A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside

La espera/ Waiting.

El mar interior/ The sea inside

    a Teresa, que deseaba un cuento de vida suspendida.   

   Allí está. No sé su nombre. No la conozco. Pero llevo rato observándola. Atrapa toda mi atención allí de pie, parada como un paréntesis entre la vida que pasa y su mirada, nítida, fija en un punto imposible, lejos del horizonte.

   Pasa el tiempo. Y ella sigue allí. Nada parece turbarla, absorta como está en sus pensamientos. Si me acercase seguro que podría ver cómo laten sus pupilas; cómo, tras la aparente tranquilidad, su corazón desbordado llora por su boca cerrada. Porque sólo un alma herida, un corazón dolido puede estar así, de pie e inmóvil, mientras la vida pasa, atrapada en una espera que parece interminable, entre los sollozos que no sobrepasan sus ojos y los lamentos que no salen de esos labios color de rosa y carne.

   Es una mujer carnal. De melena abundante, peinada y brillante. Ojos de almendra grandes como planetas, labios carnosos, pecho desbordado, sonrisa triste. Se mueve y parece que arrastra un manto de estrellas, y cuando cierra sus párpados, simula que la noche cae de repente. Nada hay en ella de extraordinario, mas todo es casi perfecto, lleno de esa belleza de lo lejano y lo triste. Porque es una mujer triste que espera, callada, la llegada de un coche, o de una llamada, o una sonrisa o quizá sólo una caricia.

   Me gustaría acercarme y hablarle, pero temo que se diluya en la niebla cansina que está envolviéndonos. Me gustaría preguntarle qué le ocurre y si pudiera ayudarle. Pero sus ojos perdidos me impiden hacerlo; sus manos de mármol parecen sujetarse en el vacío y nada hay más poderoso que un silencio buscado, que una soledad ganada a pulso.

   Una mujer que espera es una mujer sola. Una mujer que espera sola es una mujer cansada de luchar, entregada al destino como a los brazos amantes. Una mujer que espera sola y cansada es un alma rota, que lucha quizá por curarse, o que deja que todo pase a su alrededor para sanar con la luz de lo nuevo, de lo que está por llegar. Una mujer que no tiene destino es una mujer triste. Una mujer triste es una mujer que acepta, y aceptar es la espera callada, la espera sin nombre, la espera que, tras mucho luchar, trae una silenciosa esperanza y un nuevo amor, muy nuevo, que nace de lo profundo de su ser y le regala la paz.

   Han encendido las farolas de la calle. La luz baña a esa mujer desconocida como en un nuevo bautismo. Su luz ambarina arranca destellos castaños de esa melena preciosa, que parece cubrirle parte del rostro. A veces se mueve para desentumecerse; como si recordara que tiene brazos y piernas y que estos se cansan de la postura a la que el corazón les obliga, ahora que la mente parece haberse quedado atrás.

   Mira hacia la calle como asombrada; a veces parece que otea buscando algo o a alguien, y se gira cuando un susurro llega a sus oídos. Pero no hay nadie, nadie aún. El tiempo pasa y yo sigo observándola y ella no me ve. Y entre los dos parece que se desliza un puente que nos une pero que también nos separa.

   La espera es un compás que dibuja semicírculos continuos, que se besan y se separan una y otra vez. La espera nos llena de incertidumbre al comienzo; nos regala cierta paz, la paz de una entrega, cuando comprendemos su esencia, que no es otra que el silencio y la aceptación. Todo urge, todo parece que sigue gravitando menos ella. Ella que, callada, envuelta en su manto de ámbar y de silencio, parece recordar un amor olvidado que le hizo mucho daño, o una decepción que la enfangó en un tiempo ya perdido. Todo apremia, menos su mirada, que se posa lánguida en el atardecer huidizo, con sus manos pálidas envolviendo su pelo de cascada y secando una lágrima furtiva que se cuela a pesar de sus esfuerzos.

   Una mujer sola es una mujer que piensa. Y una mujer que piensa es una mujer que siente. Y siente en la espera, suspendida entre el paréntesis de un tiempo muerto que parece visitarla de nuevo.

   Parece frágil, con su leve contoneo, con sus labios entreabiertos y resecos. Y de repente me avergüenzo de verla; su desnuda intimidad llega hasta mi piel y me habla en ecos de una vida pasada y perdida, me grita un sentimiento que parece haberla ahogado y que ya no importa ahora. El sol cae por el horizonte rodando como una fruta madura y ella continúa impertérrita, hablándome sin decir palabras y sin verme, de una vida de agobios y de lucha, de una búsqueda constante y de un continuo fluir. Así es la vida de todos, sin antifaz y llena de cicatrices. Pero en ella todo parece bello, hasta su tristeza, o quizá por su serena tristeza, su eterno esperar.

   Tras el sol, ella agita su melena. Se suaviza los labios de carne prieta y se revisa el ligero maquillaje que resta tras el tiempo ido. Intenta sonreír y creo que lo logra. Se ajusta el abrigo, se anuda un pañuelo en ese cuello de besos olvidados. Su mirada es otra o quizá ha sido siempre la misma. Comienza poco a poco a caminar. Sus últimos pasos los da a la sombra de la farola, que parece perder el fulgor que de ella emanaba. La tarde muere como el puente que nos une. El tiempo corre como el amor que se pierde y como las esperanzas que se rompen y los sueños que se incumplen. Así es la vida, creo. La vida de ella. Y la mía.

   Ella espera, callada y quizá algo esperanzada. Y puede que yo también.

1+1 es el número de la soledad/ Plus one is the loneliest number.

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   – ¿Tienes cama?

   Odio que me pregunten tal cosa. En general me gustan poco los rodeos; en los negocios del pasillo de la Salud perdida, como en casi todos los restantes de la vida, me gusta ser rápido, directo y conciso. Ya damos demasiadas vueltas a las cosas, rumiamos tantos pensamientos, que llevarlos a la práctica sin simpleza me saca de mis casillas.

   – No.

   Voz molesta.

   – Pues a ver qué hacemos con él.

   – ¿Con quién?

   Voz más irritada si cabe.

   – Cincuenta años, ictus isquémico, estamos haciendo la arteriografía. Sufrió una parada cardio-respiratoria de la que salió tras masaje y desfibrilación.

   – Hum.

   Había que conseguir una cama sin duda. Voz más enojada que antes pero resignada.

   – Está bien, veré qué puedo hacer.

   Tras la burocracia de rigor y dos horas después, el paciente estaba ingresado en la UCI.

   Un hombre corpulento, con problemas vasculares desde hacía varios años. Llegó en coma profundo. Mal comienzo. Problemas respiratorios que se fueron solventando con el paso de las horas. Y arritmias cardíacas, quizá la causa de su parada, bombardeando hora sí y hora también las pantallas del monitor.

   Vaya.

   Tras pautar tratamiento e intentar estabilizarlo, tres horas más tarde me acerqué a hablar con la familia. Un tropel de hombres se acercaron con rostros preocupados. Todos igual de corpulentos que el paciente de la cama 4.

   Les pregunté si estaban todos ya. A lo que me respondieron que faltaba la pareja del paciente, a la que habían ido a buscar.

   La esperamos.

   Llegó unos segundos después. La única mujer en aquella convención masculina. Joven, con los ojos grandes y expresión preocupada. Uno de los hombres más jóvenes la sostenía mientras comenzaba a desgranar el estado del paciente.

   – No hay mucho qué hacer, doctor, ¿verdad?

   Me preguntó el que parecía más mayor. Y le respondí mirando educadamente tanto a ella como a él, que había hecho la pregunta.

   La chica no conocía del todo los antecedentes médicos de su pareja; tampoco el resto de hombres que a las claras se veía que eran sus hermanos.

   – Pero mañana llegan los niños desde Barcelona y seguro que nos pueden contar algo más.

   Dijo ella, con cierto aire solícito y de querer ayudar. Yo le sonreí e intenté mirar al gentío a la vez.

   Cuando llegó el momento de firmar el consentimiento informado del ingreso en UCI tuve que hacer la pregunta de rigor.

   – ¿Usted está casada con él?

   Una negativa.

   – Soy su pareja.

   La entendía. Pero no me servía.

   – ¿Pero ha legalizado su unión de alguna manera?

   Otra vez no.

   Mala cosa.

   – Perdone, pero el certificado lo tiene que firmar el familiar más cercano al paciente y legalmente usted no tiene ninguna representación… ¿Me entiende?

   La mujer asintió tranquila.

   – Llevamos juntos casi diez años y nunca necesitamos nada para saber lo que sentíamos uno por el otro.

   Le sonreí comprensivo. Los sentimientos son importantes, pero en el mundo del papel, en el mundo real de las responsabilidades ajenas al corazón, pesa más el símbolo que el propio amor.

   – Pero al no estar legalizados le resta a usted toda ventaja legal, incluso la de decidir oficialmente sobre su futuro… ¿Quién es el familiar más cercano?

   Y la voz de aquel que parecía más mayor volvió a sonar en el pasillo de la Salud perdida. Era su hermano.

   Cuando me dirigía de nuevo a la UCI, tras explicarles claramente que el futuro del hombre corpulento de la cama 4 era oscuro y que quizá el infarto cerebral se extendería y no saldría del coma, me quedé pensando en la situación que acababa de vivir.

   No era la primera vez. En una sociedad experimental, donde el mundo virtual llega a cobrar tanto o más peso que el mundo tridimensional, todos los ritos, todas las normas heredadas y apenas cambiadas por las fuerzas telúricas de la Historia, están en mutación constante; todo se reinterpreta de formas cada vez más libres y poco a poco va imperando la norma del todo vale. No creo que sea lo correcto, pues el mundo necesita, todos necesitamos, de una estructura firme para poder desarrollarse (no en vano el cuerpo humano, esa maravillosa masa de músculos, sangre y humores, descansa sobre el esqueleto, rígido y flexible a la vez), pero quizá sea aún más imperativo el amoldarnos a esos cambios que son reales e intentar encontrar salidas más creativas a los atolladeros legales en los que estas nuevas formas de vivir están abocando a la sociedad.

   Aquella mujer, que llevaba casi diez años con su pareja, no tenía derecho alguno sobre ella. No podía decidir legalmente sobre su posible futuro; no podía disponer de sus bienes llegado el caso, ni heredar, si la evolución era tan desfavorable como temía que sería. Sólo le quedaba el amor, el recuerdo de una vida común y una docena de fantasmas que quedan atrapados por el tiempo y deslizan sueños más que realidades evocadas.

   Ella estaba orgullosa de eso, a pesar de la sencillez con la que aceptó las circunstancias que el destino le estaba entregando. Ella había conseguido esa persona que nos comprende, que nos adora, o que simplemente nos hace compañía en las noches oscuras y frías; viendo el eterno transcurrir de las estrellas como el retorno del mar en la orilla; ella había conseguido sentirse satisfecha, amada, deseada y quizá hasta feliz en aquellos brazos que ahora pendían inertes sobre una cama; ella había conseguido ese sueño de tener a nuestro lado alguien que nos complemente sin estorbarnos y que nos quiera tal cual somos, a veces con mejor acierto y a veces hasta metiendo la pata.

   Y sin embargo para la sociedad ella no era nadie. Carecía de peso legal. No había firma que justificara esa historia de amor y convivencia; esa huella en el mundo, que de seguro sentía en su corazón, no era lo suficientemente bien vista, o no era tan apreciada, porque no cumplía todos los criterios que la sociedad actual exige de sus ciudadanos para ser parte del grupo, de la manada. La misma sociedad que le exige pagar impuestos, declarar a Hacienda, y convivir como una más sin serlo. A ella y a muchas parejas sin importar su género, a las que se les niega en algunos círculos de la sociedad su equivalencia, su derecho y su prevalencia como miembros activos de la misma.

   Mientras estaba atendiendo al paciente de la cama 4, cuya evolución hacía prever fatal, pensaba en eso. Me imaginaba a ese hombre enorme abrazarla en un claro de luna; podía oír las conversaciones calladas que tiene los amantes, o el silencio que a veces llega a reinar cuando la intimidad dura tanto tiempo. Podía imaginarlos enojados uno con el otro por tonterías o por asuntos más graves; comentar la vida de sus hijos; bailando lento en una boda, él sin chaqueta y sin corbata y ella con un traje de encaje que no sabe todavía cómo reciclar para sacarle más provecho. Y podía ver la lágrima trémula en la penumbra, y el temblor del gozo y la pasión; y la angustia serena de lo que no se puede cambiar.

   Nada de eso tenía importancia para la Ley por no cumplir la ley. Quizá en esta lucha sin cuartel entre los que unos quieren y otros desean, exista un punto común de encuentro, de equilibrio que debamos alcanzar para evitar que circunstancias como ésta se sigan produciendo. Todos tenemos derecho a estar con aquellos que amamos, todos tenemos derecho a participar en las decisiones importantes y todos tenemos derecho a enviudar, a heredar, a envejecer y a morir con aquellos que escogemos para vivir por siempre. Y sin embargo…

   Cuánto cuesta la lucha por un derecho que no debería ponerse siquiera en entredicho. Si hay testigos que aseveren las circunstancias vitales de los familiares, debería ser suficiente para que el manto de la Ley entrase a jugar parte en los negocios que se mueven en el pasillo de la Salud perdida. Al menos para que quede una sombra de la vida diaria que sirva de techo y de cobijo ante la indefensión de la Enfermedad y ante la inmensa Soledad que se aparece y se acrecienta en los vericuetos de ese pasillo enorme lleno de dolor y de incertidumbre.

   Porque en circunstancias como ésta nos damos cuenta que siempre estamos solos. Que uno más uno no son dos; que en una pareja siempre hay un hiato que mantiene la distancia entre los cuerpos; que la unión del Destino es sólo un espejismo, pues siempre seremos nosotros mismos, únicos e indivisibles, y el otro ser que nos acompaña, alguien más que no es nosotros aunque no podamos vivir sin él.

   Bien entrada la madrugada me acerqué a hablar con ella. Estaba sola; los hermanos de su pareja se habían ido a casa, ya eran muy mayores. Durante unos instantes no dije nada ni ella emitió sonido alguno. Pero nos miramos a los ojos. Y comprendió. No saldría de ésta con vida. De ésta no.

   Después de un rato a su lado en el que apenas habló, me adentré lentamente en el pasillo de la Salud perdida.

   – Nunca necesitamos nada para saber lo que sentíamos el uno por el otro.

   Me había dicho. Y ese comentario retumbaba en mi mente a medida que me alejaba de ella. Ella que se quedó en la penumbra de la sala de espera, envuelta en la inmensa soledad de la certidumbre.

   Al entrar en la UCI me acerqué a la cama 4 y suspiré resignado. No importa lo que hagamos ni lo que sintamos ni lo que esperemos ni lo que soñemos. 1+1 siempre será el número más triste de todos, porque en el fondo es el verdadero retrato de la Soledad. Él moriría, ella quedaría allí. Y a pesar de que nunca necesitaron nada para saber qué sentían uno por el otro, no quedaría una huella en el tiempo, no le valdría de nada para seguir con vida, no le garantizaría a ella un futuro mejor. Salvo el discreto calor que dan los recuerdos; hasta que estos se enfríen con el olvido.

Polvo de agua/ Water dust.

El mar interior/ The sea inside

   a Chus, que deseaba un relato sobre la vida del mar.

   El amanecer se acercaba. Podía notarlo a pesar de la sequedad de su piel, o quizá porque ésta perdía la lozanía que la caracterizaba. Su pelo revuelto, cayendo en borbotones por esa espalda desnuda, disimulaba los pequeños pliegues que se iban formando, como remolinos sin sentido sobre una superficie resbaladiza, que antes era de mármol pulido. Y sus ojos, líquidos y móviles, parecían irse poco a poco deteniendo, adoptando movimientos lentos, desengrasados, prefiriendo enfocar un punto fijo, lejos en el horizonte marino, que la constante búsqueda de novedad y divertimento.

   Esto es envejecer, pudo decirse. Esto es dejarse ir.

   Podía ser. Pero ella lo ignoraba, no sabía que ese proceso de decadencia propia de los hombres es una procesión lenta, se va estableciendo de una forma tan muda, que no son conscientes de ello, hasta que un día reparan en el pelo más blanco, en una arruga alrededor de la mirada, en un anquilosamiento del pensamiento y ya están, atrapados en el juego que culmina en la muerte.

   Y sin embargo aún era bella. Sus ojos acuosos, su pelo rojizo de rizos interminables, la sonrisa de alga, la piel nacarada y dulce. Porque su piel sabía a durazno y a sal en ese punto en el que se transformaba en escamas que reflejaban el brillo del agua y el baile de las mareas, verdosa y azulada, de color de las moras y un barniz tenue color de oro.

   Era la más bella, la más deseada, aquella por siempre joven. De voz de cristal, de manos firmes y dedos largos. Su inteligencia era tan legendaria como su belleza; la hacía destacar por sobre muchas, si no sobre todas. Y la rara habilidad de la música, que hacía tañer caracolas y estrellas marinas, y las algas como cuerdas de arpa y los peces globo como tambores exóticos y lejanos.

   No había arte en que ella no sobresaliese. Era la más ágil, era la más serena, era aquella a la que se pedían favores y se buscaban consejos y se dejaba juzgar. Su corazón era tan famoso como su belleza y su sabiduría. Atesoraba equidad como perlas adornando su dulce cuerpo de mar; las estrellas brillaban en su pelo y a veces en su mirada de agua; y sabía del pasado como un libro abierto, y conocía las antiguas costumbres como si hubiesen sido suyas; y nadie mejor que ella para contar un cuento precioso y algunas historias que encogían el corazón.

   Su hermosa cola de escamas de plata, en la que crecían ya restos de líquenes y preciosas perlas, enganchaban los granos de arena y los peces que jugaban a hacerle cosquillas y que ella intentaba apartar con una sonrisa que era firmeza y a la vez regocijo.

   Nada en ella era superable. Su voz de hechizo, sus ademanes de princesa y su delicadeza de fuente. Cuando nació, el mundo marino se detuvo para verla emerger de aquella concha en la que sólo se creaba belleza. De entre las olas y la espuma su pelo rojizo, sus ojos líquidos, su hermoso cuerpo color de rosa y madreperla, emergieron como un milagro y el fondo del mar se llenó de regocijo y la admiró sin envidias. Pues nadie más bello ni más puro se le parecía, y su perfección era un orgullo, y su cercanía, un regalo de risas y cariño y de paz.

   Pero nada dura para siempre. Aun la perfección más absoluta, la más absoluta felicidad, la belleza sin mácula pueden cansar; pueden mancillarse con apenas una mirada o un suspiro. Y fue lo que le pasó a ella cuando lo vio en la lejanía y oyó un canto profundo, grave y triste. El mundo dejó de ser lo que era y cambió para siempre.

   La tristeza anidó en esa sonrisa que se hizo poco a poco melancólica. El sonido del mar sólo le traía noticias de lejanía, certezas de olvido. La música que creaba hablaba de corazones abandonados, de sueños anhelados y perdidos. Cuando descubrió que la felicidad era sólo un espejismo, aún debajo del mar, supo que todo había terminado.

   Y aún así se dio una oportunidad. Su corazón de hielo se derritió poco a poco, dejando al descubierto en ese pecho nacarado el brillo del oro viejo, y sus escamas de plata bruñida y perlas se tornaron más oscuras, más serenas, más bellas. Su aleteo apenas estorbaba el flujo de las mareas, y el coro de peces que la acompañaba dejaron para más tarde sus molestas cosquillas, sus ganas de hacerse notar.

   Y corrió en busca de ese anhelo que le llegaba tan adentro y le sacudía el sueño y le trastornaba la voz, haciendo que viviese alucinada y que todos comenzaran a preocuparse por ella. Y fue tras aquel espectro color de noche de luna, tras el reflejo de una voz profunda que hablaba de amor y de futuro y de vida nueva, una vida que no estaba destina a ella.

   Lo que le pasó nadie lo sabe. Mas todos en el fondo del mar tienen una historia que contar. Al pez espada y al delfín pizpireto, a la ballena legendaria y a la tortuga sabia se les inquiere, y ellos emiten sus opiniones de expertos longevos. Ellos recordaban cómo había nacido y lo perfecta que había sido, lo bella y dulce, y lo bien que conocía las costumbres de su raza y la profundidad de su pensamiento. Así que podían presuponer qué le había ocurrido para que su pelo brillase sólo bajo la luz de la luna, y su piel de nácar se tornase carne y melocotón al emerger a la superficie, y su hermosa cola de plata y perlas, dos hermosas piernas creadas para soñar y bailar. Pero sólo era un suponer pues nada en el fondo sabían sobre qué había llevado a la belleza del mar a abandonar su preciosa vida de eterna sirena oceánica para perseguir un sueño doloroso y una decepción semejante.

   Lo que pasó sólo lo sabe ella, sentada sobre una piedra enorme en la orilla del mar. Mientras el amanecer se acercaba sentía que su piel se resentía y se carcomía por los bordes; las hermosas piernas quedarse estáticas e inútiles para bailar, para soñar y para nadar, mientras las escamas aparecían con un brillo tenue de luna nueva y resecas por la falta de mar. El pelo de fruta madura, cayendo a borbotones por el continente pétreo, y los ojos líquidos evaporados en un punto fijo, aquel por donde emergía el sol con sus rayos consoladores.

   Ella, que sabía todas las leyendas, en aquel momento no quería tocar el agua. Si lo hiciese, su belleza volvería; su juventud eterna y su frescura. La piel brillaría como el terciopelo y su cabellera volvería a ser la abundante cascada de fuego rojizo; y la cola de plata bruñida llena de perlas y de quimeras. Ella sabía que el mero roce del mar bastaría para que la transformación en polvo se detuviese y ella dejase de morir para vivir de nuevo el sueño que la había llevado hasta allí.

   Pero no quiso. Cuando el corazón se ha roto; cuando las esperanzas que anidan en un espíritu se descubren vacías; cuando el amor no es correspondido y los sueños cristales rotos, no hay promesa, no hay cura, no hay belleza que detenga el fin. La melancolía anidó en el corazón alegre; y la renuncia de los sueños y el sabor de la soledad… Ella sabía que vivir por siempre trayendo tras de sí un pasado que no podría olvidar, era demasiado para ella y para los demás.

   Por eso estaba allí, sola en la roca a orillas de la playa, esperando la salida del sol…Sus dedos podrían tocar el agua que poco a poco llegaba con la marea, mas no se movió. Podía oír el llanto de los peces, la llamada lastimera del fondo del mar que la urgía a hundirse en su abrazo líquido, en su mundo de agua… Apenas si desvió su mirada unos instantes para agradecerles la hermosa vida que le habían proporcionado… Nada había en el mundo de las mareas que la persuadiese de su destino, como nada había en el mundo de los hombres que la aguardase con los brazos abiertos.

   Lentamente cerró los ojos y sintió la calidez ardiente de un amanecer único…  El cielo se llenó de hermosas tonaliades color de fósforo y el agua se tiñó de rosa y azul, y la roca sintió el calor de la mañana y la sequedad del día que nacía… Poco a poco el mar llegaba a la orilla llena de besos, y los peces y los espíritus del mar fueron abandonando uno a uno la playa de la espera.

   Sobre la roca llena de soledad y melancolía, un corazón de oro se hallaba escondido entre las cenizas de un sacrificio inútil. Nada hiere más que un amor no correspondido, y nada nos desalienta más que un sueño no cumplido. Las sirenas que descubren este secreto se transforman en polvo de agua abandonado a su suerte. Y los seres humanos, en polvo de tierra, de dolor y de olvido.

El rumor del oleaje/ The sound of surf.

El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone

a Lili, que quería un poema sobre el baile de las olas del mar.

   Antes de llegar a la playa, era capaz de oír el rumor del oleaje.

   A seda frotada, a caricia; como un lecho de hojas secas a veces, a veces atronador y siniestro.

   El mar en la orilla llena de espuma. El mar en el malecón de grandes piedras que recorría con los pies descalzos, aprendiendo a caminar entre guijarros y salitre.

   Y el olor.

   Antes de llegar a la playa el olor a sal y a rocío lo inunda todo. Los ojos, la nariz, la garganta que se licúa y los pulmones que se llenan de rumores.

   Y el mar.

   Inmenso, sereno, desgarrado. Todo era bello en aquella inmensidad de color azul. La orilla de arena plateada, los árboles tartamudos que se retorcían sobre sí mismos con las raíces abiertas a flor de tierra. Y las palmeras esbeltas, alanceando al viento sus barbas verdes y sus cocos color de ámbar tostado. Y el agua transparente, por donde los cangrejos caminaban hacia atrás, como si quisieran darle vuelta al tiempo, escapando de los hombres como de las blancas gaviotas que les seguían.

   Mar adentro, entre los mechones blanquecinos de las olas marinas, los pelícanos parecían dormir un sueño eterno, mientras con sus ojos caídos vigilaban los cardúmenes de sardinas que se acercaban imprudentes a la orilla.

   Antes de llegar a la playa ya se vislumbraba su forma de concha; sus brazos abiertos protegiendo una costa pequeña en la que darse a los bañistas, en los que adormecer a los enamorados y a algunos despistados a los que la noche deja sin techo y a veces sin corazón.

   La playa enorme de arena color de luna llena. Qué hermosa la oblea de plata tatuándose en el mar. La brisa blandiendo blandito acompañándola en un baile que parecía no tener fin. Y la enorme luna apoyada en la nada, besando el mar que la acariciaba sirviéndole de lecho.

   El amanecer sin colores, el ocaso lleno de azules y naranjas y rosas fosforescentes. Y las estrellas prendiéndose una a una en el horizonte clarito, despejado de nubes.

   Antes de llegar a la playa era capaz de oír el rumor del oleaje, con su eterna sinfonía de arrastre, dejando restos de espuma entre las piedras y las conchas, un grito aislado, alguna barca cansada, y algún corredor preocupado por sus marcas, por su cuerpo, y despreocupado por el paisaje que lo abrazaba.

   El mar inmenso donde me crié, que se teñía de morado a las seis de la tarde; que plateaba el camino de la luna en las madrugadas cálidas, cuando me acercaba a la playa para coger el autobús y esperaba embelesado viéndola navegar hasta la orilla, oyendo su sinfonía de cantos rodados, olas y arena mojada. Y la sensación de plenitud y de una eternidad jamás acordada a los hombres.

   El oleaje cambiante, el océano color de mercurio y petróleo, con su aroma de sal y de pescado recién colectado, con sus barcos enormes en la lejanía, y los veleros tenues que surcaban las orillas buscando dónde descansar. La belleza de la lluvia en esas aguas tibias y el sonido del sol al tocar la piel.

   Antes de llegar a la playa ya era capaz de oír el rumor del oleaje, invitador y eterno…

   Y si cierro los ojos, aún está aquí.

Bajo el ciruelo/ Under the plum tree.

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone

a Pedro, que pidió una historia sobre lo que permanece.

   Voy poco a poco. Me cuesta subir la pequeña colina. Ya no soy el que era. Pero al final está el ciruelo, con sus ramas retorcidas de historias añejas y su tronco amable y generoso, y bajo el ciruelo el banco, ajado por la intemperie como yo, en donde solíamos sentarnos tú y yo a contemplar el atardecer.

   La hierba cubre ahora el camino que recorríamos a diario. No sé qué hubiese sido de mí si no te hubiese encontrado. Como un tesoro oculto, tu corazón en mis manos y tu boca en la mía, llena de aliento y de palabras comidas. No sé adónde hubiese ido, escapando de mí mismo para encontrarme siempre, si tú no me hubieses detenido ni me hubieses arrastrado a disgusto por este camino de hierba hasta la colina, bajo el ciruelo en flor.

   Ahora la vida parece otra; ahora la vida es otra desde que no estamos juntos. Pero ese día, cuando nos besamos bajo el ciruelo en otoño, sintiendo la caída de sus hojas de mora, cambiaste mi mundo, poniéndolo todo patas arriba y lo llenaste de corazón. Pero ahora la vida es otra, en donde todo me cuesta, el aliento y las pisadas, y las palabras se agotan y solo late el corazón. El corazón que se come bocado a bocado las ciruelas que penden del árbol en verano, envuelto en atardeceres lentos, bordados de estrellas tempraneras y dulces.

   En la colina, aquella primavera, bajo las flores color de rosa como tus mejillas, me dijiste muchas cosas, me enseñaste un universo y me obligaste a caminar, un día y otro, desde el pie de la colina hasta el banco bajo el ciruelo, y contemplar desde allí, en una lluvia de pétalos color de tus mejillas, lo inmensa que es la vida, lo fascinante que puede ser, lo cansada a veces, como el resto de colina, lo verde como la hierba y lo dulce como las ciruelas.

   Eras toda mi vida. Desde que nos conocimos hasta que nos besamos; nos abrazamos al ciruelo y su energía de savia sabia llenó nuestras arterias, y nuestros dedos se unieron en un chispazo de atardecer. Arriba, en la colina, sentados en el banco bajo el ciruelo, nos enamoramos muchas veces, y hasta nos dijimos cosas indebidas, y hasta nos peleamos un día y lloramos inconsolables. Pero como la colina y el ciruelo y el banco ajado, nuestro amor estaba hecho de eternidad, forjado con la llama de lo duradero, templado con el acero de lo inolvidable. Desde allí vimos las estaciones cambiar, la ciudad crecer, nuestro amor madurar. Sentados en el banco de madera, el invierno desnudó el ciruelo un año y otro más, y la primavera lo vistió de rosa y el verano de un maravilloso manto morado. Y bajo sus ramas nuestros ojos brillaron y se llenaron de arrugas, nuestras manos se hicieron temblorosas pero amantes, y nuestros pasos tambaleantes pero seguros. El tiempo pasó como pasa la vida, y nuestro amor enraizó como el ciruelo en la colina, y su corteza se escindió y creó nueva vida, como las ramas caídas y el banco escondido bajo sus pies.

   Voy poco a poco. Me cuesta subir la colina. El camino, lleno de hierba, parece haber olvidado nuestros pasos. Ahora que son sólo mis pasos, quizá te extrañen, como lo hago yo. Sin embargo, lentamente asciendo la suave colina y me voy llenando de ti. Cada pisada, cada sonido de la hierba, el piar de los pájaros escondidos, el susurro del viento entre los ramajes, me hablan de ti. El mundo te ha olvidado y yo muchas veces ignoro que ya no estás junto a mí. Pero la colina lo sabe, y el ciruelo lo entiende y espera a que llegue para hablarme de ti. A pesar de los años que han pasado desde tu marcha; a pesar del tiempo que todo lo cambia, el viejo ciruelo de rama retorcidas, el banco ajado por la intemperie de dos siglos y yo, seguimos latiendo por ti.

   He llegado. El mundo es otro bajo el ciruelo. Sus ramas penden desnudas en este invierno del alma. Pero me susurran cosas dulces al oído… Lentamente me acerco a ese viejo amigo, que parece recibirme generoso. Abro los brazos y lo lleno de mí. En ese abrazo, en el que siento su corteza blanda, sus años vividos como arrugas en mi cuerpo, la savia de su vida se mezcla con mi sangre, y el susurro de las ramas, como el tañer de la hierba, arropa a mi corazón.

   Desde la colina todo ha cambiado: las calles no son las mismas; los edificios se han transformado: han desaparecido unos, cambiándose por otros. Los niños corren por un pequeño parque artificial, lleno de falso verde y de falso rojo y azul. Las madres pasan de ellos ya cansadas, supongo, de su eterno pedir. Y, sin embargo, todo parece que fluye, todo, hasta la distancia y la soledad.

   Bajo el ciruelo, día a día me acuerdo de ti. Él me habla de ti con su susurro de ramas frotadas, y el banco donde grabamos nuestros nombres guarda el calor de nuestros cuerpos, y la hierba verde y alta cubre la intimidad de los besos que una vez nos dimos y ahora, la suave caída de mis lágrimas, que siguen llorando por ti. Un amor amor que ya no es de este mundo y que sólo aquí arriba, en la colina bajo el ciruelo, sigue viviendo por mí.

La cama vacía/ An Empty Bed.

El mar interior/ The sea inside

Cama vacía. Ni la sombra del peso de tu cuerpo, ni un pliegue de más.

Vacío interior. El cuarto está callado, atontado por un silencio que no le es propio. Extraña los susurros, los roces, algún ronquido y los gozos.

Interior lejano. Ya no soy yo. Porque tú no estás. Y tú eres más que yo y yo debería serlo también. Pero miro la cama vacía, sin sombra de tu peso, sin marcas de consuelo y de algarabía, y sé que no puedo. No todavía.

Lejano renacer. Desde la ventana parece que llega el alba. Y sólo ilumina una cama vacía. Con sus pliegues intactos, con sus cojines y sus almohadones de plumas y sueños rotos. Con mi corazón en pedazos acostado junto a mi cuerpo, que yace solo en el suelo, abandonado.

Renacer pesado. Qué lento es caminar hacia el olvido. Que está hecho de pasado perdido entre las sábanas intactas, que ya no huelen a ti, si no a jabón y suavizante, a lágrimas secas y anhelos congelados. Qué triste es volver a nacer en silencio, acostumbrado a hablar por la boca y por el corazón.

Pesado silencio. En nuestro cuarto todas las cortinas están cerradas, como el telón de una obra ya concluida. Y se oye el crujido del parquet y a veces el lamento de mi corazón. Creo escuchar tus pisadas y giro alguna vez, todavía, para encontrarte. Pero sólo hay aire y nada flotando entre tú y yo.

Silencio vacío. Como la cama vacía. Que abre sus brazos para acoger un amor que ya ha caducado; que parece erguirse a saludar un amor que ya es pasado. Como tú y yo.