Lo que queda del día/ The remains of the day.

El mar interior/ The sea inside

   Agotado, me dejo caer sobre la arena. No me preocupa que se meta entre los zapatos, que se haga cosquillas a través de los calcetines. De hecho, me saco los zapatos y desnudos mis pies, disfrutan hundidos ese gracioso granulado, ese caliente beso de tierra al sol.

   La marea comienza a ascender. El sol aún se refleja entre las nubes. El mar, teñido de rosa y oro, manso besa la orilla a la que abandona como los labios de unos amantes se separan para coger aliento.

   Cansado, no quiero hablar. De todas maneras, si pudiera, preferiría el silencio. El silencio que llega del mar en murmullo de espuma y el que se escapa de tu pecho, lento y suave con cada respiración.

   Cuando el largo día parece que me puede, pienso en ti, y en nuestro encuentro frente al mar insomne, y se me alegra la cara. Me lleno de una energía nueva, y lo que queda del día se transforma en deseo y en una secreta alegría: la de nuestro reencuentro entre el arrullo del mar, el beso de la arena y el refresco de la orilla por siempre húmeda.

   Y llego a tu lado, desplomado y cansado. Y siento la caricia de tu mano al saludarme, y el aroma de la salitre, y la suave brisa del océano, brillante y azul. Y descanso mi rostro en el hueco de tu palma y todo parece desaparecer: los problemas diarios, la angustia de llegar a fin de mes, las hipotecas y las responsabilidades y todo parece brillar: nuestro amor, el reflejo dorado del sol en el agua, la espuma juguetona en la orilla  pizpireta, la arena que rápidamente se hunde entre mis pies.

   Cuando llego a casa, lo que queda de mí se llena de ti y de la belleza del mar y hace que todo valga la pena.

   Cuando llego a casa, lo que queda del día sólo es felicidad.

Cuestión de Amor o Lujuria/ A Question of Lust.

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A Question of Lust. Depeche Mode.

   Durante una tarde cualquiera, mientras disfrutábamos en una terraza el ir y venir de la gente acalorada, hablábamos de todo un poco.

   Me gustaba su compañía: recia, apolínea, quizá demasiado desarrollada pero enormemente atractiva, suave y firme al mismo tiempo; la piel morena e hidratada, brillando al atardecer con una indecencia maravillosa. Todo en él era llamativo: sus hombros como mundos, su espalda de río y un pecho amplio de universo en expansión. Pero sobre todo su verbo fácil, su sonrisa de estrella y un brillo en la mirada que me aturdía a veces y a veces me centraba.

   Que me gustaba saltaba a la vista. Vamos, le gustaba a todos los que paseaban por la calle. La terraza no era más que un pretexto como otro para ser admirado y apreciado en la distancia. La Belleza a veces es así de descarada y así de elusiva: mientras no nos acerquemos lo bastante, ella atenderá nuestra sed en tragos pequeños y espaciados; quizá un poco amargos por imposibles o improbables, pero demasiado adictivos para negarles un poder por lo demás tan voluble como el tiempo que pasa.

   Pero me gustaba todo, no sólo lo que enseñaba: sus labios, su voz dulce, su forma de ser, algo prejuiciosa, algo independiente, pero generosa y consciente de su lugar en el mundo. Y lo sabía, puedo asegurarlo. Pues, como Belleza, se acercaba y se alejaba en ese vaivén que acrecienta la lujuria y la desespera y la aquieta.

   Sentados uno frente al otro, me sentía igual de estudiado. Yo me imaginaba el sabor de sus besos, el cosquilleo de su piel color de vainilla tostada, la blandura de ese pecho, la firmeza de un abdomen cincelado, la tensión de unas piernas atomizadas y relajadas al infinito… Entre sorbo y sorbo, mis labios dibujaban cada uno de sus relieves, tropezaban con un pezón, un codo, un nudillo, y convertían la aventura de saborearle en un exótico baile de especias: la canela, el cardamomo, la pimienta, todos esos olores exóticos confluían en aquella distancia que nos separaba, un mar que se abría a mis sentidos hambrientos y a una expectación que se me notaba en la mirada y a veces en el aliento.

   Sonreía, sabedor, lo sé, y acostumbrado también. Y jugaba con ello. Se acercaba y me sonreía y guiñaba un ojo al sol de la tarde y parecía que el mundo se centraba en nuestra mesa, en nuestras bebidas y en el roce al que una y otra vez nuestras rodillas desnudas o nuestras manos jugaban.

   Una cuestión de lujuria, de piel y sentidos abiertos. La conversación fluía con una facilidad casi divina. Y divino me sentía yo a su lado, extasiado y comprendido: nos conocíamos, nos comprehendíamos, nos admirábamos: una cuestión de amor.

   Su voz, su risa. Mi mirada fija, continua, despreocupada, desvergonzada en su compañía, caldeada y lujuriosa. Cada respiración era un beso que deseaba darle; cada pestañeo, un retrato de su cuerpo tatuado al mío, lleno de esa confianza en lo conocido y en esa serenidad de lo probable. Sus brazos de árbol, su cintura estrecha. Entrecruzaba las piernas y jugueteaba con mis pies. Y su mirada fija, desvergonzada, concupiscente. Y mi risa y mi voz.

   Una cuestión de amor: sus ojos oscuros, su nariz prominente, la sutileza de unas manos finas y pequeñas, el sonido de aquella voz de bacante; sus miedos, sus sueños, una inseguridad absurda pero fascinante, una fragilidad inusitada y preciosa.

   Una cuestión de lujuria: placer de las pieles que se encuentran liberadas de toda ley que no sea la de los cuerpos; la escalada a sus relieves, la caída libre desde los labios a sus pies; la fuerza que arrebata las inseguridades; la fragilidad que se debate presurosa entre las llamas de la pasión y su transmutación en placer, universo, beso y grito.

   Nos levantamos. Nos miramos.

   Sabía que su hotel tenía piscina; sabía que iría después al gimnasio. Sabía que todo eso podía quedar para después, tras el ejercicio del lecho.

   Y le sonreí. Y me acerqué. Lo abracé con una ansia que me hacía temblar. Y, tras el rastro de su piel, conseguí llegar al valle de sus labios. Y en ellos estuve acampado una eternidad: cuestión de lujuria.

   Su voz. Su mirada seria. Me abrazó con torpeza e intentó sonreír de alguna manera. Consiguió mover aquel cuerpo que de repente había perdido toda flexibilidad, ganando en rigidez, en brillo al refulgir con el sol de la tarde.

   – Perdona. Perdóname, de verdad, creo que no me has entendido. Te tengo mucho cariño, muchísimo, pero como amigo. Comprenderás que tú y yo…

   Mi mirada fija, mi sonrisa congelada. El calor insoportable. La Belleza que se aleja incólume. La nada.

   Cuestión de amor.

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

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Más azul/ Blue.

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Vuelve (a mí) y quédate/ Back to Stay.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Cuando te fuiste no lo tenía claro.

   No sabía qué te impulsaba a marcharte, porqué dejabas una vida que parecía preciosa a mi lado, qué razón te empujaba a buscar aventuras arriesgadas, probar una cosa o la otra, descubrir nuevos mundos, reales o imaginarios, lejos de mí.

   Aún a veces me lo pregunto para no desvelar una verdad que puede que me haga más daño aún. Si eso fuese posible.

   Te fuiste una mañana muy temprano. Creías que dormía, tumbado boca abajo con un brazo fuera de la cama. Pero me hacía el dormido con la cara hundida en las almohadas para que no supieras que lloraba tu huida, que sentía muy muy dentro tu pérdida, y que no deseaba, no toleraba tu adiós.

   Porque para mí era un dolor, una pena.

   Pero no te diste cuenta, y me besaste suave en la mejilla y susurraste un cualquier cosa a mi oído, demasiado entretenido en mis propios sentimientos para entenderte o para quererte.

   Y te fuiste cerrando la puerta con un suave chasquido y un eco en mi corazón.

   No tolerabas una vida llena de indecisiones, repleta de quizás, tal vez o espera un poco más. Había demasiada energía en ti para no sentirte un prisionero de mi día a día, menos brillante de lo que yo mismo había imaginado, y de mi propia frustración, al ser incapaz de ofrecerte toda la belleza que tu sed merecía. Nuestra vida se había convertido en un aburrimiento sincero, en una lucha continua en la que el presente nos ganaba la partida. Recuerdo cuánto tardamos en conseguir aquel sofá que tanto nos gustaba, o la cama inmensa donde encontrarnos era una sorpresa y una de las pocas alegrías que el eterno día nos regalaba. Sentir tu piel como nueva rodando por esa superficie blanca y tersa…El aroma a vainilla y canela de tu piel, tu pelo teñido con los colores del atardecer que entraba por la ventana abierta, y tu risa, esa risa que se quedaba en mi mente hasta mucho después, cuando el cansancio llegaba y jadeantes mirábamos hacia nuestros propios sentidos exhaustos.

   Te fuiste buscando nuevas aventuras, nuevos horizontes. Paisajes amplios que permitieran desplegar tus sueños, que facilitasen el desarrollo de un talento indescriptible, que te dejasen sentirte tú sin limitaciones vulgares, sin lastres ni justificaciones huecas. Cuando llegamos a explicarnos cada uno de nuestros movimientos, cada uno de nuestros pasos, el mundo se reduce a una cárcel pequeñita, que nos corta la respiración, inhibe los sueños y marchita el amor. Y sé que te fuiste con tu amor raquítico, con una sequía en los ojos y en los labios. Lo sentí en ese beso fugaz que te sirvió de despedida, huyendo en la madrugada para evitar las palabras, palabras que nos aprisionan a veces y nos hacen flaquear otras.

   Te fuiste y me dejaste. Y te lanzaste a ver el mundo. La belleza era tu meta; transmutarla tu sentido de vida. Yo no podía competir con eso. Yo no podía contribuir a ese vuelo ligero; y quedarme atrás, sin ti, fue el precio de una aventura que nunca quise aceptar y que ocurrió, porque las cosas tienen que pasar aunque no deseemos verlas, y el destino es más fuerte, mucho más fuerte que el amor. Al menos que el que tú me tenías.

   Y pasó el tiempo. El tiempo que fluye en el día a día, que parece eterno y pegajoso, pero que se cuela de entre las manos sin darnos cuenta. Todo parece una eternidad, y sí lo es cuando estamos solos, cuando el lecho es demasiado amplio y níveo y el silencio demasiado espeso y pesado y la soledad, una compañera callada que alimenta con plomo al corazón.

   Sin ti dejé de soñar y tuve que encontrar nuevas formas de justificarme. Sin ti cambié de trabajo, me lancé a la locura del quizá y del tal vez pues nada tenía que perder, y me volví huraño y sordo, y ciego a las propuestas de gentes que veían en mí una presa fácil, un truco apenas adolescente… El sol se burlaba de mí, y mi piel blanquísima alumbraba las calles en penumbras sabrosas en verano, húmedas y frías en invierno, añorando tu calor, soñando con tu compañía; imaginándote en el salón de casa, con la sonrisa de estampa y los brazos abiertos, dándome la bienvenida y protegiéndome de un mundo que parecía negárseme siempre.

   Y pasó el tiempo. Y supe de ti. Vi tu éxito, tu búsqueda sagrada hecha realidad. Tu talento desbordado, tu sensibilidad  en la flor de los labios de otros, la imagen de un mundo que era belleza a través de tus ojos. Me enviaste algunas cartas cortas, o que para mí siempre fueron exiguas, y algunas postales y fotos tomadas por ti, en las que te confundías con la belleza de fondo, en las que te hacías edificio, estatua, pavimento y paisajes lejanos. En todos ellos me hablabas con la mirada,en todos esos mensajes me recordabas lo bien que habías hecho, lo dulce y duro que era todo. La excitación y la camaradería, unos brazos cálidos, una sonrisa fugaz en el claroscuro de una hoguera… Y yo aquí, en el mar de un lecho gigante, envuelto en la arena lunar, siendo cada vez más yo y estando por eso cada vez más solo, amándote todavía, en la distancia y en la cercanía, en tu abandono y en el mío…

   Pero ahora sé. Ahora lo entiendo. Ha tenido que pasar todo este hiato de tiempo indefinido, de soledad sonora, para que lograse comprender ese fuego que te abrasaba por dentro, para saber que el amor a veces no es suficiente, o no basta con amar al otro, si no a nosotros mismos. Ahora, cuando la vida parece que se ha asentado en mi día a día, soy capaz de entender tus ansias, de aprehender tus deseos, que te alejaban de mí. Y, aunque me sigue doliendo, esa comprensión lo hace asumible y tu ausencia soportable, y el ardor de mi corazón más cercano al tuyo, y mi amor, ese que nunca ha cesado, más íntimo, más cálido, más sereno.

   Cuando todos los barcos hayan zarpado; cuando todos los caminos hayan sido recorridos; cuando toda la belleza que proviene del mundo sea vista; cuando todos los sentidos hayan sido saturados, cuando toda esperanza haya germinado y el mundo haya revelado todos sus secretos, vuelve a mí. Que te estaré esperando en mi mundo sereno, en mi vida sin dudas, en mi corazón que siente apasionado y tranquilo un amor de media tarde, diluido entre la siesta y el atardecer. Cuando cada recodo del camino que recorres te acerque cada vez más a casa, y descubras que todo lo que has admirado, todo lo bello y sensual ya estaba dentro de ti y en nuestro amor, vuelve a mí, que te estaré esperando con el corazón en la mano y el amor en los labios. Cuando todas las oportunidades se hayan agotado, cuando no haya estrellas que conocer ni océanos cuyas olas recorrer, vuelve a mí, a nuestro sofá maravilloso, a nuestra cama nívea ancha como un abrazo, abierta como un poema y quédate en nuestro hogar para siempre, para siempre lleno de recuerdos junto a mí.

   Cuando el mundo agote toda su grandeza, cuando te canses de ir de aquí para allá buscando lo inexistente, cuando la nostalgia te golpee la memoria y te ablande el corazón, acuérdate de mí, búscame y llámame en el vacío… Que encontraré tu eco en la distancia, e iré a buscarte allí donde estés, porque mi amor por ti sólo ha crecido y se ha ramificado, y te reconoceré y te abrazaré por más que hayan pasado los años, y te ofreceré mi vida, que ahora es toda mía, y mi lecho níveo, que sigue siendo sólo nuestro, y seguiremos construyendo, allí donde el tiempo de una huida ha dejado suspendido, una vida maravillosa que te atraerá de nuevo a mí, para quedarte por siempre.

El hogar/ Home.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Desde luego, no hay lugar, más allá del sol, de la lluvia y del arco iris, como nuestra casa: el hogar.

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Compartimentos estancos/ Cages.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Hace casi dos años, estábamos Abel Arana y yo sentados en el Mamá Inés conversando sobre la vida, las relaciones, las despedidas y lo que nos hace únicos y diferentes. En el fondo sonaba una canción que nos gusta mucho y de la que tengo el mejor de los recuerdos: Baby, I’m a Fool de Melody Gardot. El amor y el desamor, las diferencias en la percepción del mismo, la vanidad, el desespero, la entrega, la decepción y la aceptación sobrevuelan esa melodía sugerente y elegante.

Desayunábamos. Yo tomaba agua y él, lo recuerdo bien, una napolitana con queso fundido y un tazón de café con leche, a los que atacaba con verdadera fruición. Me gusta su compañía: es estimulante, a veces quizá demasiado, porque su personalidad es un río a borbotones; pero su sentido de la familia, de lo adecuado, es asombroso y, más que todo, su desarmante sentido común siempre me deja sin palabras. Dueño de una inteligencia superlativa, le pueden las pasiones, a las que se entrega con una confianza que me asombra y me admira a la vez, por lo que sus conversaciones son fascinantes y nunca, por más banales que sean, caen en saco roto.

Durante nuestro encuentro se quedó callado mirándome. Como no soy de los que esquivo la mirada en las distancias cortas, le imité en silencio, esperando oír lo que se veía quería decirme. Por el ventanal del Mamá Inés iba y venía todo tipo de gente en variopinta procesión. Más uniformados de lo que ellos mismos se daban cuenta, por la calle Hortaleza desfilaban hombres y mujeres, cada uno enfrascado en sus propias vidas, queriendo gustar, deseando hacerse notar, ansiosos a veces, otros despreocupados y otros perdidos. La calle en otoño comenzaba a clarear a la luz del mediodía y el fluir de ida y de venida comenzaba a hacerse notar cada minuto que pasaba.

Mientras Abel se mantenía en silencio, se me dio por ver a través de los ventanales todo ese trajín matutino, poco diferente del que posee a cualquier otra hora del día, salvo por la delicada neblina de una mañana de finales de octubre. No sé qué expresión tenía yo en aquel momento, pero debía ser muy reveladora. Me tocó la mano para atraer de nuevo hacia él toda su atención.

– No vivirías aquí, ¿verdad?

La pregunta tenía muchas lecturas. Soy, literalmente, un chico de campo con una pizca de urbanita (cada vez más pequeña); desconozco en profundidad el ritmo de una vida que parece ser llevada al extremo y abandonada de repente: el trabajo dura lo mismo que el amor eterno que se olvida a la mañana siguiente, y una mirada entre hambrienta y juguetona parece contemplarlo todo con cierta sorna y desapego. El ambiente del barrio de Chueca (Madrid) pasa por ser el más tolerante y diverso del país, con sus casas de placer, con sus fiestas interminables, su gran facilidad para encontrar de todo: desde un orgasmo rápido hasta un kilo de cebollas, y su carencia total de piedad y cariño por los demás. Sin embargo, lo bello se separa de lo feo con asco; lo atractivo de lo repugnante; lo serio de lo fútil; la ausencia de sutilidad no está reñida con el sarcasmo, y la tan mentada tolerancia sólo se mide en centímetros y en unidades, no en personas o intereses mutuos.

En aquel momento la imagen que yo tenía delante de mí era la de un lugar donde las diferencias coexistían con cierta armonía, pero los propios miembros de esa sociedad diferente no se alejaban de los prejuicios de los ambientes más clásicos, antes bien los alentaban con la creación de etiquetas, locales determinados y gustos determinados, chistes beligerantes e hirientes y, muchas veces, un desenfado cruel. Nada en él hacía atractiva mi idea de mudarme; la idea de que, para ser aceptado en esa estructura de poder, deba ser colocado en un compartimiento estanco del que me estaba prohibido salir si no cumplía los requisitos adecuados, lastrándome a una casta dentro de las miles que cohabitan en ese mundo, y que me impedía, con leyes no dichas pero poderosísimas sobre el ego, el respeto y la sensibilidad de cada persona, a acercarme a otro que desease si no encajaba en los límites adecuados de la raza a la que pertenecía, me dejaba helado.

El sitio de la libertad y la aceptación se me revelaba, como cualquier otro ambiente inhumano, lleno de prejuicios, repleto de sueños rotos y tan cruel como la sociedad de la que se jactaba ser diferente.

– No. No viviría en Chueca. Me atrae durante unos días, es maravilloso vivir este ambiente de libertad, esta sobrada locura… Pero no, hay algo que no me gusta y quizá sea lo rígida que es, lo poco tolerante que es y lo poco diversa que, en el fondo, es.

Él me respondió ladeando al cabeza. La trilogía Historias de Chueca (de aquella estaba a punto de salir publicado Más), dentro de su humor escatológico y divertido, lleva velada una crítica semejante, intenta ser una llamada sobre lo que se ha hecho con un sueño de libertades y se ha transformado, gracias a las normas sociales, en una caja llena de compartimentos estancos en donde la vida pasa sin pasar; en la cual la exactitud del tiempo se mide en belleza y en logros físicos o económicos y no en compresión, apertura, aceptación y mezcla. Y no está mal que así sea: a fin y al cabo todos somos sociedad, todos somos seres humanos. Las cantadas diferencias por ser gais no son tales, puesto que el desenvolvimiento de la colmena social reproduce palmo a palmo el esquema de toda estructura conocida, llena de imperfecciones, de envidias y a veces odio, de actitudes segregacionistas (sí, los gais también son machistas, xenófobos y astutos negociantes del temperamento humano) y, a veces, de verdadero cariño, de lealtades puras y de generoso amor.

– Además, apenas tiene árboles. No soy de asfalto, si no de parques.

Ambos reímos. La napolitana ya no estaba y el cuenco de café estaba semivacío. Llevaba fumados un par de cigarrillos.

– Sabía que no. Chueca no es para ti. Y menos mal. Hay que huir de ella antes de que se meta en la piel… Después es tarde.

Puede que tuviese razón. No me gusta ser distinto, pero reconozco que aún en Chueca lo soy. Me aterra a veces la idea de ser un verdadero Outsider, alguien que no consigue conectar con lo que le rodea. Una especie de isla en medio de un mar encabritado a veces y a veces en calma. Y eso tampoco es bueno.

Nadie puede alzarse en dueño de la Moralidad. Y mucho menos los partidos políticos o instituciones supuestamente divinas: todas estas formaciones siempre persiguen algo. Tampoco nadie puede alzarse con el derecho de dividir a la humanidad en normales e invertidos, en heteros y gais, en negros y blancos: el mundo escapa siempre, siempre a la clasificación única e irrepetible, puestos que su constante cambio es la base misma de esa insabilidad y de ese desvarío.

No: Chueca no es el paraíso de lo diferente. Es el paraíso de una libertad contracturada, que es mucho mejor que no tener ninguna, pero cuyo fin aún no está del todo conseguido. Mientras veamos al vecino por el rabillo del ojo, mientras no nos aguantemos las ganas de cotillear y de definir y de valorar a los demás por logros o aptitudes físicas o meras conveniencias sociales, aunque estos convencionalismos parezcan novedosos, Chueca no será más que un gueto, variopinto y divertido eso sí, pero cruel y duro al mismo tiempo, en el que la sociedad a la que pretende superar está tan anclada, tan sembrada en su uniformidad, que aún me asombra que nadie se dé cuenta de ello antes de acabar  atrapado en la vorágine de su existencia diaria y sin fin.

Y no es algo malo: Chueca es nuestra sociedad actual, nuestra forma de vida de hoy; nada hay en él, por debajo de una superficie fuera de lo común, que lo aleje de lo común, que lo identifique por encima de cualquier estructura creada por el ser humano. Chueca, crisol de variedades, quizá aún no tiene sitio para un outsider como yo. Y no me molesta ni me preocupa, antes bien, me maravilla. Y cada vez que visito el barrio me lleno de su energía, disfruto de su notoria belleza, y de su evidente desparpajo. Nadie ríe más que en Chueca, y nadie hace más lo que le apetece en los perímetros de este barrio de Madrid. Pero, desengañémonos, Chueca no es el Paraíso, aunque se parezca, muy mucho, al este del Edén.

Cuando salimos del Mamá Inés, yo con mi maleta en la mano y Abel con un cigarrillo en la suya, nos despedimos con un par de besos y un abrazo. La canción de Melody Gardot (que tanto me recuerda a Philippe Servais) ya había terminado y Chueca despertaba con todo su esplendor. Subimos por la calle de Las Infantas hasta la calle Fuencarral, alborotado bulevard de tiendas, gentes y peticionarios, y nos separamos de nuevo con un abrazo. Él se encaminó hacia Gran Vía. Yo, hacia Tribunal. El ruido de las ruedas de mi maleta salpicaba una y otra vez mis pensamientos…

No, no me gustaría vivir encerrado aún más en compartimentos estancos, en celdas en las cuales yo no haya elegido estar. Pero Chueca es un proyecto vivo, una idea maravillosa, que debe evolucionar y cambiar, como todo invento humano, en busca de su perfección. Mientras tanto, me dejo atrapar por su embrujo gitano de vez en cuando, por el hechizo de su maltrecha libertad y encontrar allí un mundo de personas maravillosas de las que aprender siempre y por las que ser siempre feliz, a trozos puros y reales.