El fluir de los días/ Days gone by.

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   En estos días la vida normalita, ésa que no sale en la televisión ni vende exclusivas, se ha acercado a mí.

   Que vivimos la mayor parte del tiempo inconscientes del valor de lo que nos rodea no es una frase hecha: es realidad. Las tardes se suceden, llegan las noches con sus augurios de promesa y de nuevo los amaneceres con su alba claridad, y todo lo vivimos en bloque, de un plumazo, llevados por el fluir de los días con gran suavidad. Y aunque puede que esa continuidad insensible sea necesaria, hay momentos, como fogonazos incandescentes, que nos golpean en seco y nos atraen de forma brusca a ese presente inmediato, a ese instante de consciencia en el que todo se hace real: desde el peso de nuestro cabello hasta los latidos del corazón. Y un gemido escapa de nuestras bocas y a veces un lamento y, a veces, una canción. La vida se hace Vida y nos retrata y nos refleja, recordándonos nuestra única dimensión.

   El fluir de los días no se detiene ante nadie: no hay poder que logre vencer esa corriente inhumana, no hay ser que venza la llegada del Destino impasible y veraz. Porque sólo hay verdad en la Vida: nacemos, morimos, somos uno con la Naturaleza; volvemos a transformarnos en todo aquello que nos rodea y, lo demás, sólo es ruido, un zumbido molesto y tostón al que nos acostumbramos de tanto oírlo, encerrado entre los paréntesis acuosos del Nacimiento y de la Muerte.

   Las amistades van y vienen. El orgullo se entremezcla tanto con el amor, que a veces lo hiere y lo aniquila. El maltrato es flor de un día, pues esa búsqueda indigna de un poder que no existe (que nunca ha existido) ata a la víctima para siempre a la merced de un victimario más débil y perdido, deshecho en jirones de una imagen errónea de la que no lo librará ni siquiera su muerte. La alegría es tan efímera como la tristeza, y sin embargo la huella que nos deja ésta dura mucho más, como una mancha de lejía (de la buena), una cicatriz que escuece para siempre. La belleza se marchita aunque perdure un discreto aroma, por más que intentemos aprehender esa deidad elusiva y caprichosa; la fealdad se dulcifica con los años; la inteligencia puede perderse en su propia vanidad o en los laberintos del Olvido que siempre acecha; la Muerte detrás de la vida, y la Vida por encima de la muerte juegan a los dados sin necesidad de que entendamos las reglas del juego.

   Ayer estuve en un funeral. Multitudinario. Una mujer era enterrada, en medio del apoyo familiar y de sus vecinos, ataviada con toda la parafernalia con la que adornamos la muerte: el féretro, las flores, el luto, las lágrimas sentidas a medias, el encuentro social, el rito eclesiástico que no es más que una añoranza de tiempos perdidos, prácticas tan antiguas como la Humanidad cuyos ecos aún resuenan entre nosotros cada vez con menor significado; la juventud que se aleja de los muertos llena de superstición; la vejez que se asoma a ella con cierta resignación y con la misma capacidad de incomprensión; la tarde de verano entre nublada y soleada; los elogios a la difunta, aunque nadie había allí para afirmarlos o rebatirlos; la promesa de putrefacción y del encuentro en esos callejones oscuros que son las tumbas. Todo lo veía con cierta solemnidad y, sobre todo, con sorpresa.

   No le tengo miedo a la muerte. Antes bien, me preocupa el proceso más que el fin, el dolor que puede acarrear o la inevitable incapacidad que conlleva abocarse a ella. En esto, como en muchas cosas, sentía diferir de la mayoría de personas congregadas en el tanatorio y después en la iglesia y en el cementerio. Y sin que sea algo extraordinario, ser consciente de eso, una piedra de toque en el fluir del tiempo, hizo que reflexionara durante aquellas horas sobre lo innecesario del drama que vivimos, ese sobrante que nos trae el orgullo herido y la incomprensión y la falta de generosidad con los Otros que nos rodean.

   En estos días de vida normalita he perdido el contacto de personas a las que tengo en gran aprecio, separaciones que creen necesarias y justificadas (ninguna lo es) y he reconectado con otras que se habían perdido en el laberinto de los días pasados. Ese reencuentro, como si no hubiese pasado un día aunque suman años, me sirvió para darme cuenta de lo inútil que es nuestro orgullo, de lo vacías que son nuestras intenciones cuando las creemos dueñas del peso de la verdad. Entre esa persona y yo sigue latiendo el mismo cariño, ahora atemperado por las circunstancias; continúa naciendo entre nosotros la misma complicidad. Pero esta separación ha añadido un poso de comprensión que se ve en nuestras miradas, que se palpa en el aire que compartimos: las circunstancias vitales de cada uno ya no son las que eran y, sin embargo, la complicidad y el entendimiento y la aceptación del tiempo ido y regresado ha hecho que ese lazo, nunca muerto, reverdezca con una fuerza inusual y con una comprensión profunda y libre de egoísmo.

   Aquella separación, que llevó a crear este blog, real como la vida misma, no ha dejado de serlo, pues somos personas distintas, pero la corriente de cariño, de reconocimiento entre nosotros ha ahondado, ha profundizado, y une de verdad nuestros corazones, nuestro centro y nuestras pieles como el primer día que nos conocimos y que nos dimos permiso (porque nos caímos bien) de llegar a más. El tiempo de curar ha dado fruto, y las heridas causadas por un desencuentro, ahora en el reencuentro, han reforzado los lazos, débiles y diferentes como promesas nuevas, pero únicos, que una vez nos reconocieron y que nunca, nunca, (por más que mi orgullo y el suyo, mi dolor y el suyo, mis necesidades y las suyas lo hayan intentado) se han roto ni han desaparecido de la Vida que compartimos juntos.

   Todo es posible en el fluir de los días. Y la única lección es dejarse llevar por la Vida con la lucha necesaria pero no la testarudez, con la firmeza y la valentía y la bonhomía que todos, como personas, tenemos encerrados dentro, muy dentro, y que sólo de vez en cuando, en esta vida normalita que vivimos, sale a la luz para iluminar nuestra existencia y hacerla única, especial.

   Mientras el incienso ascendía, mientras las velas lloraban sus lágrimas de cera en aquella iglesia y a cielo abierto en el camposanto, la absurdez con la que vivimos nuestra maravillosa Vida se reflejó en mis pensamientos. Toda separación es una lucha propia, todo malentendido no es más que una puerta abierta a la comprensión. Y a veces necesitamos el silencio de la distancia, y a veces sólo una caricia discreta, para darnos cuenta de ese maravilloso regalo que es la Vida, y que no acaba nunca, nunca, con la muerte, pues navega, como nuestros corazones, nuestros sueños y nuestros desencuentros, por el fluir de los días en entera Libertad.

   Y sólo con eso, sólo siendo conscientes de esta simple verdad, podemos llegar a rozar, como ese gran regalo que es, la felicidad.

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Desafiando la gravedad/ Defying Gravity.

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Defying Gravity. Glee. 

   No sé desde cuándo nos conocemos. ¿Un año? ¿Diez?

   Recuerdo el primer día. El sol entraba a raudales por la ventana. Casi mediodía. Sonreíste algo tímidamente cuando nuestros ojos se encontraron. Yo te sonreí de vuelta, como reflejo, pero también por gusto. Qué ojos, que nariz, qué boca. Pero nada más.

   Después nos fuimos encontrando aquí y allí. En una fiesta común, en alguna calle, en algún turno. Y la sonrisa de nuevo, y esa cara de ángel y esas manos. Y cierta timidez. Y comodidad.

   Qué raro, ¿verdad?

   Oí tu voz. Preciosa. Me transportó a un campo tranquilo, donde soplaba el viento y el día era azul. Eso: azul. Tu voz es azul. Preciosa. Y tu pelo negro y esa boca de fresa. Roja. Preciosa. Y tus ojos de miel y desierto, dulces. Como tu voz preciosa: dulce, calma.

   Comenzamos a hablar. Primero de trabajo, de profesional a profesional. Y con cuidado de no verte demasiado a los ojos, o a tu boca, o a tu pecho. Así que miraba al vacío. Sonriendo. Pero al vacío. Te hacía gracia.

   A mí también. Porque esperaba que te pasara lo mismo que a mí.

   Tu voz azul, tus ojos de miel y desierto, tus brazos y tu pecho infinito. Qué agradable estar cerca de ti. Las horas se hacían menos pesadas y el trabajo fluía con una facilidad divina. Y el tiempo se escapaba de las manos. Qué maravilla.

   Y te espiaba. Bueno, sólo a veces. Te veía trabajar con tanta concentración que apenas recordaba hacer el mío. A tu lado me reía más, me sentía hasta más importante. Esto es una tontería, pero la digo porque es verdad. A veces miraba los turnos para ver si coincidíamos. Y qué bien la ocurrencia. Nos sentábamos a hablar horas enteras y la labor ininterrumpida no se veía estorbada por tu voz azul y mis sentidos entregados a ti. Todo lo contrario: nada quedaba mejor hecho, los sentidos más agudos, el equilibrio perfecto.

   Sentía que volaba. Desafiando la gravedad, a tu lado el tiempo no era nada, ni los riesgos del error, ni los latidos de mi corazón. Sentía que no me pertenecía, que escapa de mí y ascendía más allá, fuera de mí, tocando el Infinito y volviendo al lecho de tu mirada de prado, a tu voz de océano azul.

   ¿Cuándo me di cuenta que te amaba? Cuando salí dando un portazo tras quedarme mudo ante ti. Qué belleza hablándome, invitándome a tomar cualquier cosa después, como si eso fuese algo extraño, vamos. Pero para mí no era trivial. No te respondí. Me entró un calor que salió de mis entrañas y subió como la espuma, desafiando la gravedad, desde el centro de la tierra hasta mi corazón. Enrojecí. Sentía calor ardiente en mis mejillas y en las manos. Abrí la boca y la volví a cerrar. Y no se me ocurrió cosa mejor que agitar la cabeza y salir corriendo, con la primera excusa muda que encontré para irme de allí. Creo que te reíste y agitaste también la cabeza. No lo sé. Yo me dirigí a la puerta, y tras el portazo, mi cuerpo se desmayó sobre ella, como si pudiese soportar un peso semejante, y atrapé con mis manos el corazón que se quería salir por la boca.

   ¡Dios mío!

   Sí. En aquel preciso momento supe que te quería. Que todas esas miradas, que todos esos planes y coincidencias me habían llevado por un camino inconsciente pero preciso hasta las puertas de mis labios, hasta los pies de tu corazón.

   ¿Cómo era posible? No lo sé. Quizá no lo sepa nunca. Con el pecho bamboleando como un tambor, intenté calmarme pensando en esa riada de sentimientos físicos que me mareaban, viajando con la rapidez del rayo, volando con un poder que no era de este mundo. Flotaba, desafiando la gravedad, y soñaba todo a la vez.

   Soplé. Una y otra vez. Y resoplé. E intenté frenar el galope veloz de mi cabeza, e intenté atajar el vuelo rasante de mi corazón como si fuese un globo, atrayéndolo al centro de mi cuerpo, de donde no debería haber salido pitando. Pero ya era tarde. Ya no había más salida. Lo supe en ese momento: me había enamorado de ti.

   Todo me llegó entonces: inconvenientes, diferencias, inhibiciones. Hasta lo posible: que no fuese correspondido… ¿Pero podía ser todo cierto? ¿Podía ser que me equivocase? ¿Por qué esa boca de fresa, llena de una belleza sobrehumana, dueña de una voz azul profunda, se fijaría en mí? Me eché un vistazo: me sobraba algo de peso, estaba sin peinar, apenas había dormido, tenía voz de pito. Ni yo saldría conmigo….Bueno, puede que a tanto no, pero quién sabe…

   Me separé de la puerta bruscamente. Todo era posible, sí. Mis propios límites me lo decían, mis alarmas estallaban. Pero allí estabas tú. Una belleza que quitaba el aliento, una profesionalidad intachable, una sencillez arrebatadora. Y estaba yo. Y sólo era ir a tomar algo. Eso: un café, un helado, una cena, un baile, qué sé yo. A mí.

   Cerré los ojos y suspiré profundamente. Acallé todas las severas propuestas, los raciocinios más estilizados. Cada inspiración me servía de tea inflamada, de energía divina. Y algo cambió dentro de mí. Volví a abrir los ojos y resoplé un mechón de pelo que me caía sobre los ojos. Intenté peinarme de memoria. Me atusé el pijama, algo arrugado por la noche que pasaba. La oscuridad me podía ayudar. Y la belleza de esos ojos de pradera africana y el susurro azul de esa voz maravillosa. Y me decidí.

   Entré de nuevo. Me acerqué poco a poco. Me interrumpieron un par de veces. Pero nada hizo flaquear mi voluntad. Era el momento de desafiar la gravedad. Podría no atraerte, podías haberme invitado por quedar bien o, aún peor, por compasión. ¡Oh, bien lo sabía! Pero lo asumí todo al acercarme a ti: lo bueno y lo malo. Y cada paso estaba lleno de una nueva energía. Y cada paso me abría más la boca, sonriendo con todos los dientes. Así como estoy riendo ahora. Y agitaba la llama de mi corazón, que ardía en mi pecho como un faro eterno. Alzaste tu mirada al sentirme cerca y sonreíste a la vez. Y salí volando, volando hacia las estrellas, desafiando la gravedad, hasta caer rendido a tus pies.

   Te quiero. Te sigo queriendo como el primer día que me di cuenta que te amaba.

   Como hoy.

   Desafiando la gravedad, juntos muy juntos año tras año, hasta alcanzar el porvenir.

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

El mar interior/ The sea inside

Anhelada Imperfección/ An Imperfectionist!

El mar interior/ The sea inside

   Me siento cansado. Todos los días. Es más fácil encerrarnos en cuatro paredes que salir a enfrentarnos a nosotros mismos. Cuando anhelamos la Perfección, ser conscientes de no poder alcanzarla nunca, ni siquiera en la forma más sencilla posible, hace de nuestra vida un callejón sin salida o un mundo monocolor.

   Empezando por mí mismo y terminando por mi incompetencia en muchos aspectos del día a día. Sabedor de no ser lo suficiente guapo o simpático o flexible o inteligente o atractivo o hasta vulgar, no sobresalir en nada y quedarse atrás en todo, a veces me desespera y otras veces me entristece sin compasión, llevándome a la soledad.

   Echar la vista atrás y encontrar decenas de errores, posibilidades perdidas, anhelos olvidados, vericuetos poco iluminados vencidos por la dejadez, clavados a la realidad por la incapacidad de dar más o de alcanzar lo mejor, es desesperante. Y a veces miro por detrás de mí y mi camino parece el de otro, mis ideas el fruto de una frustración tras otra, y encontrarme arrastrado por el destino y por la dejadez me paraliza y me encorajina, y saber que no hay forma de escapar al remolino de los días que se viven, escogidos tal cual son y aceptados tras bregar tozudamente con lo imposible, me agota y me apaga poco a poco.

   Empezando por mí mismo, cuya imagen está lejos de ser considerada atractiva, pasando por una personalidad avasalladora y poco interesante, plegada de dudas y de lagunas inabordables, y siguiendo por le edad que se evapora a cada instante, la matidez de los años que pasan, el brillo perdido de una mirada miope, la eterna lucha de dar lo mejor y construir lo peor sin denuedo y casi sin conciencia…

   Qué duro es anhelar la Perfección y ser consciente de su insabilidad. Todos los intentos, todas las labores, por más cuidado con la que las realice, si son analizadas con un ojo avizor, muestran aquí y allá los bocetos de errores pasados, las manchas de intenciones cambiadas de repente; una herida infligida a alguien amado, y sobre todo esa enfermedad que es la de no admirarnos a nosotros mismos. No destacar en nada, quedarse a medio camino en todo, anunciar mil esperanzas y cosechar magros frutos; energía baldía que se evapora con cada oportunidad desaprovechada o perdida y que sin embargo, una a una, terminan por construir mi vida, acaban configurando mi estructura de pensamiento, mi tejido de sentimientos y la velocidad de mi corazón que late herido en lo más profundo.

   Y sin embargo todo lo que no soy me define; todo lo que quise ser ha muerto en alguna parte para resucitar cerca de mí, en los años perdidos y en la angustia del tiempo ajado por venir. A veces me acerco a ese precipicio que está cada vez más cerca y aún encuentro ciertas esperanzas, esta vez basadas en realidades y no en ideas, sueños soñados con los pies en la tierra y anclados al suelo por la realidad. Puede que aún haya algo qué hacer.

   Sé que nada de lo que haga será Perfecto. Aunque lo anhele. Aunque gaste cada una de mis energías en ello. Nada de lo que imagine alcanzará la altura de los sueños ni llegará a ser exacto, bello y armonioso como una obra de arte magnífica, como un cuerpo que es maravilla, como una sonrisa de plata. Y ser consciente de mi imperfección hace que mi frustración se diluya y que mis sueños, ahora soñados en dimensiones más humanas, se adapten a mis capacidades, todas menores; no habrá grandes obras que la gente admire, pensamientos profundos que otros estudien, diagnósticos veraces con tratamientos adecuados, ni un amor que me acepte tal cual soy, sin pedirme nada a cambio. Así es mi vida.

   No sé si la Perfección está dada a los seres humanos. Desde luego, no a mí. Ahora ya no me irrita saberlo. Antes bien, sólo me entristece un poco y hace que siga lentamente hacia adelante. Sin embargo hay algo que sé que hago bien, y es ser Imperfecto. Por más que mire hacia atrás y vea todo lo que he conseguido (que nada es, pues no destaca sobre la labor de nadie más) sé, que no es bastante, que nuca lo ha sido ni lo será, y que casi no vale la pena, pues se pierde en un recodo del pasado y poco importa en el futuro que se extiende a mis pies… Pero es lo que he hecho con mi vida y lo que me hace ser lo que hoy soy.

   Puede que la Perfección en mí no exista. Pero lo que sí existe, y mucho, es un anhelo enorme por hacer algo bien, por conseguir un mérito, por ayudar a quien lo necesita y por regalar vida, vida buena, a todo aquel que me rodea… Anhelada Imperfección, abrázame por favor, pues ya no lucho contra ti…

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Ido/ Gone.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Gone. Melody Gardot.  

   Entré en la habitación. Tanto tiempo que nadie lo hacía, que me encontré con cientos de telarañas que se pegaron a mi pelo y a mis brazos, escondiéndose entre mis codos y mi labios. Y me encontré con cientos de recuerdos que estaban olvidados, como ese cuarto, en el tiempo ido.

   Me sorprendieron las lámparas a medio cubrir, ese pequeño sofá lleno de polvo de horas muertas, y la cama vacía, con su esqueleto a flor de piel, exactamente como mis recuerdos.

   No sé porqué entré allí. Una especie de ansiedad desde que me levanté esta mañana, una angustia que no es desespero pero tampoco tranquilidad encaminó mis pasos, uno a uno como los latidos de mi corazón, hacia allí, para encontrarme de nuevo con tus recuerdos y los míos, con la falta de palabras y la boca seca de polvo acumulado y sábanas sin planchar. La cortina medio caída parecía mi propia memoria, y una revista en el suelo, mi alma caída a tus pies cuando te fuiste, ido de todo pero sobre todo ido de mí. Hace ya tanto tiempo que ni lo recuerdo.

   Me reprocharon que no te buscase, que no te rogase, que no me conformase con una limosna de tu cariño. Antes, al comienzo, cuando eras mi vida entera, pensar en vivir sin ti me dejaba sin aire y me sentía paralizado por el miedo. Decir que me equivoqué no tiene sentido, porque así es para todos: tú también cometiste errores conmigo, también creíste en una imagen que no era cierta, o no del todo. ¿Puedo ser yo más que tú? Quizá no, ya ves, pues nos parecemos demasiado. O quizá sí, ya ves, porque tú te has ido y yo me quedé aquí.

   O no aquí, en esta habitación.

   Yo me quedé conmigo y contigo. Y tú, ido, lo dejaste todo atrás.

   No miro hacia atrás. El pasado está demasiado lejos para verlo si quiera con una perspectiva razonable. Lo único que recuerdo es esta habitación llena de vida, limpia y reluciente, con las cortinas descorridas dejando entrar un sol y una lluvia y un frío y un calor que nunca nos estorbaron; las repisas llenas de libros y de discos, vinilos y películas; ropa descartada en un desorden de flor, y nuestros cuerpos unidos y separados, dormidos y calcinados por una pasión que se agota siempre y que lucha pírrica e inútil frente al tedio del día a día, frente a la memez de las horas incontables que se llenan de nuestra vida común. Ahora hay telarañas que se pegan a mis ojos y mi pelo, y que lucho en retirar, como si agitando los brazos en el aire removiese también mis recuerdos e intentase agitar una pasión muerta y una historia de mutuas decepciones. Y parece que lo logro a veces, pues una oleada más parecida al cariño que al resentimiento me llena al sentarme en el sillón con su nube de polvo, al contemplar una cama vacía que antes tenía tatuado el peso de tu cuerpo, e intento buscar el brillo de tu mirada o el sonido de tu risa entre el desorden del abandono y el devenir de mi memoria.

   Me acusaron de no quererte. Me señalaron mi laxitud, mi abandono. Hablaron de mi sangre aguada, de mi bajeza por dejarte ir, cansado como estabas, en busca de una vida que no fuera la tuya lejos de la mía. Cuando te fuiste ido, el tiempo llegó y me encontró quieto, como congelado, con el corazón en un puño cerrado y los labios sellados, por eso nadie veía nada y pensaron que no tenía alma.

   Pero el alma que calla llora a escondidas, y se despierta por la noche soñando en el sonido lento de unos pasos por el pasillo como los latidos de un corazón, y le hace un inmenso espacio con el cuerpo a la inmensidad del peso que comparte, y no mira atrás sabiendo que lo ido nunca vuelve de nuevo. Una vez ido, los días se diluyeron y parecieron ser siempre los mismos, sin voz ni peso, sin lágrimas también, con una sequía que duró años y que cambió la orografía sentimental de mi vida para siempre…

   Todos pensaron que no tenía corazón, que era insensato, que no te quería. Puede ser. Porque ahora no quiero a nadie, no espero nada de los demás, salvo que se vayan cuando acabamos encuentros cada vez más espaciados; y mi habitación no es la que era, llena de luz y de líneas sin escribir, y se parece cada vez más a ese pasillo sin fin en el que las pisadas lentas se pierden sin ser escuchadas, como un corazón cansado que lentamente deja de latir…. Todos pensaron que no tenía palabras para atraerte de nuevo, que no te quería lo suficiente. Y puede ser… Pero yo sabía que, para cuando te hubieses ido, no habría razones que pudieran detenerte, ni lágrimas que derramar ni gritos y acusaciones que verter, pues para cuando hubiese sido capaz de hacer todo eso, tus pisadas ya no se oirían en el corredor, la puerta se hubiera cerrado para siempre y nunca más mirarías hacia atrás.

   Te fuiste. Pero yo ya me había ido antes. Eso no lo supo nadie. Sólo tú. Y por eso te fuiste. Mi corazón dejó de latir por ti mucho antes, cuando la decepción me llegó en oleadas constantes, cuando todo lo que soñé se reveló imposible, por ser incapaz de asumir mi realidad y, por tanto, la tuya. Nadie supo que te esperaba hasta tarde y, al sentir tus pasos en el pasillo como los latidos de mi corazón, fingía dormir y te espiaba. Paso a paso, lento como mi corazón, agitabas tu cabello y te desnudabas bajo la sombra de los focos de la calle, te asomabas a la noche y suspirabas lleno de otros aromas, de otros sueños. Para cuando yo me fui tú ya te habías ido. Y no te lo reprocho. Y no me lo reprocho tampoco. Así son las cosas. A veces son así.

   Aquella habitación, nuestro hogar, ya no es nada: es un montón de escombros lleno de polvo y olvido. Podría revivir cada una de las noches que pasamos juntos. Podría dibujar con los ojos cerrados nuestras rutinas diarias, nuestros encuentros y desencuentros, nuestras luchas y decepciones. Pero ya no tengo ganas. Ya no me importa mucho. Entré llevado por la casualidad y encontré un montón de recuerdos enterrados bajo un tiempo ido. Ido. Como tú y yo. Y está bien que así sea.

   Es una cara más de la felicidad.

Mundos opuestos/ Opposite Worlds.

El mar interior/ The sea inside

   Sólo el tiempo me ha enseñado que no es necesario ser amado para amar, ni ser ciegamente apreciado para vivir día a día, y que las paredes que separan los mundos opuestos, en realidad, son falsas y se evaporan a la inspección más minuciosa.

   Muchas veces me pregunto porqué seguimos desplegando, en toda relación humana, el abanico de frustraciones con el que nacemos y aquellas que vamos ganando con los años, cómo es posible que sigamos siendo atraídos hacia determinadas actitudes y aspectos antes que a las personas en sí.

   A veces me pregunto, a medida que gano años, cuán difícil resulta eliminar esa basura sentimental, limpiar esa carga emocional que nos impide ver a los demás tan claros y tal cuales son y, aún más a nosotros mismos. En vez de ganar en aplomo y resistencia, la suma de los sueños que nos lleva hasta aquí es en sí misma una fuente de frustración y de error que termina por engatusarnos, primero en la red de expectativas y, después, en la de decepciones que siempre acaban por venir. Un amigo con el que dejamos de conectar; un amor que termina siendo un espejismo; alguien agradable pero cuya atracción física es nula; nuestra propia piel, que se aja y se descuelga; los insomnios a veces; las manipulaciones otras… Todo conforma un tejido de lucha de poder, de leyes de atracción y de rechazo, que agrega miopía a las similitudes y sólo remarca las diferencias, haciendo que el mundo, siendo como es uno solo, parezca escindido y diverso, contrarios y opuestos a nuestros deseos y realidades.

   He conocido personas, que siendo aún jóvenes y sanas, persiguen anhelos irreales, quieren ser deseados por lo que aparentan y lo que buscan, y no desfallecen jamás, a pesar de que cada día les regala el hecho real de la soledad. He conocido personas brillantes y maravillosas, que sin ser guapas, reflejan una alegría y una paz interior maravillosas, atadas a otras oscuras y grises por falta de autoestima; otras, por falta de cariño hacia sí mismas, que se encierran y sólo salen cuando reciben aquello que más temen, y clausuran su búsqueda o enmiendan sus necesidades hacia otras metas, otros anhelos lejanos de aquéllo por lo que realmente suspiran. El mundo está tan lleno de equivocaciones… Y todos encajamos en algún lugar de este océano de errores; todos yacemos con nosotros mismos, y sólo con nosotros mismos nos enamoramos y nos separamos y sufrimos y envejecemos; muchas veces sin aprender estas lecciones tan sutiles y tan bellas como son las de amar y ser amado simplemente por lo que somos y no por lo que aparentamos.

   Mundo opuestos que reflejan realidades comunes: belleza y fealdad, maldad y bondad, riqueza y pobreza, inteligencia e idiotez… Todo es lo mismo, todo es el reflejo del mismo ser, de los mismos miedos. Unos suspiramos por amor, otros por ser aceptados; algunos por encajar en determinado ambiente, otros por seguir pareciendo jóvenes a cualquier precio; otros por ser tomados en cuenta y algunos por ser olvidados. Unos por dolor, otros por temor; algunos por valentía y unos pocos por sentimentalismo y terror… Puede que el amor sea la respuesta. El amor íntegro, completo, absoluto. No el que luchamos por merecer, no el que creemos merecer, no el que buscamos en el Otro ni el que el Otro nos da; no el amor de limosna, no el amor de gratitud, si no el amor simple, que brota sincero de una sonrisa y de la luz de unos ojos sin igual, y que acaba destruyendo las barreras de papel de esos mundos opuestos en los que naufragamos siempre y del que sólo sacamos heridas, dolor y más y más frustraciones.

   No lo sé. La soledad nos acompaña; el temor hace de nosotros un juguete roto. Y sin embargo la solución parece tan sencilla… No lo sé. Atrás quedan amigos perdidos, personas que creímos amar alguna vez y que nos decepcionan, sueños que no se cumplen, vidas que no se viven y sentimientos que mueren por falta de correspondencia… Y aquí estamos. Mirándonos en espejos deformes, peleando en mundos opuestos por lugares opuestos, por necesidades opuestas a las que realmente tenemos…

   ¿Alguien es realmente feliz? ¿Qué es, en esencia, la felicidad? ¿Quién desea envejecer, o perder la salud, o ser rechazado por aquellos que deseamos, o luchar con el destino, o aceptar el destino, o llorar o engordar o adelgazar o estar solo y morir? Puede que la clave esté en deshacernos de todos los velos, en destruir esas barreras que separan nuestros muros estancos y darnos cuenta, de verdad, que el amor está en cada rechazo, que la vejez tiene sus oportunidades como la juventud, que cada destino tiene encerrado en sí mismo un proyecto de vida adecuado a nuestros sueños y que nuestros sueños, sueños son. No lo sé… Puede que el amor sea la respuesta, el verdadero amor que no es pasión pero que se le parece, que no es serenidad pero se le acerca y que no es felicidad pero casi la consigue.

Morir, todavía/ To die, yet.

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Ayer, durante la guardia, una paciente yacía moribunda. Se le había apoyado para que ese tránsito fuese lo más confortable posible. Sedación y analgesia. Alrededor de su cama se podía respirar el respeto inmaterial de la muerte. Si nadie ha experimentado de cerca el óbito de un ser querido puede que no sepa discernir exactamente ese momento de intensa quietud, de palpitante vida. Es una partida, y como todos los viajes, llena de ansias, emociones contrapuestas y respuestas desiguales. Sin embargo, si queremos darnos cuenta, algo transmite la persona moribunda en el momento casi de cumplir ese último tránsito, el último resuello, y es una sensación de paz más cercana que nunca a la divinidad, una sensación de discreta alegría que nos toca muy de cerca, tanto que lo desconocemos y pasa desapercibido, pero que ahí está. Algo muy similar a lo que ocurre en el Nacimiento: en medio de todo el lío de la llegada a este mundo, hay un instante mágico en donde todo concuerda, y una paz leve e intensa a la vez nos transporta, en ese milisegundo, a lo que es nuestra verdadera Vida, allá donde todo parece perfecto y sin duda lo es.

   A pesar de ocurrir en el hospital, y en nuestra UCI, a pesar de la batalla constante a favor de la Salud y de la vida como la conocemos, aún se pueden experimentar instantes mágicos como éste, momentos en los que la Muerte toca la Vida y lo deja todo atrás. Una mujer joven, alcoholizada, cedía su cansado cuerpo a la Nada y se despedía de este mundo tras una enfermedad que no fue amable y que no le brindó (quizá por nuestra intervención, o quizá no) la oportunidad de reencontrarse consigo misma de la forma en la que, por lo demás, yo la imagino. Ahora mismo me doy cuenta que quizá el instante de la muerte signifique para todos nosotros el momento correcto, ese minuto en el que nos reconciliamos con nosotros mismos y la vida se alinea, a través de la Muerte, para alcanzar la Vida al completo. Tal vez nuestros enfermos, cuando mueren, deben hacerlo así, o quizá no: el mundo es una escala de grises que termina bañada de una luz tan intensa que nos deslumbra y nos baña en la ignorancia y en el que todo es posible.

   Cuando entré a la guardia pude sentirlo en su caso. Esa serena paz me llegaba a la piel, y como siempre que lo noto, me quedo un rato a los pies de la cama y contemplo ese proceso con mucho respeto y los sentidos muy abiertos. A veces sólo me preocupa que el paciente se halle confortable y que no sufra; pero ayer ese sentido de lo eterno era muy fuerte, era muy dulce y sabio. Y por eso me despreocupé de todo y estuve a sus pies durante unos minutos. Hasta que tuve que salir corriendo para socorrer a otro enfermo que empezaría a vivir un proceso similar mucho más adelante. Pero allí quedó ella hasta que decidió irse, a eso de las cuatro de la tarde.

   Poco después me llamaron de casa para decirme que una de nuestras perras, la pizpireta e inteligente Niebla, acababa de morir, sola, a los pies del camelio, sobre una alfombra de flores. Una muerte repentina en un cuerpecito lleno de vida de perro, despreocupada, leal y única. Esa almita que nos iluminó la vida durante su breve existencia miraba con esos ojos líquidos de pura castaña madura, desesperaba por comer, corría de un lado para otro del jardín, hacía huecos profundos e inverosímiles persiguiendo a los topos, y le ladraba de forma escandalosa a cuanto congénere se acercaba a la reja verde que nos separa de la calle. Ese pedazo de cielo blanco, con una personalidad tan serena y decidida, tan pequeña y fuerte al mismo tiempo, se fue sin estorbar, como solía ser ella, durmiendo algo cansada ayer, y sin más nos abandonó segura de lo que hacía, cansada a saber porqué, sobre una alfombra de flores caídas.

   Cuando me lo dijeron, desvié mi mirada hacia la cama 4. Aquella mujer, como Niebla nuestra perrita, exhalaba también su último suspiro, su corazón latía por última vez en esos momentos. No la acompañaba, como a Niebla, el cielo abierto, el dulce viento de julio; ni su lecho era una confortable manta de flores, todo lo contrario; pero la misma paz, la misma serenidad y el mismo fin que de seguro mi perrita tuvo, ella lo estaba viviendo, lo estaba transmutando y nos lo regalaba a cuantos la rodeábamos. Suspiré con el teléfono aún en la mano. Imaginaba la tristeza de mi hermano, a quien todos los animales y los niños quieren con locura, buscando el lugar idóneo para enterrarla en nuestro jardín, como de seguro estarían haciendo los familiares de la paciente de la cama 4.

   Al final se optó por enterrar a Niebla en el lugar en el que murió, de suerte que ahora se halla debajo del camelio y rodeada de flores, entre abiertas y marchitas, llenas de color y vida como ella fue; un lugar hermoso, a pesar de la propia resistencia de mi hermano a no ver cómo la tierra con la que él la cubría, llegaba a taparla por completo, terminó su labor sembrando de pétalos a aquel cuerpecito blanco y castaño que nos había regalado siempre lo mejor que tenía, con ese espíritu de lealtad que sólo un perro puede llegar a tener.

   Mientras mi hermano hacía esta labor entre hermosa e ímproba, yo llamaba a los familiares de la paciente para avisarles que todo se había consumado. Hay muchas técnicas para dar malas noticias, todas útiles. Como ya he comentado en entradas anteriores, la mía ha terminado por ser la más simple y directa. Delante de mí tres mujeres, la más joven la hija de la paciente, aún crédula y esperanzada, con esa lucha a veces fraticida en la que nos lanzamos pese a todas las evidencias, recibiendo la noticia con la peor de las reacciones. Las otras dos, de más experiencia y edad y, por tanto, algo más bregadas en el asunto de vivir y morir, en la compleja situación de ver la vida por sus dos caras, intentaron consolar a la chica y, algo perdidas, al mismo tiempo intentan conservar algo de serenidad. Eso que a mí me sobra a veces. Les dije que no se preocuparan de nada, sólo debían llamar a la empresa funeraria; de lo demás nos encargaríamos nosotros. A veces me tienta la idea de ofrecerles algo caliente, café o alguna infusión, además de unas palabras de condolencia llenas de respeto y a la vez de rígida norma social, pero después de once años de trabajo, a veces dudo en dónde está la línea de la profesionalidad y del decoro. Al final, opté por la forma habitual, que es dejar que pasen el primer tramo del duelo (esa carrera hacia ninguna parte tan llena de vericuetos y de trampas sin salida que es el Dolor) solas en una salita tranquila y seguir dedicándome al resto de enfermos que son los que ahora más nos necesitan.

   Durante toda la guardia en mi mente se construyeron esos paralelismos, muy diferentes en apariencia pero demasiados similares en esencia y estructura. Hay una pérdida y un dolor, un hueco vacío, y una labor de continuidad, de seguir adelante. Obviamente una mascota no es un familiar ni un amigo, pero es un trocito de corazón que late dentro, muy dentro de nosotros; es una alegría y es una compañía, un saludo matinal y una pesadez de juegos vespertinos; ladridos nocturnos y búsqueda de cariño y reciprocidad. Sin llegar al extremo de considerarlos más que una persona, las mascotas, esos perritos que nos adoran y nos iluminan, forman parte de nosotros, y con su pérdida, un trocito de nosotros también muere y queda enterrado junto a ellos, en un rincón de ese jardín interior que es nuestra memoria.

   La guardia siguió de mal en peor. La cama 12 se deshizo. Contuvimos como pudimos una primera crisis de gran gravedad. Al estabilizarlo de forma momentánea, mis ánimos no me hacían sentir seguro. Aquello no tenía buena pinta. A las tres de la mañana una nueva crisis lo llevó a los bordes mismos de la muerte. Y si embargo esa tranquilidad, esa serena belleza de la Muerte no estaba aún presente, y nuestros esfuerzos por intentar frenar algo ya irreversible parecían reventar en el malecón de lo imposible. A las cinco de la mañana, tiré la toalla. Llegué al punto del no retorno en el que hay que decidir si seguir hasta el final o esperar el final de la manera más decorosa posible, con el máximo de amabilidad y de confort para el paciente. El equipo de enfermería, magnífico ese turno, lo entendió perfectamente: un grupo que trabaja en sintonía. En mi mente estaba la señora de la cama 4, y en mi corazón, ese reflejo divino y mi perrita Niebla, yaciente en un rincón del jardín. Por un momento deseé que todos aquellos que debían morir en nuestra UCI mereciesen un lugar tan bello para reposar, donde el aire y la luz y las flores los visitasen diariamente; durante un instante que cerré los ojos y el cansancio me pudo mucho más, deseé que todos pudiésemos morir, morir todavía, con la dignidad intacta, con el respeto merecido y la decencia, la hermosa decencia de haber sido seres humanos.

   Un poco más allá, un chavalote de 19 añitos salía adelante de una meningitis. Su sonrisa al hablar con él era un bálsamo en un día de sentimientos contrapuestos. Él sabía que uno de sus vecinos estaba malo y aún así parecía no enterarse, o quizá la energía de sus pocos años lo aislaban de todo ello. Bastante había tenido con lo suyo también. Antes de irme me paré en su cama y lo saludé.

   – ¿No duermes? (Como si alguien consciente pudiese hacerlo cómodamente en una UCI.)

   – Con las movidas que tienen aquí, para cerrar los ojos, doctor.

   Eran las cinco de la mañana. Le pedí a la enfermera que le diese algo de corta duración para dormir. Lo agradeció de inmediato. Mientras se le administraba la mediación sedante, durante una milésima de segundo, fantaseé con ponérmela yo también y poder cerrar los ojos, libres de tantas imágenes del día, y dormir un ratito. Cuando cerró los ojos y respiró cómodamente le sonreí a la enfermera de turno, una veterana de mil batallas, y ella me guiñó un ojo.

   – Vete a descansar un poco, anda.

   Me dijo y yo asentí. Antes de salir, dirigí mi mirada por toda la unidad. La calma de la noche, la locura de la Enfermedad, la paz de la Muerte, la lucha por la vida, el tenue lazo de unión con la Vida, y ese pasaje eterno y siempre diferente que nos lleva a una nueva dimensión, como el Nacimiento, como la llegada a la vida. Las dos caras de la existencia me sonreían de frente, y también me guiñaban un ojo cómplice.

   -Morir, todavía…

   Le dije a la enfermera. Ella me sonrió.

   Tres horas después, el chaval estaba ya despierto y reconfortado. En la cama 12, el ritual del pasaje a la Vida estaba comenzando. El ciclo del perpetuo retorno… Suspirando, pensé en nuestra Niebla, que ya no me recibiría con su pachorra habitual y sus colores blancos y castaños. Y en la paciente de la cama 4, y en el paciente de la cama 12… Y me despedí de ellos.

   Al pasar por la cama del chiquillo, éste me llamó.

   – ¿Pero aún está aquí? ¿Es el único pringado de todo esto?

   Eso me hizo reír. Y le saludé con una palmada en su pierna.

   – Hoy subes a planta, ¿sabías?

   Sus ojos se iluminaron.

   – ¿De verdad?

   Asentí sonriendo. Todo parecía quedar atrás, pero nunca iba a quedar libre de la pérdida ni del recuerdo.

   – ¡¡Qué guay es usted!!

   Cerrando la puerta de la UCI, le sonreí incrédulo.

   – Sí, qué guay.

   Cuando llegué a casa, fui al rincón bajo el camelio y vi el montoncito de pétalos sobre la tierra dulce y removida y planté sobre ella una semilla de melocotón. Quién sabe, si prende, qué nos recordará de ella cada hoja y cada flor, el roce de cada rama al viento y la peculiar sombra de estos árboles independientes. Tal como ella era.

   Morir, todavía cuesta. Todavía. Pero es, en el fondo, la última bendición y el ultimo viaje. Morir, todavía, nos enseña las dos caras del mundo, y nos recuerda nuestro verdadero lugar en él y que todo, todo, está relacionado.