La noche soñada, Premio Primavera de novela 2014, es la nueva aventura literaria de Màxim Huerta.
Desde la preciosa edición, con una cubierta evocadora y dulce, llena de brío y libertad, La noche soñada es una novela de múltiples capas que absorbe el paso del tiempo y lo descompone en un mar enorme de sentimientos y sentidos y quereres que se pueden oler, sentir y tocar.
Màxim Huerta no miente como escritor: todo lo que le ha llevado hasta aquí está presente. El amor por la gastronomía, que hiende en los sentimientos de los personajes y los retrata; el mar azul, con aires de Mediterráneo, que los define y los acuna; la música, donde el bolero nada rítmico con el batir de las olas; la oscura presencia de la violencia y sus consecuencias, y la pérdida y el encuentro del amor.
La noche soñada no es la historia de Justo Brightman. Desde un cristal masculino, Màxim Huerta nos retrata un mundo femenino único, regalando un abanico de personajes encantadores, llenos de secretos y socarronería; que luchan incansablemente para dibujar la felicidad en cristales de vapor y en letras de canciones; que crean su propio universo escapando de la prisión de la realidad. Y la realidad siempre es más caleidoscópica, más poliédrica de lo que jamás pensamos.
La noche soñada es una novela de mil capas y un solo corazón. Quizá es la historia que todos quisiéramos vivir. Aún con su lado amargo y pedregoso. O tal vez es la historia que todos hemos vivido pasado por el filtro de su pluma y de sus gafas. Es decir, un mundo único, una evocación irrefrenable, una melancolía dulce, una disección delicada, sentimientos profundos y cierta desazón nada escondida, que fluye sin casi decirnos nada.
Lo dulce… Lo dulce esconde un lado amargo. Lo brutal, la delicadeza más pura. El miedo, las alas para vivir en libertad. Y siempre, siempre, la herida del dolor, la búsqueda de lo que llamamos a veces felicidad, que justifica cualquier acción, todos los actos, incluso los más oscuros y callados, que a veces llevamos con nosotros como una cruz imaginaria. Justo Brightman es más parecido a nosotros de lo que jamás imaginamos.
La noche soñada es un sueño de amor filial, fraternal y vital. Un viaje nada fácil, un retorno y una constante huida hacia adelante. Es el Màxim Huerta de El susurro de la caracola más que de Una tienda en París, y sin embargo… El sonido envolvente del mar, las luces de colores, los barquitos de papel que penden como estrellas en el cielo, los tapices donde se dibujan viajes increíbles, las partituras trabucadas que calman su enredo con el beso del viento; el descubrimiento del amor, que trastoca mundos e inflama deseos… Es leer vida y saborear el baile de los años desde una sencillez nada simple y desde una lucidez nada aséptica.
Entre la Libertad y la Concordia. Entre le Servicio y el Honor. Entre la Inteligencia y la Ambición. Entre la Sencillez y el Donaire. Entre el Silencio y el Ruido atronador. En la Memoria siempre estará él.
Querido, odiado, admirado, deseado, por siempre incomprendido, tenaz y voluntarioso, Adolfo Suárez, quizá el mejor político que hubo en España, quizá el único hombre de Estado con poder que lo ha ejercido con seriedad, dedicación y, lo más raro de todo: Servicio.
No: ya no hacen hombres así. Y por eso España, y el mundo, están desnudos. Los políticos no tienen esa talla, no le llegan a la altura de la mirada. No son lo que él siempre fue.
No necesitó nunca emplear un arma, sólo con la fijeza de su ambición, de su claridad de ideas, de su corazón. Y su entera dedicación a ser lo mejor que pudo haber sido.
Hasta otra, presidente. Usted sí merece una gloria bendita. Y más.
El invitado amargo es un relato escrito a cuatro manos entre Vicente Molina Foix y Luis Cremades. Ni juntos ni separados, ambos autores lían y deslían sus encuentros a lo largo de ese camino llamado vida vivida en un libro luminoso, lleno de un lenguaje como el de antes (el de ayer, no el de antes de ayer, aunque a veces nos llegan ecos que bien pudieran parecerlo), ya en desuso y por tanto ignorado, cuajado de inflexiones que son reflexiones y de evocaciones que son puñaladas y puñaladas que son recuerdos cuyo peso ha sido aligerado por el paso del tiempo.
Es un libro que comienza a trompicones, como casi toda obra literaria. Pocas veces, incluso en las consideradas joyas maestras, un autor escribe con fluidez desde el inicio: toda obra nace entre balbuceos y crece y tropieza hasta que consigue alcanzar un ritmo, una fluidez casi perfecta. En El invitado amargo, hasta a Vicente Molina Foix parece atragantársele el recuerdo, porque no es nada fácil dibujarse, ni retratar al Otro, con trazos reales. Pero poco a poco ambos autores se acomodan, se dejan llevar por ese río que les ha unido y separado, y comienzan las imágenes, las memorias, las razones razonadas y las incomprendidas también, y el relato crece hasta alcanzar lo inconmensurable.
En un libro sobre el amor. Y sobre el desamor. Y la amargura, el encuentro y la pérdida. Y quizá por encima de todo, sobre la decepción, el orgullo y el individualismo, y de resultas, sobre la falta de caridad ya no sólo con el amado, si no con nosotros mismos. Es un libro lleno de corazón.
Oímos claramente las dos voces del relato: Luis Cremades y Vicente Molina Foix se entremezclan, se aclaran uno al otro y también se justifican con un lenguaje riquísimo que casi raya en la pedantería, lleno de referencias culturales que no sólo retratan la España de estos últimos cuarenta años, si no la Francia, la Inglaterra, los Estados Unidos, la Cuba, la Italia: paisajes arrebatados en constante ebullición que los empapan, entre celuloide, vinilos y literatura, y los inflaman de sueños y veleidades. Estamos, pues, ante dos hombres vividos, que se sopesan, se saborean y se conocen muy bien, y que plantean un ejercicio de individualismo y de maridaje asombroso por infrecuente y arrebatador por su resultado.
El invitado amargo es el autorretrato de cada autor, es la fotografía de una época de la que sólo quedan rescoldos, por no decir cenizas: la España posfranquista y recién democrática; la España pre-Movida y posmoderna; el Madrid subterráneo donde el deseo pierde a veces el buen gusto; el encuentro de un hombre ya formado pero apenas enamorado y un jovenzuelo aturdido pero valiente que todo lo quiere probar. Es la fotografía de vidas demasiado teñidas de literatura, de preocupaciones profundas y reflexiones reverberantes, cosmopolitas, un tanto rurales, un tanto salvajes, hedonistas, casi perfectas y llenas de claroscuros. Y sedientas de amor.
El enamorado no sabe qué es el Amor, sólo puede sentirlo. En la vida, apenas un encuentro vale para definir el trazado de una existencia. No importan la edad o la experiencia, la aptitud o la ignorancia: cuando el Amor llega todo se ilumina y todo se apaga, y el mundo es una revolución además de un revolcón y se magnifica, erupciona, enloquece y hiere. Entre Molina Foix y Cremades ese encuentro es un maridaje y una lucha, una laceración profunda, una amarga desdicha, una interrupción constante, un descubrimiento y una pérdida: el amor que brota en ellos, más que la pasión también y más que el acíbar de lo que no acaba nunca, los transforma para siempre y les deja una huella indeleble que sólo ahora, en la distancia, pueden no ya apreciar, si no aceptar.
El invitado amargo está escrito en papel cebolla. Es una historia transparente, que no clara, sólo iluminada al contraluz y por tanto llena de descubrimientos, los que encontramos al leerlos y los que ellos mismos hallaron al escribirla. Hay mucha melancolía contenida en sus páginas, una tristeza sagazmente escondida y una sabiduría alejada de la culturalidad que ambos poseen: el mundo del Arte puede llegar a ser tan agobiante como el de la Ciencia o la Tecnología: todo ambiente cerrado acaba siendo un estorbo para la evolución; un lastre para remontar el vuelo de la libertad y a veces una angustia para el alma.
Yo era así con veinte años. O pude llegar a serlo. Como ellos, leía libros rimbombantes, poesías cargadas de simbolismo; adoraba a autores que me enamorasen con su prosa y me hiciesen pensar; asociaba al lenguaje un poder de seducción quizá más poderoso que el de una mirada o un roce. Asistir a la intoxicación de cultura y pasión, de amor mal entendido (ahora lo sabemos) y orgullo oculto; de individualismo acérrimo e inmovilismo personal que encierra El invitado amargo, hace que piense en cómo era yo a la edad de Luis Cremades y cómo hubiera reaccionado de haber tropezado con alguien como Vicente Molina Foix. Almas atormentadas que la literatura no hacía más que ahondar en su tortura; hombres cuyo sino se hallaba anclado en el día a día, en las pieles y los olores y la creación, perfumes que iban desde Aleixandre hasta Benet, de Warhol a Cabrera Infante; de la sensualidad insaciable al miedo a ser contagiable, de la facilidad del enamoramiento al infierno del abandono… Yo pude haber sido como ellos, reaccionado igual, equivocarme igual, sentirme igual de herido… Y aún añorarlo.
Cuando pasa el tiempo y se posa el tiempo y la vida nos pone en muchos sitios y nos agita como en un acceso y nos premia o nos regaña, somos capaces de valorar y de encontrar el tesoro que se nos ha regalado: el valor de lo perdido recobrado es tan inmenso y nos da tanta paz… Y también nos llena de melancolía del deseo, de lo que pudo ser y nunca será… De todo esto hay en El invitado amargo. Notamos, sabemos, que ambos autores, pese a que quizá no cambiarían ni una coma de lo que ocurrió en los años transcurridos, fantasean con lo que pudo haber sido: si se hubiesen tenido más paciencia, o escuchado más, o hubieran sido más flexibles, o hubiesen destruido al orgullo insaciable y amado mejor… La vida soñada pasa sobre sus páginas como un espejismo y sin embargo está presente en cada línea, en cada inflexión del lenguaje, en cada justificación (oh sí, hay muchas) y en cada explicación negada. Es un libro cuya reflexión llega quizá algo tarde, pero llega, y puede que con ella, algo de la paz que los autores necesitan para volver a ser, entre ambos, ellos mismos.
Tu sonrisa. El sonido de tu voz. El brillo de tus ojos de miel.
Tu manos grandes y fuertes, llenas de callos, y sin embargo hábiles y suaves, discretas y tan experimentadas.
Tus caricias que eran notas de música en mi piel, y tus labios, agua para mi sed.
¿Habrá amor después de ti?
Tu boca dulce, llena de carne y sensualidad. Y tu risa cálida y el arrullo de tu compañía dormida a mi lado. El peso de tu cuerpo sobre el mío, a mi lado, debajo de mí. Y el extraño magnetismo que nos unió.
Ojalá pudiera romper mi corazón en pedacitos pequeños para comérmelos uno a uno y borrarte de mí. Ojalá pudiera limpiar cada uno de los poros de mi piel que huelen a ti y que te saben de memoria. Ojalá pudiera decir a alguien aquello que te he dicho sólo a ti, con un susurro de noche oscura: Te amo.
¿Habrá amor después de ti?
No lo sé.
Porque me he quedado seco. Ni siquiera tengo el sentido morboso de espiar, por el rabillo del ojo, aquello que pudiera haberme atraído alguna vez. Mi mente lo compara contigo, mi corazón que rebosa lo rebasa contigo, y dejo escapar esa pulsión quedándome frío.
Porque no hay amor como el tuyo. No hay amor como el que tuvimos. Pasión, deseo, sensatez, abandono, entrega, fusión, locura y abandono.
Porque no hay nadie como tú, o parecido a ti, o similar al menos a ti: tus ojos oblicuos, el rosa granate de tus labios, ese mentón irreverente y cabezota… Ni esa forma única de querer, entre el egoísmo y la generosidad, entre la posesión y la desfachatez.
¿Habrá alguna vez un cielo distinto al nuestro? ¿Existirá algún día alguien que no me recuerde a ti, que no reverbere todo lo que siento por ti? ¿Habrá vida después de la muerte de nuestra historia infinita?
¿Esas historias que leemos, las sonrisas, los peligros, los arreglos fallidos, los encuentros finales?
¿Existe ese amor increíble que parece irreal, que nace de una mirada y quema todo a su paso, hasta encontrar la felicidad?
Dime: ¿eso es lo que nos pasa a nosotros?
Sé que sólo en lo sueños ese amor es real. Pero tú tienes magia en la mirada, que me embarulla los pensares; y en esa voz, que teje embrujos que me obsesionan. Y te has metido en mis sueños sin permiso y sin ganas de irte. Y me susurras palabras de amor.
Dime, ¿tú eres un cuento de hadas? ¿Acaso eres un príncipe encantador que me encanta y me desencanta y me deja jadeante pidiendo más?
¿Seremos el último renglón, la última frase de una historia que no parece tener final?
El amor, ese que has hecho nacer en mí, que fluye desbaratando todo a su paso: mi pensar, mis sentidos, mi entero sentimiento, ¿es tan hermoso como parece? ¿Es tan seguro como aseguras? ¿Sabe que no sabe que ama?
El amor, ese que parecía de cuento, es tan real que casi lo toco con los dedos cuando te abrazo y cuando te respiro y cuando, juntos, rodamos por la hierba mojada llena de risas. De las tuyas y de las mías.
Dime, ¿es verdad que este amor es real? ¿Que hay un cuento de hadas para nosotros dos y que hoy nos rodea?
Dime: ¿mi corazón es tuyo y late en mis manos? ¿Mis besos son tuyos y se llenan de tus sueños? ¿Es verdad que habito en tu piel?
¡Oh! El amor ideal, ese amor irreal, parecía un sueño… Y sin embargo aquí estás. Juntos, junto a mí, junto a ti. Juntos. Unidos con pegamento de escarcha. Y risas.
Sólo en sueños creí ser tan feliz. Sólo en sueños imaginé que las caricias fueran tan quemantes y la pasión tan abrasadora. Sólo en lo cuentos de hadas pensaba que la vida se hacía mágica y que cambiaba todo de repente. Hasta que te conocí.
Sé mi príncipe encantado. Que yo seré la magia que una nuestras manos.
¡Oh! Sé mi sueño preciado, que yo seré la noche que nos abrigue y nos encante, el mar en calma que nos arrulle y la hierba que nos sostenga.
Dime: ¿así es el amor?
Dime: ¿así es nuestro amor?
Pues ven, no esperes más, y acércate. Abrazémonos. Besémonos. Amémonos. Escribamos juntos las líneas de un cuento de hadas lleno de felicidad.
Quizá la forma más exacta de aprehender la personalidad de un escritor sea a través de su obra. No tiene que ser el completo de la misma; sólo con estar pendiente, con absorber las fuentes de las que bebe y la forma de expresar lo que siente, podemos desentrañar parte de ese misterio divino que es la creación artística.
Màxim Huerta escribe con trazo ágil. Pertenece a esa raza de escritores que son periodistas, o que son periodistas y por eso escriben. Apegados a la realidad, conocedores del gusto público y, a la vez, expertos en la magia de crear ambientes, de ser concisos y de aspirar a sentimientos que mueven conciencias y corazones.
Pero Màxim Huerta es algo más. La evolución de su escritura lo ha llevado a un desarrollo más profundo, a una búsqueda que el mero entretenimiento no le ofrece, o que le queda pequeño.
Si evaluamos su obra hasta la fecha podemos observar ese cambio, sutil pero constante, que lo ha llevado a escribir desde Que sea la última vez… a Una tienda en París. Dos novelas tan distintas entre sí, aunque con nexos en común, cuyo puente y quizá pista de salida ha sido El sueño de la caracola.
Del mero desenfado con transfundo más crítico de lo que se puede pensar en un primer momento, con personajes que son más profundos que el reflejo de su día a día nos puede hacer creer, Que sea la última vez… tiene mucho del Màxim Huerta divertido, alocado, lleno del misterio televisivo en el que se mueve como pez en el agua, las fiestas mundanas, la frágil felicidad de lo fugaz. Pero también esconde un poso de amargura y de denuncia feroz sobre el paso de la vida, nuestra resistencia a dejar ir al Tiempo, la asombrosa experiencia de ser amado y, finalmente, la imposibilidad de tener siempre una vida perfecta.
Con El susurro de la caracola, Màxim Huerta dio un paso adelante. Más sutil de lo que pudiera creerse, su lectura suave y agradable esconde una historia para nada amable, pero servida con tanta ternura, con personajes que crecen hasta hacerse queridos, y que juegan a ser arquetipos y títeres del destino. El transfundo de El susurro de la caracola es una desgracia; la razón de ser del relato no es otro que la búsqueda de un corazón perdido en las vueltas de la vida y que, el raro tesón por un lado y las casualidades de la vida por otro, nos terminan definiendo. El susurro de la caracola es una denuncia envuelta en guante de seda, y es, a su vez, un sueño maravilloso que podría hacerse realidad si no fuera por el Destino, que siempre nos da un último giro, una última sorpresa, para dejarnos crecer y ser por fin, tal vez de una forma que nunca imaginamos, felices.
Mi admiración por Una tienda en París no se basa, como podría pensarse, en la artesanía de su autor, que ha demostrado de sobra su capacidad para crear ambientes aparentemente sencillos, de lectura fácil y que llegan directo al corazón. En Una tienda en París los arquetipos de la novela actual (algo banales, ligeros, centrados en la autosatisfacción) están presentes, pero pronto dejan paso a un relato más profundo, más adulto, más armado, más real, más literario. Una tienda en París nos muestra a un autor que desea ser algo más que un periodista que escribe (bien) relatos leves que dejan un recuerdo agradable. Aquí se aventura con dos historias paralelas, con dos mujeres que nada tienen en común salvo una pasión prisionera que tarda en liberarse a un alto precio, consiguiendo la elusiva felicidad después de no pocos sacrificios. No es sólo la recreación de una época determinada, si no algo mucho más profundo. Una tienda en París esconde una gran joya, una reflexión profunda sobre lo que anhelamos, lo que podemos coger de la vida sin permiso, y el precio que siempre, siempre, pagamos por querer ser nosotros mismos. La magia de Una tienda en París no está en París, como pudiera parecer en un primer momento, si no en esos personajes recobrados por el autor, recreados por su imaginación y cuya vida impregna con un brío, una ternura, una falta de juicio y una profundidad admirables.
Me gusta Màxim Huerta como autor. Y me gusta por esa evolución sutil pero tan revolucionaria que lleva a cabo con sorda habilidad. Y hace que espere su próximo relato con ansia, para seguir admirando la evolución que se destapa en Una tienda en París, cuyo centro son dos mujeres tan distintas y sin embargo tan iguales, y cuya brillantez, en la segunda mitad del relato, hace que destaque por encima de muchas, si no de la mayoría, de las novelas publicadas este año.
En esta novela veo la semilla de Màxim Huerta como buen escritor, al menos ese escritor que busco: feroz pero sutil, directo pero delicado; lleno de audacia, de socarronería y de un corazón mucho más puro y delicado que esconde en el día a día, protegiéndolo de las inclemencias del tiempo, pero no del Arte. Historias que no necesitan de grandes artificios para llegar al alma y desentrañar vidas que se hacen cercanas y, a la vez, posibles.
Las letras de Màxim siguen evolucionando, y las seguiremos esperando con ansia para poder ver cómo se transforma en el gran escritor que ya se adivina en las líneas que nos regala cada año.