Un sueño/ A dream.

   Lo ve en la distancia.

  Ojos distraídos, nariz discretamente prominente pero perfecta; el ceño algo fruncido; el cuerpo con tensión, esperando al tiempo (o a alguien).

   Lo ve.

   La boca perfilada, carnosa y sabrosa. El mentón marcado y una barba de tres días.

   Podría estar fumando. De hecho, echa de menos una calada. Podría estar solo. Podría fijarse también en él.

   Podría.

   Lo ve.

   Siente el sabor de esos labios en su piel, recorriendo el camino ancho entre la mejilla y el cuello, deteniéndose un rato para soplar maravillas, para masticar un sabor que se evapora con el primer golpe de viento. Con sus manos acaricia sus orejas y atrae hacia sí su rostro para encontrar en su boca un descanso a la búsqueda, una pausa del placer.

   Esos ojos que está viendo los imagina oscuros como pozos, o claritos como el verdor del verano. Y esa voz la adivina pausada, llena de ecos y notas de terciopelo, abrazadora y sutil al mismo tiempo, como la gasa, como la seda.

   Y esa piel, tostada ya por el sol, la siente tersa, como un melocotón, lleno de pelusilla y dulzor, firme en el beso, apetecible en el mordisco. Y aquellos brazos, enmarcados por unos hombros interminables, en los que depositar sus sueños de amor y de deseo.

   Porque lo ve en la distancia y lo desea, perfecto tal cual es.

   Solo, como lo ve.

   Para él, como lo ve.

   Y en esto sopla y resopla. Se mira en la vitrina de una tienda y se arregla como puede. El cabello revuelto, la camiseta (¿por qué se pondría hoy precisamente ésa?) sin planchar, los pantalones pasables…,  bueno, bastante bien, la verdad, tampoco son tan horribles.

   Pero no está seguro. Sopla de nuevo y otra vez estudia con dificultad su reflejo. Si al menos no llevase las gafas…

   ¿Y le gustará? ¿Por qué no? Con esa mirada dulce, con ese ceño algo fruncido y esos labios entreabiertos, echando de menos un cigarrillo, tiene pinta de que sí, es de lo que pasan de la primera impresión…

   Ojalá sea de ésos, porque mira cómo está hoy…

   Respira profundo. Está que le falta el aire. Su pecho parece subir y bajar como una polea.

   Lo ve. Y se decide.

   Cruza la calle. Se va acercando poco a poco. Le parece cada vez más guapo, cada vez más bello, cada vez más inaccesible.

   Esos ojos, que son castaños; esa boca, que es carnosa y jugosa; ese mentón y su barbita, esos brazos de grúa, esa espalda de universo en expansión…

   Y él acercándose.

   Una vez a su altura le sonríe. Y le sale la risa más luminosa, porque esa belleza hace que le salte la alegría a los ojos, el deseo a la cara y el corazón a la boca. Y se siente estupendo y casi sin aliento. Y no importa la camiseta fea, los pantalones perfectos, porque su risa es preciosa y está llena del universo. Lo sabe. Lo siente. Y se acerca más y más.

   Y lo ve.

   Los hombros se relajan, la cintura se adelanta. La espalda se expande abriendo un pecho de almohada y cobijo, y esos labios sonríen de repente y la mirada se centra en un punto y todo le cambia: no hay abatimiento, el aburrimiento cede, ya no se acuerda que dejó de fumar. Al caminar y acercarse abre más y más los brazos, tanto que parece querer tragarse el aire de la calle y se relaja, porque ha encontrado lo que estaba esperando.

   Y lo ve acercarse cada vez más. El pecho agitado, la respiración entrecortada. No sabe qué hacer. Esperar a que llegue a su altura, correr a abrazarlo, sonreírle y llamarle por un nombre inventado pero que le va como un guante.

   En su indecisión, se queda de pie. Allí, en medio de la acera. Con la sonrisa en la cara y el ánimo alto, elevado y libre…

   Ya llega…

   Y pasa de largo.

   Tras de sí, se funde en un abrazo de placa tectónica con una belleza de siglo pasado, pálida, de pelo oscuro, de mirada sensual y perfil aguileño, llenos de risas los ojos, llena de besos la boca, y el universo, congelado, se funde en el amor que ambos desprenden sin importarles el mundo que gira.

   Sin verlo a él.

   Prefiere no moverse. Espera tranquilo, mirando a la nada, hasta que se vayan juntos. Porque se irán entrelazados por la cintura, riendo una tontería, tocándose y fundiéndose en esos tactos que nadie puede ver. Y respira. Respira hondo una y otra vez.

   Y recuerda de repente que los milagros no se dan. Que belleza llama a belleza, que el amor resuena en el amor. Y que, a veces, la lujuria es algo más que una pasión y el querer, un acto mental que gobierna al corazón.

   Y espera. Espera viendo el tiempo pasar. Intentando no ver en su corazón, queriendo no creer en sus corazonadas.

   Cuando está seguro que ya no se abrazan más, que se han ido, o se han fundido con su sueño, recuerda adónde iba, lo que tenía que hacer y se decide a dar un paso y otro más. Y trata de volver a la normalidad.

   Cada paso que lo aleja de allí es un intento, vano, de olvidarse quién es él y quiénes son los demás. Y, sin embargo…

   Su corazón sigue latiendo en la distancia del olvido, pequeñito y firme, terco y esperanzado. Porque ese corazón, que ahora desea ahogar, sabe que algún día, quizá nunca, pero algún día, encontrará esa perfección a sus pies. Y él estará preparado cuando ese día llegue, cuando ese momento se dé. Aunque ahora piense, y quizá tenga razón al hacerlo, que los sueños, un sueño, no son más que imaginada realidad. Y que no son para él.

Juan Ramón Villanueva

Un aspirante-a-todo-lo-que-sea, que vive en Santiago de Compostela; dedicado a vivir demasiado en su cabeza; con grandes amigos con los que compartir todo los aspectos de la vida, y que empieza a necesitar expandirse más allá de sus propio límites geográficos. Aspiring-to-everything-that-it-is, living in Santiago de Compostela; dedicated to live too much in his head; with great friends with which to share all aspects of life, and that begins to need to expand beyond his own geographic limits.

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