tostada ya por el sol, la siente tersa, como un melocotón, lleno de pelusilla y dulzor, firme en el beso, apetecible en el mordisco. Y aquellos brazos, enmarcados por unos hombros interminables, en los que depositar sus sueños de amor y de deseo.

   Porque lo ve en la distancia y lo desea, perfecto tal cual es.

   Solo, como lo ve.

   Para él, como lo ve.

   Y en esto sopla y resopla. Se mira en la vitrina de una tienda y se arregla como puede. El cabello revuelto, la camiseta (¿por qué se pondría hoy precisamente ésa?) sin planchar, los pantalones pasables…,  bueno, bastante bien, la verdad, tampoco son tan horribles.

   Pero no está seguro. Sopla de nuevo y otra vez estudia con dificultad su reflejo. Si al menos no llevase las gafas…

   ¿Y le gustará? ¿Por qué no? Con esa mirada dulce, con ese ceño algo fruncido y esos labios entreabiertos, echando de menos un cigarrillo, tiene pinta de que sí, es de lo que pasan de la primera impresión…

   Ojalá sea de ésos, porque mira cómo está hoy…

   Respira profundo. Está que le falta el aire. Su pecho parece subir y bajar como una polea.

   Lo ve. Y se decide.

   Cruza la calle. Se va acercando poco a poco. Le parece cada vez más guapo, cada vez más bello, cada vez más inaccesible.

   Esos ojos, que son castaños; esa boca, que es carnosa y jugosa; ese mentón y su barbita, esos brazos de grúa, esa espalda de universo en expansión…

   Y él acercándose.

   Una vez a su altura le sonríe. Y le sale la risa más luminosa, porque esa belleza hace que le salte la alegría a los ojos, el deseo a la cara y el corazón a la boca. Y se siente estupendo y casi sin aliento. Y no importa la camiseta fea, los pantalones perfectos, porque su risa es preciosa y está llena del universo. Lo sabe. Lo siente. Y se acerca más y más.

   Y lo ve.

   Los hombros se relajan, la cintura se adelanta. La espalda se expande abriendo un pecho de almohada y cobijo, y esos labios sonríen de repente y la mirada se centra en un punto y todo le cambia: no hay abatimiento, el aburrimiento cede, ya no se acuerda que dejó de fumar. Al caminar y acercarse abre más y más los brazos, tanto que parece querer tragarse el aire de la calle y se relaja, porque ha encontrado lo que estaba esperando.

   Y lo ve acercarse cada vez más. El pecho agitado, la respiración entrecortada. No sabe qué hacer. Esperar a que llegue a su altura, correr a abrazarlo, sonreírle y llamarle por un nombre inventado pero que le va como un guante.

   En su indecisión, se queda de pie. Allí, en medio de la acera. Con la sonrisa en la cara y el ánimo alto, elevado y libre…

   Ya llega…

   Y pasa de largo.

   Tras de sí, se funde en un abrazo de placa tectónica con una belleza de siglo pasado, pálida, de pelo oscuro, de mirada sensual y perfil aguileño, llenos de risas los ojos, llena de besos la boca, y el universo, congelado, se funde en el amor que ambos desprenden sin importarles el mundo que gira.

   Sin verlo a él.

   Prefiere no moverse. Espera tranquilo, mirando a la nada, hasta que se vayan juntos. Porque se irán entrelazados por la cintura, riendo una tontería, tocándose y fundiéndose en esos tactos que nadie puede ver. Y respira. Respira hondo una y otra vez.

   Y recuerda de repente que los milagros no se dan. Que belleza llama a belleza, que el amor resuena en el amor. Y que, a veces, la lujuria es algo más que una pasión y el querer, un acto mental que gobierna al corazón.

   Y espera. Espera viendo el tiempo pasar. Intentando no ver en su corazón, queriendo no creer en sus corazonadas.

   Cuando está seguro que ya no se abrazan más, que se han ido, o se han fundido con su sueño, recuerda adónde iba, lo que tenía que hacer y se decide a dar un paso y otro más. Y trata de volver a la normalidad.

   Cada paso que lo aleja de allí es un intento, vano, de olvidarse quién es él y quiénes son los demás. Y, sin embargo…

   Su corazón sigue latiendo en la distancia del olvido, pequeñito y firme, terco y esperanzado. Porque ese corazón, que ahora desea ahogar, sabe que algún día, quizá nunca, pero algún día, encontrará esa perfección a sus pies. Y él estará preparado cuando ese día llegue, cuando ese momento se dé. Aunque ahora piense, y quizá tenga razón al hacerlo, que los sueños, un sueño, no son más que imaginada realidad. Y que no son para él.

Un comienzo/ A beginning.

El mar interior/ The sea inside

Una mirada como si nada. Una picardía. Un sonrojo.

Una sonrisa tímida. Un cabeceo.

Un guiño. Una voz dulce y profunda, de vino tinto y cama sin hacer.

Un cabeceo. Una sonrisa más confiada.

Un ademán. Un nombre. Un contacto.

Dos manos. Dos brazos. Dos torsos que se encuentran.

Aire entre los cuerpos que se evapora, espacio que desaparece por un momento.

Cuatro labios, cuatro hileras de dientes. Cuatro ojos y cuatro manos que se encuentran.

Un brillo en la mirada. Una caricia. Un beso.

Y silencio.

Un abrazo nuevo, un nuevo día. Una nueva historia de dos.

Un comienzo.

Una segunda oportunidad/ A Second Chance.

El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

   Nueve años separan ambas películas, pero director y actores son los mismos. ¿Lo son? ¿Lo somos sus espectadores? ¿Lo es el mundo en el que fueron hechas y que retratan?

   Antes del Amanecer, una película sobre el amor a los veinte años, donde todo parece una promesa y todo parece muy claro, la noche que atravesamos y el nuevo día que llega. Las locuras ocupan su lugar y las ilusiones otra. Donde las promesas se dan por sentadas y el futuro, asequible y fugaz.

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

   Antes del Anochecer, una película sobre la vida pasados los treinta, llena de responsabilidades deseadas o no, cargada con el fardo de lo vivido y de aquello que hubiésemos podido vivir. Donde la decepción corre pareja con la ilusión y el precipicio de la edad, aún lejana, nos corroe y nos asusta pero no inhibe nuestro deseo de vivir completamente una situación única.

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

Ambas películas, pero quizá para mí más Antes del Anochecer, son una reflexión sobre la vida, sobre lo que nos gustaría haber hecho, lo que hemos hecho y sobre la valentía de enfrentar las consecuencias y la energía residual para enmendar los errores y transmutarlos. Ambas tejen el hilo de una historia, una historia de puntos suspensivos, que intenta tener un sentido pese a la vida que se ha soñado y los sueños que se han vivido.

Ambas nos hablan de oportunidades: las que se dejan escapar y aquellas que anhelamos volver a tener. Ambas nos hablan de decisiones, sueños y, finalmente, realidades. Y de que el amor, cuando realmente se desea, nos regala siempre una segunda oportunidad.

En una habitación/ In a Room.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature, Música/ Music

Todos bailan. El ritmo lento de una canción de moda. Hay cuerpos unidos firmemente, como atados por abrazos desesperados. Hay cuerpos discretamente separados, entre los que el aire campa sin sentido de espacio. Hay cuerpos que descansan unos sobre otros, aburridos quizá y por incercia, bailando por compromiso.

La música tañe su suave melodía de amores fingidos y olvidados, de corazones rotos y fantasías espúreas. Está de moda, ritmo pasajero, flor de un día que quizá todos los allí reunidos olviden después.

O quizá no.

Unos ojos se encuentran en la distancia. Por sobre los hombros de uno y otro se miran y se reconocen en el anonimato, en el momento presente.

Giran una y otra vez, pretendiendo acercarse uno al otro. Pero alguien se enreda, otro habla, se rompe la cadencia, se recupera de nuevo. El lazo visual se quiebra momentáneamente para recuperarse segundos después, con más intención la mirada. Quizá con más pasión.

¡Oh! Si la mirada hablara… Qué no se dirían en medio de aquella habitación vacía de gente. Qué secretos muy guardados, capaces de ser leídos en esas pupilas, compartirían. En el vaivén de la danza, entre el murmullo de los zapatos al besar el suelo, ambos se desean en la distancia, ambos toman aire y componen la mejor de sus sonrisas.

Los labios de los dos se humedecen y se entreabren, esperando un beso que viaja con las notas de una canción que ellos ya no oyen. ¡Oh, si el aire besara! Qué rincón quedaría oculto ante unos labios hambrientos, ante una piel jugosa y sedienta.

Y ríen. Ríen mientras la danza prosigue, cambiando de brazos y de posturas, levantándolos en arco, bajándolos en abrazos. ¡Oh, si los brazos arrullaran! Qué melodías no se cantarían al oído gracioso, qué tonos no emplearían para amarse en la distancia.

Porque la distancia separa a los amantes. Amantes que se han reconocido en una habitación llena de gente, entre los cuerpos de gente equivocada, entre las intenciones erradas de unas vidas que se cruzan esta noche quizá para no volver a encontrarse.

La música llega a a su fin y la respiración es agitada. Quizá por el esfuerzo del amor, quizá sea sólo por el baile….¡Oh, si los pies pudiesen volar! Llegarían uno al encuentro del otro y se unirían sus almas con el lenguaje de los ojos, con el tacto de la piel y la pasión desbordada del deseo. Qué no se dirían, qué no encontrarían, qué placer efímero no fundirían con su encuentro.

Si alguna vez labios rojos pudiesen quemar la atmósfera candente de una habitación con el silencio; si alguna vez almas halladas pudiesen con su encuentro hablar con la mirada; si alguna vez pecho y brazos, piernas y sentidos lograsen desprenderse de sus ataduras y compromisos, ellos dos serían felices.

Sin embargo, uno se gira hacia la puerta tironeado por la vida que ha elegido hasta ahora y el otro lo pierde de vista, en una habitación llena de cuerpos y de gente que no le interesan nada, apenas maniquíes que estorban la visión de una vida que se escapa. Uno cierra sus ojos para que la imagen de ese momento quede grabada en su recuerdo; el otro intenta desatar uno a uno unos lazos que lo unen a la Nada.

Y mientras uno sale de una habitación en la que halló su vida, el otro, aturdido por la felicidad encontrada, duda un segundo y sigue en ella, recordando el aroma de unos besos traídos por el aire, la cercanía de un tacto nacido en la mirada, y la dulzura de un corazón que baila en una noche sin luna. Y sonríe al vacío. Y se resigna. Y se calla.

En la habitación llena de gente, una nueva canción surge, y como hechizados, los cuerpos comienzan otra vez el lento planeo de una danza continua. Uno oye la melodía ya lejana, mientras atraviesa el umbral de una puerta que quizá no debió franquear jamás. En su memoria de fuego lleva grabada aquella mirada, el sabor de esa sonrisa y el fino tacto de la atmósfera alrededor. Y hasta parece que una lágrima intenta escapar de ese recuerdo.

Pero una mano surge en la noche y detiene su marcha. Se acerca despacio y sonríe en las sombras. Y las miradas se encuentran, los labios se unen y el pecho y los brazos y las piernas se confunden, arrullados por el ritmo sordo de una canción de moda.

Y, mientras tanto, en una habitación la vida sigue, ignota, su guión de siglos por venir. Y unos amantes corren por la noche al encuentro de su historia.