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La espera/ Waiting.

    a Teresa, que deseaba un cuento de vida suspendida.   

   Allí está. No sé su nombre. No la conozco. Pero llevo rato observándola. Atrapa toda mi atención allí de pie, parada como un paréntesis entre la vida que pasa y su mirada, nítida, fija en un punto imposible, lejos del horizonte.

   Pasa el tiempo. Y ella sigue allí. Nada parece turbarla, absorta como está en sus pensamientos. Si me acercase seguro que podría ver cómo laten sus pupilas; cómo, tras la aparente tranquilidad, su corazón desbordado llora por su boca cerrada. Porque sólo un alma herida, un corazón dolido puede estar así, de pie e inmóvil, mientras la vida pasa, atrapada en una espera que parece interminable, entre los sollozos que no sobrepasan sus ojos y los lamentos que no salen de esos labios color de rosa y carne.

   Es una mujer carnal. De melena abundante, peinada y brillante. Ojos de almendra grandes como planetas, labios carnosos, pecho desbordado, sonrisa triste. Se mueve y parece que arrastra un manto de estrellas, y cuando cierra sus párpados, simula que la noche cae de repente. Nada hay en ella de extraordinario, mas todo es casi perfecto, lleno de esa belleza de lo lejano y lo triste. Porque es una mujer triste que espera, callada, la llegada de un coche, o de una llamada, o una sonrisa o quizá sólo una caricia.

   Me gustaría acercarme y hablarle, pero temo que se diluya en la niebla cansina que está envolviéndonos. Me gustaría preguntarle qué le ocurre y si pudiera ayudarle. Pero sus ojos perdidos me impiden hacerlo; sus manos de mármol parecen sujetarse en el vacío y nada hay más poderoso que un silencio buscado, que una soledad ganada a pulso.

   Una mujer que espera es una mujer sola. Una mujer que espera sola es una mujer cansada de luchar, entregada al destino como a los brazos amantes. Una mujer que espera sola y cansada es un alma rota, que lucha quizá por curarse, o que deja que todo pase a su alrededor para sanar con la luz de lo nuevo, de lo que está por llegar. Una mujer que no tiene destino es una mujer triste. Una mujer triste es una mujer que acepta, y aceptar es la espera callada, la espera sin nombre, la espera que, tras mucho luchar, trae una silenciosa esperanza y un nuevo amor, muy nuevo, que nace de lo profundo de su ser y le regala la paz.

   Han encendido las farolas de la calle. La luz baña a esa mujer desconocida como en un nuevo bautismo. Su luz ambarina arranca destellos castaños de esa melena preciosa, que parece cubrirle parte del rostro. A veces se mueve para desentumecerse; como si recordara que tiene brazos y piernas y que estos se cansan de la postura a la que el corazón les obliga, ahora que la mente parece haberse quedado atrás.

   Mira hacia la calle como asombrada; a veces parece que otea buscando algo o a alguien, y se gira cuando un susurro llega a sus oídos. Pero no hay nadie, nadie aún. El tiempo pasa y yo sigo observándola y ella no me ve. Y entre los dos parece que se desliza un puente que nos une pero que también nos separa.

   La espera es un compás que dibuja semicírculos continuos, que se besan y se separan una y otra vez. La espera nos llena de incertidumbre al comienzo; nos regala cierta paz, la paz de una entrega, cuando comprendemos su esencia, que no es otra que el silencio y la aceptación. Todo urge, todo parece que sigue gravitando menos ella. Ella que, callada, envuelta en su manto de ámbar y de silencio, parece recordar un amor olvidado que le hizo mucho daño, o una decepción que la enfangó en un tiempo ya perdido. Todo apremia, menos su mirada, que se posa lánguida en el atardecer huidizo, con sus manos pálidas envolviendo su pelo de cascada y secando una lágrima furtiva que se cuela a pesar de sus esfuerzos.

   Una mujer sola es una mujer que piensa. Y una mujer que piensa es una mujer que siente. Y siente en la espera, suspendida entre el paréntesis de un tiempo muerto que parece visitarla de nuevo.

   Parece frágil, con su leve contoneo, con sus labios entreabiertos y resecos. Y de repente me avergüenzo de verla; su desnuda intimidad llega hasta mi piel y me habla en ecos de una vida pasada y perdida, me grita un sentimiento que parece haberla ahogado y que ya no importa ahora. El sol cae por el horizonte rodando como una fruta madura y ella continúa impertérrita, hablándome sin decir palabras y sin verme, de una vida de agobios y de lucha, de una búsqueda constante y de un continuo fluir. Así es la vida de todos, sin antifaz y llena de cicatrices. Pero en ella todo parece bello, hasta su tristeza, o quizá por su serena tristeza, su eterno esperar.

   Tras el sol, ella agita su melena. Se suaviza los labios de carne prieta y se revisa el ligero maquillaje que resta tras el tiempo ido. Intenta sonreír y creo que lo logra. Se ajusta el abrigo, se anuda un pañuelo en ese cuello de besos olvidados. Su mirada es otra o quizá ha sido siempre la misma. Comienza poco a poco a caminar. Sus últimos pasos los da a la sombra de la farola, que parece perder el fulgor que de ella emanaba. La tarde muere como el puente que nos une. El tiempo corre como el amor que se pierde y como las esperanzas que se rompen y los sueños que se incumplen. Así es la vida, creo. La vida de ella. Y la mía.

   Ella espera, callada y quizá algo esperanzada. Y puede que yo también.

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